viernes 6 de junio de 2008

Entrevista a Antonio Cisneros (1996)




Entrevista a Antonio Cisneros*
«Hablar por distintas voces»
Entrevista de Jorge Coaguila



El lenguaje de la poesía es especialmente misterioso en el caso de obras inquietantes y bellas como la de Antonio Cisneros. Habituales lectores suyos, nos hemos acostumbrado también a ver el mundo con sus códigos: la ironía, la ternura, la sencillez. Con estos pocos, modestos ingredientes, Cisneros ha creado una de las obras más importantes de la poesía latinoamericana. Gracias a sus frases certeras y alusivas, al manejo esencial de sustantivos y verbos (la materia prima de su expresión y acaso de toda expresión), a su sinceridad y sencillez, la poesía peruana que tantas batallas ha perdido en otros terrenos, ha ganado una de las decisivas. Este martes se presentó por primera vez su poesía completa, la cual lleva el título de Poesía reunida (Lima, Editora Perú, 1996; 338 pp.). Aquí, algunas preguntas y respuestas:

En una entrevista de 1985 declaraste: «Me interesa meterme en el pellejo de todos los seres humanos». Tú has hablado por boca de la casta Susana, de Goethe, de Drácula, de los pescadores de Chilca. ¿Por qué tienes ese interés?
—Desde mi segundo libro, David (1962), hay esa preocupación. Por ejemplo, en el poema «La canción del lobo». Todos los seres humanos queremos ser muchos personajes a la vez. Representamos, por eso, al doctor, a la vaquera, al policía. Eso se nota claramente en los juegos infantiles donde los niños asumen diversos roles. Ese interés me ha acompañado en la poesía: cómo meterme en el pellejo de otras personas, cómo hablar con distintas voces que al fin y al cabo es una manera de conciliar lo universal. No creo que para esto tenga que ver con un autor especial. No soy el primero que se expresa así. Esto no es un asunto literario, sino la prolongación de una fantasía de la infancia. Poder ser varias personas al mismo tiempo.
Julio Ortega dice en el prólogo de esta edición completa de tu poesía: «Desde la perspectiva de Cisneros la obra de Carlos Germán Belli le resulta más importante que las novelas de Mario Vargas Llosa». ¿Qué opinas?
—Son cosas distintas. Eso debe ser una interpretación de Julio Ortega. Creo que la poesía de Belli es tan valiosa como la narrativa de Mario Vargas Llosa. Hace bastante tiempo tuve muy poca predilección por la narrativa de ficción. Puede que haya sido uno de esos denuestos juveniles. Pero a esta altura pienso que son valores diferentes que no se pueden pesar y medir en la misma balanza. En todo caso, me he reconciliado con la prosa de ficción. Hace veinte años no me gustaba nada.
¿Te has reconciliado también con César Vallejo? Alguna vez declaraste que te parecía retórico y llorón.
—No he dicho que toda su obra sea retórica y llorona. Lo que digo es que Vallejo tiene grandes caídas de arquitecto donde se pone retórico y llorón y, por eso, no es el poeta de mi predilección. En poesía peruana, siempre he preferido a José María Eguren entre los muertos y a Jorge Eduardo Eielson entre los vivos.
Tú has participado en dos publicaciones culturales importantes como Amaru y El Caballo Rojo. ¿Qué factores se dieron para que alcanzara alta calidad?
—En Amaru lo que primó fue el espíritu universalista, el talento y la experiencia del poeta Emilio Adolfo Westphalen. Yo era su joven secretario de redacción, un muchacho muy inquieto, muy curioso y con muchas ganas de hacer bien las cosas. Westphalen tuvo la capacidad de convocar muchos colaboradores de alto nivel del Perú y de fuera. Aprendí mucho ahí. Casi por oclusión. El Caballo Rojo, que es una creación mía hasta cierto punto, resultó bien porque estuve rodeado de muy buenos colaboradores. Lo primero que aprendí de Westphalen es tener muy buenos colaboradores.
En una evaluación que hiciste de tus poemas dices que te gusta mucho «Karl Marx» y «Para hacer el amor». ¿Qué otros poemas tuyos te gustan?
—Los gustos van cambiando con las épocas. Los poemas «Karl Marx», «Para hacer el amor» y, en los últimos tiempos, «Un perro negro» tienen cierta repercusión en la gente. Un poco también lo que le gusta a la gente me termina gustando. Hay un buen número de poemas míos que ya no me dicen nada, que tuvieron supongo una función en su momento y bueno ahí están. Ahora, los gustos son tan relativos. Por ejemplo, nunca me gustó Comentarios reales (1964). Sin embargo, en ciertos ambientes de la juventud, durante muchos años, el libro que más gustaba era ese. El libro de Dios y de los húngaros (1978) tuvo relativamente poca repercusión, pero me parece bien construido y sigue teniendo fuerza y vigencia. «Para hacer el amor» fue hecho un poco al desgaire y en medio de un libro no muy feliz como es Agua que no has de beber (1971). Este poemario lo escribí a base de un poquito de sobras, como los calentados del día siguiente que están buenos todavía para comerlos, por lo tanto no se botan, pero tampoco es el gran banquete de tu vida. El público ha terminado dándole una vigencia tal a ese poema que no puedo evitar leerlo en cada lectura pública. Eso es un poco a pedido del público.
Por último, en una entrevista de 1988, aseguraste que no hay un sentimiento coloquialista que produzca una poesía reflexiva. ¿Desde entonces has encontrado algo de eso?
—Creo que sí. La poesía coloquial de los sesenta se fue desgastando a tal punto que al final no era una poesía coloquial. Al final llegaron otros grupos que se dedicaron a dar la dirección y el teléfono de la enamorada. Lógicamente tenía que hacer un repliegue que ahora se da muy claramente: hay una poesía más intimista, individual, reflexiva. Por supuesto que no se puede generalizar, pero creo que siempre hay un flujo y un reflujo en la poesía y toda tendencia termina desgastándose cuando llega al extremo y vuelve a replegarse. Probablemente, en un momento dado, el intimismo se haya convertido en otro extremo en la poesía a tal punto que nadie pudo entender y que hablaba de cosas que no le interesaba a nadie. Creo que otra vez se está volviendo al justo fiel de la balanza.

* Esta entrevista se publicó con el título de «Hablar por distintas voces». (Entrevista a Antonio Cisneros). Diario El Comercio, suplemento «El Dominical». Lima, 3 de noviembre de 1996. Pág. 16.