10 de febrero de 2009

Historia de una amistad: Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa


Mario Vargas Llosa.


Durante casi tres décadas, los escritores peruanos Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa fueron amigos. Luego de compartir gustos literarios, firmar manifiestos políticos y residir en las mismas ciudades, se distanciaron para siempre.
Se conocieron a fines de 1958, poco después de que Ribeyro retornara al Perú y poco antes de que Vargas Llosa viajara a Madrid gracias a una beca. Ambos ya habían iniciado la publicación de sus narraciones: el primero había editado los conjuntos de relatos Los gallinazos sin plumas (1955) y Cuentos de circunstancias (1958) y el segundo, dos cuentos en 1957: «Los jefes», en una separata de la revista Mercurio Peruano, y «El abuelo», en el suplemento «Dominical», del diario El Comercio.
En sus memorias, El pez en el agua (1993), Vargas Llosa recuerda que Ribeyro, antes de conocerlo personalmente, era el más estimado entre los narradores jóvenes. «Todos lo comentábamos con respeto», dice. Ese mismo año, 1993, Ribeyro declaró que conoció a Vargas Llosa en casa de unos amigos: «Tenía una personalidad muy fuerte. Estaba muy seguro siempre de lo que decía y escribía. Eso impresionaba mucho. Luego, en París, lo conocí mejor. Fuimos colegas en la agencia France-Presse».
Después de intentar infructuosamente ser profesor en San Marcos y gracias a una beca concedida por el Gobierno francés, Ribeyro se instaló en París en 1960. Allí se reencontró con Vargas Llosa, quien vivía en la capital francesa desde 1959 y trabajaba en la sección española de la agencia France-Presse.
Por mediación de Vargas Llosa y del también narrador peruano Luis Loayza, Ribeyro se incorporó a dicha agencia de noticias. «Seis horas de trabajo diario, a menudo fatigante, pero decorosamente pagado», anotó Ribeyro el 21 de abril de 1961, en el segundo volumen de La tentación del fracaso (1993), su diario personal. Sin duda, esta es la época en que más se frecuentaron ambos escritores. Asistieron juntos a fiestas[1].
«Recuerdo que en la agencia de noticias donde trabajábamos hace mil años, Ribeyro, entre cable y cable, se distraía describiendo animales sinuosos: cangrejos, pulpos, cucarachas», comentó Vargas Llosa en un artículo de 1984, quien, en 1962, se pasó a la Radio Televisión Francesa, donde su sueldo mejoró y dispuso de más tiempo para corregir La ciudad y los perros (1963), su primera novela. Meses después de su publicación, Ribeyro opinó acerca de este libro en su diario, el 16 de marzo de 1964: «Está prodigiosamente bien construida, escrita, elaborada en sus menores detalles. De un coup de pouce[2] maestro ha elevado la novela peruana y latinoamericana a un nivel literario universal». De todas las obras de Vargas Llosa, esta era la predilecta de Ribeyro.
El libro recuerda la juventud de su autor durante la dictadura del general Manuel A. Odría (1948-1956). De manera similar, Luis Loayza y Ribeyro se centraron en este periodo en sus novelas Una piel de serpiente (1964) y Los geniecillos dominicales (1965). Acerca de este último libro, en 1966, Vargas Llosa comentó: «Con esta novela, Ribeyro no solo ha trazado su biografía espiritual de escritor, ha escrito además el más hermoso de sus libros, el de gloria más cierta y durable».
La tendencia política de ambos narradores era conocida en los círculos intelectuales, pero en 1965 declararon abiertamente su respaldo a la lucha armada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), dirigida por Luis de la Puente Uceda: firmaron un manifiesto con seis peruanos que se encontraban en París. El texto apareció en la revista Caretas: «Aprobamos la lucha armada iniciada por el MIR, condenamos a la prensa interesada que desvirtúa el carácter nacionalista y reivindicativo de las guerrillas, censuramos a la violenta represión gubernamental y ofrecemos nuestra caución moral a los hombres que en estos momentos entregan su vida para que todos los peruanos puedan vivir mejor».
Al año siguiente, en 1966, Vargas Llosa se trasladó a Londres después del éxito de su segunda novela, La Casa Verde (1966)[3]. En una carta al crítico y traductor alemán Wolfgang A. Luchting, el 24 de octubre de 1966, refiriéndose a las particularidades de la obra de Ribeyro, Vargas Llosa afirmó: «Todos sus cuentos y novelas son fragmentos de una sola alegoría sobre la frustración fundamental de ser peruano: frustración social, individual, cultural, psicológica y sexual».
Se sabe que Ribeyro conoció a Velasco Alvarado en París en 1963, cinco años antes de que este diera el golpe de Estado que lo llevó al poder. Gracias a su amistad con el presidente de la República, en 1970 ingresó en la diplomacia como agregado cultural de la Embajada peruana en Francia y en 1972 fue nombrado representante alterno del Perú ante la Unesco.
En 1970, el escritor arequipeño se mudó a Barcelona, poco después de publicar Conversación en La Catedral (1969). Acerca de este libro, Ribeyro declaró en 1971: «Me ha gustado menos que La ciudad y los perros y La Casa Verde. Creo que Vargas Llosa no es tan universal en esta obra suya como en las otras».
Luego de un almuerzo con la familia de Vargas Llosa, el 4 de julio de 1971, Ribeyro apuntó en su diario personal: «Uno de los tantos encuentros esporádicos, en los últimos años, desde que, digamos, Vargas Llosa subió al carro de la celebridad. Difícil comunicación, a pesar de la presencia de Alfredo Bryce. En Vargas Llosa hay una afabilidad, una cordialidad fría, que establece de inmediato (siempre ha sido así, me doy cuenta cada vez más) una distancia entre él y sus interlocutores. Noté esta vez, además, una tendencia a imponer su voz, a escuchar menos que antes y a interrumpir fácilmente el desarrollo de una conversación que podía ir lejos. [...] Vargas Llosa da la impresión de no dudar de sus opiniones. Todo lo que dice para él es evidente. Él posee o cree poseer la verdad. No obstante, conversar con él es casi siempre un placer por la pasión y el énfasis que pone al hacerlo y su tendencia a la hipérbole, lo que hace de su discurso algo divertido y convincente»[4].
En 1973, Ribeyro sacó a luz los dos primeros volúmenes de La palabra del mudo y Vargas Llosa, su cuarta novela, Pantaleón y las visitadoras. En una entrevista de ese año, Ribeyro declaró que la literatura peruana atravesaba por un momento magnífico y que el nuevo libro de Vargas Llosa salía de la trayectoria normal de su autor, pues es muy diferente a todo lo que ha escrito antes: «Hay la intención de jugar un poco con el humor. Es una obra difícil que muchos no aprecian. Pero yo creo que es una bomba de tiempo. Los efectos de su lectura se producen una vez que se ha terminado de leer».
A mediados de 1974, Vargas Llosa retornó al Perú con la intención de residir en el país definitivamente. Después de apoyar algunas reformas del régimen del general Juan Velasco Alvarado, se opuso, en 1975, a la expropiación de los medios de comunicación. La clausura de la revista Caretas ocasionó su rápida reacción en una severa carta al presidente de la República: «Con el cierre de esta publicación desaparece el último órgano independiente del Perú y se instala definitivamente la noche de la obsecuencia en los medios de comunicación del país». Las críticas hacia el novelista, desde las izquierdas, fueron duras[5].
Hay una pasión que compartieron: el novelista Gustave Flaubert, acerca de quien ambos escribieron estudios. El más voluminoso es el de Vargas Llosa: La orgía perpetua: Flaubert y «Madame Bovary» (1975), sobre cuyo libro comentó Ribeyro a su hermano Juan Antonio en una carta del 26 de julio de 1975: «Sé más o menos en qué consiste, pues he conversado mucho con él sobre el tema. Me puedo jactar incluso de haberle contaminado mi pasión por Flaubert, pues cuando lo conocí él era más bien balzaciano. En realidad, este libro no es sino una prueba más de la tendencia de Vargas Llosa al gigantismo, pues en sus orígenes era solo un prólogo que le pidió una editorial española para una traducción de Madame Bovary».
«Considero a Ribeyro un magnífico cuentista, uno de los mejores de América Latina y probablemente de la lengua española, injustamente no reconocido como tal», declaró Vargas Llosa en una entrevista de 1976. La aparición de La tía Julia y el escribidor (1977) provocaría en Ribeyro la opinión de que Vargas Llosa decae cuando sus novelas son autobiográficas. «Los libros que ha sacado de su manga son los mejores», dijo en una entrevista de 1988[6].
La guerra del fin del mundo (1981), de Vargas Llosa, originó el siguiente comentario de Ribeyro: «La novela no me ha gustado mucho. Pero es evidente que se requiere de un gran esfuerzo de información y de imaginación para haberla escrito». Más adelante afirmó: «Está poblada de frases muy malas, empezando por la primera del libro, pero eso no tiene ninguna importancia, porque incluso sumando malas frases se puede llegar a escribir obras de gran fuerza y belleza».
Debido a que siempre comparaban a Ribeyro con Vargas Llosa, el primero le escribió a su hermano Juan Antonio el 12 de enero de 1982: «No veo además por qué cada vez que alguien escribe algo sobre mí tiene que mencionar de paso a Mario, como si existiera entre nosotros un contencioso o pretendiera yo roer un pedazo de su celebridad. El contencioso lo van a crear a fuerza de invocar esas comparaciones».
Desde 1983 Vargas Llosa pasaba más tiempo en Londres. En tanto, Ribeyro continuaba su residencia en París. En 1984, dos años antes de que aparezca la edición definitiva de Prosas apátridas (1975, 1978, 1986), de Ribeyro, Vargas Llosa escribió un comentario acerca de este libro en Caretas: «Aunque la obra más importante de Julio Ramón Ribeyro son sus cuentos y novelas, tengo predilección por estas Prosas apátridas».
Tal vez Vargas Llosa quiso agradecer cortésmente el apunte que Ribeyro hizo acerca de él en el texto 166 de esta obra, que íntegramente dice: «El curita profesor del colegio andino que encontré en la feria de Huanta. No sé cómo terminamos almorzando y tomando cerveza juntos en una tienda campestre. ‘Julio Ramón Ribeyro’, decía mirándome arrobado, ‘¡quién lo iba a pensar!’ esta y otras frases del mismo género (‘¡Me parece mentira, Julio Ramón Ribeyro!’) puntuaron nuestro encuentro. Cuando nos despedimos, al estrecharme la mano calurosamente, añadió: ‘¡Y decir que he almorzado con el autor de La ciudad y los perros!’. Quedé lelo. Todo había sido producto de un equívoco. No lo desengañé, ¿para qué? Que me atribuyera además la célebre novela de Vargas Llosa me pareció lisonjero. Que más tarde descubriera su error y me tomara por un impostor poco me importa».
Con la colección de cuentos Solo para fumadores (1987), Ribeyro rompió un silencio de una década como cuentista. Algunos lectores encontraron una clara alusión a Vargas Llosa en el relato «Ausente por tiempo indefinido», en que Mario, el protagonista, desaparece de un día a otro para terminar de escribir su ansiada novela. Por más que se esfuerza, desde su retiro en Chosica, no se siente complacido con el producto final. Quizá sea una referencia a la novela total, ambición mayor de Vargas Llosa. Ribeyro consideraba que era imposible devorar el universo entero en un libro.
Un año antes, el presidente Alan García (1985-1990) tuvo un papel importante en la vida del celebrado cuentista: lo condecoró con la Orden del Sol, máximo reconocimiento del Gobierno peruano[7], y lo nombró delegado permanente del país con categoría de embajador ante la Unesco, función que cumplió hasta julio de 1990.
Casi tres meses después de estos hechos, se produjo la matanza de los presos de las cárceles de Lurigancho, El Frontón y Santa Bárbara. Vargas Llosa escribió inmediatamente una carta a Alan García, que fue publicada en el diario El Comercio con el título de «Una montaña de cadáveres», en que señala: «La manera como se ha reprimido estos motines sugiere más un arreglo de cuentas con el enemigo que una operación cuyo objetivo era restablecer el orden». Ribeyro, en cambio, optó por el silencio, lo cual fue criticado por intelectuales de diversas tendencias.
Al año siguiente, en 1987, cuando Vargas Llosa actuó decididamente contra la nacionalización de la banca propuesta por el presidente de la República, Ribeyro declaró a la agencia France-Presse: «Tengo una vieja y estrecha amistad con Mario Vargas Llosa y lo admiro muchísimo como escritor. Por ello me mortifica tener que discrepar con él a propósito del debate sobre la nacionalización del crédito. Pero, por encima de los sentimientos personales, están los intereses del país. Y, a mi juicio, estos intereses coinciden con el proyecto gubernamental del presidente Alan García, con la grave coyuntura por la que atraviesa el Perú y con mis propias convicciones. El debate actual, por otra parte, rebasa el motivo que lo originó para convertirse en una confrontación entre los partidarios del statu quo y los partidarios del cambio. Y en este debate, pienso que la posición asumida por Vargas Llosa lo identifica objetivamente con los sectores conservadores del Perú y lo oponen a la irrupción irresistible de las clases populares que luchan por su bienestar, y que terminarán por imponer su propio modelo social, más justo y solidario, por más que nos pese a los hijos de la burguesía».
Cinco años después, Ribeyro publicó el primer volumen de su diario personal, La tentación del fracaso, y, al año siguiente, Vargas Llosa sacó a luz sus polémicas memorias, El pez en el agua, en que dice: «En los días de la estatización de la banca, la prensa aprista difundió, con mucho bombo, unas declaraciones furibundas de Julio Ramón Ribeyro, desde París, acusándome de identificarme ‘objetivamente con los sectores conservadores del Perú’ y oponerme ‘a la irrupción irresistible de las clases populares’. Ribeyro, escritor muy decoroso, hasta entonces amigo mío, había sido nombrado diplomático ante la Unesco por la dictadura de Velasco y fue mantenido en el puesto por todos los gobiernos sucesivos, dictaduras o democracias, a los que sirvió con docilidad, imparcialidad y discreción. Poco después, José Rosas Ribeyro, un ultraizquierdista peruano de Francia, lo describía, en un artículo de Cambio, trotando por París con otros funcionarios del gobierno aprista en busca de firmas para un manifiesto en favor de Alan García y de la estatización de la banca que firmaron un grupo de ‘intelectuales peruanos’ establecidos allí. ¿Qué había tornado al apolítico y escéptico Ribeyro en un intempestivo militante socialista? ¿Una conversión ideológica? El instinto de supervivencia diplomática. Así me lo hizo saber él mismo, en un mensaje que me envió en esos mismos días (y que a mí me hizo peor efecto que sus declaraciones), con su editora y amiga mía Patricia Pinilla. ‘Dile a Mario que no haga caso a las cosas que declaro contra él, pues solo son coyunturales’».
El autor de La palabra del mudo, pese a ser animado por varios amigos, nunca escribió una respuesta a Vargas Llosa, por ser enemigo de polémicas. Consideró, además, que sería una contienda desigual, ya que Vargas Llosa, por su mayor acceso a los medios de comunicación en varios países, tendría siempre un público más amplio.
Esta historia tiene su colofón con la muerte de Ribeyro, ocurrida el 4 de diciembre de 1994. Hay quienes esperaron algún artículo de homenaje de Vargas Llosa al desaparecido cuentista, pero fue en vano. Sin duda, en los siguientes años se conocerá más acerca de esta amistad de casi tres décadas con otros documentos, como las cartas de ambos y los volúmenes restantes del diario personal del celebrado cuentista.

1996 



[1] En una entrevista de 2002, Mario Vargas Llosa comentó a los profesores españoles Ángel Esteban y Ana Gallego que Ribeyro «era quizá la persona más tímida que he conocido, con una inmensa inhibición para las mujeres, por ejemplo [...]. Yo vi nacer su relación con Alida, que al principio fue algo complicada, pues ella no daba facilidades».
[2] En francés, «ayuda» o «empujoncito».
[3] En una carta a su hermano Juan Antonio, el 6 de octubre de 1966, Ribeyro dice acerca de esta obra: «Su última novela, que estoy leyendo, es más que un libro un espectáculo. ¿Estaremos en presencia de un genio? Su trama está urdida con maestría y su estilo es una revolución permanente».
[4] En una carta a su hermano Juan Antonio ocho años después, el 20 de setiembre de 1979, Ribeyro dice: «La cena con Mario Vargas Llosa y su mujer fue muy simpática. Solo invitamos a Alfredo Bryce, de modo que estuvimos entre escritores. Pero como siempre sucede en estos casos, hablamos poco de literatura». El 18 de junio de 1983, anota que Vargas Llosa estuvo nuevamente en su casa, con Bryce otra vez, aunque en esta ocasión luego de la presentación de la traducción al francés de La guerra del fin del mundo: «Volvimos a estar juntos los tres ‘escritores’, lo que rara vez sucede. Claro que ni pudimos hablar entre nosotros. En estas reuniones siempre sucede que cada cual es acaparado por uno o varios interlocutores y no sabes cómo deshacerte de ellos. Solo un momento fuimos a mi escritorio para que el hijo de Luis Jaime Cisneros nos tomara unas fotos. Desde ahora me pregunto qué dirán de nosotros y qué quedará de nosotros cuando veinte o cincuenta años más tarde alguien vea estas fotos, publicadas en alguna revista o periódico de entonces. Se dirá seguramente: Ese guapo es Vargas Llosa, ese con bigotes y anteojos es Bryce y el flaco de allí Ribeyro. Pero ¿qué más se dirá? ¿Quién puede saberlo?».
[5] En una carta a su hermano Juan Antonio, el 30 de marzo de 1975, Ribeyro dice: «Los valores que defiende Vargas Llosa no corresponden a las aspiraciones de la mayoría de nuestro pueblo, sino a las de una fracción ilustrada de la burguesía, a la que él pertenece y pertenezco. Pero a veces yo me libero de ese cascarón y veo las cosas de una manera diferente, me pongo en el caso del analfabeto, del sin trabajo, del sin casa, y, entonces, problemas como el de la libertad de prensa me tienen sin cuidado». En otra carta, esta del 16 de junio de 1977, Ribeyro recuerda que una vez, en Chosica, Velasco le preguntó si sabía que Vargas Llosa estaba en contacto con grupos de derecha para una restauración civil. «Yo le respondí que era absurdo, y él se limitó a reír cachacientamente, diciéndome: ‘Tú debes ser también amigo de Zileri’, a quien hasta ahora ni conozco», escribe el cuentista.
[6] La publicación de esta novela y de la anterior motivó que Ribeyro le escribiera a Luis Loayza, en una carta del 1 de setiembre de 1978, acerca de Vargas Llosa: «¿Por qué demonios tentar la prosa artística, el humor, lo autobiográfico, cuando su grandeza venía justamente de la exclusión de esos elementos? Para citar solo referencias latinoamericanas, su prosa nunca será más trabajada que la de Carpentier, su humor más natural y eficaz que el de García Márquez y su vida más novelable que la de tantos escritores que se pueden citar. No lo entiendo verdaderamente. Yo tengo a veces ganas de decirlo o decírselo, pero francamente me inhibo».
[7] En la citada entrevista de 2002, Vargas Llosa recordó: «A mí me invitaron también, pero sospeché que algo iba a pasar y no acudí. Julio Ramón, cuando se vio en la encerrona, no tuvo más remedio que aceptar, muy a su pesar, y tuvo que agradecer públicamente al gobierno esa concesión». 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

interesante saber,vargas llosa, alfredo bryce y julio ramon ribeyro se frecuentaban..tres estilos diferentes....tres grandes.
george

Anónimo dijo...

Muy buen post.

Guely of Sweden dijo...

Hoy tuvimos un debate con mi esposa sobre Varguitas y Ribeyro. Y esta entrada tuya, Jorge, nos ha aclarado muchas cosas. Un agradecido abrazo!