domingo, 30 de agosto de 2009

El retorno del diablillo / Sobre "Los cuadernos de don Rigoberto" (1997)



La novela Los cuadernos de don Rigoberto (1997), de Mario Vargas Llosa, es la prolongación de la historia erótica iniciada en Elogio de la madrastra (1988). Empieza cuando Fonchito se presenta en la casa de doña Lucrecia para pedirle perdón por haber causado la separación de su padre con ella.
No es la primera vez que Vargas Llosa resucita a sus personajes. El sargento Lituma ostenta el récord de aparecer en siete obras de este autor. Por otro lado, Santiago Zavala, protagonista de Conversación en La Catedral (1969), reaparece en la pieza dramática Kathie y el hipopótamo (1983). Asimismo, en la obra teatral La Chunga (1986) vuelven Los Inconquistables, de La Casa Verde (1967).
En Los cuadernos de don Rigoberto sorprende saber que Lucrecia llevaba casada con don Rigoberto una década antes de la ruptura. Es decir, conoció a Fonchito, quien apenas recuerda la cara de su madre, casi desde que nació, como si este fuera su hijo. Se sobrentiende que ella lo educó con el padre. Hay algo que no encaja bien. Más aún cuando la madrastra confiesa que conoció a don Rigoberto al ser este cincuentón. Diez años después se dice que sigue en la cincuentena.
¿Por qué ese interés de retomar algunos personajes de ciertas novelas? Vargas Llosa considera en una entrevista de 2008 que estos no fueron aprovechados del todo, que quedaron flotando en su imaginación. Añade que la creación de un personaje es algo muy misterioso, espontáneo, y no sabe nítidamente qué ruta seguirá. En su único libro de cuentos para niños, Fonchito y la Luna (2010), vuelve el hijo de don Rigoberto, pero sin la intensa carga erótica.
Los cuadernos del padre de Fonchito ofrecen muchas reflexiones interesantes de diverso carácter y algunas historias eróticas ficticias en que la protagonista es Lucrecia, cuyo nombre romano quiere decir «afortunada» y remite a la hija del papa Alejandro VI, con quien —creen algunos historiadores— esta tuvo relación incestuosa.
Al referirse a El lobo estepario (1927), en su libro de comentarios librescos La verdad de las mentiras (1990), Vargas Llosa anotó que ninguna de las novelas del alemán Hermann Hesse figuraron entre sus libros de cabecera en sus años universitarios, pues sus preferencias iban hacia historias en que se reflexionaba menos y se actuaba más, hacia novelas en las que las ideas eran el sustrato, no el sustituto de la acción. Así, el escritor arequipeño privilegió las obras de aventuras, de anécdotas. Sin embargo, en Los cuadernos de don Rigoberto hay muchas opiniones.
En las anotaciones hay reflexiones de cómo se debe diseñar una casa. Además, por qué rechaza la Naturaleza, a los ecologistas; el feminismo; a los aficionados a los deportes; las asociaciones, los clubes. Por otro lado, exalta y defiende las fobias, pues estas le otorgan originalidad al ser humano. Asimismo se opone al nacionalismo, a la pornografía y a la ciencia jurídica, esta por alimentar la burocracia. Son textos dirigidos a los seguidores de estos temas, pero jamás son llevados al correo. Sus consideraciones son muy marcadas. En cierta parte confiesa que toda persona que escribe «nuclearse», «planteo», «concientizar», «visualizar», «societal» y, sobre todo, «telúrico» es un hijo de puta. No soporta el mal gusto.
De espíritu díscolo, califica al Perú de «país preindividualista». En sus cuadernos, se describe como antisocial medio anarquista. También como libertario hedonista, amante del arte y de los placeres del cuerpo. ¿Qué es lo erótico? Para don Rigoberto, es la humanización inteligente y sensible del amor físico. Es decir, lo lento, lo formal, lo ritual, lo teatral. La precipitación, en cambio, es de animales. La pornografía, en su concepto, es lo vulgar, la banalización, la degradación. Por ser distinto, admira al escritor francés de novelas eróticas Nicolás Edmé Restif de La Bretonne (1734-1806), quien tenía una fijación en los pies femeninos.
El mayor tesoro de su casa, ubicada en el distrito limeño de Barranco, son cuatro millares de libros y un centenar de imágenes (litografía, madera, xilografía, dibujo, punta seca, mixografía, óleo, acuarela). Le encanta jugar al inquisidor, de añadir algo a su biblioteca o pinacoteca, pero a condición de que eche al fuego algo de su colección. Es una de las varias manías de este gerente de la compañía de seguros La Perricholi, donde trabaja desde hace 25 años.
De poco atractivo físico, de grandes orejas, de enorme nariz y camino a la calvicie, don Rigoberto lleva una vida imaginativa, intensa y nocturna después del trabajo. Le gusta encerrarse en su estudio, dejar volar su mente y escribir. Sus relatos expresan sus fantasías sexuales. En ellas Lucrecia se entrega a los placeres de la carne rodeada de gatos; se aventura a pasar una semana en Europa con un antiguo pretendiente, luego de que este mediante una carta le prometiera todos los lujos imaginables y llegara a un acuerdo con don Rigoberto; es casi víctima de una violación por parte de Fito Cebolla, empleado de la compañía La Perricholi, a quien echa de la casa, y hace el amor con su doméstica, Justiniana; participa en una orgía con Narciso, hermano ficticio de don Rigoberto, y la esposa de este, Ilse; complació sexualmente a un motociclista castrado; volvió loco de pasión al jurista Nepomuceno Riga.
Influenciada por don Rigoberto, Lucrecia imagina una historia en que es prostituta que busca cliente en el hotel Sheraton de Lima. Él la imagina, además, en un burdel de los bajos fondos de México con él y con una mulata que le mordió su enorme oreja para alcanzar placer.
En este contexto, es importante rescatar algunos comentarios de don Rigoberto acerca de la novela La vida breve (1950), de Juan Carlos Onetti, cuyo protagonista, Juan María Brausen, se escapa de la realidad para crear otra. En el fondo, trata de emular a este personaje en sus cuadernos. Casi una década después, Vargas Llosa publicó el libro de ensayos El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (2008), donde señala: «La vida breve, la mejor novela escrita en América Latina hasta el año en que apareció (1950)».
La otra parte importante de la novela son las visitas de Fonchito a su madrastra. Después de las clases escolares, el niño asiste a una academia de pintura tres veces por semana, de la que se escapa a veces para ver a Lucrecia. En esos encuentros le relata la vida del pintor austriaco Egon Schiele (1890-1918), a quien sabe cada detalle. Es parte de los personajes vargasllosianos obsesivos.
Así, Lucrecia se entera de que el artista europeo falleció a los 28 años de gripe española (causante de 20 millones de muertes en Europa en 1918 y 1919); tenía predilección por pintar niñas desnudas, para lo cual tomaba como modelos a mendigas, a quienes a cambio de comida las hacía desnudarse y posar mostrando su sexo; que rechazaba el dedo gordo, por lo que en sus pinturas las manos aparecían con cuatro dedos; que creó muchos autorretratos con las manos en posturas forzadas; que fue acusado de inmoralidad y seducción en el pueblo Neulengbach.
En cierto momento, la madrastra compara, por la amplitud de conocimientos acerca de un tema a temprana edad, a Fonchito con Jesucristo, quien, a los 12 años, asombró a los doctores de un templo discutiendo con ellos de igual a igual sobre materias teológicas. Aunque, claro, su hijastro estaba más cerca de parecerse a Luzbel, el Príncipe de las Tinieblas. «No se deje engatusar por su cara bonita. Es Lucifer en persona, usted lo sabe», le advierte Justiniana a doña Lucrecia. «Fonchito es capaz de las peores cosas», añade en otro pasaje.
En efecto, la madrastra cree que este niño de ojos azules es una víbora con cara de ángel. Parece la encarnación de la pureza, un dechado de inocencia y virtud, pero es un descarado, cínico y retorcido. Justiniana lo justifica: «Es que ese niño tiene no sé qué. Hace que a una se le llene la cabeza de pecados». Lucrecia opina: «Nunca sé si estoy con un niño o con un viejo vicioso y perverso, escondido detrás de una carita de Niño Jesús». Las referencias religiosas son numerosas. Don Rigoberto señala que le encantan las rodillas y los codos de su esposa; «besándolos asciendo a arcángel». Este, ahora agnóstico, confiesa además que ha pasado muchas horas contemplándolos, «tantas como de niño al pie del crucifijo». La mulata de un prostíbulo mexicano después de llegar al éxtasis con su oreja exclamó: «¡Qué rico me corrí, Virgen santa!». El narrador concluye: «Y, agradecida, se persignó, sin el menor ánimo sacrílego».
No solo don Rigoberto es autor de textos, pues también lo es Fonchito, quien escribe veinte cartas anónimas que le permiten manejar como marionetas a su padre y a su madrastra. Así, el universo de personajes vargasllosianos que escriben se amplía, en el cual habitan el Poeta, de La ciudad de los perros (1963), quien cobraba por cartas de amor o novelas eróticas; Santiago Zavala, de Conversación en La Catedral, editorialista del diario La Crónica; Pantaleón Pantoja, de Pantaleón y las visitadoras (1973), redactor de informes militares; Galileo Gall, el León de Natuba y «el periodista miope», de La guerra del fin del mundo (1981). En Elogio de la madrastra —como se recuerda—, Fonchito confesó sus aventuras con Lucrecia en una composición de tema libre que le encargaron en el colegio.
El libro se compone de nueve capítulos titulados (en los que se intercalan los relatos acerca de las visitas de Fonchito a su madrastra, algunas cartas de amor supuestamente de Lucrecia y su esposo, las reflexiones de don Rigoberto y sus narraciones eróticas) y un epílogo. Hay que anotar que algunas pifias deben repararse en futuras ediciones. Dice: «el Olivar», «la Victoria», «ex-Unión Soviética», «pisco sauer», «setentainueve». Lo correcto es: «El Olivar», «La Victoria», «antigua Unión Soviética», «pisco sour», «setenta y nueve». Asimismo, hay muchas comas innecesarias. Un botón: «El error que cometieron entonces, fue responsabilidad exclusiva de don Rigoberto». Descartados estos descuidos, Los cuadernos de don Rigoberto es una variante ingeniosa de la literatura erótica.

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