jueves, 11 de noviembre de 2010

Fiel cumplidor del deber / Sobre "Pantaleón y las visitadoras" (1973), de Mario Vargas Llosa



Al referirse a su novela Pantaleón y las visitadoras (1973), Mario Vargas Llosa declaró, en 1999, que nunca una obra suya tuvo tanto éxito de público como esta. En efecto, su celebridad es grande porque tiene numerosas ediciones, traducciones y ha sido llevada al cine en dos oportunidades: la primera en 1975 y la segunda en 1999.

El libro fue escrito en Barcelona y se basa en un hecho real, el que Vargas Llosa conoció de oídas en el primer viaje a la Amazonía, en 1958, antes de partir a Europa. En su segunda excursión a la selva, en 1964, mientras escribía la novela La Casa Verde (1966), volvió a escuchar acerca de un servicio de «visitadoras» (prostitutas) organizado por el Ejército para evitar las violaciones sexuales que cometía la tropa.

Años después de publicada la obra, Vargas Llosa recibió una misteriosa llamada telefónica: «Soy el capitán Pantaleón Pantoja. Veámonos para que me explique cómo conoció mi historia». El autor se negó a verlo, fiel a su creencia de que «los personajes de ficción no deben entrometerse en la vida real».

Para esta novela, dejó de lado su compromiso sartreano, la seriedad ante el compromiso social. Esta experiencia le permitió conocer las posibilidades del juego y del humor en la literatura. El general Roger Scavino, por ejemplo, dice que no le pueden tomar el pelo. «¿Se han olvidado que soy calvo?», pregunta. Este tipo de frases condimenta el libro. Otro caso: «Soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca», asegura el general Felipe Collazos. Asimismo resulta gracioso que a la sede principal del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA), ubicado a orillas del río Itaya, se le llame Pantilandia, en honor a su ejecutor, el capitán Pantaleón Pantoja.

A Pantoja se le asigna una misión muy delicada. Para ello, es trasladado de Chiclayo a Iquitos, ciudad a 1.016 kilómetros al nordeste de Lima, en la orilla izquierda del río Amazonas y cuyo clima es muy caluroso. Es significativo que apenas llegue al hotel desate su libido con su esposa. «No te reconozco, Panta», dice Pochita. Las adolescentes de esa región —según el protagonista— tienen «apariencia muy seductora, caderas desarrolladas, bustos turgentes y caminar insinuante». Se cree que la humedad tibia, el ambiente tropical, influye en el comportamiento sexual de sus habitantes. Olga Arellano Rosaura, iquiteña morocha llamada la Brasileña por haber vivido una temporada en Manaos (Brasil), es la más hermosa de las visitadoras. Su belleza arrastra y arrastrará tragedias. En conclusión, la imagen que se ofrece de Iquitos es que se encuentra entre el Cielo y el Infierno.

De diez capítulos en romanos, la técnica empleada en el primero, en el quinto, en el octavo y en el décimo es de interés por diversos motivos. En el primero y en el quinto, por ejemplo, solo al iniciar se emplea el verbo «decir». En las otras conversaciones se detallan las acciones que realizan los personajes: «bosteza Pantita», «se cuadra Pochita», en vez de «dice Pantita», «dice Pochita», como sucede en las narraciones tradicionales. Este recurso le otorga mucho dinamismo al relato, además le permite evitar descripciones entre párrafos. Otro aspecto llamativo es el desfile de voces. En el primer capítulo hablan familiares, oficiales del Ejército, un periodista loretano, un fanático religioso, se pasa de Lima a Iquitos y se regresa a la capital del Perú en un viaje vertiginoso. Todo ello hace que la historia se conozca desde diversos ángulos.

Para que funcione la narración, el autor incorpora en los seis capítulos restantes partes militares, relatos oníricos, guiones radiales, cartas íntimas, reportajes periodísticos, instrucciones castrenses, oficios, solicitudes de baja. Devora todo lo que encuentra a su paso y que sirve para cumplir su objetivo: otorgarle realismo a la descabellada empresa que ejecuta Pantoja, que empezó con cuatro visitadoras en 1956 y terminó con cincuenta en 1959, hasta extenderse su servicio a la marinería y con serias intenciones de tomar en cuenta a mandos superiores. No hay en la prosa de estas páginas mucho arte, sino ingenio. Es más, se reproduce una carta con faltas ortográficas de tres pobladores de Requena, quienes protestan porque no son beneficiarios de las «prestaciones» (relaciones sexuales). Una carta dictada por una ex visitadora, escrita por su prima, una maestra, pasa del trato de usted al tuteo y luego al «usted». Esto le otorga espontaneidad al relato. Aquí lo que se valora es el conjunto, no el detalle.

En la novela hay dos personajes apasionados. Pantoja es el prototipo de militar, ni fumador ni borrachín ni mujeriego. «Ya tenemos quien represente al arma en el Paraíso», dice el general Victoria. Es decir, un oficial sin vicios, además de riguroso cumplidor del deber. Su padre y su abuelo fueron dos ilustres miembros del Ejército. Su sentido matemático del orden y su capacidad de organizador nato permiten que lo elijan entre ochenta oficiales para realizar la misión de Iquitos. En su primer parte se observa su obsesión por la exactitud, para la cual recurre a encuestas, calcula el tiempo de duración de cada «prestación». Ya involucrado en el proyecto, sueña con extender su labor a todo el territorio nacional, «con una flota de barcos, ómnibus y centenares de visitadoras».

El Hermano Francisco, el santo de la cruz, es el otro personaje vehemente. Desde la primera página se habla de él. Pochita comenta una noticia aparecida en el diario El Comercio acerca de su crucifixión en Leticia, Colombia, para anunciar el fin del mundo. Lo metieron en un manicomio, pero sus seguidores lo liberaron a la fuerza. Llega a Iquitos de Brasil en un viaje a pie y en balsa. Cada cierto trecho ordena que sus devotos lo claven en una cruz. Lo mismo hace con animales, como monos, tigrillos y loros, para que su sangre bañe a los fieles de rodillas. Los prosélitos no son solo gente de los estratos deprimidos, sino también de clase media, como la madre de Pantoja, doña Leonor. El asunto alarma cada vez más a las autoridades. Sobre todo, después de la muerte de un niño cerca de la laguna de Moronacocha. Sin embargo, el Hermano Francisco, como personaje, no llega a tener mayor nitidez. Su historia es de segundo plano.

Sin duda, haber sido cadete del Colegio Militar Leoncio Prado le permitió a Vargas Llosa conocer algunos giros lingüísticos de los militares. «A los abusivos me los señala», dice el coronel Máximo Dávila, es decir, emplea un posesivo innecesario, pero enfático. En otro plano, se toma en cuenta el habla de un personaje de origen asiático, del Chino Porfirio Wong: «No gané plata, pelo sí experiencia. Boletelo de cine, motolista de lancha, cazadol de selpientes pa la expoltación». Lo que no se reproduce es la forma tan especial de construir las frases de los loretanos: «De la Amazonía su encanto», por ejemplo. Por otro lado, en los partes militares que se transcriben hay un error, pues dice «Fecha y lugar: Iquitos, 12 de agosto de 1956», cuando debería decir: «Lugar y fecha: Iquitos, 12 de agosto de 1956». En la carta de Pochita a su hermana Chichi se comete un pleonasmo: «chunchos de la selva». Bastó decir «chunchos». Lo mismo pasa con la frase del teniente Bacacorzo: «Tendría que importar visitadoras del extranjero».

La corrupción es uno de los males del país expresados en el libro. Leonor Curinchila, conocida como Chuchupe, dueña de un prostíbulo, asegura que debe desembolsar bastante dinero a la Policía para que le permitan trabajar. Germán Láudano Rosales, conocido como el Sinchi, periodista demagogo, inmoral y de gran audiencia a través de Radio Amazonas, defiende, ataca o calla por dinero. «Puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré por una compensación mínima», se excusa ante Pantoja, quien no puede evitar caer en sus redes. «Soy un superhombre en Iquitos», añade esta sanguijuela. Otro tema criticable es la sociedad machista. El diario iquiteño El Oriente, el 5 de enero de 1959, acusa al Servicio de Visitadoras de acarrear «mujeres de mal vivir, como si fueran piezas de ganado o artículos de primera necesidad».

La novela se desarrolla de agosto de 1956 a enero de 1959, durante el segundo régimen democrático de Manuel Prado Ugarteche (1956-1962). Hay que tener en cuenta que el general Manuel A. Odría, de corte liberal, gobernó hasta el 28 de julio de 1956. Pantaleón y las visitadoras se publicó durante la dictadura del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), de inspiración socialista y a la que Vargas Llosa apoyó inicialmente. El antimilitarismo, presente en otros libros del autor arequipeño, se expresa aquí también. «Ese idiota ha convertido el Servicio de Visitadoras en el organismo más eficiente de las Fuerzas Armadas», protesta el general Scavino al referirse al capitán Pantoja. En la parte final, este dice: «Yo necesito tener jefes. Si no tuviera, no sabría qué hacer, el mundo se me vendría abajo». Una situación vertical, sin mucha libertad.

El mundo prostibulario, retratado por importantes autores latinoamericanos como el uruguayo Juan Carlos Onetti (Juntacadáveres, 1964) o el colombiano Gabriel García Márquez («La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada», 1972), tiene aquí un digno exponente en la literatura. Vargas Llosa muestra, así, ser un escritor de enorme versatilidad.

No hay comentarios.: