jueves, 11 de noviembre de 2010

Voraz, heterogéneo y abundante / Sobre "Conversación en La Catedral" (1969), de Mario Vargas Llosa




Conversación en La Catedral (1969), de Mario Vargas Llosa, es un libro voluminoso, complejo y lleno de amargura. Ninguna otra novela le ha dado tanto trabajo a su autor, quien en el prólogo a la edición de 1999 confiesa que si tuviera que salvar del fuego una sola de las que ha escrito, sería esta.
Para redactarla, se documentó con periódicos de la época, entrevistó a miembros de la dictadura y leyó los discursos del presidente Manuel A. Odría (1948-1956). Meses después de la publicación del libro, Alejandro Esparza Zañartu, quien inspiró al novelista para crear el personaje Cayo Bermúdez, declaró a la revista Caretas: «Si Vargas Llosa me hubiera consultado, le habría contado tantas cosas».
Algunos momentos de la dictadura se destacan en la novela: el ascenso al poder en 1948, la Ley de Seguridad Interior decretada en 1949, la represión a los opositores al mando del director de Gobierno, el asilo del líder aprista Víctor Raúl Haya de la Torre en la embajada de Colombia de 1949 a 1954, la detención del general Ernesto Montagne (el único candidato contrario en los comicios presidenciales), las elecciones de 1950, el frustrado golpe de Estado de 1954 liderado por un ex miembro del régimen y la revuelta sangrienta en Arequipa en 1955, que provocaría la renuncia del ministro de Gobierno. Estos hechos importan porque afectan la vida de los personajes.
El antimilitarismo del autor, como su odio visceral a las dictaduras, se evidencia aquí. El gobierno de Odría sirve a los intereses de la alta burguesía y de las compañías extranjeras, como la International Petroleum Company o la Cerro de Pasco Corporation. La sensación que deja de la política peruana produce náuseas. El senador oficialista Fermín Zavala asegura: «En este país, todo es cuestión de relaciones», y el funcionario Cayo Bermúdez afirma: «Para limpiar el Perú de pericotes tendrían que lanzarnos unas bombitas y desaparecernos del mapa».
Si en La ciudad y los perros (1963), Vargas Llosa presenta momentos de zoofilia, en Conversación en La Catedral diversifica su muestrario de perversiones. A Cayo Bermúdez le encanta observar a su amante, Hortensia, hacer el amor con la prostituta Queta. Asimismo, el matón Hipólito se excita con las golpizas que le dan a un detenido político. Fermín Zavala somete sexualmente a su chofer, el zambo Ambrosio Pardo. El autor tiene una fijación por lo aberrante. Otra forma de degradación es la dependencia de varios personajes al alcohol, a la cocaína y al tabaco.
Con Cayo Bermúdez y Ambrosio Pardo, Santiago Zavala es uno de los personajes más relevantes del libro. Después de estudiar en el colegio Santa María, ingresa en la Universidad de San Marcos, donde participa en una organización del Partido Comunista Peruano, la cual es contraria a la dictadura y que publica el pasquín Cahuide. Decepcionado de la política, acaba trabajando en La Crónica, un periódico de corte sensacionalista. Su colega Carlitos le comenta: «Hay que ser loco para entrar en un diario si uno tiene algún cariño por la literatura. El periodismo no es una vocación sino una frustración».
Varias familias se encuentran desintegradas en la obra. Santiago Zavala odia a su padre por su oportunismo político, su inmoralidad en los negocios y el aprovechamiento sexual a su chofer. Sin embargo, no es el único que siente rechazo por su progenitor: les pasa lo mismo a Ambrosio Pardo y a Cayo Bermúdez, quien se casa pese a la oposición paterna, como le sucedería al hijo de don Fermín y como le sucedió al autor.
Para saber de qué elementos autobiográficos se sirvió Vargas Llosa, es conveniente revisar sus memorias, El pez en el agua (1993), en que se observa el conflicto con su padre. Un dato curioso se descubre: el progenitor del novelista muere como don Fermín, pero diez años después de la publicación del libro, de un infarto, camino a la clínica Americana, en Lima.
Su experiencia como periodista bohemio en La Crónica, su accidente en el serpentín de Pasamayo cuando iba a entrevistar al ganador de La Polla, una jugosa apuesta, y el momento en que busca la noticia del crimen de una prostituta se encuentran en la novela con los inevitables maquillajes y añadidos. Además, se trata acerca de su paso como estudiante de San Marcos, su militancia en Cahuide, el rescate de su perro Batuque y sus años de joven recién casado en «la quinta de los duendes» de la calle Porta.
Como en sus primeras novelas, Vargas Llosa se interesa por la experimentación formal. La conversación de cuatro horas entre Santiago Zavala y Ambrosio Pardo en el fétido bar La Catedral, que da título al libro, se expande de una manera asombrosa con diálogos de diversos escenarios y tiempos en un complejo montaje. Otro de los sellos del autor es empezar cada episodio con una o más palabras, todas en mayúsculas.
En la distribución de los diálogos, poco importa si el narrador anticipa la muerte de algunos personajes como Trinidad López, Amelia Cerda o Fermín Zavala. El lector sigue en la madeja con el deseo de saber los detalles. Es decir, no pierde el interés en continuar la lectura. Vargas Llosa demuestra, además, tener un gran oído para el habla popular, que se expresa con gran riqueza en términos como «cholear», «mataperrear», «muñequear», «pata», «requintar», entre otros. A la vez, hay una gran cantidad de diminutivos propios del lenguaje limeño. Por ejemplo, «cafichito», «carcochita» o «hembrita».
Con el afán de ser total, la novela devora diversos distritos limeños como Ancón, Jesús María, Magdalena, Miraflores, Rímac, San Miguel, Surquillo. La geografía alcanza a ciudades de la costa, sierra y selva. En cuanto a los personajes, hay una preferencia por tratar la vida de los inmigrantes y de la gente de origen humilde: domésticas, choferes, matones, prostitutas.
En su estudio Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad (1970), José Miguel Oviedo considera que la principal objeción que cabe hacerle a la novela es la falta de remordimiento de Ambrosio Pardo por cometer un crimen espantoso. Tal vez se debió trabajar mejor el personaje para que la historia convenza del todo. El novelista, asimismo, en una entrevista de 1986, realizada por Sonia Goldenberg, le da la razón al crítico David Gallagher, cuando este asegura que la obra se oscurece, pierde frescura cada vez que se acerca al poder, tanto político cuanto económico, es decir, a Cayo Bermúdez o a Fermín Zavala. Vargas Llosa considera también que un peruano puede leerla «de una manera más rica que un finlandés o un filipino», pues el libro está supeditado a condiciones de tiempo y lugar. Como es usual en libros voluminosos, hay frases poco felices. Un caso: «Se puso flaco como perro» (¿?).
Sin duda, el personaje más racista es doña Zoila, la madre de Santiago Zavala. Ella rechaza a los estudiantes de San Marcos, a la esposa de su hijo y al presidente Odría, pese a que favorece económicamente a su familia, por ser «cholos». Al conocer a su nuera se enfurece porque tiene aspecto de «sirvienta». El zambo Ambrosio es también discriminado cuando intenta ingresar en un burdel, por temor a que el negocio se desprestigie.
Escrita de mediados de 1966 a fines de 1969, con una primera versión de mil quinientas páginas, Conversación en La Catedral retrata con maestría un país envuelto en graves problemas. Una de las cumbres de la novela, en cualquier lengua, por su riqueza técnica.

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