jueves, 20 de octubre de 2011

Correspondencia fraterna / Sobre "Cartas a Juan Antonio" (1996, 1998), de Ribeyro


Al referirse a sus cartas, en una correspondencia del 18 de abril de 1977, Julio Ramón Ribeyro le asegura a su hermano mayor: «Me parece bien que las guardes y las ordenes. Quizá alguna vez podrás publicarlas con el título de Cartas a Juan Antonio. No sé si tendrán algún valor, pero de todos modos hay cosas seguramente que solo te he dicho a ti y que al menos tienen el mérito de la sinceridad». Póstumamente, esta selección apareció en dos volúmenes: el primero en 1996 (periodo 1953-1958) y el segundo en 1998 (periodo 1958-1970).
¿Qué pensaba el cuentista acerca de este género? En una entrevista realizada por César Lévano en 1973 para la revista Caretas, Ribeyro dice que en las cartas uno siempre comete el error de considerar como verdades universales lo que es a menudo sentimiento pasajero. «La carta es el género de la exageración», sentencia. Por ello, la mayoría expide su correspondencia apenas termina de escribirla, pues si se deja reposar, uno no se reconoce en ella y la destruye.
Las cartas a su hermano Juan Antonio, fallecido en abril de 1996, suman medio millar. En el desaparecido diario El Sol se editaron, desde el 7 de abril de 1996 hasta el 22 de setiembre de 1999, más de doscientas, en orden cronológico. La primera fue remitida el 3 de marzo de 1953 y la última fue enviada el 14 de setiembre de 1981. Luego del cierre de ese periódico, se publicaron algunas cartas en las revistas Caretas, La Casa de Cartón de Oxy y Etecé, y en los diarios El Peruano, La República y La Primera. La carta más reciente publicada fue remitida el 2 de julio de 1983.
Muchas de las misivas fueron escritas a mano. El 3 de marzo de 1953 anota: «Me acaban de quitar la máquina de escribir. No puedo seguir porque mi lapicero está malogrado y, además, no tengo tinta». La cita evidencia la dificultad económica del autor en ciernes. Para contrarrestar esta situación, busca becas, colabora en el suplemento «Dominical», del diario El Comercio, trabaja en empleos menores.
Antes de viajar a Europa, tenía interés en escribir relatos fantásticos sin ofrecer crítica social. De esta época quedan los celebrados cuentos «Demetrio», «La insignia» y «Doblaje», que corresponden a 1952. En carta del 28 de enero de 1954 apunta: «Ahora estoy convencido de que debemos escribir sobre lo que ocurre en nuestro país, eso es lo único que interesa. El gran error de mis cuentos anteriores es que no transcurrían en ningún sitio, que sus personajes carecían de nacionalidad, estaban desarraigados del paisaje y de la tierra». En su primer libro, Los gallinazos sin plumas (1955), los protagonistas de sus relatos son albañiles, domésticas, pescadores de una Lima transformada por la migración.
Hay seis cartas que se publicaron en El Sol que no se reproducen en el libro. Fueron omitidas por decisión de Luci de Ribeyro, viuda de Juan Antonio, pues en estas las penurias son extremas. En una, fechada en Madrid el 18 de junio de 1953, dice: «Durante meses he estado sin jabón, sin pasta de dientes, sin peine, sin ropa limpia, sin cigarrillos, sin viajes». Más adelante señala: «Calzoncillos me quedan dos, y yo mismo tengo que lavarlos de un día para otro». El pudor venció a pesar de que se sabía de esta situación del cuentista, quien en su diario personal escribe en París el 12 de octubre de 1953: «La primera lluvia de otoño me sorprende en mi hotel, muy de mañana, sin un franco en el bolsillo y el estómago vacío hace veinte horas».
Algunas cartas a otros destinatarios se han editado en diversos periódicos. En una carta del 1 de junio de 1965, publicada en el diario El Comercio, se dirige a Manuel Scorza, editor de Populibros Peruanos. Se queja por las numerosas erratas de Los geniecillos dominicales (1965). «Desautorizo públicamente dicha edición y me reservo el derecho de recurrir a la vía judicial», dice.
La revista Hueso Húmero, en noviembre de 2005, publicó cinco cartas de Ribeyro a su colega y amigo Luis Loayza, donde hay comentarios acerca de Prosas apátridas (1975, 1978, 1986). Son cartas fechadas de 1975 a 1978.
El crítico y traductor alemán Wolfgang A. Luchting, en sus libros J. R. Ribeyro y sus dobles (1971) y Estudiando a Ribeyro (1988), incluye varias cartas del cuentista. En una de ellas, fechada el 21 de noviembre de 1967, Ribeyro lo autoriza citar extractos de sus misivas, ensayos, conferencias, etcétera, siempre y cuando no emita en ellos juicios demasiado severos contra amigos suyos vivos.
En Cartas a Juan Antonio, Julio Ramón le pide a su hermano anécdotas sobre su barrio de Miraflores, informes sobre la narrativa peruana reciente, que entregue artículos o cuentos a ciertos periódicos o editoriales, que pase a limpio sus textos, que haga gestiones para obtener o prolongar becas. Son curiosas las formas como se dirige a su diligente hermano. Lo llama «recordado narigón», «mi fiel emisario», «querido narices».
Otra persona que ayudó mucho a Ribeyro fue Panchito, peruano que en París lo ayudaba económicamente. Este personaje aparece en dos de sus cuentos: en «El primer paso», como sutil vendedor de cocaína en un bar de Surquillo, y en «Solo para fumadores», como compatriota dadivoso en la capital francesa. En carta parisina del 9 de abril de 1957 dice: «Es generoso, pródigo, útil, no tolera que ningún amigo suyo sufra alguna privación». Por otro lado, la misteriosa C. de su diario personal aparece con nombre y apellido: se trata de Cathy Herrera. Sin embargo, en su correspondencia apenas se advierte una relación amorosa. Todo lo contrario sucede con las páginas de su diario personal.
Las primeras cartas las remite desde Madrid, París, Múnich, Amberes y Berlín. Desde esta última ciudad escribe patéticas líneas, poco más de una década de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el 14 de noviembre de 1957: «El primer día que llegué me dieron ganas de llorar, de escaparme en el primer tren porque durante una hora no hice otra cosa que buscar un hotel entre ruinas». El 24 de febrero de 1966 cuenta que unos desconocidos golpearon al fundador del Partido Aprista, Víctor Raúl Haya de la Torre, en París: «Nunca he sabido quiénes fueron, por más que traté de informarme. Unos dicen que fueron unos estudiantes de izquierda. Esto me parece improbable, pues tengo enlace con ellos y me habría enterado. Otros dicen que fue un lío de maricas, pues los cafés que frecuenta Haya son de esa calaña».
En el prólogo a Cartas a Juan Antonio, Alfredo Bryce Echenique anota que el «diálogo epistolar que aquí se publica no es otra cosa que el testimonio de uno de los más intensos y hermosos ejemplos conocidos por el amor fraternal». La edición póstuma de esta correspondencia no solo permite conocer mejor la sensibilidad del autor de La palabra del mudo, sino también continuar deleitándonos con su fina prosa.

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