20 de octubre de 2011

El mundo en una mano / Sobre "La palabra del mudo" (1949-1994), de Ribeyro

La palabra del mudo (edición española de Seix Barral, un volumen, 2010).

En 1973, Carlos Milla Batres, editor salvadoreño afincado en el Perú, agrupó todos los cuentos de Julio Ramón Ribeyro en dos volúmenes, con el título general de La palabra del mudo. El tercer tomo apareció en 1977 y el cuarto, en 1992. En 1994, en un solo volumen, la editorial española Alfaguara sacó a la luz Cuentos completos, con varios añadidos. Ese mismo año, poco antes de fallecer el autor, se publicó en Lima y en cuatro tomos La palabra del mudo, a cargo de Jaime Campodónico[1]. En el año 2009, para el Perú en dos volúmenes, y 2010, para España en un volumen, Seix Barral ofreció con el mismo título y con agregados, una edición que intenta ser definitiva. En total, la colección reúne ahora 95 cuentos[2].
Ribeyro inició la publicación de su obra en 1949 con «La vida gris», que apareció en la revista El Correo Bolivariano y que fue calificado por su autor como el padre de sus cuentos. Son seis relatos los que Ribeyro publicó en diversos periódicos y que no integraban La palabra del mudo hasta la edición de Seix Barral. La media docena se publicó por primera vez en el libro Ribeyro, la palabra inmortal (1995), que edité póstumamente con seis entrevistas que realicé al autor.
El personaje principal de «La vida gris», Roberto, nunca resaltó por algo, todo en él era «neutro, limitado y barato». Ribeyro traza aquí al protagonista de sus narraciones más típicas: un sujeto de clase media, temeroso y mediocre. Su presencia se encuentra en cuentos como «Dirección equivocada», «El jefe» y «El profesor suplente», de Las botellas y los hombres (1964). En este último relato, Matías Palomino no tiene el valor suficiente para reemplazar a un profesor de Historia, pues, vencido por la timidez de enfrentarse a un aula expectante, vuelve a su hogar y se echa desconsoladamente a llorar ante su mujer.
Sin embargo, la mayor parte de los primeros cuentos de Ribeyro son de corte fantástico, influenciado sin duda por el checo Franz Kafka. Cuatro de los seis relatos rescatados en Ribeyro, la palabra inmortal son de este tipo: «La huella», «El cuarto sin numerar», «La careta» y «La encrucijada». Salvo el último —publicado en 1953—, todos ellos fueron editados en 1952. El narrador del segundo relato dice en una parte que poco a poco fue envuelto por una «atmósfera onírica» y en otro momento cree haber vivido una pesadilla. El valor de estos textos es más histórico que literario.
De ese año data también «La insignia», que pertenece a Cuentos de circunstancias (1958). En este relato, uno de los más célebres de Ribeyro, un sujeto encuentra un distintivo en un tacho de basura y cierto día, al utilizarlo, es incorporado a una organización de la que llega a ser presidente, sin saber sus objetivos. Es significativo que se hable de un autor muerto en Praga, la ciudad de Kafka.
Hasta esa fecha, Ribeyro podría ser tomado por reaccionario, pues en sus conversaciones universitarias adoptaba una actitud retrógrada. «Pensaba, por ejemplo —confiesa en una entrevista realizada por César Calvo en 1971—, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían la razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas».
Mediante una beca, concedida por el Instituto de Cultura Hispánica, Ribeyro llega a Madrid a fines de 1952 para estudiar Periodismo. En España, alternando con latinoamericanos progresistas, se consideró políticamente equivocado. Al año siguiente, en 1953, cuando viajó a París, se operó un gran cambio en él. Eso se debió, en parte, a que tuvo que trabajar en oficios muy penosos. Fue recogedor de periódicos viejos (experiencia rememorada en el cuento «Solo para fumadores») y cargador en una estación de tren (ver «La estación del diablo amarillo»). Comprendió la vida dura de los obreros, lo que lo aproximó al socialismo.
Producto de ese acercamiento es su primera colección de cuentos, Los gallinazos sin plumas (1955), donde algunos protagonistas son albañiles, pescadores, domésticas, recogedores de desperdicios para alimentar a un cerdo. Ribeyro se interesa profundamente por el nuevo rostro de la ciudad de Lima: invadida cada vez más por provincianos, especialmente de la sierra, debido a la crisis agraria. Al igual que otros miembros de su generación, como Enrique Congrains Martin o Luis Felipe Angell, Ribeyro cultiva el realismo urbano, en que muestra el lado injusto y horrible de la sociedad. El relato que da título al libro («Los gallinazos sin plumas») nació cuando era portero de hotel y, años más tarde, fue utilizado como una de las tres historias del largometraje Caídos del cielo (1990), de Francisco Lombardi.


Los gallinazos sin plumas (1955).

¿Cómo clasificar los relatos de Ribeyro? Algunos libros de cuentos tienen unidad, pero otros parecen cajón de sastre, como el mencionado Cuentos de circunstancias, del cual resalta «Explicaciones a un cabo de servicio», monólogo que impresiona por los diversos giros de una historia que transcurre en Lima. «La botella de chicha», «Página de un diario», «Los eucaliptos», «Scorpio» y «Los merengues», en cambio, son textos que se basan en recuerdos de infancia, como «Por las azoteas», que pertenece al también citado Las botellas y los hombres.


Cuentos de circunstancias (1958).

Se dice con justa razón que muchas de las historias ribeyrianas terminan en fracaso, que sus personajes son víctimas de un chasco. Un caso emblemático es «El banquete», en que se ve a un tipo agasajar al presidente de la República tirando la casa por la ventana en busca de un favor político. El desenlace es tragicómico. Del mismo corte es «Una aventura nocturna», ambientada en Miraflores, lugar recurrente de Ribeyro. «La piel de un indio no cuesta caro», por el contrario, es una crítica feroz al desprecio que las clases dominantes tienen por los desfavorecidos, cuya gran mayoría son de origen andino. En otro cuento, «De color modesto», el dardo se dirige al racismo contra los afroperuanos.


Las botellas y los hombres (1964).

La posición política de Ribeyro se acentuó con Tres historias sublevantes (1964), libro de cuentos en el que está implícito su compromiso con la realidad peruana como intelectual. Cada relato se ambienta en una región natural del país: «Al pie del acantilado» en la costa, «El chaco» en la sierra y «Fénix» en la selva. El autor vuelve a ofrecer un conjunto homogéneo. El primer cuento es, de lejos, el mejor. Un relato conmovedor contado por un anciano que instala ilegalmente una modesta vivienda frente al mar, en medio de la explosión demográfica limeña. La historia de muchos inmigrantes.
Es necesario precisar que Ribeyro tuvo en Francia amistad con varios miembros de las guerrillas de entonces, las cuales planeaban llegar al poder a la manera cubana. En 1963, uno de ellos, el poeta Javier Heraud, que era integrante del Ejército de Liberación Nacional, murió abaleado en el río Madre de Dios. El cuento «Fénix» está dedicado y es un homenaje a este joven revolucionario, a quien Ribeyro conoció en París en 1961, cuando aquel venía de Moscú y regresaba a Lima. Las últimas líneas del relato se inspiran en el poema «El río» (1960), del siniestrado poeta guerrillero. En 1965, Ribeyro declaró abiertamente su respaldo a la lucha armada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), dirigida por Luis de la Puente Uceda, firmando un manifiesto con siete peruanos que se encontraban en la Ciudad Luz, entre ellos Mario Vargas Llosa.


Cuentos de circunstancias (1958).

A diferencia de los anteriores conjuntos de cuentos, Los cautivos y El próximo mes me nivelo jamás se publicaron en forma individual, aunque algunos investigadores los ficharan como tales. Aparecieron por primera vez en el segundo tomo de La palabra del mudo (1973), edición de Carlos Milla Batres, quien al agrupar todos los cuentos en una lujosa presentación realzó el interés por la obra ribeyriana.
La organicidad de Los cautivos se debe a que todos los cuentos se inspiran en las experiencias de juventud del autor en Europa. Su residencia en el Madrid franquista («Los españoles»), su viaje a Varsovia como asistente a un congreso de estudiantes («Bárbara»), su visita a un viejo escritor en Bélgica («Ridder y el pisapapeles», que —contra lo que se cree— se basa en un hecho real), su estadía en Fráncfort («Los cautivos»), su paso por hoteles parisinos («Nada que hacer, monsieur Baruch», «La primera nevada»), su amistad con un periodista de la agencia France-Presse («Las cosas andan mal, Carmelo Rosa»).
En «Espumante en el sótano», de El próximo mes me nivelo, volvemos al personaje mediocre, conformista, incapaz de arriesgar. En este caso el protagonista se encuentra anclado en un puesto hace veinticinco años: «Mi querida esposa siempre me dijo: Aníbal, lo más seguro es el ministerio. De allí no te muevas. Pase lo que pase. Con terremoto o con revolución. No ganarás mucho, pero a fin de mes tendrás tu paga fija».
A Ribeyro se le ha calificado con ironía como «el mejor escritor peruano del siglo XIX». La afirmación se apoya en la preferencia de Ribeyro por técnicas narrativas decimonónicas, su admiración por los escritores franceses Stendhal, Gustave Flaubert y Guy de Maupassant, a quienes dedicó artículos literarios, en una época en que los artificios vanguardistas del boom de la literatura latinoamericana cautivaban lectores: La muerte de Artemio Cruz (1962), del mexicano Carlos Fuentes; Rayuela (1963), del argentino Julio Cortázar; Conversación en La Catedral (1969), de su compatriota Mario Vargas Llosa. Pero ahí están ejemplos de monólogo interior en la pluma de Ribeyro: «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa» y «Los predicadores», aunque es cierto que son textos menos logrados.
En 1968, al producirse el golpe de Estado del general Juan Velasco Alvarado, Ribeyro adopta una actitud diferente frente a los militares. A este dictador lo había conocido en 1963, cuando era agregado militar de la Embajada del Perú en Francia. Confiaba en que, en el poder, su preocupación por los sectores populares beneficiaría al país.
Gracias a Velasco Alvarado, Ribeyro es incorporado en 1970 al cuerpo diplomático como agregado cultural de la Embajada peruana en Francia. Este cargo lo abandonó en 1972 para ser representante alterno del Perú ante la Unesco. En una entrevista de 1971, publicada en la revista Narración, Ribeyro declara que el proceso desencadenado por el gobierno de facto es positivo, pues lleva a la práctica reformas que necesitaba el Perú hace cuarenta años y que ningún gobernante había hasta entonces ejecutado.
No obstante, el espíritu que más se le conoce a Ribeyro es el de un escéptico optimista, quien es aquel que conserva cierta esperanza en que las cosas tal vez se arreglen, sin saber cómo. Su carácter por entonces tiende, además, al individualismo, motivado quizá por el momento crítico que vivió en 1973, al ser operado dos veces de cáncer, producto de su adicción al tabaco. A esta etapa pertenecen sus textos reflexivos de Prosas apátridas (1975).
Un cuento que representa este periodo es «Silvio en El Rosedal», escrito en 1976, cuyo protagonista busca una verdad que nunca encontrará. Pertenece al tercer tomo de La palabra del mudo (1977), edición de Milla Batres, el cual ofrece algunos de los más memorables cuentos ribeyrianos. Aparte del mencionado, destacan «Tristes querellas en la vieja quinta», que refiere sobre la convivencia, la necesidad del otro; «Alienación», la vida de un zambo que quería ser un rubio de Filadelfia y de una rubia limeña que terminó como «chola de mierda» en Kentucky; «El marqués y los gavilanes», que se centra en un personaje de rancia estirpe desplazado por los nuevos ricos, y «La juventud en la otra ribera», que habla de los riesgos de querer ser mozuelo en París cuando se tiene más de cincuenta años. Nuevamente hallamos un cajón de sastre.


La palabra del mudo (volumen 3, 1977).

Con la publicación de Solo para fumadores (1987), Ribeyro rompió un silencio de una década como cuentista. Al periodo sangriento que el Perú sufrió a causa de la subversión en la década de 1980, que dejaría aproximadamente setenta mil muertos y cuantiosas pérdidas materiales, Ribeyro solo le dedica unas líneas en su obra de ficción[3]. Cuando recuerda su estancia en Huamanga en 1959, como director del Departamento de Extensión Cultural de su universidad, apunta en el cuento que da título al libro: «Esa vieja, pequeña y olvidada ciudad andina era una delicia. El camarada Gonzalo no había hecho aún su aparición ni su filosofía señalado ningún sendero luminoso».
Salvo en «Escena de caza», los protagonistas de este libro son escritores. Los problemas que se exhiben en esta colección son asuntos que competen preferentemente a literatos, como el vicio de fumar («Solo para fumadores»); escribir la ansiada novela («Ausente por tiempo indefinido»); soportar charlas con tipos desagradables, presumidos («Té literario»); resolver el final de un relato («La solución»); la locura, la soledad y la postración («Conversación en el parque»); la búsqueda de un lugar solitario y acogedor, para dedicarse a la lectura y la meditación, lejos de las grandes urbes («La casa en la playa»).


Solo para fumadores (1987).

En la presentación del primer volumen de La tentación del fracaso, su diario personal, en Barranco, en julio de 1992, Ribeyro declaró que los artistas, a pesar de vivir en condiciones difíciles, deben continuar creando. Era una alusión al atentado cometido días antes por Sendero Luminoso en la calle Tarata, que había costado la vida de veinticinco personas.
Precisamente en 1992 apareció el cuarto y último volumen de La palabra del mudo, que recoge Solo para fumadores y ofrece una colección de cuentos hasta entonces inédita: Relatos santacrucinos. Ribeyro aquí no quiere comprometerse con la realidad peruana contemporánea. Alegaba que era algo que desconocía profundamente, pues hacía tres decenios que residía en París. En la introducción del libro, el autor señala que este tomo tiene una característica especial, ya que el significado del título general de sus cuentos (La palabra del mudo) ha variado. Ya no desea «darle voz a los olvidados, los excluidos, los marginales, los privados de la posibilidad de expresarse», sino exponer sus propias historias, sus propias ideas de manera más directa. En consecuencia, el mudo es ahora él. «Y eso quizá porque desde otra perspectiva yo sea también un marginal», confiesa.


Cuentos completos (edición española de Alfaguara, un volumen, 1994).

El barrio miraflorino de Santa Cruz es un lugar acogedor, la «Arcadia, el país encantado de la niñez», rodeado de moreras, eucaliptos, ficus, acequias, chacras, barrancos, playas y acantilados, donde es dulce vivir. La familia del narrador es de clase media, carece de aprietos económicos, conformada por dos padres y cuatro hijos (dos hombres y dos mujeres). En breves crónicas refiere el terremoto que asoló la ciudad y que, según las estadísticas oficiales, causó entre dos mil y tres mil muertos («Mayo 1940»); ciertas incursiones de ladrones a su hogar («Cacos y canes»); prejuicios por bellas jóvenes de Loreto y chismes de vecindad («Las tres gracias»); un desfile escolar por Fiestas Patrias y el enamoramiento de un compañero de colegio («Mariposas y cornetas»); la muerte de amigos que no alcanzaron la adolescencia («Los otros»).


La palabra del mudo (edición peruana de Jaime Campodónico, cuatro volúmenes, 1994).

Uno de los aspectos que poco se menciona de Ribeyro es el humor, que en este cuarto tomo se percibe de modo más nítido. Tanto los chascos como las humillaciones los sufre esta vez el álter ego de Ribeyro. En «Atiguibas», donde expresa su pasión por el fútbol, el protagonista es estafado «por un mulato pendejo» que no quiere revelar el significado de la palabra que da título al cuento. En «La música, el maestro Berenson y un servidor» queda asombrado al ver a su admirado director de orquesta en un estado lamentable: bebedor y en trajes raídos. En el conocido «Solo para fumadores», que repasa su vida a través de su relación con el tabaco, tiene que recurrir a la venta de sus libros, pedir fiado, mendigar, trabajar en oficios menores y actos inverosímiles —con resultados diversos— para conseguir un cigarrillo y mantener un vicio que lo conduce al borde de la muerte y a ser intervenido quirúrgicamente. Ribeyro falleció el 4 de diciembre de 1994, tras una larga lucha contra el cáncer, meses después de ser reconocido como uno de los más importantes narradores de la lengua castellana, y de ser declarado ganador del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.



[1] La edición de Jaime Campodónico no incluyó «Almuerzo en el club», que aparece en Cuentos completos, de Alfaguara, porque el autor no quería enemistarse con un pariente, su tío Fermín Zúñiga.
[2] A los Cuentos completos de Alfaguara se incorporaron los seis relatos de Ribeyro, la palabra inmortal, «Los huaqueros» (publicado en francés, en 1964, en el conjunto Charognards sans plumes y desconocido en castellano) y «Surf» (inédito hasta ese momento, escrito en 1994). Aparecen también, de forma arbitraria, «El Abominable» (inicio de una novela inconclusa que sería parte de El pedestal sin estatua, libro que jamás se publicó) y «El parque Sucre» (cuyo título definitivo es «Juegos de la infancia» y que es capítulo de su autobiografía inacabada).
[3] En su cuento póstumo «Surf», de carácter autobiográfico, escrito en Barranco y fechado el 26 de julio de 1994, dice: «el país atravesaba una época convulsiva, en la que imperaban la violencia, el terror y la muerte. No pasaba día en que no se produjeran asesinatos, secuestros, atentados, a cargo de grupos en armas, bandas fanatizadas que se habían propuesto destruir el orden existente para instaurar uno nuevo donde prevalecieran la justicia, la libertad y la igualdad. Muchas veces, en medio de estas reuniones [desarrolladas en un departamento frente al mar], se escuchaba estallar una bomba y luego las sirenas de carros de Policía y de bomberos que acudían al lugar de los hechos».



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