jueves, 20 de octubre de 2011

El parnaso en el bar / Sobre "Los geniecillos dominicales" (1965), de Ribeyro


El título de la segunda novela de Ribeyro, Los geniecillos dominicales (1965), la cual evoca la juventud de su autor y retrata a algunos miembros de la Generación del 50, puede tomarse como una ajustada crítica a esos escritores nacionales que son ociosos, vanidosos y bohemios, o como una expresión de la condición social del escritor en el Perú. Un personaje, Segismundo, al ver a los aspirantes a artistas bebiendo, le dirá a Ludo, el protagonista: «En Lima estamos perseguidos por el fantasma del alcohol, ¿has llevado la cuenta de la cantidad de poetas, de pintores que tanto prometían que fueron tragados por el pantano? Cuando veo un borracho me digo: a lo mejor es un Joyce, un Picasso».
Huérfano de padre, Ludo Melchor José Totem, de veintidós años, reside en el barrio acomodado de Santa Cruz, Miraflores, con su madre —fervorosamente católica (es significativo que se llame María)— y un hermano ocioso y dormilón que ha abandonado el estudio de tres profesiones (Armando). En otra casa, su hermana mayor, Maruja, vive con su esposo. La familia del protagonista, descendiente de ilustres antepasados, se encuentra en franca decadencia. Lo peor es que él, «sin destino ni ambición», participa en tal declive: despilfarra dinero cuando lo tiene, desperdicia su juventud en el alcohol y hasta pretende ser escritor. Su amigo Segismundo le dirá: «Vas por el peor de los caminos. Literatura, ¿qué es eso?».
Representante de la clase media limeña, Ludo es un personaje frustrado en casi todos sus aspectos: 1) en lo sexual: no tiene novia y sus aventuras amorosas con Amelia y Nancy no tienen buen término; frecuenta burdeles; 2) en lo profesional: estudia el último año de Derecho en la Universidad Católica, pero le apasiona, como a los estudiantes de Letras de San Marcos, la literatura; 3) en lo laboral: renuncia, harto de la monotonía y del burocratismo, al empleo de redactor de alegatos en la Gran Firma. Luego, ni como vendedor de la Casa Wallon ni como meritorio del abogado José Artemio Font logra éxito; 4) en lo económico: sin recursos, su familia alquila algunas habitaciones y luego vende la residencia de Miraflores; por lo que su madre se marcha a casa de Maruja y él, a Santa Beatriz, a un cuarto que perteneció a su abuela; por otro lado, Genaro (su cuñado), que administra el dinero de la familia, se dedica, con resultados adversos, al transporte y al comercio; por falta de dinero, Ludo comete un asalto; 5) en lo literario: uno de sus cuentos, quizá el mejor que haya escrito, no es bien recibido cuando lo lee en el centro cultural Ateneo; 6) en lo social: en el matrimonio pomposo de la tía Rosalva, los otros miembros de su familia lo consideran un miembro muy inferior, incluso lo confunden con un ladrón.
Desadaptado, frustrado e incomprendido, Ludo no tiene otra forma de enfrentarse a la vida que refugiándose en el alcohol, en el burdel o en la literatura. Su mayor problema surge al asaltar, con el taxista Daniel Lobo, a un marinero estadounidense. La prostituta Estrella, de quien se llegó a enamorar, enterada del robo por sus labios, le confiesa el hecho al Loco Camioneta, quien lo chantajea. Sin dinero, al pie del monumento a Jorge Chávez, se enfrentará a su extorsionador. El fin de esta aventura será trágico.
La bohemia, que es natural en la juventud y en la gente que se aficiona a la literatura, implica salir a conversar a un café o un bar sobre un poema o narración que uno ha leído o escrito recientemente. Pero muchos exceden esta actividad, en desmedro de la creación. El bar Palermo, situado cerca del Parque Universitario, es el centro de operaciones de los «geniecillos», término acuñado por Segismundo en referencia a los sanmarquinos. En cierto pasaje, estos se reúnen, en torno a varias botellas de cerveza, con la idea de sacar una revista de literatura y arte. Discuten acerca del nombre y de los temas que tendría esa publicación, la cual sería asesorada por el doctor Rostalínez, profesor de Literatura en San Marcos. El título de la revista mencionada (Prisma) se le ocurre a Ludo cuando, recuperándose de una golpiza, ve diversos colores.
El libro tuvo un título distinto al inicio, El amor, el desorden y el sueño, inspirado en un poema de Javier Sologuren, «Morir», según carta de Ribeyro del 27 de abril de 1955 a su hermano Juan Antonio, donde dice además que lleva más de cien páginas escritas: «Imagino que si termino mi novela, me voy a granjear el odio eterno de muchas personas —incluso de muchos amigos—, pues muy pocos se libran de ser retratados en ella. Mis esfuerzos por disimular los modelos resultan hasta el momento infructuosos». Sin embargo, deja de lado el libro el 11 de setiembre de 1955, de acuerdo con su diario personal La tentación del fracaso (1992-1995), donde asimismo anota, el 11 de mayo de 1961, que vuelve al proyecto, pero entonces tenía la costumbre de beber mientras escribía: «Es verdad que culminé el primer capítulo [de Los geniecillos dominicales] en forma brillante: vomitando como Ludo».
Concluida la novela, dice en su diario el 8 de mayo de 1964: «Hay mucho que suprimir. Párrafos cursis, fatuos o charlatanes. Incluso capítulos. Sobre todo al comienzo: debo hacer de los cuatro primeros capítulos solamente dos. Hay partes buenas, inmejorables. Pero temo haberme dispersado mucho [...]. En resumen, no estoy muy entusiasmado. Lejana aún la obra maestra». En noviembre de ese año, siempre en La tentación del fracaso, dice que la obra es dispersa y casi disparatada. «Es la suma de varios libros. De allí la dificultad que tengo de encontrarle un título apropiado, pues el que lleva ahora es provisional», extraído de otro volumen proyectado.
En diciembre de 1964, le dice a su hermano que el título, el cual tomaría finalmente (Los geniecillos dominicales), no encaja. Asimismo teme que el editor Manuel Scorza, de Populibros, no se anime a publicar la novela, pues, «además de algunas escenas pornográficas, hay ataques directos a mitras y espadas».
Para el 23 de diciembre de 1965, con el Premio Expreso de Novela obtenido ese año, Ribeyro planea un proyecto más ambicioso: reescribir Los geniecillos dominicales —«a mi juicio una obra precipitada e incompleta», le dice a Juan Antonio— en tres partes: Ludo y los bohemios, Ludo y los hombres estables y Ludo y los guerrilleros, una obra de unas mil páginas impresas, pero jamás se concretó. El 26 de octubre de 1966, en otra carta a su hermano, considera la novela fallida, escrita sin ningún plan, pero el 8 de setiembre de 1976 cree que tiene buenos capítulos.
El libro se desarrolla del 31 de diciembre de 1951 al 29 de julio de 1952, durante el gobierno de facto del general Manuel A. Odría (1948-1956), en medio de un clima social bastante violento: en la sierra ocurre una sublevación indígena que acaba con la muerte del prefecto de Ayacucho (padre de Pirulo) y en Iquitos el ministro de Guerra, general Vivar, pretende infructuosamente dar un golpe de Estado.
Por ofrecer a un joven deseoso de ser escritor, la narración se emparenta con las novelas Tonio Kröger (1903), del germano Thomas Mann; Las tribulaciones del joven Törless (Die Verwirrungen des Zöglings Törleß, 1906), del austriaco Robert Musil, y Retrato del artista adolescente (A Portrait of the Artist as a Young Man, 1916), del irlandés James Joyce.
Escrita en París, de 1961 a 1964, cuando Ribeyro trabajaba de periodista en la France-Presse, Los geniecillos dominicales se comunica también con La ciudad y los perros (1963) y Una piel de serpiente (1964), de Mario Vargas Llosa y Luis Loayza, respectivamente, compatriotas con quienes compartió labores en dicha agencia de noticias.
De veinticuatro capítulos, la novela está narrada en forma lineal y de manera espontánea, casi sin estructura clásica (presentación, clímax y desenlace). Cada capítulo puede leerse de manera independiente, como un cuento, pues el libro es una obra abierta a la que se le puede extraer o añadir episodios sin afectar mucho la narración. Sin embargo, el autor se quejó públicamente por la repetición accidental de varias páginas y la supresión de otras en la primera edición de la novela.

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