Palacio de Gobierno, Lima, 6 de abril de 1986. Con Alan García, quien condecoró a Ribeyro para sorpresa de este con la Orden del Sol.
En el texto 81 de Dichos de Luder (1989), usted escribe: «Hay un dios pero precisamente porque es dios no tiene que hacerse visible ni dar pruebas de su existencia. En eso reside la esencia de su ser y el secreto de su poder». ¿Es usted creyente? ¿Católico quizá?
—La creencia en un dios es algo puramente personal. Si uno cree o no cree, si existe o no existe, eso no lo obliga a ser budista, mahometano, judío o cristiano[1].
Pero, a lo que parece, usted se crio en un ambiente muy católico. En la novela Los geniecillos dominicales (1965), la madre de Ludo Totem (su álter ego) es muy fervorosa y muy beata.
—Pues no es tan cierto que haya crecido en un hogar muy católico. Mi madre en verdad era beata, pero yo me eduqué desde dos vertientes. Por un lado, la religiosidad de mi madre, que realmente fue una santa. (Algún día haré las gestiones para que la canonicen). Y, por otro lado, el ateísmo de mi padre. Tan ateo era que cuando estaba agonizando no quería recibir a ningún cura. Finalmente, mi madre lo convenció y vino uno que —después lo descubrimos— era un estafador, un miserable.
Hecho que faltó decir en su cuento «Página de un diario», en que relata el fallecimiento de su padre.
—Sí, faltó decirlo. No lo quise decir ahí, pero el cura que llegó era un austriaco que tenía una especie de internado de jovenzuelos, y que luego fue expulsado por pederasta. Claro que mi padre no sabía qué tipo de cura era su confesor.
Por otra parte, en su obra las mujeres tienen un lado negativo, un poco perverso. Por ejemplo, en Crónica de San Gabriel (1960), el tío Felipe le dice al protagonista, Lucho: «No creas en la honestidad de las mujeres. ¿Sabes que no hay mujer honrada sino mal seducida? Todas, óyelo bien, todas son en el fondo igualmente corrompidas» (capítulo 1). Otro caso: en el cuento «Al pie del acantilado», el personaje Samuel le dice al narrador: «Las mujeres, ¿para qué sirven las mujeres? Ellas nos hacen maldecir y nos meten el odio en los ojos».
—Bueno, no lo sé.
Por ejemplo, en la citada novela Crónica de San Gabriel, Leticia juega con los sentimientos de Lucho. En otra novela, en Los geniecillos dominicales, la prostituta Estrella se aprovecha y traiciona al personaje principal: Ludo Totem. En el drama Santiago, el pajarero (1960), Rosaluz deja a su novio, por razones económicas, para comprometerse con el duque de San Carlos. En el cuento «Alienación» (1977), Queca rechaza por racismo al zambo Roberto López; en el cuento «La solución» (1987), la esposa es infiel o, en el cuento «La juventud en la otra ribera» (1977), Solange se burla del doctor Plácido Huamán, el protagonista. Es decir, la mujer en su obra cumple un rol negativo.
—Negativo, pero ambiguo. Solange, por ejemplo, tiene cierta compasión por su víctima, pero no puede evitar entregarlo a sus asesinos. No sé... En todo caso, mi intención no ha sido ofrecer una imagen negativa de la mujer. Tampoco he tenido la finalidad de exaltar las virtudes femeninas. Sin embargo, es cierto, las mujeres han sido un poco como las malas de la película. De todos modos, yo creo que hay una presencia femenina atractiva. Leticia, por ejemplo, es un personaje atractivo, como puede serlo la prostituta Estrella. Son personajes femeninos que están bien trazados psicológicamente.
También reencontramos a los mismos personajes en algunas narraciones. Estrella y doña Perla aparecen en el cuento «El primer paso» y en la novela Los geniecillos dominicales. En la pieza teatral Fin de semana...
—Que en realidad es el cuento «La piel de un indio no cuesta caro», pero teatralizado. Es decir, el mismo argumento es abordado de dos modos diferentes, con los mismos personajes. Primero como cuento y luego como pieza de teatro. Ambos fueron escritos en París, en 1961.
Es curiosa también la presencia de Pedro Perucho Buckingham en algunos de sus libros. Está como Pirulo en Los geniecillos dominicales, como Pedro Bunker en el cuento «Sobre los modos de ganar la guerra», como Ángel Devoto en el cuento «El embarcadero de la esquina». ¿Quién fue realmente?
—Un gran amigo mío. Con él he compartido una amistad entrañable desde el colegio hasta que murió, hace unos diez años. Escribía también literatura, pero era un bohemio desenfrenado y loco. En los últimos años de su existencia estaba inutilizado para vivir. De él escribiré algún día cosas más importantes; era una persona extraordinaria.
En su obra también se advierte un interés por el género epistolar. No de un modo predominante, pero sí repetido.
—Sí, porque hubo una época en que era un gran escritor de cartas. Pensaba que era una forma literaria de expresarse. He escrito centenares de cartas a amigos y familiares. Mi hermano, por ejemplo, tiene una colección de quinientas cartas mías[2]. Pero llegó un momento en que me cansé y ahora ya no me animo a responder las pilas de cartas que recibo.
¿Las lee?
—Las leo, sí, pero ya no las contesto. Y si las contesto, mando una postal o acuso recibo. Pero no me doy el trabajo de escribir una carta larga, bien redactada. Ya eso desapareció de mis preocupaciones.
¿Ha tenido buenos corresponsales?
—Uf, los he tenido magníficos. Por ejemplo, Luis Loayza, que me ha escrito unas cartas geniales. Otro es Federico Camino, profesor de Filosofía en la Católica, un gran escritor de cartas. Otro es Alejo Sánchez Aizcorbe, escritor joven con quien he mantenido correspondencia durante cuatro o cinco años. Todas esas cartas las tengo bien guardadas.
¿Y su hermano?
—Mi hermano es un escritor informativo, pero tiene cartas muy divertidas, con un corte anecdótico y muy familiar.
¿Tal vez usted se anime a publicar sus cartas en vida?
—Le he dicho a mi hermano que me traiga las cartas que le he escrito por más de treinta años para hacer una selección. Pero hasta ahora no ha cumplido su promesa de hacerlo. Ignoro si se habrán conservado otras cartas mías, muchos las botan apenas las leen.
¿Algunas de sus enamoradas las habrán guardado?
—No sé, porque las mujeres con quienes he mantenido correspondencia son pocas. Una de ellas, Mimí, murió y no sé dónde estará su familia. Y la otra, C.[3], a la que veo, porque está en Lima, me devolvió tres o cuatro cartas cuando se casó en 1960. Las otras parece que las perdió. Con mi mujer, en cambio, no he mantenido correspondencia porque casi siempre hemos estado juntos, y las veces en que ello no ocurría he preferido llamarla por teléfono.
¿Cuál fue la reacción de C. al leer su diario íntimo? ¿Se sintió tal vez emocionada?
—No, al contrario, estaba furiosa. Además dice que todo lo que he escrito es mentira, falso. Vaya, qué frágil es la memoria. Un día, hace un mes, vino a cenar con unos amigos y, hablando sobre el diario, dijo: «Todo lo que dice ahí de mí Julio Ramón es mentira, producto de su imaginación».
Por otro lado, ¿qué autores de cartas le han impresionado?
—Madame de Sévigné, Voltaire, Flaubert, Maupassant. Y en este siglo, André Gide, que, además de epistolar, era un buen diarista; Rainer Maria Rilke, uno de los más importantes poetas alemanes; Franz Kafka, que tiene la célebre carta a su padre y su extensa correspondencia a Felice Bauer y a Milena Jesenská.
Algo poco notado en su obra es que cuando se refiere a los pobres, en sus cuentos y novelas, habla de la gente de Surquillo. Ese lugar, para usted, es como la comarca de la clase baja.
—Lo que pasa es que pienso en el Miraflores de las décadas de 1930, 1940 y 1950. En esa época, Miraflores estaba separado de Surquillo por los rieles del tranvía, por donde ahora pasa el Zanjón. Esos rieles dividían, además, a Barranco de Surco, a Santa Beatriz de La Victoria. De los rieles para el mar estaban los balnearios de clase media o elegantes: San Isidro, Miraflores, Barranco. De los rieles para el otro lado estaban los barrios populares: La Victoria, Surquillo, Surco. En esa época la distinción era muy clara. Ahora ya no, porque la ciudad ha seguido creciendo y se han mezclado un poco las cosas. Pero en ese tiempo cruzar los rieles era entrar en los barrios populares, las cantinas, los prostíbulos, los antros de maleantes. Por eso todos mis cuentos donde se desarrollan situaciones un poco turbias transcurren en Surquillo.
De repente algún día prepare una colección de cuentos con el título de Relatos surquillanos.
—Es posible. (Sonríe). ¿Por qué no?
¿No le parece, por otra parte, que en sus cuentos y novelas se percibe un cierto racismo?
—No sé, puede ser. (Breve silencio). Puede ser que haya un cierto racismo, pero no es un racismo deliberado; es un racismo tal vez subconsciente que pueda haberse manifestado. Un racismo hasta físico. Una vez, en una reunión, un tipo me increpó que por qué mis personajes malos eran calvos y bajitos. Lo más gracioso del caso es que este tipo era, como esta clase de mis personajes: calvo y bajito. (Risas). Yo le expliqué que no era mi intención retratar a esas personas de manera negativa. Le conté, además, que había tenido dos o tres experiencias negativas con hombres calvos y bajitos. Por ejemplo, un tinterillo, que me enredó e hizo perder un juicio, era calvo y bajito. Se me ha quedado grabado eso.
Ese racismo subconsciente proviene, quizá, como dice Miguel Gutiérrez, de su «sensibilidad refinada, aristocrática»[4], quizá porque heredara eso de sus antepasados.
—No creo eso. Porque mis antepasados han sido hombres que, si bien es cierto han tenido una figuración en la vida intelectual peruana, no eran, de ningún modo, aristócratas[5]. Yo, de la misma forma, no tengo nada de aristócrata.
1993
[1] Luego de recuperarse de las operaciones de cáncer en 1973, Ribeyro conservó una estampita de San Martín de Porres. En una carta a su hermano Juan Antonio, el 30 de marzo de 1975, dice: «Con este seguro [médico] y el apoyo de San Martín de Porres, ante el cual por mí intercedes, pienso salir adelante y aplastar al pernicioso ‘cangrejo’». El narrador llamaba «cangrejo» al cáncer.
[2] Una selección de ellas, unas doscientas cartas, se publicó póstumamente en el diario El Sol, del 7 de abril de 1996 al 22 de setiembre de 1999, en cuya gestión estuve involucrado. La primera es del 3 de marzo de 1953 (escrita en Madrid) y la más reciente es del 14 de setiembre de 1981 (escrita en París). Sin embargo, quedan muchas más por editar. Posteriormente, me encargué del cuidado de la edición en forma de libro: Cartas a Juan Antonio, cuyo primer volumen (1953-1958) apareció en 1996 y cuyo segundo tomo (1958-1970) se editó en 1998.
[3] Su nombre real es Cathy Herrera, identidad revelada en las cartas de Julio Ramón Ribeyro remitidas a su hermano mayor, Juan Antonio.
[4] En el citado ensayo La Generación del 50: un mundo dividido (1988), Miguel Gutiérrez dice: «Ribeyro posee —su prosa, todos sus escritos lo demuestran— una sensibilidad refinada, aristocrática, pero su lucidez, su decoro, más algo de resentimiento (¿pero quién en este país, aparte de las clases que detentan el poder, no tiene una conciencia agraviada?), lo llevaron a una suerte de apertura humana y democrática (por lo menos en su primer periodo) por las clases más explotadas de nuestra patria, y en especial por los grupos marginales».
[5] Acerca de sus antepasados, véase «Ancestros», el primer capítulo de su autobiografía.

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