jueves, 20 de octubre de 2011

Entrevista a Julio Ramón Ribeyro. Uno (1991)

Miraflores, 1976. Muy cerca de la casa de su hermana Mercedes, donde se alojaba las veces que entonces volvía a Lima. La presencia del mar en la obra de Ribeyro es muy notoria, basta citar los cuentos «Mar afuera», «Al pie del acantilado», «Te querré eternamente», «Una medalla para Virginia», «Un domingo cualquiera», «Sobre las olas», «La casa en la playa» y «Surf». Además, uno de sus primeros relatos, el cual destruyó, se titulaba Benito, el pescador, acerca de un personaje de su barrio de Santa Cruz, Miraflores.

¿Por qué se muestra reacio con los periodistas, señor Ribeyro?
—En realidad, por dos motivos: el primero es que la mayoría de periodistas que vienen a entrevistarme no saben nada de literatura. El segundo, porque creo que ya lo dije todo, porque siempre vienen con las mismas preguntas. Estoy cansado de responder a lo mismo: ¿y cómo escribe usted?, ¿por qué escribe usted?...
Pero son muchos los jóvenes que no tienen la oportunidad de leer las entrevistas que le hicieron hace muchos años.
—Es cierto. Lo mejor sería que se publicaran en un libro; porque tengo tantas entrevistas, algunas en revistas o publicaciones que ya desaparecieron. Una vez una sobrina me enseñó pilas de recortes...
¿Este libro que menciona por qué no lo publica con un solo periodista que le pregunte de todo?
—Pero para qué, si hay entrevistas, si lo dicho está ahí.
Pero, a veces, usted cambia de ideas.
—Ah, bueno, eso es un riesgo.
Por ejemplo, usted un tiempo quería escribir una novela innovadora. Confesaba que pretendía «escribir una novela de vanguardia, con carácter experimental, destinada a fraguarme un nuevo lenguaje y una nueva forma de expresión». Tenía ese deseo.
—Ah, claro, esa es una entrevista que me hicieron en 1960 para La Gaceta de Lima. Vea usted la cantidad de años que han pasado, 1960, estamos en 1991, treinta y un años.
Deben ser miles las entrevistas que ha concedido.
—No, miles ni hablar. Serán cien —digamos— o, quizá, un poco más.
Entonces miles las rechazadas.
—Sí. (Risas).
Además de ello, usted evade la publicidad.
—Porque no me gusta promocionar un libro por todo el mundo luego de publicarlo. En ese sentido, no me siento tan presionado por mis editores como lo están Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa.
¿Se considera usted un solitario, un lobo estepario, entonces?
—No, si no, no tendría esposa ni hijo. Aunque, claro, no tengo tantos amigos como Alfredo Bryce, por ejemplo. No se imagina la cantidad de amigos que tiene por todas partes, amigos que lo adoran[1].
¿No le resulta paradójico que usted, el menos publicitado, tenga la mayor preferencia del público lector?
—Pues no sé. Tal vez se deba a que las personas que me leen encuentran muy suya esa atmósfera de frustración, de desadaptación, de marginalidad que caracteriza a mis relatos. Acaso porque los lectores sufran los mismos chascos y humillaciones, acaso porque en mis cuentos no haya vencedores.
Sin embargo, en sus narraciones últimas usted ha cambiado de temas. ¿No cree que esto haya causado el decaimiento de sus últimos cuentos?
—No creo. La temática ha cambiado, claro, porque los otros temas los había tratado. Los argumentos que trabajo actualmente ya no son esos asuntos candentes, de enorme gravedad, sino más reflexivos. Por otra parte, no creo que estos últimos cuentos estén mal escritos, por el contrario.
Con respecto a su técnica, ¿no cree que le faltó Faulkner para tener mayores perspectivas?
—La verdad, no he leído a William Faulkner o, más bien, lo poco que he leído de él me resultó sumamente pesado. Y no me avergüenzo de decir esto. Lo peor, en este caso, sería mentir y decir que lo he leído.
Faulkner, en su momento, fue un autor que debían leer los jóvenes escritores. ¿Cuál o cuáles cree que deben leerse ahora?
—No sé. No leo los libros de moda.
Hace algún momento se refirió a la frustración. ¿No se considera usted una persona frustrada?
—No, porque he realizado lo que he querido. Yo he querido viajar a Europa, publicar libros, casarme con la mujer que quiero[2], tener un hijo, tener una casa en Barranco y otra en Europa, y lo he conseguido. No, no me siento frustrado. Aunque no puse en estas cosas el empeño que otros ponen.
¿Cuál es su mayor orgullo, entonces?
(Breve silencio). Ser reconocido por algunas personas cuando camino, por una parejita de enamorados y que diga: «Mira, ese es Ribeyro». Por el mozo del hotel Bolívar, por un chofer de taxis. (Nueva pausa). Siento cierta satisfacción.
Aunque, lo leí por ahí, usted desearía pasar desapercibido. ¿No hay algo contradictorio en lo que dice?
—Bueno, me gusta pasar desapercibido, pero me halaga ser reconocido. ¿Cómo se puede entender esto? Yo preferiría, en todo caso, pasar desapercibido.
¿A usted, cuando era joven, no le agradaba o trataba de conocer a los escritores que tenía a su alcance, como Ciro Alegría, José María Arguedas[3]...?
—No, nunca.
Sin embargo, más tarde, conoció a Borges.
—¿Cómo sabe?
Lo leí en una revista de los años sesenta. Había allí una entrevista a Borges, que había ido a Alemania, adonde fue usted también.
—Sí, fue en el año 1964. Fui invitado, como muchos otros escritores, al Congreso por la Libertad de la Cultura. Ahí también se encontraban Miguel Ángel Asturias, João Guimarães Rosa, Eduardo Mallea, Günter Grass, Ciro Alegría y Roa Bastos. (Toca su rostro con la palma derecha). Recuerdo que había dos bandos: uno con Borges y el otro con Asturias. Mientras Asturias se ponía a hablar de literatura comprometida, Borges, en cambio, hablaba de la estética, y no le hacía caso. Asturias era un demagogo. Todo esto es muy gracioso, ¿no?
¿Y usted a qué bando iba?
—Un rato estaba en una mesa y otro rato en la otra. Recuerdo también que por esa fecha llegó un cable que decía que la novela de Vargas Llosa La ciudad y los perros había sido quemada en el patio del Colegio Militar. Enterados, Roa Bastos y yo redactamos una protesta por ello y firmamos todos los escritores presentes. Es el único documento en que aparecen juntas las firmas de Borges y Asturias. Pero este documento no se hizo público porque Mario dijo que no había necesidad.
Usted también ha firmado otros documentos, incluso políticos. Leí uno en que aparece su firma con las de Sartre, Simone de Beauvoir, Vargas Llosa y otros contra el apresamiento de Hugo Blanco[4].
—Puede ser; he firmado tantas cosas que ni sé lo que he firmado. A veces, cuando todo estaba ya redactado y venían a mí a que firmara, yo no podía hacer nada porque mi nombre estaba en la lista, entonces aceptaba no más por amistad. (Sonríe).
En todo caso, a usted siempre se le vincula con la izquierda.
—No soy izquierdista, aunque he tenido actitudes y acciones izquierdistas. Por ejemplo, apoyé a la guerrilla del 64, de Javier Heraud, o a la guerrilla del 65, de Guillermo Lobatón, Paul Escobar y otros. Me acuerdo que en París, Guillermo Lobatón dijo que había llegado el momento de la decisión: que quiénes iban a la lucha. Todos levantaron la mano, menos yo. (Sonríe nuevamente). Pero qué iba a hacer; yo no tengo espíritu de soldado. No obstante, Guillermo Lobatón, que además fue mi compañero en la universidad, me dijo: «No te critico; podrás servir aquí». Eran más o menos treinta los que levantaron la mano, pero era por pura figuración, ya que al final solo fueron cinco; los cinco que murieron. Los otros levantaron la mano solo para hacerse los machos.
¿Y qué hizo en Mayo del 68?
—Bueno, en ese entonces estaba trabajando en la France-Presse, y tenía que ir al trabajo en medio de una huelga general. No había metro ni autobuses ni taxis, por lo que tuve que ir a pie hasta la oficina, pese a la huelga. En el camino todo era un caos, agitaciones y marchas estudiantiles por todas partes, la Policía que me detenía a cada rato para que le mostrara mis documentos. Fue terrible.
Cierto sector, también, lo vinculó al aprismo cuando recibió la Orden del Sol.
—Y eso qué, ¿soy aprista?
No, le digo que las críticas fueron duras.
—Ah, sí, alguien dijo por ahí que arrojara la medalla[5].
Dígame, señor Ribeyro, ¿por qué usted que tenía tantos amigos en la Universidad de San Marcos, no estudió allí?
—Porque en la Católica el ambiente era más tranquilo, sin huelgas, con poca política. Si yo frecuentaba la Casona era para hacer amigos y conversar luego con ellos en los bares. De ese grupo éramos Wáshington Delgado, Eleodoro Vargas Vicuña, Alberto Escobar, Carlos Eduardo Zavaleta, Alejandro Romualdo, Pablo Guevara, Francisco Bendezú, Pablo Macera y Carlos Germán Belli, a quien no le gustaba mucho el trago. En cambio, la Universidad Católica era muy seria para mí[6].
¿Estudió en la Católica pese a que tiene un antepasado suyo como rector de la Universidad de San Marcos?
—Tengo dos, mi bisabuelo y mi tatarabuelo. Sí, pese a eso, pero creo que lo poco que he aprendido ha sido en Europa.
¿Desencantado con la patria? ¿Por qué continúa viviendo en París?
—Porque allá viven mi esposa, mi hijo, que es de nacionalidad francesa; porque allá vengo viviendo desde hace treinta años.
¿Ya encontró la playa en el Perú para vivir algún tiempo en ella?
—No, todavía la sigo buscando. (Sonríe)[7].
Por otro lado, usted plasmó la gente de una generación. Hoy es otra cosa, tal vez la gente de esta generación requiera su voz.
—Esta Lima me demandaría mucho tiempo. ¿Sabe?, tendría que vivir aquí nuevamente. A esta Lima la conozco de manera superficial, de modo que esto no sería posible; además tengo ahora otros temas.
Como miembro del jurado del concurso de cuento Juan Rulfo, ¿cuál es el balance de la actual narrativa hispanoamericana?
—Bueno, le diré que hay muy buenos cuentos, excelentes cuentos a la altura de cualquier escritor consagrado. Pero hay un hecho curioso: el 50 por ciento —de los dos mil o tres mil trabajos que se presentan— es de escritores argentinos, a quienes les siguen los mexicanos y los colombianos. Aunque en una oportunidad ganó el peruano Rodolfo Hinostroza, quien precisamente no es narrador sino, más bien, poeta[8].
¿Cómo es el caso del concurso El Cuento de las Mil Palabras?
—Bueno, el año anterior estuve como miembro del jurado y le puedo decir que el concurso no tuvo tanto nivel como en los anteriores. Lo mismo aceptaron los demás miembros del jurado.
Finalmente, señor Ribeyro, ¿cuándo aparece el tan esperado cuarto volumen de La palabra del mudo?
—No lo sé. También Carlos Milla, mi editor, me lo está exigiendo. Lo que pasa es que yo quiero que se imprima con la misma calidad de papel, formato y carátula con que se imprimieron los otros tomos, lo que actualmente es difícil. Así es que estamos en tratos. Espero que salga pronto, porque ya tengo el material casi listo.

1991


[1] En la novela El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1984) hay una apuesta entre los personajes Ribeyro y Bryce Echenique, ambos sentados en el bulevar Saint-Germain, de París. Intentan averiguar quién tiene más amigas bonitas, simpáticas e inteligentes.
[2] Fruto de su matrimonio con Alida Cordero tuvo su único hijo: Julio, de gran presencia en Prosas apátridas (1975, 1978, 1986).
[3] En una entrevista de 1993, Ribeyro recuerda que conoció personalmente a Arguedas: «Lo conocí en Lima en la casa del poeta Javier Sologuren. Cuando publicó Los ríos profundos, a los pocos días lo comenté elogiosamente. Arguedas lo apreció y me envió una carta muy calurosa y agradecida. Era muy formal en ese sentido».
[4] Error mío: Ribeyro jamás firmó documento a favor de la libertad de Hugo Blanco.
[5] Fue Miguel Gutiérrez, quien en su libro de ensayos La Generación del 50: un mundo dividido (1988) dice: «No pasaron tres meses desde que Ribeyro fuera condecorado cuando se produjo el espantoso genocidio del 18 y 19 de junio [de 1986] cometido contra los presos políticos y luchadores sociales de las cárceles de Lurigancho, El Frontón y Santa Bárbara. Más allá del horror que conmocionó la conciencia de todos los hombres de bien del Perú y el mundo, fue como si la Historia le brindase la oportunidad para que Julio Ramón Ribeyro se reivindicara del baldón que degradaba su trayectoria devolviendo la condecoración —y la Historia reciente del Perú ofrece un precedente—, pero Ribeyro no solo no se atrevió a cometer tamaña descortesía, sino que optó por el silencio: ni una declaración, ni un artículo de protesta, ni siquiera unas rayas rojas sobre una pizarra o un muro, acaso porque como escéptico dude que tal genocidio de verdad haya ocurrido y que fuera ordenado directamente por el mismo hombre que le impusiera la insignia [Alan García], que pertenece desde ya —como diría el viejo Engels— al basural de la Historia». Vargas Llosa, en cambio, publicó «Una montaña de cadáveres», carta abierta a Alan García, en el diario El Comercio, Lima, 23 de junio de 1986, en la cual dice: «La manera como se ha reprimido estos motines sugiere más un arreglo de cuentas con el enemigo que una operación cuyo objetivo era restablecer el orden». Se calcula que fueron trescientos los muertos.
[6] Esta experiencia lo inspiró a escribir la novela Los geniecillos dominicales (1965).
[7] En el cuento «La casa en la playa», el protagonista intenta huir de la urbe, de la civilización, pero no encuentra el lugar ideal.
[8] Fue en 1987, con el cuento «El benefactor».

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