20 de octubre de 2011

Introducción a "Ribeyro, la palabra inmortal"

Casa de malecón Sousa 108, departamento 602, Barranco, julio de 1992. Ribeyro con Jorge Coaguila. Foto: Miguel Carrillo.





«Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ello no escribe nuevos libros o solo libros sobre sus libros. Para contrarrestar este peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia, los comentarios sobran».

Prosas apátridas, texto 184, Julio Ramón Ribeyro




Hay escritores que buscan ser entrevistados en los más importantes medios de comunicación: son aquellos que empiezan a publicar y los veteranos que han sido arrinconados en los estantes. También existen quienes, en la cima de la popularidad, se dan el lujo de cobrar por ofrecer entrevistas. Aseguran que los periódicos o programas tendrán público por sus declaraciones, que darán parte de su valioso tiempo y que, lo más importante, volcarán toda su sabiduría en opinar.
Pero algunos, como fue Julio Ramón Ribeyro, detestan ser entrevistados por timidez, por rehuir a la figuración. Si quieren conocerme —afirman—, lean mis libros. No obstante, para fortuna de sus lectores, conceden contadas entrevistas. ¿Por qué razón? Para ceder a la presión de sus editores.
En una carta a su hermano Juan Antonio, fechada en París el 18 de junio de 1964, el recordado cuentista, después de una primera negativa, acepta dar una entrevista a Elsa Arana Freire «para favorecer la venta del libro, salido sin ninguna publicidad». Se refiere a la colección de relatos Tres historias sublevantes (1964).
Sin embargo, en el fondo, Ribeyro cada vez que concedía una entrevista sentía una gran incomodidad. Como testimonio de este rechazo, se tiene la anotación del 31 de diciembre de 1973 de La tentación del fracaso (1993), su diario personal: «Sensación de haber sido quizá en el fondo manipulado, puesto en el mercado como un producto cualquiera, envilecido por la publicidad y maculado por la propaganda. Expuesto al asedio de repugnantes reporteros, fotografiado en actitudes de una obscena intimidad. ¡Qué resistencias he tenido que vencer para afrontar esa situación! [...]. Mundo ficticio el de la fama, por local o provinciana que sea, que nos circunda además de una pantalla adulona y a veces servil, impidiéndonos ver lo que hay detrás de todo ello y que es seguramente lo verdadero».
No extraña que Ribeyro tenga momentos espinosos con sus entrevistadores. Tras rechazar cinco entrevistas, una de ellas para la televisión, le ofrece unos minutos a Juan Gonzalo Rose, en 1982, pero solo por amistad. Aunque con una condición: «Publica la entrevista después de que yo me haya regresado a París. Me daría mucha vergüenza encontrarme en la calle con una de esas personas a quienes les dije que no iba a conceder ningún reportaje».
Por esta actitud tan particular, Ribeyro temía que se le juzgara de arrogante. «Pienso que un escritor solo debe ser entrevistado cuando tiene algo nuevo o importante que decir», le advierte a Gonzalo Rose.
Otro punto es que Ribeyro también estaba cansado de responder a las mismas preguntas. «Es una cosa que me harta», le confesó a Lorena Ausejo en 1992. ¿Cómo escribe? ¿Por qué vive fuera del Perú? ¿Cuál es su siguiente libro?
«La verdad es que esta entrevista que te doy se ha debido más que nada a Niño de Guzmán. Él me dijo que eras una chica inteligente, además de muy guapa, y esas dos cualidades juntas, además de ser raras... Pensé que, bueno, haré una excepción. Total, una raya más al tigre», afirmó el cuentista.
Ese comportamiento es curioso, pues Ribeyro ejerció también el periodismo. Lo primero que publicó fue una crítica cinematográfica, en 1949, en la revista universitaria Ágora. Luego vendrían sus comentarios literarios para el suplemento «Dominical», del diario El Comercio, varios de ellos recogidos en su libro La caza sutil (1976).
Además, conoció Europa, en 1952, gracias a una beca concedida por el Instituto de Cultura Hispánica para estudiar Periodismo en España.
Más importante aun fue que durante poco más de un decenio (1961-1971) trabajó como redactor y traductor de noticias en la agencia France-Presse, que fue el periodo más fecundo de su producción literaria.
Incluso hizo entrevistas. Una de ellas, al poeta español Vicente Aleixandre, en 1953, apareció en el suplemento dominical mencionado. Otra, publicada en el semanario Oiga, la hizo a Jorge Eduardo Eielson, en 1971, por la novela El cuerpo de Giulia-no. Según el citado diario personal, hay una entrevista que le hizo al político Luis Alberto Sánchez en la capital francesa, por cuenta de la agencia France-Presse, el 21 de marzo de 1963.
Sin embargo, Ribeyro fue más que nada un periodista de escritorio y no aquel que se lanza a buscar las noticias en las calles, a la manera del estadounidense Tom Wolfe. Mucho menos como el español Arturo Pérez-Reverte, que, a la vez que creador, ha sido corresponsal de guerra. Esto no es un demérito, sino simplemente una descripción de su actividad periodística.


***
Conocí a Ribeyro gracias a unos amigos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ellos habían conseguido —no entiendo hasta ahora cómo— la dirección del domicilio del cuentista y estaban decididos a visitarlo. Los encontré el lunes por la mañana en la entrada de la Facultad de Letras, con ejemplares de La palabra del mudo.
—¿Vienes con nosotros?
Ahí estaban el hoy narrador Carlos García Miranda, el poeta Rubén Grajeda, el profesor Juan Gensollén y un amigo común, Manuel El Ojitos Huapaya.
—¿Y si nos echa de su casa?
Parece que a nadie le importó mi pregunta, pues minutos después abordamos un microbús.
Ya delante del intercomunicador de su departamento, nos la rifamos para ver quién era el valiente en interrumpir al autor. Eran las tres de la tarde y apenas un sándwich nos tenía en pie.
—¿Sí?
—Señor Ribeyro, ¿cómo le va? —respiré hondo, y agregué—: Somos cinco estudiantes de San Marcos. Quisiéramos tener el placer de charlar con usted unos minutos. Sabemos que no le gusta este tipo de conversaciones, pero estamos investigando su obra y queríamos hacerle unas cuantas preguntas.
—Mire, en estos momentos estoy ocupado. Si desean vuelvan en una hora y tal vez los atienda.
—Entiendo, señor Ribeyro. Disculpe la molestia.
Después de unos segundos de silencio, Carlos dijo:
—Ni hablar. No nos vamos. Esperemos al frente.
Cruzamos la pista y, de espaldas al mar, montamos la guardia. No vaya a ser que se nos «escape». Escuchábamos el sonido de las olas, imaginando cómo era vivir en el malecón Sousa 108, departamento 602.


***
Llegada la hora volvimos a tocar el intercomunicador, esta vez cruzando los dedos:
—Señor Ribeyro, somos los estudiantes de San Marcos...
—Ah, sí, sí.
—Queríamos saber si era posible...
—Mire, la verdad no tengo mucho tiempo, pero los voy a atender unos minutos.
De este modo, ingresamos al edificio y subimos a su departamento. Al abrirse la puerta del ascensor, nos dimos con su living. Entramos, sin saber qué hacer. Después de unos minutos apareció él, delgadísimo, algo apresurado.
Tomamos asiento. Al saber que éramos de San Marcos, nos preguntó por algunos de nuestros profesores, amigos suyos de juventud: Francisco Bendezú, Wáshington Delgado y Pablo Guevara.
—¿Qué es de ellos?
Le explicamos qué cursos tenían a cargo.
—Mándenles, por favor, mis saludos.
—Cómo no —le dijimos.
Juan encendió un cigarrillo y todos sonreímos.
Carlos, que se decía conocedor de la obra ribeyriana, muchas veces nos señalaba en la facultad que varios relatos de La palabra del mudo tenían influencia del francés Jean-Paul Sartre, a quien idolatraba entonces, por esto y por aquello. La verdad, se volvió bien pesado con ese tema. Pero quién mejor que el propio escritor para resolver esta duda. Nunca olvidaré su cara de asombro cuando Ribeyro nos aseguró que no creía que Sartre tuviera presencia en sus libros.
Para sorpresa nuestra, pasamos dos horas con el autor. Al final de la conversación, todos le pedimos que nos pusiera una dedicatoria. Yo era el único que no tenía un ejemplar de alguna de sus obras. De manera que me escribió unas «líneas en prueba de aprecio» en el único libro que llevaba: El gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald.
Poco antes de despedirnos, le pedí que por favor me concediera una entrevista para El Peruano, diario en el que hacía mis prácticas.
—Mira, he rechazado varias entrevistas —dijo y, tras una pausa, añadió—: Te puedo aceptar una, solo si la publicas luego de mi viaje a París.
Cuando volví al diario nadie creía que había pasado tanto tiempo con Ribeyro, menos que me permitiera hacerle un reportaje.
Debido a que a la primera entrevista no fui con fotógrafo, le pedí por teléfono a Ribeyro que necesitaba unas tomas para ilustrar el texto. Aceptó algo fastidiado. Como un exceso de mi parte, fui con mi amigo Luis Bullón, compañero en la universidad y vecino mío en el Callao. Aunque le pedí que guardara silencio, soltó algunas preguntas en esa segunda entrevista. Creí conveniente reproducir su diálogo.
Alonso Rabí, mi editor en el suplemento cultural «La Revista», publicó las dos primeras conversaciones en un especial de cuatro páginas. Como acordamos, aparecieron luego del viaje de Ribeyro a París.


***
Al año siguiente, 1992, Ribeyro publicó el cuarto volumen de La palabra del mudo, el primer tomo de La tentación del fracaso y la quinta edición de Prosas apátridas. En la presentación de su diario personal, conocí a Juan Antonio Ribeyro, hermano del narrador, con quien trabé amistad. Recuerdo que cada domingo en las mañanas visitaba su casa ubicada en una quinta de la avenida 28 de Julio, en Miraflores, donde se ambienta el célebre cuento «Tristes querellas en la vieja quinta».
Él me facilitó valioso material acerca de su hermano: recortes periodísticos, afiches. Me mostró cartas personales. Sobre todo me iluminaba en el conocimiento de la obra ribeyriana. No ha habido y no habrá mayor conocedor de la obra de Ribeyro que él. Sabía el origen de cada relato y reconocía a los personajes que inspiraron a su hermano. Gracias a él, cultivé una mayor amistad con el escritor.
Visité muchas veces más a Julio Ramón, pero después de las seis entrevistas que se reúnen en este volumen nunca más llevé grabadora, para no intimidar y porque no pensé que pronto nos dejaría. Las dos primeras ediciones aparecieron con seis relatos de Ribeyro que rescaté de hemerotecas. Ahora estos son parte de La palabra del mudo, sus cuentos completos.

Lima, 15 de mayo de 2008

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