Con ironía se consideró a Ribeyro de ser «el mejor escritor peruano del siglo XIX», por las técnicas que empleaba, correspondientes a narradores franceses decimonónicos. Sin embargo, hay en este escritor limeño un interés por explorar géneros poco convencionales. En 1970, por ejemplo, anotó en su diario personal, La tentación del fracaso (1992-1995), que los autores peruanos no utilizan otro género más que la novela, el cuento, la poesía y el teatro. «Es decir, los más antiguos, los que se cultivaban en Grecia. Nos falta esa extensión que le da a la literatura géneros más tardíos o géneros ancilares: ensayos, memorias, autobiografías, diarios, correspondencia y los subgéneros como la novela rosa, la policial, el roman noir, de espionaje, de ciencia ficción, novela histórica».
En el prólogo de su Antología personal, Ribeyro apunta, en contradicción con su propuesta: «Las fronteras de los llamados géneros son frágiles y catalogar sus textos en uno u otro género es a menudo un asunto circunstancial, pues toda obra literaria es en realidad un contínuum. Lo importante no es ser cuentista, novelista, ensayista o dramaturgo, sino simplemente escritor». No más.
Con este interés, Ribeyro publicó Prosas apátridas (1975, 1978, 1986), que reúne notas de diverso carácter. Más tarde, editó una selección de sus artículos, La caza sutil (1976), y los primeros volúmenes de su diario íntimo. Tenía en mente publicar en vida Cartas a Juan Antonio, la correspondencia con su hermano mayor, que apareció en forma póstuma. Además, El pedestal sin estatua, inicio de una docena de novelas inconclusas, de la que se conoce «El Abominable», y Autobiografía, del que divulgó tres textos. Después de ser rechazado por la editorial española Tusquets debido a su brevedad, en 1989 Ribeyro publicó Dichos de Luder, en Jaime Campodónico Editor.
Este libro se fracciona en dos partes: la primera es una presentación concisa del propio Ribeyro sobre Luder, un escritor ficticio. La segunda es una sección de cien breves textos no numerados, que son los diálogos del protagonista con interlocutores ocasionales.
En la literatura peruana este libro es singular y carece de antecedentes. Se trata, no obstante, de un género cultivado en Europa, donde es frecuente reunir, en breves libros, las declaraciones de escritores famosos, seleccionadas de entrevistas o conversaciones con amigos cercanos. El título del género es propos. Así, existen Les propos de Valéry, Les propos de Sartre, etcétera. Otros antecedentes son Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936), del español Antonio Machado, e Historias de almanaque (Kalendergeschichten, 1949), del alemán Bertolt Brecht. En ellos sus autores muestran sus pensamientos a través de personajes ficticios.
Pese a no ser un escritor célebre, Luder consume la vida en función de la literatura, aunque no le preocupa el éxito, la fama o la fortuna. Cultiva su pasión casi en secreto, hasta que cierto día, harto de enigmas y de signos, renuncia, al parecer para siempre, a su labor en busca de la vida retirada. Quizá para olvidar las letras y el mundo civilizado, se instala en algún lugar apartado del Perú: hay quienes afirman que se marchó al valle del Urubamba, Cuzco, amancebado con una campesina jovencísima y analfabeta. Otros creen que se refugió en una caleta pesquera abandonada.
Sus últimos días los quiere pasar plácidamente y no desea torturarse más con pensamientos que jamás alcanzarán la verdad. Con cierta resignación, Luder dirá que, tal vez, solo al morir se sepa el secreto de la verdad. Pero, por desgracia, en dicha circunstancia, este conocimiento ya no se podrá transmitir (texto 49).
Sin dejar de ser un escéptico, alguien que considera que es muy difícil llegar al conocimiento de la verdad, Luder, desde el punto de vista filosófico, es también un poco cínico y bastante hedonista. Cínico por no tomar en serio las cosas, por burlarse de las grandes ideas. Hedonista por considerar el placer como uno de los fines de la vida, por entregarse a diversos goces: al vino tinto; a la música clásica y los boleros; a las mujeres, aunque sin amor.
Se intuye que Luder es un cuentista peruano que vivía en París, pero se ignora si es soltero, si tiene hijos, si se mantiene de una renta. Hay muchos vacíos biográficos en esta breve ficción nutrida de filosofía. Quizá su autor quiera darle una aureola misteriosa a su personaje.
Con la máscara de Luder, Ribeyro expresa con libertad sus ideas, cometiendo algunas exageraciones, sin que se asegure que las dijo él. El hablar por boca de sus personajes es un recurso narrativo que empleó, para citar un cuento suyo, en «Té literario». Ahí, por el diálogo de varios personajes, se examina su obra. Conversa preferentemente sobre su novela Crónica de San Gabriel (1960), que en el relato aparece como Tormenta de verano.
«La palabra, una vez suelta, jamás se recupera», escribe el poeta latino Horacio en su Arte poética (hacia el año 14 a. C.), en que reflexiona sobre la esencia y función del arte. A veces, cuando se conversa, se producen ocurrencias, réplicas, chistes, sentencias y aforismos brillantes. Pero, por no quedar registrados, se corre el temor de que se pierdan para siempre. Interesado en perpetuar esta clase de declaraciones, Ribeyro ha compuesto Dichos de Luder, en que temas como la amistad, la muerte, la belleza y el amor son tratados con ingenio.
En algunas oportunidades, para no abusar del verbo decir, utilizado pese a todo setenta y cuatro veces, Ribeyro se apoya en las palabras responder, protestar, comentar, exclamar, entre otras. Algunas declaraciones las tomó de sus conversaciones con otros escritores. Por ejemplo, la del texto 34 pertenece al argentino Julio Cortázar, quien fue amigo suyo en la capital francesa. (En una entrevista realizada para la televisión por Fernando Ampuero, transmitida en 1986, Ribeyro dijo: «En una ocasión, en que hablábamos de un escritor que él [Cortázar] juzgaba anticuado, me dijo que cuando abría sus libros todas las letras salían volando, como una nube de polillas»). En cambio, la del texto 92, que llegó a sus oídos por el narrador chileno Jorge Edwards, la refirió un compatriota de este último: el poeta Pablo Neruda.
La extensión de los textos es breve. Ninguno excede las diez líneas; el más pequeño es de dos líneas. A diferencia de las Prosas apátridas (que agrupó ochenta y nueve textos en 1975, ciento cincuenta en 1978 y doscientos en 1986), este libro fue planeado y tiene homogeneidad. No obstante, en ambos late el mismo espíritu, la misma visión del mundo, y los temas abordados se asemejan.
En el último texto, Luder dice: «He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua». Su contribución, a través de la impostura de Ribeyro y sin embargo de su subestimación, no es mínima en belleza y profundidad, sino todo lo contrario.

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