20 de octubre de 2011

Lo biográfico en las obras de ficción de Ribeyro

Balcón del departamento de Barranco, 1994. En el escenario que le inspiró el cuento «Surf». Foto: Herman Schwarz.

En «Solo para fumadores» (1987), Julio Ramón Ribeyro nos refiere —con el pretexto de su relación con el cigarrillo— pasajes de su vida. Cuatro años antes de publicar ese relato, Ribeyro declaró en una entrevista, realizada por Gregorio Martínez y Roland Forgues, que estaba tratando de escribir un libro de tipo autobiográfico, pero no encontraba la forma de crearlo, porque quería evitar lo convencional.
Toda persona que escribe acerca de su vida se enfrenta a ciertos tópicos. «Uno empieza hablando de sus ancestros, de sus padres, de su infancia, de su vida sexual, de su colegio, de sus amigos, de sus viajes. Todas las biografías al final se parecen», declaró Ribeyro en dicha entrevista.
El narrador limeño llevaba entonces tres o cuatro años en busca de esa forma distinta de abordar un libro sobre su vida. Tuvo en mente utilizar una serie de elementos simbólicos, aunque fueran anodinos. Por ejemplo, playas. Todas las playas que conoció, desde niño.
También consideró emprender la obra desde los hoteles donde se hospedó. «Debo haber estado alojado en unos cien hoteles», declaró. Otros temas que tomó en cuenta: bibliotecas, libros, gatos, restaurantes, marcas de vino, zapatos. En suma, buscaba elementos que le sirvieran para aglomerar una serie de recuerdos en relación con algo. Al final, el cigarrillo sirvió de excusa para tratar su vida.
En la entrevista de 1983, Ribeyro refiere que tiene un capítulo de su autobiografía titulado «Terremotos y temblores»: «Yo he estado en el terremoto del año 40 en Lima, después en temblores muy fuertes. En torno a esos temblores, escribí sobre lo que me pasaba a mí, a mi familia, o lo que ocurría en el país. El asunto es que puedo escribir una serie de capítulos sobre estos elementos, pero el problema luego es cómo unirlos. Eso es lo que estoy tratando de resolver. Tengo que armarlos de alguna forma».
¿Qué resultó de ese proyecto? En primer término, el relato «Mayo 1940», en que el narrador cuenta: «La vereda empezó a ondular, tan pronto parecía subir como bajar, al punto que trastabillamos, pues no sabíamos a qué distancia debíamos poner los pies. Alguien dijo ‘se nos viene un tem­blor’, pero cuando vimos caerse las tejas de la residencia Moreira y abrirse una grieta en su alto cerco de adobe no nos quedó duda de que se trataba de un terremoto». Además, de esa serie de recuerdos quedó el libro Relatos santacrucinos, de 1992, parte del cuarto volumen de La palabra del mudo.
En una entrevista de 1973, Reynaldo Trinidad le pregunta: «Se dice que la mayoría de sus cuentos son autobiográficos. ¿Es cierto?». A ello, Ribeyro responde: «Efectivamente. Mis relatos, en un lenguaje estadístico, contienen 80 por ciento de realismo y 20 por ciento de imaginación. Al decir realismo quiero decir experiencias propias o ajenas directamente contadas por sus protagonistas al escritor. Por esto último, mi próximo libro reunirá una serie de historias que me han confiado mis amigos, con el título de Lo que tú me contaste. El recuerdo es un archivo inagotable de material narrativo».
Aparte de que ese libro nunca se publicó, ¿cuánto de Ribeyro de carne y hueso hay en su narrativa? Veamos, por ejemplo, las dos primeras novelas. La primera, Crónica de San Gabriel (1960), en realidad, es una transposición de una temporada que pasó en una hacienda de la sierra del norte, de los Andes de La Libertad, en Tulpo. Los personajes son reales, todos existen o existieron. Los nombres aparecen cambiados, pero todo es más o menos exacto. En julio de 2008 estuve en Trujillo y conocí a la «verdadera» Leticia, a Yolanda Rabines.
Ella me habló de la mina de tungsteno, de la rebelión ocurrida en ese lugar, de Juan Antonio y Julio Ramón Ribeyro. Es curioso, pero el autor sacó de la escena a su hermano. En la novela solo se habla de un joven limeño que viaja a los Andes con su tío. No pude evitar reírme cuando me dijo que su madre se enojó por las añadiduras del escritor, quien al final del libro coloca a Leticia embarazada sin decir de quién, y además a la madre fugándose con el tío. La progenitora de Yolanda Rabines se limitó a decir acerca de estas historias de ficción: «Esas cochinadas. Cómo se le ocurre a este idiota».
La segunda, Los geniecillos dominicales (1965), también es autobiográfica. El narrador limeño declaró que todos los episodios tienen que ver con su experiencia. Los personajes de la obra tienen sus modelos reales en el doctor Jorge Puccinelli (Rostalínez), Carlos Eduardo Zavaleta (Carlos), Francisco Bendezú (Cucho), Eleodoro Vargas Vicuña (Eleodoro), Wáshington Delgado (Franklin), Hugo Bravo (Hugo), Pablo Macera (Pablo), Manuel Acosta Ojeda (El Sabido), Juan Gonzalo Rose (Gonzalo), Alberto Escobar (Manolo) y Víctor Li Carrillo (Victoriano). Otros elementos tomados de la realidad son la revista Letras Peruanas (Prisma) y el centro cultural Ínsula (centro cultural Ateneo).
Ludo Melchor José Totem, protagonista del libro, es el álter ego de Ribeyro. Estudia el último año de Derecho en la Universidad Católica, pero le apasiona, como a los estudiantes de Letras de San Marcos, la literatura. Más adelante renuncia, harto de la monotonía y del burocratismo, al empleo de redactor de alegatos en un bufete.
Ahora repasemos la producción cuentística de Ribeyro. El relato que se remonta al periodo más antiguo de su vida es «Por las azoteas», que se basa en las experiencias que vivió en su casa del jirón Montero Rosas 117, a media cuadra de América Televisión. Muchos pueden pensar que Ribeyro fue miraflorino, pero lo cierto es que nació en el barrio de Santa Beatriz y que recién pasó a Santa Cruz en 1937, a la calle Comandante Espinar 201, a los siete años de edad.
Sus viajes de infancia a Tarma le sirvieron al autor para reescribir dos cuentos ambientados en esa pequeña ciudad andina: «Vaquita echada» y «Silvio en El Rosedal». Este último es verdad no tiene mucho de autobiográfico, pero hay cierta representación de Ribeyro en el protagonista: un sujeto algo solitario, creador de arte para minorías, buscador de la verdad.
El colegio Champagnat, ubicado en Miraflores y donde Ribeyro estudió de 1935 a 1945, es escenario de varios relatos. Así, del periodo escolar tenemos «El señor Campana y su hija Perlita», «Mariposas y cornetas», «Los otros», «La música, el maestro Berenson y un servidor» y «Sobre los modos de ganar la guerra», que se desarrolla en la huaca Juliana.
Acerca de su afición al fútbol, su admiración por el cañonero Lolo Fernández y sus frecuentaciones al estadio de José Díaz, Ribeyro escribió «Atiguibas»: «Con mi hermano vimos desfilar por la grama pelada de la cancha a los más renombrados clubes del fútbol de Argentina, Brasil y Uruguay», dice el narrador. En «Página de un diario» (1958), en cambio, toma una de sus experiencias más dolorosas: la muerte de su padre, quien falleció en 1945.
Ribeyro tuvo un encuentro con el Janampa real. En el cuento «Mar afuera», del libro Los gallinazos sin plumas (1955), se refiere a un personaje del barrio de Santa Cruz que «pasaba el día cantando, haciendo bromas o aventándose de los andamios para enamorar a las sirvientas, para quienes era una especie de Tarzán o de bestia o de demonio o de semental». Mientras pescaba, planea vengarse de Dionisio, pues este conquistó a la muchacha que deseaba: la «prieta».
En una carta del 2 de marzo de 1955, escrita en Madrid y dirigida a su hermano, el narrador dice que no quiere modificar sus cuentos. Ni siquiera los nombres de los personajes, como le sugiere Juan Antonio. «Me arriesgo a las enemistades que esto pueda traerme. ¿No crees que es una suerte, después de todo, para esas personas ingresar al mundo (efímero o intemporal) de la literatura?», opina.
Años después, el autor se encontró de modo casual con el «verdadero» Janampa. «Venía en una bicicleta, se bajó de ella y se acercó a mí —declaró en una entrevista realizada en 1994 por Ernesto Hermoza—. Yo creí que me iba a amenazar por haber hecho de él un asesino. Al contrario, me abrazó, me felicitó y me dijo que el cuento le había parecido muy simpático».
Los relatos ambientados en el Viejo Continente pertenecen en general al conjunto Los cautivos (1972): Madrid: «Los españoles». Un pueblito belga: «Ridder y el pisapapeles». Fráncfort: «Los cautivos». Varsovia: «Bárbara», que se basa en su viaje a la capital polaca en 1955 como uno de los treinta mil muchachos asistentes al Quinto Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, donde participaron ciento catorce países y cuyo lema fue «¡Por la paz y la amistad!».
Volvamos a «Solo para fumadores», relato que se desarrolla en el Perú, España, Alemania, Francia e Italia. Ahí nos enteramos más acerca de su experiencia como vendedor de periódicos viejos en París en 1955: «A cada cual nos daban un trici­clo y una calle y uno debía partir pedaleando hasta su calle e ir de edi­ficio en edificio, de piso en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos para los ‘pobres estudiantes’, hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o con lluvia, por calles planas o calles empinadas».
Ahora detengámonos en dos cuentos parisinos: «La estación del diablo amarillo» y «La primera nevada», publicados en 1994. Veamos el primero. Hay que aclarar antes que un «diablo» es una carretilla para llevar carga. En ese relato se cuenta la vida dura de los artistas en ciernes que no tienen recursos económicos: «Mientras ladeaba los bultos, nosotros deslizábamos bajo ellos la cuchilla de nuestros diablos, hacíamos presión sobre los mangos y una vez cargados iniciábamos la procesión hacia los camiones que nos esperaban alineados a lo largo del andén. Una rampa de madera nos comunicaba con cada uno de ellos. La subíamos empujando nuestro dia­blo, pero cuando el bulto era muy pesado debíamos tomar distancia, pisar bien la rampa y lanzarnos hacia ella como quien se suicida. Al principio no faltó quien trastabilló: se tropezó o se fue con diablo y todo fuera del andén».
«La primera nevada», por su parte, toma su estadía en un hotel de la capital francesa en 1952. El narrador cuenta que el poeta español Torroba dejó cierta vez algunas cosas en su departamento parisino, luego pidió quedarse a dormir en el piso y después en la cama. Cierta vez llegó con una hermosa chica drogada, con quien se acostó. El narrador no toleró tanta desconsideración y en la siguiente oportunidad no quiso abrirle la puerta, pero Torroba insistía en entrar. Al ver que este se alejaba durante una nevada, se arrepintió y le dijo que volviera, pero el poeta, muy enojado, le hizo un feo gesto y siguió su camino.
Muchos años después, en un homenaje que recibía Ribeyro en Madrid, en 1994, durante la Semana de Autor en la Casa de América, el narrador peruano leyó este cuento por primera vez. Su sorpresa fue total cuando del auditorio bajó un tipo delgado a increparle cara a cara. «¿Julio, te acuerdas de mí?». Ribeyro se quedó petrificado. «Soy Torroba, Torroba» y el sujeto se marchó. Un hecho, sin duda ribeyriano.
Cuando Ribeyro volvió a Lima en 1958, trajo los borradores de su primera novela bajo el brazo, la citada Crónica de San Gabriel (1960). Para terminarla, se retiró de la bohemia por un breve tiempo. Así, se alojó en el hotel La Estación, de Chosica, en 1959. En su diario, La tentación del fracaso (1992-1995), anota en julio de 1959: «Espero que mi temporada en Chosica me sirva para poner un poco de orden en mi vida. Estos últimos días han sido de­sastrosos. En posesión del dinero, mi virilidad ha renacido y he vuelto a encontrar el gusto de la mala noche y la bohemia desenfrenada». De ese hecho nace «Ausente por tiempo indefinido», un cuento sobre la imposibilidad de escribir.
Su breve temporada en Ayacucho, en 1959, como director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Huamanga, dejó cierta huella en el autor. A tal punto que ambienta en esa ciudad andina dos cuentos: «Los predicadores» y «Los jacarandás», del segundo volumen de La palabra del mudo (1973).
En cambio, acerca de su paso por la agencia France-Presse (1961-1971), como redactor y traductor de noticias, el periodo más fecundo de su producción literaria, dice muy poco. Solo queda el relato «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa», que se basa en el novelista catalán Xavier Domingo y tiene como protagonista a un español que se encarga de las cotizaciones de las bolsas de valores. Para el narrador, un compañero de trabajo, Carmelo, acabará sus días lejos de su patria, sin socorro y paz, sin gloria y memoria. ¿Acaso eso temía el autor? Ninguna línea en la obra de ficción queda de su labor como diplomático, ya sea como agregado cultural en la Embajada peruana o como delegado permanente ante la Unesco.
¿Cómo era el último Ribeyro? Algo de eso podemos saber a través del protagonista de Dichos de Luder (1989), quien vuelve al Perú tras una larga temporada en París. «En su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música —tan pronto óperas de Verdi como boleros de Agustín Lara—, recibía al atardecer muy irregularmente a dos o tres amigos y a los pocos jóvenes autores o estudiantes que habían leído sus raras publicaciones. Estas veladas eran sencillas. Se bebía solo vino (tinto y burdeos, sobre esto Luder era inflexible) y se hablaba de todo, sin protocolo ni concierto. Era visible que Luder encontraba un vivo placer en estas visitas, pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse, aunque fuese por momentos, a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable».
Se sabe que Ribeyro buscaba un lugar solitario frente al mar para vivir. Ese interés se expresa en «La casa en la playa», en que dice: «Al encontrarnos en Lima ese verano, Ernesto y yo decidimos poner en ejecución nuestro viejo proyecto de buscar una playa desier­ta donde construir nuestra casa. Ambos vivíamos en Europa desde nuestra juventud, pero, al llegar a la cincuentena, caímos en la cuenta de que estábamos ya hartos de las grandes ciudades. No soportábamos su ajetreo, la estridencia de sus medios artísticos y la sofisticación de su vida social». El personaje Ernesto se basa en el pintor Emilio Rodríguez Larraín.
Fechado en la isla italiana de Capri —la cual frecuentaba en vacaciones— el 17 de setiembre de 1993, el cuento «Nuit caprense cirius illuminata» presenta a un escritor maduro alejado de su hijo y de su esposa, a quienes ve con poca regularidad. Fabricio pretende reanudar cuatro décadas después una aventura amorosa con una española de nombre Yolanda Gálvez en una isla italiana. Algo de la vida amorosa del último Ribeyro está aquí.
«Surf» es el último cuento escrito por Ribeyro. Bernardo, que bordea los sesenta años, se instala en un departamento de Barranco, frente al mar. Planeaba escribir al fin el libro que le permitiera ser apreciado por todos. Al cabo de unas semanas, siente que el proyecto naufraga y se dedica a ofrecer fiestas. El país vivía entonces un clima de violencia, con atentados perpetrados por guerrilleros. «Empezó a recibir así a un pequeño y alegre grupo de jóvenes amigos, escritores en su mayoría, y a muchachas inteligentes que amaban tanto la literatura como la fiesta y las turbulencias de la vida nocturna. En su estudio se celebraron memorables reuniones, cenas y bailes que se prolongaban hasta la madrugada, en un ambiente de euforia febril, por momentos casi angustiosa, como si se estuvieran viviendo los últimos días de tiempos que se iban», dice el narrador. Ribeyro falleció poco después de escribir este cuento, que está fechado en Barranco, el 26 de julio de 1994.
El narrador limeño pensó escribir una novela sobre el cacique indígena Atusparia, quien lideró una rebelión en 1885 en Áncash. En ella lo autobiográfico queda de lado. Para escribirla, el autor tuvo muchas dificultades. «Lo que me paraliza por un lado es el carácter incompleto de mi información, pues los documentos relativos a esta revuelta indígena son escasos. Luego el hecho de que todos estos acontecimientos sean exteriores a mí, es decir, ajenos a mi propia experiencia y solicitadores de un esfuerzo desmedido de imaginación», le dijo a César Lévano en 1973. Es decir, al narrador le demandaba mucho esfuerzo tratar acerca de personajes ajenos a su vida.
Como se aprecia, los personajes ribeyrianos nacen de recuerdos propios, de la observación de la realidad y de complejas creaciones. En la citada entrevista realizada por Ernesto Hermoza, el escritor confiesa: «No creo que tenga uno solo que se haya inventado de pies a cabeza. Todos o son reales, que he observado y he conocido, o son compuestos con pedazos de seres reales. Es decir, uno coge dos o tres personas, las reúne, las compone y forma con eso un personaje».
¿Para qué nos sirve todo este recuento? Para comprender las intenciones del autor, sus fobias y sus filias. Para observar cómo se edificó su mundo literario. Es erróneo creer que las obras literarias deben ser autobiográficas o que estas son de mayor calidad que las enteramente inventadas. Solo a través de la pericia narrativa estos cuentos se hacen arte.

2009

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