20 de octubre de 2011

Objetos de contemplación / Sobre "Prosas apátridas" (1975, 1978, 1986), de Ribeyro


París, década de 1960. Ribeyro sale de su departamento de la plaza Falguière, aborda el metro y llega a la agencia de noticias France-Presse. De esta rutina parece que no hay nada interesante que decir. ¿Qué de extraordinario existe entre el hogar y el trabajo? ¿Qué personajes cautivantes puede uno encontrar en ese recorrido? Muchos de los doscientos breves textos de Prosas apátridas surgieron en esa circunstancia. Sin embargo, demuestran una aguda mirada del mundo.
En un pequeño departamento parisino, el escritor peruano convive con su esposa, Alida Cordero; su único hijo, Julito; y un gato. Jamás mencionados por sus nombres, ellos le permiten al autor proyectar ingeniosos pensamientos como aquel que asegura que las relaciones que uno tiene con su mujer, por hermosa que sea, llegan con el tiempo a hacerse tan rutinarias como las que uno mantiene con su ciudad. También aquella idea que subraya que para un padre el calendario más veraz es su propio hijo: el diente que le sale a este es el que pierde aquel, el año que suma el crío es el que se le sustrae al progenitor. O entre un animal y un ser humano hay centenares de siglos que los separan, pero si algún día se acorta esta distancia, solo será para decir lugares comunes, como cualquier ser humano.
De acentuado pesimismo, Ribeyro concibe la vida fea, dura, cruel, pasajera. Por ejemplo, cree que los conflictos actuales son la continuación de los antiguos, con diferentes nombres, ideales y pretextos. Asimismo, asegura que la historia es un juego cuyas reglas se han extraviado. Los especialistas las buscan con afán, pero solo encuentran retazos. En la prosa 179 asegura que todo el mundo ha visto las mismas cosas y sufrido los mismos desastres. «Lo que pasa es que los viejos han perdido la memoria y el mundo también», sentencia.
Ribeyro se siente minado por la duda. En la penúltima prosa asegura que nunca ha podido comprender el mundo y se irá de él llevándose una imagen confusa. Lo que ha escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicársela, tentativa que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. Tiene una terca costumbre de añadirle a las cosas una significación o inversamente extraer de ellas un mensaje. Por otro lado, señala que el artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra; es decir, de un lente distinto.
Después de trabajar en empleos menores, el narrador peruano pasó más de una década en la France-Presse (1961-1971). En su cuento «Solo para fumadores» (1987), de corte autobiográfico, dice que esta agencia «era no solo una fábrica de noticias sino el emporio del tabaquismo. Por estadísticas sabía que la profesión más adicta al tabaco era la de periodista». En consecuencia, su viejo vicio de fumar se incrementó en este centro de labores.
En 1973, fue operado dos veces de cáncer. En la prosa apátrida 139 lanza una frase desesperada: desearía cambiar el estómago de un fornido obrero por cuarenta años de lecturas. En varios textos menciona su enfermedad. En uno cuenta que gritaba de dolor en el hospital donde se recuperaba, también refiere que tubos y sondas le salían de la nariz, de la boca, del recto, de la uretra, de la vena, del tórax.
Por ello, en el texto 148 afirma que su capital de vida se encuentra ya gastado y está viviendo solo al crédito. En otro momento se describe como un tipo envejecido y enfermo, aburrido y cansado. Paradójicamente, considera que solo manteniéndose enfermo es que sobrevive. Llama mucho la atención la prosa 194, en que expresa apetitos suicidas. Sin embargo, el texto final intenta borrar esa imagen.
Algunas escenas ocurren en España, Italia y Portugal, producto de sus viajes de vacaciones a las playas de Carboneras, Capri y Albufeira. Es evidente su fijación por los países latinos y el mar. Del mismo modo, uno se entera de sus aficiones a la música barroca, al vino tinto, al ajedrez (en cierta oportunidad cuenta que reprodujo una partida entre Anatoli Karpov y Viktor Korchnoi, ambos de la antigua Unión Soviética). En ciertas ocasiones, como telón de fondo, menciona la Guerra de Vietnam (1959-1975). Algunos textos recuerdan su infancia en Miraflores y hay uno que rememora su primer regreso al Perú, en 1958.
Otro aspecto del libro es la continua reflexión acerca del trabajo creador. Refiere que en literatura cuando empieza la felicidad, empieza el silencio. Su interés por las muertes tempranas en el texto 75 recuerda el cuento «Los otros» (1987). Asimismo, su deseo de vivir frente al mar se relaciona con el relato «La casa en la playa» (1992). El humor es a la vez un elemento importante. En cierta ocasión, en el metro parisino reflexionó acerca de una mujer: «Podría ser Brigitte Bardot, pero lástima que le falten treinta centímetros de estatura». En otro texto se refiere a la fealdad de una de esas mujeres que harían peligrar la continuidad de la especie, si uno se encontrara solo con ellas en el mundo. Sin duda, la prosa más jocosa es la 166, cuando lo confunden con Mario Vargas Llosa. «¡Y decir que he almorzado con el autor de La ciudad y los perros!», le dijo orgulloso un curita en Ayacucho.
La primera edición de Prosas apátridas apareció en 1975 y contaba con ochenta y nueve textos. En 1978 alcanzó ciento cincuenta y en 1986, edición definitiva, sumó doscientos. Ribeyro asegura, en la «Nota del autor», que los textos de este libro no pertenecen a páginas de un diario íntimo. La publicación de La tentación del fracaso (1992-1995) contradice esta afirmación. Con algunos cambios, cinco textos aparecen en este libro: las prosas 27 (21 de abril de 1961), 79 (21 de junio de 1974), 83 (5 de mayo de 1959), 120 (17 de julio de 1974) y 173 (13 de julio de 1974). También asegura que se trata de una obra abierta. Es decir, se puede leer por el comienzo, por el medio o por el final. Por esta razón, trata de emular a El esplín de París (Le spleen de Paris, 1862), conocido, asimismo, como Pequeños poemas en prosa (Petits poèmes en prose), del francés Charles Baudelaire. También por aparecer la Ciudad Luz como telón de fondo en la mayoría de los textos.
Prosas apátridas demuestra que su autor no solo es un gran narrador de ficción, sino también un agudo y profundo pensador. Su obra —es verdad— no cambiará la humanidad, pero sí, de seguro, enriquecerá la imagen del hombre con otra mirada.

No hay comentarios.: