Ribeyro recuerda en una conversación que su primer artículo lo publicó en una revista que fundó con media docena de amigos en la Universidad Católica: Ágora. Entre sus cómplices de esta aventura se encontraban los más tarde poetas Leopoldo Chariarse y Carlos Germán Belli, además del futuro narrador y humorista Luis Felipe Angell, Sofocleto. «Como todas las revistas de jóvenes universitarios solamente duró un número», rememora en 1987.
Esta experiencia, sin embargo, no lo desanimó en continuar escribiendo para periódicos. En 1952 viajó a España becado para seguir cursos de Periodismo y, al año siguiente, con «Coloquio con un poeta célebre», entrevista con el poeta español Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura 1933, inició una serie de colaboraciones para el suplemento «Dominical», del diario limeño El Comercio.
¿Qué aspectos hay en común en esta nueva edición de La caza sutil (que cubre el periodo de 1953 a 1994 y ofrece cincuenta y cuatro textos, veintitrés más que la primera)? Varios. Su interés por ofrecer sus impresiones acerca de algunos libros que lo entusiasmaron. Literatura peruana, latinoamericana y, especialmente, francesa. De esta última sobresale, nítidamente, Gustave Flaubert. Su curiosidad por conocer más acerca de su obra y de su vida lo motivan a investigar si efectivamente el autor de Madame Bovary (1857) tuvo un romance con alguna peruana.
Ese afán por develar la vida amorosa de quienes admira lo impulsa a escribir otro documentado artículo, «El imposible encuentro: Guy de Maupassant y María Bashkirtseff». Para ello, se vale de cartas. Se evidencia, además, que otra de las pasiones de Ribeyro es la lectura de diarios íntimos, de los que ¡atesoró quinientos!
Por amistad, sin duda, escribió acerca de libros no muy célebres, como los del poeta Leopoldo Chariarse o los del narrador Alfredo Pita. Por otro lado, es una lástima que no comentara la obra de Mario Vargas Llosa, de quien valoraba La ciudad y los perros (1963). Sin embargo, hay un texto sobre La vida exagerada de Martín Romaña (1981), de uno de sus amigos más cercanos: Alfredo Bryce Echenique, a quien califica de «genio».
Sus textos se asemejan a pincelazos de un gran artista. Breves, intensos, precisos. Cuando comenta Pasos a desnivel (1971), del crítico Wolfgang A. Luchting, lamenta no señalar los defectos de este libro e irse por las ramas. Pero la mayoría de veces limita su campo de acción. Por ejemplo, asegura que sería vano analizar los detalles de un libro poliédrico como el mencionado de Bryce Echenique. Por ello, solo aspira a «enumerar sus rasgos más saltantes». Lo mismo ocurre con Paradiso (1966), del cubano José Lezama Lima: «Mi intención ha sido indicar solo algunos...».
Acerca de la eterna polémica del carácter de Tradiciones peruanas (1872-1910), de Ricardo Palma, dice: «Atizar estos debates tampoco es mi intención. Solo quiero resaltar...». Es una constante. En otro artículo termina señalando que cierto aspecto «podría ser materia de otra nota».
Entre los proyectos truncos está Proverbiales, serie de anécdotas. En 1981, cuando le preguntan qué estaba escribiendo, Ribeyro responde: «Un libro de relatos, pero que no son cuentos en el sentido tradicional. Son más bien episodios sobre personajes históricos, como un esbozo o una semblanza sobre la muerte de Valdelomar; sobre el naufragio que sufrió Ricardo Palma, en el cual no murió y que dio origen a que pudiera escribir las Tradiciones peruanas, cosa importante para nosotros, los peruanos». Luego añade que este proyecto «no solo se refiere a semblanzas de peruanos sino a europeos, como Ovidio, Sade, Caravaggio y diferentes personajes que me atraen y que tuvieron una vida significativa o dramática, que vivieron episodios dolorosos o gozosos que valen la pena evocar y comentar desde el ángulo y punto de vista de un latinoamericano». Trece años después, en 1994, fallece Ribeyro sin completar el volumen.
Hay un reclamo constante de Ribeyro a ciertos autores. A Luis Felipe Angell le dice que su novela La tierra prometida (1958) podría haber ganado mucho si hubiera sido narrada desde el punto de vista de un niño. De José María Arguedas espera una continuación de Los ríos profundos (1958). De El otoño del patriarca (1975) dice: «Hubiera querido que el dictador de García Márquez fuera no solo simpático sino también odioso, y que sus excesos hubieran despertado no solo deleite sino aborrecimiento y temblor».
Por otro lado, se ve claramente que Ribeyro intenta encontrarle explicación a todo lo que queda en duda. ¿Por qué Ovidio fue desterrado? ¿Por qué los incas fueron vencidos por los españoles? ¿Por qué los amantes de tres novelas francesas del siglo XIX que ambientan escenas sexuales en coches empiezan con la letra «D»? Sus razonamientos son muy ingeniosos. De paso, nos comunican con las reflexiones de Prosas apátridas (1975, 1978, 1986). Es más, «Las discusiones» o «El amor a los libros» bien pueden ser tomados como textos de ese reconocido libro. En su artículo «El pacto con las tinieblas» anota: «El arte no es tanto cuestión de motivos o de técnica sino de mirada». Ese es su aporte, una mirada diferente, otro lente, un estilo distinto.
Su relación intensa con la literatura francesa tiene que ver también con su residencia de más de tres décadas en París. Por ello, no es de extrañar que comente tres novelas publicadas en 1955 —hoy bastante olvidadas—, candidatas a importantes premios literarios. Tampoco resulta extraño encontrar en sus artículos vocablos como fiacre, acrocher, atelier, o frases como largeur de vues, le devant de la scène, à côté de la question.
A las tres entrevistas que se reúnen aquí, habría que agregar la realizada a Luis Alberto Sánchez, el 21 de marzo de 1963, según anotación de su diario personal, La tentación del fracaso (1992-1995). Fue hecha para la France-Presse, agencia de noticias para la que Ribeyro trabajó como redactor y traductor de 1961 a 1971. Pero, por desgracia, no queda ningún registro.
En una conversación con Ribeyro, recuerdo que me señaló, entre sus proyectos, el de preparar una nueva edición de La caza sutil (1976). Quería corregir algunos aspectos, como hacer más amable la lectura de «La alquimia, hoy», eliminando las notas a pie de página. Que siempre tuvo en mente agrupar todos sus artículos bajo el mismo título no queda duda. Sus colaboraciones de 1982 para el hoy desaparecido diario El Observador llevaban el mismo rótulo en la columna: «La caza sutil».
¿Por qué no escribió muchos más artículos en esos más de cuatro decenios? Es evidente que tenía las puertas abiertas en los más importantes periódicos limeños. La parquedad del número de artículos se debe a que no buscaba escribir sobre la actualidad, de la que —como el protagonista de sus Dichos de Luder (1989)— se sentía cada vez más ajeno. Escribía cuando consideraba que tenía algo interesante que decir.
0 comentarios:
Publicar un comentario