jueves, 20 de octubre de 2011

Una temporada en la sierra / Sobre "Crónica de San Gabriel" (1960), de Ribeyro


A pesar de predicar la necesidad de escribir narraciones sobre Lima[1], Ribeyro sacó a la luz Crónica de San Gabriel (1960), de escenario íntegramente rural, libro que mereció el Premio Nacional de Novela en el año de su publicación.
Su redacción la empezó en Múnich, Alemania, a inicios de 1956, en una habitación alquilada a una familia obrera. No podía salir debido a que la nieve alcanzaba un metro de altura y la temperatura, treinta y un grados bajo cero.
Terminado el mal tiempo y faltándole algunos capítulos, Ribeyro viajó a París, Amberes, Berlín, Hamburgo y Fráncfort hasta volver a Lima. En un hotel de Chosica, a fines de 1958, concluyó la obra, episodio que recrea en «Ausente por tiempo indefinido», cuento de la colección Solo para fumadores (1987).
El título original de la novela era Crónica de un reino perdido. En una carta de 1956, Ribeyro explica al crítico alemán Wolfgang A. Luchting que el nombre de «crónica» proviene de la forma lineal del relato. El término «reino» se inspira, en cambio, en la fisonomía de las haciendas peruanas, que constituyen verdaderos estados con vida autónoma, en guerra con sus vecinos, y sometidos a un régimen vertical y patriarcal. El vocablo «perdido» posee, por último, tres acepciones: 1) lejano, difícil de encontrar; 2) extraviado para siempre, irrecuperable, y 3) corrompido.
De corte autobiográfico, la novela se desarrolla durante un año aproximadamente, poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Huérfano de padres, Lucho viaja de Lima, su ciudad natal, a la hacienda de San Gabriel, sierra norte del país, en compañía de su tío Felipe, muy aficionado al licor y a las mujeres.
¿Es una novela de amor, de aprendizaje o de aventuras? ¿Tal vez sea social, costumbrista, psicológica? ¿Acaso un testimonio acerca de la decadencia del latifundio en la sierra peruana? En el prólogo de la edición de 1983, Ribeyro asegura que el libro podría leerse a la vez como una creación críptica en la cual «el autor ha escamoteado algunos datos para que el lector descubra por su cuenta una segunda obra».
La narración admite diversas lecturas. Por ejemplo, como una novela de amor. Atraído por su prima Leticia, Lucho vive atormentado preguntándose si ella lo quiere. Por momentos, la adolescente se muestra coqueta y en otros, antipática. Da la impresión de ser maligna para Lucho, pues dice una cosa y luego hace otra; es decir, le gusta cambiar de parecer repentinamente. El libro puede leerse también como la descripción de un caso clínico de histeria.
El paso de la adolescencia a la adultez es otra característica de la novela. De quince años al inicio y dieciséis después, Lucho devora con curiosidad un mundo nuevo para él. Aprende a beber licor y a trabajar, a conocer mejor la vida de los mayores. El tío Felipe, su tutor, inescrupuloso y aventurero, le dirá acerca de la seducción: «Las mujeres son como las frutas del árbol. Quiero decir que solo caen en tus manos las maduras. Las otras, hay que estirar los brazos y arrancarlas».
Como novela de aventuras encontramos un asesinato, un robo, una cacería, una sublevación, un terremoto, una sesión de magia blanca. Es visible, asimismo, la denuncia social. La injusticia expresada va desde el plano sexual (los tíos Felipe y Leonardo se aprovechan de humildes indígenas) hasta el nivel económico (don Evaristo, el hombre más rico de la región, consigue la mano de obra de los comuneros de Angasmarca por muy poco a cambio).
«La provincia ejerce un doble peso sobre los novelistas. Pesa telúricamente sobre quienes han nacido en ella, y pesa como pintura, como novedad, como anécdota sobre quienes la han visitado», escribió Ribeyro en el ensayo «Lima, ciudad sin novela», de 1953. En efecto, el autor describe la sierra de manera distinta a la ofrecida por escritores nacidos en aquella región. Su acercamiento a los Andes es diferente del de Ciro Alegría o del de José María Arguedas.
Por otro lado, hay un gusto por el misterio y la intriga, por acabar los capítulos en suspenso. Los mensajes enigmáticos, el robo y el asesinato le proporcionan un tono policial a la obra. Por sus pesquisas, un primo le reprocha al protagonista: «Eres un espía».
¿Leticia estaba enamorada de Lucho o no? ¿Quién es el causante de su embarazo? ¿Tuset, Felipe o el protagonista? ¿Fue don Evaristo autor del crimen del ingeniero Gonzales? Para los lectores es un enigma. Quizá el narrador sepa las respuestas, pero no las revela. Todo queda en la duda. Es difícil determinar dónde está la verdad. Hay tantos argumentos a favor de una posibilidad como de otra.
Después de despilfarrar el dinero, la familia de Lucho sufre la bancarrota. La poca cotización del tungsteno, una sublevación indígena, la sequía, unas tierras sin brazos y las innumerables deudas demuelen la centenaria hacienda. La decadencia llega a otros terrenos: robo, infidelidad, enfermedad mental y embarazo indeseado. San Gabriel se cae a pedazos.
En el cuento «Té literario», del citado conjunto Solo para fumadores, los personajes discuten acerca de las diversas características de la novela Tormenta de verano. En realidad, se habla de Crónica de San Gabriel. Es una interpretación del autor por boca de otros. Un curioso truco narrativo.
En una entrevista de 1987, realizada por Alfredo Pita, Ribeyro declaró que en la novela hay por lo menos tres presencias: Le grand Meaulnes (1913), del francés Alain-Fournier; Días de infancia (1914), del ruso Máximo Gorki, y Dominique (1863), del pintor francés Eugène Fromentin, «una novela que se parece a Le grand Meaulnes, por su ambiente provinciano, familiar y donde hay una historia amorosa entre primos».
Hay un aspecto que lamentar: el narrador se dirige a alguien de su condición social, lo cual restringe su público. En el segundo capítulo asegura: «comenzó a tocar una melodía quejumbrosa, uno de esos tangos desdichados que todos hemos oído cantar en la infancia a las sirvientas». Está claro que no todos tienen empleadas. Un capítulo después dice: «había un viejo tocadiscos con manizuela, como aquellos que ahora ya no se ven». Páginas más adelante, apunta recostándose en el receptor: «viejas novelas, de autor desconocido, como casi todos los libros que se ven en las bibliotecas serraniegas». En el episodio violento, el narrador afirma que fueron dieciséis los indígenas que atacaron San Gabriel. Poco después asegura: «Eran en total trece, incluyendo a las mujeres». Un error de sumas.
En consecuencia, ¿qué tipo del libro es? Ribeyro no se inclina por alguna característica y asegura que cualquiera es defendible. Al final de cuentas, poco interesa lo que el autor y sus críticos digan, importa más lo que el lector encuentra. Que cada uno siga libremente el camino que más le interese para llegar a Crónica de San Gabriel, una novela que ofrece la sierra peruana desde la visión de un adolescente limeño.


[1] Véase el artículo «Lima, ciudad sin novela» (suplemento «Dominical» de El Comercio, Lima, 31 de mayo de 1953, página 2).

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