3 de diciembre de 2012

Entrevista a Enrique Verástegui


Entrevista a Enrique Verástegui*

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Enrique Verástegui es una de las voces más destacadas de la poesía peruana contemporánea. Ubicable en lo que se conoce como Generación del 70, fue integrante del movimiento Hora Zero y llegó a ser una de las voces más reprentativas del grupo. En esta ocasión, nos habla de su vida, sus libros y sus proyectos futuros.

«Recuerdo que a los 7 años encontré en la biblioteca de mi casa un tomito con poemas de Eguren. Su poesía me encantó y aún me fascina. A los 9 había leído ya toda la poesía clásica peruana, desde Oquendo de Amat hasta Martín Adán, pasando por Vallejo. En esos días me gustaba apartarme de mis amigos para recitar, por ejemplo, a Oquendo de Amat.
Al llegar a la adolescencia afloró totalmente mi vocación poética, a tal punto que a diario escribía poemas y al mismo tiempo fui un voraz visitante de la biblioteca municipal de mi pueblo, Cañete, desde los 13 años hasta que salí de allí para venir a Lima. Ahí leí no menos de tres libros diarios, sin importarme mucho si era verano o invierno. Leí a Hemingway, Kafka, Sartre —que me impactó— y compré un cuaderno para estudiar el octosílabo de García Lorca, que es uno de los poetas más encantadores que he leído en mi vida. Acceder a los libros era obtener un extraordinario placer intelectual, que lamentablemente la sociedad cañetana no podía darme, aunque yo era consciente de mi etapa de formación. Sin embargo, yo nunca he sido un resentido, porque he tenido una profunda formación católica, que entre los 13 y 14 años me llevó a ser catequista del pueblo, y a los dieciséis, militante político de la izquierda revolucionaria, sin que ello implicase que en ningún momento dejara de escribir. Lo que realmente sucedió es que concebí que la religión y la política se daban en planos distintos: la religión, en el plano sobrenatural, y la política, en el plano terrenal».

La escritura como trabajo
¿En qué instante sientes la necesidad de escribir poesía?
—Escribo poesía cuando el efecto del ángel de la anunciación (el ángelus novus) coge mis manos para teclear en la máquina. Eso puede durarme una semana o un mes, pero cuando no estoy inspirado, continúo escribiendo otras cosas: artículos periodísticos, ensayos, prosa creativa.
Es obvio que con la escritura no buscas dinero, entonces ¿qué clase de satisfacción tratas de encontrar?
—Busco acceder a eso que Sri Ramakrishna llama plano de conciencia, de un modo tan radical que uno por la escritura y por esos planos de conciencia debe estar dispuesto a abandonar los placeres de la vida común.
¿Cuál crees que deba ser la función del poeta?
—La función del poeta —como lo ha sido siempre a través de toda la historia— es precisamente dar en momento de crisis una salida, ofrecer al lector la conciencia de que la felicidad, que es el futuro, es posible para todos.
¿Cuál es el motivo por el cual escribes poesía erótica?
—No escribo exactamente poesía erótica, sino que yo trato de impregnar el erotismo en la visión de múltiples temas que yo desarrollo, porque considero —al igual que Marcuse, que fue el profeta de toda una generación— que no es la genitalidad lo interesante, sino la erotización de todo el cuerpo, para transformarlo de instrumento de producción en lugar de placer y del conocimiento, dado que yo pertenezco a una época posmoderna y posindustrial, en la que la bandera de lucha fue la reivindicación del cuerpo, como lo plantearon millones de hippies en todo el mundo. Escribo del cuerpo para reivindicarlo como un elemento necesario a la conciencia de este país, donde la gran mayoría ignora que la felicidad reside en ellos mismos.
¿En qué mujer piensas cuando escribes?
—Pienso obviamente en la mujer con la que estoy. Al final, me doy cuenta de que cada libro mío expresa una experiencia distinta.

«Soy anarcomarxista»
Políticamente, ¿cómo te defines?
—Soy anarcomarxista, un tipo que cree y deposita sus votos en el socialismo, aun cuando sea escéptico, no por el socialismo, sino porque a veces los programas socialistas no contienen banderas que efectivamente interesen a las masas. Por eso no me decido por una corriente específica, porque obviamente no soy masoquista. La visión de la izquierda peruana me causa un profundo dolor.
¿Cuál es tu opinión acerca de la izquierda en el mundo?
—Me produce satisfacción, porque Mitterrand, Felipe González y los socialistas suecos han elevado el nivel económico, lo mismo que cultural de sus países.

Lima, Hora Zero, el éxodo
Cuando llegaste a Lima, ¿por qué optaste por estudiar economía en San Marcos?
—Esa era la decisión de mis padres, porque obviamente es una carrera que puede asegurar un futuro, en el sentido prosaico de la palabra. Luego, ahí me di cuenta de que no era eso lo que quería, que más tiempo me la pasaba leyendo literatura. Recuerdo que uno de los días que iba a la Biblioteca Nacional un amigo me sacó de la sala para presentar mis poemas a unos jóvenes universitarios que también escribían. Ellos eran Hora Zero.
¿Y en qué momento abandonaste la universidad?
—Yo había discutido con mis padres y vivía en una pensión, cuando los amigos de Hora Zero me animaron a dedicarme completamente a la literatura. Más tarde, los militantes del Frente Estudiantil Revolucionario (FER) me pidieron que continuara con los estudios, porque los estaba perdiendo. Entonces, decidí regresar a la universidad y fui adonde los amigos de Hora Zero, les dije que hasta ese momento los iba a acompañar, que ya había publicado un libro y que tenía que seguir estudiando. Entonces, ellos me dijeron que no, que cómo iba a dejar la literatura; me volvieron a convencer, y al día siguiente les dije a los del FER que no iba a seguir los estudios.
¿Cómo apareció tu primer libro, En los extramuros del mundo?
—Es un libro que lo había escrito hacia 1969 y 1970. Un buen día del invierno de 1971 fui a la editorial de Carlos Milla Batres, que en ese entonces quedaba en la plaza Francia, y le dije que leyera mi libro. Milla lo hizo así y luego me dijo que podíamos firmar un contrato para la edición, porque ya estaba en prensa. Le dije que no era necesario firmar un contrato, que quería ver mi libro publicado, y el libro salió en febrero de 1972.
¿Cómo ocurrió tu salida del país?
—Salí del país porque había una dictadura militar que impedía el ejercicio de la libertad y porque mis amigos escritores, peruanos y mexicanos, gestionaron la beca Guggenheim para que yo me dirigiera a Barcelona. Cuando se terminó la beca y encontrándome yo en Menorca, una bellísima isla mediterránea, mis amigos de París me dijeron que de ningún modo debía yo volver al Perú, mientras existiese la dictadura militar, sino que me trasladase a París. Ahí conocí a generosísimas personas que pagaban mi chambre y los estudios de mi hija, mientras yo me dedicaba completamente a escribir, aunque, por supuesto, como muchos peruanos, también pegaba afiches para Uniclan de París.
¿Crees en el mito de París?
—Creo que —como digo en Ángelus Novus (1989-1990)— una experiencia en París es fundamental, aunque uno deba pasar hambre. El hecho mismo de contemplar la Gioconda o enamorar a la muchacha que traduce tus poemas al francés es algo que marca definitivamente tu vida.
¿A qué se debió tu regreso al país?
—Volví al país porque en su salutación de la noche de Navidad de 1979, Giscard d’Estaing, el dirigente del pueblo francés, prácticamente aseguró que la Tercera Guerra Mundial iba a desatarse de un momento a otro en Europa. Bueno —como comprenderás—, yo no tengo vocación soldadesca, así que salí huyendo de París.
¿Te arrepientes?
—No, no me arrepiento, aunque ya estoy hastiado de estar aquí, pues la experiencia concluye siempre con cada libro en el que pones el punto final. Así, concluidos algunos libros, tal vez sea necesario volver, como el Quijote, a cabalgar por el mundo.

La escritura: un camino infatigable
¿Ahora qué estás escribiendo, Enrique?
—Bueno, estoy escribiendo desde hace algún tiempo un ciclo de novelas que se ambientan en diversas zonas del Perú, en diferentes épocas. El argumento tiene algunas cosas históricas y otras contemporáneas, como también míticas.
El título...
—No quiero adelantar ese detalle, por favor.
¿Y a qué se debe ese cambio de género?
—Se debe exclusivamente a trasladar mi visión poética con una metáfora al nivel de la prosa.
¿Tal vez el éxito editorial que pueda tener una buena novela te lleva a escribir este libro?
—En realidad, sí me gustaría obtener con este libro algo de dinero, porque la novela es un género que vende.
No pienses que la estoy escribiendo por interés económico, sino tal vez para descansar de escribir poesía, aunque entre novela y novela escribo otro poema.
¿Otros proyectos?
—Bueno, tengo un poemario que se titula Taki Onqoy, que fue escrito en pocos meses, en un raptus del año 79. El nombre se debe a un movimiento milenarista del siglo XVI que se sublevó contra los españoles. Está ambientado en Cañete, mi pueblo. Además, tengo otro poemario y un libro de ensayos. Monte de goce es el nombre del poemario, un libro escrito hace 16 años y que se extravió en la imprenta, pero que acaba de ser hallado por Jaime Campodónico, quien en unos días más lo publicará. Y el otro libro del que te hablo se llama Ensayos sobre el paisaje del alma, que recoge literatura y otros temas, es un poco sobre teoría poética, sobre poetas peruanos del siglo XX y una miscelánea de textos sobre mi experiencia con lo divino. Este libro aparecerá en los próximos meses.



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La sociedad moderna avanza aceleradamente, orgullosamente, hacia la grisura de la monotonía de las ideologías tecnocráticas, y en el camino sacrifica una por una las ilusiones que concurrieron a su nacimiento. Sin embargo, hay quienes, en medio del sólido materialismo de estos años, se aferran, recalcitrantes y lúcidos, a los viejos deseos de liberación y felicidad humanas. Es el caso brillante del poeta Enrique Verástegui, cuya creación verbal es, desde hace veinte años, un formidable alegato a favor del placer y la libertad del goce, como camino de salvación en una sociedad y en una época que tienden a asfixiar la riqueza de la condición humana.

Hablemos sobre tu libro recientemente publicado. En el número 2 de la revista El huso de la palabra (1975) apareció el siguiente aviso de la Editorial Milla Batres: «De próxima aparición, ni poesía ni prosa, definitivamente el libro más terrible de la literatura peruana: Monte de goce». Dieciséis años después, Enrique, ¿estás de acuerdo con esa afirmación?
—Esa es evidentemente una afirmación de Carlos Milla, como producto de la lectura de mi libro Monte de goce, que él iba a editar. Obviamente, yo permanezco distante a las opiniones, tanto favorables como negativas, que se hacen de mis libros.
Pero en el mismo aviso se agregaba la siguiente declaración tuya: «Mi libro no tiene ninguno de los límites convencionales de la forma». ¿Realmente lo consideras así?
—Sí, creo que hasta aquel momento (hasta la primera mitad de la década de 1970) la poesía peruana, como su prosa, no había extendido la exploración de los límites del lenguaje, como tampoco lo ha hecho dieciséis años después. Mi libro, en ese sentido, postula un nuevo tipo de tradición, que es el inicio de la posmodernidad en el Perú.
Tú declaraste que buscas «transformar el lenguaje», llevando a la práctica la Tesis XI sobre Feuerbach de Karl Marx. ¿Cuánto hay de utópico en esto, Enrique?
—Creo que si no luchamos por una utopía, si no estamos inmersos en ese pensamiento, estamos viviendo de cara al pasado.
Por eso pienso que el presente es siempre utópico. Pero, refiriéndome a tu pregunta, «transformar el lenguaje» sí es posible. Creo que el lenguaje siempre está envejeciendo, pero, a la vez, siempre está renovándose, cambiando de piel. Son los cambios técnicos los que modifican, definitivamente, el proceso de escribir. Es obvio pensar, por ejemplo, que se produce un tipo de literatura y un tipo de percepción de las cosas diferentes después de la invención de la imprenta de Gutenberg. Del mismo modo, se puede pensar que las máquinas de escribir y las computadoras cambian radicalmente no solo el lenguaje sino también la escritura. Ahora, en qué consiste ese cambio. Ese cambio es, sobre todo, al nivel del estilo, que las sociedades contemporáneas se tornan —por efectos de la tecnologización— totalmente visuales. Entonces, se privilegia más lo visual que lo reflexivo, por ejemplo, en determinados países y en determinadas sociedades.
Al poeta Mirko Lauer Praxis, asalto y destrucción del infierno (1980) le pareció de gran musicalidad, pero con un registro de citas tan abundantes que le dio la impresión de una poesía de radicalizada incoherencia. ¿Consideras que esto es cierto? ¿Es acertada esta crítica?
—Creo que es un poema que me sigue gustando, a pesar de que en una reedición eliminaría las citas, pues estas ya cumplieron la función de dar pausa al lector. Pero aquella crítica acertada de la abundancia de citas en Praxis, asalto y destrucción del infierno es exactamente igual a las críticas que se hicieron a Eliot, pero a él de forma favorable, claro. Lo más importante de La tierra baldía (The Waste Land, 1922), que de paso es uno de los poemas más interesantes e importantes del siglo veinte en lengua inglesa, son precisamente sus citas.
Pero dices que eliminarías las citas en una reedición, entonces la crítica fue acertada.
—En realidad, es una experiencia que yo quería hacer con la lectura del texto. Las citas solo cumplen la función de ser un símbolo y, a la vez, ser un elemento de pausa (como una nueva tipografía) para un descanso en el flujo de la lectura. Si esas citas han ocasionado que ciertos sectores se escandalicen, entonces yo podría eliminarlas; pero también podría dejarlas si me gustase continuar escandalizando a esos lectores despistados.
Por otra parte, tu vida está abocada, y tu obra así lo expresa, a una constante búsqueda de felicidad. Pero esta se centra en el placer sexual. ¿Por qué de una manera tan reiterativa, Enrique?
—Sí (sonríe), yo he dicho que la felicidad es una experiencia concreta de la función sexual. (Risas). Pero, al reflexionar de ese modo, hay que ser consciente de lo que se piensa determina, también, la felicidad. No se puede tener placer sexual sin conciencia de que vives ese momento sexual. De ahí que el sexo siempre sea una ceremonia, un rito, hasta una religión (como el Tantra Yoga) que eleva —a ese placer— a un poder cosmogónico.
«Hay que erotizar el pensamiento», dices en una entrevista de 1988, hay que transformar el sexo «de instrumento de producción en lugar de placer y de conocimiento». ¿No te parece esta una forma instintiva de llegar al saber?
—Según Carl Gustav Jung, a quien Mao copió literalmente en sus obras filosóficas, el conocimiento tiene un primer momento, que es la experiencia sensible, y después es la conciencia la que reelabora esa experiencia, esa percepción de la realidad, a través de los métodos que se crea la conciencia, para sintetizar la experiencia del individuo. En ese sentido, «hay que erotizar el pensamiento» quiere decir que hay que unir los conceptos en la mente y hacer la fiesta de signos en ese laboratorio cerebral. Hay que ser conscientes y disfrutar de los placeres que tengamos. En realidad, el erotismo es una experiencia biológica que se enaltece profundamente, porque implica el encuentro de pareja desde el concepto de perpetuidad, que es un concepto que puede encarnarse en un hijo y que puede disiparse en la nostalgia del orgasmo.
Pasemos a otro tema. En tu libro de ensayo El motor del deseo (1987) dices: «La burguesía es incapaz de producir literatura». ¿Te arrepientes de esa afirmación?
—No solo no me arrepiento, sino que la reafirmo totalmente.
Pero si casi toda la literatura, desde hace más de un siglo, está escrita por burgueses.
—Voy a emplear un término maoísta: está escrita por personas de extracción burguesa, pero no necesariamente implica que ellos sean burgueses. Esa gente, para poder escribir, renunció a su clase, asumiendo posiciones radicalizadas en su vida. Por ejemplo: Malcom Lowry —autor, quizá, de la novela más extraordinaria del siglo XX: Bajo el volcán— era hijo de un hombre muy rico que tenía acciones en el petróleo peruano. Sin embargo, en la misma adolescencia, renunció a su formación burguesa yéndose de viajante por todo el mundo y dedicándose exclusivamente a escribir. Lo mismo se puede decir de James Joyce; aunque provenga de clase media, renunció, también, definitivamente a la sociedad, a Irlanda, puesto que ahí no aceptaban sus teorías. Él, entonces, tuvo que retirarse al exilio italiano para, en la nostalgia, escribir todo su universo literario.
¿Por qué te consideras «producto hippie» en poesía? ¿Qué quiere decir «producto hippie» en poesía?
—Desde el punto de vista histórico (sonríe) o que pueda considerarme un producto hippie en poesía, dado que he vivido la época hippie, en que los jóvenes se dejaban el cabello largo, en que los jóvenes empuñaban una flor y la arrojaban a los fusiles que los llamaban a tomar las armas, en que los jóvenes se planteaban el sexo como un acceso hacia Dios, desde esa perspectiva sí soy un hippie, puesto que he vivido esa época. Mas, desde el punto de vista literario, no soy un hippie, sino un tipo que, a pesar de sus cabellos largos, está más cerca de los tecnócratas que en ese mismo momento hacían una literatura que me resultaba fascinante, de la cual Monte de goce es un producto. Me refiero a los estructuralistas.
Justamente se habla de que los estructuralistas te influenciaron mucho. ¿De qué modo te formaron ellos?
—Sobre todo a través de la conciencia de que hacer literatura no es una actividad ingenua, sino una experiencia radical en una sociedad tecnológica. Entonces, la obra literaria, para los estructuralistas (para Roland Barthes, Phillippe Sollers, Julia Kristeva, Gilles Deleuze, Félix Guattari) no es otra cosa que una metáfora de las máquinas que mueven a la sociedad al punto que ellos entienden que no es necesariamente el sexo una cuestión inconscientemente biológica, sino un efecto de máquinas deseantes que se mueven en el inconsciente del hombre, como consecuencia de su atracción o rechazo a las máquinas, aunque siempre determinado por ellas.
«En el país la mayoría ignora que la felicidad reside en ellos mismos», declaraste alguna vez. ¿En tu caso, crees haber encontrado la felicidad?
(Sonríe). Si entiendo que la felicidad es la conciencia de que ella es posible, entonces sí he encontrado la felicidad; si entienden que ella no es posible, entonces no he encontrado la felicidad. Ahora, si me encuentro a mí mismo en los textos que escribo, puedo decir que sí he encontrado la felicidad.
Benedetti escribe en La tregua que la felicidad es «solo un segundo, un breve segundo, un destello instantáneo» que no tienen derecho a prórrogas. ¿Crees que la felicidad es permanente, Enrique?
—La felicidad es un estado del alma, no es un hecho anecdótico, sino la conciencia de que si no dominas tu angustia en la sociedad contemporánea, entonces será lo que dice Benedetti: solo un momento. Pero si no dominas tu angustia, ahí están los psicoanalistas, los sacerdotes o las mujeres para que puedas hallar la felicidad.

Una metáfora de la rebelión
«Taki Onqoy es un libro de poemas que trabajé en París después de conocer a una antropóloga francesa que el día de la fiesta nacional de Francia me invitó a su casa.
Fue una fiesta donde no bailamos, pero en que conversamos sobre muchísimas cosas. Al final, ella (la antropóloga francesa) se acercó a su biblioteca y de ahí extrajo un libro que —según dijo— me lo entregaba con todo el amor de su corazón.
El libro es La visión de los vencidos, un libro de historia escrito por Nathan Watchel, el cual habla sobre los diversos movimientos indigenistas sucedidos en América. Como el Taki Onqoy del Perú, como el Gran Mixton de México y como el Ghost Dance de Estados Unidos.
Ese libro me ayudó a identificarme con toda la tradición peruana que no conocía. Descubrí, por ejemplo, que el Taki Onqoy estaba vinculado a una sublevación que se dio en el siglo XVI en Ayacucho, Cuzco, Arequipa y en Cañete, mi pueblo natal.
Mi poemario Taki Onqoy no es más que una metáfora de esa rebelión llevada a la época de la dictadura de Morales Bermúdez, en la que se inició la lucha de unos jóvenes provincianos contra todo tipo de explotación e injusticia.
Es un libro, por otro lado, en el cual empleo todas las técnicas europeas del siglo XX para expresar, aunque esto le parezca banal a algunos, la lucha de un grupo de campesinos por encontrar su propia identidad, por encontrar justicia en una sociedad que no se la da y por encontrar su identidad en su propia música, en sus propias fiestas y en sus propias ceremonias.
Es un poemario que escribí en París (de agosto de 1979 a enero de 1980) atravesado por el rayo de la inspiración. Recuerdo que cierta vez, mientras escribía, sentí la necesidad de comprar un cigarrillo y al salir a la calle, en pleno invierno, me di cuenta de que estaba en mangas de camisa sintiendo un absoluto calor, pisando el hielo y sin tener fiebre. Ello demostraba el estado de inspiración a que había llegado».


* La primera entrevista se publicó con el título de «Escribo del cuerpo para reivindicarlo», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 21 de enero de 1991, página 19. La segunda entrevista se publicó con el título de «La fiesta de los signos», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 14 de noviembre de 1991, páginas 4-5.

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