3 de diciembre de 2012

Entrevista a Francisco Bendezú



Entrevista a Francisco Bendezú*

Hay épocas en que la creación poética, obedeciendo a modas y tendencias, entra en un proceso de dispersión y pasa a ser dominada por motivos circunstanciales y ejecuciones desmañadas. En esos momentos es importante volver sobre ciertas obras que, por su rigor formal y su expresión ceñida, sirvan de guías en medio de la confusión. Ese puede ser precisamente el papel de la obra —parcialmente conocida— de Paco Bendezú. Por eso fuimos más allá de la afición del poeta por las estrellas del espectáculo y conversamos con él acerca de una poesía que, como pocas, ha sabido siempre «instruir y deleitar».

Señor Bendezú, usted dice que nunca se casó, pese a los diversos enamoramientos porque no tuvo dinero suficiente para mantener una mujer bella y exigente. ¿Afirmaría usted que sus amores frustrados, platónicos pesaron más que una actitud crítica a la sociedad, a pesar de su posición de hombre de izquierda?
—No, mis amores no han sido platónicos. El hecho de no haber concretado un matrimonio no significa, por fuerza, que mis enamoramientos hayan sido platónicos. Tampoco quiero presentarme como un ángel inmaculado, eso de ninguna manera: han sido amores con toda la carga de sensualidad y sexualidad. Pero, respondiendo a su pregunta, no confundí —jamás— el amor con la política. Incluso, las mujeres que me gustaron no eran de las mismas ideas que yo (pero eso no fue lo determinante para la definitiva ruptura). (Breve pausa). No creo que sea estrictamente necesaria una relación entre la ideología y la creación poética.
Existe un paralelo entre usted y el francés Paul Éluard, ambos de izquierda, que tiene preferencias por los temas amorosos. ¿Cuánto influyó en su poesía este escritor?
—Indudablemente, Paul Éluard es uno de mis poetas más queridos y admirados. Ahora, mi poesía no se parece a la poesía de Paul Éluard sino por el Leitmotiv, por el elemento lírico que desprende de lo eterno femenino. Porque Éluard, que es un poeta enorme y que posee un lirismo deslumbrante, es más sencillo que yo, es más fácil. Pero creo que es difícil, para un autor, identificar cuál es el que lo ha marcado. Yo no sé, por ejemplo, si pudo haber sido Paul Éluard o Rubén Darío, Dante, Rimbaud, Baudelaire, Góngora, García Lorca o Chocano los que me han influenciado. No podría saber cuál es. A todos los he leído, a todos los admiro. Repitiendo a Neruda, cuando le preguntaron cuál es su poeta preferido, cuál es su maestro, diría: «Todos, todos los que han escrito bien son mis maestros, todos».
«El amor no cansa» declaró usted en 1988. ¿Ocurre lo mismo con sus temas? ¿No cree que reduce su universo a un solo motivo?
—Bueno, pudiera ser. Yo acepto las críticas con buen espíritu. A mí el amor es lo que más me atrae. A otros les atrae la integración americana, la independencia o la revolución; claro que a mí también, pero a mi verso lo ha ganado la mujer.
Salvo el poema «Elegía al Che», usted no tiene vínculos con el contexto social, ¿verdad?
—Bueno, eso es cierto. No hay canto social en mi poesía. Pero hay un trasfondo, por ejemplo, en un poema de Quilco (poemario inédito). En uno de los cuadros que canto, celebro e intento traducir al idioma de la pintura el lenguaje; se nota que estoy contra los bancos, contra los ricos, que estoy a favor de los pobres, de los niños. Un poeta sin eso es un esnob o cualquier cosa, menos un gran poeta. En eso sí tengo deseos de ser un gran poeta y no ser un poeta del montón, y de repente soy eso, ¿no? Pero mi deseo es el otro. Y además, creo que todo el que escribe lo hace con la intención de sobrepasar su condición mortal y permanecer viviendo, realizar —en cierta forma— el antidestino de Malraux. Claro, la palabra, como los idiomas, desaparece. Hoy, por ejemplo, el latín lo conocen pocos, pero para esos que lo conocen Horacio vive, Virgilio vive, Catulo vive.
¿Es acertada la crítica de Fernando Gonzales cuando dice que su poesía es de «una verdadera combustión de diccionarios»? ¿Es verdad que recurre frecuentemente a los diccionarios? ¿Por qué?
—Es netamente cierto. Eso que él dijo con aire de burla lo acepté y lo adopté con un criterio sincero. Efectivamente, le dije, tienes toda la razón. Mi poesía es una verdadera combustión de diccionarios. Yo escribo algo y consulto todas las palabras, trato de encontrar las palabras posibles con las cuales se podría expresar lo que intento. Eso mismo, por otra parte, lo había practicado Maiakovski, el gran poeta de la revolución rusa. Él afirmaba: «El poeta es un taller con la luz que nunca se apaga»; es decir, que trabaja siempre. Aunque, a veces, se da —por una suerte de iluminación— que el poeta se tropiece con las palabras exactas, inamovibles, pero no olvidemos que Thomas Alva Edison dijo: «La invención o la creación es 98 por ciento de transpiración y 2 de inspiración». Me parece que excedió los porcentajes, no es tanto; pero fíjese la importancia que le da.
Pero volviendo, Luis Alberto Sánchez escribió que su obra es de una «agresión perfeccionista», es decir, que usted trata de alejarse de la vaguedad...
—Sí, sí tengo como norma sistemática el alejamiento del término aproximativo, del término que más o menos va a rendir mi idea, mi imagen. Pienso buscar hasta el final, hasta no dejar un solo resquicio, rendija, intersticio, para que el lector no pueda decir: Caramba, cómo no dijo esto en vez de esto otro. No, yo quiero dejar la palabra exacta, la palabra justa, inamovible. Ahí, por ejemplo, pueda ser que tenga un legado parnasiano que predomine en mi poesía. O sea, soy un parnasiano tardío traído a lo moderno. El parnasiano decía: «No matices, no generalices, no repartas brumas, no difumines, no hagas claroscuros; cincela tu verso». En realidad, yo, más que nada, cincelo el verso, lo faceto, como si fuese un diamante, para que quede exacto. Un poco la concepción de la Poesía Joya, de algo orfebre, de arte difícil.
El crítico Roberto Paoli opina que su obra tiene un aura atemporal, de no envejecer, de lograr universalidad. ¿Reconoce usted un propósito de ese tipo en su obra?
—En primer lugar, admiro a Paoli no por eso que ha dicho, pero creo que es el hombre que más ha calado en mi poesía, que más ha penetrado en el mundo de mi poesía, a través de su formación humanística, croceana, en cierta forma hegeliana. En lo que sí estoy de acuerdo con Paoli, es que me recomienda usar el humorismo. Yo no... en la vida real sí soy humorista, pero en mi poesía soy absolutamente ajeno a las bromas, ironías, sarcasmos o burla. No, no me gusta ese juego, pues le canto a la mujer en un éxtasis total, casi místico. No, nunca he hecho humor en mi poesía, no hay un solo momento humorístico en mi poesía.
Según una entrevista de 1990, a usted los últimos poetas le parecen decepcionantes porque «usan lenguaje de la calle». ¿Le parece un defecto el lenguaje coloquial?
—A mí sí, yo no lo usaría. No me gusta la cotidianeidad, no; salvo a algunos poetas geniales, Vallejo, por ejemplo, que podían meter lo que les daba la gana en sus poemas. Ahora lo que observo es que en los jóvenes poetas no hay una entrega devota, abnegada, total hacia la poesía. En ese sentido, sigo pensando que no hay mística en la poesía actual.
Ahora se habla de poesía moderna, poesía posmoderna. ¿Qué conceptos tiene usted de estas clasificaciones?
—En verdad, habría que simplificar: hay poesía buena y la otra. (Breve silencio). En cuanto a la carga que tuvo la vanguardia, indudablemente el momento ha pasado. Todo tiene un aire a pasado. Todo tiene un aire de tiempo, de época, como lo señaló muy bien Jean-Paul Sartre. Entonces, descubrí en esos momentos un movimiento literario como el de 1945 con Isidoro Eisú (cuando propugnaba el letrismo), como el de 1922, cuando Dadá lanzó el dadismo, sería casi imposible. Creo que una nueva escuela no arrastraría a nadie. Hasta hace veinte años hubo algo de eso con los concretistas de Brasil, los constructivistas, los realistas socialistas de la Unión Soviética (que en su última época son bastantes mediocres, salvo Etruckenko). Pero no entraría a mayores disquisiciones a una cosa que me parece inútil. Hay poesía buena y la otra, nada más y en todas las épocas además.

Juguetes malogrados
«Siempre he pensado esto y varias veces lo he dicho en mis clases universitarias: No hay ninguna razón para que los poetas empiecen escribiendo sin estudiar la métrica, la rima; y no tengan mayor interés por estas cosas tan bellas y tan necesarias en la formación de un poeta. Y otra cosa, la mayoría de grandes poetas ha escrito en versos medidos y con rima: Dante, Santa Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Góngora.
Pero ahora quiero hacer la siguiente comparación: Cuando nosotros obsequiamos un juguete a un niño, como personas mayores y racionales que somos, sabemos que el niño tarde o temprano destruirá ese juguete. No se conoce un niño que haya llegado a su edad mayor y pueda mostrar, en una especie de pequeño museo, he aquí mis juguetes de niño «nuevos»: aviones, autitos, tanques, camioncitos, carros. Todos, absolutamente todos, estarán malogrados. En nombre de eso, como seres racionales, podríamos decir: Mejor le regalamos un auto malogrado, si al final de cuentas, lo destrozará. Pero el niño no aceptará el auto, se pondrá a llorar, se tirará al piso y es capaz de arrojarnos el juguete malogrado en la cara. Exactamente lo que hacen los jóvenes poetas de ahora es lo contrario: Estar, como unos falsos niños, aceptando el juguete malogrado. No saben medir, no saben la métrica, ignoran la rima, los encabalgamientos de los versos, las hermimetrías, todas las figuras que se pueden hacer en poesía. Si fuesen poetas auténticos, se portarían como niños auténticos, no aceptando juguetes malogrados. Y ellos aceptan juguetes malogrados, derivando luego el creacionismo gratuito de palabras, por impotencia en hacer andar —por ejemplo— un jeep, un camioncito malogrado».


* Publicado como «Una búsqueda infinita», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 18 de diciembre de 1991, páginas 4-5.

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