3 de diciembre de 2012

Entrevista a Marco Martos


Entrevista a Marco Martos*

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Poeta, periodista, catedrático y ajedrecista, la trayectoria intelectual de Marco Martos da muestra de inquietudes muy diversas que su literatura no deja de reflejar. Pero sus poemas no hacen uso de alardes metafóricos, concentrando todo su esfuerzo y elaboración precisamente en ser a la vez significativos y accesibles para las mayorías. Sensibles a los avatares sociales locales, Martos nunca ha renunciado no solo a la dimensión individual —escribir, dice, ha sostenido su maduración personal—, sino también a una perspectiva cosmopolita que hoy parece acentuarse más que nunca. De estos y otros temas, haciendo un balance en la proximidad de los 50 años, nos habla en la siguiente entrevista.

El amor, la muerte, la soledad son temas universales y muy frecuentes en su obra. Usted en 1979 dijo: «Un poema que no añade, no es necesario». ¿Cuáles son los aportes que ofrece a la poesía y, en especial, a la poesía peruana?
—Los temas mencionados son de alguna manera eternos. Aparecen en la poesía de todos los tiempos. Sin embargo, una poesía contemporánea debe ofrecer el tono de época. Insertarse, además, en la historia de un modo moderno, con estilo, fuerza y testimonio personal como colectivo. Es eso lo que también he desarrollado.
El crítico José Miguel Oviedo escribió en 1970, a propósito de la aparición de Cuaderno de quejas y contentamientos (1969), que su poesía «carece de virtudes líricas impresionantes y casi podría decirse que escribe mal excelentes poemas». ¿Cuál es su juicio sobre esa apreciación?
—Bueno, es bien difícil hablar de uno mismo, puede ser más bien una confesión lo que declare. Ser el crítico de uno mismo puede conducir al yerro. Pero, de todas maneras, puedo afirmar que las opiniones de Oviedo expresadas en 1970 son, en principio, lo que en francés se llama boutade (una ocurrencia). Es decir, son frases que se leen bien, pero que necesariamente no tienen contenido sustancial. Me explico: decir «escribir mal excelentes poemas» tiene una gran contradicción lógica. ¿Qué cosa ha querido decir Oviedo entonces? Está hablando de un código vigente y él percibe oscuramente que se está cambiando algo frente al código aceptado. Respecto de la poesía que se publicaba en La Rama Florida, gracias a Javier Sologuren, evidentemente, la mía era una poesía diferente. Entonces, ahora veo con toda nitidez que ese juicio es, francamente, un elogio. Porque, respecto de la norma de ese momento, mi propuesta era una violación. También en 1922 se dijo que Trilce era «un libro incomprensible y estrambótico». De tal manera que un libro experimental de todas maneras rompe con una norma. La poesía siempre está entre tradición e innovación, y esta última, claro, corre el riesgo de no ser comprendida en el momento. El poeta norteamericano Ezra Pound decía: «Es fácil señalar qué poeta es bueno o qué escritor es bueno de hace cien años, un poco más difícil de hace 50 años, es casi imposible decirlo en el momento».
Así, lo que Oviedo está afirmando es «aquí hay algo que no entiendo» y, bueno, han pasado veinte años y creo que ahora entendería mejor esos poemas.
También Oviedo agrega que usted es «un poeta que difícilmente deslumbra, pero que casi siempre conmueve». Según ello, usted busca la emoción, la intensidad, antes que deslumbrar por su retórica.
—Eso tiene que ver con una actitud frente a la poesía. Una vez que uno alcanza cierto dominio formal —yo creo haberlo alcanzado— puede escribir cualquier tipo de poesía. Llega a esa posibilidad. Pero hay que ser un poco —como dice Emerson— fiel a su propia capacidad. Finalmente, a su propio talento, si uno lo tiene. Es decir, hay ciertas maneras como uno se expresa mejor. Y yo creo expresarme mejor sin un alarde metafórico.

Sencillez y complejidad
Siempre se habla que el autor de una obra de temas transparentes y de lenguaje sencillo no tiene un dominio logrado del idioma y que le falta profundidad en la exposición de ideas. Usted en 1986 dijo: «Podría usar términos rebuscados, pero prefiero que mis poemas sean entendidos por la mayoría de las personas». ¿Qué respondería si se le acusa de caer en lo fácil?
—Respondería dos cosas. La primera sobre los temas transparentes. En cierta ocasión, el pintor francés Degas le dijo a Mallarmé: «Yo tengo muchas ideas para escribir poesía, pero no puedo escribir poesías». A lo que Mallarmé le respondió: «La poesía no se escribe con ideas, sino con palabras». Quiero decir que en general los poetas no traen ideas nuevas, sino que expresan con nitidez las ideas de su tiempo. La originalidad está en expresar las ideas de manera más clara, más intensa y de alguna manera de forma muy personal y colectiva.
La segunda respuesta es sobre la sencillez. Esta, también, es una opción mía. Pero entre los poetas que más admiro están Góngora y Mallarmé, quienes justamente son poetas a los que no se les puede calificar de sencillos. Sin embargo —como dije—, mi opción es parecer sencillo, aunque no siempre lo soy. Es decir, pienso que un poema, por lo menos en mi caso, debe costar mucho trabajo; pero justamente para que al lector le parezca claro, fluido, por eso una de las cosas que yo más cuido es el ritmo.

El baile de Ayacucho
Usted ha vivido en Ayacucho algunos años como profesor de la Universidad de Huamanga y tiene algunos poemas que se refieren a ese lugar. Por ejemplo, el poema «Último informe de don Damián de la Bandera», del cual cito estos versos que quiero que usted aclare «La cárcel espera, con las puertas bien abiertas a quien quiera cambiar la miseria de Huamanga».
—Explicaré previamente algunos detalles. Damián de la Bandera fue un español que visitó Ayacucho en el siglo XVI para redactar un informe, y lo que pretendo en ese poema es ofrecer una imagen histórica más moderna de Ayacucho. En los versos que citas demuestro que sentía que algo iba a pasar. (Breve silencio). Creo que una vez más la poesía se adelanta a los hechos y tienen un carácter casi profético... Ese poema fue escrito cuando vivía en Ayacucho en 1969, en un momento en que ya sentía lo que ocurriría después. Expresa, en suma, la matanza ocurrida en Huamanga el 19 de junio de 1969.
Pienso que lo que después tomaría el nombre de Sendero Luminoso adquirió fuerza gracias a esa matanza. No sé quién la ordenó, en todo caso fue el gobierno de Velasco, pero ha sido la experiencia más atroz que he visto en mi vida. Pues vi matar mucha gente ese día y, también, prisión indiscriminada a personas inocentes. A esa gente que mataron no era la de Abimael Guzmán, sino era gente que reclamaba la gratuidad de la enseñanza. Sin embargo, el gobierno dijo que esas manifestaciones estaban patrocinadas por gamonales que se oponían a la Reforma Agraria.
En 1969, escribí en un poema titulado «Relaciones peligrosas», estos versos: «Aviso a mis amigos: no es bueno este baile, / no se engañen, intuyo trampa, veo trampa, / cómo va a ser bueno esto, / en Ayacucho he visto matar gente como a perros».
El poema «Retablo», que es de 1990, parece contradecir al que ha citado, pues adopta un enfoque contrario.
—Bueno, sí, «Retablo» fue escrito veinte años después que «Último informe de don Damián de la Bandera» y, claro, pueden leerse a contrapelo, casi uno frente al otro.
Evidentemente, en «Retablo» entro en el tema de modo más directo, y expreso lo que siento y pienso actualmente. Pienso que esta guerra no conduce a nada sino a la destrucción y tal vez a decenas de miles de muertes, y que el resultado para quienes lo planifican será igualmente desastroso.
Usando el principio de alteridad que Vallejo señalaba, procuro ponerme, también, en el lugar de los otros y escribo en el poema que esos muchachos que colocan bombas son «como kamikazes locos / matando y dejándose matar / por los soldados». Entonces aquí hay dos niveles de responsabilidad. Uno de los que salen a las calles y el otro de los que están detrás. Hay aquí toda una tensión que obviamente no es del libro, sino que es muy personal.

La evolución literaria
En una entrevista de 1988, usted confiesa que se siente «muy distanciado» de su primer libro, Casa nuestra (1965), y que su segundo poemario, Cuaderno de quejas y contentamientos (1969), es «hasta cierto punto crispado, muy agresivo, muy demente y con mucha experiencia colectiva». Retrospectivamente, ¿cómo ocurrió la evolución poética de su obra?
—El libro Casa nuestra expresaba algo que venía ocurriendo en la sociedad peruana: el fenómeno de la migración. La diferencia con la mayoría de migrantes de Lima es que yo era un migrante costeño, era un provinciano que venía a vivir a Lima desde Piura y que sufrió un verdadero golpe de tránsito. Y si ahora estoy alejado de ese libro, es en la medida en que estoy integrado a la sociedad limeña y no tengo aquel tipo de contradicciones. (Breve silencio). Desde el punto de vista experimental, creo que mi segundo libro (Cuaderno de quejas y contentamientos) es la maduración de enfrentamiento con esa sociedad bastante áspera, ríspida, adversaria del individuo, en la cual, sin embargo, hay que —para lograr sobrevivir— ubicarse. Forma parte de la madurez personal, de apoderarse de ciertos instrumentos para ser arriesgado y audaz. Pero no creas que me arrepiento de mis libros, porque ellos son como los hijos, y me parecieron pasos necesarios de madurez personal, en fin, de poder integrarme mejor al mundo.
Pienso que entre las funciones que cumple la poesía está la de aportar madurez. Y me ayudó a ser íntimamente un mejor ciudadano; no sé qué hubiera ocurrido de no haber pasado así. Porque creo que la fuerte vocación literaria, por ejemplo, me mantuvo al margen de la bohemia destructiva, en la que cualquier aficionado a la literatura puede caer.



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Marco Martos acaba de reunir sus poemas completos en Leve reino, de la editorial Peisa. Estudiante de la Universidad Católica y de San Marcos, y profesor sanmarquino, se graduó en esta universidad con una tesis sobre Vallejo. En 1969 ganó el Premio Nacional de Poesía por su Cuaderno de quejas y contentamientos. Muchas de sus obras han sido traducidas al inglés, francés, alemán y húngaro.

 Marco, el amor, la muerte, la soledad son temas frecuentados en tu obra. En una entrevista de 1979 declaraste: «Un poema que no añade, no es necesario». ¿Cuáles son tus aportes a la poesía?
—Los temas mencionados son de alguna manera eternos. Aparecen en la poesía de todos los tiempos. Sin embargo, una poesía contemporánea debe ofrecer el tono de época. Insertarse, además, en la historia de un modo moderno, con estilo, con fuerza y testimonio personal como colectivo. Es eso lo que también trato.
En 1988 confesaste que te sientes distanciado de Casa nuestra (1965), tu primer poemario. ¿Sigues pensando lo mismo?
—Estoy alejado de ese libro en la medida en que estoy integrado en la sociedad limeña. No tengo ahora contradicciones. Ese libro expresa, de algún modo, el fenómeno de la migración. Por ejemplo, en el poema «Lima». La diferencia con la mayoría de migrantes de la capital es que yo era un costeño, un provinciano que venía a Lima desde Piura y que sufrió un verdadero golpe de tránsito.
Calificaste tu segundo poemario, Cuaderno de quejas y contentamientos (1969), como muy crispado, muy demente y con mucha experiencia colectiva. ¿Por qué?
—Ese poemario anuncia los problemas que vendrían décadas después, aunque no era consciente de la violencia que se iba acumulando. Es algo que no aparece en ningún otro libro de esa época.
Tú conociste a Javier Heraud en la Universidad Católica, ¿cómo lo recuerdas?
—Era una persona seria, desgarbada, de terno y corbata, que leía mucho. Fuimos algunas veces a almorzar. Sí recuerdo vivamente que fui con él a escuchar a Jorge Guillén en la Casona de San Marcos. En fin, si tenemos a un poeta serio, formal, ese era Heraud. Creo que ese espíritu lo traslada a su poesía. Su obra no coincide con el gusto de ahora, que es un poco light. Pero, definitivamente, es antologable. Cuando pasen las modas, algún poema suyo permanecerá.
Con respecto a tu tarea docente, muchas veces se refieren a tu labor en Huamanga. ¿Qué pasó para que coincidieran buenos profesores en la universidad de esa ciudad?
—Ocurrió que la Universidad de Huamanga, cuando se reabrió en 1959, tuvo el tino de convocar a mucha gente valiosa. Era la universidad que mejor pagaba entonces. Pero lo que más recuerdo de mi estancia son los acontecimientos de junio de 1969, cuando vi, en la plaza de Huamanga, matar gente como a moscas. Ese es el hecho más grave de mi vida. Eso lo recuerdo en el poema «Relaciones peligrosas», del libro Cuaderno de quejas y contentamientos.
En tu poemario Cabellera de Berenice (1990) hay muchas referencias al ajedrez. Se sabe que es una de tus pasiones. ¿Qué idea tienes de este deporte?
—Es cierto que mi interés lo reflejo en varios poemas de ese libro. Por ejemplo, en «Bagdad en el corazón». Pero antes, en el poemario Donde no se ama (1974), tengo un poema precisamente con el título «Ajedrez». La idea que produce este deporte es la del conflicto, pero también la idea de que los menos pueden ser más. Ese pensamiento está motivado por el peón que llega a dama.
Tu vínculo con la poesía árabe es reciente. ¿Cómo llegas a escribir sobre una realidad cultural que no es la tuya?
—La vida no alcanza a desarrollar lo que uno bulle en la mente. Ese vínculo se lo debo a Enrique Carrión, mi profesor de Literatura Medieval española en la Universidad Católica. Ese tema lo medité por mucho tiempo. No lo emprendía porque no estaba preparado. Son poemas que podríamos llamar culturales. Como lo que hizo el poeta griego Constantino Kavafis. Mi interés es no hacer historia, sino que la poesía alumbre algunos instantes de la historia.
Dirigiste durante varios años el taller de poesía de la Universidad de San Marcos. ¿Tuviste en esa época algún conflicto con estudiantes por sus ideologías?
—Nunca. La poesía es el reino de la libertad. En ese sentido, a pesar de los tiempos tan oscuros que vivimos los peruanos, el taller de poesía siempre fue un lugar de encuentros. Es cierto que teníamos discusiones, pero nadie mata a nadie con un verso malo.
Tú eres uno de los escritores que más conoce la poesía peruana reciente. ¿Qué diagnóstico tienes de ella?
—El hecho de que tantos jóvenes se dediquen a la poesía garantiza la continuidad. De los que he leído, el que mayor importancia tendrá me parece que es Xavier Echarri. Su primer libro me gusta mucho.
¿Crees que la narrativa ha ganado terreno? ¿Piensas, como algunos, que la mejor poesía se hace en la narrativa?
—Por supuesto que no pienso eso. No hay que enfrentar a ambos géneros. Creo que si los narradores aprendieran de la poesía, siguiendo el consejo del novelista italiano Italo Calvino, escribirían libros que leerían más personas, libros más breves. El tiempo está para libros de no más de doscientas páginas.
Por último, como muchos poetas te pasas a la narrativa. Hace poco publicaste un cuento en la revista Socialismo y Participación. ¿Estás escribiendo un libro de relatos?
—No quisiera darle mucha publicidad a eso, porque no sé si lo logre. El esfuerzo que demanda es tan grande como el que reclama la poesía. Disfruto mucho leyendo narrativa. Por ejemplo, dos novelas que me han gustado mucho en los últimos cinco años son País de Jauja (1993), de Edgardo Rivera Martínez, y Ximena de dos caminos (1994), de Laura Riesco. Un día me dije por qué no. Si conozco los recursos narrativos, podría escribir un libro de relatos. No de modo sistemático, pero sí estoy haciéndolo. Tengo ya tres cuentos.


* La primera entrevista se publicó con el título de «La poesía aporta madurez», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 23 de marzo de 1992, páginas 8-9. La segunda entrevista se publicó con el título de «La poesía es el reino de la libertad», en el suplemento «El Dominical», del diario El Comercio, Lima, 29 de setiembre de 1996, página 7.

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