3 de diciembre de 2012

Entrevista a Pablo Guevara




Entrevista a Pablo Guevara*

Pocos poetas como Pablo Guevara tienen señalado un lugar tan importante y decisivo en el proceso de la literatura peruana de este siglo. Además de la indudable calidad de sus libros, se reconoce su influencia en la transformación y renovación de nuestra poesía, mediante su incorporación de las técnicas y el pensamiento poético de autores como Pound y Eliot. Escritor firmemente arraigado a la naturaleza de la vida peruana, Pablo Guevara se ha convertido en el paradigma del poeta total; aquel que no solo es un asombroso artífice, sino también una voz que alimenta la conciencia de su sociedad.

Pablo, revisando su obra, encontramos que Retorno a la creatura (1957) es un libro de carácter lírico. Incluso, en la época en que usted la escribió, pensaba que la poesía debía ser «transparente, pura, prístina». ¿Qué ocurrió para que se produjera la búsqueda de otros valores?
—Hago la aclaración: ocurre que cuando escribí el libro que mencionas yo «no pensaba». Claro, convencionalmente todos pensamos, pero yo no hablo del pensamiento automático o pensamiento de la vida cotidiana. Hablo de la reflexión llevada a la teoría poética. Es decir, en la época que indicas yo no tenía pensamiento poético, sino instinto poético. Cuando ya tengo pensamiento poético —que sospecho es a los setenta—, ya mi vida está tan llena de cosas que es difícil que no tenga en qué pensar. Cuando uno es joven, es probable que tenga la idea de que uno se debe a la poesía y que ella solo se debe a él. Piensa que lo que escribe es exclusivamente obra suya, lo cual es una idea narcisista, ¿verdad? Entonces, él se ve todos los días al espejo imaginario y se encuentra poeta; él quiere ser además la imagen misma del poeta. Pero pasan los años, y el culto a la primera persona del singular va desapareciendo. El yo ya se vuelve yo y tú y ellos; el yo y tú se vuelve ustedes y yo; es decir, nosotros. El yo ya se vuelve paradigmático y puede ser el Perú, mi familia, mis amigos, la causa por la que creo esto o lo otro. Para entonces el espejo se ha roto, hasta es probable que odie los espejos, porque me estarán mostrando el paso del tiempo. Quiero decir que con los años uno va desarrollando su pensamiento poético. El poeta, mientras más tensa su poética, mayor poeta es cuando menos metido está, inmerso en el pensamiento poético, probablemente menos poeta sea.
En una declaración de 1985 usted afirma: «Necesitamos la decodificación de las múltiples voces que tiene el país. Un país pluricultural necesita continuamente ser decodificado, aunque yo no sé si acertaré». ¿Por qué esa duda?, ¿qué obstáculo existe?
—En esos años es probable que haya sentido el desencanto por las contradicciones que existían; en esos momentos de plena guerra sucia es bien difícil que me haya sentido en mi piel, en mi pellejo. En esa época hacía mucho que no viajaba por el Perú, y eso es un problema, pues un escritor debe conectarse con las voces que requiere, con los paisajes, animales y vegetaciones que necesita. Si un escritor no se conecta con estas cosas, es muy probable que se vaya descargando, como una batería, y que llegue un momento en que ya no dé luz.
Siento que esto es un grave defecto de la poesía de laboratorio, de la poesía pura, de la poesía clerical u oficialista. De ahí que el poeta no sea solamente un acto de escritura, sino también un acto de existencia, de viajes, de contactos con la realidad. Pero cuando digo «yo no sé si acertaré» en mi decodificación, queda claro que de todos modos eso es lo que intento.

La poesía como interpretación
Conversemos sobre sus libros. ¿Estaría usted de acuerdo en que el gran tema de su obra es el Perú?, ¿en que su poesía es, en esencia, un ensayo?
—Sí, sí estaría de acuerdo, porque el Perú es casi una obsesión para mí. Siempre he querido decodificarlo. No estoy pensando en un Perú capitalino o urbano, sino en un Perú completo. Y con el tiempo, por último, también pienso en América Latina. De modo que cuando tú dices que mi obra en esencia, es un ensayo, sí tienes razón. Porque mis libros pretenden interpretar el país. Porque el ensayo, aunque parezca ser un género de comunicación antes que artístico, para mí sí es arte. Nuestro ser mismo es un ensayo. Poemas humanos es nuestro primer ensayo sobre el cuerpo. Vallejo busca durante 25 años, desesperadamente, un cuerpo propio.
Usted dijo en una entrevista de 1988 «que los grandes poetas han sido siempre políticos» y que el ideal «más elevado es el político». ¿Qué quiere decir con esta afirmación?, ¿quiere decir que en la literatura debe existir conciencia proselitista?
—Cuando hablo de que los grandes poetas han sido siempre políticos, me refiero a la manera estratégica y táctica de hacer poesía. Quiero decir que cuando los poetas llegan al nivel político es cuando hacen mejor poesía. Estoy pensando en Quevedo, Blake, Yeats, Pound, etcétera.
Porque en determinado momento se deja de ser poeta joven y se llega a una poesía madura, en la que se refunden las anteriores etapas y se produce la gran obra. Entonces a los poetas les llega el momento en que leen el mundo. Por ejemplo, Goethe, quien al inicio fue puramente lírico con Germán y Dorotea, con el tiempo terminó escribiendo Fausto. ¿Qué quiero decir con esto? Que los grandes poetas llevan a sus libros la Ciudad de los Hombres en lucha de algo contra algo. Por ejemplo, con Dios si son creyentes, o como es mi caso, contra algunos de los demonios del siglo XX en el Perú. Porque trato que mi espíritu y mi sensibilidad puedan traducir mejor a este país; interpretar cómo vive el Perú en medio de las contradicciones que existen en el mundo. Esto es para mí ya un acto político y no un acto literario. Esto no me lo dicta la literatura, sino la conciencia de que no puedo mentir. Me faltan apenas cinco, ocho o diez años para morir y no puedo estar engañándome ni engañando a nadie.
Pienso en la situación económica de Vallejo mientras escribía «Los nueve monstruos»; pienso en Dante muriéndose y drenando los últimos instantes del Paraíso. Pienso en Milton, en Blake, en todos ellos: a eso llamo yo poeta político; no tiene nada que ver con el proselitismo o el panfleto. No puedo creer, pues, que algún partido deba decir lo que tiene que hacer o no un escritor. Ni tampoco una capilla, un grupo de filósofos o un gobierno de turno.

El proceso de la poesía
Por otra parte, se sabe que usted estudia desde hace algunos años la poesía peruana con una óptica que se podría describir como «taxonómica», en cuanto intenta una clasificación de diversas poéticas. Aunque esta división pareciera neutral, ¿no se podría deducir de ella que, en el fondo, usted está convencido de que su poesía va por buen camino y que la de los otros no?, ¿acaso le parecen defectuosas las otras poéticas?
—Perdón, yo nunca he valorado mi poética como exclusiva y excluyente y tampoco me he puesto en ese cuadro. No, en absoluto. ¿Por qué tendría yo que decir que tengo el mejor camino en la poesía peruana? No, mi opción es esa simplemente; no tengo otra. Casi diría que es una fatalidad escribir; no tengo otra cosa mejor que hacer. Por la manera en que me formé, por la manera en que me fueron bien o mal las cosas, esta es mi única opción. Lo que sí afirmo es que la poesía en el Perú representa un proceso que apenas hemos iniciado. Entonces, nadie invalida a nadie; es una cuestión de gustos y opciones, de logros y fracasos. Que algunos crean que los poetas deban ser puramente lúdicos como Luis Hernández, esencialistas como Javier Sologuren; históricos como Tulio Mora; o existencialistas como Abelardo Sánchez León, está bien; allá ellos. O que otros crean que la poesía debe ser una mezcla de lirismo, epicidad, existencialismo, ludismo y tantas cosas más, como Cisneros; allá ellos. O que se piense que la poesía debe ser de ruptura y de confrontación con las palabras, como Pimentel, está bien, pues esa es su opción. Pero ¿cómo serán leídos dentro de treinta o cuarenta años?, ¿qué le parecerá, por ejemplo, Vallejo a un lector que esté frente al mar de Chorrillos con una sensación de bienestar económico, si sabe además que dentro de dos semanas estará en las playas de Viña del Mar o de las de Montevideo para encontrarse con unas amigas chilenas o uruguayas? Tal vez les parezca demasiado trágico para su gusto. No es que esté predicando el relativismo, pero tampoco deseo ser absolutista. Cuanto ofrezca un poeta dependerá, también, de lo que hará el Perú en los próximos años. Pero, caramba, el Perú no termina en este siglo, ¿no?

Buscar la madurez
Finalmente, Pablo, desde 1972 usted no publica ningún poemario. Sin embargo, hace poco anunció la aparición de cuatro libros. ¿Qué ha ocurrido en esos veinte años?, ¿por qué se anima a publicar ahora?
—Es una cosa que deseo que quede bien clara: no se vaya a pensar ni por un solo instante que yo enterré el pico en la arena, como un gallo de pelea, y que no escribo en 20 años porque me he secado, porque me he quedado sin nada que decir, o porque yo no creo en lo que digo o porque ya no me interesa escribir más. No, no. Sino que cada vez que quise publicar advertía que avanzaba la materia prima con la que trabajaba. De libro a libro, muchas cosas han cambiado. Pero en cada uno de ellos se ha ido fijando la «materia prima» con mis intuiciones, mi voluntad poética, o como quieras llamarlo. Resulta que si empiezas a revisar todo, encontrarás que este libro le da un poco a otro, y que este, a su vez, le da al siguiente, y así sucesivamente. Un hecho un poco enloquecedor, ¿no? Uno tiene que revisarlo todo porque está tocando algo que suena por todos lados. Al fin y al cabo, uno está logrando una obra para terceros. Pero mi desesperación, ahora, está en publicar mis libros entre este y el próximo año. Y eso suena bestial; todo está marchando muy bien. Ahora —repito— mi desesperación está en no guardar mis escritos, porque para mí ese periodo quedó atrás, y en los siguientes años tendré otras experiencias. Finalmente, puedo decir que no he engañado a nadie. No vayan a creer que yo he estado preparándome para el gran cierre de la película, no. Lo que pasó es que yo no me sentía en condiciones maduras para dar las cosas como yo quería. En cambio, no entiendo la desesperación de poetas jóvenes, quienes creen que porque eructan ya tienen que publicar el próximo libro. Eructan cinco veces y los cinco poemas tienen que estar publicados. ¿De dónde les vendrá la idea de que publicar es lo importante? Pero cada cual —como dicen algunos— mata sus pulgas a su manera. Por otro lado, también me pregunto qué paso. ¿Qué pudo pasar para tener la paciencia —que creo la tienen muy pocos— de dejar transcurrir veinte años sin editar? No lo sé. Felizmente, también la salud me acompañó en estos veinte años y ya los libros están terminados y ahora, con toda tranquilidad, puedo entregarlos. Les prometo publicar en diez años más mi obra póstuma. Pero si se dan cuenta, soy uno de los poetas más prolíficos: cuatro poemarios publicados y más de diez que tengo inéditos ya son catorce, y cinco más que probablemente escriba en lo que me resta de vida, son diecinueve; es decir, casi veinte libros. ¡Pucha, qué tal summa poética! Hay, pues, harta chamba para los futuros críticos o estudiosos de la literatura.

El lenguaje de la modernidad
Aparte de introducir en su obra distintos lenguajes, usted fusiona diversos géneros literarios (crónica, ensayo, cuento y, claro está, poesía). ¿Por qué ese interés de ser fáustico?, ¿podríamos llamar a esto «poesía total»?
—No lo sé; casi no lo podría saber. Porque hablar de algo fáustico remite a la idea proteica de la posesión del todo, y precisamente esa es una de las cosas de las cuales me burlo, de esa idea de totalidad. Porque nunca obtenemos todo y porque de nada obtenemos nada. Es como si dijéramos que en un solo libro agotaremos todo el mundo, o que en un poema agotaremos toda la vida. Pero, claro, sé que puede decirse que mi obra es fáustica, integral, que utilizo el collage o la yuxtaposición de planos y objetos. Si tuviera, por ejemplo, que referirme a esta grabadora en un momento excelso de una tragedia que estuviera escribiendo, yo la pondría. Algunos podrían decir que soy tal vez coyunturalista, fáustico, integral, que eso lo he tomado del estilo de los esquimales. No sé; yo tomo un objeto sencillamente porque lo necesito y porque creo que funciona en la obra. Es un problema de necesidad, de expresividad, no de oportunismo o facilismo.
Qué te puedo decir... En estos momentos hay un gran poeta en América Latina; un gran poeta: Álvaro Mutis. Ahí tienes una respuesta; él puede trabajar con el pasado, el presente; él puede hacer poesía narrativa, de ficción, con un carácter descriptivo, casi policial, sin que lo que hace sea policial. Él puede trabajar con una visita que hace a un lugar; puede describir un museo, puede hablar de su vida, de una mujer, y el lenguaje fluye. Eso es lo que hago o intento hacer. Es decir, escribir con un lenguaje que sea cada vez más terso, más rico, más intenso; un lenguaje con el que se pueda hablar de cualquier cosa y que a la vez no pueda ser definido como propio de un género determinado. Una obra no se puede calificar hoy en día como drama, tragedia, cuento, novela o poema. Diría más bien que la obra de arte moderna es inclasificable; por eso Vallejo es moderno. En cuanto a mí, diría también que soy moderno; y digo «moderno» porque es el único atributo por el que me interesa que se me admire y se me denote algún día.




* Publicado como «El Perú como obsesión», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 6 de marzo de 1992, páginas 2-4.

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