3 de diciembre de 2012

Entrevista a Rodolfo Hinostroza


Entrevista a Rodolfo Hinostroza*

Apasionada exploración formal, ejercicio de una desenfadada erudición, ironía que ventila e ilumina nuestro agobiante mundo social, la poesía de Rodolfo Hinostroza es, desde la publicación de Consejero del lobo (1965), su primer libro, uno de los testimonios más lúcidos y francos de la aventura espiritual del hombre moderno. Este 27 de octubre el poeta cumple 50 años. Con ese motivo accedió a reflexionar en voz alta sobre el itinerario de su obra, sus convicciones políticas, su experiencia con el psicoanálisis y la gran diversidad de sus inquietudes y pasiones.

En una entrevista de 1987, usted dijo que no solo busca, desde la literatura, creación de belleza o testimonio de vida, sino también conocimiento. Pregunto: ¿a qué saber trata de acceder?
—Bueno, a un saber más o menos abstracto, general, universal; a una suerte de sabiduría, de conocimiento de la vida, de la naturaleza humana. Son cosas a las cuales uno accede, también, a través de la poesía; no solamente a través de la filosofía ni de la sociología ni de tantas disciplinas que hay. La poesía conlleva, en ella misma, es decir, en el ejercicio de la poesía, al conocimiento también de la naturaleza humana, de la belleza, de la justicia, etcétera. Y si escribí poesía fue, también, para saber —para indagar en el misterio que es la vida— a través de la palabra.
Recuerdo estos versos suyos: «Saber también puede ser un modo de morir» o estos: «Ignorar puede también ser un modo de vivir». ¿No hay cierto pesimismo en lo que quiere?
—Creo que a esos versos no hay que sacarlos del contexto. Esos versos, que pertenecen a un poema que se llama «Crónica», fueron hechos en un momento muy dramático de mi vida. Entonces, claro, había un escepticismo frente a lo que significa conocimiento. Mi afirmación era una especie de vitalismo bruto, oscuro, de oscura defensa de la vida. Pero la verdad es que esa afirmación fue un momento en mi poesía y en mi vida, porque luego estoy por un mayor optimismo que siempre ha existido tanto en mi obra como en mi vida.
Ahora bien, en 1989 declaró: «Mi obra ha tenido un desarrollo determinado, pese a que cada libro fue escrito con independencia respecto al anterior». ¿A qué se refería con esa afirmación? ¿Cómo concibe el desarrollo de cada libro?
—Cada libro se plantea solo, es el resultado de una indagación oscura, de una serie de experimentos y pruebas literarias, una búsqueda de un tono literario adecuado o una búsqueda de la manera de expresar los contenidos que uno tiene, los deseos expresivos que uno tiene. En mi caso, procuro que cada libro no se parezca al anterior, pues trato de agotar un sistema expresivo en cada uno de ellos, agotar los preceptos mismos que me hicieron escribirlo. De manera que cada libro evacúa una forma de lenguaje, agota una forma de lenguaje para dedicarme en un próximo libro a otra forma, a una forma que me parezca más interesante o más cerca de lo que yo quiero expresar.
En ese sentido, los libros se van haciendo solos y, aunque son distintos, guardan un parentesco, un aire de familia —digamos— porque son escritos por la misma mano; que un lingüista podría comprobarlo haciendo indagaciones sobre secuencias silábicas, etcétera. Pero, sobre todo, me interesan las poéticas que persiguen las creaciones de cada libro, que son de algún modo similares porque la estrategia es la misma o, más o menos, es la misma dentro de las tácticas. Estas tácticas o maneras de mi poética son, a veces, un poco distintas, pero dentro de una poética general y global.
Por otro lado, ¿por qué trasladarse, insertarse en otros contextos? ¿Qué afán tiene de introducirse en otras épocas, en verdaderas realidades literarias? Es decir, ¿por qué recrearse con Abel, Nausicaa, Odiseo, Horacio, Otelo, Juana de Arco, Karl Marx?
—Es muy sencillo. La verdad es que el Perú no está aislado, está inmerso en la tradición occidental. Aquí, en los programas de estudio, nos enseñan tanto historia universal como literatura occidental. Quiero decir que el Perú, a partir de su lengua, a partir de que habla español, está inmerso en la cultura occidental, lo quiera o no.
De manera que me parece muy legítimo utilizar citas y referencias a otras culturas y a otros idiomas porque tenemos derecho, porque de alguna manera nos pertenecen. Lo que nos ha dado España, a pesar de las barbaridades que cometió en la Conquista, fue la inserción en el mundo occidental, inserción que tenemos que asumir de alguna manera. Yo la asumo. Hay tantas maneras, como hay gente que la asume.
Cree usted en la lucha de clases, incluso ha aceptado que Consejero del lobo (1965) fue motivado por el cerco contra Cuba y que en su pieza teatral Apocalipsis de una noche de verano (1986) está el peligro de la invasión estadounidense a América Central. Es decir, en cada obra suya hay un trasfondo político, como usted lo acepta, sin embargo no de una manera muy explícita. ¿Por qué?
—La verdad es que cada uno tiene una actitud polémica determinada o, en todo caso, no puede tenerla. En literatura no es necesario tener una política explícita. Hay grandes poetas; pienso en Westphalen, a quien acabo de ver en una conferencia sobre él, y —que yo sepa— no tiene ninguna historicidad en sus poemas, ninguna actitud frente a la lucha de clases, ningún pensamiento político explícito. Sin embargo, él es el poeta vivo más importante del Perú. Entonces, creo que no tiene nada que ver que yo tenga una posición política en mi poesía.
Mi poesía —es cierto— expresa una posición política, la que tenía en determinado momento, porque la posición política va variando, va cambiando, pero tampoco puedo estar de acuerdo con lo que ocurre en el Perú. Aunque mis ideas son de izquierda, no puedo confundir mi manera de ver la izquierda y la evolución necesaria del Perú con las bandas de terroristas que andan por ahí sueltas, practicando un marxismo absolutamente obsoleto y completamente desactualizado por la historia. Si creo en la lucha de clases, es en otro sentido.
Creo todavía en la espiral de clases de Karl Marx. Pienso que la clase media, para mí sumamente importante, será la próxima clase que tomará el poder en el mundo.
Volviendo a su obra, ¿acepta que exalta al individuo a través de su poesía?
—Sí, claro. Pero no en el sentido withmaniano, de exaltar el ego individual por encima de todas las cosas, no. Me parece que sí, que el individuo es sumamente importante: cada individuo es un misterio, es único, es un misterio único, separado, diferente, porque cada ser que nace trae un misterio consigo mismo. Ese misterio es su propia individualidad y se ve expresada a través de su vida. Entonces, es eso lo que me interesa, que cada ser, original y distinto, se desarrolle tal como es: eclosione, crezca, sea igual a sí mismo, sea idéntico a sí mismo, sea un producto de la naturaleza y de la cultura, que sea esto, que responda a sus propias determinaciones y que no tenga que responder a determinaciones exteriores, violentas, impuestas, que crezca y que desarrolle sus propias cualidades, sus propias tendencias, sus propias virtudes con las cuales vino al mundo. Y, en ese sentido, defiendo al individualismo porque es una expresión del ser humano, de cada ser humano diferente a los otros y, sin embargo, semejante a ellos por un hecho genético.
¿Acepta usted la tan mencionada influencia de poetas de habla inglesa como Pound y Eliot? ¿Son realmente sus preferidos? ¿Los relee continuamente?
—La verdad es que a mi edad ya he leído tantas cosas que no sé cuáles son los autores que me gustan. Me gusta alternativamente un poeta u otro. Pero no creas que me paso el día leyendo a Pound o a Eliot. Tal vez lo hacía cuando era joven, pero tampoco de manera exclusiva, porque soy una persona muy ecléctica, no sé si se habrá dado cuenta; yo tengo una gama muy amplia de gustos. De manera que no me encantó, de manera profesional, la lectura de un poeta o de otro, o de una tendencia general... Tengo una especie bastante panorámica de gustos. Mi cultura es amplia, panorámica; generalmente no es una cosa especializada en un solo tema.
En todo caso, ¿consideraría que su poesía es coloquial?
—No, en verdad no diría que mi poesía es coloquial. La poesía coloquial es muy llana, es un canto llano —digamos—, más familiar incluso, como lo han hecho los poetas argentinos, por ejemplo. Aunque aquí también hubo gente que practicaba la poesía coloquial. Pero a mí nunca me han calificado los críticos de ser un poeta coloquial, nunca. Por el contrario, Saúl Yurkievich, un destacado crítico argentino que vive en París, nunca, jamás, pensó que yo hiciera poesía coloquial. Por el contrario, él decía que yo hacía una poesía, más bien, de un lenguaje menos familiar.
¿Psicoanalizarse no es matar a los demonios, a los fantasmas como creen muchos? ¿Qué intentó con el libro Aprendizaje de la limpieza (1987)?
—Bueno, yo me he psicoanalizado siete años con dos psicoanalistas, uno peruano y el otro francés, de una manera muy rigurosa. No fue una experiencia, en modo alguno, improvisada, fue una cosa que, además, no recomiendo a la gente. Fue una experiencia que he expresado literariamente a través de Aprendizaje de la limpieza, fueron siete años, cientos de horas.
¿Pero cree, como muchos, que el psicoanalizarse mata a los fantasmas, a los demonios literarios?
—No, no mata a los fantasmas. Tampoco es necesario que los fantasmas mueran. Creo que lo que sí puede el psicoanálisis es disminuir el nivel de angustia, hacer a una persona menos angustiada, menos atormentada, al darle mayor tranquilidad en su vida, volverla más eficaz en el trabajo, pero no creo que la finalidad primordial sea matar a los demonios, porque los demonios —en su esencia— son esa personalidad que subyace en cada persona y que es fuente de creación y lo seguirá siendo. Yo he continuado, después del psicoanálisis, escribiendo. Por el contrario, creo que el psicoanálisis no mata a los fantasmas, sino que da una forma de libertad de lenguaje, libertad de imaginación que hace que uno pueda continuar escribiendo cosas nuevas y mejores.
Entonces intentó encontrar paz en sí mismo, ¿pero no se contradice al no recomendar el psicoanálisis?
—No lo recomiendo porque es un camino muy difícil, y la gente se queda a medio camino porque es muy angustioso, muy difícil, sacrificador, durante tantos años. Es una cosa que requiere de mucha resistencia psicológica, pienso, además, que no es cosa para todo el mundo; hay gente que a mitad de camino se quiebra, no aguanta porque es una especie, efectivamente, de aprendizaje occidental del conocimiento de sí mismo.
Con respecto a la exaltación que hace usted del individuo y el conflicto que tiene este contra el poder, ¿no cree que haya cierto liberalismo en su poética?
—El poder, evidentemente, a mí nunca me gustó; el poder de orden dictatorial vamos a decir. Cuando me he referido al poder dictatorial, lo he hecho pensando justamente en ese antitotalitarismo. Ahora estamos viendo que termina el totalitarismo por todos lados, cosa sumamente importante. No es que yo sea un liberal en el sentido inglés del siglo pasado. No soy un liberal, tengo una visión de todas maneras determinada. Pero no debe dejar de alegrarme que se hayan ido al diablo todos esos totalitarismos contra los cuales he combatido, y combato vivamente. En fin, he tenido incluso problemas porque el totalitarismo nunca me ha gustado.
¿Qué clase de problemas?
—Bueno, mi primer libro de poemas estuvo prohibido en Cuba, pese a que se publicó en La Habana bajo la presión de Lezama Lima.
¿Por qué estuvo censurado?
—¿Por qué? Porque había poemas que no le gustaban a los militares. Cuba es un país demasiado militarizado, es una dictadura militar más que civil. Y la verdad es que la censura militar rechazó ese libro, aunque por intervención de Lezama Lima se consiguió que se publicara, pero a condición de que ese libro no circulase dentro de Cuba. Los libros se vendieron en las casas de Cultura de Cuba, pero del extranjero.
Otra declaración suya dice: «No escribo poesía porque no tengo nada que decir en poesía» ¿A qué se refería?
—Todo el mundo (sonríe) pretende y cree que ya la poesía se ha agotado. (Risas). La poesía es inagotable. Además, una persona que ha escrito poemas sigue siendo poeta toda su vida, toda la vida. Igualmente que en un momento inesperado uno escribe poesía... Westphalen, después de 53 años, ha vuelto a escribir poesía, después de 53 años de silencio, de tantos años. Yo no he pasado tantos años como esos para que me acusen de haberme callado para siempre; no, nada que ver. Creo que cada... Pero cuando digo que no tengo nada que decir en poesía es porque puedo decirlo en otros terrenos. Por ejemplo, en teatro (ahora estoy escribiendo una pieza sobre Guaman Poma de Ayala), en prosa, en cuentos, en crónicas literarias. Pero cuando digo: «No tengo nada que decir en poesía» es una cosa muy específica; yo no empleo, no malbarateo la poesía para decir cosas que no tienen ningún interés.
Sin embargo, le dedica más tiempo a la astrología o a la gastronomía. ¿O no es así?
—La astrología y la gastronomía, que se reúnen en una sola ciencia que es la «gastrología» (risas), son cosas absolutamente placenteras y, también, formas de conocimiento, modos de acceder al mundo a través de las determinaciones energéticas, o a través del paladar. Ahora, quitarme el tiempo para qué, quitarme el tiempo para la poesía, pero es que yo solamente no soy poeta: yo hago poesía, yo hago cocina, yo hago astrología, yo hago un montón de cosas, y yo estimo que no estoy perdiendo el tiempo. Estoy haciendo las cosas a las que mi naturaleza me inclina. Yo no tengo que ser un poeta profesional que trabaje las 24 horas en poesía únicamente. Esa es una cosa que debe quedar bien aclarada. Escribo poesía, bueno, porque es una de mis grandes vocaciones prácticas.
¿Entonces no concibe que el escritor sea un peón?
—Mira, lo que he hecho en mi vida (que ha sido una cosa muy buena) ha sido transformar, convertir mis inclinaciones en profesiones. Lo que me gustaba lo he convertido en profesión. Me gano la vida como astrólogo, comentarista gastronómico, cocinero o periodista. Tengo varias maneras de ganarme la vida y todas son placenteras.
O sea, yo he escogido las cosas que me gustan. Detesto hacer las cosas que no me gustan. Así es que yo tengo varias cosas que me gustan y las hago alternativamente. Además, creo que si fuese exclusivamente poeta, sería una persona sumamente aburrida.



* Publicado como «No soy solamente poeta», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 25 de octubre de 1991, páginas 2-4.

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