3 de diciembre de 2012

Entrevista a Wáshington Delgado




Entrevista a Wáshington Delgado*

Perteneciente a la Generación del 50, el poeta Wáshington Delgado ha creado a lo largo de cuatro décadas una de las obras más singulares de nuestra literatura. En sus libros conviven la poesía intimista con la social. Fue recientemente incorporado a la Academia Peruana de la Lengua y, para mayor complacencia de sus lectores, se hizo merecedor del Premio Juan Mejía Baca por la publicación de Historia de Artidoro (1994), su más reciente poemario. También, hace poco, la revista La Casa de Cartón de Oxy le dedicó un número especial como homenaje. Suficientes motivos para conversar con este importante escritor.

El poeta Marco Martos ha escrito recientemente: «Es difícil encontrar en el siglo XX una poesía más pesimista que la de Wáshington Delgado». Usted tiene varios poemas con un tono de desesperanza. «Globe Trotter» termina con estos versos: «He caminado por los desiertos, toda mi vida / y nunca llegué a ninguna parte». ¿Qué desencantos tuvo para llegar a esa conclusión?
—Siempre andaba preocupado por lo que sucedía en el mundo. Mi poesía, en algunos casos, refleja esa fijación. El poema que mencionas lo escribí cuando mucha gente tenía cierto optimismo. El Perú parecía que atravesaba por una etapa de mejoría hacia 1970. Pero yo veía todo de una manera muy pesimista. Lamentablemente, la historia confirmó esa visión. Los cambios no abrieron el camino al socialismo o, por lo menos, hacia una mayor democracia. Fueron, en gran medida, contraproducentes.
Su primera poesía completa se tituló Un mundo dividido (1970). ¿Este nombre obedece a la separación de poesía pura y poesía social, corrientes que usted ha cultivado siempre?
—El título es ambivalente. Pero no hablaría de poesía pura y poesía social, sino de poesía intimista en vez de poesía pura. He cultivado esto último en Formas de la ausencia (1955), mi primer poemario. En cambio, Para vivir mañana (1959) tiene preocupaciones sociales. Pero, además, Un mundo dividido alude a dos sectores principales de ese momento: al capitalista y al socialista. Después se habló del Tercer Mundo. Entonces me pareció un espacio dividido. Mi poesía también va para un lado y va para otro.
Al publicar Destierrro por vida (1969), usted anunció su retiro definitivo de la poesía. El crítico Edgar O’Hara anota en un estudio que esa decisión se debió porque su planteamiento estético era bien llevado por autores de la Generación del 60. ¿Por qué dijo que no escribiría más?
—Después de escribir ese libro me sentí un poco agotado. Pensé que no iba a escribir más. Pero después he experimentado nuevas formas. Trato siempre de variar. Luego de Destierro por vida, he buscado otros caminos. Es cierto que tenía cierta influencia en algunos autores menores que yo. Pero más fue el cansancio. No quería repetirme. Hay algunos poetas, como Westphalen, que después de publicar mantienen un largo silencio. Hay otros que tienen una continuidad indeclinable, como Pablo Neruda. Mi obra procedía a saltos. Escribía un libro, luego me sentía agotado y durante mucho tiempo no escribí poemario alguno.
Sus primeros libros tienen clara influencia de tres poetas españoles de la Generación del 27: Pedro Salinas, Jorge Guillén y Luis Cernuda. ¿Qué es lo mejor que recoge de ellos?
—La forma de pensar poéticamente. Sobre todo de Salinas y de Guillén, quienes reflexionan sobre la realidad íntima. No es una poesía romántica, melodiosa, descriptiva o puramente artística, sino una especie de pensamiento poético. No es filosofía, sino un discurrir sobre la realidad del amor. Cernuda es un meditador que me gusta por el peso moral. En su poesía siempre hay una reflexión ética muy profunda.
En sus memorias El pez en el agua (1993), Mario Vargas Llosa afirma que usted era el poeta en quien se depositaban las mayores esperanzas, pero terminó imitando al alemán Bertolt Brecht. ¿Qué opina de este comentario?
—En parte puede ser verdad. Digamos que en 1953 descubrí a Brecht por un poeta argentino que vino a Lima. Después, en España, procuré seguir a Brecht en Para vivir mañana, mi tercer poemario. Pero su aliento es más evidente en Historia de Artidoro (1994). Por ejemplo, en el poema «Un caballo en la casa». Sin embargo, Brecht tiene por objeto descubrir una verdad por debajo de las apariencias. Sobre todo una verdad de tipo histórico o social, que es lo que busco en Para vivir mañana y, en cierto modo, en Destierro por vida. Pero en mi poesía hay un pesimismo que no se encuentra en Brecht. Para mí hubiera sido magnífico ser un poeta brechtiano.
Usted ha escrito varios prólogos para los libros de Julio Ramón Ribeyro. Se sabe que pasaron la infancia en el mismo barrio de Santa Beatriz. ¿Cómo se desarrolló esa amistad?
—Estudiamos la primaria en el Colegio Montessori. En Santa Beatriz vivimos tres años. Pero ese detalle lo había olvidado hasta que me lo hizo notar el editor José Bonilla. Una vez que Ribeyro volvió de París, su hermano, Juan Antonio, me invitó a su casa de la avenida 28 de Julio. Fueron sus hermanas quienes me reconocieron. Pero a Ribeyro lo traté más de 1950 a 1952, hasta que viajó a Europa. En esa época todavía no éramos conscientes de que pertenecíamos a una generación, aunque participábamos en algunas actividades comunes, como la publicación en revistas y lecturas de nuestros textos en recitales. No fui uno de los «geniecillos dominicales», sino jurado de la novela que tiene esos personajes. Escribí los prólogos a pedido del editor Carlos Milla. Solo el de Atusparia (1981) lo hice por encargo de Ribeyro.
Al ganar el Premio Juan Mejía Baca, usted dijo que ese reconocimiento le permitiría escribir a tiempo completo; poco antes había anunciado media docena de títulos. Para terminar, ¿qué libro está más próximo a publicar?
—Pensaba terminar un libro este año, pero no será posible. Sigo trabajando tres poemarios: Varia invención, El hijo del gran conde y Poemas en prosa. Tengo, además, el libro de cuentos Tía Carolina y otros parientes, la selección de mis textos periodísticos Bagatelas y la edición aumentada de Historia de la literatura republicana. No sé cuál terminaré primero. Todos están escritos, aunque tengo la obsesión de corregir. Olvidaba que poseo una novela breve, La carta, que escribí hace veinte años. Podría hacerle algunos cambios, pero no muchos porque la malograría. Pasado mucho tiempo es difícil tener el mismo ritmo. Probablemente algún día la publique como está.


* Publicado como «La obsesión de corregir», en el suplemento «El Dominical», del diario El Comercio, Lima, 8 de diciembre de 1996, página 15.

No hay comentarios.: