9 de enero de 2013

Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta



Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta (1994)*

El Quinto Encuentro de Escritores Peruanos, realizado hace unos días en Caraz, Áncash, llevó el nombre de Carlos Eduardo Zavaleta, justificado homenaje a la trayectoria de uno de los más destacados autores de la Generación del 50, con prolífica labor en la novela, el cuento, el ensayo y la traducción. Aquí una conversación con él.
En Estudios sobre Joyce & Faulkner (1993), usted presenta una serie de ensayos, escritos a lo largo de cuatro décadas, sobre dos novelistas mayores de nuestro siglo. ¿Cree que su obra hubiese sido diferente de no haberlos leído?
—Sí y no. Siempre hay influencias entre los autores. Si no hubieran sido ellos, quizá otros. Pero toda influencia es menor que los elementos propios del nuevo autor y de su entorno cultural. De lo contrario, sería absorbido por sus maestros.
El periodista Manuel Jesús Orbegozo testimonia, en una crónica de 1954, el encuentro que usted tuvo con Faulkner en el hotel Bolívar. ¿Recuerda aquella visita al país de este escritor?
—La versión de Orbegozo es bastante jocosa e inventada. En su crónica, el personaje más importante es él mismo, por delante de Faulkner, y al lado de una secretaria norteamericana de quien se había enamorado en la reunión. Lo cierto es que Faulkner llegó a Lima de paso de São Paulo, donde fue invitado de honor en un encuentro de escritores.
Aquí no se le rindieron los homenajes que merecía, porque sencillamente no se le conocía. Era un autor cuyos libros comenzaban a llegar, pero que no despertaba gran entusiasmo. Esto revela que la crítica peruana de entonces estaba muy atrasada. De lo contrario, Faulkner debió recibir homenajes extraordinarios porque estaba en su plenitud. Había ganado el Nobel y era un escritor importante. Sin embargo, la intelectualidad local casi lo ignoró, y solo unas 15 personas fuimos al Bolívar a aplaudirlo.
Como se sabe, Mario Vargas Llosa destaca también su deuda con Faulkner. Uno de los pocos escritores de su generación que son apreciados por Vargas Llosa es usted. En El pez en el agua (1993) lo señala como el más activo y como «un gran promotor de las novelas de Faulkner. A él debo, sin duda, haber descubierto por esa época al autor». ¿Qué le sugieren estas líneas?
—Agradezco que Vargas Llosa, en tan breve párrafo, hable de mí con gratitud. Pero hubiera querido una especie de justificación mayor para con los miembros de mi generación y conmigo mismo. No se refiere, por ejemplo, a mis trabajos sobre Joyce, anteriores a los de Faulkner. La literatura peruana sin Joyce es como un cielo sin una de sus estrellas principales. Mi preocupación por estos dos penates literarios fue trasladar cierta modernidad para que la asimiláramos y, si fuera posible, la usáramos para nuestros propios fines.
Esto se ha hecho posible con el tiempo y Vargas Llosa es uno de los que más se han beneficiado con ambos autores. Pero él debiera mirar un poco más atrás y observar que otros escritores peruanos fueron claros antecedentes suyos. La Generación del 50, en conjunto, a cuyo segundo momento él pertenece, transformó nuestra literatura, la alejó del indigenismo, la rescató para darle nuevos rumbos literarios: cambiar de foco (pasar del campo a la ciudad) y explorar diferentes estructuras y técnicas. Sin embargo, admiro y respeto mucho la obra literaria de Vargas Llosa.
Este alejarse del indigenismo e insistir en las exploraciones técnicas son las mayores virtudes que se conceden a la primera etapa de su obra, representada por el cuento «La batalla» (1954) y la novela Los Ingar (1955). ¿Cree que se exagera al valorar estos aportes iniciales? ¿Piensa que no se han reconocido los posteriores de su trayectoria literatura?
—A mi obra inicial, por un lado, se la consideró neoindigenista, juicio que comparte Tomás Escajadillo. Por otro, se la estimó experimentalista, algo que algunos advirtieron en su momento. Quienes tardaron fueron Augusto Tamayo Vargas y Luis Alberto Sánchez, que tenían gran poder sobre los lectores.
Cansado de que se me imputara la influencia de Faulkner, traté de cambiar desde mi libro de cuentos Vestido de luto (1961). Jóvenes críticos de entonces, como Alberto Escobar, Wáshington Delgado y José Miguel Oviedo, señalaron mi independencia del autor norteamericano. Los demás creyeron que mi obra había disminuido en poder, porque cuando se referían a mis primeros libros decían «la prosa vigorosa de Zavaleta».
Esa prosa, por el contrario, no solo ganó vigor sino maestría: tenía una mayor profundidad psicológica y los párrafos se encadenaban mejor. Lo que sí me parece justo que se me achacara fue mi discontinuidad de publicación. Esperaba cada cuatro o cinco años para publicar. ¿Por qué? Porque quería ofrecer un libro distinto siempre. Si me he repetido, ha sido involuntariamente.
En su obra se encuentran textos de ambiente urbano y rural, algunos suceden en el Perú y otros en el extranjero, se tienen personajes niños y adultos. Para algunos, esta heterogeneidad es un defecto en una obra. ¿Qué piensa de esta opinión? ¿Acaso no se escribe un solo libro en la vida?
—Aunque uno quiere hacer libros distintos, sin duda hay una homogeneidad y se percibe siempre la mano que los escribe. Si tiene buenas intenciones, el crítico notará esta línea uniforme en toda la obra. Yo no puedo ser totalmente homogéneo, porque he vivido una vida heterogénea, pues he sido un viajero impenitente.
He vivido mi infancia en la sierra, mi juventud en Lima y mi adultez en diversas ciudades del mundo. He estado cinco años en México y ocho en España. Lo que reflejo en mi obra, por tanto, es mi vida. Que cada quien me juzgue por el libro que tiene entre manos y, si le gusta, que continúe con los siguientes.
Una cosa verá en todos mis libros, y es el ansia de trabajar con distintos puntos de vista. Es decir, es como un caleidoscopio continuo de lo que es la vida, que es polifacética. ¿Por qué no hacer una cosa así en vez de diez libros sobre el mismo tema? Yo no podría escribir, por ejemplo, diez libros sobre Lima, me aburriría. Prefiero la exploración, con todos sus riesgos. Feliz de aquel que escribe siempre lo mismo todo el tiempo, pues será considerado un literato. Pero ¡ay de aquel que se dedique a cortar amarras y a enrumbarse a nuevos horizontes, a él lo miran distinto!
Al señalar tres grandes características de su obra considero, en primer lugar, una constante exploración técnica; luego, un interés por revelar la injusticia; y, en tercer lugar, un continuo estudio del carácter, una preocupación por lo psicológico.
—Creo que indica bien esos rasgos de mi obra. Pues en mis libros hay un buceo psicológico permanente. Por otro lado, hay una búsqueda de los cambios de estilo, de estructura. Y, en tercer lugar, hay un interés por reflejar mi visión de la injusticia, que cada día me parece mayor que la del día anterior.
No me gustan aquellos pueblos que desdeñan a la gente por su color, su raza o su falta de dinero. Prefiero, por ello, los pueblos que sean, aunque pobres, dignos. Bolivia o México, por ejemplo. Los demás pueblos atraen mucho por su tecnología, por su prosperidad, pero yo no podría vivir en aquellas ciudades donde hay un desprecio por el ser humano.
Usted tiene cuentos como «Los hijos de Eugenio» (1961) o novelas como Un joven, una sombra (1992) que se ambientan en Lima. ¿Cómo ha visto el desarrollo de esta ciudad?
—Yo he nacido en la sierra, en el Callejón de Huaylas y, por tanto, he visto Lima a partir de los 13 años. Su municipio, en 1986, publicó una antología de mis cuentos sobre la capital. Aunque se suprimieron algunos relatos por razones económicas, el libro me complació mucho porque ningún otro de los míos tuvo tiraje tan elevado: salieron 15 mil ejemplares.
Lima es una ciudad que no se puede evitar, y que incluso a los no limeños se nos ha grabado en el corazón. No sé si la odio o la amo, pero me es inevitable. Creo que es una ciudad que no es bonita y cuyo cielo no ha sido debidamente tratado, cielo que merece mucho más que los comentarios científicos de Unanue o irónicos de Luis Loayza.
Solo Herman Melville, en Moby Dick (1851), dio en el clavo. La impresión que deja el cielo de Lima es la de un cielo hipócrita, indeciso y mortecino; la imagen que tiene durante siete u ocho meses es dura y hostil. Extraño el cielo añil de mi niñez o el cielo hermoso de La Paz, Sevilla y México. Soy de aquellos que piensan que el sol es un buen compañero del hombre y que sin él uno camina mal.
En varios cuentos de El padre del tigre (1993), su más reciente libro de ficción, se evidencia su experiencia diplomática. ¿No cree, finalmente, que la diplomacia le ha robado tiempo para dedicarse más a la literatura?
—Puede ser, pero ha sido un trabajo cómodo y lo he hecho con gusto. Es una labor que reclama la difusión de la cultura de mi patria y el apoyo para los jóvenes estudiantes que aspiran a conseguir becas en el extranjero. Sé, sin embargo, que por mi estancia fuera del país he perdido un poco el contacto con el medio cultural limeño y, lo que lamento, no he publicado a tiempo algunos de mis libros. Tengo actualmente dos novelas y dos libros de cuentos inéditos. Si hubiera estado aquí en los últimos seis años, ya estas obras estarían publicadas.
En fin, este alejamiento físico afectó en parte mi contacto con los lectores. Pero así son las cosas, en algo se gana y en algo se pierde. Ahora lo que observo es que los editores peruanos parecen bastante tímidos, es gente que no arriesga mucho. Aunque me han explicado que hay enormes problemas económicos —por los altos impuestos—, los editores de hoy son mucho más cautos que los de antes. En mi tiempo también había dificultades, pero nosotros, jóvenes inexpertos en mercadotecnia, sacábamos revistas y libros a base de nuestro entusiasmo. Me pregunto por qué no se emula ese ánimo, esa especie de inocencia admirable y benéfica para nuestra literatura, y se lanzan nuevos libros.

* Publicado como «Un libro distinto siempre», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 30 de octubre de 1994, páginas 25 y 26.

No hay comentarios.: