9 de enero de 2013

Entrevista a Edgardo Rivera Martínez


Entrevista a Edgardo Rivera Martínez (1996)*

Edgardo Rivera Martínez acaba de reeditar su voluminosa novela País de Jauja (1993, 1996), que mereció encendidos elogios. El autor se ubica en la línea neoindigenista, aunque abierto a otras corrientes literarias. Confiesa que no es susceptible al mercado editorial.
Edgardo, usted nació en Jauja en 1933. Pero pasó su infancia...
—Nací allá. Pero a los cuatro o cinco años vine a vivir a la Bajada de los Baños, en Lima. Estuve dos o tres años ahí, aunque con retornos a Jauja. La instrucción primaria y secundaria lo hice en mi ciudad natal.
Jauja es conocida por ser una ciudad andina de intelectuales. En su novela también se refleja eso. ¿A qué se debe esa fama?
—Se debe a que en Jauja no hubo feudalismo. No hubo la extrema polarización de las clases sociales, como en Huamanga o Huancavelica. A cambio, existió una clase bien extensa de pequeños propietarios que veían en la educación un modo de estabilización y ascenso social. Por otra parte, por sus características climáticas, Jauja fue una ciudad para la curación de tuberculosis. A partir de 1860 hasta 1950, aproximadamente, llegaba gente de todas partes.
¿Qué personajes célebres pasaron una temporada en su ciudad?
—Ha estado el presidente Manuel Pardo por razones de salud. También muchos enfermos extranjeros. Hacia 1918 había tres viceconsulados honorarios de Francia, Italia e Inglaterra. Cuando se produce la victoria de los aliados, en la Primera Guerra Mundial, hecho que menciono en la novela, cada viceconsulado hizo una corrida de toros. Hacia 1950, con la aparición de la estreptomicina, medicamento para combatir la tuberculosis, muchos no tenían necesidad de ir allá.
¿Por qué Jauja pierde predominio político y económico ante ciudades como Huancayo?
—Huancayo, como escribe José María Arguedas, adquiere predominio en el siglo pasado como ciudad de comercio y tránsito. Jauja, sin haber tenido una clase señorial, se mantuvo en una posición más conservadora.

Neoindigenista
¿Cree usted que un lector, para conocer mejor la novela que acaba de reeditar, necesita informarse de aspectos de su vida en Jauja?
—Creo que no. Toda obra literaria debe sostenerse por sí sola. Pero mi novela puede llamar la atención a quienes tengan una imagen estereotipada de la sierra peruana a partir de los relatos de Arguedas, Ciro Alegría, López Albújar. Puede sorprenderles, si no saben las particularidades de Jauja, el ambiente que presento en la novela. Pero eso está al margen. Eso pertenece al trasfondo histórico y social.
Los críticos lo ubican en la corriente neoindigenista. ¿Qué opina sobre esta clasificación?
—Me reconozco en la corriente neoindigenista, pero en términos muy flexibles. En la medida en que el espacio es el de la sierra. Jauja es una pequeña ciudad andina. En mi novela aparece además el mito del Amaru con mucha importancia. Pero, como hay otras corrientes en la novela, es difícil decir que sea solo una obra neoindigenista.

Vargas Llosa
En San Marcos conoció a Mario Vargas Llosa. ¿Recuerda en qué circunstancias ocurrió?
—Con Mario tuve clases en común cuando estudiábamos en San Marcos. Recuerdo mucho que llevamos un curso con Luis Alberto Sánchez. Mario era un personaje un poco fugaz, que tenía muchos trabajos, era casado, andaba muy ocupado. Llegaba a San Marcos, entraba a clases y tenía conversaciones muy breves. Partía rápidamente.
¿Posteriormente cómo se desarrolló su amistad con él?
—Mantengo un buen vínculo con él en la medida en que su alta figuración o su prestigio internacional lo permiten. Una vez mi hija me pidió que la acompañara a hacerle una entrevista para un trabajo en el colegio Los Reyes Rojos. Eso fue a fines de la década de 1980. Pero nos hemos visto en otras ocasiones. Estaba en París cuando apareció la primera edición de La ciudad y los perros (1963). Varias veces tuvo la gentileza de invitarme a su casa. De manera que hemos tenido una relación que ahora, en fin, no se cultiva por su vida fuera del Perú...

San Marcos
¿Cómo llega a tener contacto con Lima de modo más directo? ¿En qué momento ingresa a la Universidad de San Marcos?
—Vine a Lima en 1951 para estudiar literatura. Tenía entonces definida mi vocación. Para mí fue importante la amistad del profesor Fernando Tola Mendoza, quien es ahora un orientalista de prestigio en la Universidad de Buenos Aires. Él era profesor de literatura griega. Estimuló mi contacto con el mundo clásico. Un tiempo consideramos la posibilidad de que me dedicara a los estudios antiguos. Pero no fue así. También fui alumno de Luis Jaime Cisneros. Después conocí a gente que ha tenido una posición destacada en el mundo intelectual peruano como Wáshington Delgado, Francisco Stassny, Luis Guillermo Lumbreras y otros.

Crónicas
Usted pasó dos años y medio en Francia preparando su tesis doctoral sobre el Perú en la literatura de viaje europea de los siglos XVI, XVII y XVIII. Su libro Hombres, paisajes y ciudades (1981), que recopila sus crónicas, ¿tiene alguna influencia de su tesis?
—En mi vertiente académica me he interesado mucho por la literatura de viaje. En especial sobre la imagen que se ofrece del Perú he colaborado en La República, durante cuatro años, gracias a la gentileza de Alfonso La Torre y Guillermo Thorndike. Antes colaboré en los suplementos de los diarios Correo y La Voz. Hasta hace unos meses escribía en Artes & Letras, suplemento del desaparecido diario El Mundo. Mi vertiente periodística también es importante. Mis crónicas describen parte del Perú, en especial la sierra, Francia, Grecia, Estados Unidos, Alemania, Holanda, Italia. Mi tesis de bachiller, en cambio, fue un poco apresurada. Trató sobre el paisaje en la poesía de César Vallejo.

París
En décadas pasadas, París era un lugar obligado de muchos escritores latinoamericanos. En la actualidad, muchos creadores se dirigen a Nueva York. ¿Cómo observa este cambio de mira?
—Este fenómeno no solo tiene que ver con los cambios económicos y políticos, sino también culturales. Si antes era obligado buscar la consagración en París o ciudades españolas como Barcelona y Madrid, ahora parece que el rumbo es Estados Unidos. Esto es parte de nuestra situación de dependencia. El autor peruano que no es traducido o publicado en el exterior no escapará de un público limitado. El gran tiraje de las novelas de Bayly se debe no solo a la materia que cuenta ni al tratamiento de esa materia narrativa, sino también al hecho de haber sido editado fuera. Eso es muy importante. Aunque es cierto que los autores peruanos no tienen el mismo terreno favorable que en las décadas de 1960 o 1970, cuando se dieron los atractivos de la Revolución cubana y del exotismo hispanoamericano. Eso benefició, en el mejor sentido de la palabra, a Vargas Llosa, Bryce, Scorza. Sobre todo a Scorza, quien se sirvió de un exotismo que reclamaba el mercado europeo de ese momento.

Correcciones
Usted cesó como profesor de la Universidad de San Marcos en 1986, ¿lo hizo acaso por la difícil situación política?
—Me retiré porque me resultaba muy difícil trabajar en las condiciones que prevalecían por entonces. Se sentía la presencia subterránea de Sendero Luminoso. Era la época de los apagones, de la inseguridad, de la violencia política.
Con frecuencia, cuando reedita sus cuentos, usted hace correcciones. Esto ocurrió, por ejemplo, con su relato El visitante. ¿Por qué?
—La obra literaria nunca está terminada. Es un proceso que solo arbitrariamente podemos, en determinado momento, ponerle fin. Cada relectura significa la tentación de hacer enmendaduras, correcciones y, eventualmente, pequeñas adiciones.
¿En qué segunda edición de País de Jauja hay ese tipo de modificaciones?
—No, salvo las correcciones de las erratas, que fueron numerosas en la primera edición.

Singular
La aparición de esta novela se da cuando hay una increíble cantidad de publicaciones en el género narrativo. ¿Cómo ubica su libro en ese panorama?
—Es un poco difícil que yo mismo pueda dar esa ubicación. Pero, por el tema, se encuentra en un lugar bastante singular porque la narrativa andina es minoritaria. Hay un predominio muy marcado de la narrativa urbana y de novelas breves por cuestiones de mercado. Los lectores, cada vez más atraídos por la televisión o por las exigencias de la vida, ante un libro voluminoso no tienen buena disposición, quizá es un fenómeno que ocurre en todas partes. En lo que a mí concierne, la novela tiene la extensión que debió tener.
¿Puede referirse a las circunstancias en las que escribió esta novela? Es un aspecto casi desconocido. ¿Cómo se animó a dejar los relatos y las novelas breves para escribir un libro tan voluminoso?
—La novela fue posible a partir de la adquisición de una Macintosh. Como se sabe, esta computadora permite un manejo más flexible del procesamiento de textos. El libro lo escribí de 1991 a 1993 en circunstancias muy difíciles. Era la época de los apagones, de los atentados terroristas, de bastante inseguridad, de los apremios económicos.

Críticas
País de Jauja quedó finalista el año pasado en el concurso internacional Rómulo Gallegos y recibió comentarios elogiosos. ¿Recuerda alguna crítica que lo iluminó o que no compartiese?
—Debo mencionar, sin presunción, que no he leído ningún texto de tipo negativo. No necesariamente comparto todos los puntos de vista. Pero se sabe bien que la obra tiene que defenderse por sí sola. La palabra la tienen los críticos.
¿Qué puntos específicamente no comparte?
—Siempre se han tratado de cosas muy puntuales. No recuerdo en este momento con precisión cuáles fueron. No creo que haya sido un aspecto gravitante.
¿Usted había reparado que su novela tiene el mismo título que un libro de Heinrich Mann?
—Esa novela la conozco, la he leído. Pero en alemán no es exactamente así. En alemán es algo así como «La tierra de las maravillas». El traductor o la editorial Seix Barral se sirvió de la leyenda de Jauja para ponerle País de Jauja.
¿No le parece que hay una cercanía con La montaña mágica, novela del hermano de este autor alemán?
—Hay un elemento en común, sí. En ambas novelas hay una ciudad que es una especie de sanatorio. Pero más son las diferencias: en la novela de Thomas Mann hay una Europa culta, burguesa, de comienzos de siglo, de preguerra. En La montaña mágica hay conversaciones sobre temas filosóficos, literarios, políticos que tienen gran importancia. No tiene el trasfondo mítico, el sustrato andino mítico que está presente en mi novela...

Continuación
En 1982 usted mereció el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras con «Ángel de Ocongate», quizá su cuento más conocido. ¿Cómo sitúa ese relato tan breve dentro de su obra?
—En general no escribía relatos tan breves. Fueron las exigencias del concurso las que me obligaron a ello. Es un cuento por el cual tengo un especial afecto. No creo que marque un hito especial o un cambio de dirección. Está en la línea de mi producción de temática andina.
Por último, ¿es cierto que está escribiendo la segunda parte de País de Jauja?
—No exactamente. Aunque tuve la idea de escribir novelas que, de alguna manera, retomaran algunos personajes y algunas situaciones de País de Jauja, pero no es exactamente la continuación.
¿Es una especie de saga?
—No, tampoco, estaría, hasta cierto punto, ubicada en la línea de País de Jauja, pero no sería parte de una saga. El título aún no lo tengo. La novela, en verdad, la tengo a medio hacer. No puedo decir cuándo la acabaré. En todo caso puedo asegurar que será más corta que País de Jauja porque determina una extensión menor.


* Publicado como «Sin las razones del mercado», en la sección C, del diario El Sol, Lima, 17 de junio de 1996, página 2.

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