9 de enero de 2013

Entrevista a Enrique Vila-Matas



Entrevista a Enrique Vila-Matas (2008)*

Para muchos, Enrique Vila-Matas es el mejor narrador español en actividad. Por estos días, la adaptación cinematográfica de su reconocida novela El viaje vertical (2000) se encuentra en pleno rodaje, a cargo de la joven mallorquina Ona Planas. El ganador de prestigiosos premios como el Rómulo Gallegos 2001 y el Herralde 2002 responde ciertas inquietudes.
Según el diario catalán La Vanguardia, eres el «más popular escritor en América Latina». En el Perú se conoce bastante la obra de Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez-Reverte. ¿Qué virtudes les encuentras y cómo te ubicas literariamente entre ellos?
—Eso lo dijo el crítico Masoliver Ródenas. No el diario catalán, donde no están demasiado informados de mi popularidad americana ni les interesa especialmente. México y Argentina son los países latinoamericanos donde mi obra ha tenido una mejor recepción. Pero eso se debe esencialmente a que mis libros han estado ahí mejor distribuidos. No hay otro misterio. Los autores españoles que me nombra son también los cabezas de serie en España. Soy incapaz de hablar aquí de los tres ahora de golpe. Son muy distintos y quizá lo único que les une es haber nacido en un territorio denominado España.
En comparación con décadas pasadas, las obras de los escritores latinoamericanos jóvenes están más difundidas en Europa. ¿Cuáles son los nuevos narradores latinoamericanos que más te interesan?
—Sigo la literatura latinoamericana de mi generación y de las generaciones posteriores desde mucho antes de que comenzaran a tener recepción en Europa. Tengo demasiados amigos entre ellos como para comenzar a citar ahora algunos nombres y olvidarme involuntariamente de otros y perder alguna amistad. Yo solo puedo decir que mi trayectoria literaria siempre pretendió ser puente entre los dos continentes. El Rómulo Gallegos consolidó esta condición mía de enlace entre las dos orillas.
En tus libros de ficción siempre hay una constante: la metaliteratura, hacer literatura sobre la literatura. Al recibir el Rómulo Gallegos por la novela El viaje vertical (2000), señalaste que el futuro de este género «será multirracial o no será nada». ¿Qué opinas de quienes aseguran que la novela agoniza?
—¿Cómo puede morir la novela si ya solo de Tristram Shandy (1760-1767), de Laurence Sterne, aún no se ha explotado más que el veinte por ciento de las posibilidades que abre ese libro para la creación de nuevas estructuras novelísticas? Está casi todo por hacer en la novela, que, por otra parte, es un cajón de sastre, y permite que en ella quepa todo.
Los críticos han definido tu obra como una mezcla de géneros: autobiografía, cuento, diario, ensayo. ¿Cómo tomas a la crítica literaria en tu labor narrativa?
—La tomo como interesante si, cuando leo algo sobre un libro mío, me aporta alguna idea nueva. Si es solo para halagarme de forma insustancial, no me interesa nada. Si es para acusarme de metaliterario o bobadas de ese estilo, me aparto del crítico idiota. Pero, en general, opino que la crítica es muy necesaria, y lo que lamento es que en España, por ejemplo, no esté a la altura de los grandes creadores que hay ahora. Es una pena.
En la novela El mal de Montano (2002) se describe a un autor impedido de escribir y a otro que está enfermo de literatura. ¿Has pasado alguna vez por alguno de estos dos padecimientos?
—No los considero padecimientos. No escribir puede permitir muchas alegrías, ser libre, poder olvidarse de la tiranía de la escritura. Estar enfermo de literatura puede ser otra alegría, porque se vive entonces para algo que a uno le apasiona.
Un personaje de El mal de Montano dice: «Todo el mundo, exactamente todo el mundo, se siente capaz de escribir una novela sin haber aprendido nunca ni siquiera los instrumentos más rudimentarios del oficio, y sucede también que el vertiginoso aumento de estos escribientes ha terminado por perjudicar gravemente a los lectores, sumidos hoy día en una notable confusión». ¿Suscribes esta cita?
—Completamente. El gran crítico del futuro será aquel que ponga orden en esta confusión y empiece a separar lo que es literatura de lo que puede que esté bien escrito, pero que es otra cosa que no tiene nada que ver con la literatura.
A juzgar por novelas como Bartleby y compañía (2001) te interesan géneros literarios diversos: las cartas, los diarios o los apuntes (carnés), pero estos no se encuentran muy desarrollados en la lengua castellana, en comparación con la literatura francesa o inglesa. ¿Cómo explicas esta carencia?
—La tradición lectora, democrática y cultural de esos países que me nombras no tiene nada que ver con el atraso de muchos siglos de los países de la lengua castellana.
Bartleby y compañía es un homenaje a los genios incapaces de escribir. ¿Qué te interesa de esta clase de personajes marginales?
—En literatura me interesa lo que no se ve fácilmente, lo que está en el revés de las cosas, el negativo de lo obvio. Un crítico francés citó un aforismo de Kafka para que pudiera comprenderse mi obra. Lo encuentro perfecto para definir por dónde se mueven mis intereses literarios: «Hacer lo negativo es una tarea que tenemos impuesta, lo positivo nos está dado».
En tu libro Desde la ciudad nerviosa (2000) ingresas al género de la crónica periodística. En el Perú, la crónica ha dado lugar recientemente a publicaciones de diversos autores, tanto así que se habló de un pequeño boom del género. ¿Qué te interesa de ella?
—Me alegra mucho ver ese auge tan potente de la crónica periodística en Latinoamérica. Hay autores realmente de una grandísima calidad. Yo no puedo dedicarme a tantas cosas y, además, no es en absoluto mi género, porque tiendo siempre a inventar o a describir lo que no se ve, pero admiro a los genios que andan en el documental periodístico latinoamericano. Gabriela Wiener, Juan Villoro, por ejemplo, son extraordinarios en este género. Creo que la revista Etiqueta Negra ha tenido mucho que ver con este auge espectacular.
Un escritor como tú, traducido a varias lenguas, galardonado con importantes premios, ¿cómo toma el proceso de promoción de un libro? Me refiero a las ciudades a las que debes viajar, a las entrevistas que debes conceder.
—Viajo actualmente solo adonde quiero y solo cuando me es posible, porque necesito seguir dedicando mucho tiempo a la labor esencial de estar sentado en mi escritorio y escribir. Pero es cierto que viajo y escribo, que básicamente esas son las dos actividades que compagino. En cuanto a promocionar un libro, creo que es lo peor casi de publicar un libro. Has de repetir cien veces a cien periodistas lo que has querido hacer en ese libro cuando tú mismo preferirías que fueran tus lectores los que decidieran qué es lo que has hecho ahí. ¿Se imaginan a Kafka explicando a miles de periodistas a lo largo de cien años qué significa el escarabajo de La metamorfosis (1915)? Sería una forma muy cruel de romper el misterio. Señor Vila-Matas, ¿por qué le interesa desaparecer? (la pregunta más frecuente a propósito de Doctor Pasavento, 2005). «Mi libro no habla de la desaparición, sino de la dificultad de no ser nadie» (mi respuesta más habitual, dada ya más de doscientas veces). He dejado de escribir según qué libro para ahorrarme las preguntas que vendrían después y que me preguntarían por qué lo había escrito.
En 2003 publicaste en la revista Letras Libres un artículo sobre Julio Ramón Ribeyro, a quien además mencionas en tu obra de ficción. ¿Qué valoras más de los libros de este autor peruano, aún no muy conocido en España?
—Gran cuentista y diarista maravilloso. Él desconfiaba de que perdurara su obra. Y ha sido al revés. Crece a medida que pasan los días. Sus diarios conectan más con la sensibilidad literaria actual que con la que había en los tiempos en los que los escribió. Nunca se creyó importante y resulta que lo era. Otros se creen muy importantes y tienen una obra irregular, carente de posteridad. Eso significa que, por mucho que un escritor se considere candidato al Nobel y autor indiscutible, puede acabar siendo visto como un pobre enano al lado del escritor de su propio país que no se hacía el importante y se dedicaba a escribir modestamente en serio.
La obra de Enrique Prochazka, un narrador de culto en el Perú, no ha sido adecuadamente difundida en nuestro país. ¿Qué destacas de su producción?
—Me parece muy raro que Prochazka no esté en el Perú considerado como uno de sus más notables escritores. En España está interesando mucho. Es un escritor muy imaginativo e inteligente, de grandes audacias narrativas. Casa (2004), en concreto, por muy fallida que parezca (o precisamente gracias a esto), se acerca a la obra maestra. No me gustan las obras acabadas. Me gusta la arquitectura incompleta.
¿Cuánto te interesan los blogs literarios? ¿Qué importancia crees que tienen en la difusión de temas relacionados con la literatura?
—Perú, país de blogs literarios. Sigo muchos de ellos, especialmente los de Iván Thays, Gustavo Faverón, Víctor Coral... Para la literatura, abren ventanas críticas que airean el anquilosado estado de la crítica anciana de los periódicos oficiales.
Trabajaste, desde 1968, como redactor en la revista de cine Fotogramas. En 1970 dirigiste dos cortometrajes: «Todos los jóvenes tristes» y «Fin de verano». Más tarde fuiste crítico de cine de las revistas Boccaccio y Destino. Por último, ¿cuál es tu actual relación con el cine? ¿Consideras que es difícil llevar tus novelas a la pantalla grande?
—Mis libros son muy literarios, poco cinematográficos. Pero da la casualidad de que el viernes 11 viajé a Mallorca para asistir al rodaje de El viaje vertical, el primer libro de mi obra que es adaptado al cine. Hablé con el actor que incorpora al personaje principal, en realidad una contrafigura de mi padre. Fue una experiencia nueva, como tener un padre que ha cambiado de rostro y de conversación. Fue raro, créeme.

* Publicado como «La novela, un cajón de sastre», en el suplemento «Semana», del diario La Primera, Lima, 3 de agosto de 2008, páginas 4-6.

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