9 de enero de 2013

Entrevista a Fernando de Szyszlo



Entrevista a Fernando de Szyszlo (2003)*

Seis décadas de intensa búsqueda sin lograr el cuadro perfecto. Fernando de Szyszlo, a los 78 años, cree que pinta mejor que antes, pero no llega a la calidad deseada. Lo dice quien ha expuesto en las más prestigiosas galerías del mundo.
Esta obsesión lo llevó un día a retocar un óleo que había pintado hace muchos años. Cuando se lo devolvió a su dueño, este quedó desconsolado. «¡Qué barbaridad, qué hiciste con mi cuadro!», le reclamó al pintor. Szyszlo me cuenta esta anécdota entre carcajadas, en la sala de su domicilio de San Isidro.
Unos días antes de que lo visitara, había recibido una copia de Esta pared no es medianera (1952), toda una rareza: un cortometraje de veinte minutos en blanco y negro que dirigió en un momento de inspiración surrealista. Se lo mandó un amigo desde España, pero aún no la puede volver a ver, pues se encuentra en otro sistema.
La sala, el taller y la biblioteca de su amplia casa fueron escenarios de una conversación realizada poco antes de viajar a Montevideo, ciudad que ofrecerá pronto una retrospectiva de su obra.
En 1976, cuando se inauguró una retrospectiva en Petroperú, 25 años después de su primera exposición, se calculó que usted había pintado aproximadamente 1.500 cuadros. En la actualidad, ¿a cuánto llega su producción?
—Es muy difícil de calcular. Imagino que llega a más de 2.500. Ahora, no sé dónde están. Solo tengo unos cuantos cuadros de todas las épocas, no más de 45, que son los que exhibí en París recientemente en una retrospectiva y que en febrero se expondrán en Roma. La mayor cantidad de mis cuadros lo poseía el arquitecto Luis Miró Quesada Garland, pero después de fallecer su colección se ha dispersado entre sus familiares.
Como el pintor impresionista francés Paul Cézanne, considera que solo persigue un cuadro. ¿Cuál de sus obras se aproxima a esta búsqueda?
—Todos mis cuadros, a pesar de ser distintos, persiguen la obra que pinto dentro. La obra de un pintor es la suma de todas las derrotas. Es una carrera que no tiene fin. Por otro lado, siento que hoy trabajo cuadros que hace treinta años me hubieran hecho sentir orgulloso.
El grabado y la escultura son géneros que margina en comparación con la pintura. ¿Por qué le resta importancia a sus otras expresiones artísticas?
—Es cuestión de temperamento. Mi vocación es la de pintor, es decir, busco el color, la luz y la sombra en una superficie de dos dimensiones. En el grabado y la escultura no invento nada, solo aprovecho los frutos de mi búsqueda en pintura, del alfabeto de formas que he desarrollado con el tiempo. En la década de 1960 empecé a vislumbrarlo y se ha ido enriqueciendo.
La cultura que más admira del periodo precolombino es la Chancay, que floreció 60 kilómetros al noroeste de la ciudad de Lima en el siglo XIV. ¿Qué valora del arte que produjo esta cultura?
—Es una cultura muy compleja. Creados con técnicas muy elementales, su cerámica y sus tejidos me encantan por ser primitivos, ingenuos y poéticos. En la zona arqueológica de Chancay también hay huacos sin ningún alarde técnico y telas sofisticadísimas de la época Wari. Algunas de estas cosas seguramente me han influido, como lo ha hecho la pintura de Rembrandt.
Siempre ha subrayado su deuda con el español Pablo Picasso y con el mexicano Rufino Tamayo. ¿De qué manera estos importantes pintores influenciaron en su obra?
—Cuando comencé a pintar, a los 18 años, Picasso me abrió las puertas de las conquistas del arte moderno. Tamayo fue más importante para mí por enseñarme que el arte moderno puede expresar, en un lenguaje muy libre, aspectos muy vinculados al sitio de donde proviene, a sus circunstancias. Es el primer pintor que hizo toda esa amalgama de arte moderno y arte precolombino mexicano.
Ha sido muy crítico con el movimiento indigenista. Decía que detrás de un varayoc y vestidos andinos no había nada. Luego afirmó que José Sabogal, su máximo representante, es el fundador de la pintura moderna en el Perú, pues no intenta ser descriptivo. ¿Se reconcilió con este grupo de pintores?
—Fui muy amigo de todos ellos, en especial de José Sabogal. Las afirmaciones que mencionas parecen contrarias, pero no lo son. Es un error pensar que un cuadro sea más peruano por tener motivos andinos. Por otro lado, la irrupción del movimiento indigenista fue muy importante, porque la pintura que se hacía en el Perú era académica, mal copiada de lo que se producía en Europa. El grupo que presidía Sabogal surgió contra eso, con una pintura que no era descriptiva sino que trataba de expresar el sentimiento frente al paisaje peruano, frente al habitante peruano. Que algunos confundieran tema con contenido es otra cosa; pero ellos hicieron una labor muy importante.
Las obras de Gerardo Chávez, Ramiro Llona, Carlos Revilla, Venancio Shinki y las suyas cuestan de 15 mil a 50 mil dólares. ¿Qué opina de estos colegas suyos?
—Todos son muy interesantes y pertenecen a diversas tendencias: surrealistas, neorrománticos, abstractos. Si algo caracteriza a la pintura de fines del siglo XX e inicios del XXI es su eclecticismo, es decir, no hay una corriente que domine. Aunque nuestras obras cuestan teóricamente ese precio, en momentos de crisis no valen nada. No hay quien las compre. Además, vender no tiene nada que ver con la calidad de la pintura. Hay cuadros que se venden a unos precios fabulosos, pero yo no daría ni 100 dólares por ellos. Tener éxito no quiere decir nada. La pintura es un lenguaje complicado que a veces la gente tarda en comprender.
Su padre, el científico polaco Vitold de Szyszlo, sintió una gran desilusión cuando usted abandonó la carrera de Arquitectura por seguir Artes Plásticas, porque pensaba que los pintores eran borrachos con dificultades económicas. Por un momento le dio la razón. Usted reconoce que tuvo una vida desordenada en Lima de 1944 a 1949 y que pasó hambre en París, incluso llegó a deber seis meses en el hotel donde se alojaba. ¿Llegó a pensar su padre que la pintura era lo mejor que había elegido?
—Mi padre murió en 1965, cuando yo ya vivía de mi pintura. Era un polaco muy distante. Creo que se dio cuenta de que yo había encontrado mi camino. Como a todo padre, le preocupaba que tuviera de qué vivir, pero desde 1962 comienzo a vender un poco. La vida desordenada es natural cuando uno tiene 20 años. En todo caso, fue bastante divertido acostarse a las cuatro de la mañana. En mi casa, teníamos el ejemplo de Abraham Valdelomar, hermano de mi madre. Comprendían que yo tuviera una vocación no muy convencional.
Usted es un artista muy identificado con la defensa de la democracia. Sin embargo, apoyó al gobierno del general Juan Velasco Alvarado en algunos aspectos como la Reforma Agraria. ¿Por qué respaldó un régimen dictatorial?
—Lo apoyé porque pensé que esa revolución modernizaría el país, pero inmediatamente me desilusioné. Por otro lado, el gobierno de Velasco Alvarado difundió la cultura de una forma muy populachera. Puso todo el acento en el arte popular, que es maravilloso y me encanta, pero cometió la tontería de mezclar una cosa con la otra. Aseguró que el arte popular sí era del pueblo y el otro era de la élite, cuando ambos son dos mundos apartes.
En 1987 redactó un manifiesto con su amigo Mario Vargas Llosa en contra de la estatización de la banca. Luego fundó el Movimiento Libertad. Sin embargo, la derecha tampoco lo quiere por su ateísmo y ser partidario del aborto. ¿Cómo se define en política?
—Soy un liberal. Pertenezco a eso que el escritor estadounidense Henry David Thoreau llamaba la mayoría de uno. Es decir, soy completamente independiente. Quiero ser moderno en el sentido de que no acepto las supersticiones o las manifestaciones de una manera de pensar obsoletas. Las mujeres tienen el derecho de decidir cuándo tienen un niño. Creo que la democracia —como decía Winston Churchill— es el peor sistema de gobierno, pero no hay uno mejor.


* Publicado como «Una búsqueda infinita», en el diario El Peruano, Lima, 5 de setiembre de 2003, páginas 12-13.

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