9 de enero de 2013

Entrevista a Francisco Lombardi



Entrevista a Francisco Lombardi (2003)*

En las oficinas de la productora Inca Cine todo es movimiento. El entusiasmo es grande por el reciente estreno de Ojos que no ven, duodécimo largometraje de Francisco Lombardi, el más importante director de cine del Perú. Me reuní con él entre tanto ajetreo.
Mis colegas aseguran que eres una persona difícil de entrevistar. Sobre todo por ser parco y reservado, pero también por ser un tanto inaccesible. ¿Has tenido problemas con los periodistas?
—No es eso, sino que con los años cada vez tomo más conciencia de que no tengo cosas interesantes que decir. Para ofrecer conceptos que no aportan mucho, prefiero dar respuestas cortas o evitar un poco a los periodistas. No me interesa la publicidad personal. Solo doy entrevistas cuando estreno una película mía. Decido mantenerme al margen, además, por una cuestión de respeto a mi privacidad.
A algunos directores de cine, como al francés Jean-Luc Godard, de la emblemática revista Cahiers du Cinéma, les fue útil escribir sobre películas. En tus inicios fungiste de crítico. Colaborabas para el diario Correo y para la revista Hablemos de Cine, de 1969 a 1973, pero luego dejaste esa labor. ¿En qué medida te ayudó comentar películas?
—Escribir sobre películas implica un interés por el cine, además de un acercamiento y un consumo continuos. Asimismo, lo obliga a uno a desarrollar conceptos y a entender las películas más allá de lo que puede hacerlo un simple espectador, a reflexionar sobre ellas y a tratar de analizar un poco todos los detalles. No era un consumidor sencillo, sino especializado. En ese sentido, me acercó con mayor rigor al mundo cinematográfico. Eso me dio una disciplina.
Has llevado al cine dos novelas de Mario Vargas Llosa con bastante acogida: La ciudad y los perros, en 1985, y Pantaleón y las visitadoras, en 1999. ¿Es tu autor peruano predilecto? ¿Te gustaría adaptar otra obra suya a la pantalla grande?
—Además de ser mi narrador peruano predilecto, Mario Vargas Llosa ejerció una enorme influencia para mí desde una perspectiva formativa. La lectura de La ciudad y los perros, cuando estaba en el colegio, me permitió descubrir un universo: me despertó la inquietud por la lectura y la escritura. Sin embargo, prefiero crear películas con guiones originales, historias que se nos ocurren a mí y a mi guionista, aunque los proyectos personales, a veces, no logran financiación. La adaptación de una novela, en ese sentido, interesa tal vez más a un productor por ser más comercial.
¿Por qué dejaste de escribir guiones? Muerte al amanecer (1977) lo creaste con el periodista Guillermo Thorndike y Muerte de un magnate (1980) con el también director Augusto Tamayo San Román, pero no continuaste en este oficio. Además eres autor del guion del estupendo cortometraje «Los amigos».
—Aunque no parezca, participo mucho en los guiones. Por lo general, la idea original de la historia es mía, la cual se la comento a mi guionista y empezamos a dar consistencia al texto. Luego hay un seguimiento bastante cercano. Cada dos o tres días Giovanna Pollarolo, mi guionista, me muestra sus textos, discutimos y hacemos algunos cambios. Por otro lado, durante el rodaje, el trabajo con los actores muchas veces me lleva a otros caminos. Sin embargo, no me agrada aparecer como coguionista para no tener una presencia protagónica: es suficiente con que aparezca mi nombre como autor general. Además, una película es el resultado de una colaboración colectiva.
Tus críticos aseguran que las mujeres no destacan en tus filmes, pese a ser protagonistas en Maruja en el infierno (1983) o en Pantaleón y las visitadoras (1999). ¿Consideras que has descuidado este aspecto?
—En realidad, he trabajado poco el universo femenino. Tal vez tenga cierta inhibición en explorar con mayor profundidad en un terreno que es atrayente, sorprendente y —debo confesarlo— desconocido para mí en cierta forma.
Gustavo Bueno es tu actor-fetiche. Participa en varios filmes tuyos: Tinta roja (2000), Caídos del cielo (1990), Ojos que no ven (2002). En especial de militar: es teniente en La ciudad y los perros (1985) y en La boca del lobo (1988) y coronel en Pantaleón y las visitadoras (1999). ¿Cómo describes su participación en tus películas?
—He trabajado mucho con Gustavo Bueno porque es un actor extraordinario. Ha creado grandes personajes. Además, tiene carisma, parece que hubiera sido tocado por una varita mágica. Se comunica de una manera muy particular con la cámara: sus movimientos no pasan inadvertidos. Por otro lado, es muy interesante su transformación: su interpretación del teniente Gamboa, en La ciudad y los perros, es muy diferente a la del doctor Arturo Peñaflor, en Ojos que no ven.
Giovanna Pollarolo es guionista de todos tus filmes a partir de La boca del lobo (1988), excepto de Sin compasión (1994) y Bajo la piel (1996). Con ella compartes el lugar de nacimiento, Tacna, y el origen, ambos tienen ascendencia italiana; pero, además, estuvieron casados algunos años. ¿De qué manera enriquece ella tu trabajo?
—Giovanna y yo nos conocimos a los 20 años. Hemos vivido juntos muchas cosas; además, hemos compartido lecturas y películas. Por otro lado, tenemos un universo de gustos muy parecidos. Su trabajo como guionista ha evolucionado a tal punto que hoy es la mejor en su campo. Nos toleramos durante las tensiones naturales que produce una creación en conjunto. Es, sin duda, mi colaboradora principal. Asimismo, es una gran lectora y una poeta reconocida.
La boca del lobo motivó una reflexión acerca del enfrentamiento al terrorismo. ¿Qué pretendes con Ojos que no ven, tu más reciente filme?
—A Giovanna y a mí nos interesó mucho el tema de los vladivideos desde el inicio. Creíamos que eso expresaba algo más profundo. Por otro lado, me importaba la estructura de las historias múltiples y simultáneas, como en mi película Caídos del cielo. Claro, hay una pretensión de conocer lo que somos y en lo que nos estamos convirtiendo en la sociedad limeña tras los diez años de dictadura.
Hace unos días, la cadena de televisión CNN informó acerca de la presentación del filme para la prensa, en el que daba énfasis a los vladivideos. ¿Te incomoda que se hable más del tema que trata tu película que del universo de ficción que ofrece?
—Me incomoda que se le preste más importancia al tema de los vladivideos, aunque esto era de preverse. En un filme lo más importante es el universo de la ficción. Las coyunturas son transitorias. Espero que Ojos que no ven sea recordada como película, no como una radiografía documental.

* Publicado como «Ojos que sí ven», en el diario El Peruano, Lima, 19 de febrero de 2003, páginas 12-13.

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