9 de enero de 2013

Entrevista a Mario Bellatin



Entrevista a Mario Bellatin (1995)*

De Mujeres de sal (1986) a Efecto invernadero (1992), sin olvidar Canon perpetuo (1993), Mario Bellatin ha ido elaborando una muy personal obra literaria que ha hecho de la novela breve su género predilecto. La reciente publicación de Salón de belleza (1994) motiva el siguiente diálogo.
Después de publicar avances de un libro que originalmente se llamó Black-out, y que luego se tituló Poeta ciego, sacas a luz un cuarto libro completamente diferente. ¿Por qué?
—He aprendido que es mejor no anunciar un libro con mucha anticipación y hablar de él solo cuando esté a punto de ser impreso. De pronto aparece un personaje, o un capítulo adquiere vida propia y, al final, se desliga del texto principal. Cuando terminé Poeta ciego, sentí que algo le faltaba al libro. Me negué a publicarlo hasta estar satisfecho. Lo curioso es que, entre las primeras correcciones, fue surgiendo un largo monólogo que fluía sin dificultad.
El resultado es Salón de belleza. Escribirlo me tardó muy poco: apenas mes y medio. En cambio, mis dos primeros libros me demandaron tres años cada uno, quizá porque son como ejercicios de estilo. Mis otras dos novelas breves fueron escritas de un tirón, porque encontraron rápido su rumbo.
Hay una importante presencia de peceras en tu nuevo libro. ¿Tiene un significado especial?
—Es un relato que tiene un espacio cerrado, algo parecido a La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, o a El lugar sin límites, de Donoso. Me resulta el sitio ideal para simbolizar el mundo. Todo surgió de una situación banal. Frente a mi computadora tenía una pecera en la que observé lo que narro en la novela: unos peces tenían crías y otros morían, asuntos triviales en la historia de la pecera. La vida y la muerte se conjugaban en un lugar tan reducido.
También se incorporaba el tema de la belleza. Una pecera bien mantenida es algo muy hermoso. Puede uno pasarse, como los japoneses, varios minutos contemplando el reflejo de las escamas de las carpas doradas. Pero si sufre descuido, con el agua estancada, una pecera se vuelve un sitio fúnebre y en decadencia. La muerte gobierna el lugar.
Al escribir este libro me atrajo también trabajar en primera persona. En Las mujeres de sal lo intenté dentro de una serie de técnicas. Pero hacer algo absolutamente en primera persona, en un largo monólogo, y meterme en un personaje, era algo nuevo.
Desde tu segundo libro no tratas de ser explicativo en tu narración. En Salón de belleza, por ejemplo, el protagonista está siendo consumido por un mal que no se menciona. ¿Aceptarías que en cierto modo el problema del sida te ha influenciado?
—Como ocurre en mis dos anteriores libros, solo hay influencias hasta cierto punto. Por ejemplo, existe cierta presencia de la vida de César Moro en Efecto invernadero y de mi estadía en Cuba en Canon perpetuo, pero no es algo explícito. Siempre es decirlo y no decirlo.
De igual forma, en mi nuevo libro, no es mi interés tratar el tema del sida. Pienso que por medio de la literatura no se cambia la realidad, por eso trato de emplear el tema como símbolo. Toca a otras personas, como el Ministerio de Salud, enfrentarlo.
Más que el asunto del sida, es la enfermedad, la decadencia, el desgobierno. Puede ser el Perú actual o cualquier otro espacio geográfico. Por eso no digo en ningún momento que el problema que trato es el sida. Es cierto que, por la época en que vivimos, se puede identificar como el tema del aborto. Pero no quiero que se insista en eso. Deseo la ambigüedad y aspiro a mantenerla.
¿No te parece que la manera bastante realista como narra un peluquero homosexual sus experiencias sorprenderá al lector? ¿No crees que es muy llamativo abordar la narración desde ese punto de vista?
—El peluquero homosexual es un personaje completamente literario, por si quieres saber si la novela es autobiográfica. Tampoco soy el sadomasoquista de Las mujeres de sal ni la periodista trastornada de Canon perpetuo. Trato que mi creación sea externa a mi vida. Sin embargo, ingresar a un mundo ajeno a la vida del escritor es un reto. Es como penetrar en el ambiente de un granjero, de una bailarina o de un ejecutivo.
Mientras más alejado esté el escritor de sus experiencias me parece mayor el reto. Uno puede ficcionar más. Hay muchos escritores autobiográficos que escriben grandes novelas, pero mi asunto no va por ahí. Pienso que Kafka es el paradigma opuesto. No conoció nunca Estados Unidos y escribió América. Es el desafío que a mí me interesa, el del creador que se oculta, el del escritor que no da cabida directa a sus experiencias biográficas.
Para escribir esta novela, ¿cómo te has internado en este mundo?, ¿has leído libros sobre el sida?, ¿has entrevistado a gente con sida?
—No tengo sida, si es lo que tratas de averiguar. Sé lo que todo el mundo sabe sobre esta enfermedad. Solo partí de una noticia que encontré en un diario. Allí decía que había un peluquero que recogía enfermos de sida en un barrio marginal de Lima. Esa anécdota me pareció que podía ofrecerme un espacio rico para crear. A partir de ese momento, ingresó mi propia invención.
Pienso que sería una estupidez criticar una novela por lo veraz que esta sea. Podrían hacerme reproches a nivel de lenguaje, estructura o técnica, pero no por lo otro. Intento que mis libros tengan eficacia y coherencia dentro de su universo. Me importa que funcione el libro y no la realidad.
Ahora, lo que alguien me criticó fue el excluir diálogos entre comillas o guiones. Sencillamente no los empleo porque no me hacen falta todavía. Tal vez en futuros libros los utilice. Lo que quiero es llegar a usar elementos estrictamente necesarios para lo que escribo. No tengo nada contra los diálogos. Muchos de mis autores favoritos, entre ellos Hemingway y Carver, utilizan con frecuencia y maestría los diálogos.
Se critica también la falta de un contenido social en tus libros. Te han tachado por practicar una literatura escapista. En tu nueva novela hay una mínima referencia a la época convulsionada del decenio anterior. Es, sobre todo, la historia de un peluquero que agoniza por cierta enfermedad.
—Pienso que lo más social es lo que se hace evidente, tiene así mucha mayor dimensión. Salón de belleza trata de una enfermedad que se expande y ataca a un número considerable de personas. En ella muestro cómo hay gente que no tiene un amparo médico ni un lugar donde morir.
En Canon perpetuo es el atropello del individuo por parte de un sistema totalitario. En Efecto invernadero es la situación del artista en una sociedad hostil. Antonio, protagonista del libro, simboliza al artista desvalido, sea bailarín, poeta o pintor.
Ahora, no sé si todo eso será o no social. Tu pregunta, por otro lado, me hace reflexionar sobre lo que están buscando muchos críticos: el novelista de los años noventa. Es decir, el sociólogo que refiera cómo perdió Vargas Llosa, cómo gobernó Fujimori. Si eso es lo que esperan, están mal acostumbrados. No todo lo que se escriba debe ser así.
Finalmente, ¿por qué crees que se están publicando novelas breves en el país? ¿Tiene que ver con el mercado? ¿Crees que las editoriales locales rechazan las novelas largas por temor a fracasar económicamente?
—Eso es bien curioso. Escribo novelas breves porque me parecen más eficaces para mí; pero creo que todos los géneros son interesantes, menos el aburrido. Nunca me han rechazado una novela ni pedido que la recorte. En contraposición, todavía existe un público que cree que una novela larga es mejor que una corta.
Ese es un espíritu decimonónico y hasta las editoriales caen en él, cuando tratan de engrosar los libros con una tipografía mayor si son breves, porque finalmente se convierten en objeto de mercado. No niego que hay un público que consume novelas largas, tenemos el caso de La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, un libro de más de mil páginas que agotó una edición y tuvo más éxito que su siguiente, Babel, el paraíso, que es una novela breve. Y País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez, es otro ejemplo.
En lo particular, me siento más cómodo escribiendo novelas breves, creo que manejo mejor los recursos en pocas páginas. Pero es cierto que muchos autores están publicando novelas cortas, como observamos en los casos de Óscar Malca, Patricia de Souza, Mirko Lauer, Oswaldo Reynoso o Fernando Ampuero. Habría que hacer un estudio más profundo al respecto.

* Publicado como «Deseo la ambigüedad», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 1 de enero de 1995, páginas 25 y 26.

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