9 de enero de 2013

Entrevista a Miguel Gutiérrez



Entrevista a Miguel Gutiérrez (1994)*

Con La violencia del tiempo (1991), Miguel Gutiérrez aportó a la literatura peruana una de las cinco o seis novelas imprescindibles del siglo XX. Ahora acaba de publicar Babel, el paraíso (1993), otra espléndida novela. Sobre este y otros trabajos trata el siguiente diálogo.
Después de un largo periodo de silencio, usted publica, desde 1991, una novela cada año. ¿Tiene algo en particular esta decisión?
—Ocurre que hacia fines de la década de  1980 tomé una decisión en mi vida: poner en el centro de mis actividades la creación novelística. Es decir, volver a lo que siempre fue mi vocación: ser exclusivamente un narrador. Compromisos adquiridos hicieron que esta tarea principal, esta pasión que viene desde mi adolescencia, tuviera que ser complementada con actividades como la crítica literaria o la docencia.
Su nueva novela, Babel, el paraíso, se basa en su experiencia en China, pero no lo dice explícitamente. ¿Por qué?
—Porque toda novela fundamentalmente es una ficción, una fabulación. Cuando vivía en China, advertí las dimensiones simbólicas de esta experiencia, de esta confluencia de hombres y mujeres, de todas las razas y creencias, con quienes me alojé en el Hotel de la Amistad. Me hizo pensar que si algún día escribía una novela sobre este hecho, sería dentro de una poética diferente a la del realismo. Optaría, más bien, por la poética de la parábola, del símbolo.
Usted dice que está alejado de la poética del realismo. ¿No cree que este es un distanciamiento de los ideales que inspiraron al grupo Narración, al cual perteneció?
—Cuando hablo de la poética del realismo, me refiero a la tradición literaria de Balzac, Flaubert, Tólstoi, Faulkner, etcétera. Tradición que amo, respeto y en la que también me inscribo. Sin embargo, consideré que, para esta vivencia, era mejor otra vertiente. De ahí que hay una serie de abstracciones, que de no haberlas hecho me hubiera perdido en muchos detalles. Estas abstracciones me ofrecían la posibilidad de síntesis. Pero, también, en la novela hay un trasfondo histórico social, que es propio del realismo. Digamos que he utilizado la parábola como manera, pero que en el fondo hay siempre un realismo.
En la novela, el narrador anónimo decide volver a su país porque estaba en desacuerdo con la política practicada después de la muerte del Emperador. ¿Ocurrió lo mismo con usted?
—Fíjese, yo viví en China de 1966 a 1979. Trabajaba en la revista China Reconstruye, donde corregía los textos traducidos del chino para darles un español más legible. Trabajaba ocho horas diarias. Además de ser una ocasión para conocer la experiencia china, me ayudó a tomar una cierta distancia del Perú y a reflexionar sobre lo que haría en adelante.
Pero sí, pienso que China dejó de ser para mí una realidad significativa para la lucha y la esperanza de los pueblos. Observé un proceso de restauración comandado por el señor Deng Xiaoping, del que, dadas mis convicciones, pensé mejor retirarme, abandonar el país. Fue una decisión totalmente personal.
El protagonista parece que se encontrara en un juzgado, situación que recuerda a El proceso de Kafka. Este autor también está presente con otro de sus libros: me refiero a El castillo, por el aspecto geográfico y por la ambientación.
—Sí. Leí a Kafka y siempre lo releo con gran admiración. Sin embargo, en las parábolas de Kafka hay una especie de intemporalidad. En cambio, en Babel, el paraíso hay un trasfondo histórico muy concreto. Obviamente se alude a la China tras  la muerte de Mao. En mi novela,  por otro lado, hasta donde puedo ser consciente de lo que he escrito, hay dos grandes temas: el primero es el de la convivencia y el de la comunicación humana, que creo que es un tema presente  en toda mi obra narrativa. El segundo es el problema del socialismo y el de la historia cuando se manifiesta en grandes acontecimientos, en grandes convulsiones políticas y sociales.
En la novela se trata sobre una congregación libre y armoniosa, que está apartada del poder. ¿Acaso usted está expresando una valoración del afecto y un rechazo a las ideologías políticas?
—Las ideologías son parte de la vida. Pienso que, en las estructuras de nuestra conciencia, un elemento importante es la ideología. Creo que más bien estoy en contra del poder, en contra de las formas del poder. Hay en mi novela —como ha señalado el narrador Augusto Higa— el planteamiento de una moral sobre bases completamente diferentes. Hay, en efecto, un postulado por la libertad de las relaciones humanas. Existe un rechazo a todo lo que oprime, reprime, margine.
Sin embargo, tenga presente que en mi novela no todo está dicho definitivamente. Hay una ambigüedad. Cuando avanzaba en este libro, por otra parte, me di cuenta de que esta narración podría tener una contrapartida. Es decir, un segundo tomo independiente que desmintiera todo lo que ha dicho el narrador del primer volumen. Sería una novela que tendría por título Los servicios secretos y que sería escrita desde el punto de vista de los servicios imperiales de inteligencia. Se diría allí, por ejemplo, que las relaciones homosexuales entre el palestino y el judío fueron tales.
Por otro lado, se sabe que usted tiene un libro de ensayos inédito titulado Celebración de la novela. ¿Trata ahí sobre la sobrevivencia de la novela, como lo ha hecho Carlos Fuentes en su reciente libro Geografía de la novela?
—Creo que es más bien sobre las posibilidades de la novela. Pienso que la novela es un género maravilloso que ofrece muchas posibilidades expresivas y de experimentación. Yo no creo, por ejemplo, en la novela exclusivamente erótica, exclusivamente policial, exclusivamente de aventuras. Sin embargo, dentro de la novela pueden caber todas esas posibilidades.
Cuando un escritor que respeto mucho, como Julio Ramón Ribeyro, dice en una entrevista que la realidad peruana da para una novela negra, me parece que habla con una imaginación un poco modesta. En realidad, el Perú da para novelas de todos los colores y de todas las combinaciones.
Usted en La violencia del tiempo tiene la aspiración de realizar una novela total. ¿Este deseo le fue inspirado por Vargas Llosa, a quien usted admira mucho pese a sus posiciones políticas?
—Creo que Mario Vargas Llosa es un gran novelista y que todos hemos aprendido de él. Pero pienso que la idea de la novela total viene de antes, desde Rabelais, Cervantes, Tolstói, Proust. Y si nosotros tomamos como única novela la Comedia humana de Balzac y la obra de Faulkner, también.
No creo que esta sea exactamente una influencia de Mario Vargas Llosa, no porque no quiera aceptar influencias, sino porque parto de que toda novela, sobre todo las mayores novelas, están siempre en crisis dentro de una tradición, están continuamente reflexionando sobre sus propios alcances, están buscando su identidad permanentemente. Cervantes y Proust, por ejemplo, lo hacen en sus obras. Pienso que la idea de novela total tiene que ver con su estructura. La novela es —como dijo Baudelaire— un género bastardo.
Usted en el primer número de la revista Narración escribió un comentario en que atacaba La Casa Verde. ¿No cree que fue un poco injusto con este libro de Mario Vargas Llosa?
—Sí. Tiene bastante razón. En ese comentario lo atacaba por motivos extraliterarios, ideológicos. Ese artículo, en realidad, es injusto, unilateral. Debí referirme al aspecto de la estructura como composición, que es... A mí, en particular, humanamente, no me gusta la novela, pero como estructura, como composición es verdaderamente deslumbrante. Admiro de Mario Vargas Llosa su entrega absoluta a la escritura, su capacidad de trabajo. Pero, por supuesto, no estoy de acuerdo con sus ideas políticas, con su papel de santón profético del neoliberalismo. Son cosas diferentes.
¿Es cierto que también se arrepiente de algunos juicios emitidos en su libro de ensayos La Generación del 50: un mundo dividido?
—No, de ninguno. Ahora, si alguno de los escritores tratados en el libro sigue otro proceso, no es culpa mía. Mire, con La Generación del 50: un mundo dividido ha ocurrido algo interesante. Es un ensayo que se ha leído como se lee una novela, pues fue un éxito de ventas, un best seller, a pesar del silencio absoluto en los diarios.
¿Por qué se ha leído tanto? En primer lugar, funciona como relato. Un poco que este libro es como una novela en que los personajes son los miembros de la Generación del 50. Por otra parte, hay una reconstrucción de la época. Y también hay otro aspecto importante: si este libro no hubiese sido pensado, meditado a partir de un acontecimiento histórico que estaba conmoviendo la conciencia de los peruanos, pienso que habría sido un libro más.
Otra cosa, por ejemplo, que creían algunos incongruente, es por qué, supuestamente, si soy un tipo progresista ponía a Jorge Eduardo Eielson por encima de Alejandro Romualdo. Se interpretaba que estaba en contra de la poesía social. Simplemente ponía a Eielson de ese modo porque me parecía, como poeta, por su poder con la palabra, por sus imágenes, por su deslumbramiento verbal, más intenso que los demás.
En La Generación del 50: un mundo dividido expresa su admiración a Mao. Concretamente, ¿qué es lo que admira de él?
—Mire, tal vez una de las simpatías que sentí por Mao sea por su calidad de escritor. Admiro sus textos por su poesía y por su profundidad analítica. Me gustan mucho porque fueron escritos, además, con un espíritu muy libre. Él estaba, por ejemplo, en contra de Confucio; pero si, para los efectos de su discurso, necesitaba un pensamiento de Confucio, lo utilizaba. Aparte de ser un gran escritor, Mao fue siempre un hombre de acción, un guerrero. Sin embargo, mi admiración por él fue estrictamente humana, estrictamente secular, lejos del endiosamiento. Creo que el espíritu del marxismo es contrario al endiosamiento de los hombres, creo que debería ser así.
En el libro hay también juicios severos sobre las posiciones políticas de varios autores. ¿Cree usted que su posición ideológica se acentuó con el fallecimiento de sus familiares, asunto que menciona en Babel, el paraíso, pero que no detalla? ¿Esas pérdidas tuvieron que ver con una simpatía hacia determinado grupo radical?
—Indudablemente que escribí este libro de ensayos dentro de determinadas circunstancias. No podía estar ajeno a lo que pasaba en el país. Sin embargo, procuro siempre, cuando escribo, someter mis pasiones al control de la razón. Fíjese, respecto a lo que me pregunta, creo que efectivamente hay juicios severos contra determinados escritores e intelectuales. Pero hago una separación entre la obra intelectual, creativa y su participación como hombres en la política, en la vida cultural, en la vida oficial.
Un caso concreto es el de Ribeyro. En mi libro le dedico un ensayo muy elogioso de muchas páginas a su obra; luego simplemente señalo sus actitudes. Lo que siempre pido es una cierta coherencia; no mucha, porque sé que en el Perú la vida es dura y que se tiene que hacer concesiones para poder sobrevivir. Pero hay coherencias básicas que los escritores debemos tener para vivir con cierto honor.
Entonces, efectivamente, emití juicios severos, incluso contra amigos. Sé que este libro causó muchos resentimientos. Sin embargo, he sido muy cuidadoso en no confundir las actitudes del escritor con la calidad de sus obras. Es decir, evitar que una trayectoria no muy coherente descalifique la obra literaria de un autor.
En Babel, el paraíso, el narrador confiesa que jamás se integró a un grupo hasta que lo logra en la Reservación. Pero, también, hace un rechazo a los grupos políticos. ¿Está acaso justificando el cambio de su posición política?
—No hablaría de cambio político. En mi novela no hay ninguna abjuración. En todo caso, lo que puede haber es una especie de reflexión crítica sobre el socialismo y sobre la convivencia humana. Mi simpatía será siempre por la causa popular. Los partidos, los hombres pueden fallar, pero pienso que las masas y el pueblo tienen una gran capacidad de sobrevivir, de sobreponerse y seguir conquistando paso a paso sus propios derechos.
Por supuesto que uno no puede cerrar los ojos a la experiencia histórica. El Muro de Berlín ya no existe. Se han producido fenómenos ante los cuales uno no puede hacerse el ciego. En mi novela, en este sentido, hay un personaje un poco patético que es Pelayo. Es un anarquista español, simbólicamente tuerto, cuyo discurso sigue siendo el de la Guerra Civil española. Pelayo, porque sus amigos le mienten, cree que Franco sigue vivo. Pero al volver a España, al enterarse de la verdad, se suicida.



Entrevista a Miguel Gutiérrez (1996)*

El reconocido narrador piurano despierta interés con su nuevo libro, Poderes secretos (1995), que trata sobre el mito del cronista Inca Garcilaso de la Vega. En la actualidad escribe novela sobre la violencia de la década de 1980, en que combina el ensayo, el testimonio y la ficción literaria. Confiesa que no aspira a poseer un estilo exclusivo en sus obras.
¿Tuvo presente la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, cuando escribía Poderes secretos, puesto que ambas tratan sobre un texto desaparecido?
—Cuando se publicó El nombre de la rosa, en 1982, quise escribir un ensayo que se iba a titular «La novela que Borges pudo haber escrito», porque en ese libro están todos los temas borgianos. Naturalmente, para Poderes secretos, he tenido presente esa lectura. Así como Umberto Eco tuvo presente a Borges, y Borges tuvo en cuenta a Chesterton cuando escribía. En realidad, siempre escribimos a partir de un libro. Sin embargo, más que las semejanzas, lo importante son las diferencias que existen.
Pasando a otro tema, en una encuesta de la revista Debate, La violencia del tiempo fue considerada  una de las diez mejores novelas peruanas de todos los tiempos. ¿Qué impresión le causó este resultado?
—Si le dijera que sentí indiferencia, caería en la presunción. Lo tomé con cierta complacencia, pero sin mucha importancia porque los gustos cambian cada cierto tiempo. La crítica, la mayoría de veces, ha sido adversa a mi obra, lo que tampoco me molesta. El resultado de la encuesta lo tomé con alegría, aunque con distanciamiento.
Algunos opinan que la versatilidad de estilos es un defecto. Es mejor reconocer a un autor apenas en tres líneas como ocurre con Borges o Bryce. ¿Comparte esta opinión?
—Depende del punto de vista. Es un defecto si el estilo se convierte, como ocurre con Bryce, en retórica. Alfredo —lamento decirlo— siempre emplea los mismos recursos. No sucede lo mismo con Borges. Hay que entender por retórica la imitación de uno mismo. En ese sentido, nunca he aspirado a tener un estilo único. Al contrario, que cada historia me proponga una posibilidad de escrituras.
Sin embargo, hay algunos hilos conductores en la obra conjunta. En su caso, ¿por qué hay una crítica permanente a la historia oficial?
—Puedo tratar sobre diversos temas, pero siempre hay un espíritu único que penetra en todo lo que escribo. Mi historia puede referirse a Garcilaso o a las aventuras de bandoleros; pero siempre late una misma actitud frente a la vida. Creo que es inalterable. Eso tiene que ver con mi manera de ser, con mi manera de actuar y sentir el mundo.
¿De qué manera le sirvió la edición crítica de Comentarios reales, hecha por Carlos Araníbar, para escribir Poderes secretos?
—Leyendo las notas de Araníbar me di cuenta de la relación entre Garcilaso y la Orden de los Jesuitas. Su edición crítica sobre Comentarios reales tiene dos públicos. La versión española moderna que hace es para el público en general y sus notas críticas son para los especialistas. Las reseñas que se escribieron sobre este libro ponían por los cielos a Araníbar: «El gran maestro, el erudito, etcétera». Pero no aludían a lo más importante: a las notas que planteaban una línea distinta de investigación respecto a Garcilaso. Sobre esto los historiadores no han dicho nada. Hasta ahora hay un silencio.
¿Por negligencia o por otro asunto?
—No creo que sea por negligencia. En el fondo existe una logia garcilasista. Parece que los historiadores de diferentes tendencias acordaron: «Bueno, nosotros tenemos diversas opiniones en muchos temas, pero sobre Garcilaso estamos de acuerdo en todo». Es algo tácito.
¿Qué razón motiva a los historiadores tener un consenso sobre Garcilaso?
—Por desgracia, se sienten los pilares de la peruanidad y piensan que si dicen la verdad le harán daño al país. Los historiadores ocultan muchas cosas sobre nuestro pasado.
No daré nombres, pero, en este culto a Garcilaso, participan intelectuales importantes y de todas las tendencias: historiadores, críticos, psicoanalistas, escritores.
¿Piensa escribir alguna vez una novela basada en sus experiencias de la década pasada, que fue tan violenta?
—En realidad, la tengo empezada. Es bastante extensa, pero por ahora no la puedo terminar. En ella trato de combinar tres tipos de discursos diferentes: el ensayo, el testimonio y la ficción. No le puedo hablar mucho sobre este texto por diversas razones. Sobre todo porque estamos todavía muy cercanos a los hechos que tratará este libro. En cierta forma será una especie de historia secreta de La violencia del tiempo. Pienso que necesito un distanciamiento para mirar con mayor objetividad los hechos, para que se cicatricen ciertas heridas, ciertos rencores. El tema que busco es el mal, la perversidad.



Entrevista a Miguel Gutiérrez (2008)*

La segunda edición de El mundo sin Xóchitl (2001, 2008) nos permite conversar con uno de los narradores más importantes del país. Para fortuna de sus lectores, él sigue en constante actividad. Nuevos libros se anuncian.
En su primera novela, El viejo saurio se retira (1969), hay un personaje de la aristocracia piurana que mantiene una relación amorosa con su hermana. Usted asegura, en La novela en dos textos (2001), que el tema del incesto es «constante y recurrente en la historia de la literatura» y agrega que es de difícil ejecución. ¿Qué problemas tuvo para escribir El mundo sin Xóchitl (2001, 2008)?
—Todo el argumento, los personajes, los ambientes, el escenario están diseñados en alguna página de El viejo saurio se retira. Incluso me propuse escribir la novela inmediatamente después, pero no me fue posible. De vez en cuando volvía la historia. Un poco que me sentía incapaz de escribirla. No por razones morales, sino por cuestiones estéticas. No me sentía con los instrumentos para contar esta historia.
Aparte de la tragedia Edipo Rey (hacia 430 a. C.), de Sófocles, ¿qué libros tratan este asunto? ¿Qué títulos tuvo presente?
—Cuando empecé a escribir la novela, releí la Orestíada (458 a. C.), de Esquilo, y novelas de Faulkner. También Sobre héroes y tumbas (1961), de Sabato. Me di cuenta de que el tema del incesto era todo un reto para mí.
En el prólogo de la nueva edición de El mundo sin Xóchitl dice que su cultura operística era muy precaria, pero, asesorado por amantes de la lírica, leyó todo lo que tuvo al alcance durante tres años acerca de este género musical. A algunos autores se les criticó mucho por ambientar sus libros en los Andes, por escribir lo que no conocen en profundidad. ¿No sucede lo mismo aquí?
—No estoy de acuerdo con esa concepción de que el escritor solamente debe escribir sobre el mundito que conoce, sobre su clase social. Yo pertenezco a la pequeña burguesía, pero eso no me impide escribir sobre la aristocracia en decadencia en El mundo sin Xóchitl. El escribir puede ubicar en cualquier escenario sus creaciones. No creo que solo los andinos deben escribir sobre Ayacucho, por ejemplo. Si tenemos que hacer una objeción crítica a Abril rojo (2006), de Santiago Roncagliolo, no es porque haya ubicado o porque desconozca el mundo andino, porque finalmente no se propuso eso. Las observaciones son por el tejido narrativo.
Hay un aspecto que llama la atención en su biografía: ¿por qué existe un silencio creativo de El viejo saurio se retira (1969) a Hombres de caminos (1988)? En total, 19 años.
—Un silencio editorial digamos porque no dejé de escribir, pero indudablemente en un momento determinado, durante 10 o 15 años, no puse en el centro de mi vida la carrera creativa. Acepté otros compromisos, los cuales requerían también una entrega absoluta. Ya se sabe, uno no puede servir a dos amos. Me di cuenta luego de que las tareas que hacía las podían hacer otras gentes con más talento. Me dedicaba, por necesidad, a hacer crítica. Me hice crítico porque vi un vacío. Pero después me di cuenta de que esa labor la podía hacer gente más capaz. En cambio, las historias que me venían a la mente solo yo podía escribirlas. No porque vayan a ser grandes obras, sino porque yo podía contarlas.
En su libro de ensayos La Generación del 50: un mundo dividido (1988), usted ensalza a Jorge Eduardo Eielson, autor de poemas intimistas, por encima de Alejandro Romualdo, recientemente fallecido. Se interpretó que usted estaba en contra de la poesía social. Se dijo que un escritor progresista no debía tener esa posición. ¿Qué opina de estos comentarios?
—Son tonterías. Además, le rindo homenaje a Romualdo en el mismo libro. Por ejemplo, cuando yo cuento que llegó Romualdo con una delegación de poetas de Lima —entre ellos Carlos Germán Belli, Francisco Bendezú y otros—, y yo asistí al teatro Variedades, de Piura. Me impresionó muchísimo el poema «Dios material». Considero que Romualdo es un buen poeta, pero —para mi sensibilidad— Eielson me resulta mejor. Tiene más amplio registro, su aparato retórico es mucho más rico. Además, ha cultivado otros géneros, como la novela. Eso no tiene nada que ver para que digan que estoy en contra de la poesía social; pero si me dieran a escoger entre Vallejo y Eielson, sin duda elegiría a Vallejo.
La Editorial San Marcos anunció un ambicioso conjunto de ensayos suyos. Se publicó la primera serie de cinco títulos: Borges, Kafka, Faulkner, Ribeyro y autores de los Andes. ¿Qué sucedió con la segunda parte, con los trabajos suyos acerca de Joyce, Hemingway, Onetti, Zavaleta, Reynoso?
—En cierta forma, esos trabajos se han incorporado en mi libro El pacto con el diablo (2007). Por ejemplo, sobre Onetti se interpusieron otras tareas para sobrevivir. Por otra parte, me di cuenta de que esa labor competía con mi labor creativa.
En el capítulo I, en la sección «Una familia extinguida», de su novela La violencia del tiempo (1991) cuando se habla de Miguel Grau, el mayor héroe nacional, hay un espacio en blanco censurado. ¿Por qué mutiló su propio texto?
—No mutilé mi propio texto. El editor Carlos Milla Batres, dadas las condiciones en que vivía el país entonces y era extranjero, me llamó. «Miguel, si yo publico esto me ponen una bomba. Además, yo soy de El Salvador. Me botan del Perú». Quizá exageraba. Quiso que reescribiera ese párrafo. Me negué y le dije que, en todo caso, lo dejara en blanco. Algún día, si se publica una edición crítica, se restituirá el párrafo. No me parecía tan terrible. Había una visión desmitificadora de Grau, sobre todo de su familia.
Algo de eso ha contado Guillermo Thorndike en su voluminosa biografía sobre Grau. Que la madre tuvo hijos con padres distintos.
—Claro, claro, pero han tenido que pasar muchos años para decirlo. En ese momento la Marina tenía otra fama. De las tres armas, la Marina ha sido la más cruel, la más violenta, la más sangrienta. Me pareció legítimo el temor de ese amigo. No podía exponerlo a una agresión. Al final, decidimos que quedara en blanco. Quedó como testimonio de la época.
En Celebración de la novela (1996), hay un «autorreportaje» porque —según dice usted— tiene una cierta insatisfacción general con las entrevistas que ha concedido. ¿Qué le reprocha a los periodistas peruanos?
—No les reprocho nada. Ellos hacen su trabajo y, en general, me han tratado bien. Aunque, claro, no se trata de que te traten bien o te traten mal. Lo que pasa es que en una entrevista, por razones de espacio o por «levantar la noticia», problemas que son para mí más importantes, como la concepción propiamente literaria, no son desarrollados. Me quedo insatisfecho conmigo mismo. Se fijan en cosas secundarias, para mí.
Iván Thays dice que lo invitó a usted a su ya desaparecido programa de televisión, pero que se negó a ir. En otro momento, él dijo que lo primero que le preguntaría sería acerca de sus ideas sobre Sendero Luminoso.
—Mire, no quiero andar en dimes y diretes con ese sujeto. Eso de que me ha invitado es mentira... No quiero que crea que quiero evadir la segunda parte de su inquietud, como si él me va a poner contra la espada y la pared. Es una estupidez. Dentro de pocos días debe aparecer la segunda edición de La Generación del 50: un mundo dividido, en la Arteidea Editores. En el prólogo están mis ideas claras acerca de aquello.
Esencialmente usted ha desarrollado el ensayo y la novela. ¿Hay otros géneros que cultiva y que no han visto la luz?
—No. No tengo ninguna sensibilidad para la poesía. Intenté llevar un diario, pero no pude. Me sentí falso. Lo que estoy trabajando ahora es una novela titulada Confesiones de Tamara Fiol. Espero que salga este año. Aún no sé en qué sello editorial. Es la historia de un cronista de guerra que reside en Nueva York que se interesa por lo que está pasando en el Perú. Publica un reportaje sobre las senderistas, pero queda insatisfecho, pues considera que no ha llegado a la intimidad de estos personajes. Ahí conoce a Tamara Fiol, quien estaba muy ligada a las luchas populares.

* Publicado como «Estoy contra el poder», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 23 de enero de 1994, páginas 29 y 30.
* Publicado como «Miguel Gutiérrez en busca del mal», en la sección C, del diario El Sol, Lima, 1 de abril de 1996, página 3.
* Publicado como «El tema del incesto, todo un reto», en el suplemento «Semana», del diario La Primera, Lima, 8 de junio de 2008, páginas 4-5.

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