9 de enero de 2013

Entrevista a Pablo Macera



Entrevista a Pablo Macera (2009)*

En la siguiente entrevista, el reconocido historiador Pablo Macera (Huacho, 1929) reflexiona acerca de su trayectoria, sus célebres libros y su reciente publicación: Trincheras y fronteras del arte popular peruano (2009). 
Lo encuentro en la sede del Instituto Seminario de Historia Rural Andina (Ishra), de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que fundó en 1966En los jardines de esta casona virreinal de madera, adobe y quincha, ubicada a la espalda del Congreso de la República, nos sentamos para el diálogo pactado.
Doctor Macera, usted ingresó en 1946 a la Universidad de San Marcos, pero recién 14 años después se graduó de bachiller. ¿Por qué fue un estudiante irregular, un estudiante eterno? ¿Qué dificultades tuvo para estudiar?
—Personales y familiares, además psicológicas, sin dejar de ser también económicas. Por eso, tengo una cierta prudencia y no tengo ninguna autoridad ni derecho para cuestionar a los llamados estudiantes eternos.
En su diario íntimo, La tentación del fracaso (1992-1994), Julio Ramón Ribeyro anota que el 30 de julio de 1961 hubo una reunión en su departamento de París, pero usted se retiró temprano diciendo que «no podía tolerar que esa música —mambos, merengues, etcétera— inventada por los esclavos fuera ahora aceptada y bailada por los señores». ¿Siente rechazo aún por este tipo de expresión popular?
—(Risas). No, además tampoco la sentía entonces. Era únicamente una broma, una forma de disimular la reacción..., una opinión reaccionaria. No era mi opinión ni la de Ribeyro, sino una caricatura de la opinión correspondiente.
Sus estudios iniciales se centran en la historia económica del país. Producto de ello quedan varios libros, como Bosquejo de la historia económica del Perú (1970). ¿A qué conclusiones llegó con estas investigaciones?
—La sensación de un fracaso reiterado de los proyectos históricos, económicos y sociales del Perú. Ninguno de esos proyectos cuajó y algunos de esos fracasos, como el del guano y el del salitre, con la Guerra con Chile, todavía de algún modo perduran en la historia actual.
Usted organizó el Seminario de Historia Rural Andina en 1966, cuya dirección regentó durante muchos años. ¿Cuáles son los logros en casi nueve lustros?
—Por desgracia, no conseguimos el apoyo que necesitábamos para que hubiera generaciones nuevas adiestrándose en la investigación. No por mala voluntad de las autoridades sanmarquinas, sino por limitaciones presupuestales terribles. Sin embargo, hemos podido reunir a un grupo de estudiosos importantes que han abierto muchos caminos. Cada uno sigue su ruta.
Usted dijo en 1977: «El Perú es un burdel». Por esta declaración se le amenazó con llevarlo a la cárcel acusado de traición a la patria. ¿Qué recuerda de este hecho?
—Muy poco en verdad, porque envié esa frase en nota a un periódico, y ese mismo día salí de viaje fuera y no regresé al Perú sino un año después. Sé que esa frase, que hoy no repetiría, generó un gran bullicio. Me parece que fue un exabrupto, no lo pude percibir.
¿Qué idea del país tiene ahora, en todo caso?
—Somos un país muy peligroso. Vivimos una situación de extremo peligro interno y externo. Aquí puede ocurrir cualquier cosa muy negativa en ambos escenarios.
Con Raúl Porras Barrenechea y Jorge Basadre, usted es uno de los historiadores más destacados del país. Usted tiene un libro de conversaciones con este último, publicado en 1974. ¿Cuáles son los aportes de esta obra?
—Fue, sobre todo, una oportunidad que, generosamente, ofreció Basadre para reflexionar en forma paralela y con total independencia acerca de problemas que son preocupación de todos en el Perú. La intención que tuvo él, que coincidió con la mía, era que cada uno se pronunciara y analizara sobre temas de interés común a diversas generaciones.
¿Diría usted que Visión histórica del Perú, de 1978, es su obra más valiosa? ¿Qué idea tiene ahora, tres décadas después, acerca de este libro que analiza la historia del país desde el Paleolítico hasta el proceso de 1964?
—En primer lugar, eso nunca fue pensado por mí ni por el editor como un libro. A mí me sorprendió mucho. Lo que me solicitó el editor Carlos Milla Batres fue un artículo para un diccionario. Entonces me encontraba fuera del Perú. Carlos me comunicó que había decidido presentarlo como libro. Le expresé mis reparos, pues no me parecía un texto definitivo y necesitaba muchas ampliaciones. Él insistió y se publicó mi texto acompañado de fotografías con unas leyendas de las que no soy autor.
Sus preocupaciones posteriores se centran en el arte popular, fruto de esta investigación son libros como el recientemente editado Trincheras y fronteras del arte popular peruano (2009). ¿Cómo se interesó en este tema?
—Desde muy joven, como muchos otros, frecuenté las ferias de arte popular en Lima. Así, pude conocer las maravillosas colecciones que tuvieron Elvira de Luza y Celia Bustamante. A través de ellas y de estas colecciones, tomé contacto con todo el registro insuperable del cual he podido conseguir algunos ejemplos y algunos estudios.
José María Arguedas y Arturo Jiménez Borja estudiaron también el arte popular. ¿Qué les debemos a estos investigadores?
—Creo que menos a José María Arguedas y más a Arturo Jiménez Borja, cuya colección fue una de las más grandes de arte popular. Felizmente se salvó gracias a que la compró la Universidad Católica, que además adquirió la colección de Elvira de Luza. Me parece que aunque Jiménez Borja hizo estudios y publicó algunos trabajos sobre el arte burilado, los tejidos populares, etcétera, su principal contribución es la colección misma, como también ocurre con Elvira de Luza.
¿Añadiría usted algunos otros nombres que estudiaron o estudian el arte popular?
—Aunque no hayan publicado, hay que mencionar a los que tuvieron el coraje de reunir colecciones de arte popular, como Constante Larco, Enrique Camino Brent. Hoy en día tenemos a Mary Solari y Jaime Liébana.
Muchas de las expresiones andinas tienen una visión de restituir el Imperio incaico. En treinta años de estudios acerca del arte popular, ¿cómo ha cambiado esta imagen? ¿Acaso la occidentalización la ha disminuido? ¿Desapareció el sueño mesiánico?
—Reconstituir el Imperio incaico no es precisamente uno de los objetivos de ciertos grupos sociales. Hay una reivindicación de lo que las comunidades andinas sienten como propio. Una reivindicación que puede tener o no una expresión política, pero, antes que una expresión política, es una expresión social muy profunda para conseguir que sean respetadas sus normas de vivir. Esto se expresa en los retablos y, sobre todo, en los tejidos, donde creo se encuentra el refugio principal de la cultura andina.
Joaquín López Antay modernizó el retablo con nuevos temas. ¿Este es el camino que le espera al arte popular para renovarse?
—No necesariamente. López Antay fue impulsado a ese cambio por Alicia Bustamante, quien le pidió que, además de los cajones sanmarcos dedicados a los ganaderos, pintara escenas costumbristas con toques modernos. López Antay accedió y tuvo gran éxito.
¿Qué opina de la producción en serie? ¿Cuánto pierde el arte popular cuando se comercializa así? ¿Dónde quedan las motivaciones subjetivas?
—Hay que aceptar las producciones en serie, porque es inevitable para los efectos de una comercialización moderna. Sin embargo, debemos buscar un método de refugio para que el arte tradicional no desaparezca en este mar de comercialización moderna.
Usted dedica ensayos al arte amazónico, que no es muy valorado por muchos por sus elementos básicos. ¿Hasta qué punto es positiva la penetración occidental en el arte de esta región?
—Todavía no hay una penetración en profundidad, pero lo peor puede venir en el curso de los próximos veinte o treinta años si hay una modernización acelerada con la presencia de núcleos de acción moderna y capitalista. Por ello, pienso que debería desarrollarse un programa muy específico acerca de los cuarenta o cincuenta grupos nativos que hay en la Amazonía para rescatar expresiones artísticas. No es imposible.
El antropólogo Stefano Varese, en La sal de los cerros (1968-2006), propone la intangibilidad de la cultura amazónica. ¿Qué opina al respecto?
—Ninguna cultura es intangible. Todas las culturas cambian. No se puede, por decreto, imponer o prohibir los influjos y las presiones. Lo que debemos hacer es fortalecer los núcleos básicos para que ellos, a partir de esos núcleos básicos, efectúen la selección de lo que viene de afuera.
El año pasado usted publicó un libro acerca de Juan Santos Atahualpa. ¿Cuáles son sus preocupaciones de investigación en la actualidad?
—Sigo trabajando con los asháninkas.
¿Qué comentario le suscita la revuelta de Bagua, ocurrida en junio, cuyo enfrentamiento dejó 33 personas fallecidas (23 policías y 10 nativos)?
—Me parece que no solo el gobierno actual, sino el Estado peruano no ha sabido definir cualquier tipo de modelo que pretende para la Amazonía y de qué modo pueden conciliar intereses. En estos momentos parecen como opuestos las comunidades indígenas, por un lado, y los sectores modernos o industriales y capitalistas, por el otro. Tiene que hacerse de todas maneras un modelo de concertación. No hay que impedir la modernización en la Amazonía, debemos buscar la forma que no sea una destrucción de lo tradicional amazónico.
¿Considera todavía que la democracia es la gran mentira del siglo XX?
—Si la democracia fuera efectivamente practicada, sería el mejor gobierno, régimen o sistema, pero no existe la práctica democrática. En ninguno de los países que se llaman democráticos podemos encontrar democracia.
Sin embargo, usted participó en elecciones democráticas en el año 2000.
—Sí, pero son elecciones democráticas en cierta medida. ¿Cómo podría decirle? Son incompletas, porque las oportunidades de ser elegidos siguen reservadas para un sector, más allá de que se consiga o no una comunicación efectiva con los electores.
¿Considera usted que su visión crítica ha variado durante el tiempo?
—Sobre los problemas básicos no.
Usted fue muy crítico con los gobiernos hasta que fue elegido congresista en 2000 por el partido Perú 2000, del entonces cuestionado Alberto Fujimori. Postuló después a la primera vicepresidencia en 2001 en el partido Solución Popular, del economista liberal Carlos Boloña. ¿Por qué continuó dando su apoyo al expresidente Fujimori?
Prefiero no contestar esa pregunta.
En su columna, el periodista César Hildebrandt declaró que la mayor parte de los viejos intelectuales «envidia a Pablo Macera, que se cansó de ser honesto y bailó para Fujimori mientras tramaba la pensión de cesantía del Decreto Ley 20530 (10.300 soles que se lleva cada mes por haber estado sesenta días en el Congreso)». ¿Qué opinión le sugiere esta declaración?
—No quiero ninguna pregunta política, o sea, tiene que ser referido exclusivamente al libro Trincheras y fronteras. En eso quedamos.
¿Se arrepiente de esta conducta?
(Se pone de pie y se marcha sin despedirse).


* Inédito.

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