1 de agosto de 2013

Los correctores de estilo

Hombres de mazmorras*




«Oye, Pescadito, no te olvides de poner la leyenda», rezaba un texto al lado de la foto de portada de un diario ya desaparecido. En otro periódico importante se leía en letras grandes: «Falta titular». Descuidos de este tipo hay muchos en la edición de textos. Para subsanar estos traspiés, existen los correctores.
En Los últimos días de La Prensa (1996), de Jaime Bayly, novela que cuenta la decadencia de un diario limeño, se reproduce un titular: «Presidente Reagan salió de la clínica apoyado en dos mulatas». ¡Eran «dos muletas» y no «dos mulatas»!
La informática ayuda mucho: cuando digitamos mal alguna palabra la computadora lo repara o lo subraya. Sin embargo, a veces, empeora el asunto. Por ejemplo, si escribo mi apellido, la máquina lo transforma en «Coahuila».
Por lo general, los correctores son egresados de Literatura, Lingüística y Periodismo, pero hay estupendos profesionales en este oficio que estudiaron Educación, Historia, etcétera. Algunos son autodidactos. Total, nadie tiene título de corrector expedido por una universidad, al menos en el Perú. Pero, de seguro, esta situación cambiará. Hace mucho tiempo es necesaria una escuela de Corrección.
Mi amigo el profesor César Ferreira me comentó que una vez le llegó una invitación que decía: «No es grato invitarlo a usted a la inauguración...». Evidentemente se trataba de un error: «Nos es grato invitarlo...».
Un colega corrector me enumeró, en cierta ocasión, para quiénes había trabajado. Mi sorpresa fue mayúscula: citó a algunos renombrados periodistas, investigadores y novelistas a quienes —según infidencia de mi colega— tuvo que «reescribirles» párrafos enteros. «Los hago famosos dijo con cierto orgullo—, y a veces obtienen reconocidos premios». Agrega que así como existen los «negros literarios», aquellos que le escriben un libro a una persona de prestigio, los correctores estamos también para hacer el trabajo «oscuro». Hay que subrayar que algunos autores tienen brillantes ideas, pero no saben expresarlas con forma adecuada.
«Aquí te tengo un libro de 300 páginas. Lo necesito de aquí a tres días», dicen algunos como si corregir fuese lo mismo que comprar pan. Es cierto que un diario se arma en pocas horas, pero ahí existe —al menos así debe ser— un pelotón de correctores. A veces el 25 por ciento de la edición del periódico cambia a pocas horas del cierre, debido a un acontecimiento importante (terremoto con cientos de muertos, golpe de Estado, obtención de un campeonato internacional). En ese caso, el trabajo anterior se va al tacho.
En el cuento «García Márquez y yo» (1994), del libro Muñequita linda (2000), de Jorge Ninapayta de la Rosa, texto que mereció el Premio El Cuento de las 1.000 Palabras, el narrador señala: «La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste. En este trabajo hay que dominar no solo la ortografía, la gramática, la sinonimia, también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces, incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir».
Los correctores consultan la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005) y el Diccionario de la lengua española (2014), libros elaborados por la Real Academia Española, disponibles también en versión digital (www.rae.es). No solo hace falta eso, sino también una cultura respetable.

Por ejemplo, en apellidos y nombres no hay regla que valga, solo el conocimiento. Hay que saber que el autor de la comedia Tartufo (Tartuffe, 1664) se escribe «Molière» y no «Moliere». Que el indígena Felipe Guaman Poma de Ayala escribió Nueva corónica y buen gobierno (1615) y no Nueva crónica y buen gobierno. ¿Quién dirigió Sonrisas y lágrimas? ¿Quién hizo lo propio con La novicia rebelde? Se trata del mismo filme: The Sound of Music (1965), del estadounidense Robert Wise. Sucede que en España y América Latina lo titularon así, respectivamente. 

Lo indignante es llamarle la atención al corrector por aspectos que no son erróneos. Por ejemplo, quejarse por «eliminar» una «s» a la locución latina «statu quo». Algunos creen que es «status quo». Además, lo escriben en cursivas. Antes hay que revisar el diccionario, por favor, antes de quejarse. Otros piensan que «ONG», organización no gubernamental, en plural se escribe «ONGs». Se equivocan: es invariable. Se dice «las ONG» y no «las ONGs». Podemos enumerar muchos más casos hasta el agotamiento.
Tampoco seamos talibanes. Hay que hacer concesiones. La Academia prefiere el horrible «güisqui» o «huaiño» a «whisky» o «huaino». Llamamos al delicioso guiso hecho con trozos pequeños de panza de res o de carnero «cau cau» y no «caucáu».
Muchos diagramadores se quejan de la cantidad de cambios de los correctores que deben insertar. Claro, no entienden que casi todos los textos son perfectibles y que hasta al mejor cazador se le escapa la liebre. Por ello, aquel refrán que reza: «No hay cuartel sin ratas ni libro sin erratas». En fin, son pocos los diseñadores cuidadosos, y más escasos aun quienes tienen buena ortografía.
En Valdelomar o la belle époque (1969), Luis Alberto Sánchez refiere que Abraham Valdelomar se enfadó tanto por la cantidad de erratas que había en su segundo libro, el ensayo Belmonte, el trágico (1918), que guillotinó todos los ejemplares antes de salir al mercado. Días después apareció una edición «oficial». Lujo que pocos pueden darse.
El prestigio de un autor se juega también en el cuidado de edición. El sabio mexicano Alfonso Reyes, en su texto «Escritores e impresores», del libro La experiencia literaria (1942), cuenta que la aparición de su poemario Huellas (1922) tenía tal cantidad de descuidos que lo puso en cama. El narrador peruano Ventura García Calderón aprovechó la ocasión para escribir con ironía: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañadas de algunos versos».

2006




* Publicado como «Aquí falta título», en el suplemento «El Dominical», del diario El Comercio, Lima, 16 de abril de 2006, página 6.

No hay comentarios.: