1 de agosto de 2013

Crónica: Iquitos

En el inquietante océano verde*




Suelo viajar por avión sin temor, pero la vez que lo hice a Iquitos me entró pánico. Mi recelo aumentó debido a los gritos desesperados de una señora a mi lado, quien, con un rosario, gemía: «Ay, Diosito, se va a caer». La turbulencia, que nos impidió aterrizar por varios minutos, me produjo también escalofríos. Solo di un gran suspiro cuando llegamos al aeropuerto Francisco Secada Vignetta.
Fui invitado por el entusiasta Jaime Vásquez, director del centro cultural Tierra Nueva, institución empeñada en revertir la pobreza cultural de la ciudad más importante de la selva peruana. Gracias a su auspicio, una veintena de autores de la región por fin ha publicado sus libros y una decena de intelectuales limeños hemos viajado a la capital de Loreto para exponer nuestros trabajos.
Cuando le comenté a mi amigo el periodista Valentín Cabrera que presentaría en Iquitos mi libro Entrevistas escogidas a Mario Vargas Llosa, me preguntó: «¿Quién te lo va a presentar? ¿Un mono?». Exagera, claro, aunque es cierto que la actividad literaria allá es escasa. Una muestra es que en toda la ciudad no existe una sola librería respetable. Solo hay locales donde se expenden artículos de oficina o para escolares. Esta alarmante situación se traslada a otras artes. Las salas de cine del lugar, por ejemplo, solo ofrecen filmes comerciales. Hay que prender una vela para que un blockbuster coincida con una película de calidad.
Mientras me acercaba a la ciudad, desde la ventanilla del avión, poco antes de aterrizar, me atrajo poderosamente contemplar el caudaloso Amazonas en medio de la inmensa selva. Por eso, después de instalarme en el hotel, salí a dar un paseo en el malecón Tarapacá, a una cuadra de la Plaza de Armas, para observar el río Itaya, afluente del Amazonas. Fue hermoso pasar aquella tarde, ver ocultarse el sol en el bosque infinito. En esas circunstancias, una idea me golpeaba la cabeza: los peruanos nos sentimos orgullosos de que este imponente río nazca en nuestros Andes, pero no aprovechamos su enorme potencial.
Acerca del nombre del río existe división de opiniones. Para algunos, procede de la creencia de que en la región habitaban feroces guerreras, como en la mitología griega. Para otros, deriva del vocablo indígena amassona, que significa «barco destruido». También sobre su longitud hay discrepancias. Ciertos investigadores aseguran que el Nilo posee 6.695 kilómetros y el Amazonas, 6.275. Otros que el río africano alcanza 6.667 y el sudamericano, 6.762. Un mar de controversias.

Existe, asimismo, la idea de que en Iquitos los zancudos acechan. Nada más falso. También se cree que las loretanas son lujuriosas. En las calles limeñas uno recibe a veces volantes de prostíbulos con el rótulo de «Charapitas ardientes» como si prometieran el paraíso sexual. Es un prejuicio debido a que las iquiteñas visten con breves trajes por el clima tropical. ¿Existe prostitución en esa ciudad amazónica? Claro que sí, como en cualquier lugar.
Este mito, sin duda, fue alimentado por la novela Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, llevada al cine por Francisco Lombardi con igual título en 1999. En la obra, el protagonista apenas llega al hotel desata su libido con su esposa. Tiene el encargo secreto de frenar el ímpetu de las tropas con prostitutas contratadas en secreto por el Ejército, pues las violaciones de los soldados a las jóvenes del lugar se multiplican. El colmo fue sorprender a un cabo haciendo vida marital con una mona. ¿La humedad tibia, el clima tropical y la exuberancia de la naturaleza elevan el apetito sexual? «Soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca», afirma un importante militar en el libro.
Al llegar la noche, quise conocer el complejo deportivo del Colegio Nacional de Iquitos, donde cada fin de semana el conjunto de tecnocumbia Explosión ofrece animadísimos conciertos hasta las cuatro de la madrugada. Así, me confundí entre la multitud, que, llena de alegría, entonaba canciones que jamás había escuchado en Lima. Grupos de jóvenes formaban círculos en torno a una caja de cerveza, levantando sus vasos, gastando bromas o ensayando algunos pasos. Me acerqué a la primera fila para observar a bellas muchachas desplazarse, exageradamente maquilladas, en tangas y largas botas, en sensuales bailes arriba del estrado. Por ahí me percaté de la presencia de algunos turistas extranjeros, aunque ellos frecuentan más la discoteca más prestigiosa: el Noa.
A la mañana siguiente, en un motocarro (en Iquitos medio mundo se moviliza en este vehículo), partí al embarcadero, a un cuarto de hora de la Plaza de Armas. En el camino, descubrí que no existe calle donde no encuentre una palmera. Con una lancha alquilada, recorrí el río Nanay. Así, observé algunos caseríos como el de los boras. Algunas de sus mujeres, desnudas de la cintura para arriba, pedían con gestos que las visitáramos. Sin duda, muchos indígenas viven con tal atraso que se encuentran en la prehistoria. Tan penoso como eso fue ver barcas conducir lentamente cientos de maderas atadas en dirección a los aserraderos. ¿Y las pirañas? «Solo atacan ante la presencia de sangre», me explicaron. Por otro lado, la única anaconda que pude apreciar se hallaba, por fortuna, disecada en el Museo Municipal. Medía 8 metros.
A propósito de alimentos: aunque los platos loretanos nunca me atraparon, puedo recomendar la cecina, carne delgada, salada y seca al sol, que muchos acompañan con tacacho, elaborado con plátano. Una muestra de la abundancia de este fruto es su bajo precio. El pollo a la brasa con plátano, por ejemplo, cuesta cuatro soles y medio. En cambio, con papas fritas vale un sol más. En Belén, curioso barrio constituido por casas de madera sobre el Amazonas, vi que un racimo lo vendían a sol y medio.
La humilde condición de este lugar contrasta con lo que se vivió en la época del caucho (1880-1914), del que aún quedan testimonios arquitectónicos, como la Casa de Fierro. Se dice que este edificio ubicado en la Plaza de Armas fue diseñado por el famoso ingeniero francés Gustave Eiffel, el mismo creador del mayor símbolo parisino. Sin embargo, la construcción más hermosa de aquella época es el antiguo Hotel Palace, de tres pisos, con balcones, adornado en su fachada con azulejos sevillanos. En 1905, durante esa época dorada, la mitad de la población de Iquitos, entonces de diez mil habitantes, era del Viejo Continente, atraída por el exitoso comercio del látex. Aunque muchos de los inversionistas engrosaron sus fortunas, miles de indígenas fallecieron tras arrastrar vidas de esclavos, condiciones infrahumanas, sin la protección del Estado.

La marginación que sufren los loretanos hoy se evidencia hasta en su modo de hablar. Recuerdo que en la universidad una guapa amiga rechazó a un muchacho solo por su dejo charapa. Una estupidez. Pienso como muchos que uno de los factores del atraso económico de esta región es la falta de carreteras que comuniquen Iquitos con otras ciudades. Aparte de la vía aérea, la otra forma de llegar a la capital amazónica es por transporte fluvial, aunque no es tan sencillo: navegar desde el puerto La Hoyada, Pucallpa, uno se tarda cuatro días.
Terminada la visita, camino al aeropuerto, se desató una lluvia torrencial. Empapado, desde el avión, todo se veía oscuro. La selva se aprestaba a dormir.

2005




* Publicado como «En el inquietante océano verde», en el diario Pro & Contra, Iquitos, 22 de abril de 2005, página 8.

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