1 de agosto de 2013

Crónica: leer en un microbús

Los lectores tenaces*

  

Leer mientras se viaja es un triunfo, una hazaña. Me refiero, obviamente, a un viaje en microbús. Pues los otros, aéreos o interprovinciales, no son realmente campos de batalla.
Los héroes son pocos, es cierto. Es claro, también, que la mayoría prefiere un diario antes que un libro, sea de literatura, historia o filosofía.
El escritor argentino Jorge Luis Borges lamentaba esta costumbre: «No vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer». Pensaba que bastaría, en lugar de diarios, con un periódico bimestral. «No todos los días suceden hechos sensacionales —agregaba—. En la época grecolatina se leían libros y no se perdía el tiempo en tonterías. ¿Quién juzga un telegrama de la agencia Reuters superior a un Diálogo de Platón?».

Molestias
¿Qué interrumpe con más frecuencia a un lector viajero? El ruido del motor del microbús en el que se viaja no tiene gran importancia. Tampoco los desaforados gritos del cobrador: «Plaza Unión, plaza Dos de Mayo, toda Alfonso Ugarte...». El lector se acostumbra a este fastidio permanente.
En cambio, las molestias inesperadas sí desvían la atención. Como accidentes de tránsito, desperfectos del microbús o infaltables discusiones de pasajeros.
La agresión no acaba ahí. Niños harapientos palmean al tenaz lector para pedir limosna, luego de desentonar en valses, cumbias o chichas. «Ya, pues, tío, una propinita».
Pero no olvidemos a los auténticos vendedores ambulantes. «A ver, hermanito, colabora conmigo, cómprame unos caramelitos. Bríndame tu apoyo; hoy por mí, mañana por ti...».

Privilegiados
Cuando se trata de conmover, los mutilados o enfermos son los más «favorecidos». Hasta se diría que se ganan la vida mostrando sus heridas o cicatrices en público.
Tan pronto baja uno, sube otro. Esta vez un tipo introduce un clavo a una de sus fosas nasales, lo extrae y lo muestra en señal de triunfo, para luego volverlo a introducir.
Después se marcha, tras obtener un relativo éxito en la venta de sus chocolates y tras causar algunos amagos de infarto y respiraciones agitadas entre los pasajeros. En tanto, uno continúa lidiando para mantener su lectura.
Puede ser una suerte viajar sentado, pero a veces no lo es. Un sujeto ebrio puede estropearlo todo. Es insoportable la vecindad de un tipo babeante que se apoya en el hombro de uno para dormir o, en el peor de los casos, que le busca a uno conversación violentamente.
Los bebés, aun cargados por sus madres, crean otra serie de problemas. Intentan coger o, sencillamente, toman el libro que vamos leyendo. Todavía recuerdo a un crío de unos dos años que arrancó con gozo una hoja de mi libro.
Al menos tenía buen gusto: la víctima fue el poema «Masa», de César Vallejo. La madre solo atinó a exclamar: «Fabián, eso no se hace», y se dio por desentendida. Mientras yo, impávido, intentaba reparar el daño.
En época de carnavales es otra cosa. Hay momentos en que el lector debe esquivar los inesperados proyectiles. Se corre el riesgo de que un globo de agua maltrate la lectura por algunas horas, lo que depende de la intensidad del calor.

Gratificaciones
Cargar libros, cuadernos o paquetes dificulta más nuestro viaje. Debemos estar atentos a que no se caigan. Las paradas bruscas o las curvas a gran velocidad nos obligan, a nuestro pesar, a ofrecer disculpas por los involuntarios empujoncitos.
También es de lamentar la tenue luz. Cuando cae la noche es casi imposible leer; a menos que nos resignemos a tener los ojos marchitos a corto plazo.
Pese a la evidente dificultad de escribir en el mismo viaje, el lector no puede dejar de anotar una frase o una idea que súbitamente lo ha impresionado y que en algunas horas podría ser irrecuperable.
Muchas veces bajé, intencionalmente, uno o hasta dos paraderos más allá del que debo. En esas oportunidades ocurría que el texto había llegado a su momento más interesante y es forzoso obedecer a la curiosidad, es imprescindible saber la conclusión, el desenlace.
La verdad es que sencillamente uno desea bajar complacido, acabando un capítulo, un cuento o un poema. Es decir, con la placidez de haber aprovechado el tiempo y no haberlo perdido miserablemente. Porque las ocupaciones que debemos atender no permiten —maldición— leer o escribir todo el día como realmente quisiéramos.

1991




* Publicado como «Los lectores tenaces», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 22 de noviembre de 1991, página 8.

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