1 de agosto de 2013

Crónica: Berlín

Isaac, mi amigo de Berlín*




Una mañana de junio de 2001, mientras revisaba mi correo electrónico, leí en la lista de literatura de la Red Científica Peruana unos comentarios acerca del canon del prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki. Su autor: Isaac Risco Rodríguez. Me atreví a escribirle para expresarle mis opiniones, sin pensar que iniciaríamos una extensa correspondencia. Fue recién al llegar al aeropuerto de Berlín-Tegel, al año siguiente, que lo conocí en persona.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Berlín tenía 50 mil edificaciones destruidas y 75 mil millones de metros cúbicos de escombros. Su población había disminuido a dos millones 800 mil habitantes. Es decir, un millón y medio menos. Hoy es una ciudad moderna, cosmopolita y orgullosa, en permanente construcción a pesar de contar con numerosos rascacielos.
Al pisar suelo berlinés, entre tanta gente, pensé que sería difícil dar el uno con el otro. Sin embargo, no fue tan complicado por nuestro color de piel.
Me encontraba muy ilusionado en conocer esta ciudad. Apenas llegamos a su casa, dejé mis maletas y fuimos a recorrer la capital alemana. Pese a lo agotador del vuelo, no quería perder el tiempo.
«¿Qué es lo primero que quieres ver?», me preguntó Isaac. «La puerta de Brandeburgo», respondí sin dudar. Tomamos un metro que nos llevó a la avenida Unter den Linden, pero para mi mala fortuna el imponente monumento se encontraba en refacción. Estaba cubierto casi completamente. Pude observar apenas la cuadriga que conduce a la diosa de la paz, Eirene.
Por sugerencia de mi amigo, caminamos al Reichstag, sede del Poder Legislativo desde 1999, a pocas cuadras. Contemplé su enorme cúpula, mientras Isaac me comentaba que el incendio de este histórico edificio en 1933 le sirvió de excusa al canciller Adolf Hitler para disolver el Parlamento. Me sentía exhausto y era demasiado tarde, casi las dos de la madrugada, así que decidimos volver.
En el trayecto observé estatuas de osos repartidas por el centro de la ciudad, de todos los colores y en diferentes posiciones. Me enteré por mi amigo que Berlín le debe su nombre a este mamífero.

Durante los días que pasé en la capital alemana no tuve mejor compañía que la de mi compatriota Isaac. Su conocimiento de los rincones de la ciudad, su dominio del idioma de Goethe y su amplia cultura me ayudaron muchísimo.
Aunque sabe lo difícil que es, piensa ser escritor. Por lo pronto, alterna su trabajo de camarero en el McDonald’s de Alexanderplatz, con estudios de Literatura en la Universidad Libre de Berlín. A los 25 años de edad prepara su primer libro de cuentos.
«Quiero que aproveches al máximo tu estadía», me comentó frente a un plano de la ciudad. Luego señaló cada punto de interés y elaboramos un cronograma.
El Museo Checkpoint Charlie, ubicado en el centro, es uno de los lugares más visitados por los turistas. Recuerda los horrores de la Guerra Fría y exhibe algunos de los objetos de los que se valieron las cuarenta mil personas que escaparon del régimen comunista: un automóvil, una maleta, un globo aerostático, entre otros.
Se calcula que unas 250 personas murieron en el intento de cruzar el Muro de Berlín, llamado también Muro de la Vergüenza, que fue edificado en agosto de 1961 por las autoridades soviéticas y de Alemania Oriental para detener el éxodo hacia Occidente. Su caída, el 9 de noviembre de 1989, no fue completa. Hoy se puede observar varios kilómetros en pie, donde artistas de todo el mundo dejan sus dibujos. Fragmentos de la derruida pared se venden en algunas calles como souvenirs. De la misma forma, inmigrantes de Europa del Este comercian objetos del Ejército soviético: insignias, gorras o sobretodos.

La mayor presencia extranjera, sin embargo, la constituyen los turcos, quienes llegaron a Alemania con contratos de trabajo en la década de 1960 a falta de mano de obra, al iniciarse el milagro económico. Hoy van por la tercera generación y suman más de dos millones de habitantes, muchos de fe musulmana, lo que equivale al 2 por ciento de la población del país.
Algunos aspectos de la transformación racial de la sociedad alemana se evidencian en que el futbolista Mehmet Scholl, mediocampista del Bayern de Múnich; la actriz Jasmin Tabatai y el político Cem Özdemir, miembro del Bundestag (Parlamento Federal) de 1994 a 2002, quienes destacan en sus respectivos campos, son de ascendencia turca.
Solo puedo narrar un incidente desagradable, pero fue por mi negligencia. Después de recorrer el sur de España, en Barcelona decidí que un amigo se llevara una maleta —que no pensaba utilizar— a Madrid, adonde llegaría luego de mi viaje a Alemania.
Cometí una gran torpeza al olvidar en esa valija mi pasaporte. Al intentar abordar el avión de regreso a España me pidieron identificación. Perdí el vuelo, pero la aerolínea asumió el pago por no pedirme el documento cuando me dirigía a Alemania. Un oportuno fax desde Madrid, que comprobaba mi visa vigente, me salvó de pasar la noche como ilegal.
Ya libre, recordé la célebre frase de John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, en un discurso ofrecido durante la Guerra Fría, en Berlín occidental, en 1963: «Ich bin ein Berliner (Soy un berlinés)».

2002




* Publicado como «Bajo el cielo de Berlín», en el diario El Peruano, Lima, 19 de junio de 2003, página 9.

1 comentario:

Angelica dijo...

Cuando tuve la posibilidad de ir a Alemania, Berlin fue una de las ciudades que mas me gusto. Ojala pueda regresar allí próximamente, aunque este verano tengo ganas de de ir a descansar a las playas y creo que obtener Pasajes al Caribe es la mejor opción para ello