29 de septiembre de 2014

Entrevista a César Hildebrandt




César Hildebrandt, hasta hace unas semanas conductor de un programa en radio San Borja, hoy escribe sin prisas sus memorias y una serie de biografías apócrifas. En la conversación que sigue habla de su relación difícil con personajes importantes de la cultura nacional. 

Usted interrumpió sus estudios de Educación en la especialidad de lengua y literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal en 1968. ¿Entonces no tenía una vocación definida?
—Me convencí de que no iba a tener ni la paciencia ni la generosidad como para ser educador. Y me convencí, además, de que iba a ser un maleducado crónico. Me convencí de la impostura y, la verdad, también me convencí de la medianía casi homicida de la Villarreal. Así que salí corriendo.
Estudió la secundaria en el Colegio Militar Leoncio Prado. ¿Le dejó alguna huella su paso por esta institución? La disciplina, quizá.
—La resistencia pasiva, porque imaginar cómo vadear esa disciplina era parte del encanto. También me enseñó muchas cosas tradicionalmente buenas porque tenía un profesorado excelente.
Trabajó nueve años en la revista Caretas, de 1971 a 1980. Fruto de esta experiencia es Cambio de palabras (1982), que reúne sus mejores entrevistas. ¿Por qué no se anima a reeditarlo?
—Porque probablemente los derechos los tenemos compartidos Mosca Azul y yo. Guardo un escrupuloso silencio en relación con el señor [Abelardo] Oquendo, silencio que además es recíproco. Se me hace muy difícil plantearle la reedición del libro, pero no está mal la idea. Se la tomo.
¿Hay alguna posibilidad de llevar al libro algunas entrevistas realizadas para la televisión? Recuerdo gratamente una: al tenor español Alfredo Kraus.
—No, no hay ninguna posibilidad. La entrevista televisiva tiene por completo otro linaje, otra textura. La entrevista escrita está muchas veces dulcemente deformada por la edición.
Ha confesado que Alfonso Tealdo, exconductor del programa Pulso, es su maestro en la entrevista. ¿Qué tipo de enseñanza recibió de este periodista que falleció en malas condiciones y que inventó las preguntas impertinentes en la televisión peruana?
—Lo que aprendí de él fue a rabiar con método. Yo rabio, luego existo. Alfonso era un hombre que combinaba perfectamente la inteligencia con la indignación. Efectivamente, él introdujo la impertinencia en la televisión, la inventó, la patentó y fue pagado por el sistema como el sistema suele pagar a los mejores, en el absoluto abandono, en manos de Genaro Delgado Parker.
Hay un aspecto poco conocido de su biografía: trabajó durante la dictadura de Juan Velasco Alvarado en las oficinas gubernamentales de la Comisión Nacional de Propiedad Social (Conaps). ¿Cuál fue su papel? Mario Vargas Llosa lo califica en sus memorias de ingenuo por desempeñar esa labor.
—Prefiero ser ingenuo que avezado. No solo recuerdo con cariño esa labor, sino me da una gran lástima que no haya en el Perú una empresa de trabajadores. Yo era jefe de Comunicaciones de la Conaps. Se trataba de fomentar la creación de empresas de trabajadores y no eran cooperativas, sino empresas cuyo accionariado estaba encarnado en los trabajadores. Entonces era un experimento yugoslavo, titoísta, utópico, efectivamente iluso en cierto sentido; pero es que en el Perú no tener ilusión es suicidarse.
Ha tenido programas televisivos, algunos muy exitosos, en los canales 2, 4, 5, 9 y 13, en democracia y dictadura. ¿Qué función ha tenido la censura en la cancelación de estos proyectos?
—Protagónica. Jamás me he ido de la televisión por mi cuenta. Siempre me han echado. La primera vez porque entrevisté a Yasser Arafat y la comunidad judía ejerció una enorme presión para que yo fuera echado. Eso fue en mi programa Testimonio. Y la última vez porque entrevisté civilizadamente a Ollanta Humala cuando lo que se quería era que me convirtiera en una suerte de Drácula improvisado y saltara a la yugular de Humala. En medio ha habido casos extraordinarios, como cuando me sacaron del aire y reemplazaron mi programa por uno de corte cómico llamado Los detectilocos. Me quedé esperando el regreso de comerciales como un perfecto estúpido, hasta que me di cuenta de que estaba despedido. Y eso fue porque Sonia Goldenberg hizo un reportaje que difundí a pesar de las advertencias respecto a la corrupción de la Policía. El otro caso clamoroso es cuando Ricardo Uceda, reportero de mi programa, localizó en Panamá al «Comandante Camión», al señor Artaza. Fui advertido de que si sacaba eso salía del programa. Me lo dijo Mendel Winter. Y entonces decidí sacarlo, y ellos me sacaron a mí.
¿Hay alguna diferencia entre la censura en democracia y en dictadura?
—Déjeme decirle, seguramente será una novedad para algunos, ninguna. Con Fujimori había menos dictadura del capital que hoy día en la televisión, aunque usted no lo crea. Hoy día la televisión se ha convertido, hasta el momento y por lo que vemos, en un absoluto y dócil parlante de la clase dominante y del poder económico. Con Fujimori había matices, fisuras y grietas, por los cuales podía introducirse una cierta dosis de libertad. Nunca el sistema ha estado tan magistralmente cerrado.
Mencionó a dos reporteros que trabajaron bajo su dirección. Otros célebres son Rossana Cueva, Juliana Oxenford, Fernando Ampuero, Beto Ortiz, Nicolás Lúcar. ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—Pero por qué no ha mencionado a Cecilia Valenzuela.
Sin duda, Cecilia Valenzuela... ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—La pasta de un reportero: audacia, ganas, talento, vocación por el riesgo..., ganas de joder. Sin ganas de joder no hay periodismo. No hay, simplemente. Otros lo dicen elegantemente, pero en realidad es eso.
Usted entrevistó a Alfredo Bryce Echenique en 1972. Más tarde, en 1992, lo volvió a hacer, pero con el novelista en copas. En 2005 escribió que el autor de Un mundo para Julius (1970) es un «hombre de un solo libro que terminó escribiendo cuarenta». ¿Qué produjo ese distanciamiento entre ambos?
—Yo nunca estuve muy cerca de Alfredo Bryce. El hecho de que lo entrevistara cordialmente no significaba nada. Yo, en realidad, amé Un mundo para Julius, pero nunca pude leer con placer ninguno de sus otros libros. La mayoría de los cuales se me cayó después de la página 15 o 20 de las manos, con excepción de un pequeño relato que anda por ahí y que se llama Muerte de Sevilla en Madrid, que es la historia de una diarrea. Es un libro fantásticamente surrealista, extraordinariamente estrambótico. Salvo eso, para mí Alfredo no escribió otra cosa importante. Lo de las copas, perdóneme, no fue mi responsabilidad. Lo invito a la televisión. Él llega en copas. Le digo que por favor no salgamos, le digo que no grabemos, le suplico que lo hagamos otro día. Insiste, insiste e insiste hasta la inmolación. Y, claro, qué podía hacer yo. Pero no fue una cosa premeditada. Yo no soy una persona que emborracha a sus invitados para lucirse. Dicho sea de paso, Alfredo Bryce nunca estuvo más lúcido que esa noche. (Risas).
A Vargas Llosa también lo entrevistó en innumerables ocasiones. En El pez en el agua, el novelista dice acerca de usted: «Magnífico periodista, sabueso tenaz, investigador acucioso e incansable, bastante más culto que el promedio de sus colegas y valiente hasta la temeridad». ¿Qué ocurrió para que esa amistad se quebrara?
—Varias cosas. Básicamente, creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno. Ahora, a mí sí me parece lamentable que Mario se haya comprado la idea de los neocoms, de que el mundo es mejor tal como está ahora y que vamos al progreso y que la aldea global es una especie de destino manifiesto y multitudinario. No creo para nada eso. En todo caso, la derechización de Mario es un derecho, un derecho que él ha ejercitado, y la molestia de quienes lo queremos y lo admiramos es también otro derecho. Estoy molesto con Mario Vargas Llosa colaborador de El País, pero como novelista no puedo discutir que es una cima casi irrepetible en el Perú, sinceramente.
«No he perdido mi fe en el socialismo», escribió en 1981, en el prólogo de Cambio de palabras. ¿Qué sucedió para que nueve años después apoyara al Fredemo, agrupación considerada de derecha?
—Es una buena pregunta. Ni Bedoya Reyes ni Fernando Belaunde fueron objeto de mi admiración y no lo serán nunca. Apoyé a Vargas Llosa porque creo que su honestidad encrespada le hubiera hecho mucho bien al país. Un conservador decente le hubiera hecho mucho bien al país. Ahora, luego viene Fujimori, claro, y es fácil decir que, frente a Fujimori, Vargas Llosa era la alternativa correcta. No voy a decir eso, porque eso sería fácil y desmemoriado. Aposté por Vargas Llosa cuando Fujimori no existía en las encuestas. Yo sí creía que la decencia en el poder iba a funcionar como desratizadora e insecticida. Hace muchos años, oiga usted, que la decencia y la política se han divorciado en el Perú. La decencia, en el sentido más estricto de la palabra, y, si usted quiere, en el sentido más escolar, más normativo. No me arrepiento, por lo tanto. Admito que en mi hoja de vida esto aparece como una contradicción, desde luego que sí.
Con el escritor y periodista Fernando Ampuero mantiene también una conflictiva relación, de la cual es producto el libro El enano (2001). ¿A qué atribuye ese pleito constante?
—Es un pleito que lo considero una letra vencida ya. No pretendo reavivarlo. Me parece penoso, lamentable. Ha sido una manera impúdica de ventilar diferencias que nacieron de cosas muy menores. Recuerdo que cuando yo era jefe de Informaciones de Caretas un día se me acercó Fernando Ampuero y me dijo que leyera su libro Miraflores Melody (1974). Un día lo hice, todo lo que pude, y abiertamente lo rechacé desde el punto de vista estrictamente literario, estético. Recuerdo a un Ampuero urgido de que yo le diera una opinión. Y yo no quería darle mi opinión porque era innecesaria. Además, hubiera sido cruel, pues él era un redactor y yo, su jefe. Nunca se la di. Nuestras diferencias nacieron de esas cosas, absurdas, nimiedades que después se han convertido en monumentos a la cólera, bustos al extravío. Es absurdo. Pero considero que esto ya está superado. No le voy a dar combustible a una hoguera tan diminuta.
Algunos han criticado que con los hermanos Lupe y Fernando Zevallos, exdueños de la línea aérea peruana Aerocontinente, en prisión este último acusado de narcotráfico, no fue tan duro en sus entrevistas. ¿Qué respuesta tiene?
—Eso lo dicen los estúpidos que nunca, probablemente, vieron una entrevista. Lo que pasa es que yo tenía algunas primicias porque mi secretaria, Ilse Yzaga, era muy amiga de Lupe Zevallos y a través de ella las conseguíamos, pero mi distancia respecto del narcotráfico creo que no necesito remacharla. Hay algunos consumidores que son grandes luchadores públicos en contra del narcotráfico. Yo lucho contra el narcotráfico y, además, no consumo, cosa que usted en el gremio no encontrará fácilmente.
En una entrevista de mayo de 2007, dijo a la revista Caretas: «No hay ninguna relación con La Primera. Ese diario lo ha comprado Martín Belaúnde, un hombre muy próximo a Ollanta Humala. [...] No soy humalista ni reservista». ¿Qué lo motivó a aceptar escribir en ese diario?
—Conversar con Arturo Belaunde y convencerme de que me daba un espacio absolutamente libre, libertino. Soy —digamos— un ácrata en La Primera, que es un diario al que tengo que agradecerle la acogida porque es el último refugio de un hombre que ha perdido continuidad, todas sus tribunas. Me queda La Primera y, como no hay primera sin segunda, espero que me quede otra cosa. Mi consuelo parece un valsecito, pero así es.
En un artículo publicado en Perú.21, Beto Ortiz escribe: «No insistas más. Claudica. Ríndete. Es inútil. Escribes hasta el culo». ¿Qué le respondería al hoy conductor de Enemigos íntimos y exreportero suyo?
—Nada.
En tiempos universitarios publicó poemas, en 1985 obtuvo el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras y en 1994 publicó la novela Memorias del abismo. Alguna vez dijo: «Nunca más publicaré sin estar satisfecho». ¿Por qué no se siente escritor de ficción?
—Porque no me he atrevido, porque no lo he hecho, porque me he dedicado más al periodismo. Soy un secuestrado del periodismo y porque, para sentirse novelista, hay que escribir novelas, en plural, y hacerlo bien, dedicarse a ello casi de un modo excluyente. Soy un consumidor de novelas, pero no me siento un novelista, lo cual no significa que no lo intente otra vez. Cuando gané el Cuento de las Mil Palabras supuse que escribiría muchos otros cuentos, pero no me dio la gana, porque me dije: «¿Y ahora qué vas a demostrar? ¿Que esto no fue chiripa, que esto no fue casualidad, y ante quién, quiénes? ¿Qué jurado invisible y exigente te demanda algo así?». Entonces, me sentí olímpico y mandé al carajo todo. Odio las performances. Odio este tipo de metas de productividad. Si escribes un buen cuento y ganas un premio, tu destino es ser cuentista. No, mi destino es no ser cuentista. Prefiero mil veces el periodismo. Para mí, el periodismo es algo importante. Sé que esto suena completamente anacrónico, porque el periodismo es ahora la quinta rueda del coche.
Por último, hace más de un año anunció la publicación de sus memorias para la Editorial Planeta. ¿Por qué la demora?
—Cuando llegué a la página 100, me di cuenta de que no iba a cumplir con el plazo y de que eran memorias que estaban gobernándome. Entonces me dije que esto no es para hacerlo ahora. Además, mis memorias no pueden ser las de un hombre que pasó más de 20 años en la televisión. Me he dedicado a escribir con suma lentitud, espero que con alguna gracia, memorias de verdad, que abarquen no solo la televisión, sino el entorno de esta. Algún día saldrá. Por otro lado, escribo biografías apócrifas, inventadas. En total, 20 personajes. Ya tengo unas 80 páginas. Me ha pasado algo sorprendente: me he dado cuenta de que la mayor parte de las biografías en el Perú son apócrifas sin decirlo, porque aquí el arte de la impostura es el que más se cultiva. Yo voy a ser lo que no soy. Desde el punto de vista filosófico, este es un país excepcional, casi nadie es lo que es. Es impresionante. El libertador que no fue libertador. El héroe que no lo fue. El escritor que en realidad es un estreñidísimo grafómano. El poeta que escribe cosas que parecen traducciones de aficionado de poesía húngara. El catedrático que no tiene nada que enseñar. El periodista mermelero. El dueño de periódico que pregona la ética, pero no paga deudas. (Risas). El dueño de un canal de televisión que tiene un programa donde cada domingo encara, confronta y condena, pero que le debe a la Sunat 50 millones de soles. Es extraordinario. Este no es un país. En realidad, es una novela.

2008

* Publicado como «El Perú es una novela», en el suplemento «Semana», del diario La Primera, Lima, 31 de agosto de 2008, páginas 4-6.

1 comentario:

Herjos dijo...

Que interesante, llegue aqui porque estaba interesado en la acusacion que el hacen por recibir dinero de Fernando Zevallos y me lei toda la entrevista.
Muy buena.
Saludos!