25 de enero de 2015

Entrevista a Pedro Llosa Vélez

Pedro Llosa Vélez: "El cuento peruano goza de muy buena salud"


Tengo 39 años. Si bien he incurrido en más de un género literario y disfruto de la escritura de artículos periodísticos, el género que más practico y admiro es el cuento. He publicado dos libros de relatos, Viento en proa y Protocolo Rorschach, y en julio se editará Las visitaciones. Creo que la narración breve es una de las formas artísticas más bellas y autónomas que existen, muchas veces más cerca de la poesía que de la novela.

—En el año 2000, publicaste Te espero en El Olivar. Sobre esta pieza dramática has declarado: “Representa lo mejor y lo peor de mis años universitarios. ¿A qué te refieres con esta frase?
Resulta que de todos los objetivos que tenía durante mis años de estudiante de Economía [en la Universidad del Pacífico] ese era el único literario. Cuando escribí esta obra, ya hacia el final de mi carrera, lo sentí como un paso fundacional, más allá de su calidad literaria. Hoy me siento muy lejos de ella, pero soy yo a mis 23 años.
—¿Por qué has señalado que la carrera de Economía ha sido crucial para tu escritura?
Creo que me da un cúmulo de experiencias bastante atípicas para las personas que hacen literatura. Además de haberme confrontado con personajes inverosímiles que son de gran utilidad para el mundo de la ficción. Pero tal vez también porque soy un sujeto muy político y la economía para mí es un espacio político en todo lo esencial. Desde allí, las ideas fluyen muy bien y eso me permite llevar a la ficción temas de la realidad que me interesan o me perturban.
—De tu primer libro de cuentos, Viento en proa (2002), destaca “Los garfios de Carrero”. Es la historia de un mecánico que conquista a una joven. El narrador se cree más listo, pero termina con una verdad dura en la última frase. ¿Cuánto se trabaja para llegar a una línea que cambie toda la historia?
No hay recetas para eso. Los finales, al igual que los títulos, llegan de un momento a otro y se imponen o, a veces, no llegan nunca y uno tiene que escoger lo mejor dentro de lo que tiene. En ese volumen buscaba finales fulminantes, cosa que luego casi no he vuelto a explotar.
—En una entrevista dices: “El 2004 ha sido el único año en mi vida en donde he tenido todas las tardes para dedicarme exclusivamente a la literatura”. ¿Cómo lograste ese codiciado tiempo para sumergirte en las letras? 
Básicamente no adquiriendo responsabilidades complementarias a mi trabajo principal de profesor. En años anteriores enseñaba en universidades en las noches, hacía correcciones de estilo, llevaba diversos cursos. A partir de ahí anulé todo eso para poder escribir.
—Tu segundo libro de relatos, Protocolo Rorschach (2005), es homogéneo: gira sobre un test psicológico que consiste en que los pacientes descifren lo que ven en láminas abstractas. Esto hace recordar a Huerto cerrado (1968), de Alfredo Bryce, o Monólogo desde las tinieblas (1974), de Antonio Gálvez Ronceros. ¿Cuesta crear un libro que tiene muchos puntos en común?
La dificultad de pasar del cuento al libro de cuentos radica en el denominador común y en que la calidad de los cuentos sea homogénea. Guardar un nexo de similitud sin repetirte en cada texto. El vínculo puede ser el personaje, como en Huerto cerrado, o el registro y el entorno como en el libro de Gálvez Ronceros. Pero también puede ser un estado de ánimo o preocupaciones que persiguen al autor. En Protocolo Rorschach las manchas de tinta sirvieron para plantear la estructura del conjunto, pues cada cuento intenta contar una historia asociada a la patología que diagnostica cada lámina, pero creo que el denominador común tiene que ver más con las búsquedas que emprenden los personajes que con otra cosa.
—De este libro destaca “La niña de Onetti”, que refiere la historia de una uruguaya de 17 años que se suicida en una pensión de Miraflores. ¿Cuáles fueron las verdaderas causas de su muerte? ¿Acaso porque fue violada por su padrastro, porque era utilizada por su novio rockero o porque leía a Juan Carlos Onetti, calificado en el relato como “el escritor de los tristes”?
Esa historia parte de una noche en que oí a una vecina gritar porque había llegado a su casa y encontró a su hija ahorcada. Desperté a mi padre, que era médico, para ver si podíamos hacer algo y al llegar nos encontramos con esta chiquilla colgando de una soga. A partir de esa única verdad inicié el cuento. Ya no recuerdo cuál teoría me convenció más, pero creo que debe ser el lector quien encuentre el verdadero motivo. En esa época leía mucho a Onetti, por eso lo incluí en la historia.
—Acabas de obtener el primer lugar en el Concurso Nacional de Cuento José Watanabe, con un libro inédito: Las visitaciones, de pronta aparición. ¿Por qué tardaste una década en publicar otro conjunto de relatos?
Estuve viviendo en Rotterdam cuatro años dedicado a estudiar filosofía política. Aunque en ese tiempo escribía principalmente ensayos, he guardado siempre la manía de imaginar historias a toda hora. Desde el 2009 retomo la escritura de ficción y Las visitaciones recoge un grupo de los cuentos escritos desde entonces y que tienen una temática fuertemente política. Ahora, entre esos cuentos, lo distintivo es que se trata de las historias más íntimas y entrañables que he escrito en mi vida.
—Te dedicas a la docencia desde hace buen tiempo. Enseñas en el Markham. Antes lo hiciste en la UPC y la Universidad Científica del Sur (Ucsur). ¿Qué experiencias rescatas de esta labor? 
Aunque tengo dos cuentos que se ambientan en salones de clase, creo que la influencia más valiosa es la indirecta: las discusiones con alumnos y las lecturas que la labor educativa te exige son un gran estímulo para la imaginación.
—El cuento es un género menos estimado que la novela. ¿Por qué lo elegiste? ¿Cuál es el panorama de la narración breve en el Perú?
En América Latina el ‘boom’ de la novela relegó al relato breve al segundo plano, algo que no era así en la primera mitad del siglo XX. Por otro lado, creo que el género literario es el que lo escoge a uno y no al revés: me siento muy cómodo con los cuentos largos. Veo en el cuento una práctica estética sin parangón, que cuida el lenguaje y cuenta una historia a la vez... En relación con el cuento peruano, este goza de muy buena salud, no solo porque tenemos una tradición de grandes cuentistas, sino por los autores contemporáneos. Muchos no se conocen, sin embargo, porque no llegan al gran mercado... Cuando uno dice que escribe cuentos te suelen preguntar: ¿Para niños?
—Por último, ¿cómo llevar un apellido del escritor más famoso del Perú? 
Me obliga a ponerle “Búsqueda avanzada” en Google cuando tengo que buscar alguno de mis artículos, pues lo primero que aparece son miles de links con su foto. Creo que Vargas Llosa ha sido una sombra difícil de esquivar no solo para quienes compartimos uno de sus apellidos, sino para generaciones enteras de escritores peruanos. Por fortuna, eso ha ido cambiando en la medida en que mucha gente ha ido abriendo sus propios espacios. Dentro de todo, creo que son más los activos que los pasivos de compartir un apellido con alguien que, por otro lado, considero un referente ético.

Publicado en el diario El Comercio, sección A, sábado 24 de enero de 2015.

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