16 de diciembre de 2015

Ensayo sobre la novela contemporánea: La muerte de la novela

George Steiner.

La novela continúa viva, pese a múltiples sentencias de muerte. Eminentes críticos, como el estadounidense George Steiner, aseguran que este género ya llegó a su fin. Incluso algunos importantes narradores, como la francesa Marguerite Duras, le han dado pocas esperanzas de vida.
La autora de El amante (L’amant, 1984) aseveraba que antes de 2020 la literatura no existiría más. Sin embargo, los admiradores de este arte creemos no parecernos aún a los miniaturistas medievales que habitan en el más célebre libro del italiano Umberto Eco, El nombre de la rosa (Il nome della rosa, 1980). Es decir, cultores de una actividad de pocos.
Estos dictámenes no se refieren, en absoluto, a la cantidad de libros publicados, pues sucede todo lo contrario. Hoy como nunca estos se venden y se leen más que en cualquier otra época de la historia. El asunto está en que —según estos agoreros— el género ya agotó todas sus posibilidades tanto temáticas como formales.
Italo Calvino se colocó en el otro bando al dejarnos el confortante Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d’inverno un viaggiatore, 1979), en que el protagonista, el propio lector, está en busca de una novela, pero encuentra diez diferentes. El libro de este narrador italiano, en resumen, muestra las direcciones de la narrativa actual.
Esta cuota de confianza en el porvenir de la novela se relaciona, sin duda, con la necesidad de los hombres de alimentarse con ficciones. Además, temas como el amor y la muerte tienen mil formas de encararse y narrarse. Así será mientras cada persona viva una experiencia distinta y posea una forma diferente de ver las cosas. Siempre habrá un margen para el asombro.
La amenaza más peligrosa tal vez esté en otras creaciones humanas, como la televisión, el pasatiempo más popular del mundo, el cine o los videojuegos. La pantalla resta, sin duda, miles de lectores.

Bill Gates.

Como forma impresa, el libro enfrenta un gran reto ante el formato digital, en el que se conserva gran cantidad de información en un pequeño dispositivo de almacenamiento de datos. El influyente empresario estadounidense Bill Gates, fundador de la compañía de software Microsoft, dice que no se morirá sin acabar antes con el papel.
En marzo de 2000, su compatriota Stephen King, narrador del género de terror, se convirtió en el primero, con Montando la bala (Riding the Bullet), en publicar con éxito una novela en internet antes que en libro impreso. Así, la tecnología nos conduce a rumbos insospechados y de una manera tan rápida que a veces quita el aliento.
El hecho de que en este momento escriba frente a una pantalla es una señal de cómo han cambiado las cosas en las dos últimas décadas. La manera de escribir no es la misma desde la introducción masiva de la computadora, ocurrida a mediados de la década de 1980. Uno edita, corrige e imprime de otro modo desde entonces. La máquina de escribir poco a poco se ha despedido.
El colombiano Gabriel García Márquez sostiene que, antes de crear su famosa novela El amor en los tiempos del cólera (1985), tenía que escribir de nuevo toda la página si le encontraba un mínimo error, sea este incluso de digitación. Sin embargo, hay algunos autores, sobre todo mayores, como el mexicano Carlos Fuentes, que no se adaptan aún al uso de la computadora y siguen utilizando la máquina de escribir.
El ensayista canadiense Marshall McLuhan, otro convencido del fin de la literatura y de los libros por los medios electrónicos, lanzó sus ortodoxas teorías en la década de 1960. ¿Qué hubiera dicho hoy de internet, sobre este medio que permite recibir en una computadora una cantidad impresionante de información?
El interés por lo audiovisual, en especial por el cine, es evidente en muchos narradores. Varios han escrito guiones, como García Márquez, o crítica cinematográfica, como el argentino Tomás Eloy Martínez. Algunos han dirigido incluso con excelente acogida, como Marguerite Duras (India Song, 1975), el británico Hanif Kureishi (Londres me mata, London Kills Me, 1992) o el estadounidense Paul Auster (Lulu on the Bridge, 1998).
Además, son muchas las novelas contemporáneas llevadas a la pantalla grande. Para muestra tres: La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities, 1987), del estadounidense Tom Wolfe, fue adaptada por Brian de Palma en 1990; El invierno en Lisboa (1987), del español Antonio Muñoz Molina, por José Antonio Zorrilla también en 1990; o Sostiene Pereira (1994), del italiano Antonio Tabucchi, por Roberto Faenza en 1996. Por supuesto, de por medio están los miles de dólares que se transfieren por los derechos de adaptación de estas reconocidas obras literarias.

Arturo Pérez-Reverte.

Algunos escritores consideran al cine una forma de conocimiento a la par que la literatura. En El club Dumas, novela también llevada a la pantalla grande, el español Arturo Pérez-Reverte dice: «Corso había leído y visto suficiente cine para saber lo que significaba aquello».
El sida, la destrucción de la capa de ozono o una posible guerra nuclear, ¿cuáles son los mayores problemas del hombre actual? Tras la caída del Muro de Berlín y el fin de los regímenes comunistas en Europa oriental, anunciados de alguna forma por el checo Milan Kundera en su novela La insoportable levedad del ser (Nesnesitelná lehkost bytí, 1984), los conflictos sociales y políticos han dejado de interesar a muchos.
Hace algunas décadas, buena parte de nuestros escritores y artistas tenía simpatía, tímida o fervorosa, por alguna agrupación política. Hoy, el individualismo, en una sociedad sujeta a la prédica neoliberal, parece haber ganado terreno, situación expresada en la narrativa contemporánea.
En estos tiempos —dice Pérez-Reverte en su citada novela— «demasiada gente se empeña en publicar 200 páginas sobre las apasionantes vivencias que experimenta mirándose al espejo». Por desgracia, este narrador español tiene razón, pues la literatura se ha banalizado hasta el punto que motiva a muchos a asegurar que su muerte está cerca si no ha ocurrido ya. Antes de ser autor de ficción, Tom Wolfe consideró que el periodismo «borraría la novela como género fundamental del mapa literario».
No obstante, novelas como El perfume (Das Parfum, 1985), del alemán Patrick Süskind; Beloved (1987), de la afroestadounidense Toni Morrison, o Santa Evita (1995), del argentino Tomás Eloy Martínez, tratan sobre el extendido problema de la discriminación, sea física, étnica o social. Con el mismo interés, el peruano Mario Vargas Llosa aborda el fanatismo en La guerra del fin del mundo (1981) y el estadounidense Bret Easton Ellis, el individualismo elitista en American Psycho (1991).
En este mundo, que se jacta de la globalización, hay quienes todavía sufren de persecuciones religiosas, como la que tiene en vilo desde 1989 al angloindio Salman Rushdie, autor de Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, 1981), novela que grafica los enfrentamientos entre musulmanes e hindúes tras independizarse de los británicos.
Pero no exijamos a los libros que traten nuestros principales problemas y los resuelvan. Si es verdad que las obras maestras envuelven belleza y sabiduría, también es cierto que aquellas no pueden abarcar íntegramente la experiencia y el conocimiento humanos. Por eso, los lectores deben recoger lo mejor que ofrezca un texto y no descalificarlo por prejuicios.
Tal vez el problema resida en precisar qué es el bien y qué es el mal. Para algunos autores, el mal es una enfermedad incurable, la pobreza de la gente o la guerra entre dos naciones. O quizá todos estos productos humanos, pero variando el orden de importancia. Ello depende de la formación que tuvo el escritor, pues tratar cierto tema, cierta parcela de la realidad, es consecuencia de diversos elementos de la vida del autor.
Si preguntásemos quién es el novelista más venerado de los contemporáneos, sin duda la mayoría de índices señalaría al autor de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez. Su peso es aplastante para muchos narradores. Por todo el orbe tiene seguidores, de los buenos y de los otros, desde la india Arundhati Roy hasta la mexicana Ángeles Mastretta.

Arundhati Roy.

Mientras en América Latina la renovación no ha estado a la altura de sus predecesores, lo que llama la atención a muchos críticos en la actualidad es la aparición del boom angloindio, iniciado de alguna manera por la citada novela de Rushdie. Este autor británico natural de Bombay les abrió el camino a Vikram Seth y Arundhati Roy, novelistas nacidos en la India que escriben en inglés. Aunque de origen paquistaní, Hanif Kureishi es asimismo un destacado narrador británico.
En un afán por buscar nuevos territorios literarios, Portugal ha significado un grato descubrimiento. Su calidad fue reconocida en 1998 al otorgársele el Premio Nobel a José Saramago, compatriota de los muy valiosos António Lobo Antunes y José Cardoso Pires, fallecido en 1998.
Portugal, como escenario literario, también ha despertado interés. El italiano Antonio Tabucchi y los españoles Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez-Reverte desarrollan parte o íntegramente algunas de sus novelas en el país lusitano, precisamente las más aclamadas.
¿Cuál es el futuro de la literatura? No lo sé, pero sin duda sigue viva todavía. Ignoro si hasta 2020, como predijo Marguerite Duras. En todo caso, no creo ser un buitre por el momento.



Callao, 30 de marzo de 2001

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