16 de diciembre de 2015

Tres obras maestras del periodismo estadounidense

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Una mirada al infierno
Hiroshima (1946) | John Hersey

 Portada de la revista The New Yorker, agosto de 1946.

Poco más de un año después de estallar la primera bomba atómica sobre una ciudad se publicó Hiroshima (1946), del periodista estadounidense John Hersey. El reportaje se centra en las experiencias de seis sobrevivientes de aquella catástrofe que acabó con la vida de más de cien mil japoneses.
Uno de los aciertos del periodista fue elegir un tema de interés universal. Toma en cuenta uno de los capítulos más importantes de la historia contemporánea, el ataque nuclear de Estados Unidos, que motivó la rendición de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El relato muestra los horrores de la tragedia, con el objetivo implícito de que un hecho como este no se repita, pese a que su autor pertenece al país agresor.
Hiroshima contaba entonces con 245 mil habitantes, quienes esperaban un ataque estadounidense, pero no sabían de qué magnitud. Hersey narra con detalles lo que seis personas comunes pasaron durante la explosión atómica. El mensaje es que esto podría sucederle a cualquiera durante una guerra actual.
Así, tenemos la historia de Toshiko Sasaki (20), empleada de una fábrica, que ve lastimada su pierna izquierda; del joven cirujano Terufumi Sasaki (25), médico incansable de un hospital de la Cruz Roja; de la viuda Hatsuyo Nakamura (34), quien debe salir adelante con tres hijos a medida que pierde progresivamente parte del cabello; del reverendo Kiyoshi Tanimoto (36), sacerdote metodista cuya iglesia quedó en ruinas; del alemán Wilhelm Kleinsorge (38), cura que viaja a un hospital de Tokio para ser tratado de extraños males; del doctor Masakazu Fujii (50), dueño de una clínica destruida por la hecatombe.
Esta bomba más poderosa que veinte mil toneladas de TNT dejó mucha gente mutilada, fracturada, sangrando, con quemaduras, desfigurada y agonizante, varios desnudos o en harapos. Además, edificios destruidos. El caos total.
Publicado originalmente en una edición íntegra de la revista The New Yorker, el reportaje se compone de cuatro partes: el momento del estallido, el incendio y destrucción de la ciudad, los rumores acerca de la bomba y cómo crecieron de modo extraño flores en la ciudad destruida. En 1985, Hersey le añadió un epílogo, «Las secuelas del desastre», que cuenta ordenadamente lo sucedido en las décadas posteriores a los seis sobrevivientes del ataque nuclear, llamados hibakushas.

John Hersey, 1944.

La frase: «El hombre de ahora no es como Dios deseaba. Ha caído en desgracia a través del pecado».




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lntimidades de un cantante
«Sinatra está resfriado» (1966) Gay Talese
Portada de la revista Esquire, abril de 1966.
«Sinatra está resfriado» («Frank Sinatra Has a Cold», 1966), publicado en la revista Esquire, asombra por ser ejemplo de concisión, encajar muy bien detalles de interés. Su autor, Gay Talese, edificó aquí un estupendo perfil acerca de un ídolo de la música estadounidense.
El reportero repasa la vida del cantante Frank Sinatra a una semana de cumplir 50 años, sus éxitos, sus amores, sus contactos con la mafia (aunque esto último de forma superficial). Como señala el título del texto, el divo se encuentra enfermo. En esas circunstancias, «Sinatra con gripe es Picasso sin pintura».
Talese no teme en ofrecer el perfil de un ser idolatrado por su círculo, irascible y matoncito a veces, dueño de una gran fortuna. Para entonces, había grabado algunas magníficas canciones como «I’ve Got You Under My Skin» (1956) y «Come Fly with Me» (1958), y, aunque se sentía amenazado por la popularidad de The Beatles, seguía siendo admirado por muchos jóvenes. Llevaba a cuestas dos divorcios, su segunda esposa fue la bella actriz Ava Gardner, y salía con la futura estrella del cine Mia Farrow, tres décadas menor que él.
Impresiona la cantidad de detalles que ofrece el reportero y lo bien que los distribuye. Del mismo modo llama la atención las numerosas entrevistas que realizó a gente que conoce al cantante. Cuando uno lee que Sinatra tiene sesenta peluquines, se pregunta cómo Talese consiguió ese dato. Lo más curioso es que nunca conversó con el protagonista. No obstante, eso no impide retratar a un personaje en diversas facetas.
Vemos a Sinatra en un bar de Beverly Hills o de Nueva York. También en su casa frente a la tele en espera de un documental que podría tratar su vida privada, en el plató mientras filmaba un largometraje y en un estudio de la cadena de televisión NBC en el que graba un especial con algunos de sus éxitos. En resumen, «Sinatra está resfriado» es periodismo hecho belleza, digno de la mayor admiración.

Gay Talese, 1972.


La frase: «¿Alguna vez se han detenido a pensar —entró a decir Sinatra—cómo sería el mundo sin una canción? Sería bastante aburrido».




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El dilema moral
El periodista y el asesino (1990) | Janet Malcolm


Portada del libro, edición estadounidense.

Un sujeto acusado de triple crimen toma contacto con un reportero para que escriba un libro sobre su caso. Poco después, este se gana su confianza y le hace creer que ofrecerá una imagen positiva suya, pero no sucede eso. ¿Dónde quedó la ética? En El periodista y el asesino (The Journalist and the Murderer, 1990), la estadounidense Janet Malcolm critica ferozmente su profesión por aprovecharse de la gente.
El 17 de febrero de 1970, en su casa de Carolina del Norte, la esposa embarazada y las dos hijas del doctor Jeffrey MacDonald, quien quedó herido, fueron asesinadas. ¿Quién es el culpable? ¿Acaso los miembros de una secta? Un juicio absolvió al médico, pero al reabrirse su caso este llegó a un acuerdo con Joe McGinniss, interesado en escribir sobre el crimen.  
Poco después, en 1979, la nueva sentencia condenó a MacDonald a la cárcel. Al publicarse Fatal Vision (1983), el esperado libro, el convicto se sorprendió de lo que se decía acerca de él, retratado como un psicópata asesino, y le entabló una demanda a su autor, quien había tenido pleno acceso a información exclusiva durante cuatro años, por fraude e incumplimiento de contrato. El asunto se resolvió en 1987, con el pago de 325 mil dólares.
«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno», concluye Malcolm.
Publicado en dos entregas, en 1989, en la revista The New Yorker, Malcolm explica su tesis con entrevistas al periodista y al acusado de asesinato, a los allegados, con análisis de libros, con reproducción de cartas y de diálogos de juicios. ¿Qué motivó esa actitud de McGinniss? ¿El dinero y la fama? ¿El amor por la verdad?
El periodista es pintado como un traidor, un sujeto frío, oportunista, cínico, sin compasión, que obra con mala fe, en busca del lucro. William F. Buckley y Joseph Wambaugh, autores de cierto reconocimiento, declararon en el juicio que es perfectamente correcto engañar al entrevistado, pues la responsabilidad última no es con él, sino con el libro. ¿Es así siempre? Malcolm remueve conciencias, motiva la discusión.

Janet Malcolm, 1981.

La frase: «Mientras el novelista, sin temor alguno, se lanza al agua y se expone al público por entero, el periodista permanece tembloroso en la orilla con su traje de baño».




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