2 de noviembre de 2019

Novelas cortas

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Felicidad para todos
Canción de Navidad (1843) | Charles Dickens


Ampliamente popular, Canción de Navidad (A Christmas Carol, 1843), de Charles Dickens, reclama la bondad de las personas por los que menos tienen.
Para transmitir su mensaje, el autor recurre a una historia de fantasmas. Como telón de fondo, se muestra la difícil vida en el Londres posterior a la Revolución industrial (hacia 1760-1840).
Reservado, avaro y egoísta, Ebenezer Scrooge es descrito como «un viejo pecador codicioso capaz de exprimir, arrancar, aferrar, rasguñar y empuñar». Para este sujeto, la Navidad no tenía importancia. A su sobrino Fred le dice: «¿Qué motivos tienes tú para estar feliz, si eres bastante pobre?». Del mismo modo, su humilde empleado Bob Cratchit, pese a su escasa fortuna, celebra la festividad con su familia con la mayor alegría.
El libro señala lo mal que es la indiferencia frente a esta fecha que recuerda el nacimiento de Jesucristo, pues en esta época del año «es cuando más se necesita hacer algún pequeño donativo para los pobres e indigentes».
Por ello, a Scrooge se le presenta el sufrido fantasma de Jacob Marley, su antiguo socio, fallecido hace siete años, quien le anuncia: «He venido esta noche para advertirte que aún tienes una oportunidad y la esperanza de escapar a un destino semejante al mío». Le comunica que se le aparecerán tres fantasmas en diversos momentos: el de las Navidades Pasadas, el de las Navidades Presentes y el de las Navidades Futuras.
¿Cómo hacer cambiar de actitud a Scrooge? Este relato moralista envía un mensaje a través del Fantasma de las Navidades Pasadas: «Cuesta poco colmar de gratitud a gente tan simple».
El relato reclama continuamente la distribución «equitativa» de los recursos. Lo curioso es que Inglaterra multiplicó su riqueza gracias a la Revolución industrial. Se volvió la mayor potencia del mundo.
Si ya mostrar fantasmas sale de lo habitual, viajar con facilidad por el tiempo y a diversos lugares también asombra. Con este recurso, Scrooge podrá saber lo que algunos piensan acerca de él, el rechazo que provoca. Un libro que sobrevive a los años.

Charles Dickens.

La frase: «La Navidad [...] tiempo amable, bondadoso, caritativo y placentero. La única época que conozco, en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen consentir en abrir con libertad sus cerrados corazones, y en considerar a quienes están por debajo de ellos como compañeros de viaje hacia la tumba y no como otra raza obligados a emprender otros viajes».







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Infeliz mortal

El capote (1843) | Nikolai Gógol

El ruso Nikolai Gógol diseña un personaje memorable en El capote (Шинель, 1843). Esta es la historia de un mediocre empleado público que reemplaza un viejo abrigo por uno nuevo. Su calidad ha llevado a decir a Vladimir Nabokov que este relato no tiene grietas.
Cincuentón, bajo de estatura, un poco picado de viruelas, algo miope, de coronilla calva y de cabello rojizo, Akaki Akakievich se encargaba de copiar documentos oficiales. Vestía siempre el mismo uniforme, un raído capote, y no gozaba del respeto de sus colegas, pese a cumplir con su labor sin errores. Es más, llevaba trabajo a su casa para copiarlo por puro placer.
Objeto de continuas burlas, sus compañeros de oficina le lanzaban con frecuencia bolitas de papel. Muchos jefes se sucedieron, pero él permaneció «exactamente en el mismo sitio, exactamente en el mismo cargo, haciendo exactamente el mismo trabajo». Algunos creían incluso que había venido a este mundo ya del todo preparado para esa tarea. No le importaba nada más que su trabajo, vivía ajeno a todo. No iba al teatro ni cortejaba a alguna dama. Soltero, vivía con una casera de unos 70 años.
Perteneciente a la clase media, sufre ciertas angustias económicas. Para cumplir el sueño de comprarse un nuevo abrigo, debe privarse durante varios meses de diversas cosas. Sin embargo, ese deseo lo volvió más seguro, firme y alegre. Así, espera el nuevo traje para enfrentar el inclemente frío de San Petersburgo, capital del Imperio ruso de 1713 a 1728 y de 1732 a 1918.
Tras conseguir el nuevo abrigo, recibe un duro golpe del que no se repondrá. Hay en esta parte del relato una crítica severa a la burocracia. Se demuestra que los tipos sencillos no son bien atendidos, así sea justo su reclamo. Hay diversas instancias, una pirámide de cargos, un largo camino con vallas. Lo que le sucede despierta compasión. La historia post mortem, más que terrorífica, es humorística. La Policía recibe quejas y debe capturar a un fantasma que roba abrigos.
Para otorgarle verosimilitud, el entrometido narrador anónimo da a entender que lo que cuenta se basa en un hecho real, pero, para evitar problemas, no ofrece los nombres exactos: «No podemos decir dónde precisamente vivía el funcionario que ofrecía la reunión». Sus recurrentes opiniones cansan. En las primeras líneas afirma: «En este mundo no hay nada más enojoso que los departamentos, regimientos, oficinas del gobierno».
A veces no sabe con exactitud algunos aspectos: «Había sido ciervo de no sé qué señor», «sabemos muy poco acerca de ella», «no se sabe a ciencia cierta si era guapa o no». Mete la cuchara a cada momento: «Conviene señalar aquí», «aquí nos cumple apuntar que». Explica algunas cosas: «Será necesario señalar aquí que Akaki Akakievich», «tal es la costumbre de los sastres desde tiempo inmemorial», «lo que se estila ahora es representar lo más plenamente posible el carácter de cualquier persona que aparece en un relato». En ciertos momentos dice cosas evidentes: «Como todo el mundo sabe».
Justifica lo que está describiendo: «El lector necesita saber». En un pasaje muestra pudor, pues evita mencionar ‘calzoncillos’: «Ese artículo de ropa interior que sería indecente mencionar por escrito». Todas estas interferencias le restan calidad al relato. El narrador invisible, objetivo, lo sabe todo, pero no dice lo que piensa de los personajes o situaciones. Así, permite que el lector saque sus propias interpretaciones y no que le den lecciones de modo directo. Pese a ello, El capote es un buen relato y sigue cosechando público.

Nikolai Gógol.

La frase: «Siempre habrá gente que considerará importante lo que en opinión de otra gente no lo es» (El capote, Nikolai Gógol).



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La isla misteriosa
La invención de Morel (1940) | Adolfo Bioy Casares


En el prólogo a la primera edición de La invención de Morel (1940), del argentino Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges anotó acerca de la trama de este libro: «No me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta».
El argumento, en efecto, es muy interesante. Un tipo condenado a cadena perpetua huye de prisión y llega en un bote a una isla solitaria, donde se instala. Días después observa a unos sujetos. Más tarde se entera de que son producto de la invención de un tal Morel (un «barbudo pálido»). Un aparato que reproduce infinitamente lo que unas quince personas («con otras tantas de servidumbre») hicieron en una semana de verano en la isla.
El narrador, el propio prófugo, cree que se encuentra en la isla Villings, en el archipiélago de Las Ellice, colonia británica de 1892 a 1976, ubicada en la Polinesia, en el océano Pacífico. ¿Cómo es el lugar? Hacia 1924, Morel destinó parte de su fortuna en la construcción de un museo amplio de tres pisos (un «refugio que pone a prueba el equilibro mental»), una capilla y una pileta de natación.
¿Qué tiene de extraño esta isla? Entre otras cosas, «mata de afuera para adentro». A la gente que usa la invención de Morel, una enorme máquina, se le cae las uñas, el pelo; se le muere la piel. Pese a este peligro, sin conocer los detalles, el prófugo decide ir a este insólito lugar. Escapa desde Rabaul, puerto de Papúa-Nueva Guinea, en Oceanía, pues su vida de prisionero era horrible.
Entre los «intrusos» que observa días después se encuentra Faustine. «En las rocas hay una mujer mirando las puestas de sol, todas las tardes. Tiene un pañuelo de colores atado en la cabeza; las manos juntas, sobre una rodilla». El narrador se enamora de ella. Intenta comunicarse de diversas formas, pero es en vano. La mujer no le hace caso. ¿Acaso él se ha vuelto invisible?
El prófugo asegura que la vez que le habló a Faustine él «estaba casi inconsciente». ¿La soledad, la locura, alimentarse de raíces desconocidas o las pesadillas le han hecho crear esta historia? ¿Estos excepcionales visitantes actuaban para él? ¿Acaso se encuentra en el infierno? ¿Qué significado tiene la capilla, «el sitio más solitario de la isla»? Son muchas preguntas y un número mayor de hipótesis.
La prosa es cuidada. Esto corresponde a que el narrador es un escritor, posiblemente nacido en Venezuela. (En cierto momento menciona las «frías alturas» de ese país y afirma haber estado en Caracas. No obstante, no hay localismos propios de su lugar natal). En vez de decir «dejé de hablar», dice: «Renuncié a las palabras», una forma más literaria.
En su diario personal, el narrador no ofrece fechas. Quizá porque ignora el día en que se encuentra. Dedica muchas páginas a describir el lugar, lo que fatiga un poco. «El lector atento puede sacar de mi informe un catálogo de objetos, de situaciones, de hechos más o menos asombrosos», dice. Lo malo es que abunda mucho en lo primero. Un hecho poco frecuente en los relatos de ficción son las notas de un «editor» anónimo a pie de página. Es un artificio que permite a otra persona comentar algunos detalles del relato del prófugo.
Estamos en el mundo de lo absurdo. Un grupo de personas baila en medio de una tempestad, hace ejercicios de calentamiento durante un calor abrasador y habla correctamente el francés «casi como sudamericanos» (¿?). Las conversaciones se repiten, habitan bajo dos soles en el día y dos lunas en la noche.
«Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas», dice el narrador de modo significativo. Un libro que destaca por la imaginación del autor y su esmerada prosa.

Adolfo Bioy Casares.

La frase: «Si queremos desconfiar, nunca faltará la ocasión» (La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares).



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La inquebrantable fe

El coronel no tiene quien le escriba (1961) | Gabriel García Márquez


En un periodo de estrechez económica, el colombiano Gabriel García Márquez compuso en París, desde mediados de 1956 a enero de 1957, su segunda novela: El coronel no tiene quien le escriba (1961), publicada originalmente en la revista Mito de Bogotá, en 1958.
El libro se desarrolla de octubre a diciembre de 1956 en un pueblo jamás mencionado a orillas de un río navegable. Relata la historia de un coronel de 75 años, veterano de una guerra civil, que se dirige cada viernes a la oficina de correo, aguardando una correspondencia que traiga sus pensiones.
Casado hace cuarenta años con una asmática, el viejo militar sufrió la muerte de su único hijo, Agustín, quien fue acribillado por la Policía por distribuir información clandestina y que le dejó por toda herencia un gallo de lidia. El coronel confía en que este animal ganará las peleas de enero, lo que cambiaría favorablemente su mala situación económica.
«Prohibido hablar de política», reza un letrero en la sastrería donde trabajó Agustín. Paradójicamente, ahí se encuentra uno de los focos de la resistencia secreta. Además, la frase presenta el humor sombrío que tiñe el relato y muestra la política desde un ángulo desfavorable.
Pese a la brutal represión, tres antiguos amigos de Agustín que trabajan en la sastrería, un joven médico y el coronel exponen sus vidas al repartir hojas clandestinas. La muerte del hijo del viejo militar no atemoriza y quizá estimule a estos opositores de un régimen que hace mucho tiempo no convoca elecciones, que ha impuesto el estado de sitio, que ha implantado el toque de queda en el pueblo, que censura la prensa, que realiza batidas y que asesina a sus enemigos. Esta resistencia se extiende, de manera armada y ya no oculta, en otros lugares del país.
Es importante tener en cuenta que hace 56 años terminó la última guerra civil y que las pensiones que espera el viejo militar se acordaron mediante el Tratado de Neerlandia, con la rendición del coronel Aureliano Buendía. El gobierno, sin embargo, no concreta sus promesas, en tanto los partidarios del régimen, como recuerda la esposa asmática, «cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el Senado durante veinte años».
Don Sebas, padrino de Agustín y ricacho del pueblo, es el único dirigente del partido del coronel que escapó a la persecución política. «Un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo». ¿Cómo consiguió fortuna y evitar la represión? A través de un famoso pacto patriótico con el alcalde, que le permitió quedarse en el pueblo y «comprar a mitad de precio los bienes de sus ricos copartidarios» que aquel expulsaba.
En un pasaje, el coronel oirá de su mujer: «Varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla». El héroe del relato está empobrecido y pasa mucha hambre. En ese contexto, es alarmante que el viejo militar no haga otra cosa que esperar hace 56 años. ¿Es acaso un holgazán que reduce su vida a comer, dormir, aguardar una carta, alimentar a un gallo y distribuir información clandestina?
Los ancianos esposos tienen una casa hipotecada, viven al fiado y vendieron una máquina de coser, y pretenden hacer lo propio con un reloj y un cuadro. La angustiosa situación empuja al coronel a ofrecerle su gallo de pelea a su compadre don Sebas, quien quiere aprovecharse de él pagándole menos de la mitad del precio real.
Es significativo que el viejo militar compare su figura y la de su mujer con la de un papagayo y un pájaro carpintero, respectivamente. La situación en que vive lo degrada al extremo de colocarse con su esposa al nivel de los animales, incluso el coronel y su mujer se privan de comer para alimentar al esperanzador gallo, lo que manifiesta la importancia que le otorgan.
Pese a las adversidades, el coronel está convencido de que el mal periodo pasará. Tiene una inquebrantable fe en que algún viernes le llegará la demorada carta y que su gallo ganará las peleas de enero. De algún modo es un inconformista: espera así el cambio. Esta esperanza la comparten, a su manera, los de la resistencia. Las cosas definitivamente serán distintas en el futuro.
Esta breve novela política emplea con eficacia recursos clásicos: narrador omnisciente y cronología lineal. Sin embargo, el humor sutil, las descripciones precisas y los diálogos breves sorprenden por su estupenda utilización en este hermoso relato cuyo telón de fondo es un periodo difícil de la vida de García Márquez y de su país.

Gabriel García Márquez.

La frase: «La ilusión no se come. No se come, pero alimenta» (El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez).

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