28 de agosto de 2016

Tres obras maestras de la serie de televisión estadounidense

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Una familia de la mafia
Los Soprano (The Sopranos, 1999-2007)


¿Qué elementos debe tener una serie de televisión para ser una obra de arte? Un buen guion es indispensable. Se requiere, asimismo, de magníficos actores, estupendos diálogos y una cámara bien puesta, entre decenas de aspectos técnicos. A diferencia de la pintura o de la escultura, los productos del cine o de la televisión dependen de mucha gente. En este sentido, Los Soprano (The Sopranos), serie televisiva de seis temporadas creada por David Chase, es una feliz coincidencia de profesionales brillantes.
Tras unos ataques de pánico, el violento Tony Soprano (James Gandolfini) asiste a sesiones de terapia con una psiquiatra, la doctora Jennifer Melfi (Lorraine Bracco), a quien le confiesa sus problemas personales. Le cuenta, entre otras cosas, que lleva una conflictiva relación con su madre, Livia Soprano (Nancy Marchand), manipuladora y de carácter dominante.
También le refiere la relación que lleva con su esposa, Carmela Soprano (Edie Falco), y sus hijos: la sobresaliente Meadow (Jamie-Lynn Sigler), quien se prepara para ingresar a la universidad, y el problemático Anthony (Robert Iler), de bajos rendimientos en la escuela. Asimismo le habla de algunos aspectos de su modo de ganarse la vida.

Carmela, Tony, Anthony y Meadow Soprano.

De origen italiano, Tony Soprano es un mafioso natural de Nueva Jersey que vive de la extorsión, del tráfico ilegal y de los sobornos. Tras la muerte de su jefe, víctima de cáncer, debe enfrentar diversos roces con su sucesor, Corrado ‘Junior’ Soprano (Dominic Chianese), tío suyo. Por fortuna, para sacar sus negocios adelante, cuenta con el apoyo de su vehemente sobrino político Christopher Moltisanti (Michael Imperioli).
Al imponente Tony, de 1,85 metros, amante de las pastas y de los puros, se le ve con frecuencia en su enorme mansión en bividí, bata o shorts. Se levanta casi todos los días al borde del mediodía, tras pasar toda la noche fuera del hogar, a veces en uno de sus negocios, como el club de striptease Bada Bing! Es un personaje complejo que puede ser tierno o duro.

Christopher Moltisanti.

Pese a que sus manos puedan estar manchadas de sangre, puede ser un padre y esposo amoroso, aunque tenga numerosas amantes y sea violento con ellas. Incluso puede verse muy afectado por el dolor de una traición de alguien cercano. Por otro lado, saca las garras. Cuando Carmela le señala que todos quienes trabajan con él le temen, el mafioso le responde: «A mí qué mierda me importa que me tengan miedo. Dirijo un puto negocio, no un concurso de popularidad». En cierto momento, se pregunta: «¿Qué clase de persona soy si hasta su madre desea su muerte?».
El episodio «College», quinto de la primera temporada, es de los más significativos. Cuenta el viaje de Tony y su hija a Maine, nordeste del país, para conocer las posibles universidades en las que podría estudiar ella. En el camino, el mafioso encuentra de modo casual a un exsocio que lo traicionó, a un tipo que trabajó con él, pero se volvió informante del FBI. El capítulo muestra cierta constante de la serie: el jefe lidiando con un asunto familiar, privado, y, en paralelo, resolviendo un tema laboral o de venganza.

Corrado ‘Junior’ Soprano.

«Pine Barrens», el undécimo episodio de la tercera temporada, es otro de los mejores. Christopher y el gánster Paulie Gualtieri (Tony Sirico) van a enterrar a una de sus víctimas en un bosque nevado del sur de la ciudad. Con hambre, perdidos, a punto de ser congelados y desesperados, deben terminar una misión que se complica. Tony describe por celular al enemigo, pero Paulie entiende mal. «No creerás esto —le dice a Christopher luego de escuchar al jefe—. El tipo mató a 16 checoslovacos. Fue decorador de interiores». Un típico chiste de teléfono malogrado.
Las múltiples referencias a El Padrino (The Godfather, 1972-1980), trilogía sobre mafiosos de origen italiano, evidencian el peso que tienen estas películas de Francis Ford Coppola. Lo mismo sucede con Buenos muchachos (Goodfellas, 1990), de Martin Scorsese. Baste decir que 27 actores de este último film coincidieron en la serie. Por citar dos: Lorraine Bracco y Michael Imperioli, respectivamente, la esposa del gánster interpretado por Ray Liotta y el muchacho que recibe un balazo en un pie del maleante encarnado por Joe Pesci. En resumen, Los Soprano es una obra maestra que brilla en muchos terrenos.

David Chase.



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Devorar el mundo
The Wire (2002-2008)


La serie de televisión The Wire expresa tremendas ganas de devorar el mundo en una sola obra. Así, explora diversos estratos y ambientes de Baltimore, puerto del nordeste de Estados Unidos.
Con el deseo de ofrecer un retrato realista, observamos los movimientos de una amplia galería de personajes: desde el microcomercializador de drogas hasta el político más encumbrado, un senador del estado de Maryland. En este espectro tenemos además a jueces, fiscales, prostitutas, periodistas, profesores, policías.
Hay rumores de que existe una organización criminal ligada al narcotráfico liderada por Avon Barksdale (Wood Harris). En esas circunstancias, la Policía se pone a investigar sin tener siquiera una foto del cabecilla, un sujeto que jamás ha sido arrestado y acerca de quien no hay casi información.

Bunk Moreland y Jimmy McNulty.

«Este caso está conectado con todo», le comenta el teniente Cedric Daniels (Lance Reddick) a su esposa en cierto momento. Es verdad, la organización de Barksdale nos lleva a rumbos insospechados. El presumido, borrachín y mujeriego detective Jimmy McNulty (Dominic West) elogia en cierto momento al cabecilla: «Me enorgullece perseguir a este tipo».
El teniente Daniels, asignado al caso, se queja al inicio de la calidad de su equipo policial sin saber las sorpresas que le daría este. Sin embargo, hay limitaciones, por lo que la Policía busca métodos más modernos, pero legales, para dar el golpe al enemigo. De ahí la clonación de buscapersonas o la interceptación de teléfonos públicos con autorización de la fiscalía. Tenemos aquí el origen del nombre de la serie (‘wire’, es decir, ‘cable’ en inglés).

Avon Barksdale.

La investigación parte desde los pequeños vendedores de drogas de las viviendas pobres, la zona inferior de la pirámide. En estos territorios, como en toda Baltimore, predominan los afroestadounidenses. Un oficial señala en un pasaje: «Si uno sigue la pista de la droga, desemboca en adictos y traficantes. Pero si uno sigue la pista del dinero, no se sabe dónde puede terminar». Esta serie nos lleva a reflexionar acerca de las instituciones del Estado, susceptibles de ser sometidas por el dinero del narcotráfico. Así, encontramos, policías y políticos deshonestos. Una cruda verdad.
Si tendríamos que rescatar tres momentos de la primera temporada, podríamos contar con la explicación de D’Angelo Barksdale (Larry Gilliard, Jr.) acerca de cómo jugar al ajedrez, al que compara con el desempeño en la vida (episodio 3). También la escena graciosa en la que McNulty y su acompañante Bunk Moreland (Wendell Pierce) visitan la escena de un crimen, reconstruyen un asesinato y pronuncian una lisura decenas de veces: fuck (episodio 4). Por último, la conmovedora pregunta de D’Angelo a Stringer Bell (Idris Elba) dónde demonios está Wallace, adolescente que traicionó a sus superiores (episodio 5).

Stringer Bell.

Si usted quiere saber cómo funciona la estructura del narcotráfico, las fachadas, los vínculos con los de arriba, aquí tiene un magnífico retrato.
La segunda temporada se traslada de escenario: se centra en la vida de los estibadores del puerto. En paralelo, continúa con la historia de la organización de Barksdale y de algunos policías, entre ellos McNulty, destacado en una lancha en la Unidad Marina. En la tercera temporada, en cambio, sobresale otro capo del narcotráfico, Marlo Stanfield (Jamie Hector), y observamos el empeño del demócrata Tommy Carcetti (Aidan Gillen) de llegar a la alcaldía de la ciudad. Las dificultades que enfrentan los escolares para salir de un ambiente hostil y los modos de informar de los reporteros del diario The Baltimore Sun se incorporan en el tratamiento de la cuarta y quinta temporada, respectivamente.
David Simon, el creador de la serie y periodista del diario The Baltimore Sun durante veinte años, confiesa haberse inspirado en un delincuente que —como Omar Little (Michael K. Williams)— robaba a los narcotraficantes. Es más, nombró a este consultor del programa mientras cumplía condena. Como otro modo de ser fiel a lo que cuenta, la producción tuvo en el reparto a una joven que estuvo en prisión por asesinato: Felicia Pearson, una despiadada criminal en la serie.
The Wire es una joya de la televisión que justifica ampliamente todos los elogios recibidos. Una obra que exhibe las desigualdades sociales de un país que se jacta de ser el abanderado de la libertad.

David Simon.



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Viaje al mal
Breaking Bad (2008-2013)


Uno de los aspectos que hace de Breaking Bad (‘volviéndose malo’ sería la traducción literal al castellano) una serie memorable es su guion, con situaciones límite y diálogos ingeniosos. La transformación progresiva de un modesto profesor de Química a un asesino productor de drogas es brillante.
¿A qué género pertenece esta serie? Es drama, pues cuenta la vida durante un poco más de dos años de un tipo enfermo de cáncer que piensa en el bienestar económico de su familia. Es thriller psicológico, por la angustia de saber cómo los personajes se libran de sus problemas. Es western contemporáneo, por las emboscadas y los tiroteos que se desatan en un caluroso desierto, en el de Nuevo México en este caso. Es humor negro, pues a veces no se sabe para quién se trabaja.
El protagónico recae en el profesor Walter White, interpretado de modo excepcional por Bryan Cranston, cuyo desempeño fue elogiado por Anthony Hopkins nada menos («la mejor actuación que he visto en mi vida», sentenció). Lo acompañan en el desarrollo de la historia Jesse Pinkman (Paul Aaron), drogadicto productor de metanfetamina azul y quien hace desternillar de risa cada vez que exclama ‘bitch’ (‘perra’), y el policía antinarcóticos Hank Schrader (Dean Norris), obsesionado por llegar a la verdad y por capturar al perverso Heisenberg. Además tiene gran importancia Skyler (Anna Gunn), la esposa del personaje principal.

Jesse Pinkman y Walter White.

«No estoy en peligro, Skyler, yo soy el peligro. Si llaman a la puerta de un hombre y le disparan, ¿tú crees que ese hombre seré yo? ¡No! Yo soy el que llama», le explica el profesor Walter White a su esposa, atemorizada por lo que pueda pasarle a su familia (sexto episodio de la cuarta temporada). Otro momento mágico es cuando Heisenberg, después de describir lo que hizo, le pide al jefe de los distribuidores de metanfetamina que diga su nombre (sétimo capítulo de la quinta temporada).
Todo está minuciosamente trabajado en esta serie creada por Vince Gilligan: desde la presentación de los créditos iniciales, los que toman letras de algunos símbolos de los elementos químicos de la tabla periódica, hasta el color de la ropa, que corresponde con el momento de la historia. El inescrupuloso abogado Saul Goodman (Bob Odenkirk), cuya publicidad es «Better Call Saul», luce camisa verde, por ejemplo, al recibir cinco millones de dólares de Jesse en el capítulo «Dinero sangriento» (noveno episodio de la quinta temporada).

Gustavo ‘Gus’ Fring.

La intriga se distribuye en buenas dosis, con preferencia al final de cada episodio. Así, las sospechas del espectador pueden venirse abajo al descubrir lo que realmente sucedió. Es el caso del oso de peluche rosado, que aparece al inicio de la segunda temporada. ¿Cómo llegó a la piscina de la casa de los White?
Cada elemento encaja muy bien, salvo que Gustavo ‘Gus’ Fring (Giancarlo Esposito), dueño de la cadena de comida rápida Los Pollos Hermanos y productor de metanfetamina, no parece chileno por su acento, por el color de su piel y por provenir de un país con poca vinculación con el narcotráfico. Aunque se podría pecar de estereotipo, quizá hubiese sido más creíble si fuera peruano, boliviano o colombiano.

Skyler White.

El esmero que pone en el laboratorio el profesor White para crear un producto de calidad se traslada a la realización de la serie. Las cinco temporadas son un viaje extraordinario, intenso y vertiginoso al mal.

Vince Gilligan.

23 de agosto de 2016

Cuarta edición: «Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas»


Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas 
Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila 
Cuarta edición, corregida y aumentada: 2016 
Número de páginas: 464 
Encuadernación: tapa blanda 
Formato: 15 × 21,5 centímetros 
Peso: 620 gramos  
Lugar y sello: Lima, Revuelta Editores 
ISBN: ---
Precio: 59 soles 

Cada vez que volvía a Lima solía frecuentar los cines de barrio para ver melodramas mexicanos, en cambio le desagradan los largometrajes del británico Alfred Hitchcock. A inicios de la década de 1960, colaboró para el Frente de Liberación Nacional de Argelia y años después luchó contra todo tipo de nacionalismo. Rechaza el libro que su primera esposa escribió acerca de su matrimonio, pero le encanta hurgar en la vida privada de escritores que admira como Gustave Flaubert o Victor Hugo. Estas son las confesiones menos importantes de Mario Vargas Llosa que el lector encontrará en estas Entrevistas escogidas, volumen que reúne 35 conversaciones realizadas por diversos periodistas, de 1964 a 2015. 

Un libro de gran interés para conocer mejor a uno de los escritores imprescindibles de la lengua castellana. Esta cuarta edición del libro, corregida y aumentada, celebra los 80 años del nacimiento del célebre narrador. Acerca de Jorge Coaguila, el compilador de este volumen, el propio Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, ha señalado: «Conoce mi obra al dedillo». 


Comentarios acerca del libro: 

«De un centenar y medio de entrevistas a Vargas Llosa, publicadas en diarios y revistas peruanos, Jorge Coaguila ha escogido un racimo privilegiado para seguir la trayectoria literaria, ideológica y política de nuestro novelista más universal. Un retrato completo, apasionante, que se lee de un tirón y se guarda a la mano, para la relectura constante». 
Ricardo González Vigil, El Comercio 

«La lectura de las entrevistas se convierte en un placer por el carácter dinámico que Coaguila ha sabido dar a esta selección». 
Osmar Gonzales, El Peruano 

«Entrevistas escogidas contiene diálogos memorables que quedarán impresos en el imaginario vargasllosiano». 
Giancarlo Stagnaro, El Peruano 

«Un atractivo material para estudiosos e investigadores de la obra y trayectoria de Mario Vargas Llosa». 
Ismael Pinto, Expreso 

«El valor de esta selección está en rescatar textos de revistas, suplementos culturales y diarios (algunos desaparecidos) que de otro modo hubieran quedado en el olvido». 
Jorge Paredes Laos, El Comercio 

«Un libro que nos revela espacios interesantísimos en la vida del escritor y además de gran interés para conocer mejor a un peruano universal y uno de los escritores imprescindibles de la lengua castellana». 
José Luis Vargas G., La Industria 

«Coaguila se ha especializado en discurrir los velos detrás de los cuales se engrana la materia prima de la literatura más diversa». 
Francisco Bardales R., Pro y Contra 

«El que lee los reportajes se sumerge en las opiniones de Mario Vargas Llosa a lo largo de cuarenta años. Un libro interesante». 
Percy Vílchez Vela, Pro y Contra 

«Un libro maravilloso, estupendo».
Guillermo Giacosa, Mapamundi 

«Ineludible para investigadores y estudiantes». 
Víctor Coral, El Comercio 

«Estamos ante un libro de enorme interés que nos permite revisar con detenimiento las muchas facetas de Vargas Llosa como intelectual y escritor de su tiempo; vale decir, la vida de un gran creador cuya aguda palabra lo convirtió en el 2010 en un protagonista de la literatura universal». 
César Ferreira, Letras 

«Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas, libro en el que el periodista y crítico Jorge Coaguila reúne las más importantes entrevistas concedidas por nuestro Nobel de 1964 a 2015. Interesante». 
Javier Ágreda, La República 

«El periodista Jorge Coaguila ha tenido el acierto de compilar y seleccionar las mejores entrevistas que a lo largo de su vida ha dado Mario Vargas Llosa. Más aun, las ha publicado acompañadas de un conjunto de notas y apuntes que ayudan a comprender mejor el contexto en que cada una de ellas se realizó. Un ejercicio de documentación y pesquisa digno de encomio». 
Jorge Moreno Matos. El Reportero de la Historia 

«Este dossier de entrevistas a Vargas Llosa preserva del olvido de internet trabajos periodísticos memorables en torno a un gran personaje». 
José Vadillo Vila, El Peruano 

«En definitiva, el libro de Coaguila supone toda una ocasión para redescubrir de un modo directo la formación de uno de los autores fundamentales de la literatura actual». 
Manuel Prendes, Cuadernos Hispanoamericanos (España)

24 de julio de 2016

Cuarta edición: «Julio Ramón Ribeyro. Las respuestas del mudo»


Julio Ramón Ribeyro. Las respuestas del mudo 
Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila 
Cuarta edición, corregida y aumentada: 2015 
Número de páginas: 448 
Encuadernación: tapa blanda 
Formato: 15 × 21,5 centímetros 
Peso: 700 gramos  
Lugar y sello: Lima, Revuelta Editores 
ISBN: 9786124502217
Precio: 59 soles 

Este libro es singular. Reúne 31 de las mejores entrevistas a Julio Ramón Ribeyro, uno de los clásicos de la literatura peruana. Publicadas en diferentes medios, de 1960 a 2003, el presente volumen nos permite conocer las confesiones de este gran narrador sobre los secretos de su oficio, algunos pasajes de su vida familiar y diversas reflexiones que lo muestran como agudo observador del mundo. 

Por timidez o por rechazo a la figuración, Ribeyro concedía contadas entrevistas. Por eso, el ofrecer cada una de ellas era una especial celebración. De seguro, el conjunto de estas conversaciones complacerá a sus numerosos seguidores, pues encontrarán en cada página la eterna voz del mudo más famoso de nuestras letras. 

Esta cuarta edición del libro, además de nutrirse con otra entrevista, entrega un estupendo archivo fotográfico de 37 imágenes. 


Comentarios acerca del libro: 

«Julio Ramón Ribeyro fue un escritor que prefería, como él mismo ha anotado en sus cartas y diarios, la discreción y el silencio. Sin embargo, ahora que ya no está entre nosotros, su obra se ha convertido en un tema de relectura y discusión. La publicación de Coaguila sin duda animará la discusión sobre la obra de Julio Ramón».
Pedro Escribano, La República 

«Las entrevistas de este libro —hechas en un periodo de 34 años— contienen valores literarios e históricos que contribuyen a un conocimiento mayor de Ribeyro».
Jorge Paredes Laos, El Comercio 

«Jorge Coaguila, seguramente el más erudito ribeyrólogo del medio, ha rastreado en bibliotecas y hemerotecas las entrevistas que dio Julio Ramón Ribeyro, reacio como pocos a otorgarlas, seleccionando las más interesantes, las que ha prologado y anotado».
Federico de Cárdenas, La República 

«Un banquete le espera al lector de Las respuestas del mudo, libro que contiene lo que mucha gente ha esperado con ansiedad: una selección de entrevistas periodísticas hechas al narrador Julio Ramón Ribeyro desde 1960 hasta 1994, el año de su muerte en Lima».
Luis Freire Sarria, El Sol 

«Estas declaraciones nos acercan a un Ribeyro más humano, contradictorio, polémico».
Rocío Silva-Santisteban, El Comercio 

«En pocos autores nacionales, dados en su mayoría a la autocompasión o a la histérica revancha, se puede percibir la madura y lúcida actitud que asume Ribeyro en la mayoría de estas entrevistas».
Carlos Batalla, El Peruano

«Un invalorable testimonio de la evolución de la vida y obra del escritor. Un libro imprescindible para los admiradores del gran Julio Ramón Ribeyro»
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Javier Ágreda, El Montonero

«Estas entrevistas precisan o modulan de otra forma cuestiones relativas a la propia vida de Ribeyro así como asuntos que aborda en ensayos o en sus cuentos. La lectura conjunta es enriquecedora»
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Patricio Tapia, El Mercurio (Chile)

«Cercano al que leemos en sus ensayos, aforismos y diarios, el Ribeyro al que accedemos en este libro refrenda el aserto de Jorge Coaguila, que lo define como ‘el mudo más locuaz de las letras peruanas’»
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Vicente Undurraga, The Clinic (Chile)

«Este libro 
cuyo título parafrasea La palabra del mudo, sus cuentos completos es una antología de entrevistas de varios autores a Ribeyro. Aunque más de una vez se declaró cansado de que le preguntaran las mismas cosas de siempre, en estas páginas se muestra abierto a hablar con generosidad, tomándose su tiempo».
Leonardo SanhuezaLas Últimas Noticias (Chile)

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Las respuestas del mudo, una recopilación de las pocas entrevistas que Ribeyro dio a la prensa».
Loreto SolerClarín (Chile)

16 de diciembre de 2015

Tres obras maestras del periodismo estadounidense

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Una mirada al infierno
Hiroshima (1946) | John Hersey

 Portada de la revista The New Yorker, agosto de 1946.

Poco más de un año después de estallar la primera bomba atómica sobre una ciudad se publicó Hiroshima (1946), del periodista estadounidense John Hersey. El reportaje se centra en las experiencias de seis sobrevivientes de aquella catástrofe que acabó con la vida de más de cien mil japoneses.
Uno de los aciertos del periodista fue elegir un tema de interés universal. Toma en cuenta uno de los capítulos más importantes de la historia contemporánea, el ataque nuclear de Estados Unidos, que motivó la rendición de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El relato muestra los horrores de la tragedia, con el objetivo implícito de que un hecho como este no se repita, pese a que su autor pertenece al país agresor.
Hiroshima contaba entonces con 245 mil habitantes, quienes esperaban un ataque estadounidense, pero no sabían de qué magnitud. Hersey narra con detalles lo que seis personas comunes pasaron durante la explosión atómica. El mensaje es que esto podría sucederle a cualquiera durante una guerra actual.
Así, tenemos la historia de Toshiko Sasaki (20), empleada de una fábrica, que ve lastimada su pierna izquierda; del joven cirujano Terufumi Sasaki (25), médico incansable de un hospital de la Cruz Roja; de la viuda Hatsuyo Nakamura (34), quien debe salir adelante con tres hijos a medida que pierde progresivamente parte del cabello; del reverendo Kiyoshi Tanimoto (36), sacerdote metodista cuya iglesia quedó en ruinas; del alemán Wilhelm Kleinsorge (38), cura que viaja a un hospital de Tokio para ser tratado de extraños males; del doctor Masakazu Fujii (50), dueño de una clínica destruida por la hecatombe.
Esta bomba más poderosa que veinte mil toneladas de TNT dejó mucha gente mutilada, fracturada, sangrando, con quemaduras, desfigurada y agonizante, varios desnudos o en harapos. Además, edificios destruidos. El caos total.
Publicado originalmente en una edición íntegra de la revista The New Yorker, el reportaje se compone de cuatro partes: el momento del estallido, el incendio y destrucción de la ciudad, los rumores acerca de la bomba y cómo crecieron de modo extraño flores en la ciudad destruida. En 1985, Hersey le añadió un epílogo, «Las secuelas del desastre», que cuenta ordenadamente lo sucedido en las décadas posteriores a los seis sobrevivientes del ataque nuclear, llamados hibakushas.

John Hersey, 1944.

La frase: «El hombre de ahora no es como Dios deseaba. Ha caído en desgracia a través del pecado».




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lntimidades de un cantante
«Sinatra está resfriado» (1966) Gay Talese
Portada de la revista Esquire, abril de 1966.
«Sinatra está resfriado» («Frank Sinatra Has a Cold», 1966), publicado en la revista Esquire, asombra por ser ejemplo de concisión, encajar muy bien detalles de interés. Su autor, Gay Talese, edificó aquí un estupendo perfil acerca de un ídolo de la música estadounidense.
El reportero repasa la vida del cantante Frank Sinatra a una semana de cumplir 50 años, sus éxitos, sus amores, sus contactos con la mafia (aunque esto último de forma superficial). Como señala el título del texto, el divo se encuentra enfermo. En esas circunstancias, «Sinatra con gripe es Picasso sin pintura».
Talese no teme en ofrecer el perfil de un ser idolatrado por su círculo, irascible y matoncito a veces, dueño de una gran fortuna. Para entonces, había grabado algunas magníficas canciones como «I’ve Got You Under My Skin» (1956) y «Come Fly with Me» (1958), y, aunque se sentía amenazado por la popularidad de The Beatles, seguía siendo admirado por muchos jóvenes. Llevaba a cuestas dos divorcios, su segunda esposa fue la bella actriz Ava Gardner, y salía con la futura estrella del cine Mia Farrow, tres décadas menor que él.
Impresiona la cantidad de detalles que ofrece el reportero y lo bien que los distribuye. Del mismo modo llama la atención las numerosas entrevistas que realizó a gente que conoce al cantante. Cuando uno lee que Sinatra tiene sesenta peluquines, se pregunta cómo Talese consiguió ese dato. Lo más curioso es que nunca conversó con el protagonista. No obstante, eso no impide retratar a un personaje en diversas facetas.
Vemos a Sinatra en un bar de Beverly Hills o de Nueva York. También en su casa frente a la tele en espera de un documental que podría tratar su vida privada, en el plató mientras filmaba un largometraje y en un estudio de la cadena de televisión NBC en el que graba un especial con algunos de sus éxitos. En resumen, «Sinatra está resfriado» es periodismo hecho belleza, digno de la mayor admiración.

Gay Talese, 1972.


La frase: «¿Alguna vez se han detenido a pensar —entró a decir Sinatra—cómo sería el mundo sin una canción? Sería bastante aburrido».




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El dilema moral
El periodista y el asesino (1990) | Janet Malcolm


Portada del libro, edición estadounidense.

Un sujeto acusado de triple crimen toma contacto con un reportero para que escriba un libro sobre su caso. Poco después, este se gana su confianza y le hace creer que ofrecerá una imagen positiva suya, pero no sucede eso. ¿Dónde quedó la ética? En El periodista y el asesino (The Journalist and the Murderer, 1990), la estadounidense Janet Malcolm critica ferozmente su profesión por aprovecharse de la gente.
El 17 de febrero de 1970, en su casa de Carolina del Norte, la esposa embarazada y las dos hijas del doctor Jeffrey MacDonald, quien quedó herido, fueron asesinadas. ¿Quién es el culpable? ¿Acaso los miembros de una secta? Un juicio absolvió al médico, pero al reabrirse su caso este llegó a un acuerdo con Joe McGinniss, interesado en escribir sobre el crimen.  
Poco después, en 1979, la nueva sentencia condenó a MacDonald a la cárcel. Al publicarse Fatal Vision (1983), el esperado libro, el convicto se sorprendió de lo que se decía acerca de él, retratado como un psicópata asesino, y le entabló una demanda a su autor, quien había tenido pleno acceso a información exclusiva durante cuatro años, por fraude e incumplimiento de contrato. El asunto se resolvió en 1987, con el pago de 325 mil dólares.
«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno», concluye Malcolm.
Publicado en dos entregas, en 1989, en la revista The New Yorker, Malcolm explica su tesis con entrevistas al periodista y al acusado de asesinato, a los allegados, con análisis de libros, con reproducción de cartas y de diálogos de juicios. ¿Qué motivó esa actitud de McGinniss? ¿El dinero y la fama? ¿El amor por la verdad?
El periodista es pintado como un traidor, un sujeto frío, oportunista, cínico, sin compasión, que obra con mala fe, en busca del lucro. William F. Buckley y Joseph Wambaugh, autores de cierto reconocimiento, declararon en el juicio que es perfectamente correcto engañar al entrevistado, pues la responsabilidad última no es con él, sino con el libro. ¿Es así siempre? Malcolm remueve conciencias, motiva la discusión.

Janet Malcolm, 1981.

La frase: «Mientras el novelista, sin temor alguno, se lanza al agua y se expone al público por entero, el periodista permanece tembloroso en la orilla con su traje de baño».




Ensayo sobre la novela contemporánea: La muerte de la novela

George Steiner.

La novela continúa viva, pese a múltiples sentencias de muerte. Eminentes críticos, como el estadounidense George Steiner, aseguran que este género ya llegó a su fin. Incluso algunos importantes narradores, como la francesa Marguerite Duras, le han dado pocas esperanzas de vida.
La autora de El amante (L’amant, 1984) aseveraba que antes de 2020 la literatura no existiría más. Sin embargo, los admiradores de este arte creemos no parecernos aún a los miniaturistas medievales que habitan en el más célebre libro del italiano Umberto Eco, El nombre de la rosa (Il nome della rosa, 1980). Es decir, cultores de una actividad de pocos.
Estos dictámenes no se refieren, en absoluto, a la cantidad de libros publicados, pues sucede todo lo contrario. Hoy como nunca estos se venden y se leen más que en cualquier otra época de la historia. El asunto está en que —según estos agoreros— el género ya agotó todas sus posibilidades tanto temáticas como formales.
Italo Calvino se colocó en el otro bando al dejarnos el confortante Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d’inverno un viaggiatore, 1979), en que el protagonista, el propio lector, está en busca de una novela, pero encuentra diez diferentes. El libro de este narrador italiano, en resumen, muestra las direcciones de la narrativa actual.
Esta cuota de confianza en el porvenir de la novela se relaciona, sin duda, con la necesidad de los hombres de alimentarse con ficciones. Además, temas como el amor y la muerte tienen mil formas de encararse y narrarse. Así será mientras cada persona viva una experiencia distinta y posea una forma diferente de ver las cosas. Siempre habrá un margen para el asombro.
La amenaza más peligrosa tal vez esté en otras creaciones humanas, como la televisión, el pasatiempo más popular del mundo, el cine o los videojuegos. La pantalla resta, sin duda, miles de lectores.

Bill Gates.

Como forma impresa, el libro enfrenta un gran reto ante el formato digital, en el que se conserva gran cantidad de información en un pequeño dispositivo de almacenamiento de datos. El influyente empresario estadounidense Bill Gates, fundador de la compañía de software Microsoft, dice que no se morirá sin acabar antes con el papel.
En marzo de 2000, su compatriota Stephen King, narrador del género de terror, se convirtió en el primero, con Montando la bala (Riding the Bullet), en publicar con éxito una novela en internet antes que en libro impreso. Así, la tecnología nos conduce a rumbos insospechados y de una manera tan rápida que a veces quita el aliento.
El hecho de que en este momento escriba frente a una pantalla es una señal de cómo han cambiado las cosas en las dos últimas décadas. La manera de escribir no es la misma desde la introducción masiva de la computadora, ocurrida a mediados de la década de 1980. Uno edita, corrige e imprime de otro modo desde entonces. La máquina de escribir poco a poco se ha despedido.
El colombiano Gabriel García Márquez sostiene que, antes de crear su famosa novela El amor en los tiempos del cólera (1985), tenía que escribir de nuevo toda la página si le encontraba un mínimo error, sea este incluso de digitación. Sin embargo, hay algunos autores, sobre todo mayores, como el mexicano Carlos Fuentes, que no se adaptan aún al uso de la computadora y siguen utilizando la máquina de escribir.
El ensayista canadiense Marshall McLuhan, otro convencido del fin de la literatura y de los libros por los medios electrónicos, lanzó sus ortodoxas teorías en la década de 1960. ¿Qué hubiera dicho hoy de internet, sobre este medio que permite recibir en una computadora una cantidad impresionante de información?
El interés por lo audiovisual, en especial por el cine, es evidente en muchos narradores. Varios han escrito guiones, como García Márquez, o crítica cinematográfica, como el argentino Tomás Eloy Martínez. Algunos han dirigido incluso con excelente acogida, como Marguerite Duras (India Song, 1975), el británico Hanif Kureishi (Londres me mata, London Kills Me, 1992) o el estadounidense Paul Auster (Lulu on the Bridge, 1998).
Además, son muchas las novelas contemporáneas llevadas a la pantalla grande. Para muestra tres: La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities, 1987), del estadounidense Tom Wolfe, fue adaptada por Brian de Palma en 1990; El invierno en Lisboa (1987), del español Antonio Muñoz Molina, por José Antonio Zorrilla también en 1990; o Sostiene Pereira (1994), del italiano Antonio Tabucchi, por Roberto Faenza en 1996. Por supuesto, de por medio están los miles de dólares que se transfieren por los derechos de adaptación de estas reconocidas obras literarias.

Arturo Pérez-Reverte.

Algunos escritores consideran al cine una forma de conocimiento a la par que la literatura. En El club Dumas, novela también llevada a la pantalla grande, el español Arturo Pérez-Reverte dice: «Corso había leído y visto suficiente cine para saber lo que significaba aquello».
El sida, la destrucción de la capa de ozono o una posible guerra nuclear, ¿cuáles son los mayores problemas del hombre actual? Tras la caída del Muro de Berlín y el fin de los regímenes comunistas en Europa oriental, anunciados de alguna forma por el checo Milan Kundera en su novela La insoportable levedad del ser (Nesnesitelná lehkost bytí, 1984), los conflictos sociales y políticos han dejado de interesar a muchos.
Hace algunas décadas, buena parte de nuestros escritores y artistas tenía simpatía, tímida o fervorosa, por alguna agrupación política. Hoy, el individualismo, en una sociedad sujeta a la prédica neoliberal, parece haber ganado terreno, situación expresada en la narrativa contemporánea.
En estos tiempos —dice Pérez-Reverte en su citada novela— «demasiada gente se empeña en publicar 200 páginas sobre las apasionantes vivencias que experimenta mirándose al espejo». Por desgracia, este narrador español tiene razón, pues la literatura se ha banalizado hasta el punto que motiva a muchos a asegurar que su muerte está cerca si no ha ocurrido ya. Antes de ser autor de ficción, Tom Wolfe consideró que el periodismo «borraría la novela como género fundamental del mapa literario».
No obstante, novelas como El perfume (Das Parfum, 1985), del alemán Patrick Süskind; Beloved (1987), de la afroestadounidense Toni Morrison, o Santa Evita (1995), del argentino Tomás Eloy Martínez, tratan sobre el extendido problema de la discriminación, sea física, étnica o social. Con el mismo interés, el peruano Mario Vargas Llosa aborda el fanatismo en La guerra del fin del mundo (1981) y el estadounidense Bret Easton Ellis, el individualismo elitista en American Psycho (1991).
En este mundo, que se jacta de la globalización, hay quienes todavía sufren de persecuciones religiosas, como la que tiene en vilo desde 1989 al angloindio Salman Rushdie, autor de Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, 1981), novela que grafica los enfrentamientos entre musulmanes e hindúes tras independizarse de los británicos.
Pero no exijamos a los libros que traten nuestros principales problemas y los resuelvan. Si es verdad que las obras maestras envuelven belleza y sabiduría, también es cierto que aquellas no pueden abarcar íntegramente la experiencia y el conocimiento humanos. Por eso, los lectores deben recoger lo mejor que ofrezca un texto y no descalificarlo por prejuicios.
Tal vez el problema resida en precisar qué es el bien y qué es el mal. Para algunos autores, el mal es una enfermedad incurable, la pobreza de la gente o la guerra entre dos naciones. O quizá todos estos productos humanos, pero variando el orden de importancia. Ello depende de la formación que tuvo el escritor, pues tratar cierto tema, cierta parcela de la realidad, es consecuencia de diversos elementos de la vida del autor.
Si preguntásemos quién es el novelista más venerado de los contemporáneos, sin duda la mayoría de índices señalaría al autor de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez. Su peso es aplastante para muchos narradores. Por todo el orbe tiene seguidores, de los buenos y de los otros, desde la india Arundhati Roy hasta la mexicana Ángeles Mastretta.

Arundhati Roy.

Mientras en América Latina la renovación no ha estado a la altura de sus predecesores, lo que llama la atención a muchos críticos en la actualidad es la aparición del boom angloindio, iniciado de alguna manera por la citada novela de Rushdie. Este autor británico natural de Bombay les abrió el camino a Vikram Seth y Arundhati Roy, novelistas nacidos en la India que escriben en inglés. Aunque de origen paquistaní, Hanif Kureishi es asimismo un destacado narrador británico.
En un afán por buscar nuevos territorios literarios, Portugal ha significado un grato descubrimiento. Su calidad fue reconocida en 1998 al otorgársele el Premio Nobel a José Saramago, compatriota de los muy valiosos António Lobo Antunes y José Cardoso Pires, fallecido en 1998.
Portugal, como escenario literario, también ha despertado interés. El italiano Antonio Tabucchi y los españoles Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez-Reverte desarrollan parte o íntegramente algunas de sus novelas en el país lusitano, precisamente las más aclamadas.
¿Cuál es el futuro de la literatura? No lo sé, pero sin duda sigue viva todavía. Ignoro si hasta 2020, como predijo Marguerite Duras. En todo caso, no creo ser un buitre por el momento.



Callao, 30 de marzo de 2001