lunes, 21 de julio de 2014

Juego de tronos (2011- )


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El rey ha muerto, viva el rey
Juego de tronos (2011- )

Basada en la serie de novelas Canción de hielo y fuego (A Song of Ice and Fire, cinco volúmenes hasta el momento: 1996-2011), del estadounidense George R. R. Martin, la serie televisiva Juego de tronos (Game of Thrones) cosecha una multitud de espectadores por sus historias bien tejidas, las actuaciones soberbias, sus escenarios espectaculares.
George R. R. Martin.

Las intrigas políticas gobiernan la trama de esta compleja fantasía medieval en el que por ahí habitan dragones, mamuts y gigantes, además de unos humanoides altos y demacrados llamados ‘caminantes blancos’. Ya el título lo dice: hay una sucesión de guerras civiles por conseguir el poder. En las múltiples historias, transcurren cambios repentinos, muertes súbitas, escenas de violencia (dos pasajes tienen mutilaciones chocantes: un personaje pierde una mano y otro, el pene) y sexo (incesto, orgías).
Robert Baratheon gobierna Poniente, los Siete Reinos, cuando invita a su amigo Ned Stark para que sea su consejero principal, pero poco después el monarca fallece asesinado. Así, el cruel Joffrey asume el cargo. A Stark le costará literalmente la cabeza descubrir la verdadera paternidad del nuevo rey, además a sus familiares les aguardará la humillación y la crueldad, pero juran venganza.
Daenerys Targaryen, la bella hija de Aerys II, asesinado por Jaime Lannister, se prepara para recuperar para su familia el trono de hierro desde las cenizas. Avanza lentamente desde Essos. No es el único personaje que reclama el cetro, pues Stannis Baratheon, hermano del fallecido Robert, cree también que le corresponde el reino.
Daenerys Targaryen.

En esa trama enmarañada destacan cinco personajes: la mencionada Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) y Jon Nieve (Kit Harington), quien resguarda un muro helado de más de 200 metros de altitud en el norte de los Siete Reinos. A ellos hay que sumar a los tres hermanos Lannister: Cersei (Lena Headey), Jaime (Nikolaj Coster-Waldau) y, sobre todo, el astuto enano putañero Tyrion (Peter Dinklage, quien sin duda ofrece la mejor interpretación). Desde que este trío llega de Roca Casterly a la capital de los Siete Reinos, Desembarco del Rey, mueve sus hilos para conspirar, acusar, asesinar, adquirir más poder o simplemente sobrevivir. Los duelos verbales que protagonizan estos Lannister son antológicos. En un pasaje, Tyrion dice: «Ah, ¿a él también lo maté? He sido un hombre muy ocupado...».
Tyrion, Jaime y Cersei Lannister.

Si es necesario destacar algunos momentos memorables, se debe señalar la decapitación de Ned Stark (primera temporada, episodio 9); la batalla del Aguasnegras (segunda temporada, episodio 9); los crímenes durante la “boda roja”, calificado por la página web The Huffington Post el episodio más impactante de la historia televisiva reciente (tercera temporada, episodio 9); el juicio a Tyrion Lannister (cuarta temporada, episodio 8).
La Guerra de las Dos Rosas (1455-1485), ocurrida en Inglaterra y que enfrentó a la Casa de Lancaster (nombre que remite a los Lannister) contra la Casa de York, es un antecedente histórico evidente. A ello hay que anotar El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 1954-1955), novela de fantasía épica del británico J. R. R. Tolkien. Ya lo dice Tyrion en cierto momento: «Una mente necesita de los libros igual que una espada de una piedra de afilar». En resumen, George R. R. Martin ha creado un universo impresionantemente coherente. Los productores de la serie, que hasta el momento lleva cuatro temporadas, han estado a la altura de las circunstancias.

domingo, 15 de junio de 2014

Maus (1980-1991) | Art Spiegelman

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Persecución infernal
Maus (1980-1991) | Art Spiegelman



Maus. Relato de un superviviente (Maus: A Survivor’s Tale, 1980-1991), escrita y dibujada por el estadounidense Art Spiegelman, se centra en las experiencias de un judío polaco durante el Holocausto y en la difícil relación con su hijo. Unánimemente aclamada, esta obra es hasta la fecha la única novela gráfica distinguida con el premio Pulitzer (1992).
Después de dos años sin verlo, Art visita a su padre en 1978, en su casa de Rego Park, Queens, Nueva York. Desde el inicio aquel manifiesta que quiere ilustrar un libro sobre la vida de su progenitor en Polonia durante el Holocausto. Aunque Vladek cree que su hijo ganaría mucho más dinero con otro tipo de dibujos y que su historia no interesa a nadie, colabora con él decididamente durante meses.
Vladek Spiegelman se equivoca de cabo a rabo. Su relato atrapa al lector, pero el mérito no solo es suyo, pues Art se escapa de lo común para contar una historia. Son muchos ya los relatos de sobrevivientes del exterminio nazi, aunque pocos son tan innovadores e imperecederos como el que refiere Maus. Dos documentales sobre el Holocausto creados por dos franceses son magníficos ejemplos: Noche y niebla (Nuit et brouillard, 1955), de Alain Resnais, y Shoah (1985), de Claude Lanzmann. La producción sobre este capítulo nefasto de la historia de la humanidad, que causó la muerte de seis millones de judíos, no se detiene. Pese a ello, lo lamentable es que la gente no ha cambiado en su actitud de marginar y reprimir a las minorías. Por ejemplo, Vladek no oculta su rechazo contra un negro estadounidense, al que prejuzga de ladrón. «¡Esto es indignante! ¿Cómo tú, precisamente, puedes ser tan racista? ¡Hablas de los negros igual que los nazis hablan de los judíos!», le reprocha Art.
Aunque el viejo Spiegelman, quien había sufrido dos ataques al corazón, no quiere que se incluyan asuntos privados en el libro, Art cree que esto hace más real, más humana la obra. Por ello no evita mostrar a su padre como un sujeto avaro. El dibujante recuerda que su madre, cuando necesitaba material escolar o ropa para él, debía rogar y discutir durante semanas para que Vladek soltara el dinero. «En cierto modo coincide con la caricatura racista del viejo judío avaro», confiesa Art. «¡Tiene cientos de miles de dólares en el banco y vive como un indigente...!», señala Mala, la segunda esposa del viejo Spiegelman. La escasez que sufrió durante la guerra quizá lo volvió muy ahorrativo.
«Quiero contar tu historia tal como ocurrió», dice el artista a su padre. Esto ha motivado que muchos consideren Maus una biografía más que una novela gráfica. La incorporación de una fotografía de Vladek con traje de prisionero le otorga un carácter documental, veraz.
La primera parte se ambienta de mediados de la década de 1930 al invierno de 1944. Se inicia con un epígrafe: «Sin duda los judíos son una raza, pero no humana», afirma Adolf Hitler. Para diferenciar las nacionalidades, Art dibuja a los judíos como ratones, a los alemanes como gatos, a los polacos no judíos como cerdos. En menor medida, aparecen los estadounidenses y franceses como perros y ranas, respectivamente. Cuando los judíos quieren pasarse por polacos no judíos, el dibujante les pone una máscara de cerdo, recurso ingenioso.
La distribución del tiempo sale de lo convencional. Para los recuerdos, salta al pasado y de ahí a veces a algo más antiguo. «¡Espera! Papá, por favor, si no cuentas la historia de modo cronológico, no me aclararé», afirma Art, quien guía la extensa entrevista. Los hechos del presente ofrecen un retrato más cabal del viejo Spiegelman.
Vladek es políglota. Habla alemán, yiddish, polaco e inglés, aunque esto último no tan bien. Como asegura el traductor Cruz Rodríguez, falla sobre todo en los tiempos verbales y el uso de las preposiciones. El viejo Spiegelman dice, por ejemplo: «Hola, Artie. Llegas tarde. Era preocupado». En este juego de lenguas, hay que mencionar que maus significa ‘ratón’ en alemán.
Consciente de sus limitaciones, Art se enfrenta al reto de crear un buen libro. «Mi padre trabajó en una hojalatería cerca del campo [de concentración de Auschwitz]. No sé qué herramientas dibujar. No tengo documentación», dice. Los modos de resolver los problemas de expresión son varios: para explicar lo que dibuja y que podría no ser advertido por el lector, escribe: «Percha de madera» (en este caso es imposible a simple vista distinguir el material).
Otro caso es cuando indica con palabras que al lado de la cama hay un balón de oxígeno de emergencia. Para apuntar que el personaje está soñoliento le coloca burbujas encima de la cabeza. Los bordes de los globos parecen olas cuando pertenecen a una grabación. Para señalar que alguien habla en voz baja le pone los diálogos entre paréntesis.
«Me hice artista porque a él [Vladek] le parece algo inútil. Una pérdida de tiempo», le confiesa Art a su esposa, Françoise Mouly. El viejo Spiegelman considera finalmente que su hijo será famoso como otro dibujante: el estadounidense Walt Disney. A propósito del personaje más famoso de este creador, el epígrafe de la segunda parte es digno de citar: «Mickey Mouse es el ideal más lamentable que jamás haya visto la luz... Un sentimiento sano advierte a cualquier joven independiente y a toda juventud honorable que esa alimaña sucia e inmunda, el mayor portador de virus y bacterias del mundo animal, no puede ser el tipo ideal de animal... ¡Fuera la animalización judía del pueblo! ¡Abajo Mickey Mouse! ¡Lucid la cruz gamada!», dice un periódico nazi de Pomerania, Alemania, a mediados de la década de 1930.
Maus es, sin duda, un libro pretencioso. «No me siento capacitado para reconstruir una realidad que es peor que mis sueños más funestos. ¡Y además es una historieta! Creo que apunto demasiado alto. La realidad es demasiado compleja para los cómics... Hay que omitir o distorcionar demasiado», sostiene Art. Sin embargo, el resultado es magnífico.

«En setiembre de 1986, tras ocho años de trabajo, se publicó la primera parte de Maus. Fue un éxito de crítica y ventas», recuerda Art en la segunda parte de la misma historieta. No hay duda: Maus es una obra maestra.

Art Spiegelman

La frase: «Cuando se pasa hambre, uno busca salir adelante» (Maus, Art Spiegelman).


La balada del mar salado (1967) | Hugo Pratt

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Piratas en guerra
La balada del mar salado (1967) | Hugo Pratt


La balada del mar salado (Una ballata del mare salato, 1967), del italiano Hugo Pratt, trata acerca de las aventuras de Corto Maltés y Rasputín, piratas cuyo jefe es El Monje. Se desarrolla de 1913 a 1915, antes y durante la Primera Guerra Mundial.
Con esta historieta se inicia la serie cuyo protagonista es Corto Maltés y que terminaría en 1989. El conjunto permite bosquejar la biografía de este pirata que lleva un arete en la oreja izquierda, patillas espesas y quepí de marinero.
En el océano Pacífico, cerca de las islas Salomón, el despiadado Rasputín rescata desde su catamarán a dos jóvenes primos millonarios (el inglés Caín y la estadounidense Pandora Groovesmore), quienes viajaban en el barco Chica de Ámsterdam. Su idea es pedir buena cantidad de dinero a sus familiares a cambio de la libertad de estos muchachos.
Poco después Rasputín salva a Corto Maltés, que se encontraba atado en una balsa después de que la tripulación de la embarcación de este se amotinara para robarle lo que transportaban. La situación remite a Motín a bordo (Mutiny on the Bounty, 1935), película estadounidense dirigida por Frank Lloyd y protagonizada por Clark Gable.
Rasputín y Corto Maltés, quienes trabajan para El Monje, asaltan luego un carguero holandés para vender el carbón que transporta al almirante alemán Von Speeke. ¿Pero quién es es El Monje? El joven maorí Tarao, quien posee un enorme tatuaje en el rostro, dice: «El Monje es el gran misterio de los Mares del Sur, alguien con quien es mejor no encontrarse». Caín, nombre que recuerda a un traidor bíblico, dice: «Todos los indígenas hablan de él como de alguien que siempre ha existido».
¿Qué decir de Corto Maltés? El Monje le dice en cierto momento: «No vales para el mando. Demasiado individualista e indisciplinado. ¡Eres un subversivo!». Para el pirata melanesio Cráneo, «no tiene patria y es un hombre libre que sabe muchas cosas..., pero tiene algo en contra: no quiere responsabilidades». El Monje añadirá: «Lo que más me gusta de ti es precisamente tu capacidad para no perder de vista el lado divertido de todas las cosas». El teniente de navío Christian Slütter lo define: «¡Es usted un pirata simpático!». Para la bella Pandora Groovesmore, no es tan malo como aparenta.
A diferencia de la obra de Hergé, creador del personaje Tintín, en la serie de Corto Maltés hay un toque de erotismo. En cierto momento este le dice al teniente alemán Slütter: «Guapa chica, ¿eh? Lástima ser demasiado viejos para que nos tome en consideración, ¿no le parece?».
Diversas nacionalidades coindicen en el relato: italiana, japonesa, holandesa, alemana, australiana, estadounidense y nativas (melanesio, maorí, papúe). En otra historieta el lector se enterará de que Rasputín es un desertor del Ejercito ruso. Lo curioso es que no hay dificultades para comunicarse. Parece que todos hablaran un mismo idioma.
Asimismo, por ahí se deslizó un pequeño error: cuando Corto es atacado en el fondo del mar, el narrador omnisiciente dice: «Una ostra gigante ha hecho presa del pie de Corto Maltés». Algo innecesario si la ilustración muestra lo que sucede.
En la edición de Norma, hay algunos errores. Caín se refiere al personaje de la novela de Herman Melville que persigue a la ballena blanca Moby Dick como «capitán Acab» (en italiano es «capitano Achab»). Lo correcto es «capitán Ahab». Hay, además, una frase mal construida cuando Corto Maltés dice: «Son hijos y sobrinos de un banco suizo y de una compañía de navegación anglo-americana». Habría que agregar «dueños de».
Publicada originalmente en blanco y negro, por entregas, en 1967 en la revista italiana Sgt. Kirk, esta historieta apareció por vez primera en un volumen en 1977, coloreado por Mariolina Pasqualini. Fue elegida en 1999 como uno de los cien mejores libros del siglo XX, en una encuesta realizada por la empresa francesa Fnac y el diario parisino Le Monde. Una obra que tiene ingredientes suficientes para captar el interés: naufragio, escapatoria, fusilamiento, malentendido, reconciliación, además de tiburones, caníbales, personajes misteriosos, submarino, isla oculta.
El novelista italiano Umberto Eco declaró en cierta ocasión que el autor de La balada del mar salado había sido «el [novelista de aventuras Emilio] Salgari del siglo XX, pero al contrario de Salgari, Hugo Pratt escribía bien».

Hugo Pratt

La frase: «¡El corazón es un músculo que bombea sangre, no sentimentalismo!» (La balada del mar salado, Hugo Pratt).

domingo, 1 de junio de 2014

Astérix el Galo (1961) | René Goscinny y Albert Uderzo

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La fórmula secreta
Astérix el Galo (1961) | René Goscinny y Albert Uderzo


Astérix el Galo (Astérix le Gaulois, 1961), de los franceses René Goscinny (guionista) y Albert Uderzo (dibujante), inicia la serie de historietas más traducida (107 lenguas) y vendida (350 millones de ejemplares) de Europa.
El español Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín señala que ambos creadores, después del relativo éxito con las aventuras del fortachón piel roja Umpah-pah, que transcurrían en América del Norte en el siglo XVIII, deseaban tomar en cuenta la historia de Francia para crear sus personajes (¿el régimen de Carlomagno, el reinado de Luis XIV, la revolución de 1879, el periodo napoleónico, las guerras mundiales?).
Ellos eligieron la etapa de resistencia de las Galias frente a las legiones romanas de Julio César, año 50 antes de Cristo. Acerca del protagonista, Uderzo confesó: «Yo estaba pensando en el arquetipo del galo... Un celta alto y rubio». Sin embargo, Goscinny prefirió un tipo bajito, pero astuto.
El galo Vercingétorix había sido derrotado en Alesia dos años antes. Por su valentía, es considerado una figura mítica, un símbolo patriótico y el primer líder del pueblo francés. El único personaje real que aparece en este primer volumen de la serie de historietas es el todopoderoso Julio César.
Los romanos del campamento de Petibonum no saben de dónde proviene la extraordinaria fuerza de los galos de Armórica, aldea en el norte de la actual Francia, la cual cercan y no pueden conquistar tras la caída de Vercingétorix.
El nacionalismo que expresa el libro se evidencia al mostrar a los romanos como torpes, desleales y cobardes. Sorprende que solo algunas frases estén en latín, pues se supone que todo el tiempo los romanos hablan esta lengua. ¿En qué idioma estos se comunican con los galos? No se precisa.
Otro asunto cuestionable es cuando el centurión Caius Bonus —en la edición de Salvat aparece el nombre de este personaje así, pero ¿no debería ser Cayo Bonus, como Cayo Julio César?— dice que se encontraba de vacaciones al ser capturado. ¿El concepto de vacaciones existía entonces?
«Comiendo sopa» se dice en cierto momento. Lo correcto es «tomando sopa». La traducción es deficiente nuevamente. Otro desliz aparece cuando el fortachón Obélix, fiel amigo del protagonista, dice: «Podíamos comernos su jabalí». Lo correcto sería según el contexto: «Podríamos comernos su jabalí».
Hay términos poco conocidos que requieren explicación para una lectura más fluida: ‘podón’ (herramienta para podar), ‘druida’ (miembro de la clase elevada sacerdotal), ‘menhir’ (monumento megalítico) y ‘marmita’ (olla de metal). La explicación entre comillas es parte del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española. También es llamativa la ausencia de mujeres en esta historieta.
En 1999 Astérix el Galo fue elegido uno de los cien mejores libros del siglo XX, en una encuesta realizada por las tiendas Fnac y el diario Le Monde. Aparece al lado de cuatro obras del género. Figura con las series Blake y Mortimer, iniciada en 1950 por el belga Edgar P. Jacobs, y Tomás el Gafe (Gaston Lagaffe), creada en 1957 por el también belga André Franquin. Asimismo se encuentran en esta relación El loto azul (Le lotus bleu, 1936), del belga Hergé, y La balada del mar salado (Una ballata del mare salato, 1967), del italiano Hugo Pratt. Así, el noveno arte poco a poco gana espacio.
¿Por qué gusta Astérix el Galo? ¿Acaso por sus referencias históricas? ¿Quizá por sus gags (efectos cómicos rápidos e inesperados)? El comentarista Gonzalo Valdivia Dávila señala: «La violencia está banalizada como en el caso de los dibujos animados de Warner Brothers y Walt Disney, pues nadie muere cuando le caen rocas enormes ni sale despedido por los aires». Lo cierto es que los golpes que propinan los galos causan risas tanto como cuando estos se burlan de los romanos con una pócima secreta. En suma, su lectura es muy recomendable.


Albert Uderzo y René Goscinny

La frase: «Lo mejor de nosotros es estar siempre lleno de ideas» (Astérix el Galo, René Goscinny).

jueves, 22 de mayo de 2014

Tintín en el Tíbet (1960) | Hergé

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Audacia por una amistad
Tintín en el Tíbet (1960) | Hergé




Tintín en el Tíbet (Tintin au Tibet, 1960), del belga Hergé, es una historieta de aventuras muy divertida. Se calcula que la serie de Tintín (1930-1976), de 24 álbumes, los cuales se desarrollan en diversas partes del mundo, ha vendido más de 200 millones de ejemplares en más de 60 idiomas.
Pero volvamos a la historieta que nos convoca, la cual era la predilecta de su creador. Ya en la primera página el capitán Haddock advierte el peligro que existe en las montañas. Precisamente hay un accidente de aviación en el macizo Gosainthan, a 8.027 metros de altitud, en el Tíbet, en el cual el chino Chang Chong-Chen, amigo de Tintín viajaba. Tintín cree por un sueño que su amigo vive aún y hacia allá se dirige.
El protagonista es advertido numerosas veces de abandonar el rescate, pues se informó que todos los pasajeros del avión fallecieron. El capitán Haddock le pide que tenga sentido común. «Cabeza de mula», le reprocha. Ir al lugar del accidente, para el jefe del aeropuerto de Katmandú, «es una locura». Tharkey, un sherpa [guía], le dice al referirse a Chang: «¡Él ha muerto! [...]. Demasiado frío y nada que comer».
La torpeza del capitán Haddock, quien se tropieza continuamente por donde va, alivia la tensión de ir al encuentro con lo inesperado. Sin embargo, los pequeños accidentes que protagoniza el barbado personaje llegan al límite de cansar. Donde sí es jocoso es cuando, en cierto pasaje, este asegura que no acompañará a Tintín, pero en la siguiente viñeta se le ve descendiendo de un avión rumbo a la cordillera del Himalaya.
Las caracterizaciones van bien. Como suelen ser los marinos, el capitán Haddock lanza maldiciones a cada momento. Es típico que este alcohólico personaje se refiera a cantidades: «¡Mil millones de millares de demonios!».
Lo que no cuadra bien es cómo el sherpa Tharkey habla de forma rústica con Tintín («Yeti existe»), mientras el gran lama, maestro o guía espiritual para los budistas tibetanos, habla correctamente con el protagonista de la historieta. ¿En qué idioma se comunican? Se supone que en francés, pero esto sería extraño. Otro cuestionamiento surge cuando un nepalí insulta al capitán Haddock en hindi, idioma casi desconocido en la región.
Es curioso que Milú, el perro de Tintín, hable como los humanos, aunque ninguno de estos lo advierta. Si solo son pensamientos de este fox terrier blanco, las declaraciones deberían ir en burbujas en los globos de la historieta. En tres momentos esta mascota es especialmente gracioso: cuando se molesta porque lo confunden con un «perro callejero», cuando se embriaga y cuando descuida una misión por preferir un hueso.
Un par de sugerencias a la edición española de la Editorial Juventud: el nombre del amigo chino debería escribirse Chang Chong-Chen y no Tchang Tchong-Yen, como aparece en francés. Decimos Antón Chéjov y no Anton Tchekhov. Además, el tipo de letra de los diálogos es poco legible en algunos casos.
De 62 páginas a color, la historieta intenta explotar a lo más el exotismo. El gran lama dice: «Aquí en el Tíbet ocurren muchas cosas que os parecen increíbles a los occidentales». En esa ruta, un monje tibetano levita y percibe el futuro. Un yeti, gigante antropomorfo que supuestamente habita en el Himalaya, es otro elemento de interés en esta historia de Hergé. En resumen, Tintín en el Tíbet permite conocer otras culturas a los occidentales. Dirigida especialmente para el público infantil y juvenil, esta obra fue señalada por la revista francesa Lire, en 2012, como el mejor cómic del siglo XX.


Hergé.

La frase: «El alcohol es muy malo para los jóvenes. Es un verdadero veneno. La abstinencia es lo mejor» (Tintín en el Tíbet, Hergé).

jueves, 27 de febrero de 2014

Breaking Bad (2008-2013)










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Viaje al mal
Breaking Bad (2008-2013)


Uno de los aspectos que hace de Breaking Bad (‘volviéndose malo’ sería la traducción literal al castellano) una serie memorable es su guion, con situaciones límite y diálogos ingeniosos. La transformación progresiva de un modesto profesor de Química a un asesino productor de drogas es brillante. Entre los personajes destacables se encuentra Jesse Pinkman, quien hace desternillar de risa cada vez que exclama ‘bitch’ (‘perra’). También figura el policía antinarcóticos Hank Schrader, obsesionado por llegar a la verdad y por capturar a Heisenberg.
¿A qué genero pertenece esta serie? Es drama, pues cuenta la vida durante un poco más de dos años de un tipo enfermo de cáncer que piensa en el bienestar económico de su familia. Es thriller psicológico, por la angustia de saber cómo los personajes se libran de sus problemas. Es western contemporáneo, por las emboscadas y los tiroteos que se desatan en el caluroso desierto. Es humor negro, pues a veces no se sabe para quién se trabaja.
«No estoy en peligro, Skyler, yo soy el peligro. Si llaman a la puerta de un hombre y le disparan, ¿tú crees que ese hombre seré yo? ¡No! Yo soy el que llama», le explica el profesor Walter White a su esposa. Otro momento mágico es cuando Heisenberg, después de describir lo que hizo, le pide que el jefe de los distribuidores de metanfetamina azul diga su nombre.
Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, confiesa que en la filmación del segundo episodio, de los 62 capítulos que tendría la serie, quedó tan encantado con la actuación de Paul Aaron, quien da vida a Jesse Pinkman, que «quedó claro a partir de ese momento que hubiese sido un error colosal matar a Jesse». La actuación magistral de Bryan Cranston, quien interpreta al profesor White, ha merecido un encendido elogio del oscarizado Anthony Hopkins («la mejor actuación que he visto en mi vida»).
La creatividad se extiende a la presentación de los créditos iniciales, los que toman letras de algunos símbolos de los elementos químicos de la tabla periódica. La elección del color de la ropa tampoco es casual: se ajusta al momento de la serie. El inescrupuloso abogado Saul Goodman (cuya publicidad es «Better Call Saul») luce camisa verde, por ejemplo, al recibir cinco millones de dólares de Jesse en el capítulo «Dinero sangriento».
La intriga se distribuye en buena dosis, con preferencia al final de cada episodio. Las sospechas del espectador pueden venirse abajo al descubrir lo que realmente sucedió. Es el caso del oso de peluche rosado, que aparece al inicio de la segunda temporada. ¿Cómo llegó a la piscina de la casa de los White, ubicada en Albuquerque, Nuevo México?
Todo encaja perfecto, salvo que Gustavo «Gus» Fring no parece chileno por su acento, por el color de su piel y por provenir de un país con poca vinculación al narcotráfico. Aunque se podría pecar de estereotipo, quizá hubiese sido más creíble si fuera peruano, boliviano o colombiano.
El esmero que pone en el laboratorio el profesor White para crear un producto de calidad se traslada a la realización de la serie. Las cinco temporadas son un viaje extraordinario, intenso y vertiginoso al mal.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Crítica: Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño

Muchas caras del exilio
Los detectives salvajes (1998)
Roberto Bolaño





Premiada con el Herralde en 1998 y el Rómulo Gallegos en 1999, Los detectives salvajes (1998), del chileno Roberto Bolaño, abarca numerosos escenarios, y cuenta con una gran cantidad de personajes, diversos modos de hablar y cientos de historias. Es considerada una de las obras más importantes en lengua castellana del último cuarto del siglo XX.
Ambientada principalmente en México, trata sobre todo acerca de los fundadores de un grupo literario vanguardista. La novela se desarrolla de 1975 a 1996. Se centra en los dos líderes del movimiento real visceralista: el chileno Arturo Belano y el mexicano Ulises Lima. Después de enfrentarse a un proxeneta, ambos se dirigen al desierto de Sonora, al norte del país, en busca de su mentora literaria, Cesárea Tinajero, que publicó algunos poemas de vanguardia en la década de 1920. Un incidente sangriento los empuja a huir, con rumbos distintos, a Europa, donde coinciden en ciertos lugares.
Ulises Lima viaja a Francia, Israel y Austria. Más tarde vuelve a México, se pierde en Nicaragua y retorna a su país. Arturo Belano, en cambio, pasa la mayor parte del tiempo en Cataluña, donde tiene empleos menores, publica su primera novela y se vuelve corresponsal de guerra en África para un diario madrileño.
Roberto Bolaño

La primera y la tercera parte del libro lo constituyen el diario personal de un integrante de los real visceralistas, Juan García Madero, un huérfano adolescente que vive con sus tíos, estudiante de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). ¿Por qué se reserva lo ocurrido en el desierto de Sonora para el final? ¿Por qué interrumpir el relato el último día de 1975 y volver después de un largo paréntesis? Para mantener el suspenso. Para explicar la huida de Belano y Lima del país.
Formada por 93 monólogos de 53 personajes, la segunda parte comprende los dos tercios del libro. Al inicio de cada monólogo se indica en negritas a quién pertenece, en qué lugar y cuándo se relata la historia (por ejemplo: María Font, calle Colima, colonia Condesa, México D. F., diciembre de 1976). Estas narraciones se distribuyen con cierto orden cronológico y temático en 26 secciones.
Subgénero de la autobiografía, el diario personal ha sido empleado en la novela en varias ocasiones. Ejemplos célebres son Diario del año de la peste (A Journal of the Plague Year, 1722), del británico Daniel Defoe; Corazón (Cuore, 1886), del italiano Edmundo de Amicis; Memorias de Adriano (Mémoires d’Hadrien, 1951), de la francesa Marguerite Yourcenar; La tregua (1960), del uruguayo Mario Benedetti.
En Los detectives salvajes llama la atención que un poeta de 17 años que da sus primeros pasos en la poesía anote en su diario personal observaciones brillantes y narre con pericia lo que le ocurre. Las mejores páginas del libro son, sin duda, el primer diario de García Madero y ciertos monólogos de la segunda parte. Este aspirante a escritor describe la Ciudad de México, entonces, en 1975, con una población de catorce millones de habitantes, con detalles, sin dejar de lado el habla propia de su país. Un caso: «Lo quiero un chingo [montón]».
Por desgracia, la novela es excesiva, sobre todo en la segunda parte. Hay frases, párrafos y páginas innecesarios. La relación que hace Amadeo Salvatierra de los poetas vanguardistas que participaron en una revista de 1921 es fatigosa. La primera parte del testimonio del neonazi austriaco Heimito Künst es soporífero. Lo mismo el tercer relato de la estadounidense Bárbara Patterson y el sexto relato del insano arquitecto Joaquín Font. Otro caso es la narración de la judía Edith Oster, que tiene que ver más con ella que con Belano, su expareja. El monólogo del gallego Xosé Lendoiro, abogado, poeta y editor de una revista literaria, cansa con sus latinismos. Las declaraciones ofrecidas en la Feria de Libro de Madrid de 1994 agotan de igual modo. En la tercera parte, García Madero fatiga con sus explicaciones de algunas figuras literarias. Ciertos relatos, aunque interesantes, no tienen mucho que ver con el foco de la historia. Unas historias encajan de modo perfecto y otras, no.
A la vez, la novela es una autobiografía encubierta. Arturo Belano es el álter ego de Roberto Bolaño. Hay muchos puntos del personaje que coinciden con la vida del autor. Su infancia en Valparaíso, sus estudios escolares en México, su simpatía inicial con el trotskismo, su breve retorno a Chile antes del golpe de Estado del general Augusto Pinochet en 1973, su vuelta al Distrito Federal, su admiración por la poesía de su compatriota Nicanor Parra por encima de Pablo Neruda, su militancia en un grupo literario que se subleva contra el sistema imperante, sus constantes paseos nocturnos, su vicio por el cigarrillo, su trabajo de vigilante en un camping cerca de Barcelona, su vida con aprietos económicos en Europa, su constante participación en pequeños concursos literarios en España, su enfermedad hepática. Sin duda, llama la atención que Belano se mueva al margen de la ley: vive de ilegal, trafica marihuana y está envuelto en un crimen. García Madero roba libros, acto que practicó Bolaño, según propia confesión.
Augusto Pinochet

El contacto de la realidad es mayor, algo que no le da méritos a una novela, pues lo importante aquí es el poder del hechizo del escritor, su forma efectiva y singular de narrar. Sin embargo, es de interés del lector saber qué experiencias verdaderas sirvieron al autor. Los real visceralistas se basan en el movimiento infrarrealista, fundado por Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro, fallecido en 1998. Esta corriente vanguardista se oponía, como el grupo literario de Los detectives salvajes, al establishment literario mexicano, liderado por el poeta Octavio Paz. En ocasiones se manifestaba con sabotajes en recitales de poetas consagrados.
Ulises Lima se basa en Mario Santiago Papasquiaro. En una entrevista de 1999, Bolaño cuenta una anécdota acerca de la pasión de este por la lectura: «Siempre veía mis libros mojados y no sabía qué había ocurrido. ¿Será que México es tan grande que puede llover en ciertas partes?, me pregunté, hasta que lo sorprendí leyendo en la ducha». Fuera de su país, Papasquiaro vivió en Barcelona, París, Tel Aviv y Viena.
En la segunda parte de Los detectives salvajes hay un monólogo del escritor mexicano Carlos Monsiváis, fechado en mayo de 1976, que recuerda a Lima y Belano, quienes criticaban a Octavio Paz sin ofrecer ideas contundentes. No le reconocían ningún mérito al célebre poeta. Monsiváis agrega que les pidió una crítica para publicarla en una revista. «Todavía la estoy esperando», sentencia. Más adelante la secretaria de Octavio Paz cuenta el encuentro de este con Ulises Lima en un parque de Ciudad de México. Ambos célebres autores son seres reales ficcionalizados.


Octavio Paz

Otro escritor que figura en el libro es el novelista catalán Juan Marsé, quien brinda ayuda a la madre de Belano. Sin mencionar sus nombres, dos escritores que fueron promesas literarias del continente son retratados con dureza. En un culto a la chismografía, hay que afirmar que todas las pistas señalan al poeta peruano Enrique Verástegui y al narrador cubano Reinaldo Arenas. El primero obtuvo una beca que le permitió viajar al extranjero, fue «un maoísta de salón» en París, años después volvió al Perú y abrazó la Iglesia católica, mientras el país se desangraba por obra de Sendero Luminoso. Su mujer lo abandonó, fue mantenido por sus padres y no tenía el sentido del ridículo en las autoalabanzas. El segundo fue reprimido por la Revolución cubana por ser homosexual. Estuvo en prisión. Por fortuna, huyó a Estados Unidos, pero contrajo el sida. Tiempo después se suicidó.


Enrique Verástegui

Los detectives salvajes respira sexo en muchas partes. García Madero cuenta la pérdida de su virginidad en páginas brillantes. Después de tener relaciones con la guapa María Font, convive con la mesera Rosario y tiene aventuras sexuales con la adolescente prostituta Lupe. Todo ocurre en breve tiempo. La lista de amantes de Belano es amplia y está compuesta por jóvenes de diversas nacionalidades. Dos casos: la francesa Simone Darrieux, masoquista y lectora del marqués de Sade, y la inglesa Mary Watson, estudiante a quien conoció cerca de Barcelona. Hay un episodio cómico. Ocurre cuando Lendoiro encuentra a su hija en acrobacias sexuales con el poeta chileno.
En los testimonios de personajes de distintos países, se encuentra una variedad de modos de hablar. Aquí tres ejemplos. El emigrante chileno Andrés Ramírez: «Me lo dieron al tiro [de inmediato]». El poeta peruano Hipólito Garcés: «Estaba cagado [muerto] de miedo». La culturista española María Teresa Solsona Ribot: «El nombre es cutre, hortera [de mal gusto]». Donde no acierta el autor es en la forma particular de expresarse de los argentinos.
Cuatro correctores de textos hay en la novela. Las poetas real visceralistas María Font y Xóchitl García se dedican a este oficio en distintos periódicos, el novelista ecuatoriano Vargas Pardo y el chileno Felipe Müller hacen lo propio en una editorial mexicana y española, respectivamente. Es lamentable, sin embargo, el descuido en la difundida edición de Anagrama. Veamos cinco casos. Dice: «cincuentaicinco», «botella de Lulú sabor fresa», «jugaba a fútbol», «Saint John Perse», «manténte». Debe decir: «cincuenta y cinco», «botella de Lulú sabor a fresa», «jugaba al fútbol», «Saint-John Perse», «mantente».
Como sucede con obras que no se agotan en un libro, Los detectives salvajes se «extiende» en otros textos. El expolicía chileno Abel Romero aparece como personaje secundario en dos novelas de Bolaño: La literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Lupe tiene presencia en un texto del poemario Los perros románticos (2000). Belano participa en el cuento «Fotos», del conjunto Putas asesinas (2001). A Bolaño le resulta insuficiente volcar un universo en una ficción.
La forma de plantear diversos testimonios acerca de un mismo hecho permite comparar Los detectives salvajes con Rashomon (1950), largometraje del japonés Akira Kurosawa. Esto se ve nítidamente en el modo de tratar el duelo de espadas que protagonizan Belano y el crítico literario Iñaki Echevarne. La enfermera Susana Puig, el pintor Guillem Piña y Jaume Planells ofrecen sus puntos de vista de lo ocurrido.
Muchos comparan la novela de Bolaño con Rayuela (1963), del argentino Julio Cortázar. En un artículo publicado en el diario chileno Las Últimas Noticias, en 1998, Javier Aspurúa considera que Los detectives salvajes es una gran summa del exilio latinoamericano. Si el exilio en las décadas de 1950 y 1960 era voluntario y por razones culturales más que políticas, el de las décadas siguientes opera a la inversa. Ambas obras se aproximan también a la literatura como tema. Cortázar propone la tesis del lector macho, el que participa activamente en el desentrañado textual. Bolaño pone a los real visceralistas en busca de los orígenes de las vanguardias más marginales. Plantea, así, «una nueva actitud para escritores y lectores, una nueva manera de entender el oficio del escritor y la tarea del lector, tal como lo hizo, en su momento, Cortázar», afirma Aspurúa.
El título de la novela puede confundir. No se trata de un policial exactamente. Tampoco Belano y Lima son «salvajes». Por otro lado, una pregunta queda flotando al cerrar el libro: ¿qué le ocurrió a García Madero? ¿Él es quien recoge los testimonios de la segunda parte? Mmm. Un monólogo se dirige a Belano. Eso sí es claro. También es claro que Los detectives salvajes es una obra con algunos defectillos y muchos logros.

jueves, 1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar, aunque algunas guardan misterios. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Lo más sorprendente: es un descarado plagio de las líneas que le escribió Fernando Herrera al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).

Otra de las más curiosas dedicatorias es la que aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». Sin embargo, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, se encuentran casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) aparece: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. De esta forma, quedó perennizada la amistad.
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no a vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».

2003



* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.