16 de diciembre de 2015

Tres obras maestras del periodismo estadounidense

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Una mirada al infierno
Hiroshima (1946) | John Hersey

 Portada de la revista The New Yorker, agosto de 1946.

Poco más de un año después de estallar la primera bomba atómica sobre una ciudad se publicó Hiroshima (1946), del periodista estadounidense John Hersey. El reportaje se centra en las experiencias de seis sobrevivientes de aquella catástrofe que acabó con la vida de más de cien mil japoneses.
Uno de los aciertos del periodista fue elegir un tema de interés universal. Toma en cuenta uno de los capítulos más importantes de la historia contemporánea, el ataque nuclear de Estados Unidos, que motivó la rendición de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El relato muestra los horrores de la tragedia, con el objetivo implícito de que un hecho como este no se repita, pese a que su autor pertenece al país agresor.
Hiroshima contaba entonces con 245 mil habitantes, quienes esperaban un ataque estadounidense, pero no sabían de qué magnitud. Hersey narra con detalles lo que seis personas comunes pasaron durante la explosión atómica. El mensaje es que esto podría sucederle a cualquiera durante una guerra actual.
Así, tenemos la historia de Toshiko Sasaki (20), empleada de una fábrica, que ve lastimada su pierna izquierda; del joven cirujano Terufumi Sasaki (25), médico incansable de un hospital de la Cruz Roja; de la viuda Hatsuyo Nakamura (34), quien debe salir adelante con tres hijos a medida que pierde progresivamente parte del cabello; del reverendo Kiyoshi Tanimoto (36), sacerdote metodista cuya iglesia quedó en ruinas; del alemán Wilhelm Kleinsorge (38), cura que viaja a un hospital de Tokio para ser tratado de extraños males; del doctor Masakazu Fujii (50), dueño de una clínica destruida por la hecatombe.
Esta bomba más poderosa que veinte mil toneladas de TNT dejó mucha gente mutilada, fracturada, sangrando, con quemaduras, desfigurada y agonizante, varios desnudos o en harapos. Además, edificios destruidos. El caos total.
Publicado originalmente en una edición íntegra de la revista The New Yorker, el reportaje se compone de cuatro partes: el momento del estallido, el incendio y destrucción de la ciudad, los rumores acerca de la bomba y cómo crecieron de modo extraño flores en la ciudad destruida. En 1985, Hersey le añadió un epílogo, «Las secuelas del desastre», que cuenta ordenadamente lo sucedido en las décadas posteriores a los seis sobrevivientes del ataque nuclear, llamados hibakushas.

John Hersey, 1944.

La frase: «El hombre de ahora no es como Dios deseaba. Ha caído en desgracia a través del pecado».




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lntimidades de un cantante
«Sinatra está resfriado» (1966) Gay Talese
Portada de la revista Esquire, abril de 1966.
«Sinatra está resfriado» («Frank Sinatra Has a Cold», 1966), publicado en la revista Esquire, asombra por ser ejemplo de concisión, encajar muy bien detalles de interés. Su autor, Gay Talese, edificó aquí un estupendo perfil acerca de un ídolo de la música estadounidense.
El reportero repasa la vida del cantante Frank Sinatra a una semana de cumplir 50 años, sus éxitos, sus amores, sus contactos con la mafia (aunque esto último de forma superficial). Como señala el título del texto, el divo se encuentra enfermo. En esas circunstancias, «Sinatra con gripe es Picasso sin pintura».
Talese no teme en ofrecer el perfil de un ser idolatrado por su círculo, irascible y matoncito a veces, dueño de una gran fortuna. Para entonces, había grabado algunas magníficas canciones como «I’ve Got You Under My Skin» (1956) y «Come Fly with Me» (1958), y, aunque se sentía amenazado por la popularidad de The Beatles, seguía siendo admirado por muchos jóvenes. Llevaba a cuestas dos divorcios, su segunda esposa fue la bella actriz Ava Gardner, y salía con la futura estrella del cine Mia Farrow, tres décadas menor que él.
Impresiona la cantidad de detalles que ofrece el reportero y lo bien que los distribuye. Del mismo modo llama la atención las numerosas entrevistas que realizó a gente que conoce al cantante. Cuando uno lee que Sinatra tiene sesenta peluquines, se pregunta cómo Talese consiguió ese dato. Lo más curioso es que nunca conversó con el protagonista. No obstante, eso no impide retratar a un personaje en diversas facetas.
Vemos a Sinatra en un bar de Beverly Hills o de Nueva York. También en su casa frente a la tele en espera de un documental que podría tratar su vida privada, en el plató mientras filmaba un largometraje y en un estudio de la cadena de televisión NBC en el que graba un especial con algunos de sus éxitos. En resumen, «Sinatra está resfriado» es periodismo hecho belleza, digno de la mayor admiración.

Gay Talese, 1972.


La frase: «¿Alguna vez se han detenido a pensar —entró a decir Sinatra—cómo sería el mundo sin una canción? Sería bastante aburrido».




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El dilema moral
El periodista y el asesino (1990) | Janet Malcolm


Portada del libro, edición estadounidense.

Un sujeto acusado de triple crimen toma contacto con un reportero para que escriba un libro sobre su caso. Poco después, este se gana su confianza y le hace creer que ofrecerá una imagen positiva suya, pero no sucede eso. ¿Dónde quedó la ética? En El periodista y el asesino (The Journalist and the Murderer, 1990), la estadounidense Janet Malcolm critica ferozmente su profesión por aprovecharse de la gente.
El 17 de febrero de 1970, en su casa de Carolina del Norte, la esposa embarazada y las dos hijas del doctor Jeffrey MacDonald, quien quedó herido, fueron asesinadas. ¿Quién es el culpable? ¿Acaso los miembros de una secta? Un juicio absolvió al médico, pero al reabrirse su caso este llegó a un acuerdo con Joe McGinniss, interesado en escribir sobre el crimen.  
Poco después, en 1979, la nueva sentencia condenó a MacDonald a la cárcel. Al publicarse Fatal Vision (1983), el esperado libro, el convicto se sorprendió de lo que se decía acerca de él, retratado como un psicópata asesino, y le entabló una demanda a su autor, quien había tenido pleno acceso a información exclusiva durante cuatro años, por fraude e incumplimiento de contrato. El asunto se resolvió en 1987, con el pago de 325 mil dólares.
«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno», concluye Malcolm.
Publicado en dos entregas, en 1989, en la revista The New Yorker, Malcolm explica su tesis con entrevistas al periodista y al acusado de asesinato, a los allegados, con análisis de libros, con reproducción de cartas y de diálogos de juicios. ¿Qué motivó esa actitud de McGinniss? ¿El dinero y la fama? ¿El amor por la verdad?
El periodista es pintado como un traidor, un sujeto frío, oportunista, cínico, sin compasión, que obra con mala fe, en busca del lucro. William F. Buckley y Joseph Wambaugh, autores de cierto reconocimiento, declararon en el juicio que es perfectamente correcto engañar al entrevistado, pues la responsabilidad última no es con él, sino con el libro. ¿Es así siempre? Malcolm remueve conciencias, motiva la discusión.

Janet Malcolm, 1981.

La frase: «Mientras el novelista, sin temor alguno, se lanza al agua y se expone al público por entero, el periodista permanece tembloroso en la orilla con su traje de baño».




Ensayo sobre la novela contemporánea: La muerte de la novela

George Steiner.

La novela continúa viva, pese a múltiples sentencias de muerte. Eminentes críticos, como el estadounidense George Steiner, aseguran que este género ya llegó a su fin. Incluso algunos importantes narradores, como la francesa Marguerite Duras, le han dado pocas esperanzas de vida.
La autora de El amante (L’amant, 1984) aseveraba que antes de 2020 la literatura no existiría más. Sin embargo, los admiradores de este arte creemos no parecernos aún a los miniaturistas medievales que habitan en el más célebre libro del italiano Umberto Eco, El nombre de la rosa (Il nome della rosa, 1980). Es decir, cultores de una actividad de pocos.
Estos dictámenes no se refieren, en absoluto, a la cantidad de libros publicados, pues sucede todo lo contrario. Hoy como nunca estos se venden y se leen más que en cualquier otra época de la historia. El asunto está en que —según estos agoreros— el género ya agotó todas sus posibilidades tanto temáticas como formales.
Italo Calvino se colocó en el otro bando al dejarnos el confortante Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d’inverno un viaggiatore, 1979), en que el protagonista, el propio lector, está en busca de una novela, pero encuentra diez diferentes. El libro de este narrador italiano, en resumen, muestra las direcciones de la narrativa actual.
Esta cuota de confianza en el porvenir de la novela se relaciona, sin duda, con la necesidad de los hombres de alimentarse con ficciones. Además, temas como el amor y la muerte tienen mil formas de encararse y narrarse. Así será mientras cada persona viva una experiencia distinta y posea una forma diferente de ver las cosas. Siempre habrá un margen para el asombro.
La amenaza más peligrosa tal vez esté en otras creaciones humanas, como la televisión, el pasatiempo más popular del mundo, el cine o los videojuegos. La pantalla resta, sin duda, miles de lectores.

Bill Gates.

Como forma impresa, el libro enfrenta un gran reto ante el formato digital, en el que se conserva gran cantidad de información en un pequeño dispositivo de almacenamiento de datos. El influyente empresario estadounidense Bill Gates, fundador de la compañía de software Microsoft, dice que no se morirá sin acabar antes con el papel.
En marzo de 2000, su compatriota Stephen King, narrador del género de terror, se convirtió en el primero, con Montando la bala (Riding the Bullet), en publicar con éxito una novela en internet antes que en libro impreso. Así, la tecnología nos conduce a rumbos insospechados y de una manera tan rápida que a veces quita el aliento.
El hecho de que en este momento escriba frente a una pantalla es una señal de cómo han cambiado las cosas en las dos últimas décadas. La manera de escribir no es la misma desde la introducción masiva de la computadora, ocurrida a mediados de la década de 1980. Uno edita, corrige e imprime de otro modo desde entonces. La máquina de escribir poco a poco se ha despedido.
El colombiano Gabriel García Márquez sostiene que, antes de crear su famosa novela El amor en los tiempos del cólera (1985), tenía que escribir de nuevo toda la página si le encontraba un mínimo error, sea este incluso de digitación. Sin embargo, hay algunos autores, sobre todo mayores, como el mexicano Carlos Fuentes, que no se adaptan aún al uso de la computadora y siguen utilizando la máquina de escribir.
El ensayista canadiense Marshall McLuhan, otro convencido del fin de la literatura y de los libros por los medios electrónicos, lanzó sus ortodoxas teorías en la década de 1960. ¿Qué hubiera dicho hoy de internet, sobre este medio que permite recibir en una computadora una cantidad impresionante de información?
El interés por lo audiovisual, en especial por el cine, es evidente en muchos narradores. Varios han escrito guiones, como García Márquez, o crítica cinematográfica, como el argentino Tomás Eloy Martínez. Algunos han dirigido incluso con excelente acogida, como Marguerite Duras (India Song, 1975), el británico Hanif Kureishi (Londres me mata, London Kills Me, 1992) o el estadounidense Paul Auster (Lulu on the Bridge, 1998).
Además, son muchas las novelas contemporáneas llevadas a la pantalla grande. Para muestra tres: La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities, 1987), del estadounidense Tom Wolfe, fue adaptada por Brian de Palma en 1990; El invierno en Lisboa (1987), del español Antonio Muñoz Molina, por José Antonio Zorrilla también en 1990; o Sostiene Pereira (1994), del italiano Antonio Tabucchi, por Roberto Faenza en 1996. Por supuesto, de por medio están los miles de dólares que se transfieren por los derechos de adaptación de estas reconocidas obras literarias.

Arturo Pérez-Reverte.

Algunos escritores consideran al cine una forma de conocimiento a la par que la literatura. En El club Dumas, novela también llevada a la pantalla grande, el español Arturo Pérez-Reverte dice: «Corso había leído y visto suficiente cine para saber lo que significaba aquello».
El sida, la destrucción de la capa de ozono o una posible guerra nuclear, ¿cuáles son los mayores problemas del hombre actual? Tras la caída del Muro de Berlín y el fin de los regímenes comunistas en Europa oriental, anunciados de alguna forma por el checo Milan Kundera en su novela La insoportable levedad del ser (Nesnesitelná lehkost bytí, 1984), los conflictos sociales y políticos han dejado de interesar a muchos.
Hace algunas décadas, buena parte de nuestros escritores y artistas tenía simpatía, tímida o fervorosa, por alguna agrupación política. Hoy, el individualismo, en una sociedad sujeta a la prédica neoliberal, parece haber ganado terreno, situación expresada en la narrativa contemporánea.
En estos tiempos —dice Pérez-Reverte en su citada novela— «demasiada gente se empeña en publicar 200 páginas sobre las apasionantes vivencias que experimenta mirándose al espejo». Por desgracia, este narrador español tiene razón, pues la literatura se ha banalizado hasta el punto que motiva a muchos a asegurar que su muerte está cerca si no ha ocurrido ya. Antes de ser autor de ficción, Tom Wolfe consideró que el periodismo «borraría la novela como género fundamental del mapa literario».
No obstante, novelas como El perfume (Das Parfum, 1985), del alemán Patrick Süskind; Beloved (1987), de la afroestadounidense Toni Morrison, o Santa Evita (1995), del argentino Tomás Eloy Martínez, tratan sobre el extendido problema de la discriminación, sea física, étnica o social. Con el mismo interés, el peruano Mario Vargas Llosa aborda el fanatismo en La guerra del fin del mundo (1981) y el estadounidense Bret Easton Ellis, el individualismo elitista en American Psycho (1991).
En este mundo, que se jacta de la globalización, hay quienes todavía sufren de persecuciones religiosas, como la que tiene en vilo desde 1989 al angloindio Salman Rushdie, autor de Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, 1981), novela que grafica los enfrentamientos entre musulmanes e hindúes tras independizarse de los británicos.
Pero no exijamos a los libros que traten nuestros principales problemas y los resuelvan. Si es verdad que las obras maestras envuelven belleza y sabiduría, también es cierto que aquellas no pueden abarcar íntegramente la experiencia y el conocimiento humanos. Por eso, los lectores deben recoger lo mejor que ofrezca un texto y no descalificarlo por prejuicios.
Tal vez el problema resida en precisar qué es el bien y qué es el mal. Para algunos autores, el mal es una enfermedad incurable, la pobreza de la gente o la guerra entre dos naciones. O quizá todos estos productos humanos, pero variando el orden de importancia. Ello depende de la formación que tuvo el escritor, pues tratar cierto tema, cierta parcela de la realidad, es consecuencia de diversos elementos de la vida del autor.
Si preguntásemos quién es el novelista más venerado de los contemporáneos, sin duda la mayoría de índices señalaría al autor de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez. Su peso es aplastante para muchos narradores. Por todo el orbe tiene seguidores, de los buenos y de los otros, desde la india Arundhati Roy hasta la mexicana Ángeles Mastretta.

Arundhati Roy.

Mientras en América Latina la renovación no ha estado a la altura de sus predecesores, lo que llama la atención a muchos críticos en la actualidad es la aparición del boom angloindio, iniciado de alguna manera por la citada novela de Rushdie. Este autor británico natural de Bombay les abrió el camino a Vikram Seth y Arundhati Roy, novelistas nacidos en la India que escriben en inglés. Aunque de origen paquistaní, Hanif Kureishi es asimismo un destacado narrador británico.
En un afán por buscar nuevos territorios literarios, Portugal ha significado un grato descubrimiento. Su calidad fue reconocida en 1998 al otorgársele el Premio Nobel a José Saramago, compatriota de los muy valiosos António Lobo Antunes y José Cardoso Pires, fallecido en 1998.
Portugal, como escenario literario, también ha despertado interés. El italiano Antonio Tabucchi y los españoles Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez-Reverte desarrollan parte o íntegramente algunas de sus novelas en el país lusitano, precisamente las más aclamadas.
¿Cuál es el futuro de la literatura? No lo sé, pero sin duda sigue viva todavía. Ignoro si hasta 2020, como predijo Marguerite Duras. En todo caso, no creo ser un buitre por el momento.



Callao, 30 de marzo de 2001

Ensayo sobre la novela contemporánea: Elegir un buen libro


J. K. Rowling.

¿Cómo elegir un buen libro? Entre miles de títulos, ¿cuál leer? Entrar en una librería o revisar los catálogos digitales puede producir vértigo, pues las ofertas son impresionantes.
Tengamos en cuenta que, en el arte, vender bien no quiere decir que el producto tenga alta calidad. Entonces, ¿cómo valorar una obra? En verdad, resulta muy difícil de definir. Lo cierto es que no hay preceptiva que determine lo bueno.
Sin embargo, con frecuencia escuchamos a un crítico afirmar que cierta película, poemario o canción es de lo mejor de la época. Esta apreciación proviene de alguien que hizo ciertas comparaciones. Al final de cuentas constituye una opinión respetable según la trayectoria de quien la emite. Pero el arte no es, en realidad, una competencia, aunque puede indignar a algunos la falta de reconocimiento a creadores de enormes méritos o la sobrevaloración de ciertos autores.
La publicidad, generalmente, confunde a mucha gente. La solapa, el cintillo y la contracarátula, cuando nos ofrecen maravillas, forman casi siempre parte del manejo editorial. De igual manera, las sucesivas traducciones, los numerosos premios y las adaptaciones al cine de un libro aumentan el interés en la mayoría de compradores. Hay que tener tino para no llevarse una decepción.
¿Son El código Da Vinci (The Da Vinci Code, 2003), del estadounidense Dan Brown, y El alquimista (O alquimista, 1988), del brasileño Paulo Coelho, con 80 millones y 65 millones de ejemplares vendidos, grandes novelas? ¿Pasa lo mismo con la serie de siete novelas fantásticas cuyo protagonista es Harry Potter (1998-2007), de la inglesa J. K. Rowling, que hasta 2013 sumaban más de 400 millones de copias vendidas? No, son narraciones de gran consumo de determinada época, pero de escasa calidad literaria.
Lo mismo sucede con las novelas de James Patterson, quien solo en 2015 recaudó 89 millones de dólares. Sus historias, en las que el personaje principal es el detective y psicólogo forense Alex Cross, lo han colocado como un supervendedor indiscutido hace ya varios años. Por desgracia, estas cifras astronómicas no corresponden con su talento artístico.
¿Qué cualidades tiene una buena novela? En El pez en el agua (1993), Mario Vargas Llosa nos ayuda a encontrar la definición: «Una novela lograda es una esforzada operación intelectual, el trabajo de un lenguaje y la invención de un orden narrativo, de una organización del tiempo, de unos movimientos, de una información y unos silencios de los que depende enteramente que una ficción sea cierta o falsa, conmovedora o ridícula, seria o estúpida».

Haruki Murakami. Photograph: Sipa Press / Rex Features.

Elegir un buen libro reciente es mucho más complicado. En cambio, con los «clásicos» no hay pierde. En Tokio Blues (ノルウェイの森, 1987), del japónes Haruki Murakami, un personaje leía mucho, pero tenía por principio no adentrarse en una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. ¿Por qué? «No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo. ¿Sabes?, la vida es corta», le dice al protagonista. Sin embargo, considero que hay estupendas obras. Solo hay que afinar el criterio.


Callao, 30 de marzo de 2015

2 de diciembre de 2015

Comentario 1: Si una noche de invierno un viajero (1979) | Italo Calvino

El lector como protagonista

Edición italiana.

Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d’inverno un viaggiatore, 1979), novela de Italo Calvino, nos entrega, por un lado, la historia de una persona que busca terminar la lectura de un libro y que, por distintas razones, lee el inicio de diez obras diferentes. Por otro, reproduce estos capítulos incompletos, de lo que resulta una parodia de las corrientes literarias contemporáneas.
Desde el comienzo, el autor invita al lector a jugar con él: «Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto».
La obra se dirige casi íntegramente a un genérico «tú» masculino, a un personaje anónimo nombrado simplemente como «el Lector». En el segundo capítulo aparece ante este, rodeada de estantes en una librería, Ludmilla Vipiteno, de ojos grandes y cabellos ondulados, mencionada en varias ocasiones como «la Lectora».
A las novelas que «el Lector» devora se superpone una historia de amor con Ludmilla, a quien, en un quiebre, el autor se dirige en unas cuantas páginas. Ello sucede cuando nuestro protagonista visita el departamento de «la Lectora».
Al ser seducido por una agente del servicio secreto de un imaginario país sudamericano, «el Lector» deja de lado su pasividad a tal punto que el autor pierde el control sobre él. Por eso el reproche: «Eres el protagonista absoluto de este libro, de acuerdo, pero ¿crees que eso te da derecho a tener relaciones carnales con todos los personajes femeninos?».

Ediciones en francés, alemán, inglés y castellano.

Los escenarios que recorre «el Lector» están íntimamente ligados a los libros. Aparte de la librería mencionada, aparecen la universidad, la editorial y la biblioteca de una innominada ciudad. En el trayecto dos personajes adquieren relevancia: el traductor mitómano Ermes Marana y el viejo novelista irlandés Silas Flannery.
Alcanzar un estilo inconfundible es uno de los mayores logros para un autor. Lo cierto es que Calvino, escritor italiano que cambia mucho de un libro a otro, tiene un acento fácil de reconocer. Posee una preocupación social (por eso en nuestra novela no resulta extraña la presencia de gobiernos amenazados por revolucionarios) y un toque fantástico (aquella máquina lectora en el país imaginario de Ataguitania es solo un ejemplo).
Ermes Marana es el más inquietante de los personajes. Tal vez porque se habla mucho acerca de él, aunque nunca aparece. Arkadian Porphyritch, el director general de los Archivos de la Policía de Ataguitania, lo compara con el ilusionista italiano Alessandro Cagliostro, quien estuvo vinculado a intrigas políticas durante la Revolución francesa.
Las acciones de Marana no tienen como resorte el dinero ni la fama, sino el amor al juego. Al principio lo hacía por los celos que le provocaba una joven, a quien veía en todas sus fantasías, pues estaba obsesionado con su imagen de lectora. Así, sembraba la confusión entre los títulos, los nombres de los autores, los seudónimos, las lenguas, las traducciones, las ediciones, las portadas, para que esta mujer reconociera las señales de su presencia, los saludos sin esperanza de respuesta.
Para Marana, fundador de la Organización del Poder Apócrifo, no importa quién escribió tal obra. Según el entrometido traductor, lo más probable es que algunos libros mantendrán su fama, pero serán considerados anónimos. Los autores que se recordarán son aquellos de los que no quedará ninguna obra, como Sócrates. Tal vez todos los libros que perduren se atribuyan a un único autor misterioso, como Homero.
  
Homero.

Los otros personajes de la obra ofrecen también múltiples reflexiones. Estas ideas tratan sobre la brevedad de las novelas de fines del siglo XX en contraposición con las del siglo anterior, la censura de las publicaciones en países totalitarios, la lectura que los amantes hacen de sus cuerpos. Para edificar esta novela, Calvino echa mano a otros recursos. Incluye, por ejemplo, una serie de cartas remitidas de localidades diseminadas por los cinco continentes y algunas páginas de un diario personal.
El autor de este diario es Silas Flannery, viejo escritor de novelas policiacas, de thrillers. Vive recluido en un chalé de Suiza, angustiado por no terminar los numerosos libros que ha empezado y por los cuales ha recibido anticipos de las más importantes editoras del mundo. Es tal su fama que las principales agencias publicitarias han fijado ya contratos para que determinadas marcas de licores, modelos de automóviles y localidades turísticas aparezcan en sus obras.
Las características de las diez novelas que agrupa Si una noche de invierno un viajero son: 1) todo sospechas y sensaciones, 2) todo sensaciones corporales y sanguíneas, 3) introspectiva y simbólica, 4) revolucionaria existencial, 5) cínica y brutal, 6) de manías obsesivas, 7) lógica y geométrica, 8) erótico-perversa, 9) telúrica primigenia y 10) apocalíptico-alegórica. La propia Ludmilla, al referir qué tipo de novela le gustaría leer en ese momento, anticipa las características.
El lazo de las diez novelas es sutil y simbólico, y solo se revelará en las últimas páginas. La clave está en la célebre colección de cuentos orientales Las mil y una noches (siglo XIV), donde se narra la historia de la joven Scheherazade, quien intenta postergar su muerte relatándole una historia diferente cada noche al sultán Schahriar. Este tras desposar a una virgen de su harén, ordenaba asesinarla al amanecer.
Si una noche de invierno un viajero asombra por los inesperados rumbos que toma la historia. Un libro muy ingenioso que experimenta con la estructura narrativa. Una obra que subraya la necesidad que tenemos los lectores de que los novelistas nos fascinen mediante artificios.
  
Italo Calvino.


La frase:

FIN. «Antiguamente un relato solo tenía dos maneras de acabar: pasadas todas las pruebas, el héroe y la heroína se casaban o bien morían. El sentido último al que remiten todos los relatos tiene dos caras: la continuidad de la vida, la inevitabilidad de la muerte» (Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino).

Comentario 2: El nombre de la rosa (1980) | Umberto Eco

Misteriosos crímenes en la abadía
Edición italiana.

Estamos en la Edad Media. Unos extraños asesinatos ocurren en una abadía benedictina. Quienes se han propuesto descubrir al autor de estos crímenes son un fraile franciscano y su discípulo. De esto y mucho más trata El nombre de la rosa (Il nome della rosa, 1980), novela del italiano Umberto Eco.
En un juego de cajas chinas, un autor anónimo (¿Umberto Eco?) nos asegura en la introducción que lo que sigue es un manuscrito reencontrado, redactado en latín a fines del siglo XIV por el monje alemán Adso de Melk. Este texto había sido publicado en 1721 por Joannis Mabillon y, casi de manera clandestina, fue traducido al francés por un tal abate Vallet en 1842.

Ediciones en francés, alemán, inglés y castellano.

El relato se divide según las horas del día, como lo hizo James Joyce en su influyente novela Ulises (Ulysses, 1922). Pero, a diferencia del libro del irlandés, los hechos que se narran aquí no ocurren en un solo día, sino en una semana de fines de noviembre de 1327. Semana que pasó Adso de Melk con su sagaz maestro Guillermo de Baskerville en una hermosa abadía ubicada en los montes Apeninos.
Desde su querido monasterio de Melk, el monje alemán narra a los 80 años algo que vio a los 18. Sucesos asombrosos y terribles en los que trata de ser fiel a lo acontecido, sin aventurar ninguna interpretación y comprometiéndose a decir toda la verdad. También con el deseo de ser instructivo y entretenido.
Con algo de misterio, en cierto pasaje, Adso apunta: «Que Dios, la Beata Virgen y todos los santos del Paraíso me asistan ahora en el relato de lo que entonces sucedió». En otras páginas, cuando distribuye el tiempo, escribe: «Vayamos con orden», «de eso ya hablaré más adelante» o «no anticipemos los acontecimientos». Al divagar, él mismo se corrige: «De nuevo me voy por las ramas y no cuento lo que debería contar».
Ubicada en una meseta al norte de Italia, la mencionada abadía poseía la mayor biblioteca de la cristiandad y estaba habitada entonces por alrededor de sesenta monjes, algunos provenientes de lejanas regiones de Europa. El bibliotecario Malaquías de Hildesheim era, como Adso, de origen alemán. El estudioso de la retórica Bencio de Upsala, escandinavo. El celoso vigilante de la biblioteca Jorge de Burgos, que remite al invidente escritor argentino Jorge Luis Borges, provenía de España. Aparte de estos y de los italianos, que eran mayoría lógicamente, había monjes franceses, dacios y griegos.

Sean Connery (Guillermo de Baskerville) y Christian Slater (Adso de Melk) en la adaptación de la novela, estrenada en 1986.

Por el carácter multicultural, por la ubicación del escenario en una meseta y por sus numerosas conversaciones, el libro nos recuerda La montaña mágica (Der Zauberberg, 1924), del alemán Thomas Mann. Como afirma el propio Eco en Apostillas a «El nombre de la rosa» (Postille al nome della rosa, 1983), folleto sobre el proceso creativo de nuestra novela, los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.
«Es la única que puede oponerse a las 36 bibliotecas de Bagdad, a los diez mil códices del visir Ibn al-Alkami, y que el número de sus biblias iguala a los 2.400 coranes de que se enorgullece El Cairo», dice Guillermo sobre la biblioteca de la abadía.
Instalada en la segunda planta del edificio, cerca del scriptorium (donde trabajan copistas, anticuarios y miniaturistas), esta biblioteca es para los monjes benedictinos el paraíso terrenal. Sin embargo, los muchos secretos que encierra solo son transmitidos entre el bibliotecario y su ayudante, desde su estructura laberíntica hasta los libros de autores infieles, que, por contener «mentiras», están prohibidos de ser leídos.
Los crímenes tienen que ver, precisamente, con uno de estos libros. Se trata de una obra de Aristóteles, uno de los mayores sabios de la humanidad, la cual versa sobre la comedia, el humor y la risa. Es la segunda parte de Poética (Ποιητική, siglo IV a. C.), obra escrita en griego, de la que solo se conservan 26 capítulos y que es la más antigua consideración sobre los géneros literarios.
¿Por qué tanto temor por este libro? Porque era del «Filósofo». Cada palabra suya —afirma Jorge de Burgos— ha cambiado la imagen del mundo y ha destruido una parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Además, para el monje español, la risa es la debilidad, la corrupción, y es capaz de rebelar a las personas contra el orden deseado por Dios. Por eso, aunque Cristo tal vez pudo reír, no se lee en el Evangelio que lo hubiera hecho.
Sin duda, el personaje más admirable es Guillermo de Baskerville, fraile inglés que estudió en París y Oxford, quien durante muchos años desempeñó con eficacia el oficio de inquisidor y al que le encantaba deslumbrar a la gente con la rapidez de sus deducciones. Como el detective Sherlock Holmes, protagonista de varios relatos del británico Arthur Conan Doyle, se deleita al desenredar la intrincada madeja que hay en los casos que se le presentan.
Este fraile franciscano tenía la misión de exponer las tesis de los teólogos del emperador Luis IV de Baviera a los enviados del codicioso papa Juan XXII, quien reinó desde la ciudad francesa de Aviñón (asunto muy criticado por los clérigos italianos). Guillermo de Baskerville opinaba que en las cosas terrenales el pueblo debía ser el legislador y no la Iglesia. También sostenía que el alto clero, al poseer una enorme riqueza material, perdía la pureza y contradecía a la vida pobre que llevó Jesucristo.
Así, se observa una Iglesia agitada por luchas intestinas, con sectas, persecuciones y torturas. Además, despectiva contra la mujer. El venerable monje franciscano Ubertino da Casale le advierte a Adso, en cierto momento, que esta es vehículo del demonio. Su belleza solo existe en la piel, debajo de ella uno encuentra mucosidades, bilis y excremento. La Virgen es la única sublime.
Por todo lo anterior, El nombre de la rosa se lee con deleite entre el público culto y popular, algo que pocas veces ocurre.
  
Umberto Eco (EFE).


La frase:

BELLEZA. «De tres cosas depende la belleza: en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos feo lo que está incompleto; luego, de la justa proporción, o sea de la consonancia; por último, de la claridad y la luz, y, en efecto, decimos que son bellas las cosas de colores nítidos» (El nombre de la rosa, Umberto Eco).

Comentario 3: Hijos de la medianoche (1981) | Salman Rushdie

Un mar de historias extraordinarias
Edición estadounidense.

Hijos de la medianoche (Midnight’s Children, 1981), novela del angloindio Salman Rushdie, nos presenta a Saleem Sinai, quien narra en un grueso volumen numerosas historias relacionadas con su vida y su país.
Así, incluye el relato de su familia y de una generación que nació en el mismo momento en que la India alcanzó su independencia, el 15 de agosto de 1947, llamada «Hijos de la Medianoche», integrada por 1.001 niños.
«He sido un devorador de vidas y, para conocerme, solo para conocer la mía, tendrás que devorar también todo el resto», advierte Saleem al lector en el primer capítulo de la novela. Luego se traslada a 1915, a Cachemira, para ofrecer la historia de su abuelo materno, el doctor Aadam Aziz, quien había estudiado Medicina en Alemania.
Rodeado de montañas y a orillas de un lago, el doctor Aziz, mientras intentaba rezar a Alá, vio caer tres gotas de sangre de su nariz que, extrañamente, se transformaron en rubíes. Sus lágrimas, asimismo, se convirtieron en diamantes. Este hecho extraordinario lo alejó del islam y de toda creencia religiosa.
El incidente, de paso, ofrece a los lectores características del «realismo mágico», corriente literaria de la que el colombiano Gabriel García Márquez es su mayor exponente. No será el único ejemplo, pues la madre de Saleem, en otro capítulo, gana apuestas hípicas sin perder durante meses. El protagonista, hasta los 15 años, tiene el don de la telepatía y, gracias a su poderosísima nariz, será capaz de distinguir, con los ojos vendados, las diferentes marcas de gaseosas y hasta de oler los sentimientos.

Ediciones en francés, italiano, alemán y castellano.

«Cuando Hijos de la medianoche fue publicada, la gente la leyó en Europa como una invención, pero en la India se tomó como un libro de historia», explicó Rushdie en una entrevista de 1998. La presencia de fantasmas, sueños premonitorios y mujeres de carácter fuerte nos hace recordar a su vez al autor de Cien años de soledad (1967). Sin embargo, el autor angloindio asegura que fue después de escribir su novela que leyó al colombiano de Aracataca, a quien proclama como el más importante novelista contemporáneo.
No se puede discutir la enorme calidad de Rushdie es indiscutible. Su relato devora todo lo que encuentra a su paso sin que perdamos el interés. Un libro de aventuras poblado de historias de amor, suicidios, duelos, múltiples escenarios, guerras internas y externas, golpes de Estado, asesinatos pasionales, personajes que pasan de la fortuna a la miseria o de palacios a junglas infernales.
La novela atraviesa por momentos importantes de la historia de la península del Indostán en el siglo XX. Desde la matanza, por parte de los ingleses, a los indios en Amristar, en 1919, hasta el régimen tiránico de la primera ministra Indira Gandhi (1966-1977 y 1980-1984).
Se incluye la violencia provocada por la Partición, la división de la India en dos Estados independientes, que causó medio millón de muertes y el desplazamiento de unas 15 millones de personas, en 1947; el asesinato del Mahatma Gandhi a manos de un fanático hindú en 1948; el golpe de Estado en Pakistán del general Muhammad Ayyub Kan en 1958; las continuas guerras indo-paquistaníes (1947-1948, 1965 y 1971) y la independencia de Bangladesh en medio de un genocidio en 1971.
Las coincidencias históricas son incontables en la familia de Saleem: el día en que terminó la Primera Guerra Mundial su abuelo Aadam Aziz ve por primera vez el rostro de su futura esposa, Naseem, llamada más tarde la Reverenda Madre por su enorme autoridad en la familia. Asimismo, en el preciso momento en que Saleem nace, la India alcanza su independencia, hecho que sería aprovechado por el diario Times of India para mostrarlo en una fotografía de portada con el título «Hijo de la medianoche». Al acompañar a su tío el general Zulfikar, Saleem es también testigo excepcional del golpe militar de 1958.
Por otro lado, su hermana Jamila alcanzó enorme fama como cantante en Pakistán. El día en que la India era declarada en estado de emergencia, durante el gobierno de Indira Gandhi, nacería el hijo de Saleem: Aadam. Es decir, la familia Aziz tiene mucha presencia en el escenario de los grandes acontecimientos históricos. A veces da la sensación de que Saleem y sus parientes fueran meros juguetes de la Historia.
Saleem se encuentra en Bombay escribiendo este libro, en 1978, poco antes de cumplir 31 años, acompañado por su novia Padma Mangroli. Su proyecto autobiográfico nos recuerda al del protagonista de En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, 1913-1927), del francés Marcel Proust. Más aun si Saleem vuelve al pasado al probar chutney, salsa que su criada, Mary Pereira, le preparaba de niño. En el caso de la célebre novela de Proust, el protagonista recuerda de golpe su infancia saboreando una magdalena, pastelillo que parece moldeado en una concha.
  
Satya Bhabha (Saleem Sinai) y Shriya Saran (Padma Mangroli) en la adaptación de la novela, estrenada en 2012.

En las últimas páginas, al degustar chutney, Saleem casi sufre un desmayo, pues este condimento le abre las puertas de su pasado repentinamente. Su deseo es que no se olvide lo ocurrido en la península del Indostán, para lo cual la gente debe comer las treinta recetas de chutney que ha preparado, es decir, devorar los treinta capítulos de la novela. En esta empresa, participa también su poderoso olfato.
Cada vez que el relato se va por las ramas o se vuelve poco natural, Padma se lo advierte a Saleem, quien nos persuade de continuar en la lectura sosteniendo que su narración es veraz y ofrecerá datos reveladores sobre sus familiares. Sin ningún reparo, nos cuenta sobre el alcoholismo de su padre, la infidelidad de su madre o los modales poco femeninos de su hermana, además de secretos celosamente guardados por años, como el de su nacimiento.
Parece que a Saleem el mundo se le acabara, pues escribe con mucha prisa. «Me veo obligado a acelerar, a precipitarme alocadamente hacia la línea de meta; antes de que mi memoria se quiebre sin esperanza de recomponerla», anota. El resultado es un libro muy fluido, ágil y explosivo.
  
Salman Rushdie, 2005 (Reuters).


La frase:

PERSUASIÓN. «En la autobiografía, como en toda literatura, lo que ocurrió realmente es lo menos importante que lo que el autor consigue persuadir a su público de que crea» (Hijos de la medianoche, Salman Rushdie).

Comentario 4: La insoportable levedad del ser (1984) | Milan Kundera

El problema del ser

Edición checa.

La insoportable levedad del ser (Nesnesitelná lehkost bytí, 1984), novela del checo Milan Kundera, reflexiona acerca de la existencia humana, mediante dos estupendas historias de amor, en un difícil contexto histórico.
Mujeriego, divorciado y con un hijo al que no ve, Tomás era un cirujano reputado cuando conoció a Teresa. Había llegado a su ciudad para atender a un paciente y se había alojado precisamente en el hotel donde ella trabajaba de camarera. Esa tarde hablaron poco.
Diez días después, no obstante, ella visitó Praga e hizo el amor con el cirujano. Pasaron una semana juntos hasta que ella regresó a su pequeña ciudad. La novela empieza cuando Tomás duda, al pie de su ventana, en pedirle a Teresa que viva con él. Sin esperarlo, al día siguiente, ella llega con una pesada maleta decidida a quedarse. El médico, quien empezaba a amarla, acepta extrañado, pues su norma era tener mujeres de paso.
Teresa consigue empleo en el laboratorio fotográfico de un semanario gracias a Sabina, hermosa pintora y amante de Tomás. En poco tiempo, asciende a reportera gráfica de la revista. Cierto día, motivada por los celos justificados, intentó suicidarse. Para mitigar sus sufrimientos, Tomás se casó con ella y le obsequió una perrita, a la que llamaron Karenin, en recuerdo del burlado marido de la protagonista de Ana Karenina (Анна Каренина, 1877), novela del ruso León Tolstói. Era 1968.
Aquel año, Alexander Dubček, nuevo secretario general del Partido Comunista Checoslovaco, adoptó reformas para su país con el fin de crear un socialismo más humano. Pero este movimiento democrático, conocido como la Primavera de Praga, fue reprimido por las fuerzas del Pacto de Varsovia, encabezadas por la Unión Soviética, que invadieron el país y detuvieron a los líderes del gobierno.

Ediciones en italiano, inglés, alemán y castellano.

Los jerarcas del Kremlin explicaron que los tanques soviéticos habían llegado a Praga para defender las conquistas del socialismo y combatir la contrarrevolución. Es decir, para proteger al pueblo. Sin embargo, en esta ciudad se produjeron espontáneas manifestaciones callejeras en apoyo de Dubček.
Presionado por el gobernante soviético Leonid Brezhnev, Dubček frenó sus enmiendas y permitió que acantonaran las tropas invasoras. La reacción de las izquierdas del mundo, en especial de Francia e Italia, fue de repudio.
En los 15 años en que se desarrolla la novela, la política empuja a los personajes a ciudades tan distantes como Zúrich, Bangkok y California. Es revelador lo que Tomás advierte en 1973: la mitad de sus amigos había emigrado de Praga y la mitad del resto había muerto. Fueron años de muchos entierros.

Daniel Day-Lewis (Tomás), Juliette Binoche (Teresa) y Lena Olin (Sabina) en la adaptación de la novela, estrenada en 1988.

En la otra historia de amor (en la primera participan Teresa y Tomás) se encuentran Sabina y Franz. Este es un destacado profesor universitario en Ginebra y un izquierdista que pretende participar en la Gran Marcha, que es el ideal de ir hacia adelante, el camino a la fraternidad, a la justicia y a la felicidad.
«Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo», reflexiona el narrador anónimo y omnisciente del libro. Esta declaración encierra la filosofía de esta obra. Al narrador, álter ego de Kundera, le preocupa sobre todo el problema del ser. En contraposición de la idea del filósofo alemán Friederich Nietzsche, quien sostiene el eterno retorno de lo mismo, nuestro narrador cree que la vida no se repite, que es insoportablemente leve, leve como una pluma, el polvo que flota o aquello que no existirá.
Como esta vida acontece solo una vez, nunca sabremos cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles, equivocadas. No podemos compararla con una segunda o tercera vida. Por desgracia, el tiempo humano sigue una trayectoria recta. El narrador piensa que la felicidad es el deseo de repetir.
Para dar crédito a estos pensamientos, nos ofrece dos historias de amor que se entrelazan en medio de un régimen de terror. Régimen que persigue masivamente a los intelectuales disidentes para expulsarlos de sus puestos y condenarlos a oficios menores, como porteros de hotel o limpiadores de ventanas.
El narrador asegura que sería estúpido que tratase de convencer al lector de que sus personajes están realmente vivos. Derribando todo pudor, explica cómo nacieron. Afirma, además, que estos tienen algo de él, que son sus posibilidades irrealizadas.
Aparece cuando le da la gana, entre paréntesis o en párrafos íntegros, para comentar el comportamiento de sus personajes o reflexionar sobre el problema del ser. Le busca un significado a todo. No se esconde, sobresale con frases como «ya he dicho en la primera parte», «debo ser más preciso» o «podemos preguntarnos». A veces vuelve a contar parte del argumento. Incluso adelanta, en la tercera de las siete partes que tiene la novela, en qué terminarán Tomás y Teresa.
La irreconciliable dualidad del cuerpo y del alma, la coincidencia, la coquetería, la culpa y las características del mujeriego son otros temas sobre los que reflexiona. Algunas de sus observaciones resultan risueñas. Por ejemplo: si el hombre fue creado a semejanza de Dios, este debe tener tripas y defecar. «La mierda es un problema teológico más complejo que el mal», concluye. Lo menos que se puede decir de esta novela existencialista es que su gran calidad se repite pocas veces.
  
Milan Kundera (AFP).


La frase:

COQUETERÍA. «¿Qué es la coquetería? Podría decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad. Dicho de otro modo: la coquetería es una promesa de coito sin garantía» (La insoportable levedad del ser, Milan Kundera).