jueves, 27 de febrero de 2014

Breaking Bad (2008-2013)










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Viaje al mal
Breaking Bad (2008-2013)


Uno de los aspectos que hace de Breaking Bad (‘volviéndose malo’ sería la traducción literal al castellano) una serie memorable es su guion, con situaciones límite y diálogos ingeniosos. La transformación progresiva de un modesto profesor de Química a un asesino productor de drogas es brillante. Entre los personajes destacables se encuentra Jesse Pinkman, quien hace desternillar de risa cada vez que exclama ‘bitch’ (‘perra’). También figura el policía antinarcóticos Hank Schrader, obsesionado por llegar a la verdad y por capturar a Heisenberg.
¿A qué genero pertenece esta serie? Es drama, pues cuenta la vida durante un poco más de dos años de un tipo enfermo de cáncer que piensa en el bienestar económico de su familia. Es thriller psicológico, por la angustia de saber cómo los personajes se libran de sus problemas. Es western contemporáneo, por las emboscadas y los tiroteos que se desatan en el caluroso desierto. Es humor negro, pues a veces no se sabe para quién se trabaja.
«No estoy en peligro, Skyler, yo soy el peligro. Si llaman a la puerta de un hombre y le disparan, ¿tú crees que ese hombre seré yo? ¡No! Yo soy el que llama», le explica el profesor Walter White a su esposa. Otro momento mágico es cuando Heisenberg, después de describir lo que hizo, le pide que el jefe de los distribuidores de metanfetamina azul diga su nombre.
Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, confiesa que en la filmación del segundo episodio, de los 62 capítulos que tendría la serie, quedó tan encantado con la actuación de Paul Aaron, quien da vida a Jesse Pinkman, que «quedó claro a partir de ese momento que hubiese sido un error colosal matar a Jesse». La actuación magistral de Bryan Cranston, quien interpreta al profesor White, ha merecido un encendido elogio del oscarizado Anthony Hopkins («la mejor actuación que he visto en mi vida»).
La creatividad se extiende a la presentación de los créditos iniciales, los que toman letras de algunos símbolos de los elementos químicos de la tabla periódica. La elección del color de la ropa tampoco es casual: se ajusta al momento de la serie. El inescrupuloso abogado Saul Goodman (cuya publicidad es «Better Call Saul») luce camisa verde, por ejemplo, al recibir cinco millones de dólares de Jesse en el capítulo «Dinero sangriento».
La intriga se distribuye en buena dosis, con preferencia al final de cada episodio. Las sospechas del espectador pueden venirse abajo al descubrir lo que realmente sucedió. Es el caso del oso de peluche rosado, que aparece al inicio de la segunda temporada. ¿Cómo llegó a la piscina de la casa de los White, ubicada en Albuquerque, Nuevo México?
Todo encaja perfecto, salvo que Gustavo «Gus» Fring no parece chileno por su acento, por el color de su piel y por provenir de un país con poca vinculación al narcotráfico. Aunque se podría pecar de estereotipo, quizá hubiese sido más creíble si fuera peruano, boliviano o colombiano.
El esmero que pone en el laboratorio el profesor White para crear un producto de calidad se traslada a la realización de la serie. Las cinco temporadas son un viaje extraordinario, intenso y vertiginoso al mal.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Crítica: Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño

Muchas caras del exilio
Los detectives salvajes (1998)
Roberto Bolaño




Ambientada principalmente en México, Los detectives salvajes (1998), del chileno Roberto Bolaño, trata sobre todo acerca de los fundadores de un grupo literario vanguardista. Premiada con el Herralde en 1998 y el Rómulo Gallegos en 1999, esta ambiciosa novela abarca numerosos escenarios, y cuenta con una gran cantidad de personajes, diversos modos de hablar y cientos de historias. Es considerada una de las obras más importantes en lengua castellana del último cuarto del siglo XX.
La novela se desarrolla de 1975 a 1996. Se centra en los dos líderes del movimiento real visceralista: el chileno Arturo Belano y el mexicano Ulises Lima. Después de enfrentarse a un proxeneta, ambos se dirigen al desierto de Sonora, al norte del país, en busca de su mentora literaria, Cesárea Tinajero, que publicó algunos poemas de vanguardia en la década de 1920. Un incidente sangriento los empuja a huir, con rumbos distintos, a Europa, donde coinciden en ciertos lugares.
Ulises Lima viaja a Francia, Israel y Austria. Más tarde vuelve a México, se pierde en Nicaragua y retorna a su país. Arturo Belano, en cambio, pasa la mayor parte del tiempo en Cataluña, donde tiene empleos menores, publica su primera novela y se vuelve corresponsal de guerra en África para un diario madrileño.
Roberto Bolaño

La primera y la tercera parte del libro lo constituyen el diario personal de un integrante de los real visceralistas, Juan García Madero, un huérfano adolescente que vive con sus tíos, estudiante de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). ¿Por qué se reserva lo ocurrido en el desierto de Sonora para el final? ¿Por qué interrumpir el relato el último día de 1975 y volver después de un largo paréntesis? Para mantener el suspenso. Para explicar la huida de Belano y Lima del país.
Formada por 93 monólogos de 53 personajes, la segunda parte comprende los dos tercios del libro. Al inicio de cada monólogo se indica en negritas a quién pertenece, en qué lugar y cuándo se relata la historia (por ejemplo: María Font, calle Colima, colonia Condesa, México D. F., diciembre de 1976). Estas narraciones se distribuyen con cierto orden cronológico y temático en 26 secciones.
Subgénero de la autobiografía, el diario personal ha sido empleado en la novela en varias ocasiones. Ejemplos célebres son Diario del año de la peste (A Journal of the Plague Year, 1722), del británico Daniel Defoe; Corazón (Cuore, 1886), del italiano Edmundo de Amicis; Memorias de Adriano (Mémoires d’Hadrien, 1951), de la francesa Marguerite Yourcenar; La tregua (1960), del uruguayo Mario Benedetti.
En Los detectives salvajes llama la atención que un poeta de 17 años que da sus primeros pasos en la poesía anote en su diario personal observaciones brillantes y narre con pericia lo que le ocurre. Las mejores páginas del libro son, sin duda, el primer diario de García Madero y ciertos monólogos de la segunda parte. Este aspirante a escritor describe la Ciudad de México, entonces, en 1975, con una población de catorce millones de habitantes, con detalles, sin dejar de lado el habla propia de su país. Un caso: «Lo quiero un chingo [montón]».
Por desgracia, la novela es excesiva, sobre todo en la segunda parte. Hay frases, párrafos y páginas innecesarios. La relación que hace Amadeo Salvatierra de los poetas vanguardistas que participaron en una revista de 1921 es fatigosa. La primera parte del testimonio del neonazi austriaco Heimito Künst es soporífero. Lo mismo el tercer relato de la estadounidense Bárbara Patterson y el sexto relato del insano arquitecto Joaquín Font. Otro caso es la narración de la judía Edith Oster, que tiene que ver más con ella que con Belano, su expareja. El monólogo del gallego Xosé Lendoiro, abogado, poeta y editor de una revista literaria, cansa con sus latinismos. Las declaraciones ofrecidas en la Feria de Libro de Madrid de 1994 agotan de igual modo. En la tercera parte, García Madero fatiga con sus explicaciones de algunas figuras literarias. Ciertos relatos, aunque interesantes, no tienen mucho que ver con el foco de la historia. Unas historias encajan de modo perfecto y otras, no.
A la vez, la novela es una autobiografía encubierta. Arturo Belano es el álter ego de Roberto Bolaño. Hay muchos puntos del personaje que coinciden con la vida del autor. Su infancia en Valparaíso, sus estudios escolares en México, su simpatía inicial con el trotskismo, su breve retorno a Chile antes del golpe de Estado del general Augusto Pinochet en 1973, su vuelta al Distrito Federal, su admiración por la poesía de su compatriota Nicanor Parra por encima de Pablo Neruda, su militancia en un grupo literario que se subleva contra el sistema imperante, sus constantes paseos nocturnos, su vicio por el cigarrillo, su trabajo de vigilante en un camping cerca de Barcelona, su vida con aprietos económicos en Europa, su constante participación en pequeños concursos literarios en España, su enfermedad hepática. Sin duda, llama la atención que Belano se mueva al margen de la ley: vive de ilegal, trafica marihuana y está envuelto en un crimen. García Madero roba libros, acto que practicó Bolaño, según propia confesión.
Augusto Pinochet

El contacto de la realidad es mayor, algo que no le da méritos a una novela, pues lo importante aquí es el poder del hechizo del escritor, su forma efectiva y singular de narrar. Sin embargo, es de interés del lector saber qué experiencias verdaderas sirvieron al autor. Los real visceralistas se basan en el movimiento infrarrealista, fundado por Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro, fallecido en 1998. Esta corriente vanguardista se oponía, como el grupo literario de Los detectives salvajes, al establishment literario mexicano, liderado por el poeta Octavio Paz. En ocasiones se manifestaba con sabotajes en recitales de poetas consagrados.
Ulises Lima se basa en Mario Santiago Papasquiaro. En una entrevista de 1999, Bolaño cuenta una anécdota acerca de la pasión de este por la lectura: «Siempre veía mis libros mojados y no sabía qué había ocurrido. ¿Será que México es tan grande que puede llover en ciertas partes?, me pregunté, hasta que lo sorprendí leyendo en la ducha». Fuera de su país, Papasquiaro vivió en Barcelona, París, Tel Aviv y Viena.
En la segunda parte de Los detectives salvajes hay un monólogo del escritor mexicano Carlos Monsiváis, fechado en mayo de 1976, que recuerda a Lima y Belano, quienes criticaban a Octavio Paz sin ofrecer ideas contundentes. No le reconocían ningún mérito al célebre poeta. Monsiváis agrega que les pidió una crítica para publicarla en una revista. «Todavía la estoy esperando», sentencia. Más adelante la secretaria de Octavio Paz cuenta el encuentro de este con Ulises Lima en un parque de Ciudad de México. Ambos célebres autores son seres reales ficcionalizados.


Octavio Paz

Otro escritor que figura en el libro es el novelista catalán Juan Marsé, quien brinda ayuda a la madre de Belano. Sin mencionar sus nombres, dos escritores que fueron promesas literarias del continente son retratados con dureza. En un culto a la chismografía, hay que afirmar que todas las pistas señalan al poeta peruano Enrique Verástegui y al narrador cubano Reinaldo Arenas. El primero obtuvo una beca que le permitió viajar al extranjero, fue «un maoísta de salón» en París, años después volvió al Perú y abrazó la Iglesia católica, mientras el país se desangraba por obra de Sendero Luminoso. Su mujer lo abandonó, fue mantenido por sus padres y no tenía el sentido del ridículo en las autoalabanzas. El segundo fue reprimido por la Revolución cubana por ser homosexual. Estuvo en prisión. Por fortuna, huyó a Estados Unidos, pero contrajo el sida. Tiempo después se suicidó.


Enrique Verástegui

Los detectives salvajes respira sexo en muchas partes. García Madero cuenta la pérdida de su virginidad en páginas brillantes. Después de tener relaciones con la guapa María Font, convive con la mesera Rosario y tiene aventuras sexuales con la adolescente prostituta Lupe. Todo ocurre en breve tiempo. La lista de amantes de Belano es amplia y está compuesta por jóvenes de diversas nacionalidades. Dos casos: la francesa Simone Darrieux, masoquista y lectora del marqués de Sade, y la inglesa Mary Watson, estudiante a quien conoció cerca de Barcelona. Hay un episodio cómico. Ocurre cuando Lendoiro encuentra a su hija en acrobacias sexuales con el poeta chileno.
En los testimonios de personajes de distintos países, se encuentra una variedad de modos de hablar. Aquí tres ejemplos. El emigrante chileno Andrés Ramírez: «Me lo dieron al tiro [de inmediato]». El poeta peruano Hipólito Garcés: «Estaba cagado [muerto] de miedo». La culturista española María Teresa Solsona Ribot: «El nombre es cutre, hortera [de mal gusto]». Donde no acierta el autor es en la forma particular de expresarse de los argentinos.
Cuatro correctores de textos hay en la novela. Las poetas real visceralistas María Font y Xóchitl García se dedican a este oficio en distintos periódicos, el novelista ecuatoriano Vargas Pardo y el chileno Felipe Müller hacen lo propio en una editorial mexicana y española, respectivamente. Es lamentable, sin embargo, el descuido en la difundida edición de Anagrama. Veamos cinco casos. Dice: «cincuentaicinco», «botella de Lulú sabor fresa», «jugaba a fútbol», «Saint John Perse», «manténte». Debe decir: «cincuenta y cinco», «botella de Lulú sabor a fresa», «jugaba al fútbol», «Saint-John Perse», «mantente».
Como sucede con obras que no se agotan en un libro, Los detectives salvajes se «extiende» en otros textos. El expolicía chileno Abel Romero aparece como personaje secundario en dos novelas de Bolaño: La literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Lupe tiene presencia en un texto del poemario Los perros románticos (2000). Belano participa en el cuento «Fotos», del conjunto Putas asesinas (2001). A Bolaño le resulta insuficiente volcar un universo en una ficción.
La forma de plantear diversos testimonios acerca de un mismo hecho permite comparar Los detectives salvajes con Rashomon (1950), largometraje del japonés Akira Kurosawa. Esto se ve nítidamente en el modo de tratar el duelo de espadas que protagonizan Belano y el crítico literario Iñaki Echevarne. La enfermera Susana Puig, el pintor Guillem Piña y Jaume Planells ofrecen sus puntos de vista de lo ocurrido.
Muchos comparan la novela de Bolaño con Rayuela (1963), del argentino Julio Cortázar. En un artículo publicado en el diario chileno Las Últimas Noticias, en 1998, Javier Aspurúa considera que Los detectives salvajes es una gran summa del exilio latinoamericano. Si el exilio en las décadas de 1950 y 1960 era voluntario y por razones culturales más que políticas, el de las décadas siguientes opera a la inversa. Ambas obras se aproximan también a la literatura como tema. Cortázar propone la tesis del lector macho, el que participa activamente en el desentrañado textual. Bolaño pone a los real visceralistas en busca de los orígenes de las vanguardias más marginales. Plantea, así, «una nueva actitud para escritores y lectores, una nueva manera de entender el oficio del escritor y la tarea del lector, tal como lo hizo, en su momento, Cortázar», afirma Aspurúa.
El título de la novela puede confundir. No se trata de un policial exactamente. Tampoco Belano y Lima son «salvajes». Por otro lado, una pregunta queda flotando al cerrar el libro: ¿qué le ocurrió a García Madero? ¿Él es quien recoge los testimonios de la segunda parte? Mmm. Un monólogo se dirige a Belano. Eso sí es claro. También es claro que Los detectives salvajes es una obra con algunos defectillos y muchos logros.

jueves, 1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar, aunque algunas guardan misterios. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Lo más sorprendente: es un descarado plagio de las líneas que le escribió Fernando Herrera al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).

Otra de las más curiosas dedicatorias es la que aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». Sin embargo, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, se encuentran casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) aparece: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. De esta forma, quedó perennizada la amistad.
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no a vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».

2003



* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.

Las 10 mejores novelas peruanas

La memoria de un encuestador*



En agosto de 1994, mi amigo Alonso Rabí y yo nos reunimos en un café para trazar planes. Uno de ellos era la realización de una encuesta que indagara cuáles son las diez mejores novelas peruanas. Los participantes podrían citar dos o más obras de un mismo autor. El orden sería indiferente. Además, solo se considerarían los libros publicados hasta setiembre de ese año.
Elaboramos una larga lista con nombres de las personas que participarían, las más representativas de nuestra literatura: poetas, narradores, dramaturgos, críticos, editores. Tras seis meses y con la coordinación de la revista Debate, los resultados de la encuesta se publicaron en 1995. Si tardó en aparecer fue solo porque queríamos la mayor cantidad de participaciones. Al final tuvimos 93, lo que no está mal, pero pudo ser mejor.
Debo confesar que algunas personas nos resultaron difíciles de ubicar. Otras, como Jaime Bayly, Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, prefirieron no participar. Al más célebre de nuestros autores, Mario Vargas Llosa, le enviamos cartas y faxes, pero nunca recibimos respuesta.
A quien más veces hemos llamado por teléfono es a Jorge Puccinelli. Después de asegurarnos su participación, pedía que le dejáramos unos días más. Sin embargo, nunca nos entregó su relación. Por respeto a las otras respuestas y para evitar opiniones maliciosas, los organizadores decidimos no participar con nuestras listas.
Sin subestimar a las personas, me pregunto si un peatón común sabrá quién es Miguel Gutiérrez o Gregorio Martínez. Apenas conoce a contados autores: Alfredo Bryce Echenique es «el que se presentó ebrio en un popular programa de televisión», José María Arguedas «¿no es ese escritor que se suicidó?» y Mario Vargas Llosa es «quien pretendió ser presidente del Perú». Lamentable realidad de nuestra educación.
Cada encuesta refleja el espíritu de determinada época. Pasados algunos años, creo que el resultado cambiaría. Y si un día se organizara una consulta acerca de las mejores novelas latinoamericanas, con la participación de los países de la región, ¿volvería a aparecer La casa de cartón (1928) delante de La ciudad y los perros (1963)? ¿Sería Un mundo para Julius (1970) la novela peruana predilecta?
Aparte de este asunto geográfico, está el de la intervención política. ¿Ha influido en los participantes la candidatura de Vargas Llosa a la Presidencia de la República? ¿Ha causado alguna antipatía a su obra literaria la publicación de sus polémicas memorias, El pez en el agua (1993)? Pienso que sí. Según este argumento, me parece que el novelista arequipeño sale un poco perjudicado en la encuesta.
Sin embargo, el autor de La guerra del fin del mundo tiene más novelas mencionadas: cuatro en esta lista de diez. ¿Acaso es difícil elegir qué novela suya destaca nítidamente de su copiosa producción? El continuo postulante al Premio Nobel de Literatura no tiene una preferida por los encuestados sino varias, lo que al final de cuentas le resta votos a un libro.
Los gustos literarios cambian, lo que está bien, pues sería monótono que no sucediera así. En la diversidad está la creación. Pero, además, una cosa es la calidad y otra, la preferencia. Hay muchas novelas que son éxitos de venta hoy, pero nadie se acordará de ellas mañana.
En «Sobre los clásicos», ensayo de la colección Otras inquisiciones (1952), el argentino Jorge Luis Borges escribió con acierto: «Clásico no es necesariamente un libro que posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».
Un mundo para Julius, la mejor novela peruana. No me lo esperaba. Sin duda, es una obra de grandes méritos. Recuérdese que este libro de Bryce Echenique arrancó cálidos elogios de escritores tan prestigiosos como el chileno Pablo Neruda o el colombiano Gabriel García Márquez. Pero también es interesante observar cómo la crítica se dividió ante la aparición de esta obra. Para Abelardo Oquendo, «la novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder páginas». En cambio, Wáshington Delgado aseguró que Bryce Echenique, en este libro, es «capaz de escribir 500 páginas apretadas sin embarullar el hilo argumental, sin torcer la psicología de los personajes».
Asimismo, curiosas son las interpretaciones que se desprenden de dicha novela: para algunos es un ataque feroz a la oligarquía; para otros, el canto de cisne de esta clase poderosa. No hay que olvidar que este libro fue publicado cuando su autor tenía apenas 31 años.
En otro análisis se observa que solo tres libros de la lista fueron publicados antes de La ciudad y los perros, obra que marcó una línea divisoria en nuestra narrativa. Es curioso también notar que cuatro de los siete autores que han creado las diez mejores novelas peruanas se encuentren vivos. Quizá mañana estos mismos escritores, u otros, publiquen una novela que merezca en otra encuesta la mayor preferencia. En este sentido, es bueno pensar que la mejor novela peruana siempre está por escribirse.

1995



Resultado

1) Un mundo para Julius (1970)                    76 votos
         Alfredo Bryce Echenique

2) Los ríos profundos (1958)                         73 votos
         José María Arguedas

3) El mundo es ancho y ajeno (1941)             60 votos
         Ciro Alegría

4) Conversación en La Catedral (1969)          54 votos
         Mario Vargas Llosa

5) La guerra del fin del mundo (1981)            48 votos
         Mario Vargas Llosa

6) La casa de cartón (1928)                          47 votos
         Martín Adán

7) La Casa Verde (1966)                              44 votos
         Mario Vargas Llosa

8) La ciudad y los perros (1963)                    40 votos
         Mario Vargas Llosa

9) Canto de sirena (1977)                             38 votos
         Gregorio Martínez

10) La violencia del tiempo (1991)                 30 votos
         Miguel Gutiérrez





* Publicado como «Las diez mejores novelas peruanas», en la revista Debate, número 81, Lima, febrero-abril de 1995, páginas 28-43.

Corrector de estilo

Hombres de mazmorras*




«Oye, Pescadito, no te olvides de poner la leyenda», rezaba un texto al lado de la foto de portada de un diario ya desaparecido. En otro periódico importante se leía en letras grandes: «Falta titular». Descuidos de este tipo hay muchos en la edición de textos. Para subsanar estos traspiés, existen los correctores.
En Los últimos días de La Prensa (1996), de Jaime Bayly, novela que cuenta la decadencia de un diario limeño, se reproduce un titular: «Presidente Reagan salió de la clínica apoyado en dos mulatas». ¡Eran «dos muletas» y no «dos mulatas»!
La informática ayuda mucho: cuando digitamos mal alguna palabra la computadora lo repara o lo subraya. Sin embargo, a veces, empeora el asunto. Por ejemplo, si escribo mi apellido, la máquina lo transforma en «Coahuila».
Por lo general, los correctores son egresados de Literatura, Lingüística y Periodismo, pero hay estupendos profesionales en este oficio que estudiaron Medicina, Derecho, etcétera. Algunos son autodidactos. Total, nadie tiene título de corrector expedido por una universidad, al menos en el Perú. Pero, de seguro, esta situación cambiará. Hace mucho tiempo es necesaria una escuela de Corrección.
Mi amigo el profesor César Ferreira me comentó que una vez le llegó una invitación que decía: «No es grato invitarlo a usted a la inauguración...». Evidentemente se trataba de un error: «Nos es grato invitarlo...».
Un colega corrector me enumeró, cierta vez, para quiénes había trabajado. Mi sorpresa fue mayúscula: citó a algunos renombrados periodistas, investigadores y novelistas a quienes —según infidencia de mi colega— tuvo que «reescribirles» párrafos enteros. «Los hago famosos», dijo con cierto orgullo, «y a veces obtienen jugosos premios». Agrega que así como existen los «negros literarios», aquellos que le escriben un libro a una persona de renombre, los correctores también estamos para hacer el trabajo «oscuro». Hay que subrayar que algunos autores tienen brillantes ideas, pero no saben expresarlas con corrección.
«Aquí te tengo un libro de 300 páginas. Lo necesito de aquí a tres días», dicen algunos como si corregir fuese lo mismo que comprar papas en un mercado. Es cierto que un diario se arma en pocas horas, pero ahí existe —al menos así debe ser— un pelotón de correctores. A veces el 80 por ciento de la edición del periódico cambia a pocas horas del cierre, debido a un acontecimiento trascendental. En ese caso, el trabajo anterior se va al tacho.
En el cuento «García Márquez y yo» (1994), del libro Muñequita linda (2000), de Jorge Ninapayta de la Rosa, texto que mereció el Premio El Cuento de las 1.000 Palabras, el narrador dice: «La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste. En este trabajo hay que dominar no solo la ortografía, la gramática, la sinonimia, también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces, incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir».
Los correctores consultan la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario de la lengua española (2001) y el Diccionario panhispánico de dudas (2005), libros elaborados por la Real Academia Española, disponibles también en versión digital (www.rae.es). No solo hace falta eso, sino también una cultura respetable.

En apellidos y nombres no hay regla que valga, solo el conocimiento. Hay que saber que el autor de la comedia Tartufo (1664) se escribe «Molière» y no «Moliere». Que el indígena Felipe Guaman Poma de Ayala escribió Nueva corónica y buen gobierno (1615) y no Nueva crónica y buen gobierno. ¿Quién dirigió Sonrisas y lágrimas? ¿Quién hizo lo propio con La novicia rebelde? Se trata del mismo filme: The Sound of Music (1965), del estadounidense Robert Wise. Sucede que en España y América Latina la llamaron así, respectivamente.

Lo indignante es llamarle la atención al corrector por aspectos que no son erróneos. Por ejemplo, quejarse por «eliminar» una «s» a la locución latina «statu quo». Algunos creen que es «status quo». Además, lo escriben en cursivas. Antes hay que revisar el diccionario. Otros piensan que «ONG», organización no gubernamental, en plural se escribe «ONGs». Se equivocan: es invariable. Se dice «las ONG» y no «las ONGs».
Tampoco seamos talibanes. Hay que hacer concesiones. La Academia prefiere el horrible «güisqui» o «huaiño» a «whisky» o «huaino». Llamamos al delicioso guiso hecho con trozos pequeños de panza de res o de carnero «cau cau» y no «caucáu».
Muchos diagramadores se quejan de la cantidad de cambios que deben insertar. Claro, no entienden nada. Son pocos los cuidadosos, y más escasos aún quienes tienen buena ortografía.
En Valdelomar o la belle époque (1969), Luis Alberto Sánchez refiere que Abraham Valdelomar se enfadó tanto por la cantidad de erratas que había en su segundo libro, el ensayo Belmonte, el trágico (1918), que guillotinó todos los ejemplares antes de salir al mercado. Días después apareció una edición «oficial». Lujo que pocos pueden darse.
El sabio mexicano Alfonso Reyes, en su texto «Escritores e impresores», del libro La experiencia literaria (1942), cuenta que la aparición de su poemario Huellas (1922) tenía tal cantidad de descuidos que lo puso en cama. El narrador peruano Ventura García Calderón aprovechó la ocasión para escribir: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañadas de algunos versos».

2006




* Publicado como «Aquí falta título», en el suplemento «El Dominical», del diario El Comercio, Lima, 16 de abril de 2006, página 6.

Crónica: leer en un microbús

Los lectores tenaces*

  

Leer mientras se viaja es un triunfo, una hazaña. Me refiero, obviamente, a un viaje en microbús. Pues los otros, aéreos o interprovinciales, no son realmente campos de batalla.
Los héroes son pocos, es cierto. Es claro, también, que la mayoría prefiere un diario antes que un libro, sea de literatura, historia o filosofía.
El escritor argentino Jorge Luis Borges lamentaba esta costumbre: «No vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer». Pensaba que bastaría, en lugar de diarios, con un periódico bimestral. «No todos los días suceden hechos sensacionales —agregaba—. En la época grecolatina se leían libros y no se perdía el tiempo en tonterías. ¿Quién juzga un telegrama de la agencia Reuters superior a un Diálogo de Platón?».

Molestias
¿Qué interrumpe con más frecuencia a un lector viajero? El ruido del motor del microbús en el que se viaja no tiene gran importancia. Tampoco los desaforados gritos del cobrador: «Plaza Unión, plaza Dos de Mayo, toda Alfonso Ugarte...». El lector se acostumbra a este fastidio permanente.
En cambio, las molestias inesperadas sí desvían la atención. Como accidentes de tránsito, desperfectos del microbús o infaltables discusiones de pasajeros.
La agresión no acaba ahí. Niños harapientos palmean al tenaz lector para pedir limosna, luego de desentonar en valses, cumbias o chichas. «Ya, pues, tío, una propinita».
Pero no olvidemos a los auténticos vendedores ambulantes. «A ver, hermanito, colabora conmigo, cómprame unos caramelitos. Bríndame tu apoyo; hoy por mí, mañana por ti...».

Privilegiados
Cuando se trata de conmover, los mutilados o enfermos son los más «favorecidos». Hasta se diría que se ganan la vida mostrando sus heridas o cicatrices en público.
Tan pronto baja uno, sube otro. Esta vez un tipo introduce un clavo a una de sus fosas nasales, lo extrae y lo muestra en señal de triunfo, para luego volverlo a introducir.
Después se marcha, tras obtener un relativo éxito en la venta de sus chocolates y tras causar algunos amagos de infarto y respiraciones agitadas entre los pasajeros. En tanto, uno continúa lidiando para mantener su lectura.
Puede ser una suerte viajar sentado, pero a veces no lo es. Un sujeto ebrio puede estropearlo todo. Es insoportable la vecindad de un tipo babeante que se apoya en el hombro de uno para dormir o, en el peor de los casos, que le busca a uno conversación violentamente.
Los bebés, aun cargados por sus madres, crean otra serie de problemas. Intentan coger o, sencillamente, toman el libro que vamos leyendo. Todavía recuerdo a un crío de unos dos años que arrancó con gozo una hoja de mi libro.
Al menos tenía buen gusto: la víctima fue el poema «Masa», de César Vallejo. La madre solo atinó a exclamar: «Fabián, eso no se hace», y se dio por desentendida. Mientras yo, impávido, intentaba reparar el daño.
En época de carnavales es otra cosa. Hay momentos en que el lector debe esquivar los inesperados proyectiles. Se corre el riesgo de que un globo de agua maltrate la lectura por algunas horas, lo que depende de la intensidad del calor.

Gratificaciones
Cargar libros, cuadernos o paquetes dificulta más nuestro viaje. Debemos estar atentos a que no se caigan. Las paradas bruscas o las curvas a gran velocidad nos obligan, a nuestro pesar, a ofrecer disculpas por los involuntarios empujoncitos.
También es de lamentar la tenue luz. Cuando cae la noche es casi imposible leer; a menos que nos resignemos a tener los ojos marchitos a corto plazo.
Pese a la evidente dificultad de escribir en el mismo viaje, el lector no puede dejar de anotar una frase o una idea que súbitamente lo ha impresionado y que en algunas horas podría ser irrecuperable.
Muchas veces bajé, intencionalmente, uno o hasta dos paraderos más allá del que debo. En esas oportunidades ocurría que el texto había llegado a su momento más interesante y es forzoso obedecer a la curiosidad, es imprescindible saber la conclusión, el desenlace.
La verdad es que sencillamente uno desea bajar complacido, acabando un capítulo, un cuento o un poema. Es decir, con la placidez de haber aprovechado el tiempo y no haberlo perdido miserablemente. Porque las ocupaciones que debemos atender no permiten —maldición— leer o escribir todo el día como realmente quisiéramos.

1991



* Publicado como «Los lectores tenaces», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 22 de noviembre de 1991, página 8.

Crónica: Berlín

Isaac, mi amigo de Berlín*




Una mañana de junio de 2001, mientras revisaba mi correo electrónico, leí en la lista de literatura de la Red Científica Peruana unos comentarios acerca del canon del prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki. Su autor: Isaac Risco Rodríguez. Me atreví a escribirle para expresarle mis opiniones, sin pensar que iniciaríamos una extensa correspondencia. Fue recién al llegar al aeropuerto de Berlín-Tegel, al año siguiente, que lo conocí en persona.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Berlín tenía 50 mil edificaciones destruidas y 75 mil millones de metros cúbicos de escombros. Su población había disminuido a dos millones 800 mil habitantes. Es decir, un millón y medio menos. Hoy es una ciudad moderna, cosmopolita y orgullosa, en permanente construcción a pesar de contar con numerosos rascacielos.
Al pisar suelo berlinés, entre tanta gente, pensé que sería difícil dar el uno con el otro. Sin embargo, no fue tan complicado por nuestro color de piel.
Me encontraba muy ilusionado en conocer esta ciudad. Apenas llegamos a su casa, dejé mis maletas y fuimos a recorrer la capital alemana. Pese a lo agotador del vuelo, no quería perder el tiempo.
«¿Qué es lo primero que quieres ver?», me preguntó Isaac. «La puerta de Brandeburgo», respondí sin dudar. Tomamos un metro que nos llevó a la avenida Unter den Linden, pero para mi mala fortuna el imponente monumento se encontraba en refacción. Estaba cubierto casi completamente. Pude observar apenas la cuadriga que conduce a la diosa de la paz, Eirene.
Por sugerencia de mi amigo, caminamos al Reichstag, sede del Poder Legislativo desde 1999, a pocas cuadras. Contemplé su enorme cúpula, mientras Isaac me comentaba que el incendio de este histórico edificio en 1933 le sirvió de excusa al canciller Adolf Hitler para disolver el Parlamento. Me sentía exhausto y era demasiado tarde, casi las dos de la madrugada, así que decidimos volver.
En el trayecto observé estatuas de osos repartidas por el centro de la ciudad, de todos los colores y en diferentes posiciones. Me enteré por mi amigo que Berlín le debe su nombre a este mamífero.

Durante los días que pasé en la capital alemana no tuve mejor compañía que la de mi compatriota Isaac. Su conocimiento de los rincones de la ciudad, su dominio del idioma de Goethe y su amplia cultura me ayudaron muchísimo.
Aunque sabe lo difícil que es, piensa ser escritor. Por lo pronto, alterna su trabajo de camarero en el McDonald’s de Alexanderplatz, con estudios de Literatura en la Universidad Libre de Berlín. A los 25 años de edad prepara su primer libro de cuentos.
«Quiero que aproveches al máximo tu estadía», me comentó frente a un plano de la ciudad. Luego señaló cada punto de interés y elaboramos un cronograma.
El Museo Checkpoint Charlie, ubicado en el centro, es uno de los lugares más visitados por los turistas. Recuerda los horrores de la Guerra Fría y exhibe algunos de los objetos de los que se valieron las cuarenta mil personas que escaparon del régimen comunista: un automóvil, una maleta, un globo aerostático, entre otros.
Se calcula que unas 250 personas murieron en el intento de cruzar el Muro de Berlín, llamado también Muro de la Vergüenza, que fue edificado en agosto de 1961 por las autoridades soviéticas y de Alemania Oriental para detener el éxodo hacia Occidente. Su caída, el 9 de noviembre de 1989, no fue completa. Hoy se puede observar varios kilómetros en pie, donde artistas de todo el mundo dejan sus dibujos. Fragmentos de la derruida pared se venden en algunas calles como souvenirs. De la misma forma, inmigrantes de Europa del Este comercian objetos del Ejército soviético: insignias, gorras o sobretodos.

La mayor presencia extranjera, sin embargo, la constituyen los turcos, quienes llegaron a Alemania con contratos de trabajo en la década de 1960 a falta de mano de obra, al iniciarse el milagro económico. Hoy van por la tercera generación y suman más de dos millones de habitantes, muchos de fe musulmana, lo que equivale al 2 por ciento de la población del país.
Algunos aspectos de la transformación racial de la sociedad alemana se evidencian en que el futbolista Mehmet Scholl, mediocampista del Bayern de Múnich; la actriz Jasmin Tabatai y el político Cem Özdemir, miembro del Bundestag (Parlamento Federal) de 1994 a 2002, quienes destacan en sus respectivos campos, son de ascendencia turca.
Solo puedo narrar un incidente desagradable, pero fue por mi negligencia. Después de recorrer el sur de España, en Barcelona decidí que un amigo se llevara una maleta —que no pensaba utilizar— a Madrid, adonde llegaría luego de mi viaje a Alemania.
Cometí una gran torpeza al olvidar en esa valija mi pasaporte. Al intentar abordar el avión de regreso a España me pidieron identificación. Perdí el vuelo, pero la aerolínea asumió el pago por no pedirme el documento cuando me dirigía a Alemania. Un oportuno fax desde Madrid, que comprobaba mi visa vigente, me salvó de pasar la noche como ilegal.
Ya libre, recordé la célebre frase de John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, en un discurso ofrecido durante la Guerra Fría, en Berlín occidental, en 1963: «Ich bin ein Berliner (Soy un berlinés)».

2002




* Publicado como «Bajo el cielo de Berlín», en el diario El Peruano, Lima, 19 de junio de 2003, página 9.

Crónica: Iquitos

En el inquietante océano verde*




Suelo viajar por avión sin temor, pero la vez que lo hice a Iquitos me entró pánico. Mi recelo aumentó debido a los gritos desesperados de una señora a mi lado, quien, con un rosario, gemía: «Ay, Diosito, se va a caer». La turbulencia, que nos impidió aterrizar por varios minutos, me produjo también escalofríos. Solo di un gran suspiro cuando llegamos al aeropuerto Francisco Secada Vignetta.
Fui invitado por el entusiasta Jaime Vásquez, director del centro cultural Tierra Nueva, institución empeñada en revertir la pobreza cultural de la ciudad más importante de la selva peruana. Gracias a su auspicio, una veintena de autores de la región por fin ha publicado sus libros y una decena de intelectuales limeños hemos viajado a la capital de Loreto para exponer nuestros trabajos.
Cuando le comenté a mi amigo el periodista Víctor Coral, que presentaría en Iquitos mi libro Entrevistas escogidas a Mario Vargas Llosa, me preguntó: «¿Quién te lo va a presentar? ¿Un mono?». Es cierto, la actividad literaria allá es escasa. Una muestra es que en toda la ciudad no existe una sola librería respetable. Solo hay locales donde se expenden artículos de oficina o para escolares. Esta alarmante situación se traslada a otras artes. Las salas de cine del lugar, por ejemplo, solo ofrecen filmes comerciales. Hay que prender una vela para que un blockbuster coincida con una película de calidad.
Desde la ventanilla del avión, poco antes de aterrizar, me atrajo poderosamente observar el caudaloso Amazonas en medio de la inmensa selva. Por eso, después de instalarme en el hotel, salí a dar un paseo en el malecón Tarapacá, a una cuadra de la Plaza de Armas, para observar el río Itaya, afluente del Amazonas. Fue hermoso pasar aquella tarde, ver ocultarse el sol en el bosque infinito. Los peruanos nos sentimos orgullosos de que este imponente río nazca en nuestros Andes, pero no aprovechamos su enorme potencial.
Acerca del nombre del río existe división de opiniones. Para algunos, procede de la creencia de que en la región habitaban feroces guerreras, como en la mitología griega. Para otros, deriva del vocablo indígena amassona, que significa «barco destruido». También sobre su longitud hay discrepancias. Ciertos investigadores aseguran que el Nilo posee 6.695 kilómetros y el Amazonas, 6.275. Otros que el río africano alcanza 6.667 y el sudamericano, 6.762. Un mar de controversias.

Existe, asimismo, la idea de que en Iquitos los zancudos acechan. Nada más falso. También se cree que las loretanas son lujuriosas. En las calles limeñas uno recibe a veces volantes de prostíbulos con el rótulo de «Charapitas ardientes» como si prometieran el paraíso sexual. Es un prejuicio debido a que las iquiteñas visten con breves trajes por el clima tropical. ¿Existe prostitución en esa ciudad amazónica? Claro que sí, como en cualquier lugar.
Este mito, sin duda, fue alimentado por la novela Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, llevada al cine por Francisco Lombardi con igual título en 1999. En la obra, el protagonista apenas llega al hotel desata su libido con su esposa. Tiene el encargo secreto de frenar el ímpetu de las tropas con prostitutas contratadas en secreto por el Ejército, pues las violaciones de los soldados a las jóvenes del lugar se multiplican. El colmo fue sorprender a un cabo haciendo vida marital con una mona. ¿La humedad tibia, el clima tropical y la exuberancia de la naturaleza elevan el apetito sexual? «Soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca», afirma un importante militar en el libro.
Quise aprovechar la noche para conocer el complejo deportivo del Colegio Nacional de Iquitos, donde cada fin de semana el conjunto de tecnocumbia Explosión ofrece animadísimos conciertos hasta las cuatro de la madrugada. Me confundí entre la multitud, que, llena de alegría, entonaba canciones que jamás había escuchado en Lima. Algunos jóvenes formaban círculos en torno a una caja de cerveza, levantando sus vasos, gastando bromas o ensayando algunos pasos. Me acerqué a la primera fila para observar a bellas muchachas desplazarse, exageradamente maquilladas, en tangas y largas botas, en sensuales bailes arriba del estrado. Por ahí me percaté de la presencia de turistas extranjeros, aunque ellos frecuentan más la discoteca más prestigiosa: el Noa Noa.
En un motocarro (en Iquitos medio mundo se moviliza en este vehículo), a la mañana siguiente, partí al embarcadero, a un cuarto de hora de la Plaza de Armas. En el camino, descubrí que no existe calle donde no encuentre una palmera. Con una lancha alquilada, recorrí el río Nanay, observé algunos caseríos como el de los boras. Algunas de sus mujeres, desnudas de la cintura para arriba, pedían con gestos que las visitáramos. Sin duda, muchos indígenas viven con tal atraso que se encuentran en la prehistoria. Tan penoso como eso fue ver barcas conducir lentamente cientos de maderas atadas en dirección a los aserraderos. ¿Y las pirañas? «Solo atacan ante la presencia de sangre», me explicaron. La única anaconda que pude apreciar se hallaba, por fortuna, disecada en el Museo Municipal. Medía 8 metros.
Los platos loretanos nunca me atraparon, sin embargo puedo recomendar la cecina, carne delgada, salada y seca al sol. Una muestra de la abundancia del plátano es su bajo precio. El pollo a la brasa con este fruto, por ejemplo, cuesta cuatro soles y medio. En cambio, con papas fritas vale un sol más. En Belén, curioso barrio constituido por casas de madera sobre el Amazonas, vi que un racimo lo vendían a sol y medio.
Todavía quedan testimonios arquitectónicos de la época del caucho (1880-1914). La Casa de Fierro, en la Plaza de Armas, es la más conocida. Se dice —nadie lo ha comprobado— que fue diseñado por el famoso ingeniero francés Gustave Eiffel. Sin embargo, el edificio más hermoso de aquella época es el antiguo Hotel Palace, de tres pisos, con balcones, adornado en su fachada con azulejos sevillanos. En 1905, la mitad de la población de Iquitos, entonces de diez mil habitantes, era del Viejo Continente, atraída por el exitoso comercio del látex. Aunque muchos de los inversionistas engrosaron sus fortunas, miles de indígenas fallecieron tras arrastrar vidas de esclavos, condiciones infrahumanas, sin la protección del Estado.

La marginación que sufren los loretanos se evidencia hasta en su modo de hablar. Recuerdo que en la universidad una guapa amiga rechazó a un muchacho solo por su dejo charapa. Una estupidez. La falta de carreteras que comuniquen Iquitos con otras ciudades es uno de los factores de su atraso económico. Aparte de la vía aérea, la otra forma de llegar a la capital loretana es por transporte fluvial, aunque no es tan sencillo: navegar desde el puerto La Hoyada, Pucallpa, uno se tarda cuatro días. Camino al aeropuerto, se desató una lluvia torrencial. Empapado, desde el avión, todo se veía oscuro. La selva se aprestaba a dormir.

2005




* Publicado como «En el inquietante océano verde», en el diario Pro & Contra, Iquitos, 22 de abril de 2005, página 8.