miércoles, 30 de julio de 2014

Los valores tradicionales en «El Caballero Carmelo»


El cuento «El Caballero Carmelo», de Abraham Valdelomar (1888-1919), es uno de los más conocidos y leídos de toda la literatura peruana. Se publicó originalmente el 13 de noviembre de 1913, página 7, en el diario La Nación de Lima, firmado con el seudónimo «Paracas». El texto obtuvo el primer lugar en un concurso organizado por dicho periódico. El jurado lo integraban el historiador Carlos Wiesse Portocarrero, el crítico y narrador Emilio Gutiérrez de Quintanilla y el poeta Enrique Bustamante y Ballivián, director de dicha publicación, muy amigo de Valdelomar. El escritor se encontraba en Roma cuando terminó el cuento. Deseaba ganar el premio para resarcir la herida que le había dejado la derrota de su candidatura a la presidencia del Centro Universitario de San Marcos en 1913. En una carta del 8 de octubre de 1913, Valdelomar le dice a su amigo el poeta Enrique Bustamante y Ballivián:

[...] he sacado de mi libro de novelas cortas ese cuento que le envío, para entrar al concurso. Como usted sabe que me jodería completamente sacar un segundo o tercer premio, el favor que usted me va a hacer consiste en que entregue el cuento, al cual le pongo yo un seudónimo; para en caso de no sacar el premio, no se sepa mi nombre. Esto lo hago yo, su intervención es esta otra: si me dieran por chiripa el primer premio, entonces usted explica al jurado la razón que tuve para dar mi seudónimo y la carta que envío para garantizar la propiedad de mi cuento. Esto solo en el caso de que se trate del primer premio, pues si no, usted se quedará tan calladito y no se sabrá que el cuento ese es escrito por este pobre diablo. Otra cosa aún. Como yo no quiero que hablen y critiquen mi actitud al ir a ese concurso, ni que digan que es cojudo y que, yo desde Europa, les vaya a arrebatar triunfos a los de allí, le incluyo un pliego en el cual renuncio al premio y cedo el dinero al que me suceda y, si éste no lo quisiera, al Centro Universitario o a cualquier sociedad[1].

El 3 de enero de 1914 La Nación publicó el fallo del jurado. Para desgracia de Valdelomar, el coronel Óscar R. Benavides dio un golpe de Estado el 14 de febrero de ese año. Así, el narrador renunció a su cargo de diplomático en Roma.
El cuento formó parte, en 1918, del libro homónimo. El texto, en realidad, pertenecía a un conjunto de relatos que el autor pensaba publicar bajo el título de La aldea encantada, que recreaban el mundo de su infancia y cuya primera edición estaría a cargo de la editorial parisina Ollendorff[2]. Todos estos cuentos estaban ambientados en la ciudad de Pisco, donde efectivamente vivió el escritor entre los 4 y 9 años de edad (1892-1897). Algunos de ellos se desarrollan en San Andrés de los Pescadores, aldea al sur de Pisco, de ahí el nombre del proyecto. El autor declaró en cierta ocasión: «Mis maestros de estética fueron el paisaje y el mar; mi libro de moral fue la aldehuela de San Andrés de los Pescadores, única filosofía la que me enseñara el cementerio de mi pueblo. Yo dejé el pueblo amado de mi corazón a los nueve años»[3]. Además, estos relatos tienen como protagonistas a niños, y su temática gira en torno a la familia y los vínculos afectivos entre padres e hijos, y la vida cotidiana en un pueblo pequeño y aislado de la modernidad..
Aunque el libro La aldea encantada nunca se publicó, Valdelomar llegó a escribir tanto la introducción como el prólogo del libro, textos en los que se hacen explícitas las propuestas y la poética de estos cuentos de Valdelomar, a los lo que la crítica suele denominar cuentos «criollos». Ambos textos aparecieron, en vida del autor, en diversas revistas literarias, y recientemente han sido incluidos en el libro La aldea encantada (2008), una vasta antología de toda la obra de Valdelomar y que, además, cuenta con ensayos e interpretaciones de los respetados estudiosos Ricardo González Vigil y Luis Jaime Cisneros.
En este ensayo interpretaremos el cuento «El Caballero Carmelo», siguiendo la metodología descrita por Alberto Escobar en su libro La partida inconclusa (1976)[4] y centrándonos en el tema de las relaciones familiares y relacionándolas con los ya mencionados prólogo e introducción escritos por el propio Valdelomar. Además, tendremos en cuenta los otros cuentos «criollos» o de La aldea encantada: «El vuelo de los cóndores» (1914), «Los ojos de Judas» (1914), «El buque negro» (1917), «Yerba santa» (1917), «La paraca» (1915) y «Hebaristo, el sauce que murió de amor» (1917).
Lo que nos proponemos demostrar es que «El Caballero Carmelo» es quizá la más lograda materialización de las propuestas expresadas por Valdelomar en esos textos. Además, esas propuestas deben su fuerza y vitalidad a que están centradas en los más tradicionales valores (familiares, religiosos y sociales) vigentes en aquella época. Asimismo, el retrato de la vida familiar se realiza dentro de un realismo que no excluye los aspectos oscuros o polémicos, con lo que la obra adquiera una mayor vigencia y calidad artística.

Argumento del texto
A pesar de ser un cuento bastante conocido, hacemos a continuación un pequeño resumen de los hechos narrados en el cuento:
El relato transcurre en Pisco, en torno a la familia del narrador, quien recuerda en primera persona un episodio imborrable que vivió en su niñez, supuestamente a fines del siglo XIX. Un día, después de un largo viaje, Roberto, el hermano mayor de la familia, llegó cabalgando cargado de regalos para sus padres y hermanos. A cada uno entregó un obsequio, pero el que más impacto causó fue el que entregó a su padre: un gallo de pelea de impresionante color y porte. Le pusieron por nombre el Caballero Carmelo y pronto, en la arena, ganó múltiples duelos. Ya viejo, fue retirado del oficio y todos creían que culminaría sus días de muerte natural, pero cierto día el padre, herido en su amor propio porque alguien se atrevió a decirle que el Caballero Carmelo no era un gallo de raza, para demostrar lo contrario, pactó una pelea con otro animal de fama, el Ajiseco, que —aunque no se igualaba en experiencia con el Caballero Carmelo— tenía sin embargo la ventaja de ser más joven. Hubo sentimiento de pena en toda la familia, pues sabían que el Caballero Carmelo ya no estaba para esos encuentros, pero no hubo marcha atrás: la pelea se pactó para el día de la patria, el 28 de julio, en la vecina caleta de San Andrés. Llegado el día, los niños varones de la familia acudieron a observar el espectáculo. Encontraron al pueblo engalanado, con sus habitantes vestidos con sus mejores trajes. Las peleas de gallos se realizaban en una pequeña cancha adecuada para la ocasión. Luego de una interesante pelea gallística, les tocó el turno al Ajiseco y al Caballero Carmelo. Las apuestas vinieron y, como era de esperar, hasta en las tribunas llevaba la ventaja el Ajiseco. El Caballero Carmelo intentaba poner su filuda cuchilla en el pecho del contrincante y no picaba jamás al adversario. Luego de una lucha a favor del Ajiseco, el Caballero Carmelo venció, pero quedó gravemente herido. Todos felicitaron a su dueño por la victoria y se retiraron del coliseo porque había sido la pelea más interesante. Los niños condujeron a la casa al Caballero Carmelo para curarlo. Aunque se prodigaron en su atención, no lograron reanimar al gallo, que, tras sobrevivir dos días, se levantó al atardecer mirando el horizonte, batió las alas y cantó por última vez, para luego desplomarse y morir apaciblemente, mirando amorosamente a sus amos. Toda la familia quedó apesadumbrada y cenó en silencio aquella noche. Esa fue la historia de un gallo de raza, último vástago de aquellos gallos de pelea que fueron orgullo por mucho tiempo del valle del Caucato, fértil región donde se forjaban dichos paladines.

Segmentación de la obra
El propio autor dividió la obra en seis partes numeradas:
I. Retorno de Roberto, hermano mayor del narrador, quien trae regalos para la familia. A su padre le obsequia un gallo de pelea, que será conocido como el Caballero Carmelo.
II. Amanecer en Pisco, partida del padre hacía su trabajo, llegada del panadero. Los niños se encargan de alimentar a los animales del corral, entre los cuales destaca un gallo llamado el Pelado, que, pendenciero y escandaloso, se escapa y se mete en el comedor causando destrozos. Enterado el padre, sentencia que el Pelado sería sacrificado para el almuerzo del domingo. El dueño del gallo, Anfiloquio (uno de los hermanos de Abraham), protesta por esta decisión y trata de argüir razones para salvarlo. Pero la decisión ya está tomada. El muchacho entonces llora impotente, ante lo cual interviene la madre, quien le promete que no matarían a su gallo.
III. Descripción de Pisco, frente al mar, con sus tres plazuelas y su puerto. Más al sur, yendo por el camino de la costa, se llegaba a la aldea de San Andrés de los Pescadores, poblada de gentes sencillas, dedicadas a la pesca y al comercio, descendientes de las poblaciones nativas. (En algunas versiones del cuento, sobre todo en aquellas destinadas a los escolares, se mutila inexplicablemente esta sección).
IV. Tres años después de su llegada, el Caballero Carmelo había envejecido, luego de ser ganador en varios duelos con otros gallos de la región. Molesto porque alguien dijo que su gallo no era de raza, el padre lo volverá a hacer pelear, esta vez con otro gallo más joven, el Ajiseco. El duelo se pacta para el 28 de julio, día de la patria, en la aldea de San Andrés. Un hombre viene seis días consecutivos para entrenar al Carmelo. Finalmente llega el día esperado y se llevan al Carmelo, ante las protestas de la madre y el llanto de las niñas. Una de ellas, Jesús, ruega a Abraham que lo siga y lo cuide.
V. El pueblo de San Andrés se halla engalanado para la fiesta. Luego de una reñida lucha, el Caballero Carmelo se alza con el triunfo, aunque queda gravemente herido. Todos felicitan al padre de Abraham por la victoria de su gallo de pelea. Los niños cargan al Caballero Carmelo y se lo llevan a casa.
VI. Dos días estuvo el Caballero Carmelo sometido a toda clase de cuidados. Pero todo es en vano y expira, luego de dar su último canto, ante la consternación de toda la familia.

Estructura y estrategias narrativas
Como se aprecia, solo desde la segunda mitad del cuento el Caballero Carmelo se convierte en el centro del relato. En la primera mitad, en cambio, se describe profusamente tanto la vida al interior del hogar familiar (secuencias I y II), como la de los pobladores del puerto de Pisco.
Hay, sin embargo, otra diferencia importante entre la primera mitad y la segunda: los saltos temporales entre secuencia y secuencia. Entre la I y la II quizá ha pasado uno o dos años. La III es una secuencia atemporal, y entre la II y la IV hay también uno o dos años. En suma, el tiempo transcurrido desde la llegada del Caballero Carmelo y los sucesos relativos al duelo con el Ajiseco es tres años.
Entre los cuentos de Valdelomar, «El Caballero Carmelo» es uno de los que tiene más marcada presencia del paso del tiempo. Así lo afirma Ricardo Silva-Santisteban en el libro Cinco asedios al cuento peruano (2008): «En ‘El Caballero Carmelo’ asume fundamental importancia el paso del tiempo, al que debemos considerar un elemento capital dentro del relato [...]. En otros cuentos, como ‘Los ojos de Judas’, es más bien el espacio el elemento fundamental»[5].
Entonces, ¿cómo explicar la inclusión de una secuencia atemporal justamente en la mitad del relato? Nuestra interpretación es que esa secuencia es la que fija, a la manera de un eje, todo el transcurrir del cuento en una época específica. Pero no se trata de una época histórica específica, sino del «tiempo sin tempo» del mito, según la definición del escritor rumano, especialista en mitología, chamanismo e historia de las religiones Mircea Eliade. Más específicamente, del mito personal del autor, de aquella aldea encantada en la que vivió su infancia y a la que, al parecer, siempre quiso regresar.

Aldea encantada vs. ciudad moderna
En el mencionado poema de introducción a La aldea encantada, Valdelomar dice:

Ven a pasear a mi aldea, peregrino lector.
Ni armas, ni escudo luce del señor de Castilla...
...Y si al fin, terminada la peregrinación,
gustas de los paisajes de la Aldea Encantada,
musita, peregrino, una breve oración
por las amables horas de mi niñez pasada,
por todos los alegres días que ya no son
muertos y sepultados bajo mi corazón.
Amor, recuerdos, fechas, infancia, polvo, nada...
[6].

La conciencia de que se trata de un tiempo pasado, es todavía más explícita en el extenso prólogo, que no es otra cosa que una carta «a mi hermana Jesús»:

Desde aquellos arcádicos tiempos del gallo Carmelo, la higuerilla y el rezar contrito, yo y el mundo hemos dado muchas vueltas, mi dulce Jesús. Entonces nuestro universo era la aldea. Todos siete hermanos, que alrededor de la mesa bendecíamos al señor y amábamos la vieja casa, hemos ido por el mundo cosechando sinsabores y penas[7].

El crítico Ricardo González Vigil ha descubierto que en Valdelomar esa «Aldea Encantada» es un mundo opuesto y complementario de las ciudades modernas en las que vivió el Valdelomar adulto, especialmente durante su largo recorrido por Europa. Según el crítico, el enfrentamiento entre estos dos mundos se manifiesta en una serie de oposiciones:
1. Aldea, sociedad comunitaria y patriarcal ≠ Ciudad, civilización moderna.
2. Hogar, infancia ≠ Relaciones comerciales, utilitarismo.
3. Pureza, virtud ≠ Pecado, vicio.
4. Dios, espíritu, misterio ≠ Materialismo, sensualidad, cinismo.
5. Sencillez, vida natural ≠ Artificialidad, amaneramiento.
6. Salud ≠ Enfermedad.
7. Emoción popular ≠ Lo aristocrático y el dandismo.
A partir de estas oposiciones, según el crítico, es posible dividir toda la producción literaria de Valdelomar en dos conjuntos claramente definidos: por un lado, los cuentos «criollos» e «incaicos», y los poemas; por otro lado, los llamados cuentos «yanquis», «chinos» y humorísticos, y novelas como La ciudad de los tísicos (1911). Pero estas oposiciones implican también una idealización del mundo de la infancia, que se expresa claramente en el ya citado prólogo:

¡Cuán dulce, buena, buena y triste era la vida de aquel pueblo! Qué sencillez en las gentes, qué paz la que reinaba en todo, qué silencio, augusto y misterioso que pesaba sobre esa ciudad de hombres resignados que jamás salieron del pueblo. ¡En qué aire solitario, misterioso e inefable pasó nuestra niñez! Aquel lugar parecía habitado por una sola y gran familia: se conmovían unánimemente por las desgracias ajenas[8]; gozaban sencillamente, y hasta en el morir, cuán dulce, sabia y humanamente se iban de la vida aquellos abuelos centenarios, que con sus manos sarmentosas elevadas al cielo y los ojos fijos en el Crucificado, pronunciaban, expirando, la última frase, ya casi ininteligible: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu[9].

En el texto también se describe el otro extremo de la oposición: la ciudad de Nueva York y su efervescente actividad:

Enormes bocas abiertas se tragaban a infinidad de personas que por otras bocas salían. Un lenguaje de jotas y de kaes mezclado con negras nubes de humo, vomitadas por chimeneas, me robaba el oxígeno. ¡En amplias calles atropellábanse millones de seres apurados y aquel río humano, interminable, sonoro, obsesionante y dantesco, en medio de sus máquinas, por sobre puentes, bajo sus alambres, hundiéndose ora en la tierra, elevándose luego en el espacio, rodó, rodó todo el día, fatigante y mortal, hasta que llegó el luminoso prodigio de la noche! ¡Oh, aquel mar de fuego en medio del cual, como náufragos, se debatían funambulescamente los hombres![10].

La familia
Por supuesto, si el mundo de la infancia es visto como un paraíso terrenal perdido, la ciudad de Nueva York se presenta, a los ojos del escritor peruano, como un infierno «dantesco» con bocas que se tragan a la gente, con fuegos y luces, y la gente moviéndose como almas en pena. Sintomáticamente, el cuento «El Caballero Carmelo» se inicia precisamente con el regreso del hermano mayor, que parece haber pasado una larga temporada en el infernal mundo exterior, a la «aldea encantada». El viajero llega con las huellas de los grandes males vividos. Así lo hace saber el narrador, contrastando su aspecto con la salud y el desarrollo de la higuerilla que él propio hermano sembró y que, por supuesto, permaneció siempre en la aldea encantada. No hace falta explicar que el árbol (en este caso arbusto) es un símbolo tradicionalmente asociado con la familia:

Entró el viajero al empedrado patio donde el ñorbo y la campanilla enredábanse en las columnas como venas en un brazo y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones rodeadas de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante su ausencia, y llegó al jardín.
—¿Y la higuerilla? —dijo.
Buscaba entristecido aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de partir. Reímos todos:
—¡Bajo la higuerilla estás!...
El árbol había crecido y se mecía armoniosamente con la brisa marina. Tocolo mi hermano, limpió cariñosamente las hojas que le rebozaban la cara...
[11].

Pero cuáles son los elementos que convierten a la caleta de San Andrés en el paraíso perdido. Son varios, pero Valdelomar se encarga de resaltar reiteradamente en el propio cuento aquellos aspectos relacionados con los llamados valores familiares: la generosidad, el respeto y especialmente el amor. Todo ello es presentado en la segunda secuencia, cuando se describe las actividades matutinas en el hogar familiar:

[...] en el frescor del alba, en el radiante despertar del día, sentíamos los pasos de mi madre en el comedor, preparando el café para papá. Marchábase este a la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba la puerta de la calle con sus mohosos goznes; oíase el canto del gallo que era contestado a intervalo por todos los de la vecindad; sentíase el ruido del mar, el frescor de la mañana, la alegría sana de la vida. Después mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar, arrodillados en la cama, con nuestras blancas camisas de dormir; vestíanos luego...[12].

La religiosidad de la comunidad
En la tercera secuencia, esos valores tradicionales se trasladan a toda la comunidad, sumándoles una peculiar religiosidad peculiar:

Por las calles no transitan al mediodía las personas y nada turba la paz de aquella aldea, cuyos habitantes no son más numerosos que los dátiles de sus veinte palmeras. Iglesia ni cura habían, en mi tiempo. Las gentes de San Andrés, los domingos, al clarear el alba, iban al puerto, con los jumentos cargados de corvinas frescas y luego en la capilla, cumplían con Dios. Buenas gentes, de dulces rostros, tranquilo mirar, morigeradas y sencillas, indios de la más pura cepa, descendientes remotos y ciertos de los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los caminos, como en la Edad Feliz del Inca, atravesaban en caravana inmensa la costa para llegar al templo y oráculo del buen Pachacámac, con la ofrenda en la alforja, la pregunta en la memoria y la fe en el sencillo espíritu[13].

Los valores familiares
Por otra parte, el propio Caballero Carmelo parece ser la encarnación de toda una serie de valores tradicionales:

Esbelto, magro, musculoso y austero, su afilada cabeza roja era la de un hidalgo altísimo, caballeroso, justiciero y prudente. Agallas bermejas, delgada cresta de encendido color, ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerado pico agudo. La cola hacía un arco de plumas tornasoles, su cuerpo de color carmelo avanzaba en el pecho audaz y duro. Las piernas fuertes que estacas musulmanas defendían, cubiertas de escamas, parecían las de un armado caballero medieval[14].

En cambio, el gallo rival, el Ajiseco, reúne casi todos los vicios del mundo moderno «hacía cosas tan petulantes cuan humanas: miraba con desprecio a nuestro gallo y se paseaba como dueño de la cancha. Enardeciéronse los ánimos de los adversarios, llegaron al centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose los picos sin perder terreno. El Ajiseco dio la primera embestida [...] bravucón y necio, todo quería hacerlo a aletazos y golpes de fuerza»[15].
La muerte del Caballero Carmelo, a pesar de su triunfo en la pelea, es un reconocimiento de que los valores tradicionales que representa no tienen sentido en el competitivo y deshumanizado mundo moderno.

Así pasó por el mundo aquel héroe ignorado, aquel amigo tan querido de nuestra niñez: El Caballero Carmelo, flor y nata de paladines, y último vástago de aquellos gallos de sangre y de raza, cuyo prestigio unánime fue el orgullo, por muchos años, de todo el verde y fecundo valle de Caucato[16].

Los antivalores familiares
En el seno de la familia tan idílicamente descrita en el cuento, hay también algunos elementos «negativos», propios de las familias tradicionales. En primer lugar, la distancia y la falta de comunicación del padre y los hijos. Esto se evidencia desde la primera secuencia, en la que el padre es el único miembro de la familia que no está presente. Y en la segunda secuencia, el enfrentamiento entre el innominado padre y Anfiloquio, uno de los hijos, sobre el destino del gallo Pelado resulta evidente.
A ese enfrentamiento se suma la decisión del padre de hacer aceptar el desafío y llevar a cabo la pelea entre el Caballero Carmelo y el Ajiseco. Se trata de una decisión absolutamente autoritaria, en la que no tienen ninguna intervención el resto de la familia, ni la esposa ni los hijos. Ninguno de ellos puede entender la decisión del padre, pero la aceptan «con profundo dolor»[17]:

Una tarde, mi padre, después del almuerzo, nos dio la noticia. Había aceptado una apuesta para la jugada de gallos de San Andrés, el 28 de Julio. No había podido evitarlo. Le habían dicho que el Carmelo, cuyo prestigio era mayor que el del alcalde, no era un gallo de raza. Molestose mi padre. Cambiáronse frases y apuestas; y acepto. Dentro de un mes toparía al Carmelo, con el Ajiseco, de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor. El Carmelo iría a un combate y a luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven. Hacía ya tres años que estaba en casa, había él envejecido mientras crecíamos nosotros, ¿por qué aquella crueldad de hacerlo pelear?...[18].

Además de este rasgo de innegable autoritarismo, en esta familia hay una subordinación total de la mujer, tanto de las hermanas como de la madre. No solo se trata de que el padre tome decisiones sin tener en cuenta en absoluto la opinión de su esposa; las niñas parecen no poseer ninguna iniciativa y, ante la injusticia, se limitan a llorar:

Llegó el día terrible. Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había venido seis días seguidos a preparar al Carmelo. A nosotros ya no nos permitían ni verlo. El día 28 de julio, por la tarde, vino el preparador [...] en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo, que el hombre cargó en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis dos hermanos lo acompañaron.
—¡Qué crueldad! —dijo mi madre.
Lloraban mis hermanas, y la más pequeña, Jesús, me dijo en secreto, antes de salir:
—Oye, anda junto con él... Cuídalo... ¡pobrecito!
Llevose la mano a los ojos, echose a llorar, y yo salí precipitadamente y hube de correr unas cuadras para poder alcanzarlos
[19].

Un rasgo llamativo es que la madre no asista a la pelea de gallos. El espectáculo público está negado para ella. Esto se repite en el cuento «El vuelo de los cóndores»:

Mis hermanos apenas comieron. No veíamos la hora de llegar al circo. Vestímonos todos, y listos, nos despedimos de mamá[20].

En tiempos previos a la liberación femenina, en «Los ojos de Judas», la madre pasivamente llora porque el padre tiene que trabajar de noche con cierto riesgo:

Encontré a mi madre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papá debía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada[21].

En este relato nuevamente la madre queda al margen del espectáculo público, tema recurrente en los cuentos «criollos»:

Nadie comprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso e inmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la que Judas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yo fuimos verle[22].

Los otros cuentos «criollos»De «El vuelo de los cóndores» llama la atención la reaparición de Anfiloquio[23] y que el narrador se llame como el autor: Abraham[24]. Asimismo, cómo una pequeña mentira (llegar un poco tarde a casa y decir que estuvo en casa de un amigo) tiene gran importancia. La hermana muestra timidez ante el hecho y la madre, en cambio, es algo reprensora: «Me riñó blandamente, y entonces tuve claro concepto de mi falta»[25]. Más adelante se dice: «¡Ah, cuán feliz era, qué buena era mi madre, que, sin castigarme, me había perdonado!»[26]. Esta escena nos indica las enseñanzas recibidas por el narrador, quien estudiaba hasta las cuatro de la tarde[27].
Líneas después nos dice el protagonista que rezó el bendito. Su educación eminentemente es católica. En «Los ojos de Judas», luego de escuchar una trágica historia, dice: «Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabeza con la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía»[28]. Más adelante ve con temor un muñeco de Judas Iscariote, el apóstol traidor, quemado en Sábado Santo. En «El buque negro» el narrador dice que sus padres, entre otras cosas, le enseñaron «a conocer los misterios de la naturaleza y la bondad sublime de Dios Nuestro Señor y amar todo lo que es sencillo bueno, útil y bello». Ya en la noche, el padre relataba todas sus ocupaciones durante el día. Este ambiente de armonía recuerda a la serie televisiva estadounidense La Familia Ingalls (Little House on the Prairie, 1973-1983).
En «Yerba santa» se toma en cuenta la Semana Santa. El narrador es devoto del Señor de Luren, el patrón de su pueblo[29]. El respeto a las costumbres cristianas lo aprendió de pequeño. Los mayores le decían: «Hoy no se ríe, ni se canta, ni se juega, ni se habla fuerte, porque se ha muerto el Señor»[30]. Acerca del suicidio de un ser querido pide que se le perdone, como si ello fuera una ofensa (lo es si uno es cristiano)[31]. Ante la desaparición de tres hermanos, dice en «La paraca» que en las casuchas se ponían «velas a los santos por el regreso de los infelices»[32]. En «El Caballero Carmelo», durante la pelea de su gallo, el narrador dice: «yo rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro viejo paladín»[33].
En otro momento, el padre para abrir el sobre que contiene las entradas al circo pone orden porque estaban inquietos los niños. Su familia tenía cierto estatus en la sociedad de Pisco: en el circo va a palco y no a platea[34], el padre es hijo de un hacendado iqueño[35] (ver «Yerba santa») y era empleado en la Aduana[36] (ver «Los ojos de Judas»). Además, tienen una doméstica negra (ver «El buque negro»)[37]. Sin embargo, se habla en «El Caballero Carmelo» de un ave de corral que rompió varias piezas de la «limitada vajilla»[38] familiar.

Los relatos de «aprendizaje»
Todos los cuentos «criollos» son narrados en primera persona por un niño. Y en casi todos ellos se parte de la felicidad que el autor vivió en Pisco para contar una tragedia: la muerte de un animal querido, el accidente de una niña malabarista («El vuelo de los cóndores»), el ahogamiento de una mujer misteriosa («Los ojos de Judas»), la desaparición de un recién casado («El buque negro»), el suicidio de un amigo querido («Yerba santa»), la desaparición de tres hermanos que fueron a pescar en un bote («La paraca») y la muerte de un farmacéutico que sufre la ausencia de su único amor («Hebaristo, el sauce que murió de amor»). ¿Qué otra cosa amenaza la tranquilidad? Almas en pena se mencionan en «El buque negro»[39]. Sin embargo, hay líneas que dicen lo contrario:

El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como una mansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar [...] En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcemente dolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que así formóse el fondo de mi vida triste[40].

En una parte dice el narrador, luego del accidente de Miss Orquídea, quien fue obligada a volver ejecutar un arriesgado número: «Por primera vez comprendí entonces que había hombres muy malos...»[41]. En «El buque negro» se vuelve a mencionar lo idílico del lugar: «Nuestra casa en Pisco era un rincón delicioso»[42]. Aquí reaparece un personaje de «El Caballero Carmelo»: el hermano mayor Roberto. También se vuelve a mencionar a la higuerilla del jardín. Además, se enumera a los hermanos:

A Roberto, el mayor, que hoy es casado, le placía sembrar algodón para llevarlo a Ica y con sus blancas madejas limpiar el rostro sudoroso del Señor de Luren; a Rosa, la siguiente, gustábale simplemente coger las flores de todas las pozas; Anfiloquio placía de sembrar maíz que una vez cosechado, él mismo comíase; y a mí y a Jesús, mi hermana menor, nos encantaban las violetas y una higuera apenas crecida[43].

¿Acaso no es contradictorio esta frase de «El buque negro»: «La triste alegría del mar»[44]? En «Yerba santa», el autor dice en su breve introducción que este relato fue escrito «en mi triste y dolorosa niñez inquieta y pensativa». ¿Pisco o Ica? En este último relato, el narrador dice: «Faltaban pocos días para que mi madre nos llevase, de vuelta, a Pisco. Nosotros deseábamos quedarnos. Ica era nuestra tierra, allí habíamos nacido, allí teníamos parientes y amigos, chacras donde pasear, haciendas lejanas adonde había de irse a caballo»[45]. Lo curioso es que Valdelomar nació en Pisco y no en Ica, pese a la preferencia del narrador por esta ciudad. En todo caso, es cuento y no una autobiografía, como podría sospecharse de todo lo que se dice aquí. Ya lo dijo el propio autor a su madre en una carta del 22 de agosto de 1913 acerca de los cuentos «criollos»: «Naturalmente, hay mucho de fantasía, pero mucho de verdad, sobre todo en la descripción de ciertas cosas»[46]. En otra carta a su progenitora, el 22 de diciembre de 1913, dice acerca de «El Caballero Carmelo»: «En él hago una relación de uno de los incidentes de nuestra vida en Pisco. Como verás, allí hablo de Roberto y de todos»[47].
En «La paraca» se refiere a las pocas muertes que ocurrían en la aldea cercana a Pisco: «La morgue, que tiene llave de todas las casas, y sede en todos los pueblos, no gustaba, al parecer, de San Andrés, la aldea que está al sur de Pisco. Cuando por allí pasaba, era entre una y otra cosecha, y no se hospedaba más de una noche, que después nadie oía hablar de ella. Así, en la aldea de pescadores, morían los viejos longevos, mansamente, como suelen quedarse, a veces dormidos bajo las higueras»[48]. En dicho cuento hay una frase polémica: «Delio era triste, como indio que era»[49]. ¿Acaso todos los indígenas son tristes? ¿Esa es la imagen que tiene Valdelomar? Habría que observar ese detalle en su colección Los hijos del Sol.
En general, en todos estos cuentos vemos a los niños protagonistas, que viven inmersos en la felicidad del hogar familiar y la tranquilidad de su pequeño pueblo, iniciar el duro aprendizaje de los aspectos más trágicos de la vida: el dolor, la soledad, la falta de afectos, la enfermedad y la muerte. Son por eso relatos de «aprendizaje», en los que el autor de alguna manera recrea su propia formación personal.
En una entrevista realizada por el filósofo Antenor Orrego en Trujillo[50], Valdelomar declaró que sus cuentos predilectos eran «Hebaristo, el sauce que murió de amor» y «Finis desolatrix veritae».
El tema de la niñez en Pisco es recurrente en Valdelomar. En su más célebre poema, «Tristitia», dice:

Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota de su melancolía,
el cielo la serena quietud de su belleza,
los besos de mi madre una dulce alegría
y la muerte del sol una vaga tristeza.

En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado del mar,

y lo que él me dijera aún en mi alma persiste;
mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar...
[51].


Una vieja polémica
Mucho se ha comentado y discutido acerca de la supuesta homosexualidad de Abraham Valdelomar. Aunque algunos autores lo afirman con toda seguridad, los más importantes especialistas en la vida y obra del escritor iqueño se abstienen de opinar al respecto o lo niegan. Este último es el caso de Manuel Miguel de Priego, quien ha escrito una serie de libros sobre Valdelomar en los que refuta reiteradamente esa homosexualidad.
Dejando de lado esa discusión, debe reconocerse que en los cuentos «criollos», que remiten a la infancia del autor, la figura paterna es francamente cuestionable, por lo distante y autoritaria. Debido a ello, los niños, hombres y mujeres, quedan relegados al universo doméstico femenino. No es difícil suponer, por ello, que en un niño sensible y delicado, como lo fue el futuro escritor, las actitudes paternas produjeran ciertos rencores y rechazos. Y que, en contraparte, se produjera una integración e identificación con lo «femenino», el afecto y la solidaridad de la madre y las hermanas.

Curiosidades biográficas
Valdelomar fue mal estudiante. En 1902 no asistió al tercero de media, luego de aprobar el segundo, sino al año siguiente. En su biografía Valdelomar o la Belle Époque (1969), el polígrafo Luis Alberto Sánchez muestra las calificaciones del futuro escritor iqueño en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe (1900-1904). Reprobó con 10 en Geografía y Francés en 1900, con 03 en Álgebra en 1903[52]. Además, sus notas eran bajas. En la Universidad Nacional Mayor de San Marcos también tuvo problemas. Nunca terminó los estudios. Le atrajo más el periodismo, pues empezó haciendo caricaturas. En 1905, durante el primer año de Letras no aprobó los cursos por no rendir exámenes, sus numerosas ausencias y no entregar trabajos. Cinco años después, en 1910, se volvió a matricular, pero abandonó la universidad, esta vez por razones políticas, pues formó en 1912 un club para apoyar al candidato presidencial Guillermo E. Billinghurst, de quien fue —según Sánchez— especie de secretario privado[53]. Se matriculó nuevamente en 1911, 1912 y 1913 casi los mismos cursos, pero sin aprobar las materias. Su apoyo a Billinghurst tuvo tintes antidemocráticos. Participó de una toma violenta de las mesas electorales. A la cabeza de «setecientos hombres del pueblo»[54], en 1912, atacó a balazos la Junta Electoral Nacional. Su respaldo fue premiado, tras la victoria del candidato, con la administración de la Imprenta del Estado y la dirección del diario El Peruano (1912) y, poco después, con un cargo diplomático en Roma: la Segunda Secretaría de la Legación del Perú en Italia (1913-1914).
El 10 de noviembre de 1917, con el periodista José Carlos Mariátegui y la bailarina de ballet rusa Norka Rouskaya, participa en el baile de el Cementerio de Lima, al ritmo de la Marcha fúnebre (1840), del polaco Frédéric Chopin. También se sabe que frecuentaba los fumaderos de opio del Barrio Chino, de Lima.
Aunque no se sabe cuándo dijo: «El Perú es Lima! ¡Lima el jirón de la Unión; el jirón de la Unión, el Palais Concert y el Palais Concert, Abraham Valdelomar!», lo cierto es que esta es una de las frases más conocidas de un escritor peruano. El Palais Concert era un café de moda, cuyos parroquianos eran periodistas, artistas, ricachotes y bohemios. Era animado por una orquesta de damas vienesas que tocaba valses. Valdelomar era arrogante. A algunos les llamaba esa actitud pues era provinciano, trigueño y de cabello crespo. Sánchez no teme en señalar que el narrador iqueño era homosexual, pese a tener una novia conocida.
Su muerte ocurrió en Huamanga, 1919, ciudad andina adonde viajó para asistir al Congreso Regional del Centro, al cual fue elegido diputado por Ica. Se sabe que la noche que sufrió el accidente que lo llevaría a la tumba se retiró de un banquete a los políticos que se desarrollaba en el hotel Bolognesi, ubicado en la Plaza de Armas. Buscaba un lugar para inyectarse opio, pero la mala iluminación le hizo caer contra un montículo de piedras, al lado de un silo. Agonizó durante dos días, con la columna vertebral y varias costillas rotas.

Conocedor de gallos
En su biografía Valdelomar, el conde plebeyo (2000), Manuel Miguel de Priego señala:

tanto en la descripción del gallo Carmelo, como en la descripción de la riña en que este participa y su secuela, Valdelomar cae en errores de nomenclatura y de comprensión de lo que verdaderamente ocurre durante una pelea de gallos y aún después. Así lo demuestra el polígrafo y experto en gallística Marco Aurelio Denegri[55] en su libro acerca del tema, quien, implacablemente, deja en cueros, con las «plumas al viento», y privado hasta de su nombre al gallo de la narración, porque, como lo pinta Valdelomar, tiene características distintas a las que distinguen a un Carmelo. El Carmelo que lo es de verdad «tiene el dorso, los hombros y el arco del ala, de color pardo rojizo, acanelado; la golilla y la silla, de color anaranjado o rojo acastañado; el resto del cuerpo, blanco, y también la cola». El Carmelo del cuento, en cambio, adolece de «imprecisión cromática» —por ejemplo, no se llega a saber de qué color era su cola— y deviene «un remedo, un gallo de varios colores mal combinados, vale decir, un gallo de plumaje abigarrado», acaso «un carmeloide». Pero las inexactitudes enumeradas por Denegri con relación a muchos otros aspectos, y contenidas en el cuento, son tantas, que no nos animamos a reproducirlas, limitándonos a señalar que, en efecto —al menos, según nos parece— Valdelomar de gallística lo ignoraba todo, de pico a patas, y que, probablemente, no tuvo cómo documentarse acerca del tema estando en Roma, donde escribió su famoso relato sólo con la memoria del corazón, a muchas millas de Pisco o Lima, y en 1913, y con apenas los datos del niño de ocho o nueve años que era cuando probablemente tuvo lugar la anécdota que lo inspiró[56].

Casi de igual forma, Luis Alberto Sánchez le reprochó a Valdelomar no saber mucho de toros en su Belmonte, el trágico (1918). Por otro lado, «Yerba santa» es considerada exageradamente por algunos como novela. Sin embargo, su extensión es breve. El propio autor señala equivocadamente en una breve introducción: «Novela corta pastoril, escrita a los diez y seis [sic] años, en mi triste y dolorosa niñez inquieta y pensativa, que exhumo en homenaje a mi hermano José»[57].

Algunos excesos de estilo
El breve relato tiene algunos pecadillos de estilo, pese a lo celebrado que es hasta hoy. Resulta algo infeliz esta frase: «los patos, balanceándose como dueñas gordas»[58]. ¿Cómo son las dueñas gordas? ¿Qué quiso decir?
En cuanto a la modernización de la ortografía, esta debe hacerse para ediciones contemporáneas de este cuento, pues «éste» ya no lleva tilde. El Diccionario panhispánico de dudas dice: «Demostrativos. Los demostrativos este, ese y aquel, con sus femeninos y plurales, pueden ser pronombres (cuando ejercen funciones propias del sustantivo): Eligió este; Ese ganará; Quiero dos de aquellas; o adjetivos (cuando modifican al sustantivo): Esas actitudes nos preocupan; El jarrón este siempre está estorbando. Sea cual sea la función que desempeñen, los demostrativos siempre son tónicos y pertenecen, por su forma, al grupo de palabras que deben escribirse sin tilde según las reglas de acentuación: todos, salvo aquel, son palabras llanas terminadas en vocal o en -s (→ 1.1.2) y aquel es aguda acabada en -l (→ 1.1.1). Por lo tanto, solo cuando en una oración exista riesgo de ambigüedad porque el demostrativo pueda interpretarse en una u otra de las funciones antes señaladas, el demostrativo llevará obligatoriamente tilde en su uso pronominal. Así, en una oración como la del ejemplo siguiente, únicamente la presencia o ausencia de la tilde en el demostrativo permite interpretar correctamente el enunciado: ¿Por qué compraron aquéllos libros usados? (aquéllos es el sujeto de la oración); ¿Por qué compraron aquellos libros usados? (el sujeto de esta oración no está expreso, y aquellos acompaña al sustantivo libros). Las formas neutras de los demostrativos, es decir, las palabras esto, eso y aquello, que solo pueden funcionar como pronombres, se escriben siempre sin tilde: Eso no es cierto; No entiendo esto»[59].
En otra parte, se dice: «de la Quebrada de Humay»[60]. Lo correcto sería: «de la quebrada de Humay». El Diccionario panhispánico de dudas dice: «Los nombres comunes genéricos que acompañan a los nombres propios geográficos (ciudad, río, mar, océano, sierra, cordillera, cabo, golfo, estrecho, etc.) deben escribirse con minúscula: la ciudad de Panamá, el río Ebro»[61].
Dice: «Para mamá… para Rosa… para Jesús… para Héctor…»[62]. Debe decir: «Para mamá…, para Rosa…, para Jesús…, para Héctor…». El Diccionario panhispánico de dudas dice: «Tras los puntos suspensivos sí pueden colocarse otros signos de puntuación, como la coma, el punto y coma y los dos puntos, sin dejar entre ambos signos ningún espacio de separación: Cuando decidas los colores, las telas, el tipo de mobiliario..., ven a verme y te haré el presupuesto»[63].
Dice: «diez y siete»[64]. Debe decir: «diecisiete».
Dice: «Dentro de un mes toparía al Carmelo, con el Ajiseco de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor»[65]. Debe decir: «Dentro de un mes toparía al Carmelo con el Ajiseco, de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor». Había una coma innecesaria y faltaba otra.
Hay cacofonía: «El Carmelo iría a un combate y a luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven»[66]. Podría quedar mejor así: «El Carmelo iría a una lucha a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más vigoroso y más joven».
Dice: «A los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo que el hombre cargó en su brazos»[67]. Debe decir: «A los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo, que el hombre cargó en su brazos». Ausencia de coma.
Dice: «Pero el juez, atento a todos los detalles de la lucha y con acuerdo de cánones dijo»[68]. Debe decir: «Pero el juez, atento a todos los detalles de la lucha y con acuerdo de cánones, dijo». Ausencia de coma.
Dice: «Mi hermana Jesús y yo, le dábamos maíz»[69]. Debe decir: «Mi hermana Jesús y yo le dábamos maíz». Coma innecesaria.
Estos errores se repiten en todas las ediciones. Es tiempo de repararlos, pues el texto es de lectura obligatoria en los colegios.
En Valdelomar o la belle époque (1969), Luis Alberto Sánchez refiere que Abraham Valdelomar se enfadó tanto por la cantidad de erratas que había en su segundo libro, el ensayo Belmonte, el trágico (1918), que guillotinó todos los ejemplares antes de salir al mercado. Días después apareció una edición «oficial». Lujo que pocos pueden darse. En honor a esa autoexigencia es que deben corregirse los errores señalados.

Los niños como protagonistas
En su libro de crítica literaria Equivocaciones (1928), Jorge Basadre anota:

Con «El Caballero Carmelo» puede decirse que comienza en el Perú el cuento criollo. Las Tradiciones de Palma algo de eso habían tenido en cuanto pintaban algunas características de nuestro ambiente pero fugazmente u opacadas por el paramento de la evocación. Las Tradiciones, tenían, además, predominante sabor limeño. Valdelomar supo perennizar en los cuentos que inician aquel libro la vida de la provincia y, al mismo tiempo, la vida del hogar. Como López Albújar hizo el cuento de la sierra, él hizo el cuento costeño. Además, es aquí donde recién aparece el niño como protagonista de la literatura peruana, que había sido tan adulta en el gimoteo romántico como en las risas de los epigramáticos. Y al mismo tiempo, nuestra literatura donde escasea el sentimiento del paisaje, se enriquece con estas visiones límpidas del puerto y del mar. La sensibilidad de Valdelomar, un poco femenina en su dulzura y en su delicadeza, se prestaba para miniar estas páginas autobiografiadas donde el recuerdo detallaba lo pintoresco[70].

En la actualidad, se tiene una gran cantidad de cuentos clásicos con niños como protagonistas: «Paco Yunque», de César Vallejo; «Calixto Garmendia», de Ciro Alegría; «Warma Kuyay», de José María Arguedas; «El trompo», de José Diez Canseco; «Los gallinazos sin plumas», de Julio Ramón Ribeyro; «El niño de junto al cielo», de Enrique Congrains Martin; «Jutito», de Antonio Gálvez Ronceros. Luego de ser elegida Un mundo para Julius (1970) en 1995 como la mejor novela peruana de todos los tiempos, la poeta Giovanna Pollarolo y yo le preguntamos al autor de este libro, Alfredo Bryce Echenique: ¿Por qué cree que es una novela que gusta tanto a los peruanos? Su respuesta fue:

Siempre he respondido a esta pregunta diciendo que basta con poner bien puesto a un chico en una novela, para que el asunto funcione. Pero esta es una boutade, una manera de salir del paso. Solo sé que en países que no son el Perú, tanto en América Latina como en Europa, Un mundo para Julius no es el libro mío que más gusta[71].

Algunos asuntos pendientes de estudio son los animales en los cuentos «criollos» de Valdelomar. También las descripciones de Pisco.

Ribeyro bajo la sombra de Valdelomar
Valdelomar dedicó su libro El Caballero Carmelo (1918) al ex presidente Guillermo E. Billinghurst (1851-1915); a Ramón Ribeyro (1839-1914), ex rector de la Universidad de San Marcos y bisabuelo del cuentista Julio Ramón Ribeyro; y a José Antonio de Lavalle y Pardo (1858-1918), ex ministro de Justicia y fiscal[72]. El cuentista iqueño no solo fue amigo de dicho antepasado del autor de La palabra del mudo, sino también del padre de este: Julio Ramón Ribeyro Bonello.
En un capítulo de su inconclusa autobiografía, Ribeyro dice:

Cuando mi abuelo murió a los cincuenta años de un ataque cerebral, mi padre se encontró como único titular de un nombre distinguido y de una mediana herencia que, bien administrada, le garantizaba una vida holgada. El viejo rector don Ramón le había inculcado la idea de reanudar con la estirpe de juristas y decidió por ello estudiar Derecho. Pero esta disciplina no le interesaba y siguió la carrera a regañadientes, dedicado más bien a la lectura, la bohemia y el dandismo. Era la época de Abraham Valdelomar y del Palais Concert. Mi padre contaba que pasó cerca de diez años sin trabajar, viviendo del dinero que su padre le había dejado en la Caja de Ahorros. Este periodo de dolce vita no fue completamente inútil. Le permitió aprender por su cuenta francés, italiano y portugués, y adquirir una sólida cultura literaria[73].

En una entrevista de 1973, realizada por Reynaldo Trinidad, «La azotea de Julio Ramón», el escritor limeño dice que a los 14 años descubrió su vocación de narrador, con un relato titulado «Benito, el pescador», cuyos episodios transcurrían en los acantilados de Miraflores y trataba acerca de un personaje de su barrio de Santa Cruz, Miraflores, quien es mencionado en el cuento «Los eucaliptos». Luego responde a la pregunta de cómo empezó a escribir: «la lectura de cuentistas como Chéjov, Maupassant y Flaubert, entre los extranjeros, y Valdelomar y Diez Canseco, entre los peruanos, generó en mí una necesidad de emulación»[74].
Su interés por Valdelomar se evidenció en un artículo que publicó en 1981: «El vuelo del poeta», que se centra en la muerte del escritor iqueño. La huella que dejó en el autor limeño es notoria en su colección de Relatos santacrucinos (1992), que se ambienta en el barrio de Santa Cruz, Miraflores, frente al mar, rodeado de una armoniosa naturaleza, durante la infancia, con personajes del círculo familiar.

Conclusiones
1. Existen numerosos rasgos en común entre el cuento «El Caballero Carmelo» y los relatos de Valdelomar conocidos como cuentos «criollos». Estos rasgos abarcan todos los estratos literarios: el estilístico (adjetivación, figuras retóricas), ambiente (el pueblo de San Andrés de los Pescadores, al sur de Pisco), personajes, narrador (el niño llamado Abraham), temáticos, etcétera.
2. Valdelomar quiso reunir todos sus cuentos «criollos» y publicarlos en un volumen titulado La aldea encantada. El libro nunca llegó a publicarse, pero la introducción y el prólogo que escribió para esa obra resultan imprescindibles para la correcta interpretación de todos esos relatos.
3. «La aldea encantada» a la que se refiere el título de ese libro inédito es básicamente el pueblo de San Andrés de los Pescadores, pero al referente real (el lugar en el que Valdelomar pasó parte de su infancia) el escritor le incorpora una serie de elementos propios del «paraíso perdido» de la infancia: aquel lugar en el que tuvimos la seguridad, los afectos y la felicidad de la que se carece en el mundo de los adultos.
4. Así, «La aldea encantada» se convierte en un espacio opuesto y complementario del deshumanizado mundo moderno. Al respecto, resulta sintomático que Valdelomar escribiera estos cuentos durante sus viajes por las principales ciudades de Europa y Norteamérica. Como consecuencia, el autor destaca en su «aldea» ficcional aquellas características opuestas a las de las grandes ciudades modernas: los fuertes vínculos comunitarios (reacción al individualismo y egoísmo modernos), la emoción popular (frente al esteticismo y decadentismo) y, especialmente, los valores tradicionales ligados a la religión y la familia.
5. «El Caballero Carmelo» es uno de los más representativos cuentos «criollos» de Valdelomar. En él encuentran su mejor expresión todos los elementos y las propuestas del autor manifestados en la introducción y el prólogo de La aldea encantada. Además, en este cuento se pueden apreciar ciertos problemas relacionados con la rigidez de esos valores tradicionales, que —llevados al extremo— se convierten en «antivalores»: el autoritarismo paterno, la marcada segmentación entre lo masculino y lo femenino, las supersticiones y la resignación popular, entre muchos otros.
6. Al ser protagonizado por un niño, «El Caballero Carmelo» es un relato de «aprendizaje»: descubrimiento del dolor, de la soledad, de la injusticia, de la muerte y de todos los aspectos trágicos de la existencia humana. En ese sentido, este relato (y el conjunto de todos los cuentos «criollos» de Valdelomar») se convierte en el fundador de lo que será una constante en la narrativa peruana: la presencia de niños como personajes protagónicos y narradores principales de los cuentos y novelas. En ese sentido «El Caballero Carmelo» es un claro antecedente del «Paco Yunque», de César Vallejo; «Warma Kuyay», de José María Arguedas; «El trompo», de José Diez Canseco; «Los gallinazos sin plumas», de Julio Ramón Ribeyro; «El niño de junto al cielo», de Enrique Congrains Martin, entre muchos otros cuentos.
7. A pesar de sus múltiples virtudes y aciertos. «El Caballero Carmelo» también nos permite apreciar ciertos problemas literarios y personales de Valdelomar: desde los inevitables excesos de su retórica (eminentemente modernista) hasta su ambigua sexualidad. Pero es precisamente esa equilibrada conjunción de elementos positivos y negativos, sumada a la belleza literaria, lo que le da a este cuento toda su grandeza y profundidad.

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Notas
[1] Citado en Sánchez (2009 [1969]): 86-87.
[2] Según una carta del 29 de agosto de 1913 de Valdelomar a su amigo el poeta Enrique Bustamante y Ballivián: «He conseguido que Ollendorff me edite un libro que por ahora termino; es un libro de cuentos de sabor peruano, entre los cuales está ‘Los ojos de Judas’, que ya usted conoce; hay, además, ‘El buque negro’, ‘El vuelo de los cóndores’ y ‘El ciego’. Estos formarán mi primer libro». Cfr. Sánchez (2009 [1969]): 77.
[3] Artículo de Valdelomar «De natura rerum», publicado en el diario La Prensa, Lima, 26 de marzo de 1917, citado en Sánchez (2009 [1969]): 18.
[4] El método interpretativo de Escobar pertenece básicamente a la escuela «estilística» (lo que hoy se conoce como «crítica impresionista»), pero recogía ciertos elementos estructuralistas, empezando por el propio concepto de estructura. Escobar sistematiza sus propuestas en el citado libro, el cual comprende los siguientes capítulos: «La obra como símbolo global», «Unidad y unicidad», «En pos de la estructura», «Sobre la estructura y el estilo», «Puertas de ingreso», «Segmentación», «Estrato del lenguaje», «Estrato semántico cultural» y «La simbolización trascendente».
En resumen, Escobar, segmenta la obra en partes claramente diferenciadas. Después comienza a buscar en cada uno de estos segmentos las «puertas de ingreso», es decir, elementos que resulten significativos para la interpretación del texto. Pueden ser cuestiones de estilo (palabras que se repiten o figuras retóricas dominantes), de técnicas literarias (saltos en el tiempo, cambios de persona narrativa), de composición o de constantes temáticas. A partir de esos rasgos saltantes, se intenta darle una interpretación unitaria a todo el texto (todos los segmentos). Esta interpretación es presentada bajo la imagen de un espacio «central», al que inevitablemente conducen todas las «puertas de ingreso».
En ese espacio central deben estar los símbolos más importantes y trascendentes de la obra literaria. Y solo a partir de estos símbolos (de su efectividad) podemos juzgar si la composición de la obra literaria ha sido acertada o no, y valorarla en su verdadera magnitud. Se trata de un método bastante tradicional, pero Escobar le ofrece cierto tono de modernidad con el empleo de palabras como estructura, simbolización, estratos, segmentación, etcétera.
[5] Cfr. Silva-Santisteban 2008: 28.
[6] Cfr. Valdelomar 2008: 17.
[7] Cfr. Valdelomar 2008: 25-26.
[8] El cuentista Julio Ramón Ribeyro señala en «Mayo 1940», del conjunto Relatos santacrucinos (1992): «Es bueno recordar que Lima era entonces una ciudad limpia y apacible, de apenas medio millón de habitantes, rodeada de huertos y cultivos, poblada por gente cortés, decente, una especie de gran familia que se reconocía y saludaba en las calles y se sentía orgullosa de vivir en una urbe que al lado de templos y casonas coloniales ostentaba bellas quintas republicanas, chalets cada vez más numerosos en los balnearios del sur y una docena de edificios de seis o siete pisos que los espíritus adelantados saludaban como un símbolo de progreso» (cfr. Ribeyro 2009: 395). El novelista Mario Vargas Llosa señala que el barrio donde vivió de adolescente, Miraflores, era la «prolongación del hogar, reino de la amistad» (cfr. Vargas Llosa 1980: X). Los tres narradores peruanos idealizan un periodo pasado en un pequeño espacio.
[9] Cfr. Valdelomar 2008: 25.
[10] Cfr. Valdelomar 2008: 28.
[11] Cfr. Valdelomar 2000: 135.
[12] Cfr. Valdelomar 2000: 136.
[13] Cfr. Valdelomar 2000: 140.
[14] Cfr. Valdelomar 2000: 141.
[15] Cfr. Valdelomar 2000: 143.
[16] Cfr. Valdelomar 2000: 145.
[17] Cfr. Valdelomar 2000: 141.
[18] Cfr. Valdelomar 2000: 141.
[19] Cfr. Valdelomar 2000: 141-142.
[20] Cfr. Valdelomar 2000: 151.
[21] Cfr. Valdelomar 2000: 165.
[22] Cfr. Valdelomar 2000: 167.
[23] Cfr. Valdelomar 2000: 146.
[24] Cfr. Valdelomar 2000: 150.
[25] Cfr. Valdelomar 2000: 148.
[26] Cfr. Valdelomar 2000: 148.
[27] En «Los ojos de Judas», hay un diálogo entre el narrador y una misteriosa señora que muestra lo educado que es el niño:
—Buenas tardes, señora...
—¿Me conoces?...
—Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personas mayores...
[28] Cfr. Valdelomar 2000: 160.
[29] Cfr. Valdelomar 2000: 183.
[30] Cfr. Valdelomar 2000: 184.
[31] Cfr. Valdelomar 2000: 190.
[32] Cfr. Valdelomar 2000: 196.
[33] Cfr. Valdelomar 2000: 143.
[34] Cfr. Valdelomar 2000: 151.
[35] Cfr. Valdelomar 2000: 186.
[36] Cfr. Valdelomar 2000: 157.
[37] Cfr. Valdelomar 2000: 174.
[38] Cfr. Valdelomar 2000: 137.
[39] Cfr. Valdelomar 2000: 173.
[40] Cfr. Valdelomar 2000: 156.
[41] Cfr. Valdelomar 2000: 153. Hay que tener en cuenta que en «Yerba santa» una anciana, «viejita dulce y más buena que el pan blanco», muere «de tristeza» (cfr. Valdelomar 2000: 186).
[42] Cfr. Valdelomar 2000: 170.
[43] Cfr. Valdelomar 2000: 170. En «Yerba santa» habla de cuatro hermanos (cfr. Valdelomar 2000: 179), pero se entiende que solo se refiere a los varones, pues se van a cazar con hondas de jebe. Los hermanos Valdelomar Pinto fueron Roberto (nacido en 1876), Ana (1878), Anfiloquio (1879), Rosa (1887), Abraham (1888), Jesús (1890), Héctor (1892) y María (1895). Cfr. Miguel de Priego 2000: 25.
[44] Cfr. Valdelomar 2000: 172.
[45] Cfr. Valdelomar 2000: 185.
[46] Citado en Sánchez (2009 [1969]): 86-87.
[47] Citado en Sánchez (2009 [1969]): 74.
[48] Cfr. Valdelomar 2000: 191.
[49] Cfr. Valdelomar 2000: 193.
[50] Entrevista que fue publicada en La Reforma, Trujillo, 26 de mayo de 1918.
[51] Cfr. Valdelomar 2000: 170.
[52] Cfr. Sánchez (2009 [1969]): 25-26.
[53] Cfr. Sánchez (2009 [1969]): 29.
[54] Según una carta del 9 de junio de 1912 de Valdelomar a su amigo el poeta Enrique Bustamante y Ballivián: «Yo no me creía un luchador, y ahora me convenzo de que el hombre no es más que el resultado de las circunstancias. Yo mismo, que me creía un apacible, he ido con la mayor sangre fría, revólver en mano, el 25, a atacar a la Junta Electoral, capitaneando a unos setecientos hombres del pueblo». Cfr. Sánchez (2009 [1969]): 65.
[55] Se refiere a Arte y ciencia de la gallística (Kavia Cobaya Editores, Lima, 1999).
[56] Cfr. Miguel de Priego 2000: 356-357.
[57] Cfr. Valdelomar 2000: 177.
[58] Cfr. Valdelomar 2000: 137.
[59] Cfr. Asociación de Academias de la Lengua Española 2005: 639.
[60] Cfr. Valdelomar 2000: 135.
[61] Cfr. Asociación de Academias de la Lengua Española 2005: 424.
[62] Cfr. Valdelomar 2000: 136.
[63] Cfr. Asociación de Academias de la Lengua Española 2005: 539.
[64] Cfr. Valdelomar 2000: 136.
[65] Cfr. Valdelomar 2000: 141.
[66] Cfr. Valdelomar 2000: 141.
[67] Cfr. Valdelomar 2000: 141-142.
[68] Cfr. Valdelomar 2000: 144.
[69] Cfr. Valdelomar 2000: 144.
[70] Cfr. Basadre 1928: Xxx.
[71] Cfr. Bryce Echenique 2006: 194.
[72] Cfr. Valdelomar 2000: 407.
[73] Cfr. Ribeyro 1994: 230.
[74] Cfr. Ribeyro 1998: 230.

lunes, 21 de julio de 2014

Juego de tronos (2011- )


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El rey ha muerto, viva el rey
Juego de tronos (2011- )

Basada en la serie de novelas Canción de hielo y fuego (A Song of Ice and Fire, cinco volúmenes hasta el momento: 1996-2011), del estadounidense George R. R. Martin, la serie televisiva Juego de tronos (Game of Thrones) cosecha una multitud de espectadores por sus historias bien tejidas, las actuaciones soberbias, sus escenarios espectaculares.
George R. R. Martin.

Las intrigas políticas gobiernan la trama de esta compleja fantasía medieval en el que por ahí habitan dragones, mamuts y gigantes, además de unos humanoides altos y demacrados llamados ‘caminantes blancos’. Ya el título lo dice: hay una sucesión de guerras civiles por conseguir el poder. En las múltiples historias, transcurren cambios repentinos, muertes súbitas, escenas de violencia (dos pasajes tienen mutilaciones chocantes: un personaje pierde una mano y otro, el pene) y sexo (incesto, orgías).
Robert Baratheon gobierna Poniente, los Siete Reinos, cuando invita a su amigo Ned Stark para que sea su consejero principal, pero poco después el monarca fallece asesinado. Así, el cruel Joffrey asume el cargo. A Stark le costará literalmente la cabeza descubrir la verdadera paternidad del nuevo rey, además a sus familiares les aguardará la humillación y la crueldad, pero juran venganza.
Daenerys Targaryen, la bella hija de Aerys II, asesinado por Jaime Lannister, se prepara para recuperar para su familia el trono de hierro desde las cenizas. Avanza lentamente desde Essos. No es el único personaje que reclama el cetro, pues Stannis Baratheon, hermano del fallecido Robert, cree también que le corresponde el reino.
Daenerys Targaryen.

En esa trama enmarañada destacan cinco personajes: la mencionada Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) y Jon Nieve (Kit Harington), quien resguarda un muro helado de más de 200 metros de altitud en el norte de los Siete Reinos. A ellos hay que sumar a los tres hermanos Lannister: Cersei (Lena Headey), Jaime (Nikolaj Coster-Waldau) y, sobre todo, el astuto enano putañero Tyrion (Peter Dinklage, quien sin duda ofrece la mejor interpretación). Desde que este trío llega de Roca Casterly a la capital de los Siete Reinos, Desembarco del Rey, mueve sus hilos para conspirar, acusar, asesinar, adquirir más poder o simplemente sobrevivir. Los duelos verbales que protagonizan estos Lannister son antológicos. En un pasaje, Tyrion dice: «Ah, ¿a él también lo maté? He sido un hombre muy ocupado...».
Tyrion, Jaime y Cersei Lannister.

Si es necesario destacar algunos momentos memorables, se debe señalar la decapitación de Ned Stark (primera temporada, episodio 9); la batalla del Aguasnegras (segunda temporada, episodio 9); los crímenes durante la “boda roja”, calificado por la página web The Huffington Post el episodio más impactante de la historia televisiva reciente (tercera temporada, episodio 9); el juicio a Tyrion Lannister (cuarta temporada, episodio 8).
La Guerra de las Dos Rosas (1455-1485), ocurrida en Inglaterra y que enfrentó a la Casa de Lancaster (nombre que remite a los Lannister) contra la Casa de York, es un antecedente histórico evidente. A ello hay que anotar El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 1954-1955), novela de fantasía épica del británico J. R. R. Tolkien. Ya lo dice Tyrion en cierto momento: «Una mente necesita de los libros igual que una espada de una piedra de afilar». En resumen, George R. R. Martin ha creado un universo impresionantemente coherente. Los productores de la serie, que hasta el momento lleva cuatro temporadas, han estado a la altura de las circunstancias.