lunes, 29 de septiembre de 2014

Entrevista a César Hildebrandt



César Hildebrandt, hasta hace unas semanas conductor de un programa en radio San Borja, hoy escribe sin prisas sus memorias y una serie de biografías apócrifas. En la conversación que sigue habla de su relación difícil con personajes importantes de la cultura nacional. 

Usted interrumpió sus estudios de Educación en la especialidad de lengua y literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal en 1968. ¿Entonces no tenía una vocación definida?
—Me convencí de que no iba a tener ni la paciencia ni la generosidad como para ser educador. Y me convencí, además, de que iba a ser un maleducado crónico. Me convencí de la impostura y, la verdad, también me convencí de la medianía casi homicida de la Villarreal. Así que salí corriendo.
Estudió la secundaria en el Colegio Militar Leoncio Prado. ¿Le dejó alguna huella su paso por esta institución? La disciplina, quizá.
—La resistencia pasiva, porque imaginar cómo vadear esa disciplina era parte del encanto. También me enseñó muchas cosas tradicionalmente buenas porque tenía un profesorado excelente.
Trabajó nueve años en la revista Caretas, de 1971 a 1980. Fruto de esta experiencia es Cambio de palabras (1982), que reúne sus mejores entrevistas. ¿Por qué no se anima a reeditarlo?
—Porque probablemente los derechos los tenemos compartidos Mosca Azul y yo. Guardo un escrupuloso silencio en relación con el señor [Abelardo] Oquendo, silencio que además es recíproco. Se me hace muy difícil plantearle la reedición del libro, pero no está mal la idea. Se la tomo.
¿Hay alguna posibilidad de llevar al libro algunas entrevistas realizadas para la televisión? Recuerdo gratamente una: al tenor español Alfredo Kraus.
—No, no hay ninguna posibilidad. La entrevista televisiva tiene por completo otro linaje, otra textura. La entrevista escrita está muchas veces dulcemente deformada por la edición.
Ha confesado que Alfonso Tealdo, exconductor del programa Pulso, es su maestro en la entrevista. ¿Qué tipo de enseñanza recibió de este periodista que falleció en malas condiciones y que inventó las preguntas impertinentes en la televisión peruana?
—Lo que aprendí de él fue a rabiar con método. Yo rabio, luego existo. Alfonso era un hombre que combinaba perfectamente la inteligencia con la indignación. Efectivamente, él introdujo la impertinencia en la televisión, la inventó, la patentó y fue pagado por el sistema como el sistema suele pagar a los mejores, en el absoluto abandono, en manos de Genaro Delgado Parker.
Hay un aspecto poco conocido de su biografía: trabajó durante la dictadura de Juan Velasco Alvarado en las oficinas gubernamentales de la Comisión Nacional de Propiedad Social (Conaps). ¿Cuál fue su papel? Mario Vargas Llosa lo califica en sus memorias de ingenuo por desempeñar esa labor.
—Prefiero ser ingenuo que avezado. No solo recuerdo con cariño esa labor, sino me da una gran lástima que no haya en el Perú una empresa de trabajadores. Yo era jefe de Comunicaciones de la Conaps. Se trataba de fomentar la creación de empresas de trabajadores y no eran cooperativas, sino empresas cuyo accionariado estaba encarnado en los trabajadores. Entonces era un experimento yugoslavo, titoísta, utópico, efectivamente iluso en cierto sentido; pero es que en el Perú no tener ilusión es suicidarse.
Ha tenido programas televisivos, algunos muy exitosos, en los canales 2, 4, 5, 9 y 13, en democracia y dictadura. ¿Qué función ha tenido la censura en la cancelación de estos proyectos?
—Protagónica. Jamás me he ido de la televisión por mi cuenta. Siempre me han echado. La primera vez porque entrevisté a Yasser Arafat y la comunidad judía ejerció una enorme presión para que yo fuera echado. Eso fue en mi programa Testimonio. Y la última vez porque entrevisté civilizadamente a Ollanta Humala cuando lo que se quería era que me convirtiera en una suerte de Drácula improvisado y saltara a la yugular de Humala. En medio ha habido casos extraordinarios, como cuando me sacaron del aire y reemplazaron mi programa por uno de corte cómico llamado Los detectilocos. Me quedé esperando el regreso de comerciales como un perfecto estúpido, hasta que me di cuenta de que estaba despedido. Y eso fue porque Sonia Goldenberg hizo un reportaje que difundí a pesar de las advertencias respecto a la corrupción de la Policía. El otro caso clamoroso es cuando Ricardo Uceda, reportero de mi programa, localizó en Panamá al «Comandante Camión», al señor Artaza. Fui advertido de que si sacaba eso salía del programa. Me lo dijo Mendel Winter. Y entonces decidí sacarlo, y ellos me sacaron a mí.
¿Hay alguna diferencia entre la censura en democracia y en dictadura?
—Déjeme decirle, seguramente será una novedad para algunos, ninguna. Con Fujimori había menos dictadura del capital que hoy día en la televisión, aunque usted no lo crea. Hoy día la televisión se ha convertido, hasta el momento y por lo que vemos, en un absoluto y dócil parlante de la clase dominante y del poder económico. Con Fujimori había matices, fisuras y grietas, por los cuales podía introducirse una cierta dosis de libertad. Nunca el sistema ha estado tan magistralmente cerrado.
Mencionó a dos reporteros que trabajaron bajo su dirección. Otros célebres son Rossana Cueva, Juliana Oxenford, Fernando Ampuero, Beto Ortiz, Nicolás Lúcar. ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—Pero por qué no ha mencionado a Cecilia Valenzuela.
Sin duda, Cecilia Valenzuela... ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—La pasta de un reportero: audacia, ganas, talento, vocación por el riesgo..., ganas de joder. Sin ganas de joder no hay periodismo. No hay, simplemente. Otros lo dicen elegantemente, pero en realidad es eso.
Usted entrevistó a Alfredo Bryce Echenique en 1972. Más tarde, en 1992, lo volvió a hacer, pero con el novelista en copas. En 2005 escribió que el autor de Un mundo para Julius (1970) es un «hombre de un solo libro que terminó escribiendo cuarenta». ¿Qué produjo ese distanciamiento entre ambos?
—Yo nunca estuve muy cerca de Alfredo Bryce. El hecho de que lo entrevistara cordialmente no significaba nada. Yo, en realidad, amé Un mundo para Julius, pero nunca pude leer con placer ninguno de sus otros libros. La mayoría de los cuales se me cayó después de la página 15 o 20 de las manos, con excepción de un pequeño relato que anda por ahí y que se llama Muerte de Sevilla en Madrid, que es la historia de una diarrea. Es un libro fantásticamente surrealista, extraordinariamente estrambótico. Salvo eso, para mí Alfredo no escribió otra cosa importante. Lo de las copas, perdóneme, no fue mi responsabilidad. Lo invito a la televisión. Él llega en copas. Le digo que por favor no salgamos, le digo que no grabemos, le suplico que lo hagamos otro día. Insiste, insiste e insiste hasta la inmolación. Y, claro, qué podía hacer yo. Pero no fue una cosa premeditada. Yo no soy una persona que emborracha a sus invitados para lucirse. Dicho sea de paso, Alfredo Bryce nunca estuvo más lúcido que esa noche. (Risas).
A Vargas Llosa también lo entrevistó en innumerables ocasiones. En El pez en el agua, el novelista dice acerca de usted: «Magnífico periodista, sabueso tenaz, investigador acucioso e incansable, bastante más culto que el promedio de sus colegas y valiente hasta la temeridad». ¿Qué ocurrió para que esa amistad se quebrara?
—Varias cosas. Básicamente, creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno. Ahora, a mí sí me parece lamentable que Mario se haya comprado la idea de los neocoms, de que el mundo es mejor tal como está ahora y que vamos al progreso y que la aldea global es una especie de destino manifiesto y multitudinario. No creo para nada eso. En todo caso, la derechización de Mario es un derecho, un derecho que él ha ejercitado, y la molestia de quienes lo queremos y lo admiramos es también otro derecho. Estoy molesto con Mario Vargas Llosa colaborador de El País, pero como novelista no puedo discutir que es una cima casi irrepetible en el Perú, sinceramente.
«No he perdido mi fe en el socialismo», escribió en 1981, en el prólogo de Cambio de palabras. ¿Qué sucedió para que nueve años después apoyara al Fredemo, agrupación considerada de derecha?
—Es una buena pregunta. Ni Bedoya Reyes ni Fernando Belaunde fueron objeto de mi admiración y no lo serán nunca. Apoyé a Vargas Llosa porque creo que su honestidad encrespada le hubiera hecho mucho bien al país. Un conservador decente le hubiera hecho mucho bien al país. Ahora, luego viene Fujimori, claro, y es fácil decir que, frente a Fujimori, Vargas Llosa era la alternativa correcta. No voy a decir eso, porque eso sería fácil y desmemoriado. Aposté por Vargas Llosa cuando Fujimori no existía en las encuestas. Yo sí creía que la decencia en el poder iba a funcionar como desratizadora e insecticida. Hace muchos años, oiga usted, que la decencia y la política se han divorciado en el Perú. La decencia, en el sentido más estricto de la palabra, y, si usted quiere, en el sentido más escolar, más normativo. No me arrepiento, por lo tanto. Admito que en mi hoja de vida esto aparece como una contradicción, desde luego que sí.
Con el escritor y periodista Fernando Ampuero mantiene también una conflictiva relación, de la cual es producto el libro El enano (2001). ¿A qué atribuye ese pleito constante?
—Es un pleito que lo considero una letra vencida ya. No pretendo reavivarlo. Me parece penoso, lamentable. Ha sido una manera impúdica de ventilar diferencias que nacieron de cosas muy menores. Recuerdo que cuando yo era jefe de Informaciones de Caretas un día se me acercó Fernando Ampuero y me dijo que leyera su libro Miraflores Melody (1974). Un día lo hice, todo lo que pude, y abiertamente lo rechacé desde el punto de vista estrictamente literario, estético. Recuerdo a un Ampuero urgido de que yo le diera una opinión. Y yo no quería darle mi opinión porque era innecesaria. Además, hubiera sido cruel, pues él era un redactor y yo, su jefe. Nunca se la di. Nuestras diferencias nacieron de esas cosas, absurdas, nimiedades que después se han convertido en monumentos a la cólera, bustos al extravío. Es absurdo. Pero considero que esto ya está superado. No le voy a dar combustible a una hoguera tan diminuta.
Algunos han criticado que con los hermanos Lupe y Fernando Zevallos, exdueños de la línea aérea peruana Aerocontinente, en prisión este último acusado de narcotráfico, no fue tan duro en sus entrevistas. ¿Qué respuesta tiene?
—Eso lo dicen los estúpidos que nunca, probablemente, vieron una entrevista. Lo que pasa es que yo tenía algunas primicias porque mi secretaria, Ilse Yzaga, era muy amiga de Lupe Zevallos y a través de ella las conseguíamos, pero mi distancia respecto del narcotráfico creo que no necesito remacharla. Hay algunos consumidores que son grandes luchadores públicos en contra del narcotráfico. Yo lucho contra el narcotráfico y, además, no consumo, cosa que usted en el gremio no encontrará fácilmente.
En una entrevista de mayo de 2007, dijo a la revista Caretas: «No hay ninguna relación con La Primera. Ese diario lo ha comprado Martín Belaúnde, un hombre muy próximo a Ollanta Humala. [...] No soy humalista ni reservista». ¿Qué lo motivó a aceptar escribir en ese diario?
—Conversar con Arturo Belaunde y convencerme de que me daba un espacio absolutamente libre, libertino. Soy —digamos— un ácrata en La Primera, que es un diario al que tengo que agradecerle la acogida porque es el último refugio de un hombre que ha perdido continuidad, todas sus tribunas. Me queda La Primera y, como no hay primera sin segunda, espero que me quede otra cosa. Mi consuelo parece un valsecito, pero así es.
En un artículo publicado en Perú.21, Beto Ortiz escribe: «No insistas más. Claudica. Ríndete. Es inútil. Escribes hasta el culo». ¿Qué le respondería al hoy conductor de Enemigos íntimos y exreportero suyo?
—Nada.
En tiempos universitarios publicó poemas, en 1985 obtuvo el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras y en 1994 publicó la novela Memorias del abismo. Alguna vez dijo: «Nunca más publicaré sin estar satisfecho». ¿Por qué no se siente escritor de ficción?
—Porque no me he atrevido, porque no lo he hecho, porque me he dedicado más al periodismo. Soy un secuestrado del periodismo y porque, para sentirse novelista, hay que escribir novelas, en plural, y hacerlo bien, dedicarse a ello casi de un modo excluyente. Soy un consumidor de novelas, pero no me siento un novelista, lo cual no significa que no lo intente otra vez. Cuando gané el Cuento de las Mil Palabras supuse que escribiría muchos otros cuentos, pero no me dio la gana, porque me dije: «¿Y ahora qué vas a demostrar? ¿Que esto no fue chiripa, que esto no fue casualidad, y ante quién, quiénes? ¿Qué jurado invisible y exigente te demanda algo así?». Entonces, me sentí olímpico y mandé al carajo todo. Odio las performances. Odio este tipo de metas de productividad. Si escribes un buen cuento y ganas un premio, tu destino es ser cuentista. No, mi destino es no ser cuentista. Prefiero mil veces el periodismo. Para mí, el periodismo es algo importante. Sé que esto suena completamente anacrónico, porque el periodismo es ahora la quinta rueda del coche.
Por último, hace más de un año anunció la publicación de sus memorias para la Editorial Planeta. ¿Por qué la demora?
—Cuando llegué a la página 100, me di cuenta de que no iba a cumplir con el plazo y de que eran memorias que estaban gobernándome. Entonces me dije que esto no es para hacerlo ahora. Además, mis memorias no pueden ser las de un hombre que pasó más de 20 años en la televisión. Me he dedicado a escribir con suma lentitud, espero que con alguna gracia, memorias de verdad, que abarquen no solo la televisión, sino el entorno de esta. Algún día saldrá. Por otro lado, escribo biografías apócrifas, inventadas. En total, 20 personajes. Ya tengo unas 80 páginas. Me ha pasado algo sorprendente: me he dado cuenta de que la mayor parte de las biografías en el Perú son apócrifas sin decirlo, porque aquí el arte de la impostura es el que más se cultiva. Yo voy a ser lo que no soy. Desde el punto de vista filosófico, este es un país excepcional, casi nadie es lo que es. Es impresionante. El libertador que no fue libertador. El héroe que no lo fue. El escritor que en realidad es un estreñidísimo grafómano. El poeta que escribe cosas que parecen traducciones de aficionado de poesía húngara. El catedrático que no tiene nada que enseñar. El periodista mermelero. El dueño de periódico que pregona la ética, pero no paga deudas. (Risas). El dueño de un canal de televisión que tiene un programa donde cada domingo encara, confronta y condena, pero que le debe a la Sunat 50 millones de soles. Es extraordinario. Este no es un país. En realidad, es una novela.

2008

* Publicado como «El Perú es una novela», en el suplemento «Semana», del diario La Primera, Lima, 31 de agosto de 2008, páginas 4-6.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Watchmen (1987) | Alan Moore

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Extraña conspiración
Watchmen (1987) Alan Moore

Watchmen (1987) es, sin duda, uno de los picos más altos de un género hasta entonces poco respetado. Esta historieta de superhéroes con guion de Alan Moore, con dibujos de Dave Gibbons y coloreada por John Higgins, es el único cómic que aparece como una de las cien mejores novelas en inglés desde 1923, en la lista elaborada por la revista Time en 2005.
En Estados Unidos son tres las novelas gráficas que han permitido a este género ser apreciado por la crítica más rigurosa: Maus (1991), de Art Spiegelman, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1992; Batman: El regreso del Caballero Oscuro (Batman: The Dark Knight Returns, 1986), de Frank Miller, y Watchmen. Estas dos últimas editadas por DC Comics, compañía estadounidense que tiene en su catálogo a dos de los personajes más conocidos: Superman y Batman.
Watchmen se inicia en 1985, con la muerte de Edward Blake, nacido en 1924 y quien se hacía pasar por el superhéroe El Comediante. Trabajaba para el gobierno de Estados Unidos dedicado a derrocar repúblicas marxistas de América Latina. Cierto día en Nicaragua descubre algo que lo llevaría a la tumba. «Yo he hecho cosas malas. Hice cosas malas a algunas mujeres. ¡Disparé a niños! En Vietnam disparé a niños...», confiesa aterrado por lo que acababa de enterarse, algo mucho peor de todo lo que había cometido.
El Comediante perteneció a los Crimebusters, un grupo de superhéroes integrado también por el Dr. Manhattan, Ozymandias, Búho Nocturno, Espectro de Seda y Rorschach. En 1966, durante la primera reunión de estos combatientes de la justicia, El Comediante aseguró que luchar contra los delincuentes era un juego de niños frente a la futura amenaza nuclear. Esa declaración hará cambiar poco a poco el modo de pensar de Ozymandias.
Acerca del fallecido compañero, Rorschach dice: «Tenía una gran personalidad. No le importaba si le caía bien o mal a la gente. Era inflexible. Lo admiraba. De todos nosotros, él era el que mejor entendía a la gente, al mundo, a la sociedad y lo que está pasando en ella».
La muerte de El Comediante permite al Dr. Manhattan recordarlo en la Guerra de Vietnam (1964-1975), en la que una de sus víctimas fue una mujer embarazada que reclamaba la paternidad para su hijo. Blake tenía una extraña actitud frente a la vida. No reparaba en nada para conseguir lo que quería. «Nunca he conocido a nadie tan deliberadamente amoral», refiere su colega. «En cuanto te das cuenta de que todo es un chiste, ser El Comediante es lo único que tiene sentido», opinaba Blake, quien cierta vez intentó violar a la madre de Espectro de Seda.

Espectro de Seda, Dr. Manhattan, Búho Nocturno, El Comediante, Ozymandias y Rorschach.

El rechazo a los Crimebusters aumenta con el tiempo. «¡No queremos vigilantes! ¡Queremos polis normales!», reclama alguien en una protesta. Algunas pintas en las paredes de las calles describen el momento: «¿Quién vigila a los vigilantes?». El Dr. Manhattan, al evocar 1977, declara: «La Policía está en huelga. Alegan que los aventureros disfrazados hacen imposible el correcto desempeño de su trabajo. Todo el mundo está asustado. La anarquía se respira en el ambiente». La Ley Keene, aprobada el 3 de agosto de ese año, prohíbe los superhéroes enmascarados. Los vigilantes se vuelven ilegales, excepto dos: el Dr. Manhattan y El Comediante, quienes actúan supervisados por el Gobierno estadounidense ante la amenaza extranjera.
Son tiempos duros. Existe el miedo de que se desencadene la Tercera Guerra Mundial. El eje opositor a Estados Unidos, Unión Soviética, invade Afganistán, lo que produce alarma en la población. En este contexto, Richard Nixon, gobernante en la vida real de 1969 a 1974 y aquí, de manera ficticia, es presidente en 1985, después de varias reelecciones, piensa atacar antes. La gente está pendiente de las noticias. En un ambiente en que la paranoia ronda, un tipo mata a sus dos hijas delante de la madre de ellas, por temor a la guerra nuclear y luego se corta la yugular.
Que Nixon sea presidente es una forma de mostrar el grado de deterioro político de Estados Unidos, pues él es el único mandatario que dimitió al cargo (estuvo involucrado en escuchas ilegales a sus opositores). En las últimas páginas se dice que el actor Robert Redford podría ser candidato para las elecciones presidenciales de 1988. Es una irónica referencia a un colega de este: Ronald Reagan, que gobernó el país en la vida real de 1981 a 1989 y que tiene las mismas iniciales (RR).
Nueva York es descrita por Rorschach, visitante frecuente de los bajos fondos, como «un animal fiero y complejo». Este superhéroe confiesa que cierta vez dio con un sujeto que secuestró, violó y asesinó a una niña, a la que había carbonizado una parte y el resto dado de comer a los perros. Su reacción estuvo al margen de la ley.
El suplemento semanal del diario The New York Times dedicado a la crítica, The New York Times Book Review, ha señalado que Watchmen ofrece personajes «con unos perfiles psicológicos asombrosamente complejos». En efecto, la muy definida personalidad de cada superhéroe es muy interesante. Para conocerla, es necesario hurgar en el pasado de cada uno. El doctor Jon Osterman (Dr. Manhattan) y el accidente que lo cambió por completo. Daniel Dreiberg (Búho Nocturno) y su afición por las aves. Laurie Juspeczyk (Espectro de Seda) y la búsqueda de la identidad de su padre. Walter Joseph Kovacs (Rorschach) y su infancia difícil. Adrian Veidt (Ozymandias) y su admiración desmedida por el faraón Ramsés II y el emperador macedonio Alejandro Magno.
La historieta reproduce fragmentos del diario de Rorschach, que se inicia el 12 de octubre y termina el 1 de noviembre de 1985. Para diferenciarlos de otros textos, tiene fondo amarillo. En cambio, los diálogos y pensamientos del Dr. Manhattan llevan fondo celeste. También se toman las anotaciones del doctor Malcolm Long, quien trata a Rorschach en la prisión.
Luego de los 11 primeros capítulos de los 12 que tiene el cómic, hay una serie de documentos ficticios. Todo para darle verosimilitud al relato. Por ejemplo, la primera parte de Bajo la máscara, libro de Hollis Mason, sobre los primeros superhéroes. También se incorporan una narración de infancia, el informe de arresto y la evaluación psiquiátrica de Rorschach, un documento militar sobre el Dr. Manhattan, una entrevista a la madre de Espectro de Seda, un ensayo sobre Relatos de la fragata negra (historieta sobre piratas cuyo guionista desapareció un par de años antes y del que se reproducen varias viñetas).
¿Quién es el asesino de Edward Blake? ¿Cómo evitar que Estados Unidos y Unión Soviética se enfrenten? Eso lo descubrirá el lector de esta apasionante y visionaria historieta. Obra maestra sin discusión.

Alan Moore.

La frase: «Ningún problema del mundo es insuperable, siempre que se le dé el enfoque adecuado» (Watchmen, Alan Moore).

lunes, 8 de septiembre de 2014

Akira (1982-1990) | Katsuhiro Otomo

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Pesadilla nuclear
Akira (1982-1990) | Katsuhiro Otomo


Escrita e ilustrada por el japonés Katsuhiro Otomo, Akira (アキラ, 1982-1990) es un manga de 2.215 páginas que popularizó las historietas de su país en Estados Unidos y Europa. Publicada originalmente en blanco y negro, la edición en castellano se basa en la que preparó Otomo para el mercado estadounidense, a color.
Lo mejor del manga, distribuido en seis volúmenes (360, 304, 292, 400, 415 y 444 páginas), son las peleas espectaculares entre los delincuentes juveniles, personajes principales del cómic. En esas páginas los diálogos son escasos, pero se disfruta cómo un grupo de adolescentes con superpoderes juegan a ser dioses.
El 6 de diciembre de 1982 algo extraño destruye Tokio. Pronto otras ciudades del mundo son bombardeadas y se inicia la Tercera Guerra Mundial. Años después, en 2030, la ciudad de Neo Tokio, construida en una isla artificial, es amenazada por terroristas opositores al régimen y por pandillas juveniles.
Tetsuo, de unos 15 años y estudiante de una correccional para marginados sociales, es herido cuando su moto explota después de que un niño con aspecto de anciano, que escapaba de miembros del Ejército, bloquea la autopista. Este incidente despierta extraños poderes en el adolescente, lo cual atrae la atención del gobierno.
Como una forma de venganza contra el altanero y antipático Kaneda, jefe de su anterior pandilla, Tetsuo asume el liderazgo de la banda rival: los Clowns. Una muestra de su fuerza es que elimina a sus enemigos con facilidad, a quienes les estalla la cabeza sin tocarlo. Estamos ya en terrenos que se escapan de la realidad. Mientras tanto, poco a poco Kaneda se involucra en una organización terrorista dirigida por Ryu y Nezu.
Después de varias páginas, se arma una pelotera. Los antiguos enemigos se vuelven aliados y viceversa. Los enfrentamientos se suceden. Entre los temas que trata el manga está el de las drogas: el todopoderoso Kaneda debe consumir píldoras para aplacar el dolor de cabeza.
También tenemos la manipulación e incapacidad de un gobierno que gasta ingentes cantidades de dinero para desarrollar un arma muy poderosa. De este plan se crea una «guardería grotesca», un invernadero para niños canosos y arrugados con enormes poderes. Por ser especial, Akira duerme en una cámara criogénica debajo del Estadio Olímpico de Neo Tokyo. Un rayo láser empleado desde un satélite llamado SOL es otro de los instrumentos del Ejército. El poder militar es expresado también en un golpe de Estado que pone a la ciudad bajo la ley marcial.

Akira.

Otro de los aspectos es el pánico que causan las hecatombes, algo que experimentaron los japoneses con las bombas atómicas en agosto de 1945. En este panorama, la gente se esconde en refugios antinucleares, además escasean las medicinas y los alimentos. El caos permite que una secta religiosa gane muchos adeptos. Lady Miyako, de dotes premonitorias, señala que habrá «una catástrofe apocalíptica que cambiará el orden de las cosas». La sumisión se muestra también cuando un grupo de fanáticos funda el Gran Imperio de Tokio. La presentación de Akira a cargo de una banda de rock en el Estadio Olímpico es patética, ejemplo de alienación. Al conocer a Akira, Ryu afirma: «Tanto follón por tan poca cosa».
En su templo, resguardada por monjes, Lady Miyako le cuenta a Tetsuo la historia de la creación de Akira: «En los setenta, a raíz de una investigación, se reunió a un grupo de niños de rasgos singulares. Los científicos experimentaron con ellos. Un doctor muy polémico se empezó a interesar. Su especialidad era el funcionamiento del sistema nervioso central. A todos los que desarrollaron poderes y entraron en el proyecto les asignaron un código».
Estamos en el año 2030, tiempo en el que vemos algunos avances tecnológicos, como vehículos voladores, pero todavía utilizan fotografías en carretes. Akira, el manga, es espectacular por las explosiones, las luchas, las magníficas ilustraciones, no así por el guion.

Katsuhiro Otomo.

La frase: «Cuanto más poder utilizas, más quieres emplear» (Akira, Katsuhiro Otomo).

martes, 2 de septiembre de 2014

The Wire (2002-2008): Primera temporada

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Devorar el mundo
The Wire (2002-2008)

The Wire (2002-2008) disecciona la ciudad de Baltimore. Así, los espectadores de esta joya de la televisión norteamericana exploramos todos los estratos y ambientes de este puerto del nordeste de Estados Unidos. Si buscáramos algún equivalente en la literatura, podríamos citar lo que Mario Vargas Llosa llama “novela total”, los libros de Honoré de Balzac, León Tolstói o William Faulkner. Esas ganas de devorar el mundo en una obra.
Veamos la primera temporada, emitida en 2002, de 13 episodios (cada uno de una hora en promedio). Aquí la historia se centra en el narcotráfico. Es evidente que la producción nos ofrece un relato del modo más realista posible. Observamos los movimientos de una amplia galería de personajes: desde el microcomercializador de drogas hasta el político más encumbrado, un senador del estado de Maryland. En este espectro tenemos además a jueces, fiscales, prostitutas.
“Este caso está conectado con todo”, le dice el teniente Cedric Daniels (Lance Reddick) a su esposa en un momento. Es verdad, la organización de Avon Barksdale (Wood Harris), de 31 años, nos lleva a rumbos insospechados. El detective Jimmy McNulty (Dominic West) afirma en cierto momento acerca de este mafioso afroamericano: “Me enorgullece perseguir a este tipo”.

Avon Barksdale (Wood Harris).

La serie empieza cuando McNulty ve salir libre a D’Angelo Barksdale (Larry Gilliard, Jr.), acusado de asesinato, debido a que una testigo cambia su declaración intimidada por Stringer Bell, brazo derecho de Avon. Hay rumores de que existe una organización criminal ligada al narcotráfico. La Policía se echa a investigar sin tener si quiera una foto del cabecilla, un sujeto que jamás ha sido arrestado y acerca de quien no hay casi información.
El teniente Daniels, asignado al caso, se queja de la calidad de su equipo policial sin saber las sorpresas que le daría este. Poco a poco descubrimos el drama del protagonista, el perspicaz McNulty, de origen irlandés, aficionado al alcohol, quien hace malabares para ver a sus dos queridos hijos.

Jimmy McNulty (Dominic West).

Ante las limitaciones, la Policía busca métodos más modernos, pero legales para dar el golpe al enemigo, como la clonación de buscapersonas o interceptación de teléfonos públicos con autorización de la fiscalía. De ahí el nombre de la serie. La investigación parte desde los pequeños vendedores de drogas de las viviendas pobres, la zona más baja de la pirámide. En estos territorios predominan los afroestadounidenses, la minoría menos favorecida.

D’Angelo Barksdale (Larry Gilliard, Jr.).

Un oficial señala en un pasaje: “Si uno sigue la pista de la droga, desemboca en adictos y traficantes. Pero si uno sigue la pista del dinero, no se sabe dónde puede terminar”. Esta serie nos hace reflexionar acerca de las instituciones del Estado, susceptibles de ser sometidas por el dinero del narcotráfico. Así, encontramos, policías y políticos deshonestos. Una dura verdad.
Si usted quiere saber cómo funciona la estructura del narcotráfico, las fachadas, los vínculos con los de arriba, aquí tiene un magnífico retrato. Una joyita que justifica ampliamente todos los elogios recibidos.

domingo, 17 de agosto de 2014

Batman: la serie animada (1992-1995)

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Guardián nocturno
Batman: la serie animada (Batman: The Animated Series, 1992-1995)



En 2008 la revista Wizard calificó Batman: la serie animada (Batman: The Animated Series, 1992-1995) el segundo mejor programa de dibujos de la historia de la televisión, solo detrás de Los Simpsons (The Simpsons, 1989- ). Esa fama es justificable, pues algunos de los 85 episodios ofrecen magníficos guiones, ilustraciones propias para la historia que narra y una muy buena producción, en este caso a cargo de Alan Burnett, Paul Dini, Eric Radomski y Bruce Timm.
Pocos años antes del estreno de la serie este célebre y complejo superhéroe fue protagonista de dos estupendas historietas: Batman: El regreso del Caballero Oscuro (Batman: The Dark Knight Returns, 1986), escrito y dibujado por Frank Miller, y Batman: año uno (Batman: Year One, 1987), escrita por Frank Miller y dibujada por David Mazzucchelli. Además, del buen largometraje Batman (1989), de Tim Burton.
El estilo de los dibujos toma mucho de la serie animada Superman (1942-1943), de Fleischer Studios, cuyos capítulos eran de 8 minutos. ¡Una producción de medio siglo antes!

Episodio «Two-Face».

A veces no son necesarios los 22 minutos de cada episodio, pues se recurre a dos partes, como sucede con «Dos Caras» («Two-Face», 25 y 28 de setiembre de 1992), que narra parte de la vida del fiscal del distrito Harvey Dent, atormentado por su doble personalidad, aliado de Batman y del comisionado James Gordon hasta que sufrió un accidente que le desfiguró la mitad del rostro, la parte izquierda. Desde que se volvió villano, viste con terno de dos colores (una mitad blanca y la otra negra) y decide actuar bien o mal según lo que dicta el lanzamiento de una moneda. Este relato deja algunos aspectos significativos. En los minutos iniciales ciertos malhechores prefieren a la Policía que recibir las golpizas de Batman. Es un momento cómico, de los pocos que tiene la serie. Otro asunto interesante es enterarnos de que el mafioso Rupert Thorne corrompe autoridades para continuar con sus actividades ilícitas. «Todo hombre oculta algo», dice este en un momento y, por ello, busca el chantaje. También podemos ver parte de la arquitectura de Ciudad Gótica (Gotham City en el original en inglés), cuyos rascacielos, puentes y calles se asemejan a Nueva York. De paso notamos que gran parte transcurre en la noche, con lluvias y rayos en momentos difíciles. En un pasaje se reproduce una pesadilla de Bruce Wayne, en la cual su padre, al lado de su madre, le dice: «¿Por qué no pudiste salvarnos, hijo?». Este es uno de los temas recurrentes de la serie: el asesinato de los padres de Bruce por unos delincuentes.

Episodio «Perchance to Dream».

En efecto, es marcado el sentido de culpa del protagonista, el conflicto interno, en muchos episodios, como en «Quizá soñar» («Perchance to Dream», 19 de octubre de 1992). Aquí, después de despertar de otra pesadilla, el empresario multimillonario Bruce Wayne (Bruno Díaz en la traducción al castellanopregunta a Alfred Pennyworth, su mayordomo, por Robin. Poco a poco se entera de que no tiene nada que ver con Batman, la baticueva o cualquier cosa relacionada con el superhéroe. Para su sorpresa, sus padres se encuentran vivos y está comprometido en matrimonio con Selina Kyle (Gatúbela). Después de recibir la visita de esta, observa a Batman en acción, luchando contra unos ladrones de joyas. Todo el tiempo hemos pensado que Bruce Wayne es Batman. ¿Qué pasó?

Episodio «Almost Got ’Im».

La más brillante de todas las historias es, sin duda, «Casi lo atrapo» («Almost Got ’Im», 10 de noviembre de 1992), que presenta a cinco de los villanos más conocidos de Ciudad Gótica reunidos en un bar: el Guasón, Dos Caras, el Pingüino, Hiedra Venenosa y Killer Croc, cuya piel se parece a la de un cocodrilo. Ellos cuentan las veces que estuvieron a punto de acabar con Batman. Los giros que da la historia son magistrales. Sorpresa tras sorpresa, uno no quiere que el relato termine. En un pasaje, el Pingüino dice: «Has mordido la carnada como lo había planeado. Ahora, prepárate para tu fin dentro de mi refugio de aves». Este es un cliché, algo que se repite en muchas ocasiones: el enemigo explica lo que pretende hacer antes de asestar el golpe final, el cual nunca ocurre. En este episodio aparecen también las esbeltas Poison Ivy y Harley Quinn. Una galería de personajes con un gran guion. Imperdible.

Episodio «Robin’s Reckoning».

Muchas de las historias no son originales. Algunas se basan en historietas ya publicadas, como la primera parte de «La venganza de Robin» («Robin’s Reckoning», 7 de febrero de 1993), inspirada en un cómic de 1940 y galardonada con un Emmy a Mejor Programa Animado de Menos de una Hora. Es la historia de Dick Grayson (Ricardo Tapia), más tarde convertido en Robin. Los padres del Chico Maravilla ­–como este– eran trapecistas de circo, hasta que fallecieron en un accidente provocado por el maleante Tony Zucco, accidente que el filántropo Bruce Wayne presenció entre el público. Con la protección de este, Dick recibirá una esmerada educación. En este relato, de dos partes también (la segunda parte se emitió el 14 de febrero de 1993), vemos a Batman ingresar a una casa sin llamar a la puerta para interrogar con amenazas. Su actuar se encuentra muchas veces al margen de la ley. ¿El fin justifica los medios?

Largometraje Batman: Mask of the Phantasm.

Después del éxito de las dos primeras temporadas, se estrenó para el cine Batman: la máscara del fantasma (Batman: Mask of the Phantasm, 1993), dirigida por Eric Radomski y Bruce Timm, creadores de la serie animada. Es un proyecto nacido de otro, es decir, es un spin-offAl inicio del film algunos piensan que Batman es el culpable de la muerte de un mafioso y es buscado por la Policía. Poco después vemos la mansión de Bruce Wayne, quien ofrece una fiesta en la que Andrea Beaumont, antigua novia, le dice a las chicas que rodean al millonario: «Te hace creer que eres la única en quien está interesado. Y cuando estás pensando en donde comprar la vajilla, se olvida tu número de teléfono. Ese es su estilo». En otro momento observamos en una habitación a Bruce, quien contempla el retrato de sus padres y recuerda a Andrea. Poco a poco nos enteramos cómo fue él antes de convertirse en Batman. Una novedad es ver al millonario sufrir de amor por una mujer. Paralelamente vemos el «presente», en el que otro mafioso busca al estrafalario Guasón para ofrecerle millones de dólares si mata a Batman. Largometraje de 76 minutos muy recomendable.

Episodio «Over the Edge».

La acogida de la serie animó a los productores Alan Burnett, Paul Dini y Bruce Timm crear Las nuevas aventuras de Batman (The New Batman Adventures, 1997-1999), de 24 episodios y del que hay que rescatar «Al borde» («Over the Edge», 23 de mayo de 1998). El inicio es trepidante: Batman y el nuevo Robin (cuya verdadera identidad es Tim Drake) son perseguidos por el comisionado Gordon en la baticueva con varios agentes, enterado de su verdadera identidad. Este dice en un pasaje a Bruno Díaz: «Fui un tonto al permitirte seguir tu cruzada. Un psicótico jugando al héroe enmascarado». ¿Qué sucederá con el superhéroe? No hay que perderse este episodio en el que aparecen también Batichica y Dick Grayson (convertido en Ala Nocturna, Nightwing).

Episodio «Mad Love».

Otro episodio inolvidable es «Amor loco» («Mad Love», 16 de enero de 1999), que se basa en una novela gráfica de 1994 y que se centra en Harley Quinn, psiquiatra que investigaba en el asilo Arkham, sanatorio para villanos con problemas mentales donde conoce al Guasón (Joker), de risa estruendosa. Este hospital parece una coladera, pues de él escapan los enemigos continuamente. En un momento Harley Quinn dice que está «enamorada de un payaso psicópata». Para obtener su aprecio, se vuelve delincuente, aunque el excéntrico villano la maltrata. Este le dice en un pasaje: «La muerte de Batman debe ser una maestra. El triunfo de mi genio cómico sobre su ridícula máscara». No debe morir de un burdo disparo como propone ella. Sin embargo, Batman le dice al Guasón: «Ella se acercó más de lo que tú has podido, pastelito».

Otros episodios notables: «Corazón de hielo» («Heart of Ice», 7 de setiembre de 1992), «Un favor para el Guasón» («Joker’s Favor», 11 de setiembre de 1992), «El extraño secreto de Bruno Diaz» («The Strange Secret of Bruce Wayne», 29 de octubre de 1992), «Sueños en la oscuridad» («Dreams in Darkness», 3 de noviembre de 1992), «Cuidado con el Fantasma Gris» («Beware the Gray Ghost», 4 de noviembre de 1992), «Yo soy la noche» («I Am the Night», 9 de noviembre de 1992), «Harley y Hiedra» («Harley & Ivy», 18 de enero de 1993), «El hombre que mató a Batman» («The Man Who Killed Batman», 1 de febrero de 1993), «Lee mis labios» («Read My Lips», 10 de mayo de 1993), «Harlequinada» («Harlequinade», 23 de mayo de 1994).

La frase: «La venganza oscurece el alma» (Batman: la máscara del fantasma).