martes, 14 de octubre de 2014

Batman: año uno (1987) | Frank Miller y David Mazzucchelli

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El nacimiento de los héroes
Batman: año uno (1987) | Frank Miller y David Mazzucchelli


Batman: año uno (Batman: Year One, 1987), escrita por Frank Miller e ilustrada por David Mazzucchelli, cuenta de forma brillante cómo Bruce Wayne se convierte en el Hombre Murciélago y cómo el oficial James Gordon se vuelve su aliado. No es fácil el camino para ambos.
Los monólogos de Batman (en fondo azul) y Gordon (en fondo amarillo) permiten adentrarnos en los pensamientos de estos personajes. Sus debilidades. Sus temores. Es una estupenda idea recurrir a este recurso. Otro modo hábil es la distribución de la historia por fechas, a modo de diario.
Los flashbacks nos remiten a la noche que Bruce Wayne, de 6 años de edad, fue al cine a ver La marca del Zorro (The Mark of Zorro). Día trágico en que sus padres fueron asesinados por un atracador. Historia muchas veces contada en los cómics, pero nunca tan bien relatada como aquí.
Paralelamente, vemos a Gordon pronto a ser padre, aunque no le agrade la idea, pues Gotham City, al que llega destacado como teniente, «no es lugar para una familia». Tras residir 12 años en el extranjero, a los 25 años de edad y dueño de una gran fortuna, Bruce vuelve a su ciudad. Considerado uno de los solteros más codiciados, en un pasaje se le ve con una guapa joven. Acerca de ella, el multimillonario playboy le dice a Gordon, quien visita su casa intrigado por saber cuál es la identidad oculta de Batman: «He olvidado presentarles a mi amiga... Verán, no recuerdo exactamente cómo se llama, y no habla ningún idioma que yo conozca».
Si uno es seguidor de este justiciero enmascarado, reconocerá a varios personajes: Alfred («mayordomo formado como médico de guerra»), Harvey Dent (asistente de la fiscalía del distrito y más tarde Dos Caras), Selina (Gatúbela). Además hay un guiño al final cuando se anuncia al que será el mayor enemigo del Hombre Murciélago.
Uno de los detalles más celebrados de las historias de Batman, además de andar atormentado por la muerte de sus padres, es revelar la corrupción policial. El detective Arnold Flass es una pieza del narcotráfico. Esto le confiere carácter de género negro a la historieta, acentuado con las ilustraciones de tono oscuro de Mazzucchelli. Que un personaje que ganaba nuestro aprecio sea infiel a su pareja, quien lo atiende con esmero, hace más real el argumento.
En un momento Batman lanza un rugido que aprendió en África, lo que nos da una pista de su autoexilio. En otro instante, Gordon lo describe así: «Posee aptitudes físicas extraordinarias». Flass añade: «No es humano». Otra característica: opera de medianoche a cuatro de la madrugada, se enfrenta a villanos como atracadores callejeros hasta los grandes narcotraficantes. Este es el guardián de Gotham. Como en Batman: El regreso del caballero oscuro (Batman: The Dark Knight Returns, 1986), del propio Frank Miller, vemos aquí el debate sobre si es legal el modo de actuar del Hombre Murciélago.
Creado por los estadounidenses Bob Kane y Bill Finger en 1939, este superhéroe con esta historieta acentúa su prestigio como ícono de la cultura popular. 

Frank Miller.

La frase: «Cuando un hombre se convierte en padre, nunca vuelve a ser libre por completo» (Batman: año uno, de Frank Miller).

lunes, 13 de octubre de 2014

La invención de Morel (1940) | Adolfo Bioy Casares

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La isla misteriosa
La invención de Morel (1940) | Adolfo Bioy Casares


En el prólogo a la primera edición de La invención de Morel (1940), del argentino Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges anotó acerca de la trama de este libro: «No me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta».
El argumento, en efecto, es muy interesante. Un tipo condenado a cadena perpetua huye de prisión y llega en un bote a una isla solitaria, donde se instala. Días después observa a unos sujetos. Más tarde se entera de que son producto de la invención de un tal Morel (un «barbudo pálido»). Un aparato que reproduce infinitamente lo que unas quince personas («con otras tantas de servidumbre») hicieron en una semana de verano en la isla.
El narrador, el propio prófugo, cree que se encuentra en la isla Villings, en el archipiélago de Las Ellice, colonia británica de 1892 a 1976, ubicada en la Polinesia, en el océano Pacífico. ¿Cómo es el lugar? Hacia 1924, Morel destinó parte de su fortuna en la construcción de un museo amplio de tres pisos (un «refugio que pone a prueba el equilibro mental»), una capilla y una pileta de natación.
¿Qué tiene de extraño esta isla? Entre otras cosas, «mata de afuera para adentro». A la gente que usa la invención de Morel, una enorme máquina, se le cae las uñas, el pelo; se le muere la piel. Pese a este peligro, sin conocer los detalles, el prófugo decide ir a este insólito lugar. Escapa desde Rabaul, puerto de Papúa-Nueva Guinea, en Oceanía, pues su vida de prisionero era horrible.
Entre los «intrusos» que observa días después se encuentra Faustine. «En las rocas hay una mujer mirando las puestas de sol, todas las tardes. Tiene un pañuelo de colores atado en la cabeza; las manos juntas, sobre una rodilla». El narrador se enamora de ella. Intenta comunicarse de diversas formas, pero es en vano. La mujer no le hace caso. ¿Acaso él se ha vuelto invisible?
El prófugo asegura que la vez que le habló a Faustine él «estaba casi inconsciente». ¿Acaso la soledad, la locura, alimentarse de raíces desconocidas o las pesadillas le ha hecho crear esta historia? ¿Acaso estos excepcionales visitantes actuaban para él? ¿Acaso se encuentra en el infierno? ¿Qué significado tiene la capilla, «el sitio más solitario de la isla»? Son muchas preguntas y un número mayor de hipótesis.
La prosa es cuidada. Esto corresponde a que el narrador es un escritor, posiblemente nacido en Venezuela. (En cierto momento menciona las «frías alturas» de ese país y afirma haber estado en Caracas. No obstante, no hay localismos propios de su lugar natal). En vez de decir «dejé de hablar», dice: «Renuncié a las palabras», una forma más literaria.
En su diario personal, el narrador no ofrece fechas. Quizá porque ignora el día en que se encuentra. Dedica muchas páginas a describir el lugar, lo que fatiga un poco. «El lector atento puede sacar de mi informe un catálogo de objetos, de situaciones, de hechos más o menos asombrosos», dice. Lo malo es que abunda mucho en lo primero. Un hecho poco frecuente en los relatos de ficción son las notas de un «editor» anónimo a pie de página. Es un artificio que permite a otra persona comentar algunos detalles del relato del prófugo.
Estamos en el mundo de lo absurdo. Un grupo de personas baila en medio de una tempestad, hace ejercicios de calentamiento durante un calor abrasador y habla correctamente el francés «casi como sudamericanos» (¿?). Las conversaciones se repiten, habitan bajo dos soles en el día y dos lunas en la noche.
«Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas», dice el narrador de modo significativo. Un libro que destaca por la imaginación del autor y su esmerada prosa.

Adolfo Bioy Casares.


La frase: «Si queremos desconfiar, nunca faltará la ocasión» (La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares).

jueves, 9 de octubre de 2014

Crónica de una muerte anunciada (1981) | Gabriel García Márquez

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Un asunto de honor
Crónica de una muerte anunciada (1981) | Gabriel García Márquez


«Volví a este pueblo olvidado tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria», dice el narrador anónimo de Crónica de una muerte anunciada (1981), novela Gabriel García Márquez. Con un espíritu de reportero, aquel intenta reconstruir un crimen ocurrido hace casi tres décadas.
Para ello, se vale de entrevistas a diversas personas, frases de un expediente judicial y su propio recuerdo, pues fue amigo de infancia y adolescencia de Santiago Nasar, la víctima. Por otro lado, era primo remoto de los Vicario, los asesinos. Un testigo de excepción.
A veces una conversación con un testigo es insuficiente. «Me confesó en una visita posterior, cuando ya su madre había muerto», señala el narrador acerca de sus indagaciones. De un largo interrogatorio consigna una frase. No abunda en reiteraciones. El relato es producto de un impresionante poder de concisión.
Desde la primera línea, un inicio sugerente, se sabe que el protagonista será asesinado («El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana»). ¿Por qué? ¿Por quién o por quiénes? ¿Cómo? Las respuestas las tendrá el lector a medida que avanza en un camino sembrado de información.
El primer párrafo anuncia, además, un manejo despiadado de los tiempos. Del presente pasa a las 5.30 del día de la muerte, de ahí menciona lo que soñó Santiago Nasar e inmediatamente lo que le contó 27 años después la madre de este al narrador. Así se edifica esta historia, compuesta por cinco secciones desprovistas de título.
¿Dónde se encontraba el narrador durante el crimen? En un burdel, con María Alejandrina Cervantes, «la más servicial en la cama». Visitar el prostíbulo del pueblo era visto como algo casi natural. El machismo es evidente en la sociedad del lugar. Divina Flor, hija de una cocinera, «se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar». Bayardo San Román, horas después de casarse, rechaza a la bella Ángela Vicario por no ser virgen. La madre de esta decía acerca de sus hijas: «Son perfectas. Cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir».
La hipérbole, marca registrada de García Márquez y del realismo mágico, se encuentra en los gastos de la boda de Bayardo San Román. Un caso: «Se consumieron 205 cajas de alcoholes de contrabando y casi 2.000 botellas de ron de caña que fueron repartidas entre la muchedumbre». Muchas cosas pudieron evitar el crimen, pero no lo consiguieron, como la nota enviada a la casa de Santiago Nasar en la que le avisan que lo esperan para matarlo.
Un crimen que impactó a todo un pueblo y en el que sus habitantes participaron sin piedad. Tal parece que son parte de un espectáculo: «Todo lo que ocurrió a partir de entonces fue del dominio público. La gente que regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen».
Hay una mención cariñosa a Mercedes Barcha, esposa en la vida real de García Márquez, quien no oculta algunos nombres de su familia. Otro ejemplo de enlazar algo es cuando señala que el padre de Bayardo San Román fue un general que se enfrentó al coronel Aureliano Buendía, el protagonista de Cien años de soledad (1967), novela del propio García Márquez.
El argumento se basa en un hecho real ocurrido en 1951, en la región Caribe de Colombia. Las descripciones son precisas y el estilo es impecable, salvo unos defectillos, como «me dijeron a mí». Un argumento magnífico, contado de una manera genial. Bien puede aplicarse aquí una frase atribuida al ruso León Tolstói: «Pinta tu aldea y serás universal».

Gabriel García Márquez.

La frase: «Ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía» (Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez).

domingo, 5 de octubre de 2014

Batman: El regreso del caballero oscuro (1986) | Frank Miller

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Vuelta y adiós
Batman: El regreso del caballero oscuro (1986) | Frank Miller



Batman: El regreso del caballero oscuro (Batman: The Dark Knight Returns, 1986), escrita e ilustrada por Frank Miller, demuestra que las historietas de superhéroes pueden ofrecer obras maestras.
Dividida en cuatro capítulos, de medio centenar de páginas promedio cada una, esta novela gráfica es valiosa por ir más allá con su historia, por escaparse de lo convencional, por ofrecer una estructura sencilla pero muy coherente, en un ritmo intenso.
Tras diez años de su última aparición, el Hombre Murciélago vuelve para combatir el crimen, enfrentarse a dos de sus archienemigos (Dos Caras y Guasón). También observamos la participación de Superman (el otro gran superhéroe de DC Comics, la empresa de historietas a la que pertenece Batman), la tensión entre Estados Unidos y Unión Soviética, la discusión sobre si el fin justifica los medios para lograr la justicia, la importancia de la televisión. Todo en un argumento muy bien estructurado.
Estamos en la década de 1980, en Estados Unidos gobierna un presidente cuyos rasgos nos remiten a Ronald Reagan (1981-1989), quien tuvo una tensa relación con los soviéticos. En la ficticia Gotham City, Batman se ha retirado hace una década por la muerte del segundo Robin, su ayudante justiciero, cuya identidad verdadera es Jason Todd, a manos del Guasón. El multimillonario Bruce Wayne, nombre que esconde el superhéroe, a los 55 años es un mustio alcohólico.
Los noticieros televisivos indican que la delincuencia está en su momento de mayor auge con  Los Mutantes, pandilla que en su mayoría se arrima al que la va bien. Gracias a los telediarios, de papel protagónico en el cómic, el lector se entera del conflicto entre las superpotencias en la ficticia isla Corto Maltés, claro homenaje a las historietas del italiano Hugo Pratt. Este argumento paralelo expresa el temor por las bombas nucleares. Uno de los efectos del estallido de esta letal arma es un apagón, el caos, la inutilidad de las máquinas de forma imprevista, como aquel avión que se estrella contra un rascacielos de Gotham, cuyos edificios, puentes y calles se asemejan a Nueva York.
Es por la televisión que el líder de Los Mutantes lanza esta amenaza: «Yo mismo mataré al necio de Batman. Arrancaré la carne de sus huesos y los sorberé hasta dejarlos secos. Me comeré su corazón y arrastraré su cadáver por la calle». En el transcurso de la historia, decenas de muertes se apilan. Parece que no hay salvación.
La discusión acerca de los códigos de Batman para luchar contra el crimen se ve continuamente en los programas de televisión. Ellen Yindel, la sucesora de James Gordon (aliado del Caballero Oscuro, por quien ha forzado y roto las reglas), comisario de la ciudad que se jubila a los 70 años de edad y después de 26 años en el cargo, es muy crítica con el enmascarado: «Lo primero que haré como comisaria de Policía será cursar una orden de arresto contra Batman por asalto, allanamiento, peligro público...».
Unos tildan a Batman de «fascista», «psicótico», «amenaza para la sociedad». Señalan que abusa de la fuerza, que agrede sin necesidad, que allana sin respetar las normas, que no respeta los derechos civiles, que trabaja con una adolescente (Carrie Kelly, de 13 años, sucede a Todd como Robin).
En contraposición, sus defensores afirman que él es el único que se enfrenta eficazmente al crimen, que permite que la gente no viva atemorizada, que las leyes son estúpidas e inútiles. En medio del caos, Batman dirá: «Esta noche yo soy la ley».
Hay varios discursos que configuran el argumento. Los diálogos, las informaciones de los noticiarios y los monólogos de los personajes principales. Para distinguir estos últimos, el fondo de los globos son de distinto color: el gris es para Batman, el azul para Superman, el amarillo para el tercer Robin, el verde para el Guasón.
Batman debe poner la cara en diversos frentes. ¿Cómo saldrá librado de ello? Ahí tenemos el ingenio de Frank Miller para resolverlo. Una joya de la novela gráfica.

Frank Miller.


La frase: «Una pistola es el arma de un cobarde, de un mentiroso» (Batman: El regreso del caballero oscuro, Frank Miller).

lunes, 29 de septiembre de 2014

Entrevista a César Hildebrandt



César Hildebrandt, hasta hace unas semanas conductor de un programa en radio San Borja, hoy escribe sin prisas sus memorias y una serie de biografías apócrifas. En la conversación que sigue habla de su relación difícil con personajes importantes de la cultura nacional. 

Usted interrumpió sus estudios de Educación en la especialidad de lengua y literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal en 1968. ¿Entonces no tenía una vocación definida?
—Me convencí de que no iba a tener ni la paciencia ni la generosidad como para ser educador. Y me convencí, además, de que iba a ser un maleducado crónico. Me convencí de la impostura y, la verdad, también me convencí de la medianía casi homicida de la Villarreal. Así que salí corriendo.
Estudió la secundaria en el Colegio Militar Leoncio Prado. ¿Le dejó alguna huella su paso por esta institución? La disciplina, quizá.
—La resistencia pasiva, porque imaginar cómo vadear esa disciplina era parte del encanto. También me enseñó muchas cosas tradicionalmente buenas porque tenía un profesorado excelente.
Trabajó nueve años en la revista Caretas, de 1971 a 1980. Fruto de esta experiencia es Cambio de palabras (1982), que reúne sus mejores entrevistas. ¿Por qué no se anima a reeditarlo?
—Porque probablemente los derechos los tenemos compartidos Mosca Azul y yo. Guardo un escrupuloso silencio en relación con el señor [Abelardo] Oquendo, silencio que además es recíproco. Se me hace muy difícil plantearle la reedición del libro, pero no está mal la idea. Se la tomo.
¿Hay alguna posibilidad de llevar al libro algunas entrevistas realizadas para la televisión? Recuerdo gratamente una: al tenor español Alfredo Kraus.
—No, no hay ninguna posibilidad. La entrevista televisiva tiene por completo otro linaje, otra textura. La entrevista escrita está muchas veces dulcemente deformada por la edición.
Ha confesado que Alfonso Tealdo, exconductor del programa Pulso, es su maestro en la entrevista. ¿Qué tipo de enseñanza recibió de este periodista que falleció en malas condiciones y que inventó las preguntas impertinentes en la televisión peruana?
—Lo que aprendí de él fue a rabiar con método. Yo rabio, luego existo. Alfonso era un hombre que combinaba perfectamente la inteligencia con la indignación. Efectivamente, él introdujo la impertinencia en la televisión, la inventó, la patentó y fue pagado por el sistema como el sistema suele pagar a los mejores, en el absoluto abandono, en manos de Genaro Delgado Parker.
Hay un aspecto poco conocido de su biografía: trabajó durante la dictadura de Juan Velasco Alvarado en las oficinas gubernamentales de la Comisión Nacional de Propiedad Social (Conaps). ¿Cuál fue su papel? Mario Vargas Llosa lo califica en sus memorias de ingenuo por desempeñar esa labor.
—Prefiero ser ingenuo que avezado. No solo recuerdo con cariño esa labor, sino me da una gran lástima que no haya en el Perú una empresa de trabajadores. Yo era jefe de Comunicaciones de la Conaps. Se trataba de fomentar la creación de empresas de trabajadores y no eran cooperativas, sino empresas cuyo accionariado estaba encarnado en los trabajadores. Entonces era un experimento yugoslavo, titoísta, utópico, efectivamente iluso en cierto sentido; pero es que en el Perú no tener ilusión es suicidarse.
Ha tenido programas televisivos, algunos muy exitosos, en los canales 2, 4, 5, 9 y 13, en democracia y dictadura. ¿Qué función ha tenido la censura en la cancelación de estos proyectos?
—Protagónica. Jamás me he ido de la televisión por mi cuenta. Siempre me han echado. La primera vez porque entrevisté a Yasser Arafat y la comunidad judía ejerció una enorme presión para que yo fuera echado. Eso fue en mi programa Testimonio. Y la última vez porque entrevisté civilizadamente a Ollanta Humala cuando lo que se quería era que me convirtiera en una suerte de Drácula improvisado y saltara a la yugular de Humala. En medio ha habido casos extraordinarios, como cuando me sacaron del aire y reemplazaron mi programa por uno de corte cómico llamado Los detectilocos. Me quedé esperando el regreso de comerciales como un perfecto estúpido, hasta que me di cuenta de que estaba despedido. Y eso fue porque Sonia Goldenberg hizo un reportaje que difundí a pesar de las advertencias respecto a la corrupción de la Policía. El otro caso clamoroso es cuando Ricardo Uceda, reportero de mi programa, localizó en Panamá al «Comandante Camión», al señor Artaza. Fui advertido de que si sacaba eso salía del programa. Me lo dijo Mendel Winter. Y entonces decidí sacarlo, y ellos me sacaron a mí.
¿Hay alguna diferencia entre la censura en democracia y en dictadura?
—Déjeme decirle, seguramente será una novedad para algunos, ninguna. Con Fujimori había menos dictadura del capital que hoy día en la televisión, aunque usted no lo crea. Hoy día la televisión se ha convertido, hasta el momento y por lo que vemos, en un absoluto y dócil parlante de la clase dominante y del poder económico. Con Fujimori había matices, fisuras y grietas, por los cuales podía introducirse una cierta dosis de libertad. Nunca el sistema ha estado tan magistralmente cerrado.
Mencionó a dos reporteros que trabajaron bajo su dirección. Otros célebres son Rossana Cueva, Juliana Oxenford, Fernando Ampuero, Beto Ortiz, Nicolás Lúcar. ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—Pero por qué no ha mencionado a Cecilia Valenzuela.
Sin duda, Cecilia Valenzuela... ¿Qué cualidades busca para que integren su equipo periodístico?
—La pasta de un reportero: audacia, ganas, talento, vocación por el riesgo..., ganas de joder. Sin ganas de joder no hay periodismo. No hay, simplemente. Otros lo dicen elegantemente, pero en realidad es eso.
Usted entrevistó a Alfredo Bryce Echenique en 1972. Más tarde, en 1992, lo volvió a hacer, pero con el novelista en copas. En 2005 escribió que el autor de Un mundo para Julius (1970) es un «hombre de un solo libro que terminó escribiendo cuarenta». ¿Qué produjo ese distanciamiento entre ambos?
—Yo nunca estuve muy cerca de Alfredo Bryce. El hecho de que lo entrevistara cordialmente no significaba nada. Yo, en realidad, amé Un mundo para Julius, pero nunca pude leer con placer ninguno de sus otros libros. La mayoría de los cuales se me cayó después de la página 15 o 20 de las manos, con excepción de un pequeño relato que anda por ahí y que se llama Muerte de Sevilla en Madrid, que es la historia de una diarrea. Es un libro fantásticamente surrealista, extraordinariamente estrambótico. Salvo eso, para mí Alfredo no escribió otra cosa importante. Lo de las copas, perdóneme, no fue mi responsabilidad. Lo invito a la televisión. Él llega en copas. Le digo que por favor no salgamos, le digo que no grabemos, le suplico que lo hagamos otro día. Insiste, insiste e insiste hasta la inmolación. Y, claro, qué podía hacer yo. Pero no fue una cosa premeditada. Yo no soy una persona que emborracha a sus invitados para lucirse. Dicho sea de paso, Alfredo Bryce nunca estuvo más lúcido que esa noche. (Risas).
A Vargas Llosa también lo entrevistó en innumerables ocasiones. En El pez en el agua, el novelista dice acerca de usted: «Magnífico periodista, sabueso tenaz, investigador acucioso e incansable, bastante más culto que el promedio de sus colegas y valiente hasta la temeridad». ¿Qué ocurrió para que esa amistad se quebrara?
—Varias cosas. Básicamente, creo que mi respeto por el valor literario de Vargas Llosa no se ha movido un milímetro. Sigo creyendo que sus tres primeras novelas son las mejores que se han escrito en el Perú, pero largamente. Incluyo en esta comparación personal y arbitraria a Arguedas y a Alegría. Todo lo que ha pasado después será dentro de muchos años, cuando todos estemos debidamente enterrados, anécdota, cosa menor. Mario es el mejor novelista que ha parido este país de tan pocos novelistas. Es un fenómeno. Ahora, a mí sí me parece lamentable que Mario se haya comprado la idea de los neocoms, de que el mundo es mejor tal como está ahora y que vamos al progreso y que la aldea global es una especie de destino manifiesto y multitudinario. No creo para nada eso. En todo caso, la derechización de Mario es un derecho, un derecho que él ha ejercitado, y la molestia de quienes lo queremos y lo admiramos es también otro derecho. Estoy molesto con Mario Vargas Llosa colaborador de El País, pero como novelista no puedo discutir que es una cima casi irrepetible en el Perú, sinceramente.
«No he perdido mi fe en el socialismo», escribió en 1981, en el prólogo de Cambio de palabras. ¿Qué sucedió para que nueve años después apoyara al Fredemo, agrupación considerada de derecha?
—Es una buena pregunta. Ni Bedoya Reyes ni Fernando Belaunde fueron objeto de mi admiración y no lo serán nunca. Apoyé a Vargas Llosa porque creo que su honestidad encrespada le hubiera hecho mucho bien al país. Un conservador decente le hubiera hecho mucho bien al país. Ahora, luego viene Fujimori, claro, y es fácil decir que, frente a Fujimori, Vargas Llosa era la alternativa correcta. No voy a decir eso, porque eso sería fácil y desmemoriado. Aposté por Vargas Llosa cuando Fujimori no existía en las encuestas. Yo sí creía que la decencia en el poder iba a funcionar como desratizadora e insecticida. Hace muchos años, oiga usted, que la decencia y la política se han divorciado en el Perú. La decencia, en el sentido más estricto de la palabra, y, si usted quiere, en el sentido más escolar, más normativo. No me arrepiento, por lo tanto. Admito que en mi hoja de vida esto aparece como una contradicción, desde luego que sí.
Con el escritor y periodista Fernando Ampuero mantiene también una conflictiva relación, de la cual es producto el libro El enano (2001). ¿A qué atribuye ese pleito constante?
—Es un pleito que lo considero una letra vencida ya. No pretendo reavivarlo. Me parece penoso, lamentable. Ha sido una manera impúdica de ventilar diferencias que nacieron de cosas muy menores. Recuerdo que cuando yo era jefe de Informaciones de Caretas un día se me acercó Fernando Ampuero y me dijo que leyera su libro Miraflores Melody (1974). Un día lo hice, todo lo que pude, y abiertamente lo rechacé desde el punto de vista estrictamente literario, estético. Recuerdo a un Ampuero urgido de que yo le diera una opinión. Y yo no quería darle mi opinión porque era innecesaria. Además, hubiera sido cruel, pues él era un redactor y yo, su jefe. Nunca se la di. Nuestras diferencias nacieron de esas cosas, absurdas, nimiedades que después se han convertido en monumentos a la cólera, bustos al extravío. Es absurdo. Pero considero que esto ya está superado. No le voy a dar combustible a una hoguera tan diminuta.
Algunos han criticado que con los hermanos Lupe y Fernando Zevallos, exdueños de la línea aérea peruana Aerocontinente, en prisión este último acusado de narcotráfico, no fue tan duro en sus entrevistas. ¿Qué respuesta tiene?
—Eso lo dicen los estúpidos que nunca, probablemente, vieron una entrevista. Lo que pasa es que yo tenía algunas primicias porque mi secretaria, Ilse Yzaga, era muy amiga de Lupe Zevallos y a través de ella las conseguíamos, pero mi distancia respecto del narcotráfico creo que no necesito remacharla. Hay algunos consumidores que son grandes luchadores públicos en contra del narcotráfico. Yo lucho contra el narcotráfico y, además, no consumo, cosa que usted en el gremio no encontrará fácilmente.
En una entrevista de mayo de 2007, dijo a la revista Caretas: «No hay ninguna relación con La Primera. Ese diario lo ha comprado Martín Belaúnde, un hombre muy próximo a Ollanta Humala. [...] No soy humalista ni reservista». ¿Qué lo motivó a aceptar escribir en ese diario?
—Conversar con Arturo Belaunde y convencerme de que me daba un espacio absolutamente libre, libertino. Soy —digamos— un ácrata en La Primera, que es un diario al que tengo que agradecerle la acogida porque es el último refugio de un hombre que ha perdido continuidad, todas sus tribunas. Me queda La Primera y, como no hay primera sin segunda, espero que me quede otra cosa. Mi consuelo parece un valsecito, pero así es.
En un artículo publicado en Perú.21, Beto Ortiz escribe: «No insistas más. Claudica. Ríndete. Es inútil. Escribes hasta el culo». ¿Qué le respondería al hoy conductor de Enemigos íntimos y exreportero suyo?
—Nada.
En tiempos universitarios publicó poemas, en 1985 obtuvo el primer premio del concurso El Cuento de las Mil Palabras y en 1994 publicó la novela Memorias del abismo. Alguna vez dijo: «Nunca más publicaré sin estar satisfecho». ¿Por qué no se siente escritor de ficción?
—Porque no me he atrevido, porque no lo he hecho, porque me he dedicado más al periodismo. Soy un secuestrado del periodismo y porque, para sentirse novelista, hay que escribir novelas, en plural, y hacerlo bien, dedicarse a ello casi de un modo excluyente. Soy un consumidor de novelas, pero no me siento un novelista, lo cual no significa que no lo intente otra vez. Cuando gané el Cuento de las Mil Palabras supuse que escribiría muchos otros cuentos, pero no me dio la gana, porque me dije: «¿Y ahora qué vas a demostrar? ¿Que esto no fue chiripa, que esto no fue casualidad, y ante quién, quiénes? ¿Qué jurado invisible y exigente te demanda algo así?». Entonces, me sentí olímpico y mandé al carajo todo. Odio las performances. Odio este tipo de metas de productividad. Si escribes un buen cuento y ganas un premio, tu destino es ser cuentista. No, mi destino es no ser cuentista. Prefiero mil veces el periodismo. Para mí, el periodismo es algo importante. Sé que esto suena completamente anacrónico, porque el periodismo es ahora la quinta rueda del coche.
Por último, hace más de un año anunció la publicación de sus memorias para la Editorial Planeta. ¿Por qué la demora?
—Cuando llegué a la página 100, me di cuenta de que no iba a cumplir con el plazo y de que eran memorias que estaban gobernándome. Entonces me dije que esto no es para hacerlo ahora. Además, mis memorias no pueden ser las de un hombre que pasó más de 20 años en la televisión. Me he dedicado a escribir con suma lentitud, espero que con alguna gracia, memorias de verdad, que abarquen no solo la televisión, sino el entorno de esta. Algún día saldrá. Por otro lado, escribo biografías apócrifas, inventadas. En total, 20 personajes. Ya tengo unas 80 páginas. Me ha pasado algo sorprendente: me he dado cuenta de que la mayor parte de las biografías en el Perú son apócrifas sin decirlo, porque aquí el arte de la impostura es el que más se cultiva. Yo voy a ser lo que no soy. Desde el punto de vista filosófico, este es un país excepcional, casi nadie es lo que es. Es impresionante. El libertador que no fue libertador. El héroe que no lo fue. El escritor que en realidad es un estreñidísimo grafómano. El poeta que escribe cosas que parecen traducciones de aficionado de poesía húngara. El catedrático que no tiene nada que enseñar. El periodista mermelero. El dueño de periódico que pregona la ética, pero no paga deudas. (Risas). El dueño de un canal de televisión que tiene un programa donde cada domingo encara, confronta y condena, pero que le debe a la Sunat 50 millones de soles. Es extraordinario. Este no es un país. En realidad, es una novela.

2008

* Publicado como «El Perú es una novela», en el suplemento «Semana», del diario La Primera, Lima, 31 de agosto de 2008, páginas 4-6.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Watchmen (1987) | Alan Moore

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Extraña conspiración
Watchmen (1987) Alan Moore

Watchmen (1987) es, sin duda, uno de los picos más altos de un género hasta entonces poco respetado. Esta historieta de superhéroes con guion de Alan Moore, con dibujos de Dave Gibbons y coloreada por John Higgins, es el único cómic que aparece como una de las cien mejores novelas en inglés desde 1923, en la lista elaborada por la revista Time en 2005.
En Estados Unidos son tres las novelas gráficas que han permitido a este género ser apreciado por la crítica más rigurosa: Maus (1991), de Art Spiegelman, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1992; Batman: El regreso del Caballero Oscuro (Batman: The Dark Knight Returns, 1986), de Frank Miller, y Watchmen. Estas dos últimas editadas por DC Comics, compañía estadounidense que tiene en su catálogo a dos de los personajes más conocidos: Superman y Batman.
Watchmen se inicia en 1985, con la muerte de Edward Blake, nacido en 1924 y quien se hacía pasar por el superhéroe El Comediante. Trabajaba para el gobierno de Estados Unidos dedicado a derrocar repúblicas marxistas de América Latina. Cierto día en Nicaragua descubre algo que lo llevaría a la tumba. «Yo he hecho cosas malas. Hice cosas malas a algunas mujeres. ¡Disparé a niños! En Vietnam disparé a niños...», confiesa aterrado por lo que acababa de enterarse, algo mucho peor de todo lo que había cometido.
El Comediante perteneció a los Crimebusters, un grupo de superhéroes integrado también por el Dr. Manhattan, Ozymandias, Búho Nocturno, Espectro de Seda y Rorschach. En 1966, durante la primera reunión de estos combatientes de la justicia, El Comediante aseguró que luchar contra los delincuentes era un juego de niños frente a la futura amenaza nuclear. Esa declaración hará cambiar poco a poco el modo de pensar de Ozymandias.
Acerca del fallecido compañero, Rorschach dice: «Tenía una gran personalidad. No le importaba si le caía bien o mal a la gente. Era inflexible. Lo admiraba. De todos nosotros, él era el que mejor entendía a la gente, al mundo, a la sociedad y lo que está pasando en ella».
La muerte de El Comediante permite al Dr. Manhattan recordarlo en la Guerra de Vietnam (1964-1975), en la que una de sus víctimas fue una mujer embarazada que reclamaba la paternidad para su hijo. Blake tenía una extraña actitud frente a la vida. No reparaba en nada para conseguir lo que quería. «Nunca he conocido a nadie tan deliberadamente amoral», refiere su colega. «En cuanto te das cuenta de que todo es un chiste, ser El Comediante es lo único que tiene sentido», opinaba Blake, quien cierta vez intentó violar a la madre de Espectro de Seda.

Espectro de Seda, Dr. Manhattan, Búho Nocturno, El Comediante, Ozymandias y Rorschach.

El rechazo a los Crimebusters aumenta con el tiempo. «¡No queremos vigilantes! ¡Queremos polis normales!», reclama alguien en una protesta. Algunas pintas en las paredes de las calles describen el momento: «¿Quién vigila a los vigilantes?». El Dr. Manhattan, al evocar 1977, declara: «La Policía está en huelga. Alegan que los aventureros disfrazados hacen imposible el correcto desempeño de su trabajo. Todo el mundo está asustado. La anarquía se respira en el ambiente». La Ley Keene, aprobada el 3 de agosto de ese año, prohíbe los superhéroes enmascarados. Los vigilantes se vuelven ilegales, excepto dos: el Dr. Manhattan y El Comediante, quienes actúan supervisados por el Gobierno estadounidense ante la amenaza extranjera.
Son tiempos duros. Existe el miedo de que se desencadene la Tercera Guerra Mundial. El eje opositor a Estados Unidos, Unión Soviética, invade Afganistán, lo que produce alarma en la población. En este contexto, Richard Nixon, gobernante en la vida real de 1969 a 1974 y aquí, de manera ficticia, es presidente en 1985, después de varias reelecciones, piensa atacar antes. La gente está pendiente de las noticias. En un ambiente en que la paranoia ronda, un tipo mata a sus dos hijas delante de la madre de ellas, por temor a la guerra nuclear y luego se corta la yugular.
Que Nixon sea presidente es una forma de mostrar el grado de deterioro político de Estados Unidos, pues él es el único mandatario que dimitió al cargo (estuvo involucrado en escuchas ilegales a sus opositores). En las últimas páginas se dice que el actor Robert Redford podría ser candidato para las elecciones presidenciales de 1988. Es una irónica referencia a un colega de este: Ronald Reagan, que gobernó el país en la vida real de 1981 a 1989 y que tiene las mismas iniciales (RR).
Nueva York es descrita por Rorschach, visitante frecuente de los bajos fondos, como «un animal fiero y complejo». Este superhéroe confiesa que cierta vez dio con un sujeto que secuestró, violó y asesinó a una niña, a la que había carbonizado una parte y el resto dado de comer a los perros. Su reacción estuvo al margen de la ley.
El suplemento semanal del diario The New York Times dedicado a la crítica, The New York Times Book Review, ha señalado que Watchmen ofrece personajes «con unos perfiles psicológicos asombrosamente complejos». En efecto, la muy definida personalidad de cada superhéroe es muy interesante. Para conocerla, es necesario hurgar en el pasado de cada uno. El doctor Jon Osterman (Dr. Manhattan) y el accidente que lo cambió por completo. Daniel Dreiberg (Búho Nocturno) y su afición por las aves. Laurie Juspeczyk (Espectro de Seda) y la búsqueda de la identidad de su padre. Walter Joseph Kovacs (Rorschach) y su infancia difícil. Adrian Veidt (Ozymandias) y su admiración desmedida por el faraón Ramsés II y el emperador macedonio Alejandro Magno.
La historieta reproduce fragmentos del diario de Rorschach, que se inicia el 12 de octubre y termina el 1 de noviembre de 1985. Para diferenciarlos de otros textos, tiene fondo amarillo. En cambio, los diálogos y pensamientos del Dr. Manhattan llevan fondo celeste. También se toman las anotaciones del doctor Malcolm Long, quien trata a Rorschach en la prisión.
Luego de los 11 primeros capítulos de los 12 que tiene el cómic, hay una serie de documentos ficticios. Todo para darle verosimilitud al relato. Por ejemplo, la primera parte de Bajo la máscara, libro de Hollis Mason, sobre los primeros superhéroes. También se incorporan una narración de infancia, el informe de arresto y la evaluación psiquiátrica de Rorschach, un documento militar sobre el Dr. Manhattan, una entrevista a la madre de Espectro de Seda, un ensayo sobre Relatos de la fragata negra (historieta sobre piratas cuyo guionista desapareció un par de años antes y del que se reproducen varias viñetas).
¿Quién es el asesino de Edward Blake? ¿Cómo evitar que Estados Unidos y Unión Soviética se enfrenten? Eso lo descubrirá el lector de esta apasionante y visionaria historieta. Obra maestra sin discusión.

Alan Moore.

La frase: «Ningún problema del mundo es insuperable, siempre que se le dé el enfoque adecuado» (Watchmen, Alan Moore).