1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar en cualquier librería o biblioteca. Ahora, si revisamos algunas, encontramos paradojas dignas de mención. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Sin embargo, lo más sorprendente es que es un descarado plagio de las líneas que Fernando Herrera le escribió al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).
Otra atípica dedicatoria aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». No obstante, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, están casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) figura: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. Así, quedó perennizada la amistad.
Del mismo modo, Alfredo Bryce Echenique no ocultó su fraternidad. En su caso con un banquero prófugo, en su breve novela La última mudanza de Felipe Carrillo (1988): «A Luis León Rupp, a quien siempre recibo en mi casa con una etiqueta negra en el whisky y el corazón en la mano».
Enrique Vila-Matas tiene por costumbre, en cambio, consagrarle todas sus obras de ficción a su cónyuge, Paula de Parma en la forma literaria. «Aquello fue una forma de imitar a Nabokov, cuyos libros siempre estaban dedicados a su esposa, Vera», explicó en una entrevista el autor de Bartleby y compañía (2000).
Una de las más bellas figura en La cifra (1981), poemario de Jorge Luis Borges: «Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio». Así, el autor argentino perennizó su afecto por quien sería su segunda esposa.

*
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no ha vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».


* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.

Las 10 mejores novelas peruanas

La memoria de un encuestador*



En agosto de 1994, mi amigo Alonso Rabí y yo nos reunimos en un café para trazar planes. Uno de ellos era la realización de una encuesta que indagara cuáles son las diez mejores novelas peruanas. Los participantes podrían citar dos o más obras de un mismo autor. El orden sería indiferente. Además, solo se considerarían los libros publicados hasta setiembre de ese año.
Elaboramos una larga lista con nombres de las personas que participarían, las más representativas de nuestra literatura: poetas, narradores, dramaturgos, críticos, editores. Tras seis meses y con la coordinación de la revista Debate, los resultados de la encuesta se publicaron en 1995. Si tardó en aparecer fue solo porque queríamos la mayor cantidad de participaciones. Al final tuvimos 93, lo que no está mal, pero pudo ser mejor.
Debo confesar que algunas personas nos resultaron difíciles de ubicar. Otras, como Jaime Bayly, Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, prefirieron no participar. Al más célebre de nuestros autores, Mario Vargas Llosa, le enviamos cartas y faxes, pero nunca recibimos respuesta.
A quien más veces hemos llamado por teléfono es a Jorge Puccinelli. Después de asegurarnos su participación, pedía que le dejáramos unos días más. Sin embargo, nunca nos entregó su relación. Por respeto a las otras respuestas y para evitar opiniones maliciosas, los organizadores decidimos no participar con nuestras listas.
Sin subestimar a las personas, me pregunto si un peatón común sabrá quién es Miguel Gutiérrez o Gregorio Martínez. Apenas conoce a contados autores: Alfredo Bryce Echenique es «el que se presentó ebrio en un popular programa de televisión», José María Arguedas «¿no es ese escritor que se suicidó?» y Mario Vargas Llosa es «quien pretendió ser presidente del Perú». Lamentable realidad de nuestra educación.

*
Cada encuesta refleja el espíritu de determinada época. Pasados algunos años, creo que el resultado cambiaría. Y si un día se organizara una consulta acerca de las mejores novelas latinoamericanas, con la participación de los países de la región, ¿volvería a aparecer La casa de cartón (1928) delante de La ciudad y los perros (1963)? ¿Sería Un mundo para Julius (1970) la novela peruana predilecta?
Aparte de este asunto geográfico, está el de la intervención política. ¿Ha influido en los participantes la candidatura de Vargas Llosa a la Presidencia de la República? ¿Ha causado alguna antipatía a su obra literaria la publicación de sus polémicas memorias, El pez en el agua (1993)? Pienso que sí. Según este argumento, me parece que el novelista arequipeño sale un poco perjudicado en la encuesta.
Sin embargo, el autor de La guerra del fin del mundo tiene más novelas mencionadas: cuatro en esta lista de diez. ¿Acaso es difícil elegir qué novela destaca nítidamente de su copiosa producción? El continuo postulante al Premio Nobel de Literatura no tiene una preferida por los encuestados sino varias, lo que al final de cuentas le resta votos a un libro.
Los gustos literarios cambian, lo que está bien, pues sería monótono que no sucediera así. En la diversidad está la riqueza de la creación. Pero, además, una cosa es la calidad y otra, la preferencia. Hay muchas novelas que son éxitos de venta hoy, pero nadie se acordará de ellas mañana.
En «Sobre los clásicos», ensayo de la colección Otras inquisiciones (1952), el argentino Jorge Luis Borges escribió con acierto: «Clásico no es necesariamente un libro que posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».
Un mundo para Julius, la mejor novela peruana. No me lo esperaba. Sin duda, es una obra de grandes méritos. Recuérdese que este libro de Bryce Echenique arrancó cálidos elogios de escritores tan prestigiosos como el chileno Pablo Neruda o el colombiano Gabriel García Márquez. Pero también es interesante observar cómo la crítica se dividió ante la aparición de esta obra. Para Abelardo Oquendo, «la novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder páginas». En cambio, Wáshington Delgado aseguró que Bryce Echenique, en este libro, es «capaz de escribir 500 páginas apretadas sin embarullar el hilo argumental, sin torcer la psicología de los personajes».
Asimismo, curiosas son las interpretaciones que se desprenden de esta novela: para algunos es un ataque feroz a la oligarquía; para otros, el canto de cisne de esta clase poderosa. No hay que olvidar que este libro fue publicado cuando su autor tenía apenas 31 años.

En otro análisis se observa que solo tres libros de la lista se publicaron antes que La ciudad y los perros, obra que marcó una línea divisoria en nuestra narrativa. Es curioso también notar que cuatro de los siete autores que han creado las diez mejores novelas peruanas se encuentren vivos. Quizá mañana estos mismos escritores, u otros, publiquen una novela que merezca en otra encuesta la mayor preferencia. En este sentido, es bueno pensar que la mejor novela peruana siempre está por escribirse.

Resultado

1) Un mundo para Julius (1970)                    76 votos
         Alfredo Bryce Echenique

2) Los ríos profundos (1958)                         73 votos
         José María Arguedas

3) El mundo es ancho y ajeno (1941)             60 votos
         Ciro Alegría

4) Conversación en La Catedral (1969)          54 votos
         Mario Vargas Llosa

5) La guerra del fin del mundo (1981)            48 votos
         Mario Vargas Llosa

6) La casa de cartón (1928)                          47 votos
         Martín Adán

7) La Casa Verde (1966)                              44 votos
         Mario Vargas Llosa

8) La ciudad y los perros (1963)                    40 votos
         Mario Vargas Llosa

9) Canto de sirena (1977)                             38 votos
         Gregorio Martínez

10) La violencia del tiempo (1991)                 30 votos
         Miguel Gutiérrez





* Publicado como «Las diez mejores novelas peruanas», en la revista Debate, número 81, Lima, febrero-abril de 1995, páginas 28-43.

Crónica: Berlín

Isaac, mi amigo de Berlín*




Una mañana de junio de 2001, mientras revisaba mi correo electrónico, leí en la lista de literatura de la Red Científica Peruana unos comentarios acerca del canon del prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki. Su autor: Isaac Risco Rodríguez. Me atreví a escribirle para expresarle mis opiniones, sin pensar que iniciaríamos una extensa correspondencia. Fue recién al llegar al aeropuerto de Berlín-Tegel, al año siguiente, que lo conocí en persona.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Berlín tenía 50 mil edificaciones destruidas y 75 mil millones de metros cúbicos de escombros. Su población había disminuido a dos millones 800 mil habitantes. Es decir, un millón y medio menos. Un buen retrato de la capital alemana de entonces es la película neorrrealista Alemania, año cero (Germania anno zero, 1948), del italiano Roberto Rossellini. Hoy, en cambio, es una ciudad moderna, cosmopolita y orgullosa, en permanente construcción a pesar de contar con numerosos rascacielos.
Al pisar suelo berlinés, entre tanta gente, pensé que sería difícil dar el uno con el otro. Sin embargo, no fue tan complicado por nuestro color de piel.
Me encontraba muy ilusionado en conocer esta ciudad. Apenas llegamos a su casa, dejé mis maletas y fuimos a recorrer la capital alemana. Pese a lo agotador del vuelo, no quería perder el tiempo.
«¿Qué es lo primero que quieres ver?», me preguntó Isaac. «La puerta de Brandeburgo», respondí sin dudar. Tomamos un metro que nos llevó al final de la avenida Unter den Linden, pero para mi mala fortuna el imponente monumento inaugurado en 1791 se encontraba en restauración. Estaba cubierto casi completamente. Pude observar apenas la cuadriga que conduce a la diosa de la paz, Eirene.
Por sugerencia de mi amigo, caminamos al Reichstag, sede del Poder Legislativo desde 1999, a pocas cuadras. Contemplé su enorme cúpula, mientras Isaac me comentaba que el incendio de este histórico edificio en 1933 le sirvió de excusa al canciller Adolf Hitler para disolver el Parlamento. Me sentía exhausto y era demasiado tarde, casi las dos de la madrugada, así que decidimos volver.
En el trayecto observé estatuas de osos distribuidas por el centro de la ciudad, de todos los colores y en diferentes posiciones. Me enteré por mi amigo que Berlín, según algunos, le debe su nombre a este mamífero.

Durante los días que pasé en la capital alemana no tuve mejor compañía que la de mi compatriota Isaac. Su conocimiento de los rincones de la ciudad, su dominio del idioma de Goethe (que aprendió en el colegio Alexander Von Humboldt, de Lima) y su amplia cultura me ayudaron muchísimo.
Aunque sabe lo difícil que es, piensa ser escritor. Por lo pronto, alterna su trabajo de camarero en el McDonald’s de Alexanderplatz con estudios de Literatura en la Universidad Libre de Berlín. A los 25 años de edad prepara su primer libro de cuentos.
«Quiero que aproveches al máximo tu estadía», me comentó frente a un plano de la ciudad, mientras tomábamos unas cervezas tipo pils, aunque no soy muy aficionado al alcohol. «No sabes lo que te pierdes», insistió antes de que yo aceptara. Luego señaló cada punto de interés y elaboramos un cronograma.
Fuimos a Alexanderplatz, cerca de su centro de trabajo. Ahí le pedí que, por favor, me tomara unas fotos, con la torre de telecomunicaciones, la estación del metro y el Reloj Mundial como fondo. Advertí que muchos hacían lo propio. Cambié un rollo de fotos y, con el hambre encima, fuimos a un carrito de comida rápida. Devoramos un currywurstsalchicha cocida, que me supo a manjar, con una limonada.
El Museo Checkpoint Charlie, ubicado en el centro de la ciudad, es uno de los lugares más visitados por los turistas. Allá llegamos luego. Recuerda los horrores de la Guerra Fría y exhibe algunos de los objetos de los que se valieron las cuarenta mil personas que escaparon del régimen comunista: un automóvil, una maleta, un globo aerostático, entre otros.
Se calcula que unas 250 personas murieron en el intento de cruzar el Muro de Berlín, llamado también Muro de la Vergüenza, que fue edificado en agosto de 1961 por las autoridades soviéticas y de Alemania Oriental para detener el éxodo hacia Occidente. Su caída, en 1989, no fue completa. Hoy se puede observar varios kilómetros en pie, donde artistas de todo el mundo dejan sus dibujos. Fragmentos de la derruida pared se venden en algunas calles como souvenirs. De la misma forma, inmigrantes de Europa del Este comercian objetos del extinto Ejército soviético: insignias, gorras o sobretodos.

La mayor presencia extranjera, sin embargo, la constituyen los turcos, quienes llegaron a Alemania con contratos de trabajo en la década de 1960 a falta de mano de obra local, al iniciarse el milagro económico. Hoy van por la tercera generación y suman más de dos millones de habitantes, muchos de fe musulmana, lo que equivale al 2 por ciento de la población del país.
Algunos aspectos de la transformación racial de la sociedad alemana se evidencian en que el futbolista Mehmet Scholl, mediocampista del Bayern de Múnich; la actriz Jasmin Tabatai y el político Cem Özdemir, miembro del Bundestag (Parlamento Federal) de 1994 a 2002, quienes destacan en sus respectivos campos, son de ascendencia turca. No extraña, así, el gran consumo de un plato tradicional de este país, conocido en Alemania como döner kebab, llamado shawarma en árabe, que consiste en láminas de carne de cordero o pollo, verduras y pan pita.
Otro día estuvimos en los palacios prusianos de Potsdam, a media hora de Berlín. En el Sanssouci, residencia favorita del rey Federico II el Grande (1712-1786), donde asombran edificios de estilo rococó y amplios jardines, nos confundieron con mexicanos. «Ya, mi cuate, es tarde», rio Isaac. De retorno, nos sorprendió sin paraguas una fuerte lluvia. En otro momento, recorrimos el Deutsche Kinemathek, museo dedicado al cine alemán, en Potsdamer Platz, donde disfrutamos de fragmentos de los filmes expresionistas El gabinete del doctor Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene, y Metrópolis (Metropolis, 1927), de Fritz Lang. La primera de terror y la segunda de ciencia ficción, ambas mudas. 
Un lugar especial es la Isla de los Museos. Ahí destaca el Museo Nuevo, donde quedé prendido del busto de piedra de Nefertiti (hacia 1370-1330 a. C.), esposa del faraón Akenatón. Pese a los 3.500 años de antigüedad, conserva vivos sus colores. «Ya, mi carnal, no te vas a quedar todo la tarde aquí», me reprochó Isaac, que lo ha visto decenas de veces. 

Camino a casa, sobre todo en el transporte público, me sentí bajito con mis 170 centímetros, 5 más de la media de mi país. La estatura media alemana, en cambio, es de 1,80 metros (la misma talla de la supermodelo Claudia Schiffer). Otro apunte de los germanos es su respeto a las normas. Cierta vez, Isaac y yo fuimos a caminar sin rumbo pasada la medianoche. A eso de las tres de la madrugada, cerca de la Columna de la Victoria, en la acera de una de las principales avenidas, vimos a un sujeto que esperaba que cambiara la luz del semáforo. «Este está loco. No se ve un auto por ningún lado. Debería cruzar», le dije a Isaac. «Así son los alemanes», me respondió mi amigo. «¿Acaso los contratan para dar una buena imagen?», agregué. Sonreímos.

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Cuando me encontraba en el avión de vuelta a Lima, a propósito de mi amigo Isaac, de quien me despedí con un fuerte abrazo, recordé la célebre frase de John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, en un discurso ofrecido en Berlín occidental: «Ich bin ein Berliner (Soy un berlinés)».

2002




* Publicado como «Bajo el cielo de Berlín», en el diario El Peruano, Lima, 19 de junio de 2003, página 9.

Crónica: Iquitos







Suelo viajar por avión sin temor, pero la vez que lo hice a Iquitos me entró pánico. Mi recelo aumentó debido a los gritos desesperados de una señora que estaba a mi lado, quien, con un rosario, gemía: «Ay, Diosito, se va a caer». La turbulencia, que nos impidió aterrizar por varios minutos, me produjo también escalofríos. Solo di un gran suspiro cuando llegamos al aeropuerto Francisco Secada Vignetta, de Iquitos.
Fui invitado por el entusiasta Jaime Vásquez, director del centro cultural Tierra Nueva, institución empeñada en revertir la pobreza cultural de la ciudad más importante de la selva peruana. Gracias a su auspicio, una veintena de autores de la región por fin ha publicado sus libros y una decena de intelectuales limeños hemos viajado a la capital de Loreto para exponer nuestros trabajos.
Cuando le comenté a un amigo periodista que presentaría en Iquitos mi libro Mario Vargas Llosa: entrevistas escogidas, me preguntó: «¿Quién te lo va a presentar? ¿Un mono?». Exagera, claro, aunque es cierto que la actividad literaria allá es escasa. Una muestra es que en toda la ciudad no existe una sola librería respetable. Solo hay locales donde se expenden artículos de oficina o para escolares. Esta alarmante situación se traslada a otras artes. La única sala de cine del lugar, por ejemplo, solo ofrece filmes comerciales. Hay que prender una vela para que un taquillazo coincida con una película de calidad.
Mientras me acercaba a la ciudad, desde la ventanilla del avión, poco antes de aterrizar, me atrajo poderosamente contemplar el caudaloso Amazonas en medio de la inmensa selva. Por eso, después de instalarme en el hotel El Dorado [hoy DoubleTree], salí a dar un paseo en el malecón Tarapacá, a una cuadra de la plaza de Armas, para observar el río Itaya, afluente del Amazonas. Fue hermoso pasar aquella tarde, ver ocultarse el sol en el bosque infinito. En esas circunstancias, una idea me golpeaba la cabeza: los peruanos nos sentimos orgullosos de que este imponente río nazca en nuestros Andes, pero no aprovechamos su enorme potencial.
Acerca del nombre del río existe división de opiniones. Para algunos, procede de la creencia de que en la región habitaban feroces guerreras, como en la mitología griega. Para otros, deriva del vocablo indígena amassona, que significa «barco destruido». También sobre su longitud hay discrepancias. Ciertos investigadores aseguran que el Nilo posee 6.695 kilómetros y el Amazonas, 6.275. Otros que el río africano alcanza 6.667 y el sudamericano, 6.762. Un mar de controversias.
Existe, asimismo, la idea de que en Iquitos los zancudos acechan. Nada más falso. También se cree que las loretanas son lujuriosas. En las calles limeñas uno recibe a veces volantes de prostíbulos con el rótulo de «Charapitas ardientes» como si prometieran el paraíso sexual. Es un prejuicio debido a que las iquiteñas visten con breves trajes por el clima tropical. ¿Existe prostitución en esta ciudad amazónica? Claro que sí, como en cualquier lugar.
Este mito, sin duda, fue alimentado por la novela Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, llevada al cine por Francisco J. Lombardi con igual título en 1999. En la obra, el protagonista apenas llega al hotel desata su libido con su esposa. Tiene el encargo secreto de frenar el ímpetu de las tropas con prostitutas contratadas en secreto por el Ejército, pues las violaciones de los soldados a las jóvenes del lugar se multiplican. El colmo fue sorprender a un cabo haciendo vida marital con una mona. ¿La humedad tibia, el clima tropical y la exuberancia de la naturaleza elevan el apetito sexual? «Soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca», afirma un importante militar en el libro.
Ya en la noche, quise conocer el complejo deportivo del Colegio Nacional de Iquitos, donde cada fin de semana el conjunto de tecnocumbia Explosión ofrece animadísimos conciertos hasta las cuatro de la madrugada. Así, me confundí entre la multitud, que, llena de alegría, entonaba canciones que jamás había escuchado en Lima. Grupos de jóvenes formaban círculos en torno a una caja de cerveza, levantando sus vasos, gastando bromas o ensayando algunos pasos. Me acerqué a la primera fila para observar a bellas muchachas desplazarse, exageradamente maquilladas, en tangas y largas botas, en sensuales bailes en el estrado. Por ahí me percaté de la presencia de algunos turistas extranjeros, aunque ellos frecuentan la discoteca más prestigiosa: el Noa.
A la mañana siguiente, en un motocarro (en Iquitos medio mundo se moviliza en este vehículo), partí al embarcadero Bellavista, a un cuarto de hora de la plaza de Armas. En el camino, descubrí que no existe calle donde no hallara una palmera. Con una lancha alquilada, recorrí el río Nanay. Así, observé algunos caseríos como el de los boras. Algunas de sus mujeres, desnudas de la cintura para arriba, pedían con gestos que las visitáramos. Sin duda, muchos indígenas viven con tal atraso que se encuentran en la prehistoria. Tan penoso como eso fue ver barcas que llevaban lentamente cientos de maderas atadas en dirección a los aserraderos. ¿Y las pirañas? «Solo atacan ante la presencia de sangre», me explicaron. Por otro lado, la única anaconda que pude apreciar se hallaba, por fortuna, disecada en el Museo Municipal. Medía 8 metros.
A propósito de alimentos: aunque los platos loretanos nunca me atraparon, puedo recomendar la cecina, carne delgada, salada y seca al sol, que muchos acompañan con tacacho, elaborado con plátano. Una muestra de la abundancia de este fruto es su bajo precio. Un cuarto de pollo a la brasa con plátano, por ejemplo, cuesta cuatro soles y medio. En cambio, con papas fritas vale un sol más. En Belén, llamada «La Venecia Amazónica», curioso barrio pobre constituido por casas de madera sobre el Itaya, vi que un racimo lo vendían a sol y medio. En el célebre mercado de este barrio, observé animales muy distintos del menú limeño: monos, tortugas, lagartos y suris, gusanos que se cocinan sobre una parrilla, como el anticucho. Gracias, pero no.
Entre puestos de jarabes caseros, licores exóticos (el típico rompecalzón) y amuletos, continué el camino hasta donde empiezan las viviendas «flotantes». Ahí, debo decirlo, la miseria y la insalubridad imperan. La gente camina sobre tablas para llegar a sus hogares de madera, que están rodeados de agua y gran cantidad de basura. Niños, perros. Un olor maloliente. ¿Cuándo el país saldrá de la pobreza? De regreso vi a varios comerciantes descansado, bebiendo cerveza o jugando a las cartas. También aves carroñeras en las pistas, como si fuera algo de lo más común.
La humilde condición de Belén contrasta con lo que se vivió en la época del caucho (1880-1914), de la que aún quedan testimonios arquitectónicos, como la Casa Morey (1913) o la Casa de Fierro (1890). Se dice que este edificio ubicado en una esquina de la plaza de Armas fue diseñado por el famoso ingeniero francés Gustave Eiffel, el mismo creador del mayor símbolo parisino. Sin embargo, la construcción más hermosa de aquella época es el antiguo Hotel Palace (1912), de tres pisos, con balcones, adornado en su fachada con azulejos sevillanos. En 1905, durante esa época dorada, la mitad de la población de Iquitos, entonces de diez mil habitantes, era del Viejo Continente, atraída por el exitoso comercio del látex. Aunque muchos de los inversionistas alcanzaron fortunas de forma repentina, como Carlos Fermín Fitzcarrald o Julio César Arana, miles de indígenas fallecieron tras arrastrar vidas de esclavos, condiciones infrahumanas, sin la protección del Estado.
La marginación que sufren los charapas, como se le dice a los amazónicos, hoy se evidencia hasta en su modo de hablar y por su singular vocabulario (huambrilla, muchacha; pelacho, calvo; sacha, falso). Recuerdo que en la universidad una guapa amiga rechazó a un muchacho solo por su dejo selvático. Una estupidez. Pienso como muchos que uno de los factores del atraso económico de esta región es la falta de carreteras que comuniquen Iquitos con otras ciudades. Aparte del transporte aéreo, la otra forma de llegar a la capital amazónica es por transporte fluvial, aunque no es tan sencillo: navegar desde el puerto La Hoyada, Pucallpa, uno se tarda cuatro días.

Terminada la visita, camino al aeropuerto, se desató una lluvia torrencial. Empapado, desde el avión, todo se veía oscuro. La selva se aprestaba a dormir.






* Publicado como «En el inquietante océano verde», en el diario Pro & Contra, Iquitos, 22 de abril de 2005, página 8.