1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar en cualquier librería o biblioteca. Ahora, si revisamos algunas, encontramos paradojas dignas de mención. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Sin embargo, lo más sorprendente es que es un descarado plagio de las líneas que le escribió Fernando Herrera al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).

Otra atípica dedicatoria aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». No obstante, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, se encuentran casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) figura: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. Así, quedó perennizada la amistad.
Del mismo modo, Alfredo Bryce Echenique no ocultó su fraternidad. En su caso con un banquero prófugo, en su breve novela La última mudanza de Felipe Carrillo (1988): «A Luis León Rupp, a quien siempre recibo en mi casa con una etiqueta negra en el whisky y el corazón en la mano».
Enrique Vila-Matas tiene por costumbre, en cambio, consagrarle todas sus obras de ficción a su cónyuge, Paula de Parma en la forma literaria. «Aquello fue una forma de imitar a Nabokov, cuyos libros siempre estaban dedicados a su esposa, Vera», explicó en una entrevista el autor de Bartleby y compañía (2000).
Una de las bellas figura en La cifra (1981), poemario de Jorge Luis Borges: «Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es una acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio». Así, el autor argentino perennizó su afecto por quien sería su segunda esposa.

*
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no ha vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».

2003




* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.

Las 10 mejores novelas peruanas

La memoria de un encuestador*



En agosto de 1994, mi amigo Alonso Rabí y yo nos reunimos en un café para trazar planes. Uno de ellos era la realización de una encuesta que indagara cuáles son las diez mejores novelas peruanas. Los participantes podrían citar dos o más obras de un mismo autor. El orden sería indiferente. Además, solo se considerarían los libros publicados hasta setiembre de ese año.
Elaboramos una larga lista con nombres de las personas que participarían, las más representativas de nuestra literatura: poetas, narradores, dramaturgos, críticos, editores. Tras seis meses y con la coordinación de la revista Debate, los resultados de la encuesta se publicaron en 1995. Si tardó en aparecer fue solo porque queríamos la mayor cantidad de participaciones. Al final tuvimos 93, lo que no está mal, pero pudo ser mejor.
Debo confesar que algunas personas nos resultaron difíciles de ubicar. Otras, como Jaime Bayly, Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, prefirieron no participar. Al más célebre de nuestros autores, Mario Vargas Llosa, le enviamos cartas y faxes, pero nunca recibimos respuesta.
A quien más veces hemos llamado por teléfono es a Jorge Puccinelli. Después de asegurarnos su participación, pedía que le dejáramos unos días más. Sin embargo, nunca nos entregó su relación. Por respeto a las otras respuestas y para evitar opiniones maliciosas, los organizadores decidimos no participar con nuestras listas.
Sin subestimar a las personas, me pregunto si un peatón común sabrá quién es Miguel Gutiérrez o Gregorio Martínez. Apenas conoce a contados autores: Alfredo Bryce Echenique es «el que se presentó ebrio en un popular programa de televisión», José María Arguedas «¿no es ese escritor que se suicidó?» y Mario Vargas Llosa es «quien pretendió ser presidente del Perú». Lamentable realidad de nuestra educación.

*
Cada encuesta refleja el espíritu de determinada época. Pasados algunos años, creo que el resultado cambiaría. Y si un día se organizara una consulta acerca de las mejores novelas latinoamericanas, con la participación de los países de la región, ¿volvería a aparecer La casa de cartón (1928) delante de La ciudad y los perros (1963)? ¿Sería Un mundo para Julius (1970) la novela peruana predilecta?
Aparte de este asunto geográfico, está el de la intervención política. ¿Ha influido en los participantes la candidatura de Vargas Llosa a la Presidencia de la República? ¿Ha causado alguna antipatía a su obra literaria la publicación de sus polémicas memorias, El pez en el agua (1993)? Pienso que sí. Según este argumento, me parece que el novelista arequipeño sale un poco perjudicado en la encuesta.
Sin embargo, el autor de La guerra del fin del mundo tiene más novelas mencionadas: cuatro en esta lista de diez. ¿Acaso es difícil elegir qué novela suya destaca nítidamente de su copiosa producción? El continuo postulante al Premio Nobel de Literatura no tiene una preferida por los encuestados sino varias, lo que al final de cuentas le resta votos a un libro.
Los gustos literarios cambian, lo que está bien, pues sería monótono que no sucediera así. En la diversidad está la creación. Pero, además, una cosa es la calidad y otra, la preferencia. Hay muchas novelas que son éxitos de venta hoy, pero nadie se acordará de ellas mañana.
En «Sobre los clásicos», ensayo de la colección Otras inquisiciones (1952), el argentino Jorge Luis Borges escribió con acierto: «Clásico no es necesariamente un libro que posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».
Un mundo para Julius, la mejor novela peruana. No me lo esperaba. Sin duda, es una obra de grandes méritos. Recuérdese que este libro de Bryce Echenique arrancó cálidos elogios de escritores tan prestigiosos como el chileno Pablo Neruda o el colombiano Gabriel García Márquez. Pero también es interesante observar cómo la crítica se dividió ante la aparición de esta obra. Para Abelardo Oquendo, «la novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder páginas». En cambio, Wáshington Delgado aseguró que Bryce Echenique, en este libro, es «capaz de escribir 500 páginas apretadas sin embarullar el hilo argumental, sin torcer la psicología de los personajes».
Asimismo, curiosas son las interpretaciones que se desprenden de esta novela: para algunos es un ataque feroz a la oligarquía; para otros, el canto de cisne de esta clase poderosa. No hay que olvidar que este libro fue publicado cuando su autor tenía apenas 31 años.
En otro análisis se observa que solo tres libros de la lista fueron publicados antes de La ciudad y los perros, obra que marcó una línea divisoria en nuestra narrativa. Es curioso también notar que cuatro de los siete autores que han creado las diez mejores novelas peruanas se encuentren vivos. Quizá mañana estos mismos escritores, u otros, publiquen una novela que merezca en otra encuesta la mayor preferencia. En este sentido, es bueno pensar que la mejor novela peruana siempre está por escribirse.

1995



Resultado

1) Un mundo para Julius (1970)                    76 votos
         Alfredo Bryce Echenique

2) Los ríos profundos (1958)                         73 votos
         José María Arguedas

3) El mundo es ancho y ajeno (1941)             60 votos
         Ciro Alegría

4) Conversación en La Catedral (1969)          54 votos
         Mario Vargas Llosa

5) La guerra del fin del mundo (1981)            48 votos
         Mario Vargas Llosa

6) La casa de cartón (1928)                          47 votos
         Martín Adán

7) La Casa Verde (1966)                              44 votos
         Mario Vargas Llosa

8) La ciudad y los perros (1963)                    40 votos
         Mario Vargas Llosa

9) Canto de sirena (1977)                             38 votos
         Gregorio Martínez

10) La violencia del tiempo (1991)                 30 votos
         Miguel Gutiérrez





* Publicado como «Las diez mejores novelas peruanas», en la revista Debate, número 81, Lima, febrero-abril de 1995, páginas 28-43.

Los correctores de estilo

Hombres de mazmorras*




«Oye, Pescadito, no te olvides de poner la leyenda», rezaba un texto al lado de la foto de portada de un diario ya desaparecido. En otro periódico importante se leía en letras grandes: «Falta titular». Descuidos de este tipo hay muchos en la edición de textos. Para subsanar estos traspiés, existen los correctores.
En Los últimos días de La Prensa (1996), de Jaime Bayly, novela que cuenta la decadencia de un diario limeño, se reproduce un titular: «Presidente Reagan salió de la clínica apoyado en dos mulatas». ¡Eran «dos muletas» y no «dos mulatas»!
La informática ayuda mucho: cuando digitamos mal alguna palabra la computadora lo repara o lo subraya. Sin embargo, a veces, empeora el asunto. Por ejemplo, si escribo mi apellido, la máquina lo transforma en «Coahuila».
Por lo general, los correctores son egresados de Literatura, Lingüística y Periodismo, pero hay estupendos profesionales en este oficio que estudiaron Educación, Historia, etcétera. Algunos son autodidactos. Total, nadie tiene título de corrector expedido por una universidad, al menos en el Perú. Pero, de seguro, esta situación cambiará. Hace mucho tiempo es necesaria una escuela de Corrección.
Mi amigo el profesor César Ferreira me comentó que una vez le llegó una invitación que decía: «No es grato invitarlo a usted a la inauguración...». Evidentemente se trataba de un error: «Nos es grato invitarlo...».
Un colega corrector me enumeró, en cierta ocasión, para quiénes había trabajado. Mi sorpresa fue mayúscula: citó a algunos renombrados periodistas, investigadores y novelistas a quienes —según infidencia de mi colega— tuvo que «reescribirles» párrafos enteros. «Los hago famosos dijo con cierto orgullo—, y a veces obtienen reconocidos premios». Agrega que así como existen los «negros literarios», aquellos que le escriben un libro a una persona de prestigio, los correctores estamos también para hacer el trabajo «oscuro». Hay que subrayar que algunos autores tienen brillantes ideas, pero no saben expresarlas con forma adecuada.
«Aquí te tengo un libro de 300 páginas. Lo necesito de aquí a tres días», dicen algunos como si corregir fuese lo mismo que comprar pan. Es cierto que un diario se arma en pocas horas, pero ahí existe —al menos así debe ser— un pelotón de correctores. A veces el 25 por ciento de la edición del periódico cambia a pocas horas del cierre, debido a un acontecimiento importante (terremoto con cientos de muertos, golpe de Estado, obtención de un campeonato internacional). En ese caso, el trabajo anterior se va al tacho.
En el cuento «García Márquez y yo» (1994), del libro Muñequita linda (2000), de Jorge Ninapayta de la Rosa, texto que mereció el Premio El Cuento de las 1.000 Palabras, el narrador señala: «La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste. En este trabajo hay que dominar no solo la ortografía, la gramática, la sinonimia, también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces, incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir».
Los correctores consultan la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005) y el Diccionario de la lengua española (2014), libros elaborados por la Real Academia Española, disponibles también en versión digital (www.rae.es). No solo hace falta eso, sino también una cultura respetable.

Por ejemplo, en apellidos y nombres no hay regla que valga, solo el conocimiento. Hay que saber que el autor de la comedia Tartufo (Tartuffe, 1664) se escribe «Molière» y no «Moliere». Que el indígena Felipe Guaman Poma de Ayala escribió Nueva corónica y buen gobierno (1615) y no Nueva crónica y buen gobierno. ¿Quién dirigió Sonrisas y lágrimas? ¿Quién hizo lo propio con La novicia rebelde? Se trata del mismo filme: The Sound of Music (1965), del estadounidense Robert Wise. Sucede que en España y América Latina lo titularon así, respectivamente. 

Lo indignante es llamarle la atención al corrector por aspectos que no son erróneos. Por ejemplo, quejarse por «eliminar» una «s» a la locución latina «statu quo». Algunos creen que es «status quo». Además, lo escriben en cursivas. Antes hay que revisar el diccionario, por favor, antes de quejarse. Otros piensan que «ONG», organización no gubernamental, en plural se escribe «ONGs». Se equivocan: es invariable. Se dice «las ONG» y no «las ONGs». Podemos enumerar muchos más casos hasta el agotamiento.
Tampoco seamos talibanes. Hay que hacer concesiones. La Academia prefiere el horrible «güisqui» o «huaiño» a «whisky» o «huaino». Llamamos al delicioso guiso hecho con trozos pequeños de panza de res o de carnero «cau cau» y no «caucáu».
Muchos diagramadores se quejan de la cantidad de cambios de los correctores que deben insertar. Claro, no entienden que casi todos los textos son perfectibles y que hasta al mejor cazador se le escapa la liebre. Por ello, aquel refrán que reza: «No hay cuartel sin ratas ni libro sin erratas». En fin, son pocos los diseñadores cuidadosos, y más escasos aun quienes tienen buena ortografía.
En Valdelomar o la belle époque (1969), Luis Alberto Sánchez refiere que Abraham Valdelomar se enfadó tanto por la cantidad de erratas que había en su segundo libro, el ensayo Belmonte, el trágico (1918), que guillotinó todos los ejemplares antes de salir al mercado. Días después apareció una edición «oficial». Lujo que pocos pueden darse.
El prestigio de un autor se juega también en el cuidado de edición. El sabio mexicano Alfonso Reyes, en su texto «Escritores e impresores», del libro La experiencia literaria (1942), cuenta que la aparición de su poemario Huellas (1922) tenía tal cantidad de descuidos que lo puso en cama. El narrador peruano Ventura García Calderón aprovechó la ocasión para escribir con ironía: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañadas de algunos versos».

2006




* Publicado como «Aquí falta título», en el suplemento «El Dominical», del diario El Comercio, Lima, 16 de abril de 2006, página 6.

Crónica: leer en un microbús

Los lectores tenaces*

  

Leer mientras se viaja es un triunfo, una hazaña. Me refiero, obviamente, a un viaje en microbús. Pues los otros, aéreos o interprovinciales, no son realmente campos de batalla.
Los héroes son pocos, es cierto. Es claro, también, que la mayoría prefiere un diario antes que un libro, sea de literatura, historia o filosofía.
El escritor argentino Jorge Luis Borges lamentaba esta costumbre: «No vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer». Pensaba que bastaría, en lugar de diarios, con un periódico bimestral. «No todos los días suceden hechos sensacionales —agregaba—. En la época grecolatina se leían libros y no se perdía el tiempo en tonterías. ¿Quién juzga un telegrama de la agencia Reuters superior a un Diálogo de Platón?».

Molestias
¿Qué interrumpe con más frecuencia a un lector viajero? El ruido del motor del microbús en el que se viaja no tiene gran importancia. Tampoco los desaforados gritos del cobrador: «Plaza Unión, plaza Dos de Mayo, toda Alfonso Ugarte...». El lector se acostumbra a este fastidio permanente.
En cambio, las molestias inesperadas sí desvían la atención. Como accidentes de tránsito, desperfectos del microbús o infaltables discusiones de pasajeros.
La agresión no acaba ahí. Niños harapientos palmean al tenaz lector para pedir limosna, luego de desentonar en valses, cumbias o chichas. «Ya, pues, tío, una propinita».
Pero no olvidemos a los auténticos vendedores ambulantes. «A ver, hermanito, colabora conmigo, cómprame unos caramelitos. Bríndame tu apoyo; hoy por mí, mañana por ti...».

Privilegiados
Cuando se trata de conmover, los mutilados o enfermos son los más «favorecidos». Hasta se diría que se ganan la vida mostrando sus heridas o cicatrices en público.
Tan pronto baja uno, sube otro. Esta vez un tipo introduce un clavo a una de sus fosas nasales, lo extrae y lo muestra en señal de triunfo, para luego volverlo a introducir.
Después se marcha, tras obtener un relativo éxito en la venta de sus chocolates y tras causar algunos amagos de infarto y respiraciones agitadas entre los pasajeros. En tanto, uno continúa lidiando para mantener su lectura.
Puede ser una suerte viajar sentado, pero a veces no lo es. Un sujeto ebrio puede estropearlo todo. Es insoportable la vecindad de un tipo babeante que se apoya en el hombro de uno para dormir o, en el peor de los casos, que le busca a uno conversación violentamente.
Los bebés, aun cargados por sus madres, crean otra serie de problemas. Intentan coger o, sencillamente, toman el libro que vamos leyendo. Todavía recuerdo a un crío de unos dos años que arrancó con gozo una hoja de mi libro.
Al menos tenía buen gusto: la víctima fue el poema «Masa», de César Vallejo. La madre solo atinó a exclamar: «Fabián, eso no se hace», y se dio por desentendida. Mientras yo, impávido, intentaba reparar el daño.
En época de carnavales es otra cosa. Hay momentos en que el lector debe esquivar los inesperados proyectiles. Se corre el riesgo de que un globo de agua maltrate la lectura por algunas horas, lo que depende de la intensidad del calor.

Gratificaciones
Cargar libros, cuadernos o paquetes dificulta más nuestro viaje. Debemos estar atentos a que no se caigan. Las paradas bruscas o las curvas a gran velocidad nos obligan, a nuestro pesar, a ofrecer disculpas por los involuntarios empujoncitos.
También es de lamentar la tenue luz. Cuando cae la noche es casi imposible leer; a menos que nos resignemos a tener los ojos marchitos a corto plazo.
Pese a la evidente dificultad de escribir en el mismo viaje, el lector no puede dejar de anotar una frase o una idea que súbitamente lo ha impresionado y que en algunas horas podría ser irrecuperable.
Muchas veces bajé, intencionalmente, uno o hasta dos paraderos más allá del que debo. En esas oportunidades ocurría que el texto había llegado a su momento más interesante y es forzoso obedecer a la curiosidad, es imprescindible saber la conclusión, el desenlace.
La verdad es que sencillamente uno desea bajar complacido, acabando un capítulo, un cuento o un poema. Es decir, con la placidez de haber aprovechado el tiempo y no haberlo perdido miserablemente. Porque las ocupaciones que debemos atender no permiten —maldición— leer o escribir todo el día como realmente quisiéramos.

1991




* Publicado como «Los lectores tenaces», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 22 de noviembre de 1991, página 8.

Crónica: Berlín

Isaac, mi amigo de Berlín*




Una mañana de junio de 2001, mientras revisaba mi correo electrónico, leí en la lista de literatura de la Red Científica Peruana unos comentarios acerca del canon del prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki. Su autor: Isaac Risco Rodríguez. Me atreví a escribirle para expresarle mis opiniones, sin pensar que iniciaríamos una extensa correspondencia. Fue recién al llegar al aeropuerto de Berlín-Tegel, al año siguiente, que lo conocí en persona.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Berlín tenía 50 mil edificaciones destruidas y 75 mil millones de metros cúbicos de escombros. Su población había disminuido a dos millones 800 mil habitantes. Es decir, un millón y medio menos. Hoy es una ciudad moderna, cosmopolita y orgullosa, en permanente construcción a pesar de contar con numerosos rascacielos.
Al pisar suelo berlinés, entre tanta gente, pensé que sería difícil dar el uno con el otro. Sin embargo, no fue tan complicado por nuestro color de piel.
Me encontraba muy ilusionado en conocer esta ciudad. Apenas llegamos a su casa, dejé mis maletas y fuimos a recorrer la capital alemana. Pese a lo agotador del vuelo, no quería perder el tiempo.
«¿Qué es lo primero que quieres ver?», me preguntó Isaac. «La puerta de Brandeburgo», respondí sin dudar. Tomamos un metro que nos llevó a la avenida Unter den Linden, pero para mi mala fortuna el imponente monumento se encontraba en refacción. Estaba cubierto casi completamente. Pude observar apenas la cuadriga que conduce a la diosa de la paz, Eirene.
Por sugerencia de mi amigo, caminamos al Reichstag, sede del Poder Legislativo desde 1999, a pocas cuadras. Contemplé su enorme cúpula, mientras Isaac me comentaba que el incendio de este histórico edificio en 1933 le sirvió de excusa al canciller Adolf Hitler para disolver el Parlamento. Me sentía exhausto y era demasiado tarde, casi las dos de la madrugada, así que decidimos volver.
En el trayecto observé estatuas de osos repartidas por el centro de la ciudad, de todos los colores y en diferentes posiciones. Me enteré por mi amigo que Berlín le debe su nombre a este mamífero.

Durante los días que pasé en la capital alemana no tuve mejor compañía que la de mi compatriota Isaac. Su conocimiento de los rincones de la ciudad, su dominio del idioma de Goethe y su amplia cultura me ayudaron muchísimo.
Aunque sabe lo difícil que es, piensa ser escritor. Por lo pronto, alterna su trabajo de camarero en el McDonald’s de Alexanderplatz, con estudios de Literatura en la Universidad Libre de Berlín. A los 25 años de edad prepara su primer libro de cuentos.
«Quiero que aproveches al máximo tu estadía», me comentó frente a un plano de la ciudad. Luego señaló cada punto de interés y elaboramos un cronograma.
El Museo Checkpoint Charlie, ubicado en el centro, es uno de los lugares más visitados por los turistas. Recuerda los horrores de la Guerra Fría y exhibe algunos de los objetos de los que se valieron las cuarenta mil personas que escaparon del régimen comunista: un automóvil, una maleta, un globo aerostático, entre otros.
Se calcula que unas 250 personas murieron en el intento de cruzar el Muro de Berlín, llamado también Muro de la Vergüenza, que fue edificado en agosto de 1961 por las autoridades soviéticas y de Alemania Oriental para detener el éxodo hacia Occidente. Su caída, el 9 de noviembre de 1989, no fue completa. Hoy se puede observar varios kilómetros en pie, donde artistas de todo el mundo dejan sus dibujos. Fragmentos de la derruida pared se venden en algunas calles como souvenirs. De la misma forma, inmigrantes de Europa del Este comercian objetos del Ejército soviético: insignias, gorras o sobretodos.

La mayor presencia extranjera, sin embargo, la constituyen los turcos, quienes llegaron a Alemania con contratos de trabajo en la década de 1960 a falta de mano de obra, al iniciarse el milagro económico. Hoy van por la tercera generación y suman más de dos millones de habitantes, muchos de fe musulmana, lo que equivale al 2 por ciento de la población del país.
Algunos aspectos de la transformación racial de la sociedad alemana se evidencian en que el futbolista Mehmet Scholl, mediocampista del Bayern de Múnich; la actriz Jasmin Tabatai y el político Cem Özdemir, miembro del Bundestag (Parlamento Federal) de 1994 a 2002, quienes destacan en sus respectivos campos, son de ascendencia turca.
Solo puedo narrar un incidente desagradable, pero fue por mi negligencia. Después de recorrer el sur de España, en Barcelona decidí que un amigo se llevara una maleta —que no pensaba utilizar— a Madrid, adonde llegaría luego de mi viaje a Alemania.
Cometí una gran torpeza al olvidar en esa valija mi pasaporte. Al intentar abordar el avión de regreso a España me pidieron identificación. Perdí el vuelo, pero la aerolínea asumió el pago por no pedirme el documento cuando me dirigía a Alemania. Un oportuno fax desde Madrid, que comprobaba mi visa vigente, me salvó de pasar la noche como ilegal.
Ya libre, recordé la célebre frase de John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, en un discurso ofrecido durante la Guerra Fría, en Berlín occidental, en 1963: «Ich bin ein Berliner (Soy un berlinés)».

2002




* Publicado como «Bajo el cielo de Berlín», en el diario El Peruano, Lima, 19 de junio de 2003, página 9.

9 de enero de 2013

Entrevista a Antonio Cornejo Polar



Entrevista a Antonio Cornejo Polar*

El crítico y maestro universitario Antonio Cornejo Polar (Arequipa, 1936) retornó brevemente al Perú para continuar su larga relación con las universidades de San Marcos (Lima) y San Agustín (Arequipa) mediante un posgrado y un seminario, respectivamente. También para presentar su nuevo libro, Escribir en el aire (1994). El exrector sanmarquino es hoy profesor en la Universidad de Berkeley.
Usted vive hace cinco años en Estados Unidos, donde es profesor en Berkeley. ¿Ha encontrado algún interés creciente por la literatura de América Latina en las universidades estadounidenses?
—Sí, hay un interés creciente, pero muy variable. En estados de gran presencia hispana como California, Nueva York o Florida es mayor. Pero, en todo caso, en casi todas las universidades hay departamentos con un nivel bastante alto para el estudio de la literatura de América Latina. Y los estudiantes buscan tanto aprender español como especializarse en nuestras letras.
Aparte de su caso, hay otros críticos peruanos como Julio Ortega, José Miguel Oviedo, Edgar O’Hara, Peter Elmore, etcétera, que enseñan en universidades de Estados Unidos. ¿A qué se debe esta presencia importante?
—No lo es tanto en comparación con los cubanos y argentinos. Pero, ciertamente, ha aumentado en los últimos años. Tiene que ver —me parece— con la situación económica de la universidad. Un profesor difícilmente puede vivir con lo que paga la universidad, especialmente estatal. Además, hay algo más preocupante: la crisis ha hecho que la infraestructura cultural se haya deteriorado mucho. Nuestras bibliotecas están muy descuidadas, lo mismo que las hemerotecas y archivos. Todo lo contrario de las universidades estadounidenses. Si esta miseria se siente en humanidades, cómo será en el campo de las ciencias.
Como rector de San Marcos, usted tuvo una gestión muy difícil. ¿Qué imagen tiene actualmente de la universidad nacional?
—Sigo pensando no solo que tiene futuro, sino que es absolutamente necesaria para mantener una democratización en el campo de la cultura y del saber. El gran problema es que se vive un marcado declive en los niveles académicos. Me parece una injusticia que a los estudiantes de universidades estatales se les ofrezca solo una educación mediana. Sin embargo, volviendo a San Marcos, hay mayor orden y puntualidad en los cursos.
Centrándonos en la crítica literaria, ¿no le parece que hay elementos que todavía perviven y que en otras partes han desaparecido?, ¿no observa cierto atraso en nuestro país?
—Creo que en todo el mundo la crítica literaria, como cualquier otra disciplina, tiene un desarrollo desigual, con grupos que están un poco fuera del tiempo. En nuestro país todavía se encuentra, por ejemplo, un cierto historicismo positivista, un cierto intuicionismo más estético que crítico, un impresionismo que no esclarece los verdaderos problemas de la literatura. Pero, al mismo tiempo, se encuentra gente que está muy al día.
¿Cree usted que hay una tradición crítica literaria en el Perú y, de ser así, quiénes representarían los puntos más elevados de ella?
—Uno de los problemas que tenemos es que somos poco propensos a instalarnos dentro de una tradición. Cada quien quiere comenzar una. Hay un gesto un poco adánico. A mi modo de ver, sí hay una tradición, y muy valiosa pero mal conocida. Los estudios literarios en el Perú se pueden rastrear inclusive desde la época colonial. No hay que olvidar que es en nuestro país donde se escriben las dos grandes poéticas de la época colonial: El discurso en loor de la poesía (1608) y El apologético en defensa de Góngora (1662), textos claves para el desarrollo del pensamiento crítico en América Latina. Y, ya en términos modernos, hay una tradición crítica que tiene una de sus grandes realizaciones en Mariátegui y, por otro lado, en la vastísima obra de Luis Alberto Sánchez. Y luego hay especialistas que han ido sumándose a esta corriente: Tamayo Vargas, Tauro del Pino, Aurelio Miró Quesada, Estuardo Núñez, etcétera.
¿Cuáles fueron los libros guías de sus inicios? ¿Recuerda qué textos lo formaron o fueron fundamentales para su desarrollo como crítico?
—Inicialmente fui filólogo, y esta especialidad me puso en contacto, en la década de 1960, con la estilística. Era el momento en que se difundía, en habla española, textos claves de la estilística alemana, como los de Karl Vossler o Leo Spitzer. Y al mismo tiempo los de sus seguidores en el campo español, como Dámaso y Amado Alonso, etcétera.
Mi primera formación fue de este tipo, pero al mismo tiempo tuve siempre gran curiosidad por aspectos, si se quiere, poco teóricos de la literatura. Recuerdo que en la década de 1960 me impactó mucho Mímesis (Mimesis, 1946), de Erich Auerbach, libro sobre la representación de la realidad en literatura. Un clásico que me sigue siendo útil hasta hoy.
En la década de 1960 hubo en Europa el boom de la literatura de América Latina, especialmente de la novela. ¿No le parece que esta promoción no estuvo acompañada de un aparato crítico a su altura?
—Sí, yo mismo he suscrito esa opinión. Cuando, en la década de 1960, vemos esa espléndida explosión de creatividad, que no solo se dio en la novela sino también en la poesía, en el cine y en el teatro de creación colectiva, los críticos fuimos tomados por sorpresa. Los materiales de ese momento no nos servían para dar razón de ese tipo de literatura, me refiero a la estilística y a la crítica fenomenológica.
Ninguna de las dos era suficiente para leer textos como Rayuela (1963) o Cien años de soledad (1967) o los poemas de Ernesto Cardenal. De manera que sí hubo cierto desfase. Pero en la década siguiente, al promediar la década de 1970, se dio una renovación fundamental. Creo que el gran crítico literario de América Latina fue Ángel Rama, quien me parece el sucesor de Pedro Henríquez Ureña y encarnó un momento muy lúcido del pensamiento crítico del continente. Y hoy ha surgido una corriente de renovación sustancial, con trabajos como los de Martín Lienhard, Rolena Adorno, Walter Mignolo, Julio Ramos, etcétera.
Centrándonos en un autor del boom, Mario Vargas Llosa, ¿qué opinión tiene acerca del comentario que él da sobre usted en El pez en el agua (1993), llamándolo «ejemplo viviente de cómo se progresa en la vida académica manteniendo las correctas opciones políticas en los momentos correctos»?
—La verdad es que trato de no hablar sobre lo que Mario Vargas Llosa dice de mí en ese libro. Me resulta intolerable por varias razones. En primer lugar, me molesta que ponga entre comillas cosas que nunca dije. Cualquiera sabe que las comillas se usan para citar algo que se dijo o escribió, jamás dije lo que me atribuye. En segundo término, me preocupa que, en nombre de una concepción según él muy democrática y liberal, decida sobre la vida de los demás y establezca una supuesta división entre buenos y malos, que a la larga no es sino una entre los que son sus amigos y los que no lo son.
De modo que para mí el exabrupto de Mario Vargas Llosa no tiene importancia. Que le parezca mal que yo viva en Estados Unidos siendo un profesor progresista es bastante absurdo. En las universidades de Estados Unidos también hay gente progresista, y muy radical a veces. Es como si se acusara a Mario Vargas Llosa —y nadie ha tenido felizmente esa insensatez— de haber vivido, trabajado y publicado en España de Franco cuando era progresista. Finalmente, los juicios de su libro me parecen más hepáticos que intelectuales.
Usted ha desaprobado su posición ideológica en las novelas La guerra del fin del mundo (1981) e Historia de Mayta (1984).
—Mi estudio sobre La guerra del fin del mundo comienza por reconocer que es una gran novela. La observación que realizo es que su visión de la historia me parece profundamente escéptica. Se tiene la impresión de que la historia no es más que una trágica secuencia de equivocaciones y de que nadie sabe ni puede conocer las intenciones del otro. Todo proceso histórico, en consecuencia, es arbitrario y no tiene, en el fondo, ningún sentido. Pero mi comentario más fuerte no fue a esa obra sino a Historia de Mayta, que fue juzgada desde una óptica más política. Tal vez eso provocó la reacción hepática en Vargas Llosa.
Hay, en los últimos años, un alejamiento por parte de los críticos en centrarse en el estudio del texto. Algunos emplean el análisis de una obra como pretexto para promover opciones políticas.
—Hay, efectivamente, un problema. Sin embargo, en términos más generales, ocurre más bien que los contenidos políticos más explícitos han ido desapareciendo o diluyéndose en la crítica actual. En cambio, lo que sí me parece interesante es que hay una voluntad de asociar la literatura a todo discurso cultural. Es decir, se está trabajando más allá del texto. Esto es novedoso. Poder leer otras cosas: acontecimientos, planos de ciudad, formas de vida urbana o vida rural e incorporar todo ese material dentro de los estudios literarios. Tengo la impresión de que cada vez más la crítica literaria queda como envuelta en lo que precisamente se llama crítica cultural, y me parece muy excitante.
Hay una opinión que exige al crítico tener un vasto conocimiento, saber de toros para hablar de Fiesta (1926) o de Bolívar para tratar El general en su laberinto (1989). El crítico como sabelotodo sería el ideal.
—Eso es imposible. Pero, probablemente, el creador tenga un conocimiento aún más vasto y más intenso de la existencia humana en general. Los críticos debemos tener, en primer lugar, una buena y actualizada formación en nuestra propia disciplina: lo que incluye manejar, según el tema que estemos tratando, un número considerable de métodos de crítica literaria para aplicar. Pero, justamente, esta relación de la crítica con los estudios culturales hace que inevitablemente estemos cada vez más interesados en disciplinas más o menos cercanas. Me refiero a la antropología o a la sociología, que ahora forman parte del fondo del conocimiento que un crítico debe tener.
¿Cómo observa el desarrollo creador después del boom? ¿Piensa tal vez que existe una gran dispersión?
—Sí la hay. Pero tengo la impresión de que en América Latina hubo razones que nada tienen que ver con la literatura, sino con su historia. Hubo hechos que llamaron la atención del mundo en las décadas de 1960 y 1970: la Revolución cubana, el régimen de Allende, la barbarie de las dictaduras. Esos hechos pusieron al continente en primera línea y coincidieron con lo que llamé hace un rato «espléndida explosión de creatividad».
De suerte que, efectivamente, disponíamos de una literatura de un nivel excepcionalmente alto y atractivo para un lector de cualquier nacionalidad. Sé que ahora hay una especie de disgregación. Es un poco como si hubiésemos vuelto al periodo anterior, pues, pese a una gran intercomunicación internacional, esta no se refleja entre los países de América Latina. Por ejemplo, si alguien se pregunta qué hay en Colombia después de Gabriel García Márquez, probablemente tenga ideas muy parciales. Se ha roto el sistema de comunicación de las décadas de 1960 y 1970, pero eso nada tiene que ver con la calidad literaria. Hoy en todos los géneros y todos los países del continente hay una creatividad muy intensa.
Como se sabe, la mayoría de intelectuales del continente tiene una tendencia progresista. Pero ¿encuentra actualmente un avance del pensamiento neoliberal en la crítica literaria?
—En cierto sentido, sí, aunque más que de pensamiento neoliberal yo hablaría de conservador. Hay una crítica que se basa en conceptos que, de una u otra manera, tienen su anclaje en esa concepción del mundo que posee como horizonte ideológico el neoliberalismo. Ahora, en el fondo, la crítica literaria nunca ha sido un movimiento homogéneo, nunca fue toda ella progresista o toda conservadora. Y esto tal vez sea más beneficioso.
¿Es este el conflicto que plantea en Escribir sobre el aire? ¿A grandes rasgos, está mostrando las contradicciones que existen en esta parte del continente?
—Efectivamente. Este libro lo he venido trabajando seis años y trata de desarrollar una categoría que empleo desde la década de 1970. Es la categoría de la heterogeneidad en la literatura de América Latina, cruzada de contradicciones de tipo étnico, lingüístico, histórico, etcétera. En él intento detectar los puntos de mayor conflicto en las literaturas del Perú, Bolivia y Ecuador.
La primera parte, que me costó gran trabajo, presenta el problema de la oralidad y la escritura en América Latina y cómo se relacionan estas tecnologías comunicativas. Para ello parto del choque entre Valverde y Atahualpa en Cajamarca (leyendo el acontecimiento como si fuera literatura), pero también trato todos los esfuerzos que se han hecho, desde Garcilaso hasta hoy, por construir imágenes heterogéneas de nuestra literatura.
La segunda parte del libro, en cambio, intenta ver cómo esos discursos que tratan de dar una imagen coherente, unitaria de América Latina terminan negándose y mostrando el grado de conflictividad que tiene nuestra literatura. Finalmente, el libro trata de la heterogeneidad y de los conflictos en relación con el problema de la modernización. No es muy extenso, pues solo he tomado determinados momentos de esta larguísima historia.
Para terminar, una observación: desde la aparición de Bryce, hace más de dos decenios, no ha surgido un autor peruano que tenga presencia internacional, pese a la visión optimista que hay de nuestras letras. ¿Qué perspectivas le ve a nuestra creación literaria?
—Ya hemos hablado de la dificultad de las literaturas nacionales para atravesar fronteras. Pero, aparte de esto, hay un cierto desinterés internacional por la literatura de América Latina que hace difícil que se repitan casos de consagración. Bryce sería el último, pero eso no quita que, para quedarnos en la novela, no exista una consistente e importante creación literaria en el Perú. Citaré, a riesgo de ser arbitrario, solo Patíbulo para un caballo (1989), de Cronwell Jara; La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez; y País de Jauja (1993), de Edgardo Rivera Martínez. Creo que son novelas de altísima calidad y que es solo fruto de las circunstancias el hecho de que no hayan tenido resonancia internacional.


* Publicado como «Nos conocemos mal», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 18 de setiembre de 1994, páginas 25-27.

Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta



Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta (1994)*

El Quinto Encuentro de Escritores Peruanos, realizado hace unos días en Caraz, Áncash, llevó el nombre de Carlos Eduardo Zavaleta, justificado homenaje a la trayectoria de uno de los más destacados autores de la Generación del 50, con prolífica labor en la novela, el cuento, el ensayo y la traducción. Aquí una conversación con él.
En Estudios sobre Joyce & Faulkner (1993), usted presenta una serie de ensayos, escritos a lo largo de cuatro décadas, sobre dos novelistas mayores de nuestro siglo. ¿Cree que su obra hubiese sido diferente de no haberlos leído?
—Sí y no. Siempre hay influencias entre los autores. Si no hubieran sido ellos, quizá otros. Pero toda influencia es menor que los elementos propios del nuevo autor y de su entorno cultural. De lo contrario, sería absorbido por sus maestros.
El periodista Manuel Jesús Orbegozo testimonia, en una crónica de 1954, el encuentro que usted tuvo con Faulkner en el hotel Bolívar. ¿Recuerda aquella visita al país de este escritor?
—La versión de Orbegozo es bastante jocosa e inventada. En su crónica, el personaje más importante es él mismo, por delante de Faulkner, y al lado de una secretaria norteamericana de quien se había enamorado en la reunión. Lo cierto es que Faulkner llegó a Lima de paso de São Paulo, donde fue invitado de honor en un encuentro de escritores.
Aquí no se le rindieron los homenajes que merecía, porque sencillamente no se le conocía. Era un autor cuyos libros comenzaban a llegar, pero que no despertaba gran entusiasmo. Esto revela que la crítica peruana de entonces estaba muy atrasada. De lo contrario, Faulkner debió recibir homenajes extraordinarios porque estaba en su plenitud. Había ganado el Nobel y era un escritor importante. Sin embargo, la intelectualidad local casi lo ignoró, y solo unas 15 personas fuimos al Bolívar a aplaudirlo.
Como se sabe, Mario Vargas Llosa destaca también su deuda con Faulkner. Uno de los pocos escritores de su generación que son apreciados por Vargas Llosa es usted. En El pez en el agua (1993) lo señala como el más activo y como «un gran promotor de las novelas de Faulkner. A él debo, sin duda, haber descubierto por esa época al autor». ¿Qué le sugieren estas líneas?
—Agradezco que Vargas Llosa, en tan breve párrafo, hable de mí con gratitud. Pero hubiera querido una especie de justificación mayor para con los miembros de mi generación y conmigo mismo. No se refiere, por ejemplo, a mis trabajos sobre Joyce, anteriores a los de Faulkner. La literatura peruana sin Joyce es como un cielo sin una de sus estrellas principales. Mi preocupación por estos dos penates literarios fue trasladar cierta modernidad para que la asimiláramos y, si fuera posible, la usáramos para nuestros propios fines.
Esto se ha hecho posible con el tiempo y Vargas Llosa es uno de los que más se han beneficiado con ambos autores. Pero él debiera mirar un poco más atrás y observar que otros escritores peruanos fueron claros antecedentes suyos. La Generación del 50, en conjunto, a cuyo segundo momento él pertenece, transformó nuestra literatura, la alejó del indigenismo, la rescató para darle nuevos rumbos literarios: cambiar de foco (pasar del campo a la ciudad) y explorar diferentes estructuras y técnicas. Sin embargo, admiro y respeto mucho la obra literaria de Vargas Llosa.
Este alejarse del indigenismo e insistir en las exploraciones técnicas son las mayores virtudes que se conceden a la primera etapa de su obra, representada por el cuento «La batalla» (1954) y la novela Los Ingar (1955). ¿Cree que se exagera al valorar estos aportes iniciales? ¿Piensa que no se han reconocido los posteriores de su trayectoria literatura?
—A mi obra inicial, por un lado, se la consideró neoindigenista, juicio que comparte Tomás Escajadillo. Por otro, se la estimó experimentalista, algo que algunos advirtieron en su momento. Quienes tardaron fueron Augusto Tamayo Vargas y Luis Alberto Sánchez, que tenían gran poder sobre los lectores.
Cansado de que se me imputara la influencia de Faulkner, traté de cambiar desde mi libro de cuentos Vestido de luto (1961). Jóvenes críticos de entonces, como Alberto Escobar, Wáshington Delgado y José Miguel Oviedo, señalaron mi independencia del autor norteamericano. Los demás creyeron que mi obra había disminuido en poder, porque cuando se referían a mis primeros libros decían «la prosa vigorosa de Zavaleta».
Esa prosa, por el contrario, no solo ganó vigor sino maestría: tenía una mayor profundidad psicológica y los párrafos se encadenaban mejor. Lo que sí me parece justo que se me achacara fue mi discontinuidad de publicación. Esperaba cada cuatro o cinco años para publicar. ¿Por qué? Porque quería ofrecer un libro distinto siempre. Si me he repetido, ha sido involuntariamente.
En su obra se encuentran textos de ambiente urbano y rural, algunos suceden en el Perú y otros en el extranjero, se tienen personajes niños y adultos. Para algunos, esta heterogeneidad es un defecto en una obra. ¿Qué piensa de esta opinión? ¿Acaso no se escribe un solo libro en la vida?
—Aunque uno quiere hacer libros distintos, sin duda hay una homogeneidad y se percibe siempre la mano que los escribe. Si tiene buenas intenciones, el crítico notará esta línea uniforme en toda la obra. Yo no puedo ser totalmente homogéneo, porque he vivido una vida heterogénea, pues he sido un viajero impenitente.
He vivido mi infancia en la sierra, mi juventud en Lima y mi adultez en diversas ciudades del mundo. He estado cinco años en México y ocho en España. Lo que reflejo en mi obra, por tanto, es mi vida. Que cada quien me juzgue por el libro que tiene entre manos y, si le gusta, que continúe con los siguientes.
Una cosa verá en todos mis libros, y es el ansia de trabajar con distintos puntos de vista. Es decir, es como un caleidoscopio continuo de lo que es la vida, que es polifacética. ¿Por qué no hacer una cosa así en vez de diez libros sobre el mismo tema? Yo no podría escribir, por ejemplo, diez libros sobre Lima, me aburriría. Prefiero la exploración, con todos sus riesgos. Feliz de aquel que escribe siempre lo mismo todo el tiempo, pues será considerado un literato. Pero ¡ay de aquel que se dedique a cortar amarras y a enrumbarse a nuevos horizontes, a él lo miran distinto!
Al señalar tres grandes características de su obra considero, en primer lugar, una constante exploración técnica; luego, un interés por revelar la injusticia; y, en tercer lugar, un continuo estudio del carácter, una preocupación por lo psicológico.
—Creo que indica bien esos rasgos de mi obra. Pues en mis libros hay un buceo psicológico permanente. Por otro lado, hay una búsqueda de los cambios de estilo, de estructura. Y, en tercer lugar, hay un interés por reflejar mi visión de la injusticia, que cada día me parece mayor que la del día anterior.
No me gustan aquellos pueblos que desdeñan a la gente por su color, su raza o su falta de dinero. Prefiero, por ello, los pueblos que sean, aunque pobres, dignos. Bolivia o México, por ejemplo. Los demás pueblos atraen mucho por su tecnología, por su prosperidad, pero yo no podría vivir en aquellas ciudades donde hay un desprecio por el ser humano.
Usted tiene cuentos como «Los hijos de Eugenio» (1961) o novelas como Un joven, una sombra (1992) que se ambientan en Lima. ¿Cómo ha visto el desarrollo de esta ciudad?
—Yo he nacido en la sierra, en el Callejón de Huaylas y, por tanto, he visto Lima a partir de los 13 años. Su municipio, en 1986, publicó una antología de mis cuentos sobre la capital. Aunque se suprimieron algunos relatos por razones económicas, el libro me complació mucho porque ningún otro de los míos tuvo tiraje tan elevado: salieron 15 mil ejemplares.
Lima es una ciudad que no se puede evitar, y que incluso a los no limeños se nos ha grabado en el corazón. No sé si la odio o la amo, pero me es inevitable. Creo que es una ciudad que no es bonita y cuyo cielo no ha sido debidamente tratado, cielo que merece mucho más que los comentarios científicos de Unanue o irónicos de Luis Loayza.
Solo Herman Melville, en Moby Dick (1851), dio en el clavo. La impresión que deja el cielo de Lima es la de un cielo hipócrita, indeciso y mortecino; la imagen que tiene durante siete u ocho meses es dura y hostil. Extraño el cielo añil de mi niñez o el cielo hermoso de La Paz, Sevilla y México. Soy de aquellos que piensan que el sol es un buen compañero del hombre y que sin él uno camina mal.
En varios cuentos de El padre del tigre (1993), su más reciente libro de ficción, se evidencia su experiencia diplomática. ¿No cree, finalmente, que la diplomacia le ha robado tiempo para dedicarse más a la literatura?
—Puede ser, pero ha sido un trabajo cómodo y lo he hecho con gusto. Es una labor que reclama la difusión de la cultura de mi patria y el apoyo para los jóvenes estudiantes que aspiran a conseguir becas en el extranjero. Sé, sin embargo, que por mi estancia fuera del país he perdido un poco el contacto con el medio cultural limeño y, lo que lamento, no he publicado a tiempo algunos de mis libros. Tengo actualmente dos novelas y dos libros de cuentos inéditos. Si hubiera estado aquí en los últimos seis años, ya estas obras estarían publicadas.
En fin, este alejamiento físico afectó en parte mi contacto con los lectores. Pero así son las cosas, en algo se gana y en algo se pierde. Ahora lo que observo es que los editores peruanos parecen bastante tímidos, es gente que no arriesga mucho. Aunque me han explicado que hay enormes problemas económicos —por los altos impuestos—, los editores de hoy son mucho más cautos que los de antes. En mi tiempo también había dificultades, pero nosotros, jóvenes inexpertos en mercadotecnia, sacábamos revistas y libros a base de nuestro entusiasmo. Me pregunto por qué no se emula ese ánimo, esa especie de inocencia admirable y benéfica para nuestra literatura, y se lanzan nuevos libros.

* Publicado como «Un libro distinto siempre», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 30 de octubre de 1994, páginas 25 y 26.