9 de enero de 2013

Entrevista a Antonio Cornejo Polar



Entrevista a Antonio Cornejo Polar*

El crítico y maestro universitario Antonio Cornejo Polar retornó brevemente al Perú para continuar su larga relación con las universidades de San Marcos (Lima) y San Agustín (Arequipa) a través de un posgrado y un seminario, respectivamente. También para presentar su nuevo libro, Escribir en el aire (1994). El exrector sanmarquino es hoy profesor en la Universidad de Berkeley.
Usted vive hace cinco años en Estados Unidos, donde es profesor en Berkeley. ¿Ha encontrado algún interés creciente por la literatura de América Latina en las universidades estadounidenses?
—Sí, hay un interés creciente, pero muy variable. En estados de gran presencia hispana como California, Nueva York o Florida es mayor. Pero, en todo caso, en casi todas las universidades hay departamentos con un nivel bastante alto para el estudio de la literatura de América Latina. Y los estudiantes buscan tanto aprender español como especializarse en nuestras letras.
Aparte de su caso, hay otros críticos peruanos como Julio Ortega, José Miguel Oviedo, Edgar O’Hara, Peter Elmore, etcétera, que enseñan en universidades de Estados Unidos. ¿A qué se debe esta presencia importante?
—No lo es tanto en comparación con los cubanos y argentinos. Pero, ciertamente, ha aumentado en los últimos años. Tiene que ver —me parece— con la situación económica de la universidad. Un profesor difícilmente puede vivir con lo que paga la universidad, especialmente estatal. Además, hay algo más preocupante: la crisis ha hecho que la infraestructura cultural se haya deteriorado mucho. Nuestras bibliotecas están muy descuidadas, lo mismo que las hemerotecas y archivos. Todo lo contrario de las universidades estadounidenses. Si esta miseria se siente en humanidades, cómo será en el campo de las ciencias.
Como rector de San Marcos, usted tuvo una gestión muy difícil. ¿Qué imagen tiene actualmente de la universidad nacional?
—Sigo pensando no solo que tiene futuro, sino que es absolutamente necesaria para mantener una democratización en el campo de la cultura y del saber. El gran problema es que se vive un marcado declive en los niveles académicos. Me parece una injusticia que a los estudiantes de universidades estatales se les ofrezca solo una educación mediana. Sin embargo, volviendo a San Marcos, hay mayor orden y puntualidad en los cursos.
Centrándonos en la crítica literaria, ¿no le parece que hay elementos que todavía perviven y que en otras partes han desaparecido?, ¿no observa cierto atraso en nuestro país?
—Creo que en todo el mundo la crítica literaria, como cualquier otra disciplina, tiene un desarrollo desigual, con grupos que están un poco fuera del tiempo. En nuestro país todavía se encuentra, por ejemplo, un cierto historicismo positivista, un cierto intuicionismo más estético que crítico, un impresionismo que no esclarece los verdaderos problemas de la literatura. Pero, al mismo tiempo, se encuentra gente que está muy al día.
¿Cree usted que hay una tradición crítica literaria en el Perú y, de ser así, quiénes representarían los puntos más elevados de ella?
—Uno de los problemas que tenemos es que somos poco propensos a instalarnos dentro de una tradición. Cada quien quiere comenzar una. Hay un gesto un poco adánico. A mi modo de ver, sí hay una tradición, y muy valiosa pero mal conocida. Los estudios literarios en el Perú se pueden rastrear inclusive desde la época colonial. No hay que olvidar que es en nuestro país donde se escriben las dos grandes poéticas de la época colonial: El discurso en loor de la poesía (1608) y El apologético en defensa de Góngora (1662), textos claves para el desarrollo del pensamiento crítico en América Latina. Y, ya en términos modernos, hay una tradición crítica que tiene una de sus grandes realizaciones en Mariátegui y, por otro lado, en la vastísima obra de Luis Alberto Sánchez. Y luego hay especialistas que han ido sumándose a esta corriente: Tamayo Vargas, Tauro del Pino, Aurelio Miró Quesada, Estuardo Núñez, etcétera.
¿Cuáles fueron los libros guías de sus inicios? ¿Recuerda qué textos lo formaron o fueron fundamentales para su desarrollo como crítico?
—Inicialmente fui filólogo, y esta especialidad me puso en contacto, en la década de 1960, con la estilística. Era el momento en que se difundía, en habla española, textos claves de la estilística alemana, como los de Vossler o Leo Spitzer. Y al mismo tiempo los de sus seguidores en el campo español, como Dámaso y Amado Alonso, etcétera.
Mi primera formación fue de este tipo, pero al mismo tiempo tuve siempre gran curiosidad por aspectos, si se quiere, poco teóricos de la literatura. Recuerdo que en la década de 1960 me impactó mucho Mímesis (1946), de Erich Auerbach, libro sobre la representación de la realidad en literatura. Un clásico que me sigue siendo útil hasta hoy.
En la década de 1960 hubo en Europa el boom de la literatura de América Latina, especialmente de la novela. ¿No le parece que esta promoción no estuvo acompañada de un aparato crítico a su altura?
—Sí, yo mismo he suscrito esa opinión. Cuando, en la década de 1960, vemos esa espléndida explosión de creatividad, que no solo se dio en la novela sino también en la poesía, en el cine y en el teatro de creación colectiva, los críticos fuimos tomados por sorpresa. Los materiales de ese momento no nos servían para dar razón de ese tipo de literatura, me refiero a la estilística y a la crítica fenomenológica.
Ninguna de las dos era suficiente para leer textos como Rayuela (1963) o Cien años de soledad (1967) o los poemas de Ernesto Cardenal. De manera que sí hubo cierto desfase. Pero en la década siguiente, al promediar la década de 1970, se dio una renovación fundamental. Creo que el gran crítico literario de América Latina fue Ángel Rama, quien me parece el sucesor de Pedro Henríquez Ureña y encarnó un momento muy lúcido del pensamiento crítico del continente. Y hoy ha surgido una corriente de renovación sustancial, con trabajos como los de Martín Lienhard, Rolena Adorno, Walter Mignolo, Julio Ramos, etcétera.
Centrándonos en un autor del boom, Mario Vargas Llosa, ¿qué opinión tiene acerca del comentario que da sobre usted en El pez en el agua (1993), llamándolo «ejemplo viviente de cómo se progresa en la vida académica manteniendo las correctas opciones políticas en los momentos correctos»?
—La verdad es que trato de no hablar sobre lo que Mario Vargas Llosa dice de mí en ese libro. Me resulta intolerable por varias razones. En primer lugar, me molesta que ponga entre comillas cosas que nunca dije. Cualquiera sabe que las comillas se usan para citar algo que se dijo o escribió, jamás dije lo que me atribuye. En segundo término, me preocupa que, en nombre de una concepción según él muy democrática y liberal, decida sobre la vida de los demás y establezca una supuesta división entre buenos y malos, que a la larga no es sino una entre los que son sus amigos y los que no lo son.
De modo que para mí el exabrupto de Mario Vargas Llosa no tiene importancia. Que le parezca mal que yo viva en Estados Unidos siendo un profesor progresista es bastante absurdo. En las universidades de Estados Unidos también hay gente progresista, y muy radical a veces. Es como si se acusara a Mario Vargas Llosa —y nadie ha tenido felizmente esa insensatez— de haber vivido, trabajado y publicado en España de Franco cuando era progresista. Finalmente, los juicios de su libro me parecen más hepáticos que intelectuales.
Usted ha desaprobado su posición ideológica en las novelas La guerra del fin del mundo (1981) e Historia de Mayta (1984).
—Mi estudio sobre La guerra del fin del mundo comienza por reconocer que es una gran novela. La observación que realizo es que su visión de la historia me parece profundamente escéptica. Se tiene la impresión de que la historia no es más que una trágica secuencia de equivocaciones y de que nadie sabe ni puede conocer las intenciones del otro. Todo proceso histórico, en consecuencia, es arbitrario y no tiene, en el fondo, ningún sentido. Pero mi comentario más fuerte no fue a esa obra sino a Historia de Mayta, que fue juzgada desde una óptica más política. Tal vez eso provocó la reacción hepática en Vargas Llosa.
Hay, en los últimos años, un alejamiento por parte de los críticos en centrarse en el estudio del texto. Algunos emplean el análisis de una obra como pretexto para promover opciones políticas.
—Hay, efectivamente, un problema. Sin embargo, en términos más generales, ocurre más bien que los contenidos políticos más explícitos han ido desapareciendo o diluyéndose en la crítica actual. En cambio, lo que sí me parece interesante es que hay una voluntad de asociar la literatura a todo discurso cultural. Es decir, se está trabajando más allá del texto. Esto es novedoso. Poder leer otras cosas: acontecimientos, planos de ciudad, formas de vida urbana o vida rural e incorporar todo ese material dentro de los estudios literarios. Tengo la impresión de que cada vez más la crítica literaria queda como envuelta en lo que precisamente se llama crítica cultural, y me parece muy excitante.
Hay una opinión que exige al crítico tener un vasto conocimiento, saber de toros para hablar de Fiesta (1926) o de Bolívar para tratar El general en su laberinto (1989). El crítico como sabelotodo sería el ideal.
—Eso es imposible. Pero, probablemente, el creador tenga un conocimiento aún más vasto y más intenso de la existencia humana en general. Los críticos debemos tener, en primer lugar, una buena y actualizada formación en nuestra propia disciplina: lo que incluye manejar, según el tema que estemos tratando, un número considerable de métodos de crítica literaria para aplicar. Pero, justamente, esta relación de la crítica con los estudios culturales hace que inevitablemente estemos cada vez más interesados en disciplinas más o menos cercanas. Me refiero a la antropología o a la sociología, que ahora forman parte del fondo del conocimiento que un crítico debe tener.
¿Cómo observa el desarrollo creador después del boom? ¿Piensa tal vez que haya una gran dispersión?
—Sí la hay. Pero tengo la impresión de que en América Latina hubo razones que nada tienen que ver con la literatura, sino con su historia. Hubo hechos que llamaron la atención del mundo en las décadas de 1960 y 1970: la Revolución cubana, el régimen de Allende, la barbarie de las dictaduras. Esos hechos pusieron al continente en primera línea y coincidieron con lo que llamé hace un rato «espléndida explosión de creatividad».
De suerte que, efectivamente, disponíamos de una literatura de un nivel excepcionalmente alto y atractivo para un lector de cualquier nacionalidad. Sé que ahora hay una especie de disgregación. Es un poco como si hubiésemos vuelto al periodo anterior, pues, pese a una gran intercomunicación internacional, esta no se refleja entre los países de América Latina. Por ejemplo, si alguien se pregunta qué hay en Colombia después de Gabriel García Márquez, probablemente tenga ideas muy parciales. Se ha roto el sistema de comunicación de las décadas de 1960 y 1970, pero eso nada tiene que ver con la calidad literaria. Hoy en todos los géneros y todos los países del continente hay una creatividad muy intensa.
Como se sabe, la mayoría de intelectuales del continente tiene una tendencia progresista. Pero ¿encuentra actualmente un avance del pensamiento neoliberal en la crítica literaria?
—En cierto sentido, sí, aunque más que de pensamiento neoliberal yo hablaría de conservador. Hay una crítica que se basa en conceptos que, de una u otra manera, tienen su anclaje en esa concepción del mundo que posee como horizonte ideológico el neoliberalismo. Ahora, en el fondo, la crítica literaria nunca ha sido un movimiento homogéneo, nunca fue toda ella progresista o toda conservadora. Y esto tal vez sea más beneficioso.
¿Es este el conflicto que plantea en Escribir sobre el aire? ¿A grandes rasgos, está mostrando las contradicciones que existen en esta parte del continente?
—Efectivamente. Este libro lo he venido trabajando seis años y trata de desarrollar una categoría que empleo desde la década de 1970. Es la categoría de la heterogeneidad en la literatura de América Latina, cruzada de contradicciones de tipo étnico, lingüístico, histórico, etcétera. En él lo que intento es detectar los puntos de mayor conflicto en las literaturas del Perú, Bolivia y Ecuador.
La primera parte, que me costó gran trabajo, presenta el problema de la oralidad y la escritura en América Latina y cómo se relacionan estas tecnologías comunicativas. Para ello parto del choque entre Valverde y Atahualpa en Cajamarca (leyendo el acontecimiento como si fuera literatura), pero también trato todos los esfuerzos que se han hecho, desde Garcilaso hasta hoy, por construir imágenes heterogéneas de nuestra literatura.
La segunda parte del libro, en cambio, intenta ver cómo esos discursos que tratan de dar una imagen coherente, unitaria de América Latina terminan negándose y mostrando el grado de conflictividad que tiene nuestra literatura. Finalmente, el libro trata de la heterogeneidad y de los conflictos en relación con el problema de la modernización. No es muy extenso, pues solo he tomado determinados momentos de esta larguísima historia.
Para terminar, una observación: desde la aparición de Bryce, hace más de dos decenios, no ha surgido un autor peruano que tenga presencia internacional, pese a la visión optimista que hay de nuestras letras. ¿Qué perspectivas le ve a nuestra creación literaria?
—Ya hemos hablado de la dificultad de las literaturas nacionales para atravesar fronteras. Pero, aparte de esto, hay un cierto desinterés internacional por la literatura de América Latina que hace difícil que se repitan casos de consagración. Bryce sería el último, pero eso no quita que, para quedarnos en la novela, no exista una consistente e importante creación literaria en el Perú. Citaré, a riesgo de ser arbitrario, solo Patíbulo para un caballo (1989), de Cronwell Jara; La violencia del tiempo (1991), de Miguel Gutiérrez; y País de Jauja (1993), de Edgardo Rivera Martínez. Creo que son novelas de altísima calidad y que es solo fruto de las circunstancias el hecho de que no hayan tenido resonancia internacional.


* Publicado como «Nos conocemos mal», en el suplemento «Domingo», del diario La República, Lima, 18 de setiembre de 1994, páginas 25-27.

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