1 de agosto de 2013

Las dedicatorias de libros

Con mucho cariño para…*




Cada vez que observo a una gran cantidad de personas tratando de arrancarle unas líneas a un escritor, me pregunto qué hechizo existe. Rastrear las dedicatorias de puño y letra es muy complicado, pues los autores firman decenas de obras, sea en presentaciones de libros, conferencias o ferias. Cuántos ejemplares deben haberse perdido con autógrafos de importantes literatos.
En cambio, las dedicatorias impresas son fáciles de hallar en cualquier librería o biblioteca. Ahora, si revisamos algunas, encontramos paradojas dignas de mención. Miguel de Cervantes Saavedra le ofreció una de las novelas más originales de la literatura universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), al duque de Béjar, Alfonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor, curiosamente un tipo poco aficionado a las letras. Está escrita a la vieja usanza, es decir, a página entera y destaca las virtudes del homenajeado. Sin embargo, lo más sorprendente es que es un descarado plagio de las líneas que le escribió Fernando Herrera al marqués de Ayamonte en su Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones (1580).

Otra atípica dedicatoria aparece en La familia de Pascual Duarte (1942), novela de Camilo José Cela: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». No obstante, en la primera versión consignaba: «Para Víctor Ruiz Iriarte», un comediógrafo español a quien el futuro premio Nobel conoció en Madrid cuando eran jóvenes promesas. Ambos trabaron amistad, se preguntaron qué escribían y decidieron que el libro que preparaban por separado se lo dedicarían mutuamente. Así sucedió, pero no sé sabe bien qué pasó entre ellos, pues el primero modificó su texto.
Pese a que no todos acostumbran a dedicar sus libros, en la mayoría de los casos el autor se dirige a sus compañeras sentimentales, amigos o maestros. Los parientes cercanos, como los padres o hermanos, se encuentran casi siempre al margen. En muchas oportunidades, estos breves textos, generalmente colocados en las primeras páginas, ayudan a los biógrafos a rastrear los afectos de los escritores.
En las ediciones en lengua castellana de Cien años de soledad (1967) figura: «Para Jomí García Ascot y María Luisa Elío», pero en las versiones francesas se consigna: «Pour Carmen et Álvaro Mutis». Los cuatro homenajeados, los dos primeros catalanes y los dos últimos colombianos, visitaban con frecuencia al autor de esta clásica novela, Gabriel García Márquez, en su casa de Ciudad de México durante el año y medio que le demandó la escritura del libro. Así, quedó perennizada la amistad.
Del mismo modo, Alfredo Bryce Echenique no ocultó su fraternidad. En su caso con un banquero prófugo, en su breve novela La última mudanza de Felipe Carrillo (1988): «A Luis León Rupp, a quien siempre recibo en mi casa con una etiqueta negra en el whisky y el corazón en la mano».
Enrique Vila-Matas tiene por costumbre, en cambio, consagrarle todas sus obras de ficción a su cónyuge, Paula de Parma en la forma literaria. «Aquello fue una forma de imitar a Nabokov, cuyos libros siempre estaban dedicados a su esposa, Vera», explicó en una entrevista el autor de Bartleby y compañía (2000).
Una de las bellas figura en La cifra (1981), poemario de Jorge Luis Borges: «Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es una acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio». Así, el autor argentino perennizó su afecto por quien sería su segunda esposa.

*
Hace algunos años, en un puesto de la feria de libros viejos de la avenida Grau, en Lima, encontré una gran cantidad de primeras ediciones de importantes obras. Todas dedicadas al reputado crítico literario Julio Ortega. Tiempo después, mientras tomábamos café en un hotel de San Isidro, el estudioso que reside en Estados Unidos me confesó resignado que fue la casera de su departamento limeño la que vendió sus valiosos ejemplares, porque el dinero de la renta no llegó a tiempo.
Durante ciertas visitas, algunos amigos me han mostrado con inflado orgullo ediciones autografiadas. Declarado fetichista, el cuentista Guillermo Niño de Guzmán me comentó que nunca ha pedido dedicatorias a escritores que no lo entusiasman. Uno de ellos: el argentino Jorge Luis Borges. Mientras revisaba los volúmenes de su biblioteca, me refirió que en 1981, después de la presentación de la novela La guerra del fin del mundo, se acercó a su autor, Mario Vargas Llosa, para arrancarle un autógrafo. Como es la norma ante un lector desconocido, el consagrado narrador le preguntó su nombre, pero —para desconcierto del admirador— escribió equivocadamente «Núñez» en vez de «Niño». Más tarde, ambos iniciaron una amistad que todavía perdura.
«No soy un cazador de autógrafos», me confesó en cierta ocasión el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, quien conoció, entre otros, al argentino Julio Cortázar y al mexicano Carlos Fuentes. «Lo mejor de ellos se encuentra en su obra», sentenció. Sin embargo, muchos lectores piensan que es un estupendo recuerdo tener un ejemplar firmado por el propio autor. Acerca de los tipos de dedicatorias de puño y letra, el narrador de la Generación del 50 diferenció: «Cuando uno le dedica un libro a un amigo se piensa más, pues el asunto es tan personal como redactar una carta. En cambio, a un admirador se le muestra una sencilla gratitud por su interés en leer la obra».
En 1996, el cronista Julio Villanueva Chang y yo intentamos recolectar autógrafos. Fue una de tantas aventuras truncas. Años después, me sorprendió cuando me mostró un ejemplar de García Márquez: historia de un deicidio (1971), célebre ensayo que Mario Vargas Llosa consagró al escritor colombiano. Este libro no ha vuelto a ser editado después de la pelea entre ambos narradores, quienes llegaron incluso a los golpes.

«A Julio Villanueva Chang este libro de tiempos idos», escribió el novelista peruano en 1997. Dos años después, mi amigo viajó a Cartagena de Indias, Colombia, donde llevó un curso de periodismo con García Márquez, y aprovechó la oportunidad de pedirle un autógrafo al autor de Cien años de soledad. Este le anotó: «Y yo también, con otro abrazo».

2003




* Publicado como «Con mucho cariño para…», en el suplemento «Identidades», del diario El Peruano, Lima, 19 de mayo de 2003, página 13.

Las 10 mejores novelas peruanas

La memoria de un encuestador*



En agosto de 1994, mi amigo Alonso Rabí y yo nos reunimos en un café para trazar planes. Uno de ellos era la realización de una encuesta que indagara cuáles son las diez mejores novelas peruanas. Los participantes podrían citar dos o más obras de un mismo autor. El orden sería indiferente. Además, solo se considerarían los libros publicados hasta setiembre de ese año.
Elaboramos una larga lista con nombres de las personas que participarían, las más representativas de nuestra literatura: poetas, narradores, dramaturgos, críticos, editores. Tras seis meses y con la coordinación de la revista Debate, los resultados de la encuesta se publicaron en 1995. Si tardó en aparecer fue solo porque queríamos la mayor cantidad de participaciones. Al final tuvimos 93, lo que no está mal, pero pudo ser mejor.
Debo confesar que algunas personas nos resultaron difíciles de ubicar. Otras, como Jaime Bayly, Miguel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, prefirieron no participar. Al más célebre de nuestros autores, Mario Vargas Llosa, le enviamos cartas y faxes, pero nunca recibimos respuesta.
A quien más veces hemos llamado por teléfono es a Jorge Puccinelli. Después de asegurarnos su participación, pedía que le dejáramos unos días más. Sin embargo, nunca nos entregó su relación. Por respeto a las otras respuestas y para evitar opiniones maliciosas, los organizadores decidimos no participar con nuestras listas.
Sin subestimar a las personas, me pregunto si un peatón común sabrá quién es Miguel Gutiérrez o Gregorio Martínez. Apenas conoce a contados autores: Alfredo Bryce Echenique es «el que se presentó ebrio en un popular programa de televisión», José María Arguedas «¿no es ese escritor que se suicidó?» y Mario Vargas Llosa es «quien pretendió ser presidente del Perú». Lamentable realidad de nuestra educación.

*
Cada encuesta refleja el espíritu de determinada época. Pasados algunos años, creo que el resultado cambiaría. Y si un día se organizara una consulta acerca de las mejores novelas latinoamericanas, con la participación de los países de la región, ¿volvería a aparecer La casa de cartón (1928) delante de La ciudad y los perros (1963)? ¿Sería Un mundo para Julius (1970) la novela peruana predilecta?
Aparte de este asunto geográfico, está el de la intervención política. ¿Ha influido en los participantes la candidatura de Vargas Llosa a la Presidencia de la República? ¿Ha causado alguna antipatía a su obra literaria la publicación de sus polémicas memorias, El pez en el agua (1993)? Pienso que sí. Según este argumento, me parece que el novelista arequipeño sale un poco perjudicado en la encuesta.
Sin embargo, el autor de La guerra del fin del mundo tiene más novelas mencionadas: cuatro en esta lista de diez. ¿Acaso es difícil elegir qué novela suya destaca nítidamente de su copiosa producción? El continuo postulante al Premio Nobel de Literatura no tiene una preferida por los encuestados sino varias, lo que al final de cuentas le resta votos a un libro.
Los gustos literarios cambian, lo que está bien, pues sería monótono que no sucediera así. En la diversidad está la creación. Pero, además, una cosa es la calidad y otra, la preferencia. Hay muchas novelas que son éxitos de venta hoy, pero nadie se acordará de ellas mañana.
En «Sobre los clásicos», ensayo de la colección Otras inquisiciones (1952), el argentino Jorge Luis Borges escribió con acierto: «Clásico no es necesariamente un libro que posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad».
Un mundo para Julius, la mejor novela peruana. No me lo esperaba. Sin duda, es una obra de grandes méritos. Recuérdese que este libro de Bryce Echenique arrancó cálidos elogios de escritores tan prestigiosos como el chileno Pablo Neruda o el colombiano Gabriel García Márquez. Pero también es interesante observar cómo la crítica se dividió ante la aparición de esta obra. Para Abelardo Oquendo, «la novela podría haber ganado mucho si el autor le hubiera hecho perder páginas». En cambio, Wáshington Delgado aseguró que Bryce Echenique, en este libro, es «capaz de escribir 500 páginas apretadas sin embarullar el hilo argumental, sin torcer la psicología de los personajes».
Asimismo, curiosas son las interpretaciones que se desprenden de esta novela: para algunos es un ataque feroz a la oligarquía; para otros, el canto de cisne de esta clase poderosa. No hay que olvidar que este libro fue publicado cuando su autor tenía apenas 31 años.
En otro análisis se observa que solo tres libros de la lista fueron publicados antes de La ciudad y los perros, obra que marcó una línea divisoria en nuestra narrativa. Es curioso también notar que cuatro de los siete autores que han creado las diez mejores novelas peruanas se encuentren vivos. Quizá mañana estos mismos escritores, u otros, publiquen una novela que merezca en otra encuesta la mayor preferencia. En este sentido, es bueno pensar que la mejor novela peruana siempre está por escribirse.

1995



Resultado

1) Un mundo para Julius (1970)                    76 votos
         Alfredo Bryce Echenique

2) Los ríos profundos (1958)                         73 votos
         José María Arguedas

3) El mundo es ancho y ajeno (1941)             60 votos
         Ciro Alegría

4) Conversación en La Catedral (1969)          54 votos
         Mario Vargas Llosa

5) La guerra del fin del mundo (1981)            48 votos
         Mario Vargas Llosa

6) La casa de cartón (1928)                          47 votos
         Martín Adán

7) La Casa Verde (1966)                              44 votos
         Mario Vargas Llosa

8) La ciudad y los perros (1963)                    40 votos
         Mario Vargas Llosa

9) Canto de sirena (1977)                             38 votos
         Gregorio Martínez

10) La violencia del tiempo (1991)                 30 votos
         Miguel Gutiérrez





* Publicado como «Las diez mejores novelas peruanas», en la revista Debate, número 81, Lima, febrero-abril de 1995, páginas 28-43.

Los correctores de estilo

Hombres de mazmorras*




«Oye, Pescadito, no te olvides de poner la leyenda», rezaba un texto al lado de la foto de portada de un diario ya desaparecido. En otro periódico importante se leía en letras grandes: «Falta titular». Descuidos de este tipo hay muchos en la edición de textos. Para subsanar estos traspiés, existen los correctores.
En Los últimos días de La Prensa (1996), de Jaime Bayly, novela que cuenta la decadencia de un diario limeño, se reproduce un titular: «Presidente Reagan salió de la clínica apoyado en dos mulatas». ¡Eran «dos muletas» y no «dos mulatas»!
La informática ayuda mucho: cuando digitamos mal alguna palabra la computadora lo repara o lo subraya. Sin embargo, a veces, empeora el asunto. Por ejemplo, si escribo mi apellido, la máquina lo transforma en «Coahuila».
Por lo general, los correctores son egresados de Literatura, Lingüística y Periodismo, pero hay estupendos profesionales en este oficio que estudiaron Educación, Historia, etcétera. Algunos son autodidactos. Total, nadie tiene título de corrector expedido por una universidad, al menos en el Perú. Pero, de seguro, esta situación cambiará. Hace mucho tiempo es necesaria una escuela de Corrección.
Mi amigo el profesor César Ferreira me comentó que una vez le llegó una invitación que decía: «No es grato invitarlo a usted a la inauguración...». Evidentemente se trataba de un error: «Nos es grato invitarlo...».
Un colega corrector me enumeró, en cierta ocasión, para quiénes había trabajado. Mi sorpresa fue mayúscula: citó a algunos renombrados periodistas, investigadores y novelistas a quienes —según infidencia de mi colega— tuvo que «reescribirles» párrafos enteros. «Los hago famosos dijo con cierto orgullo—, y a veces obtienen reconocidos premios». Agrega que así como existen los «negros literarios», aquellos que le escriben un libro a una persona de prestigio, los correctores estamos también para hacer el trabajo «oscuro». Hay que subrayar que algunos autores tienen brillantes ideas, pero no saben expresarlas con forma adecuada.
«Aquí te tengo un libro de 300 páginas. Lo necesito de aquí a tres días», dicen algunos como si corregir fuese lo mismo que comprar pan. Es cierto que un diario se arma en pocas horas, pero ahí existe —al menos así debe ser— un pelotón de correctores. A veces el 25 por ciento de la edición del periódico cambia a pocas horas del cierre, debido a un acontecimiento importante (terremoto con cientos de muertos, golpe de Estado, obtención de un campeonato internacional). En ese caso, el trabajo anterior se va al tacho.
En el cuento «García Márquez y yo» (1994), del libro Muñequita linda (2000), de Jorge Ninapayta de la Rosa, texto que mereció el Premio El Cuento de las 1.000 Palabras, el narrador señala: «La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste. En este trabajo hay que dominar no solo la ortografía, la gramática, la sinonimia, también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces, incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir».
Los correctores consultan la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005) y el Diccionario de la lengua española (2014), libros elaborados por la Real Academia Española, disponibles también en versión digital (www.rae.es). No solo hace falta eso, sino también una cultura respetable.

Por ejemplo, en apellidos y nombres no hay regla que valga, solo el conocimiento. Hay que saber que el autor de la comedia Tartufo (Tartuffe, 1664) se escribe «Molière» y no «Moliere». Que el indígena Felipe Guaman Poma de Ayala escribió Nueva corónica y buen gobierno (1615) y no Nueva crónica y buen gobierno. ¿Quién dirigió Sonrisas y lágrimas? ¿Quién hizo lo propio con La novicia rebelde? Se trata del mismo filme: The Sound of Music (1965), del estadounidense Robert Wise. Sucede que en España y América Latina lo titularon así, respectivamente. 

Lo indignante es llamarle la atención al corrector por aspectos que no son erróneos. Por ejemplo, quejarse por «eliminar» una «s» a la locución latina «statu quo». Algunos creen que es «status quo». Además, lo escriben en cursivas. Antes hay que revisar el diccionario, por favor, antes de quejarse. Otros piensan que «ONG», organización no gubernamental, en plural se escribe «ONGs». Se equivocan: es invariable. Se dice «las ONG» y no «las ONGs». Podemos enumerar muchos más casos hasta el agotamiento.
Tampoco seamos talibanes. Hay que hacer concesiones. La Academia prefiere el horrible «güisqui» o «huaiño» a «whisky» o «huaino». Llamamos al delicioso guiso hecho con trozos pequeños de panza de res o de carnero «cau cau» y no «caucáu».
Muchos diagramadores se quejan de la cantidad de cambios de los correctores que deben insertar. Claro, no entienden que casi todos los textos son perfectibles y que hasta al mejor cazador se le escapa la liebre. Por ello, aquel refrán que reza: «No hay cuartel sin ratas ni libro sin erratas». En fin, son pocos los diseñadores cuidadosos, y más escasos aun quienes tienen buena ortografía.
En Valdelomar o la belle époque (1969), Luis Alberto Sánchez refiere que Abraham Valdelomar se enfadó tanto por la cantidad de erratas que había en su segundo libro, el ensayo Belmonte, el trágico (1918), que guillotinó todos los ejemplares antes de salir al mercado. Días después apareció una edición «oficial». Lujo que pocos pueden darse.
El prestigio de un autor se juega también en el cuidado de edición. El sabio mexicano Alfonso Reyes, en su texto «Escritores e impresores», del libro La experiencia literaria (1942), cuenta que la aparición de su poemario Huellas (1922) tenía tal cantidad de descuidos que lo puso en cama. El narrador peruano Ventura García Calderón aprovechó la ocasión para escribir con ironía: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañadas de algunos versos».

2006




* Publicado como «Aquí falta título», en el suplemento «El Dominical», del diario El Comercio, Lima, 16 de abril de 2006, página 6.

Crónica: leer en un microbús

Los lectores tenaces*

  

Leer mientras se viaja es un triunfo, una hazaña. Me refiero, obviamente, a un viaje en microbús. Pues los otros, aéreos o interprovinciales, no son realmente campos de batalla.
Los héroes son pocos, es cierto. Es claro, también, que la mayoría prefiere un diario antes que un libro, sea de literatura, historia o filosofía.
El escritor argentino Jorge Luis Borges lamentaba esta costumbre: «No vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer». Pensaba que bastaría, en lugar de diarios, con un periódico bimestral. «No todos los días suceden hechos sensacionales —agregaba—. En la época grecolatina se leían libros y no se perdía el tiempo en tonterías. ¿Quién juzga un telegrama de la agencia Reuters superior a un Diálogo de Platón?».

Molestias
¿Qué interrumpe con más frecuencia a un lector viajero? El ruido del motor del microbús en el que se viaja no tiene gran importancia. Tampoco los desaforados gritos del cobrador: «Plaza Unión, plaza Dos de Mayo, toda Alfonso Ugarte...». El lector se acostumbra a este fastidio permanente.
En cambio, las molestias inesperadas sí desvían la atención. Como accidentes de tránsito, desperfectos del microbús o infaltables discusiones de pasajeros.
La agresión no acaba ahí. Niños harapientos palmean al tenaz lector para pedir limosna, luego de desentonar en valses, cumbias o chichas. «Ya, pues, tío, una propinita».
Pero no olvidemos a los auténticos vendedores ambulantes. «A ver, hermanito, colabora conmigo, cómprame unos caramelitos. Bríndame tu apoyo; hoy por mí, mañana por ti...».

Privilegiados
Cuando se trata de conmover, los mutilados o enfermos son los más «favorecidos». Hasta se diría que se ganan la vida mostrando sus heridas o cicatrices en público.
Tan pronto baja uno, sube otro. Esta vez un tipo introduce un clavo a una de sus fosas nasales, lo extrae y lo muestra en señal de triunfo, para luego volverlo a introducir.
Después se marcha, tras obtener un relativo éxito en la venta de sus chocolates y tras causar algunos amagos de infarto y respiraciones agitadas entre los pasajeros. En tanto, uno continúa lidiando para mantener su lectura.
Puede ser una suerte viajar sentado, pero a veces no lo es. Un sujeto ebrio puede estropearlo todo. Es insoportable la vecindad de un tipo babeante que se apoya en el hombro de uno para dormir o, en el peor de los casos, que le busca a uno conversación violentamente.
Los bebés, aun cargados por sus madres, crean otra serie de problemas. Intentan coger o, sencillamente, toman el libro que vamos leyendo. Todavía recuerdo a un crío de unos dos años que arrancó con gozo una hoja de mi libro.
Al menos tenía buen gusto: la víctima fue el poema «Masa», de César Vallejo. La madre solo atinó a exclamar: «Fabián, eso no se hace», y se dio por desentendida. Mientras yo, impávido, intentaba reparar el daño.
En época de carnavales es otra cosa. Hay momentos en que el lector debe esquivar los inesperados proyectiles. Se corre el riesgo de que un globo de agua maltrate la lectura por algunas horas, lo que depende de la intensidad del calor.

Gratificaciones
Cargar libros, cuadernos o paquetes dificulta más nuestro viaje. Debemos estar atentos a que no se caigan. Las paradas bruscas o las curvas a gran velocidad nos obligan, a nuestro pesar, a ofrecer disculpas por los involuntarios empujoncitos.
También es de lamentar la tenue luz. Cuando cae la noche es casi imposible leer; a menos que nos resignemos a tener los ojos marchitos a corto plazo.
Pese a la evidente dificultad de escribir en el mismo viaje, el lector no puede dejar de anotar una frase o una idea que súbitamente lo ha impresionado y que en algunas horas podría ser irrecuperable.
Muchas veces bajé, intencionalmente, uno o hasta dos paraderos más allá del que debo. En esas oportunidades ocurría que el texto había llegado a su momento más interesante y es forzoso obedecer a la curiosidad, es imprescindible saber la conclusión, el desenlace.
La verdad es que sencillamente uno desea bajar complacido, acabando un capítulo, un cuento o un poema. Es decir, con la placidez de haber aprovechado el tiempo y no haberlo perdido miserablemente. Porque las ocupaciones que debemos atender no permiten —maldición— leer o escribir todo el día como realmente quisiéramos.

1991




* Publicado como «Los lectores tenaces», en el suplemento «Revista», del diario El Peruano, Lima, 22 de noviembre de 1991, página 8.

Crónica: Berlín

Isaac, mi amigo de Berlín*




Una mañana de junio de 2001, mientras revisaba mi correo electrónico, leí en la lista de literatura de la Red Científica Peruana unos comentarios acerca del canon del prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki. Su autor: Isaac Risco Rodríguez. Me atreví a escribirle para expresarle mis opiniones, sin pensar que iniciaríamos una extensa correspondencia. Fue recién al llegar al aeropuerto de Berlín-Tegel, al año siguiente, que lo conocí en persona.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Berlín tenía 50 mil edificaciones destruidas y 75 mil millones de metros cúbicos de escombros. Su población había disminuido a dos millones 800 mil habitantes. Es decir, un millón y medio menos. Hoy es una ciudad moderna, cosmopolita y orgullosa, en permanente construcción a pesar de contar con numerosos rascacielos.
Al pisar suelo berlinés, entre tanta gente, pensé que sería difícil dar el uno con el otro. Sin embargo, no fue tan complicado por nuestro color de piel.
Me encontraba muy ilusionado en conocer esta ciudad. Apenas llegamos a su casa, dejé mis maletas y fuimos a recorrer la capital alemana. Pese a lo agotador del vuelo, no quería perder el tiempo.
«¿Qué es lo primero que quieres ver?», me preguntó Isaac. «La puerta de Brandeburgo», respondí sin dudar. Tomamos un metro que nos llevó a la avenida Unter den Linden, pero para mi mala fortuna el imponente monumento se encontraba en refacción. Estaba cubierto casi completamente. Pude observar apenas la cuadriga que conduce a la diosa de la paz, Eirene.
Por sugerencia de mi amigo, caminamos al Reichstag, sede del Poder Legislativo desde 1999, a pocas cuadras. Contemplé su enorme cúpula, mientras Isaac me comentaba que el incendio de este histórico edificio en 1933 le sirvió de excusa al canciller Adolf Hitler para disolver el Parlamento. Me sentía exhausto y era demasiado tarde, casi las dos de la madrugada, así que decidimos volver.
En el trayecto observé estatuas de osos repartidas por el centro de la ciudad, de todos los colores y en diferentes posiciones. Me enteré por mi amigo que Berlín le debe su nombre a este mamífero.

Durante los días que pasé en la capital alemana no tuve mejor compañía que la de mi compatriota Isaac. Su conocimiento de los rincones de la ciudad, su dominio del idioma de Goethe y su amplia cultura me ayudaron muchísimo.
Aunque sabe lo difícil que es, piensa ser escritor. Por lo pronto, alterna su trabajo de camarero en el McDonald’s de Alexanderplatz, con estudios de Literatura en la Universidad Libre de Berlín. A los 25 años de edad prepara su primer libro de cuentos.
«Quiero que aproveches al máximo tu estadía», me comentó frente a un plano de la ciudad. Luego señaló cada punto de interés y elaboramos un cronograma.
El Museo Checkpoint Charlie, ubicado en el centro, es uno de los lugares más visitados por los turistas. Recuerda los horrores de la Guerra Fría y exhibe algunos de los objetos de los que se valieron las cuarenta mil personas que escaparon del régimen comunista: un automóvil, una maleta, un globo aerostático, entre otros.
Se calcula que unas 250 personas murieron en el intento de cruzar el Muro de Berlín, llamado también Muro de la Vergüenza, que fue edificado en agosto de 1961 por las autoridades soviéticas y de Alemania Oriental para detener el éxodo hacia Occidente. Su caída, el 9 de noviembre de 1989, no fue completa. Hoy se puede observar varios kilómetros en pie, donde artistas de todo el mundo dejan sus dibujos. Fragmentos de la derruida pared se venden en algunas calles como souvenirs. De la misma forma, inmigrantes de Europa del Este comercian objetos del Ejército soviético: insignias, gorras o sobretodos.

La mayor presencia extranjera, sin embargo, la constituyen los turcos, quienes llegaron a Alemania con contratos de trabajo en la década de 1960 a falta de mano de obra, al iniciarse el milagro económico. Hoy van por la tercera generación y suman más de dos millones de habitantes, muchos de fe musulmana, lo que equivale al 2 por ciento de la población del país.
Algunos aspectos de la transformación racial de la sociedad alemana se evidencian en que el futbolista Mehmet Scholl, mediocampista del Bayern de Múnich; la actriz Jasmin Tabatai y el político Cem Özdemir, miembro del Bundestag (Parlamento Federal) de 1994 a 2002, quienes destacan en sus respectivos campos, son de ascendencia turca.
Solo puedo narrar un incidente desagradable, pero fue por mi negligencia. Después de recorrer el sur de España, en Barcelona decidí que un amigo se llevara una maleta —que no pensaba utilizar— a Madrid, adonde llegaría luego de mi viaje a Alemania.
Cometí una gran torpeza al olvidar en esa valija mi pasaporte. Al intentar abordar el avión de regreso a España me pidieron identificación. Perdí el vuelo, pero la aerolínea asumió el pago por no pedirme el documento cuando me dirigía a Alemania. Un oportuno fax desde Madrid, que comprobaba mi visa vigente, me salvó de pasar la noche como ilegal.
Ya libre, recordé la célebre frase de John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, en un discurso ofrecido durante la Guerra Fría, en Berlín occidental, en 1963: «Ich bin ein Berliner (Soy un berlinés)».

2002




* Publicado como «Bajo el cielo de Berlín», en el diario El Peruano, Lima, 19 de junio de 2003, página 9.