sábado 28 de noviembre de 2009

En el reino de la alcoba / Sobre "Elogio de la madrastra" (1988), de Mario Vargas Llosa



Mario Vargas Llosa era cadete del Colegio Militar Leoncio Prado, hacia 1950, cuando escribió su primera novela erótica. «Escribí muchas otras, después, en juego o por encargo, porque me divertía y porque con ellas me costeaba el vicio de fumar», cuenta en El pez en el agua (1993), sus memorias. Más tarde, después de casarse con su tía política Julia Urquidi, de 1955 a 1958, trabajó como asistente de bibliotecario en el Club Nacional, donde conoció libros eróticos de calidad, como los del francés Restif de La Bretonne (1734-1806). Tres décadas después, con un enorme prestigio como escritor, publicó la breve novela Elogio de la madrastra (1988).
Fue escrita después de oponerse en mítines contra la estatización de la banca peruana que pretendía Alan García en su primer gobierno (1985-1990), en 1987, en el Reading Room del Museo Británico («a un paso del cubículo donde Marx escribió buena parte de El capital»). En sus citadas memorias cuenta que de 1987 a 1990, hasta su derrota como candidato presidencial por el Fredemo, anduvo poco concentrado en crear ficción. «Solo escribí un divertimento erótico», confiesa.
En plena campaña política, el autor fue presentado como pervertido y pornógrafo. Elogio de la madrastra se reprodujo entera en el diario El Popular y fue leída en el canal del Estado. Por televisión, se advertía a las amas de casa y madres de familia, después un locutor leía cada capítulo, con acentuación melodramática en los instantes eróticos. «Luego, se abría un debate, en el que psicólogos, sexólogos y sociólogos apristas me analizaban», recuerda el autor.
En la novela de Vargas Llosa un bello niño rubicundo de ojos azules de 10 años, con artimañas, llega a tener sexo con su hermosa madrasta de 40 años. En las primeras páginas del libro se reproduce una carta de Alfonso, llamado Fonchito, en la que dice: «Eres la más buena y la más linda y yo me sueño todas las noches contigo», lo que anticipa los acontecimientos eróticos. En el inicio, a Lucrecia, la madrastra, el niño le parecía la «personificación de la inocencia», sin prever lo que sucedería.
En los juegos amatorios, ella y don Rigoberto, su segundo esposo, jugaban a cambiarse de nombres, a asumir otros personajes, inspirados en grabados de la secreta colección de este. Seis imágenes que se reproducen en el libro permiten ofrecer narraciones en primera persona del rey de Lidia (don Rigoberto), de la diosa romana Diana (Lucrecia), del pequeñín Amor (Fonchito), de un monstruo anónimo (don Rigoberto), de una figura abstracta (Lucrecia) y de la Virgen María (Lucrecia). Los cuadros corresponden, respectivamente, al flamenco Jacob Jordaens (1593-1678); al francés François Boucher (1703-1770); al italiano Tiziano (1477-1576); al anglo-irlandés Francis Bacon (1909-1992); al peruano Fernando de Szyszlo (1925- ), muy amigo de Vargas Llosa; y al italiano Fra Angélico (1390-1455).
De estos relatos, el mejor es el primero, porque tiene más «historia», es decir, sucesos. Ambientar la narración en el reino de Lidia, que desapareció en 546 antes de Cristo, remite al argentino Jorge Luis Borges, quien desarrolló algunos cuentos con erudición y fantasía en lugares de tiempos remotos, como Creta («La casa de Asterión») o el Imperio romano («El inmortal»). El año en que Vargas Llosa escribió Elogio de la madrastra publicó el ensayo «Las ficciones de Borges», donde dice: «No es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna y uno de los artistas contemporáneos más memorables». La novela transcurre íntegramente en una mansión limeña, pero la imaginación permite viajar a otros escenarios.
Después de la pintura erótica, la limpieza corporal era el pasatiempo favorito de don Rigoberto, que ha olvidado ya la muerte de Eloísa, su primera esposa. Los lunes se dedicaba al aseo de las manos; los martes, al de los pies; los miércoles, al de las orejas; los jueves, al de la nariz; los viernes, al de los cabellos; los sábados, al de los ojos; y los domingos, al de la piel. Es un personaje apasionado, intenso como el capitán Pantaleón Pantoja, de Pantaleón y las visitadoras (1973); Pedro Camacho, de La tía Julia y el escribidor (1977) o el Consejero, de La guerra del fin del mundo (1981), pero aquí Rigoberto no se enfrenta a batallas que pierde. O, en todo caso, es otro tipo de derrota.
Don Rigoberto es un hedonista que busca la felicidad «en el cuerpo propio y en el de la amada [...]; a solas y en el baño; por horas o minutos y sobre una cama compartida con el ser deseado». Considera asimismo que la felicidad es temporal, individual, excepcionalmente dual, rarísima vez tripartita y nunca colectiva, municipal. No le interesaba ser rico, famoso, extravagante, genial. Solo ser feliz. «Mi cuerpo es aquel imposible: la sociedad igualitaria», confiesa. Hay que tener en cuenta que el Perú entonces vivía una época de terror con atentados, hiperinflación y crímenes.
De amplia cultura, don Rigoberto se pregunta si habría sido cierto que el polígrafo español Marcelino Menéndez Pelayo, por su estreñimiento crónico, pasó buena parte de su vida en el excusado. El padre de Fonchito sabe mucho de pintura y es aficionado a la zarzuela. Cita al matemático griego Pitágoras, a personajes de la novela de caballerías Amadís de Gaula (1508), al poeta alemán Friedrich Schiller, al historiador francés Jules Michelet. Sorprende un poco todo ello, pues se trata del gerente de una compañía de seguros y no de un intelectual.
Por otro lado, la religión católica tiene gran importancia en el libro. Al inicio de la novela, Fonchito acaba de hacer su primera comunión. Otro detalle: a Lucrecia su hijastro le parece por su belleza física «un ángel de nacimiento». De forma irónica, se reproduce en las últimas páginas el fresco La Anunciación (hacia 1437), del italiano Fra Angélico, antes del relato de Lucrecia como la Virgen María y después de la revelación de Fonchito de su relación con su madrastra. Asimismo, el monstruo del cuadro de Bacon comenta: «Es posible que Dios exista, pero eso, a estas alturas de la historia, con todo lo que nos ha pasado, ¿tiene alguna importancia?». Se sabe que Vargas Llosa es agnóstico, algo que también le trajo problemas en los comicios electorales de 1990.
En otro momento, para don Rigoberto, defecar era sinónimo de felicidad, pues le permitía purificarse: era «la misma sensación de limpieza espiritual que lo poseía de niño, en el Colegio de La Recoleta, después de confesar sus pecados y cumplir la penitencia que le imponía el padre confesor». Ya en otro pasaje se dice que, para el padre de Fonchito, «el cuarto de baño era su templo; el lavador, el ara de los sacrificios; él era el sumo sacerdote y estaba celebrando la misa que cada noche lo purificaba y redimía de la vida».
Durante el goce sexual con Lucrecia, considera que es uno o mejor dicho tres. «Había resuelto, tal vez, el misterio de la Trinidad? Se sonrió: no era para tanto». En otro plano, en el epílogo del libro, la doméstica Justiniana dice que Fonchito tiene «carita de niño santo» y poco después, cuando este se hace el desentendido, le reprocha: «Te estoy hablando de doña Lucrecia, diablito».
En cuanto a la prosa, esta carece casi de peruanismos o de palabras vulgares, algo que aparece en varias obras de Vargas Llosa. Es un lenguaje estándar, con pretensiones artísticas, menos preocupado en las innovaciones técnicas de sus primeras novelas. Sin embargo, algo queda de diálogos telescópicos. Por ejemplo, cuando la doméstica Justiniana le cuenta a Lucrecia, a solas, que Fonchito la espía mientras se baña, la madrastra pregunta: «¿Qué dices?». A continuación se añade esta respuesta: «Lo que has oído —contestó el niño, desafiante, casi heroico—. Y lo seguiré haciendo aunque me resbale y me mate, para que lo sepas». Es decir, se inserta lo que él le contestó a la doméstica, se salta al pasado, pero con conexión con el diálogo precedente.
La novela está dedicada al director de cine español Luis García Berlanga (1921-2010), editor de la colección de literatura erótica La Sonrisa Vertical, de Tusquets, donde apareció por vez primera la novela. Se sabe que Berlanga era gran coleccionista de objetos y libros eróticos. Sin embargo, como paradoja, sus películas no reflejan esa afición.
Por último, hay que anotar que existe un guiño al lector cuando Fonchito le muestra a su padre su composición de tema libre Elogio de la madrastra, pues este responde con aprobación: «Muy bien, es un buen título. Parece el de una novelita erótica», sin saber el contenido. Una novela para disfrutar.

sábado 21 de noviembre de 2009

Un gallinazo en puna / Sobre "Lituma en los Andes" (1993), de Mario Vargas Llosa



Mario Vargas Llosa cuenta en sus memorias, El pez en el agua (1993), que en 1986 planeó escribir un libro ambientado en la serranía peruana. Fruto de esa idea es su novela Lituma en los Andes (1993), merecedora del Premio Planeta, que le otorgó 380 mil dólares y lanzó una primera edición de 210 mil ejemplares.
El policía Lituma aparece, curiosamente, por sétima vez en la obra de Vargas Llosa, pues está presente en el relato «El visitante», del libro de cuentos Los jefes (1959); en la pieza teatral La Chunga (1986) y en las novelas La Casa Verde (1966), La tía Julia y el escribidor (1977), Historia de Mayta (1984) y ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986). Al reconstruir la historia de este personaje, hay una contradicción. En la parte final de esta última novela, ambientada en 1954, se dice que el sargento Lituma será transferido a un puestecito medio fantasma del departamento de Junín. Treinta años después, en Lituma en los Andes, se le encuentra degradado a cabo. No hay un enlace adecuado. En fin.
Una de las historias de la novela se centra en Tomás Carreño, quien cada noche, para matar el aburrimiento, le relata a Lituma su relación con Mercedes, la cual recuerda constantemente la de Ambrosio Pardo y Amalia Cerda, personajes de Conversación en La Catedral (1969), novela también de Vargas Llosa. En ambas obras hay una demostración de las cosas que son capaces de hacer los hombres cuando aman. La muerte del Chancho, narcotraficante protegido por un comandante de la Policía Nacional, desencadena una fuga espectacular de Tingo María a Lima. En la novela, hay, alternadamente, seis episodios que se entretejen:
1) El asesinato perpetrado por Sendero Luminoso a una pareja de franceses que viajaban a Andahuaylas (Apurímac).
2) La vida del muchacho abanquino Pedro Tinoco, retrasado mental que sufre de los abusos de senderistas y guardias civiles.
3) Los juicios populares de Sendero Luminoso en Andamarca (Ayacucho).
4) El crimen a Hortensia d’Harcourt en la comunidad de Huayllarajcra (Huancavelica). Este hecho se inspira en el asesinato a la periodista y conservacionista italiana Bárbara d’Achille, el 31 de mayo de 1989.
5) La vida de Casimiro Huarcaya, comerciante albino de Yauli que recorría todos los Andes peruanos en un camión.
6) Las historias de los pishtacos (bandoleros que degüellan a sus víctimas para vender su grasa) narradas por doña Adriana, pobladora de Naccos que tuvo dos maridos.
Precisamente la novela se desarrolla en Naccos, comunidad indígena del departamento de Junín. El cabo Lituma está intrigado por la desaparición de tres personas: el mudito Pedro Tinoco, el albino Casimiro Huarcaya y el capataz de barreneros Demetrio Chanca, ex teniente gobernador de Andamarca (quien en realidad se llamaba Medardo Llantac). Al principio, Lituma y su adjunto piensan que fueron asesinados por senderistas, pero esta sospecha da un giro sorpresivo.
Admirador de los pensadores liberales Karl Popper, Friedrich von Hayek e Isaiah Berlin, Mario Vargas Llosa, como político, aspiraba hacer del Perú una Suiza. Es decir, como escribe en sus memorias: «Un país sin pobres ni analfabetos, de gentes cultas, prósperas y libres, y a conseguir que la promesa fuera por fin historia, gracias a una reforma liberal de nuestra incipiente democracia». Para el novelista arequipeño, el Perú es un país bárbaro y hasta primitivo, como lo testimonian sus libros La Casa Verde y El hablador (1987), donde presenta a las tribus selváticas de los aguarunas y de los machiguengas en un periodo casi prehistórico.
Al tratar una región geográfica poco explorada en su narrativa, la serranía peruana, Vargas Llosa presenta una comunidad andina en un paisaje desolador y crudo. El conflicto entre la subversión y el Estado fue ofrecido ya en Historia de Mayta, ambientada en Jauja (Junín). En Lituma en los Andes la presencia de Sendero Luminoso es ocasional, solo para condimentar uno de los argumentos centrales: las tres desapariciones.
¿Cuánto conoce Vargas Llosa de la sierra? Las visitas más largas realizadas a esa región las hizo en 1983, cuando viajó a investigar la muerte de ocho periodistas en Uchuraccay (Ayacucho). Las otras fueron durante su campaña como candidato a la Presidencia de la República. Lituma, piurano de nacimiento, se siente lejos de su hábitat, como gallinazo en puna.
Vargas Llosa, como Lituma, parece asombrarse de las costumbres de los pobladores de la sierra: «¿Cómo era posible que esos peones, muchos de ellos acriollados, que habían terminado la escuela primaria por lo menos, que habían conocido las ciudades, que oían radio, que iban al cine, que se vestían como cristianos, hicieran cosas de salvajes calatos y caníbales?». Es cierto, Vargas Llosa no conoce la sierra como los indigenistas Ciro Alegría o José María Arguedas y no habla el quechua, pero también es verdad que en el Perú muchos creen en brujos, abunda la superstición.
Se le ha criticado al autor que presenta a los indígenas de forma muy primitiva. Pero ¿acaso Arguedas no hizo lo propio? En el cuento «La agonía de Rasu-Ñiti», el narrador apurimeño describía, por ejemplo, cómo los danzantes de tijeras creían tener un pacto con el demonio. En la novela Yawar fiesta (1941), su primera novela, presenta a los andinos como creyentes en dioses de la naturaleza.
Dos personajes de Lituma en los Andes remiten a la mitología griega: Dionisio (homónimo del dios del vino) y Adriana (Ariadna, diosa de la fertilidad adorada especialmente, entre otros lugares, en la isla de Naxos, nombre similar a Naccos). El relato de esta es una parodia del mito de Teseo (representado por Timoteo Fajardo, su primer esposo) y Ariadna. Ciertas costumbres andinas son de especial importancia para resolver el caso de los tres crímenes, pues tienen que ver con sacrificios humanos a los apus, dioses de las montañas, para aplacar la ira de estos.
Por otra parte, es claro que la visión de Vargas Llosa acerca de las guerrillas ha variado. Sin duda, el narrador hubiese escrito con diferente óptica si lo hubiese redactado en 1965, cuando apoyó abiertamente la lucha armada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Se dice también que la imagen que Vargas Llosa ofrece del Perú es negativa. ¿Es falso acaso que algunos policías y militares abusan de su autoridad? Además se debe tener en cuenta que —como cree Vargas Llosa— los novelistas son como los buitres que se alimentan de la carroña de una sociedad en descomposición. Vamos más lejos aún: no importa si lo que la novela dice es cierto, pues es más valioso el poder de convencimiento de la historia.
Pese a su residencia en el extranjero durante muchos años, Vargas Llosa conoce muy bien el habla popular peruano. Su mayor defecto, sin embargo, quizá sea utilizar frecuentemente una prosa con este tipo de lenguaje, una prosa bastante descuidada en ciertos casos. Pero, en cuanto a la técnica que utiliza, no hay discusión en declararlo un maestro. En Lituma en los Andes hay una presencia eficaz de diálogos telescópicos (la interposición de una conversación con otra).
En una entrevista de 1966, Vargas Llosa declaró: «El escritor debe trabajar como peón. Escribo diariamente con una disciplina militar. Soy flaubertiano. Creo que el trabajo es el mejor abono de la creación. Diariamente estoy cuatro o cinco horas sin parar». Por ello no sorprende que en el mismo año de la publicación de sus memorias ofrezca esta novela admirable.