20 de octubre de 2011

El mundo en una mano / Sobre "La palabra del mudo" (1949-1994), de Ribeyro

La palabra del mudo (edición española de Seix Barral, un volumen, 2010).

En 1973, Carlos Milla Batres, editor salvadoreño afincado en el Perú, agrupó todos los cuentos de Julio Ramón Ribeyro en dos volúmenes, con el título general de La palabra del mudo. El tercer tomo apareció en 1977 y el cuarto, en 1992. En 1994, en un solo volumen, la editorial española Alfaguara sacó a la luz Cuentos completos, con varios añadidos. Ese mismo año, poco antes de fallecer el autor, se publicó en Lima y en cuatro tomos La palabra del mudo, a cargo de Jaime Campodónico[1]. En el año 2009, para el Perú en dos volúmenes, y 2010, para España en un volumen, Seix Barral ofreció con el mismo título y con agregados, una edición que intenta ser definitiva. En total, la colección reúne ahora 95 cuentos[2].
Ribeyro inició la publicación de su obra en 1949 con «La vida gris», que apareció en la revista El Correo Bolivariano y que fue calificado por su autor como el padre de sus cuentos. Son seis relatos los que Ribeyro publicó en diversos periódicos y que no integraban La palabra del mudo hasta la edición de Seix Barral. La media docena se publicó por primera vez en el libro Ribeyro, la palabra inmortal (1995), que edité póstumamente con seis entrevistas que realicé al autor.
El personaje principal de «La vida gris», Roberto, nunca resaltó por algo, todo en él era «neutro, limitado y barato». Ribeyro traza aquí al protagonista de sus narraciones más típicas: un sujeto de clase media, temeroso y mediocre. Su presencia se encuentra en cuentos como «Dirección equivocada», «El jefe» y «El profesor suplente», de Las botellas y los hombres (1964). En este último relato, Matías Palomino no tiene el valor suficiente para reemplazar a un profesor de Historia, pues, vencido por la timidez de enfrentarse a un aula expectante, vuelve a su hogar y se echa desconsoladamente a llorar ante su mujer.
Sin embargo, la mayor parte de los primeros cuentos de Ribeyro son de corte fantástico, influenciado sin duda por el checo Franz Kafka. Cuatro de los seis relatos rescatados en Ribeyro, la palabra inmortal son de este tipo: «La huella», «El cuarto sin numerar», «La careta» y «La encrucijada». Salvo el último —publicado en 1953—, todos ellos fueron editados en 1952. El narrador del segundo relato dice en una parte que poco a poco fue envuelto por una «atmósfera onírica» y en otro momento cree haber vivido una pesadilla. El valor de estos textos es más histórico que literario.
De ese año data también «La insignia», que pertenece a Cuentos de circunstancias (1958). En este relato, uno de los más célebres de Ribeyro, un sujeto encuentra un distintivo en un tacho de basura y cierto día, al utilizarlo, es incorporado a una organización de la que llega a ser presidente, sin saber sus objetivos. Es significativo que se hable de un autor muerto en Praga, la ciudad de Kafka.
Hasta esa fecha, Ribeyro podría ser tomado por reaccionario, pues en sus conversaciones universitarias adoptaba una actitud retrógrada. «Pensaba, por ejemplo —confiesa en una entrevista realizada por César Calvo en 1971—, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían la razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas».
Mediante una beca, concedida por el Instituto de Cultura Hispánica, Ribeyro llega a Madrid a fines de 1952 para estudiar Periodismo. En España, alternando con latinoamericanos progresistas, se consideró políticamente equivocado. Al año siguiente, en 1953, cuando viajó a París, se operó un gran cambio en él. Eso se debió, en parte, a que tuvo que trabajar en oficios muy penosos. Fue recogedor de periódicos viejos (experiencia rememorada en el cuento «Solo para fumadores») y cargador en una estación de tren (ver «La estación del diablo amarillo»). Comprendió la vida dura de los obreros, lo que lo aproximó al socialismo.
Producto de ese acercamiento es su primera colección de cuentos, Los gallinazos sin plumas (1955), donde algunos protagonistas son albañiles, pescadores, domésticas, recogedores de desperdicios para alimentar a un cerdo. Ribeyro se interesa profundamente por el nuevo rostro de la ciudad de Lima: invadida cada vez más por provincianos, especialmente de la sierra, debido a la crisis agraria. Al igual que otros miembros de su generación, como Enrique Congrains Martin o Luis Felipe Angell, Ribeyro cultiva el realismo urbano, en que muestra el lado injusto y horrible de la sociedad. El relato que da título al libro («Los gallinazos sin plumas») nació cuando era portero de hotel y, años más tarde, fue utilizado como una de las tres historias del largometraje Caídos del cielo (1990), de Francisco Lombardi.


Los gallinazos sin plumas (1955).

¿Cómo clasificar los relatos de Ribeyro? Algunos libros de cuentos tienen unidad, pero otros parecen cajón de sastre, como el mencionado Cuentos de circunstancias, del cual resalta «Explicaciones a un cabo de servicio», monólogo que impresiona por los diversos giros de una historia que transcurre en Lima. «La botella de chicha», «Página de un diario», «Los eucaliptos», «Scorpio» y «Los merengues», en cambio, son textos que se basan en recuerdos de infancia, como «Por las azoteas», que pertenece al también citado Las botellas y los hombres.


Cuentos de circunstancias (1958).

Se dice con justa razón que muchas de las historias ribeyrianas terminan en fracaso, que sus personajes son víctimas de un chasco. Un caso emblemático es «El banquete», en que se ve a un tipo agasajar al presidente de la República tirando la casa por la ventana en busca de un favor político. El desenlace es tragicómico. Del mismo corte es «Una aventura nocturna», ambientada en Miraflores, lugar recurrente de Ribeyro. «La piel de un indio no cuesta caro», por el contrario, es una crítica feroz al desprecio que las clases dominantes tienen por los desfavorecidos, cuya gran mayoría son de origen andino. En otro cuento, «De color modesto», el dardo se dirige al racismo contra los afroperuanos.


Las botellas y los hombres (1964).

La posición política de Ribeyro se acentuó con Tres historias sublevantes (1964), libro de cuentos en el que está implícito su compromiso con la realidad peruana como intelectual. Cada relato se ambienta en una región natural del país: «Al pie del acantilado» en la costa, «El chaco» en la sierra y «Fénix» en la selva. El autor vuelve a ofrecer un conjunto homogéneo. El primer cuento es, de lejos, el mejor. Un relato conmovedor contado por un anciano que instala ilegalmente una modesta vivienda frente al mar, en medio de la explosión demográfica limeña. La historia de muchos inmigrantes.
Es necesario precisar que Ribeyro tuvo en Francia amistad con varios miembros de las guerrillas de entonces, las cuales planeaban llegar al poder a la manera cubana. En 1963, uno de ellos, el poeta Javier Heraud, que era integrante del Ejército de Liberación Nacional, murió abaleado en el río Madre de Dios. El cuento «Fénix» está dedicado y es un homenaje a este joven revolucionario, a quien Ribeyro conoció en París en 1961, cuando aquel venía de Moscú y regresaba a Lima. Las últimas líneas del relato se inspiran en el poema «El río» (1960), del siniestrado poeta guerrillero. En 1965, Ribeyro declaró abiertamente su respaldo a la lucha armada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), dirigida por Luis de la Puente Uceda, firmando un manifiesto con siete peruanos que se encontraban en la Ciudad Luz, entre ellos Mario Vargas Llosa.


Cuentos de circunstancias (1958).

A diferencia de los anteriores conjuntos de cuentos, Los cautivos y El próximo mes me nivelo jamás se publicaron en forma individual, aunque algunos investigadores los ficharan como tales. Aparecieron por primera vez en el segundo tomo de La palabra del mudo (1973), edición de Carlos Milla Batres, quien al agrupar todos los cuentos en una lujosa presentación realzó el interés por la obra ribeyriana.
La organicidad de Los cautivos se debe a que todos los cuentos se inspiran en las experiencias de juventud del autor en Europa. Su residencia en el Madrid franquista («Los españoles»), su viaje a Varsovia como asistente a un congreso de estudiantes («Bárbara»), su visita a un viejo escritor en Bélgica («Ridder y el pisapapeles», que —contra lo que se cree— se basa en un hecho real), su estadía en Fráncfort («Los cautivos»), su paso por hoteles parisinos («Nada que hacer, monsieur Baruch», «La primera nevada»), su amistad con un periodista de la agencia France-Presse («Las cosas andan mal, Carmelo Rosa»).
En «Espumante en el sótano», de El próximo mes me nivelo, volvemos al personaje mediocre, conformista, incapaz de arriesgar. En este caso el protagonista se encuentra anclado en un puesto hace veinticinco años: «Mi querida esposa siempre me dijo: Aníbal, lo más seguro es el ministerio. De allí no te muevas. Pase lo que pase. Con terremoto o con revolución. No ganarás mucho, pero a fin de mes tendrás tu paga fija».
A Ribeyro se le ha calificado con ironía como «el mejor escritor peruano del siglo XIX». La afirmación se apoya en la preferencia de Ribeyro por técnicas narrativas decimonónicas, su admiración por los escritores franceses Stendhal, Gustave Flaubert y Guy de Maupassant, a quienes dedicó artículos literarios, en una época en que los artificios vanguardistas del boom de la literatura latinoamericana cautivaban lectores: La muerte de Artemio Cruz (1962), del mexicano Carlos Fuentes; Rayuela (1963), del argentino Julio Cortázar; Conversación en La Catedral (1969), de su compatriota Mario Vargas Llosa. Pero ahí están ejemplos de monólogo interior en la pluma de Ribeyro: «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa» y «Los predicadores», aunque es cierto que son textos menos logrados.
En 1968, al producirse el golpe de Estado del general Juan Velasco Alvarado, Ribeyro adopta una actitud diferente frente a los militares. A este dictador lo había conocido en 1963, cuando era agregado militar de la Embajada del Perú en Francia. Confiaba en que, en el poder, su preocupación por los sectores populares beneficiaría al país.
Gracias a Velasco Alvarado, Ribeyro es incorporado en 1970 al cuerpo diplomático como agregado cultural de la Embajada peruana en Francia. Este cargo lo abandonó en 1972 para ser representante alterno del Perú ante la Unesco. En una entrevista de 1971, publicada en la revista Narración, Ribeyro declara que el proceso desencadenado por el gobierno de facto es positivo, pues lleva a la práctica reformas que necesitaba el Perú hace cuarenta años y que ningún gobernante había hasta entonces ejecutado.
No obstante, el espíritu que más se le conoce a Ribeyro es el de un escéptico optimista, quien es aquel que conserva cierta esperanza en que las cosas tal vez se arreglen, sin saber cómo. Su carácter por entonces tiende, además, al individualismo, motivado quizá por el momento crítico que vivió en 1973, al ser operado dos veces de cáncer, producto de su adicción al tabaco. A esta etapa pertenecen sus textos reflexivos de Prosas apátridas (1975).
Un cuento que representa este periodo es «Silvio en El Rosedal», escrito en 1976, cuyo protagonista busca una verdad que nunca encontrará. Pertenece al tercer tomo de La palabra del mudo (1977), edición de Milla Batres, el cual ofrece algunos de los más memorables cuentos ribeyrianos. Aparte del mencionado, destacan «Tristes querellas en la vieja quinta», que refiere sobre la convivencia, la necesidad del otro; «Alienación», la vida de un zambo que quería ser un rubio de Filadelfia y de una rubia limeña que terminó como «chola de mierda» en Kentucky; «El marqués y los gavilanes», que se centra en un personaje de rancia estirpe desplazado por los nuevos ricos, y «La juventud en la otra ribera», que habla de los riesgos de querer ser mozuelo en París cuando se tiene más de cincuenta años. Nuevamente hallamos un cajón de sastre.


La palabra del mudo (volumen 3, 1977).

Con la publicación de Solo para fumadores (1987), Ribeyro rompió un silencio de una década como cuentista. Al periodo sangriento que el Perú sufrió a causa de la subversión en la década de 1980, que dejaría aproximadamente setenta mil muertos y cuantiosas pérdidas materiales, Ribeyro solo le dedica unas líneas en su obra de ficción[3]. Cuando recuerda su estancia en Huamanga en 1959, como director del Departamento de Extensión Cultural de su universidad, apunta en el cuento que da título al libro: «Esa vieja, pequeña y olvidada ciudad andina era una delicia. El camarada Gonzalo no había hecho aún su aparición ni su filosofía señalado ningún sendero luminoso».
Salvo en «Escena de caza», los protagonistas de este libro son escritores. Los problemas que se exhiben en esta colección son asuntos que competen preferentemente a literatos, como el vicio de fumar («Solo para fumadores»); escribir la ansiada novela («Ausente por tiempo indefinido»); soportar charlas con tipos desagradables, presumidos («Té literario»); resolver el final de un relato («La solución»); la locura, la soledad y la postración («Conversación en el parque»); la búsqueda de un lugar solitario y acogedor, para dedicarse a la lectura y la meditación, lejos de las grandes urbes («La casa en la playa»).


Solo para fumadores (1987).

En la presentación del primer volumen de La tentación del fracaso, su diario personal, en Barranco, en julio de 1992, Ribeyro declaró que los artistas, a pesar de vivir en condiciones difíciles, deben continuar creando. Era una alusión al atentado cometido días antes por Sendero Luminoso en la calle Tarata, que había costado la vida de veinticinco personas.
Precisamente en 1992 apareció el cuarto y último volumen de La palabra del mudo, que recoge Solo para fumadores y ofrece una colección de cuentos hasta entonces inédita: Relatos santacrucinos. Ribeyro aquí no quiere comprometerse con la realidad peruana contemporánea. Alegaba que era algo que desconocía profundamente, pues hacía tres decenios que residía en París. En la introducción del libro, el autor señala que este tomo tiene una característica especial, ya que el significado del título general de sus cuentos (La palabra del mudo) ha variado. Ya no desea «darle voz a los olvidados, los excluidos, los marginales, los privados de la posibilidad de expresarse», sino exponer sus propias historias, sus propias ideas de manera más directa. En consecuencia, el mudo es ahora él. «Y eso quizá porque desde otra perspectiva yo sea también un marginal», confiesa.


Cuentos completos (edición española de Alfaguara, un volumen, 1994).

El barrio miraflorino de Santa Cruz es un lugar acogedor, la «Arcadia, el país encantado de la niñez», rodeado de moreras, eucaliptos, ficus, acequias, chacras, barrancos, playas y acantilados, donde es dulce vivir. La familia del narrador es de clase media, carece de aprietos económicos, conformada por dos padres y cuatro hijos (dos hombres y dos mujeres). En breves crónicas refiere el terremoto que asoló la ciudad y que, según las estadísticas oficiales, causó entre dos mil y tres mil muertos («Mayo 1940»); ciertas incursiones de ladrones a su hogar («Cacos y canes»); prejuicios por bellas jóvenes de Loreto y chismes de vecindad («Las tres gracias»); un desfile escolar por Fiestas Patrias y el enamoramiento de un compañero de colegio («Mariposas y cornetas»); la muerte de amigos que no alcanzaron la adolescencia («Los otros»).


La palabra del mudo (edición peruana de Jaime Campodónico, cuatro volúmenes, 1994).

Uno de los aspectos que poco se menciona de Ribeyro es el humor, que en este cuarto tomo se percibe de modo más nítido. Tanto los chascos como las humillaciones los sufre esta vez el álter ego de Ribeyro. En «Atiguibas», donde expresa su pasión por el fútbol, el protagonista es estafado «por un mulato pendejo» que no quiere revelar el significado de la palabra que da título al cuento. En «La música, el maestro Berenson y un servidor» queda asombrado al ver a su admirado director de orquesta en un estado lamentable: bebedor y en trajes raídos. En el conocido «Solo para fumadores», que repasa su vida a través de su relación con el tabaco, tiene que recurrir a la venta de sus libros, pedir fiado, mendigar, trabajar en oficios menores y actos inverosímiles —con resultados diversos— para conseguir un cigarrillo y mantener un vicio que lo conduce al borde de la muerte y a ser intervenido quirúrgicamente. Ribeyro falleció el 4 de diciembre de 1994, tras una larga lucha contra el cáncer, meses después de ser reconocido como uno de los más importantes narradores de la lengua castellana, y de ser declarado ganador del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.



[1] La edición de Jaime Campodónico no incluyó «Almuerzo en el club», que aparece en Cuentos completos, de Alfaguara, porque el autor no quería enemistarse con un pariente, su tío Fermín Zúñiga.
[2] A los Cuentos completos de Alfaguara se incorporaron los seis relatos de Ribeyro, la palabra inmortal, «Los huaqueros» (publicado en francés, en 1964, en el conjunto Charognards sans plumes y desconocido en castellano) y «Surf» (inédito hasta ese momento, escrito en 1994). Aparecen también, de forma arbitraria, «El Abominable» (inicio de una novela inconclusa que sería parte de El pedestal sin estatua, libro que jamás se publicó) y «El parque Sucre» (cuyo título definitivo es «Juegos de la infancia» y que es capítulo de su autobiografía inacabada).
[3] En su cuento póstumo «Surf», de carácter autobiográfico, escrito en Barranco y fechado el 26 de julio de 1994, dice: «el país atravesaba una época convulsiva, en la que imperaban la violencia, el terror y la muerte. No pasaba día en que no se produjeran asesinatos, secuestros, atentados, a cargo de grupos en armas, bandas fanatizadas que se habían propuesto destruir el orden existente para instaurar uno nuevo donde prevalecieran la justicia, la libertad y la igualdad. Muchas veces, en medio de estas reuniones [desarrolladas en un departamento frente al mar], se escuchaba estallar una bomba y luego las sirenas de carros de Policía y de bomberos que acudían al lugar de los hechos».



Lo biográfico en las obras de ficción de Ribeyro

Balcón del departamento de Barranco, 1994. En el escenario que le inspiró el cuento «Surf». Foto: Herman Schwarz.

En «Solo para fumadores» (1987), Julio Ramón Ribeyro nos refiere —con el pretexto de su relación con el cigarrillo— pasajes de su vida. Cuatro años antes de publicar ese relato, Ribeyro declaró en una entrevista, realizada por Gregorio Martínez y Roland Forgues, que estaba tratando de escribir un libro de tipo autobiográfico, pero no encontraba la forma de crearlo, porque quería evitar lo convencional.
Toda persona que escribe acerca de su vida se enfrenta a ciertos tópicos. «Uno empieza hablando de sus ancestros, de sus padres, de su infancia, de su vida sexual, de su colegio, de sus amigos, de sus viajes. Todas las biografías al final se parecen», declaró Ribeyro en dicha entrevista.
El narrador limeño llevaba entonces tres o cuatro años en busca de esa forma distinta de abordar un libro sobre su vida. Tuvo en mente utilizar una serie de elementos simbólicos, aunque fueran anodinos. Por ejemplo, playas. Todas las playas que conoció, desde niño.
También consideró emprender la obra desde los hoteles donde se hospedó. «Debo haber estado alojado en unos cien hoteles», declaró. Otros temas que tomó en cuenta: bibliotecas, libros, gatos, restaurantes, marcas de vino, zapatos. En suma, buscaba elementos que le sirvieran para aglomerar una serie de recuerdos en relación con algo. Al final, el cigarrillo sirvió de excusa para tratar su vida.
En la entrevista de 1983, Ribeyro refiere que tiene un capítulo de su autobiografía titulado «Terremotos y temblores»: «Yo he estado en el terremoto del año 40 en Lima, después en temblores muy fuertes. En torno a esos temblores, escribí sobre lo que me pasaba a mí, a mi familia, o lo que ocurría en el país. El asunto es que puedo escribir una serie de capítulos sobre estos elementos, pero el problema luego es cómo unirlos. Eso es lo que estoy tratando de resolver. Tengo que armarlos de alguna forma».
¿Qué resultó de ese proyecto? En primer término, el relato «Mayo 1940», en que el narrador cuenta: «La vereda empezó a ondular, tan pronto parecía subir como bajar, al punto que trastabillamos, pues no sabíamos a qué distancia debíamos poner los pies. Alguien dijo ‘se nos viene un tem­blor’, pero cuando vimos caerse las tejas de la residencia Moreira y abrirse una grieta en su alto cerco de adobe no nos quedó duda de que se trataba de un terremoto». Además, de esa serie de recuerdos quedó el libro Relatos santacrucinos, de 1992, parte del cuarto volumen de La palabra del mudo.
En una entrevista de 1973, Reynaldo Trinidad le pregunta: «Se dice que la mayoría de sus cuentos son autobiográficos. ¿Es cierto?». A ello, Ribeyro responde: «Efectivamente. Mis relatos, en un lenguaje estadístico, contienen 80 por ciento de realismo y 20 por ciento de imaginación. Al decir realismo quiero decir experiencias propias o ajenas directamente contadas por sus protagonistas al escritor. Por esto último, mi próximo libro reunirá una serie de historias que me han confiado mis amigos, con el título de Lo que tú me contaste. El recuerdo es un archivo inagotable de material narrativo».
Aparte de que ese libro nunca se publicó, ¿cuánto de Ribeyro de carne y hueso hay en su narrativa? Veamos, por ejemplo, las dos primeras novelas. La primera, Crónica de San Gabriel (1960), en realidad, es una transposición de una temporada que pasó en una hacienda de la sierra del norte, de los Andes de La Libertad, en Tulpo. Los personajes son reales, todos existen o existieron. Los nombres aparecen cambiados, pero todo es más o menos exacto. En julio de 2008 estuve en Trujillo y conocí a la «verdadera» Leticia, a Yolanda Rabines.
Ella me habló de la mina de tungsteno, de la rebelión ocurrida en ese lugar, de Juan Antonio y Julio Ramón Ribeyro. Es curioso, pero el autor sacó de la escena a su hermano. En la novela solo se habla de un joven limeño que viaja a los Andes con su tío. No pude evitar reírme cuando me dijo que su madre se enojó por las añadiduras del escritor, quien al final del libro coloca a Leticia embarazada sin decir de quién, y además a la madre fugándose con el tío. La progenitora de Yolanda Rabines se limitó a decir acerca de estas historias de ficción: «Esas cochinadas. Cómo se le ocurre a este idiota».
La segunda, Los geniecillos dominicales (1965), también es autobiográfica. El narrador limeño declaró que todos los episodios tienen que ver con su experiencia. Los personajes de la obra tienen sus modelos reales en el doctor Jorge Puccinelli (Rostalínez), Carlos Eduardo Zavaleta (Carlos), Francisco Bendezú (Cucho), Eleodoro Vargas Vicuña (Eleodoro), Wáshington Delgado (Franklin), Hugo Bravo (Hugo), Pablo Macera (Pablo), Manuel Acosta Ojeda (El Sabido), Juan Gonzalo Rose (Gonzalo), Alberto Escobar (Manolo) y Víctor Li Carrillo (Victoriano). Otros elementos tomados de la realidad son la revista Letras Peruanas (Prisma) y el centro cultural Ínsula (centro cultural Ateneo).
Ludo Melchor José Totem, protagonista del libro, es el álter ego de Ribeyro. Estudia el último año de Derecho en la Universidad Católica, pero le apasiona, como a los estudiantes de Letras de San Marcos, la literatura. Más adelante renuncia, harto de la monotonía y del burocratismo, al empleo de redactor de alegatos en un bufete.
Ahora repasemos la producción cuentística de Ribeyro. El relato que se remonta al periodo más antiguo de su vida es «Por las azoteas», que se basa en las experiencias que vivió en su casa del jirón Montero Rosas 117, a media cuadra de América Televisión. Muchos pueden pensar que Ribeyro fue miraflorino, pero lo cierto es que nació en el barrio de Santa Beatriz y que recién pasó a Santa Cruz en 1937, a la calle Comandante Espinar 201, a los siete años de edad.
Sus viajes de infancia a Tarma le sirvieron al autor para reescribir dos cuentos ambientados en esa pequeña ciudad andina: «Vaquita echada» y «Silvio en El Rosedal». Este último es verdad no tiene mucho de autobiográfico, pero hay cierta representación de Ribeyro en el protagonista: un sujeto algo solitario, creador de arte para minorías, buscador de la verdad.
El colegio Champagnat, ubicado en Miraflores y donde Ribeyro estudió de 1935 a 1945, es escenario de varios relatos. Así, del periodo escolar tenemos «El señor Campana y su hija Perlita», «Mariposas y cornetas», «Los otros», «La música, el maestro Berenson y un servidor» y «Sobre los modos de ganar la guerra», que se desarrolla en la huaca Juliana.
Acerca de su afición al fútbol, su admiración por el cañonero Lolo Fernández y sus frecuentaciones al estadio de José Díaz, Ribeyro escribió «Atiguibas»: «Con mi hermano vimos desfilar por la grama pelada de la cancha a los más renombrados clubes del fútbol de Argentina, Brasil y Uruguay», dice el narrador. En «Página de un diario» (1958), en cambio, toma una de sus experiencias más dolorosas: la muerte de su padre, quien falleció en 1945.
Ribeyro tuvo un encuentro con el Janampa real. En el cuento «Mar afuera», del libro Los gallinazos sin plumas (1955), se refiere a un personaje del barrio de Santa Cruz que «pasaba el día cantando, haciendo bromas o aventándose de los andamios para enamorar a las sirvientas, para quienes era una especie de Tarzán o de bestia o de demonio o de semental». Mientras pescaba, planea vengarse de Dionisio, pues este conquistó a la muchacha que deseaba: la «prieta».
En una carta del 2 de marzo de 1955, escrita en Madrid y dirigida a su hermano, el narrador dice que no quiere modificar sus cuentos. Ni siquiera los nombres de los personajes, como le sugiere Juan Antonio. «Me arriesgo a las enemistades que esto pueda traerme. ¿No crees que es una suerte, después de todo, para esas personas ingresar al mundo (efímero o intemporal) de la literatura?», opina.
Años después, el autor se encontró de modo casual con el «verdadero» Janampa. «Venía en una bicicleta, se bajó de ella y se acercó a mí —declaró en una entrevista realizada en 1994 por Ernesto Hermoza—. Yo creí que me iba a amenazar por haber hecho de él un asesino. Al contrario, me abrazó, me felicitó y me dijo que el cuento le había parecido muy simpático».
Los relatos ambientados en el Viejo Continente pertenecen en general al conjunto Los cautivos (1972): Madrid: «Los españoles». Un pueblito belga: «Ridder y el pisapapeles». Fráncfort: «Los cautivos». Varsovia: «Bárbara», que se basa en su viaje a la capital polaca en 1955 como uno de los treinta mil muchachos asistentes al Quinto Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, donde participaron ciento catorce países y cuyo lema fue «¡Por la paz y la amistad!».
Volvamos a «Solo para fumadores», relato que se desarrolla en el Perú, España, Alemania, Francia e Italia. Ahí nos enteramos más acerca de su experiencia como vendedor de periódicos viejos en París en 1955: «A cada cual nos daban un trici­clo y una calle y uno debía partir pedaleando hasta su calle e ir de edi­ficio en edificio, de piso en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos para los ‘pobres estudiantes’, hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o con lluvia, por calles planas o calles empinadas».
Ahora detengámonos en dos cuentos parisinos: «La estación del diablo amarillo» y «La primera nevada», publicados en 1994. Veamos el primero. Hay que aclarar antes que un «diablo» es una carretilla para llevar carga. En ese relato se cuenta la vida dura de los artistas en ciernes que no tienen recursos económicos: «Mientras ladeaba los bultos, nosotros deslizábamos bajo ellos la cuchilla de nuestros diablos, hacíamos presión sobre los mangos y una vez cargados iniciábamos la procesión hacia los camiones que nos esperaban alineados a lo largo del andén. Una rampa de madera nos comunicaba con cada uno de ellos. La subíamos empujando nuestro dia­blo, pero cuando el bulto era muy pesado debíamos tomar distancia, pisar bien la rampa y lanzarnos hacia ella como quien se suicida. Al principio no faltó quien trastabilló: se tropezó o se fue con diablo y todo fuera del andén».
«La primera nevada», por su parte, toma su estadía en un hotel de la capital francesa en 1952. El narrador cuenta que el poeta español Torroba dejó cierta vez algunas cosas en su departamento parisino, luego pidió quedarse a dormir en el piso y después en la cama. Cierta vez llegó con una hermosa chica drogada, con quien se acostó. El narrador no toleró tanta desconsideración y en la siguiente oportunidad no quiso abrirle la puerta, pero Torroba insistía en entrar. Al ver que este se alejaba durante una nevada, se arrepintió y le dijo que volviera, pero el poeta, muy enojado, le hizo un feo gesto y siguió su camino.
Muchos años después, en un homenaje que recibía Ribeyro en Madrid, en 1994, durante la Semana de Autor en la Casa de América, el narrador peruano leyó este cuento por primera vez. Su sorpresa fue total cuando del auditorio bajó un tipo delgado a increparle cara a cara. «¿Julio, te acuerdas de mí?». Ribeyro se quedó petrificado. «Soy Torroba, Torroba» y el sujeto se marchó. Un hecho, sin duda ribeyriano.
Cuando Ribeyro volvió a Lima en 1958, trajo los borradores de su primera novela bajo el brazo, la citada Crónica de San Gabriel (1960). Para terminarla, se retiró de la bohemia por un breve tiempo. Así, se alojó en el hotel La Estación, de Chosica, en 1959. En su diario, La tentación del fracaso (1992-1995), anota en julio de 1959: «Espero que mi temporada en Chosica me sirva para poner un poco de orden en mi vida. Estos últimos días han sido de­sastrosos. En posesión del dinero, mi virilidad ha renacido y he vuelto a encontrar el gusto de la mala noche y la bohemia desenfrenada». De ese hecho nace «Ausente por tiempo indefinido», un cuento sobre la imposibilidad de escribir.
Su breve temporada en Ayacucho, en 1959, como director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Huamanga, dejó cierta huella en el autor. A tal punto que ambienta en esa ciudad andina dos cuentos: «Los predicadores» y «Los jacarandás», del segundo volumen de La palabra del mudo (1973).
En cambio, acerca de su paso por la agencia France-Presse (1961-1971), como redactor y traductor de noticias, el periodo más fecundo de su producción literaria, dice muy poco. Solo queda el relato «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa», que se basa en el novelista catalán Xavier Domingo y tiene como protagonista a un español que se encarga de las cotizaciones de las bolsas de valores. Para el narrador, un compañero de trabajo, Carmelo, acabará sus días lejos de su patria, sin socorro y paz, sin gloria y memoria. ¿Acaso eso temía el autor? Ninguna línea en la obra de ficción queda de su labor como diplomático, ya sea como agregado cultural en la Embajada peruana o como delegado permanente ante la Unesco.
¿Cómo era el último Ribeyro? Algo de eso podemos saber a través del protagonista de Dichos de Luder (1989), quien vuelve al Perú tras una larga temporada en París. «En su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música —tan pronto óperas de Verdi como boleros de Agustín Lara—, recibía al atardecer muy irregularmente a dos o tres amigos y a los pocos jóvenes autores o estudiantes que habían leído sus raras publicaciones. Estas veladas eran sencillas. Se bebía solo vino (tinto y burdeos, sobre esto Luder era inflexible) y se hablaba de todo, sin protocolo ni concierto. Era visible que Luder encontraba un vivo placer en estas visitas, pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse, aunque fuese por momentos, a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable».
Se sabe que Ribeyro buscaba un lugar solitario frente al mar para vivir. Ese interés se expresa en «La casa en la playa», en que dice: «Al encontrarnos en Lima ese verano, Ernesto y yo decidimos poner en ejecución nuestro viejo proyecto de buscar una playa desier­ta donde construir nuestra casa. Ambos vivíamos en Europa desde nuestra juventud, pero, al llegar a la cincuentena, caímos en la cuenta de que estábamos ya hartos de las grandes ciudades. No soportábamos su ajetreo, la estridencia de sus medios artísticos y la sofisticación de su vida social». El personaje Ernesto se basa en el pintor Emilio Rodríguez Larraín.
Fechado en la isla italiana de Capri —la cual frecuentaba en vacaciones— el 17 de setiembre de 1993, el cuento «Nuit caprense cirius illuminata» presenta a un escritor maduro alejado de su hijo y de su esposa, a quienes ve con poca regularidad. Fabricio pretende reanudar cuatro décadas después una aventura amorosa con una española de nombre Yolanda Gálvez en una isla italiana. Algo de la vida amorosa del último Ribeyro está aquí.
«Surf» es el último cuento escrito por Ribeyro. Bernardo, que bordea los sesenta años, se instala en un departamento de Barranco, frente al mar. Planeaba escribir al fin el libro que le permitiera ser apreciado por todos. Al cabo de unas semanas, siente que el proyecto naufraga y se dedica a ofrecer fiestas. El país vivía entonces un clima de violencia, con atentados perpetrados por guerrilleros. «Empezó a recibir así a un pequeño y alegre grupo de jóvenes amigos, escritores en su mayoría, y a muchachas inteligentes que amaban tanto la literatura como la fiesta y las turbulencias de la vida nocturna. En su estudio se celebraron memorables reuniones, cenas y bailes que se prolongaban hasta la madrugada, en un ambiente de euforia febril, por momentos casi angustiosa, como si se estuvieran viviendo los últimos días de tiempos que se iban», dice el narrador. Ribeyro falleció poco después de escribir este cuento, que está fechado en Barranco, el 26 de julio de 1994.
El narrador limeño pensó escribir una novela sobre el cacique indígena Atusparia, quien lideró una rebelión en 1885 en Áncash. En ella lo autobiográfico queda de lado. Para escribirla, el autor tuvo muchas dificultades. «Lo que me paraliza por un lado es el carácter incompleto de mi información, pues los documentos relativos a esta revuelta indígena son escasos. Luego el hecho de que todos estos acontecimientos sean exteriores a mí, es decir, ajenos a mi propia experiencia y solicitadores de un esfuerzo desmedido de imaginación», le dijo a César Lévano en 1973. Es decir, al narrador le demandaba mucho esfuerzo tratar acerca de personajes ajenos a su vida.
Como se aprecia, los personajes ribeyrianos nacen de recuerdos propios, de la observación de la realidad y de complejas creaciones. En la citada entrevista realizada por Ernesto Hermoza, el escritor confiesa: «No creo que tenga uno solo que se haya inventado de pies a cabeza. Todos o son reales, que he observado y he conocido, o son compuestos con pedazos de seres reales. Es decir, uno coge dos o tres personas, las reúne, las compone y forma con eso un personaje».
¿Para qué nos sirve todo este recuento? Para comprender las intenciones del autor, sus fobias y sus filias. Para observar cómo se edificó su mundo literario. Es erróneo creer que las obras literarias deben ser autobiográficas o que estas son de mayor calidad que las enteramente inventadas. Solo a través de la pericia narrativa estos cuentos se hacen arte.

2009