jueves, 20 de octubre de 2011

Introducción a "Ribeyro, la palabra inmortal"

Casa de malecón Sousa 108, departamento 602, Barranco, julio de 1992. Ribeyro con Jorge Coaguila. Foto: Miguel Carrillo.





«Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ello no escribe nuevos libros o solo libros sobre sus libros. Para contrarrestar este peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia, los comentarios sobran».

Prosas apátridas, texto 184, Julio Ramón Ribeyro




Hay escritores que buscan ser entrevistados en los más importantes medios de comunicación: son aquellos que empiezan a publicar y los veteranos que han sido arrinconados en los estantes. También existen quienes, en la cima de la popularidad, se dan el lujo de cobrar por ofrecer entrevistas. Aseguran que los periódicos o programas tendrán público por sus declaraciones, que darán parte de su valioso tiempo y que, lo más importante, volcarán toda su sabiduría en opinar.
Pero algunos, como fue Julio Ramón Ribeyro, detestan ser entrevistados por timidez, por rehuir a la figuración. Si quieren conocerme —afirman—, lean mis libros. No obstante, para fortuna de sus lectores, conceden contadas entrevistas. ¿Por qué razón? Para ceder a la presión de sus editores.
En una carta a su hermano Juan Antonio, fechada en París el 18 de junio de 1964, el recordado cuentista, después de una primera negativa, acepta dar una entrevista a Elsa Arana Freire «para favorecer la venta del libro, salido sin ninguna publicidad». Se refiere a la colección de relatos Tres historias sublevantes (1964).
Sin embargo, en el fondo, Ribeyro cada vez que concedía una entrevista sentía una gran incomodidad. Como testimonio de este rechazo, se tiene la anotación del 31 de diciembre de 1973 de La tentación del fracaso (1993), su diario personal: «Sensación de haber sido quizá en el fondo manipulado, puesto en el mercado como un producto cualquiera, envilecido por la publicidad y maculado por la propaganda. Expuesto al asedio de repugnantes reporteros, fotografiado en actitudes de una obscena intimidad. ¡Qué resistencias he tenido que vencer para afrontar esa situación! [...]. Mundo ficticio el de la fama, por local o provinciana que sea, que nos circunda además de una pantalla adulona y a veces servil, impidiéndonos ver lo que hay detrás de todo ello y que es seguramente lo verdadero».
No extraña que Ribeyro tenga momentos espinosos con sus entrevistadores. Tras rechazar cinco entrevistas, una de ellas para la televisión, le ofrece unos minutos a Juan Gonzalo Rose, en 1982, pero solo por amistad. Aunque con una condición: «Publica la entrevista después de que yo me haya regresado a París. Me daría mucha vergüenza encontrarme en la calle con una de esas personas a quienes les dije que no iba a conceder ningún reportaje».
Por esta actitud tan particular, Ribeyro temía que se le juzgara de arrogante. «Pienso que un escritor solo debe ser entrevistado cuando tiene algo nuevo o importante que decir», le advierte a Gonzalo Rose.
Otro punto es que Ribeyro también estaba cansado de responder a las mismas preguntas. «Es una cosa que me harta», le confesó a Lorena Ausejo en 1992. ¿Cómo escribe? ¿Por qué vive fuera del Perú? ¿Cuál es su siguiente libro?
«La verdad es que esta entrevista que te doy se ha debido más que nada a Niño de Guzmán. Él me dijo que eras una chica inteligente, además de muy guapa, y esas dos cualidades juntas, además de ser raras... Pensé que, bueno, haré una excepción. Total, una raya más al tigre», afirmó el cuentista.
Ese comportamiento es curioso, pues Ribeyro ejerció también el periodismo. Lo primero que publicó fue una crítica cinematográfica, en 1949, en la revista universitaria Ágora. Luego vendrían sus comentarios literarios para el suplemento «Dominical», del diario El Comercio, varios de ellos recogidos en su libro La caza sutil (1976).
Además, conoció Europa, en 1952, gracias a una beca concedida por el Instituto de Cultura Hispánica para estudiar Periodismo en España.
Más importante aun fue que durante poco más de un decenio (1961-1971) trabajó como redactor y traductor de noticias en la agencia France-Presse, que fue el periodo más fecundo de su producción literaria.
Incluso hizo entrevistas. Una de ellas, al poeta español Vicente Aleixandre, en 1953, apareció en el suplemento dominical mencionado. Otra, publicada en el semanario Oiga, la hizo a Jorge Eduardo Eielson, en 1971, por la novela El cuerpo de Giulia-no. Según el citado diario personal, hay una entrevista que le hizo al político Luis Alberto Sánchez en la capital francesa, por cuenta de la agencia France-Presse, el 21 de marzo de 1963.
Sin embargo, Ribeyro fue más que nada un periodista de escritorio y no aquel que se lanza a buscar las noticias en las calles, a la manera del estadounidense Tom Wolfe. Mucho menos como el español Arturo Pérez-Reverte, que, a la vez que creador, ha sido corresponsal de guerra. Esto no es un demérito, sino simplemente una descripción de su actividad periodística.


***
Conocí a Ribeyro gracias a unos amigos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ellos habían conseguido —no entiendo hasta ahora cómo— la dirección del domicilio del cuentista y estaban decididos a visitarlo. Los encontré el lunes por la mañana en la entrada de la Facultad de Letras, con ejemplares de La palabra del mudo.
—¿Vienes con nosotros?
Ahí estaban el hoy narrador Carlos García Miranda, el poeta Rubén Grajeda, el profesor Juan Gensollén y un amigo común, Manuel El Ojitos Huapaya.
—¿Y si nos echa de su casa?
Parece que a nadie le importó mi pregunta, pues minutos después abordamos un microbús.
Ya delante del intercomunicador de su departamento, nos la rifamos para ver quién era el valiente en interrumpir al autor. Eran las tres de la tarde y apenas un sándwich nos tenía en pie.
—¿Sí?
—Señor Ribeyro, ¿cómo le va? —respiré hondo, y agregué—: Somos cinco estudiantes de San Marcos. Quisiéramos tener el placer de charlar con usted unos minutos. Sabemos que no le gusta este tipo de conversaciones, pero estamos investigando su obra y queríamos hacerle unas cuantas preguntas.
—Mire, en estos momentos estoy ocupado. Si desean vuelvan en una hora y tal vez los atienda.
—Entiendo, señor Ribeyro. Disculpe la molestia.
Después de unos segundos de silencio, Carlos dijo:
—Ni hablar. No nos vamos. Esperemos al frente.
Cruzamos la pista y, de espaldas al mar, montamos la guardia. No vaya a ser que se nos «escape». Escuchábamos el sonido de las olas, imaginando cómo era vivir en el malecón Sousa 108, departamento 602.


***
Llegada la hora volvimos a tocar el intercomunicador, esta vez cruzando los dedos:
—Señor Ribeyro, somos los estudiantes de San Marcos...
—Ah, sí, sí.
—Queríamos saber si era posible...
—Mire, la verdad no tengo mucho tiempo, pero los voy a atender unos minutos.
De este modo, ingresamos al edificio y subimos a su departamento. Al abrirse la puerta del ascensor, nos dimos con su living. Entramos, sin saber qué hacer. Después de unos minutos apareció él, delgadísimo, algo apresurado.
Tomamos asiento. Al saber que éramos de San Marcos, nos preguntó por algunos de nuestros profesores, amigos suyos de juventud: Francisco Bendezú, Wáshington Delgado y Pablo Guevara.
—¿Qué es de ellos?
Le explicamos qué cursos tenían a cargo.
—Mándenles, por favor, mis saludos.
—Cómo no —le dijimos.
Juan encendió un cigarrillo y todos sonreímos.
Carlos, que se decía conocedor de la obra ribeyriana, muchas veces nos señalaba en la facultad que varios relatos de La palabra del mudo tenían influencia del francés Jean-Paul Sartre, a quien idolatraba entonces, por esto y por aquello. La verdad, se volvió bien pesado con ese tema. Pero quién mejor que el propio escritor para resolver esta duda. Nunca olvidaré su cara de asombro cuando Ribeyro nos aseguró que no creía que Sartre tuviera presencia en sus libros.
Para sorpresa nuestra, pasamos dos horas con el autor. Al final de la conversación, todos le pedimos que nos pusiera una dedicatoria. Yo era el único que no tenía un ejemplar de alguna de sus obras. De manera que me escribió unas «líneas en prueba de aprecio» en el único libro que llevaba: El gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald.
Poco antes de despedirnos, le pedí que por favor me concediera una entrevista para El Peruano, diario en el que hacía mis prácticas.
—Mira, he rechazado varias entrevistas —dijo y, tras una pausa, añadió—: Te puedo aceptar una, solo si la publicas luego de mi viaje a París.
Cuando volví al diario nadie creía que había pasado tanto tiempo con Ribeyro, menos que me permitiera hacerle un reportaje.
Debido a que a la primera entrevista no fui con fotógrafo, le pedí por teléfono a Ribeyro que necesitaba unas tomas para ilustrar el texto. Aceptó algo fastidiado. Como un exceso de mi parte, fui con mi amigo Luis Bullón, compañero en la universidad y vecino mío en el Callao. Aunque le pedí que guardara silencio, soltó algunas preguntas en esa segunda entrevista. Creí conveniente reproducir su diálogo.
Alonso Rabí, mi editor en el suplemento cultural «La Revista», publicó las dos primeras conversaciones en un especial de cuatro páginas. Como acordamos, aparecieron luego del viaje de Ribeyro a París.


***
Al año siguiente, 1992, Ribeyro publicó el cuarto volumen de La palabra del mudo, el primer tomo de La tentación del fracaso y la quinta edición de Prosas apátridas. En la presentación de su diario personal, conocí a Juan Antonio Ribeyro, hermano del narrador, con quien trabé amistad. Recuerdo que cada domingo en las mañanas visitaba su casa ubicada en una quinta de la avenida 28 de Julio, en Miraflores, donde se ambienta el célebre cuento «Tristes querellas en la vieja quinta».
Él me facilitó valioso material acerca de su hermano: recortes periodísticos, afiches. Me mostró cartas personales. Sobre todo me iluminaba en el conocimiento de la obra ribeyriana. No ha habido y no habrá mayor conocedor de la obra de Ribeyro que él. Sabía el origen de cada relato y reconocía a los personajes que inspiraron a su hermano. Gracias a él, cultivé una mayor amistad con el escritor.
Visité muchas veces más a Julio Ramón, pero después de las seis entrevistas que se reúnen en este volumen nunca más llevé grabadora, para no intimidar y porque no pensé que pronto nos dejaría. Las dos primeras ediciones aparecieron con seis relatos de Ribeyro que rescaté de hemerotecas. Ahora estos son parte de La palabra del mudo, sus cuentos completos.

Lima, 15 de mayo de 2008

Entrevista a Julio Ramón Ribeyro. Uno (1991)

Miraflores, 1976. Muy cerca de la casa de su hermana Mercedes, donde se alojaba las veces que entonces volvía a Lima. La presencia del mar en la obra de Ribeyro es muy notoria, basta citar los cuentos «Mar afuera», «Al pie del acantilado», «Te querré eternamente», «Una medalla para Virginia», «Un domingo cualquiera», «Sobre las olas», «La casa en la playa» y «Surf». Además, uno de sus primeros relatos, el cual destruyó, se titulaba Benito, el pescador, acerca de un personaje de su barrio de Santa Cruz, Miraflores.

¿Por qué se muestra reacio con los periodistas, señor Ribeyro?
—En realidad, por dos motivos: el primero es que la mayoría de periodistas que vienen a entrevistarme no saben nada de literatura. El segundo, porque creo que ya lo dije todo, porque siempre vienen con las mismas preguntas. Estoy cansado de responder a lo mismo: ¿y cómo escribe usted?, ¿por qué escribe usted?...
Pero son muchos los jóvenes que no tienen la oportunidad de leer las entrevistas que le hicieron hace muchos años.
—Es cierto. Lo mejor sería que se publicaran en un libro; porque tengo tantas entrevistas, algunas en revistas o publicaciones que ya desaparecieron. Una vez una sobrina me enseñó pilas de recortes...
¿Este libro que menciona por qué no lo publica con un solo periodista que le pregunte de todo?
—Pero para qué, si hay entrevistas, si lo dicho está ahí.
Pero, a veces, usted cambia de ideas.
—Ah, bueno, eso es un riesgo.
Por ejemplo, usted un tiempo quería escribir una novela innovadora. Confesaba que pretendía «escribir una novela de vanguardia, con carácter experimental, destinada a fraguarme un nuevo lenguaje y una nueva forma de expresión». Tenía ese deseo.
—Ah, claro, esa es una entrevista que me hicieron en 1960 para La Gaceta de Lima. Vea usted la cantidad de años que han pasado, 1960, estamos en 1991, treinta y un años.
Deben ser miles las entrevistas que ha concedido.
—No, miles ni hablar. Serán cien —digamos— o, quizá, un poco más.
Entonces miles las rechazadas.
—Sí. (Risas).
Además de ello, usted evade la publicidad.
—Porque no me gusta promocionar un libro por todo el mundo luego de publicarlo. En ese sentido, no me siento tan presionado por mis editores como lo están Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa.
¿Se considera usted un solitario, un lobo estepario, entonces?
—No, si no, no tendría esposa ni hijo. Aunque, claro, no tengo tantos amigos como Alfredo Bryce, por ejemplo. No se imagina la cantidad de amigos que tiene por todas partes, amigos que lo adoran[1].
¿No le resulta paradójico que usted, el menos publicitado, tenga la mayor preferencia del público lector?
—Pues no sé. Tal vez se deba a que las personas que me leen encuentran muy suya esa atmósfera de frustración, de desadaptación, de marginalidad que caracteriza a mis relatos. Acaso porque los lectores sufran los mismos chascos y humillaciones, acaso porque en mis cuentos no haya vencedores.
Sin embargo, en sus narraciones últimas usted ha cambiado de temas. ¿No cree que esto haya causado el decaimiento de sus últimos cuentos?
—No creo. La temática ha cambiado, claro, porque los otros temas los había tratado. Los argumentos que trabajo actualmente ya no son esos asuntos candentes, de enorme gravedad, sino más reflexivos. Por otra parte, no creo que estos últimos cuentos estén mal escritos, por el contrario.
Con respecto a su técnica, ¿no cree que le faltó Faulkner para tener mayores perspectivas?
—La verdad, no he leído a William Faulkner o, más bien, lo poco que he leído de él me resultó sumamente pesado. Y no me avergüenzo de decir esto. Lo peor, en este caso, sería mentir y decir que lo he leído.
Faulkner, en su momento, fue un autor que debían leer los jóvenes escritores. ¿Cuál o cuáles cree que deben leerse ahora?
—No sé. No leo los libros de moda.
Hace algún momento se refirió a la frustración. ¿No se considera usted una persona frustrada?
—No, porque he realizado lo que he querido. Yo he querido viajar a Europa, publicar libros, casarme con la mujer que quiero[2], tener un hijo, tener una casa en Barranco y otra en Europa, y lo he conseguido. No, no me siento frustrado. Aunque no puse en estas cosas el empeño que otros ponen.
¿Cuál es su mayor orgullo, entonces?
(Breve silencio). Ser reconocido por algunas personas cuando camino, por una parejita de enamorados y que diga: «Mira, ese es Ribeyro». Por el mozo del hotel Bolívar, por un chofer de taxis. (Nueva pausa). Siento cierta satisfacción.
Aunque, lo leí por ahí, usted desearía pasar desapercibido. ¿No hay algo contradictorio en lo que dice?
—Bueno, me gusta pasar desapercibido, pero me halaga ser reconocido. ¿Cómo se puede entender esto? Yo preferiría, en todo caso, pasar desapercibido.
¿A usted, cuando era joven, no le agradaba o trataba de conocer a los escritores que tenía a su alcance, como Ciro Alegría, José María Arguedas[3]...?
—No, nunca.
Sin embargo, más tarde, conoció a Borges.
—¿Cómo sabe?
Lo leí en una revista de los años sesenta. Había allí una entrevista a Borges, que había ido a Alemania, adonde fue usted también.
—Sí, fue en el año 1964. Fui invitado, como muchos otros escritores, al Congreso por la Libertad de la Cultura. Ahí también se encontraban Miguel Ángel Asturias, João Guimarães Rosa, Eduardo Mallea, Günter Grass, Ciro Alegría y Roa Bastos. (Toca su rostro con la palma derecha). Recuerdo que había dos bandos: uno con Borges y el otro con Asturias. Mientras Asturias se ponía a hablar de literatura comprometida, Borges, en cambio, hablaba de la estética, y no le hacía caso. Asturias era un demagogo. Todo esto es muy gracioso, ¿no?
¿Y usted a qué bando iba?
—Un rato estaba en una mesa y otro rato en la otra. Recuerdo también que por esa fecha llegó un cable que decía que la novela de Vargas Llosa La ciudad y los perros había sido quemada en el patio del Colegio Militar. Enterados, Roa Bastos y yo redactamos una protesta por ello y firmamos todos los escritores presentes. Es el único documento en que aparecen juntas las firmas de Borges y Asturias. Pero este documento no se hizo público porque Mario dijo que no había necesidad.
Usted también ha firmado otros documentos, incluso políticos. Leí uno en que aparece su firma con las de Sartre, Simone de Beauvoir, Vargas Llosa y otros contra el apresamiento de Hugo Blanco[4].
—Puede ser; he firmado tantas cosas que ni sé lo que he firmado. A veces, cuando todo estaba ya redactado y venían a mí a que firmara, yo no podía hacer nada porque mi nombre estaba en la lista, entonces aceptaba no más por amistad. (Sonríe).
En todo caso, a usted siempre se le vincula con la izquierda.
—No soy izquierdista, aunque he tenido actitudes y acciones izquierdistas. Por ejemplo, apoyé a la guerrilla del 64, de Javier Heraud, o a la guerrilla del 65, de Guillermo Lobatón, Paul Escobar y otros. Me acuerdo que en París, Guillermo Lobatón dijo que había llegado el momento de la decisión: que quiénes iban a la lucha. Todos levantaron la mano, menos yo. (Sonríe nuevamente). Pero qué iba a hacer; yo no tengo espíritu de soldado. No obstante, Guillermo Lobatón, que además fue mi compañero en la universidad, me dijo: «No te critico; podrás servir aquí». Eran más o menos treinta los que levantaron la mano, pero era por pura figuración, ya que al final solo fueron cinco; los cinco que murieron. Los otros levantaron la mano solo para hacerse los machos.
¿Y qué hizo en Mayo del 68?
—Bueno, en ese entonces estaba trabajando en la France-Presse, y tenía que ir al trabajo en medio de una huelga general. No había metro ni autobuses ni taxis, por lo que tuve que ir a pie hasta la oficina, pese a la huelga. En el camino todo era un caos, agitaciones y marchas estudiantiles por todas partes, la Policía que me detenía a cada rato para que le mostrara mis documentos. Fue terrible.
Cierto sector, también, lo vinculó al aprismo cuando recibió la Orden del Sol.
—Y eso qué, ¿soy aprista?
No, le digo que las críticas fueron duras.
—Ah, sí, alguien dijo por ahí que arrojara la medalla[5].
Dígame, señor Ribeyro, ¿por qué usted que tenía tantos amigos en la Universidad de San Marcos, no estudió allí?
—Porque en la Católica el ambiente era más tranquilo, sin huelgas, con poca política. Si yo frecuentaba la Casona era para hacer amigos y conversar luego con ellos en los bares. De ese grupo éramos Wáshington Delgado, Eleodoro Vargas Vicuña, Alberto Escobar, Carlos Eduardo Zavaleta, Alejandro Romualdo, Pablo Guevara, Francisco Bendezú, Pablo Macera y Carlos Germán Belli, a quien no le gustaba mucho el trago. En cambio, la Universidad Católica era muy seria para mí[6].
¿Estudió en la Católica pese a que tiene un antepasado suyo como rector de la Universidad de San Marcos?
—Tengo dos, mi bisabuelo y mi tatarabuelo. Sí, pese a eso, pero creo que lo poco que he aprendido ha sido en Europa.
¿Desencantado con la patria? ¿Por qué continúa viviendo en París?
—Porque allá viven mi esposa, mi hijo, que es de nacionalidad francesa; porque allá vengo viviendo desde hace treinta años.
¿Ya encontró la playa en el Perú para vivir algún tiempo en ella?
—No, todavía la sigo buscando. (Sonríe)[7].
Por otro lado, usted plasmó la gente de una generación. Hoy es otra cosa, tal vez la gente de esta generación requiera su voz.
—Esta Lima me demandaría mucho tiempo. ¿Sabe?, tendría que vivir aquí nuevamente. A esta Lima la conozco de manera superficial, de modo que esto no sería posible; además tengo ahora otros temas.
Como miembro del jurado del concurso de cuento Juan Rulfo, ¿cuál es el balance de la actual narrativa hispanoamericana?
—Bueno, le diré que hay muy buenos cuentos, excelentes cuentos a la altura de cualquier escritor consagrado. Pero hay un hecho curioso: el 50 por ciento —de los dos mil o tres mil trabajos que se presentan— es de escritores argentinos, a quienes les siguen los mexicanos y los colombianos. Aunque en una oportunidad ganó el peruano Rodolfo Hinostroza, quien precisamente no es narrador sino, más bien, poeta[8].
¿Cómo es el caso del concurso El Cuento de las Mil Palabras?
—Bueno, el año anterior estuve como miembro del jurado y le puedo decir que el concurso no tuvo tanto nivel como en los anteriores. Lo mismo aceptaron los demás miembros del jurado.
Finalmente, señor Ribeyro, ¿cuándo aparece el tan esperado cuarto volumen de La palabra del mudo?
—No lo sé. También Carlos Milla, mi editor, me lo está exigiendo. Lo que pasa es que yo quiero que se imprima con la misma calidad de papel, formato y carátula con que se imprimieron los otros tomos, lo que actualmente es difícil. Así es que estamos en tratos. Espero que salga pronto, porque ya tengo el material casi listo.

1991


[1] En la novela El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1984) hay una apuesta entre los personajes Ribeyro y Bryce Echenique, ambos sentados en el bulevar Saint-Germain, de París. Intentan averiguar quién tiene más amigas bonitas, simpáticas e inteligentes.
[2] Fruto de su matrimonio con Alida Cordero tuvo su único hijo: Julio, de gran presencia en Prosas apátridas (1975, 1978, 1986).
[3] En una entrevista de 1993, Ribeyro recuerda que conoció personalmente a Arguedas: «Lo conocí en Lima en la casa del poeta Javier Sologuren. Cuando publicó Los ríos profundos, a los pocos días lo comenté elogiosamente. Arguedas lo apreció y me envió una carta muy calurosa y agradecida. Era muy formal en ese sentido».
[4] Error mío: Ribeyro jamás firmó documento a favor de la libertad de Hugo Blanco.
[5] Fue Miguel Gutiérrez, quien en su libro de ensayos La Generación del 50: un mundo dividido (1988) dice: «No pasaron tres meses desde que Ribeyro fuera condecorado cuando se produjo el espantoso genocidio del 18 y 19 de junio [de 1986] cometido contra los presos políticos y luchadores sociales de las cárceles de Lurigancho, El Frontón y Santa Bárbara. Más allá del horror que conmocionó la conciencia de todos los hombres de bien del Perú y el mundo, fue como si la Historia le brindase la oportunidad para que Julio Ramón Ribeyro se reivindicara del baldón que degradaba su trayectoria devolviendo la condecoración —y la Historia reciente del Perú ofrece un precedente—, pero Ribeyro no solo no se atrevió a cometer tamaña descortesía, sino que optó por el silencio: ni una declaración, ni un artículo de protesta, ni siquiera unas rayas rojas sobre una pizarra o un muro, acaso porque como escéptico dude que tal genocidio de verdad haya ocurrido y que fuera ordenado directamente por el mismo hombre que le impusiera la insignia [Alan García], que pertenece desde ya —como diría el viejo Engels— al basural de la Historia». Vargas Llosa, en cambio, publicó «Una montaña de cadáveres», carta abierta a Alan García, en el diario El Comercio, Lima, 23 de junio de 1986, en la cual dice: «La manera como se ha reprimido estos motines sugiere más un arreglo de cuentas con el enemigo que una operación cuyo objetivo era restablecer el orden». Se calcula que fueron trescientos los muertos.
[6] Esta experiencia lo inspiró a escribir la novela Los geniecillos dominicales (1965).
[7] En el cuento «La casa en la playa», el protagonista intenta huir de la urbe, de la civilización, pero no encuentra el lugar ideal.
[8] Fue en 1987, con el cuento «El benefactor».

Entrevista a Julio Ramón Ribeyro. Dos (1991)

Cementerio de Montparnasse, París, 1979. Escucha atentamente al poeta EnriqueVerástegui ante la tumba de César Vallejo. En Francia Ribeyro fue agregado cultural en la embajada peruana (1970-1972), luego representante alterno y más tarde delegado permanente ante la Unesco.

Sobre Dichos de Luder no hay declaraciones suyas. Además que es una obra muy poco difundida, ¿verdad?
—Bueno, puedo decirle por qué. Es que la mitad de la edición fue enviada a París como pago por los derechos de autor. Está allá todavía, la tengo guardada en un ropero. (Sonríe).
Quinientos ejemplares, ¿no?
—Sí, más o menos. No sé si fueron quinientos o mil los ejemplares que se editaron. Solo sé que me enviaron la mitad de los libros publicados.
¿Cree usted que este libro es una evolución de Prosas apátridas o una disgregación de este libro?
—No, no tiene nada que ver con Prosas apátridas.
Pero ambos tienen el tono pesimista, filosófico.
—Sí, puede ser. Pero, obviamente, en Prosas apátridas los textos son un poco más desarrollados, un poco más largos y, además, son mis propias reflexiones, directamente mías. Los textos de Dichos de Luder, en cambio, son réplicas, respuestas, afirmaciones, «dichos» por eso. Lo que pasa es que no he encontrado la fórmula que corresponde a lo que en francés se llama propos a esto o les propos. Hay una cantidad de libros de este tipo en Europa. Por ejemplo: Les propos de Valéry, Les propos de Sartre, que son cosas muy breves que sus autores han dicho.
¿Aforismos?
—No solo aforismos. Pueden ser también chistes, observaciones originales, ocurrencias o paradojas. En el caso de Dichos de Luder hay cosas que yo he dicho y cosas que yo he escuchado a otros escritores, como Julio Cortázar o Pablo Neruda.
Por otro lado, con el relato «Silvio en El Rosedal» (1977) ¿no cree usted que inicia otra etapa narrativa? Es decir, una etapa más reflexiva, más personal tal vez, en que deja usted los temas candentes de la primera época.
—Bueno, en el fondo los temas son de menos actualidad, es cierto, y más personales, más íntimos. No son como de los primeros cuentos. Digamos que los primeros relatos, en su mayoría, si exceptuamos todos los primeros escritos en primera persona, son cuentos de temas en que hablo de otros personajes; de mí mismo no hablo...
Esta misma tonalidad...
—Usted dirá que «Silvio en El Rosedal» está escrito en tercera persona, pero Silvio es, más o menos, una representación, un delegado mío. Yo soy una especie de Silvio en el fondo[1].
¿Esto mismo continuará en La palabra del mudo, tomo cuatro?
—No, el tomo cuatro va a tener, va a constar de varias partes. (Breve silencio). Hay una serie de relatos, como «Ausente por tiempo indefinido», en que el personaje es un escritor. Y también hay una serie de relatos sobre el barrio miraflorino de Santa Cruz, un barrio en el que he vivido en mi infancia y juventud. Estos últimos cuentos son de varias vertientes, de varios estilos y hasta de varias épocas. Ya resulta un poco abusivo el título general de mis cuentos, La palabra del mudo, porque ya son otras cosas. Pero como para mantener este título en buena cuenta está bien. Porque originalmente —como lo digo en el prólogo del primer tomo— La palabra del mudo es la palabra de la gente que no tiene la posibilidad de expresarse. Mientras que ahora es mi voz, es la mía, se ha convertido en eso. La palabra del mudo, cuarto tomo, soy yo. El mudo que estaba callado y que, de pronto, habla y aparece con nuevos campos.
Actualmente, ¿se está dedicando a escribir o a corregir?
—Paralelamente, estoy escribiendo y corrigiendo. En especial, sobre los años cuarenta en el barrio de Santa Cruz, sobre el Miraflores de esa década.
Con respecto a tener temas más íntimos, los críticos dicen que esto corresponde a la crisis del escritor, que ya no tiene otras perspectivas, que ya no tiene otras posibilidades de hablar.
—Es posible, yo no lo pongo en duda. Pero yo he creído siempre que el escritor verdaderamente genial es el que escribe no importa qué, olvidándose de sus propias experiencias, de su propia vida. Qué le puedo decir: sobre las Cruzadas, sobre Platón, de algo que pasó en Afganistán o en Japón. Ese es el escritor verdaderamente épico, que inventa, que saca todo de la nada. Mientras que el tipo que está sacando cosas del interior, de su propia vida, de su propia experiencia, es un escritor lírico, menor, ¿no?, de menor peso, de menor envergadura, pero al...
¿Pero...?
—Pero al mismo tiempo —como todo tiene su contraparte, como todo argumento tiene su contraargumento— hay grandes escritores que han tratado íntegramente sobre su propia vida, que es el caso de Proust. En efecto, Proust no ha hecho sino escribir sobre él mismo, desde la primera hasta la última línea.
¿A qué libros se refería cuando decía haberse arrepentido de haberlos leído en su juventud? ¿A los bodoques de La comedia humana?
—No, a los de La comedia humana no, nunca. Me he arrepentido de haber leído a...
¿A Thomas Mann?
—No, a Thomas Mann no. Creo que hablaba de Goethe, de las Novelas de aprendizaje, que son realmente aburridísimas.
Refiriéndonos a su escepticismo, ¿cuándo se inició esto en usted? ¿Cuándo tomó conciencia de ello?
—La verdad, yo creo que a fuerza de preguntársemelo y decírsemelo yo he terminado por creerlo. (Risas). Bueno, escéptica es la persona que duda y que considera que es muy difícil llegar al conocimiento de la verdad. Si lo consideramos así, tal vez yo sea un escéptico. Aunque hay personas mucho más rigurosas que —digamos— no creen en nada. En ese sentido, no soy así, porque yo creo en algunas cosas.
Pero duda siempre.
—Sí, sí. La duda siempre...
¿Como don?
—No, como método. Un poco a la manera de Descartes.
Muy racionalista, ¿no es cierto?
—Sí.
¿Y quién es Ribeyro para usted?
—¿Ribeyro? Vaya qué difícil, qué pregunta. Esta es una buena pregunta. Para esto tendría yo que acabar un libro, precisamente mi autobiografía, que la vengo escribiendo desde hace algún tiempo. Tal vez sepa la respuesta al final, cuando termine el libro[2].
¿No le parece que su silencio lo hace famoso?
—No, pero ha contribuido a ello.
¿No crea usted un aura mítica?
—Es posible. Por eso no me conviene, si quiero mantener esa aura mítica, conceder entrevistas demasiado largas.

En esos momentos llega la fotógrafa, seguida de dos compañeras del diario. Julio Ramón dice: «Adelante, pasen», y luego me pregunta: «¿Quiénes son?». Le explico que una de ellas es fotógrafa y las otras dos, admiradoras suyas. Julio Ramón se inquieta, sonríe y dice: «Lamentablemente yo tengo que hacer dentro de un ratito». Lilly Saldaña, la fotógrafa, me pide que abra las cortinas para algunas tomas de contraluz y, mientras voy tirando del cordón, le digo a Julio Ramón: «¿En qué estábamos?». Mientras Lilly sigue disparando, Julio Ramón dice: «Ah, estaba diciéndole que estoy..., que me están privando de mi marginalidad y que están maltratando mi aura de hombre solitario, de hombre que no concede entrevistas. Puede ser, ¿ah? Es la última vez...».

—¿Es la única entrevista que ha concedido en estas semanas?
—La única en todo el año —siento que la entrevista está a punto de quebrarse.
—¿No se siente un poco privado —le pregunta mi amigo Luis Bullón, que hasta el momento no había intervenido— de cosas que quiere hacer, como portarse como un mortal corriente?
—Yo me comporto como un mortal corriente cuando estoy de incógnito —responde Julio Ramón sonriendo.
—¿En París —vuelve a intervenir Luis Bullón— se siente más cómodo?
—Ah, en París, claro, nadie me conoce —replica Julio Ramón.
—Pese a que Alfredo Bryce —le digo— se fue de París a Barcelona porque lo molestaban mucho.
—Sí —dice Julio Ramón—, pero igualmente lo van a molestar allá en Barcelona. Incluso ya dejó Barcelona; ahora está en Madrid.
—¿La emigración a París —le digo— no le parece que es un signo del fracaso cultural de América Latina?
—No, no creo —dice Julio Ramón, mientras gasta unas bromas con la fotógrafa—. Hay muchos escritores y quizá los mejores escritores peruanos nunca han salido de Lima o del país. En todo caso, han viajado poco a Europa. Puedo citar el caso de Martín Adán, quien es, después de Vallejo, el más grande poeta peruano. Creo que viajó solo una vez a Arequipa y Cuzco, además ya de viejo. Pero casi no se movió de Barranco o del Larco Herrera. El caso de José María Arguedas es otro. Arguedas es un escritor que ha hecho su obra en el Perú, a pesar de haber vivido en España algunos meses gracias a una beca y a pesar de haber realizado conferencias en Francia, Alemania y otros países. Aunque tuvo influencias bien marcadas del ambiente cultural de otros países, Arguedas ha hecho toda su obra en el Perú.
—Por otro lado, ¿le molestaría a usted que lo consideraran filósofo?
—No —dice Julio Ramón.
—¿Se cree filósofo?
—Yo creo que sí. Si me define usted al filósofo como a un hombre que busca la razón de las cosas y, lógicamente, como amante de la Sabiduría, yo creo que sí, sí me gustaría...
—¿Un Platón peruano?
—Un Platón sería un orgullo, una gloria para mí.
—En narrativa peruana, haciendo comparaciones, tal vez usted sea un Hemingway y Vargas Llosa un Faulkner.
—¿Un Hemingway?
—Por lo claro y sencillo.
—¿Es un juicio de valores?
—No. Lo que quiero decir es que usted es el polo opuesto —digámoslo así— de Vargas Llosa en la técnica narrativa, como lo fue Hemingway de Faulkner.
—No crea usted. En Hemingway hay una técnica, una gran técnica que no se nota mucho, que no se percibe demasiado. Pero yo no conozco mucho a Hemingway, no lo conozco muy bien. He leído cuentos de él, algunas de sus novelas, no todas; pero quien lo conoce bien es Alfredo Bryce, que es un fanático de Hemingway[3]. Alfredo dice que hay una técnica en la obra de Hemingway de la cual ha aprendido muchísimo. (Breve silencio). Hemingway es un poco un narrador que describe comportamientos, ya que sus personajes están siempre en acción. Hemingway no se pone a explicar lo que piensa un personaje, nunca, sino los hace actuar. Hemingway tiene cuentos geniales, como es el caso de «Los asesinos». Por ejemplo, ahí hay gente que está hablando, haciendo cosas y no pensando. El lector se entera de los personajes por medio de sus actos y no por descripciones. Yo no sé si en Alfredo Bryce se nota esto. Tendría que releer los libros de Alfredo Bryce para ver si hay una presencia de Hemingway, si relata estados del alma o simplemente acciones.
—¿Cambiar de temas no cree que le traerá menor aceptación entre los lectores porque ya no trata generalmente sus problemas?
—No, no, no. A mí muchas veces me han dicho, amigos y críticos, que por qué no sigo escribiendo cuentos como en la primera época, que es lo que le gusta al lector. A mí no me importa, qué voy a hacer, yo no voy a escribir para darle gusto al lector.
—¿Y los críticos le interesan?
—Me interesan poco. ¿Cómo le puedo decir? Leo libros de crítica, pero sobre los autores que me interesan. He leído una cantidad considerable de libros sobre las obras de Flaubert, Stendhal o Kafka. Esos libros sí me interesan un poco, pero que escriban sobre mí, no.
—¿Qué diferencia encuentra entre los críticos peruanos y los franceses o europeos?
—Yo creo que los críticos peruanos siguen con cierto retraso las tendencias de la crítica europea o extranjera. Lo que está de moda, quiero decir. No citaré nombres, pero hay quienes siguen todavía con el método de Roland Barthes, Georg Luckács, Lucien Goldmann...
—¿De Sartre?
—De Sartre también.
—¿Sartre influenció mucho en usted?
—No.
—¿No? ¿Ni en lo social?
—No.
—¿Ni en lo comprometido?
—No.
—¿Anatole France? —intervino mi amigo Luis Bullón.
—Anatole France probablemente más que Sartre. Anatole France es un escritor que nadie lee ahora; está sumamente olvidado. Pero, curiosamente, hay una especie de renacimiento de Anatole France ahora en Francia. Quiero decir que están reeditándose sus libros en colecciones de bolsillo, porque en una época ya no se editaban más. Había que buscarlos en las librerías de viejo. Ahora —como repito— ya están saliendo hasta en libros de bolsillo. La gente lo lee con interés porque es un gran escritor, un gran prosista, un hombre como Sartre —si quiere usted— del siglo XIX: muy comprometido con lo social, como lo hizo con el caso Dreyfus.
—Como lo fue Proust.
—Pero Proust estuvo defendiendo a Dreyfus porque era judío como él, es decir, por razón de consanguinidad.

Lilly Saldaña sigue disparando y Julio Ramón se pone de pie para algunas tomas.

—Una de las causas del éxito —dice mi amigo Luis Bullón— que tienen sus cuentos se debe a que usted es muy asequible a todo tipo de público, no solo a uno elitista sino a un público no muy iniciado en literatura. Cualquier lector entiende muy bien y se divierte con sus cuentos.
—Ah, ya, eso sí. Asequibles son mis cuentos, no yo. No, la verdad, yo también lo soy.
—Tiene un sentido del humor —vuelve a intervenir Bullón—, de la ironía, del absurdo muy especial. Creo que es un don, no se puede aprender eso. Parece que usted tiene eso.
—Sí, en todo caso —dice Julio Ramón— hay un aspecto de mis cuentos, de mis libros, que es muy poco percibido por los críticos y justamente es el humor. Toda la gente me considera un escritor muy sombrío, muy escéptico, muy trágico; es decir, pesimista, cuando hay —yo creo— cosas muy divertidas. Yo me divierto mucho cuando escribo.

Todos sabíamos que eran los últimos instantes, de manera que le pedimos una última molestia: que, por favor, nos dedicara, a Luis Bullón y a mí, Prosas apátridas; cada uno de los dos había traído un ejemplar. Julio Ramón cogió un bolígrafo y:

—Debe parecerle —comentó Luis Bullón— muy superfluo este tipo de ceremonias. ¿De repente usted lo hizo de joven?
—Ah, sí, sí. Yo tengo dedicatorias importantísimas.
—¿Como cuáles?
—Tengo libros dedicados por John Steinbeck, Samuel Beckett, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar.
—¿Y de los peruanos? —dije.
—De los peruanos, todos.
—¿Fue una broma eso de que el libro autografiado por Ciro Alegría lo cambió por cigarrillos? —dijo Luis Bullón.
—Ah, sí, eso lo cuento en «Solo para fumadores» (1987). Fue una exageración mía. (Sonríe).
—Estaba muy gracioso —dijo Bullón—. Le tuvo que aumentar el teatro de Antón Chéjov. (Julio Ramón está dedicándonos sus libros). ¿Últimamente tiene interés personal por algún escritor? —agregó Bullón—. Milan Kundera, de repente; ¿ha leído algo de él?
—Sí.
—¿Qué le parece? —dijo Bullón.
—Es bueno, eh. Aunque un poquito manierista.
—Sobre la muerte de Graham Greene, ¿qué puede usted decir? —le pregunté.
—Nada. (Pausa). La otra vez me preguntó por teléfono, hasta París, un grupo de periodistas: «Oiga, ¿qué opina usted sobre el Premio Nobel concedido a Octavio Paz?». (Gestos con las manos). No pienso nada, dije. (Risas). ¿Para qué? ¿Qué quieren que diga? «¿Ah, qué suerte, es un alto honor para América Latina?». Tonterías.
—¿Guarda aunque sea —dijo Bullón— una pequeña esperanza de que a usted lo reconozcan con ese premio?
—No, está muy difícil.
—¿Alguna vez —volvió a preguntar Bullón— lo pensó como posibilidad, aunque sea muy remota?
—No, con recibir el Premio Nacional de Literatura es suficiente.
—¿Y el Asturias? ¿Y el Cervantes? —le dije.
—No, no creo. (Breve silencio). Bueno, muchachos, creo que eso es todo.

Julio Ramón Ribeyro había hecho hablar al mudo. Era el momento de despedirnos. Le agradecimos sus atenciones. Sentí una fuerte emoción, inolvidable, cuando estreché su mano y cuando lo vimos cerrando amable, cortésmente la puerta de su departamento. Más tarde, cuando viajábamos en el automóvil del diario, con el corazón grande y alegre, abrí las Prosas apátridas y leí: «A Jorge Coaguila, que me atormentó durante horas con preguntas para una publicación en El Peruano, muy cordialmente, Julio Ramón».

1991


[1] Lo que recuerda la famosa frase de su maestro Flaubert «Madame Bovary soy yo».
[2] La dejó inconclusa. Solo se conocen tres partes: «Introducción» (revista Quehacer, número 90, Lima, julio-agosto de 1994), «Ancestros» (Antología personal, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1994) y «Juegos de la infancia» (suplemento «Lundero», del diario La Industria, Chiclayo-Trujillo, 1 de enero de 1995).
[3] Bryce Echenique obtuvo el grado de bachiller en Letras por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con la tesis Función del diálogo en la narrativa de Ernest Hemingway, en 1963.