20 de octubre de 2011

Introducción a "Ribeyro, la palabra inmortal"

Casa de malecón Sousa 108, departamento 602, Barranco, julio de 1992. Ribeyro con Jorge Coaguila. Foto: Miguel Carrillo.





«Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ello no escribe nuevos libros o solo libros sobre sus libros. Para contrarrestar este peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia, los comentarios sobran».

Prosas apátridas, texto 184, Julio Ramón Ribeyro




Hay escritores que buscan ser entrevistados en los más importantes medios de comunicación: son aquellos que empiezan a publicar y los veteranos que han sido arrinconados en los estantes. También existen quienes, en la cima de la popularidad, se dan el lujo de cobrar por ofrecer entrevistas. Aseguran que los periódicos o programas tendrán público por sus declaraciones, que darán parte de su valioso tiempo y que, lo más importante, volcarán toda su sabiduría en opinar.
Pero algunos, como fue Julio Ramón Ribeyro, detestan ser entrevistados por timidez, por rehuir a la figuración. Si quieren conocerme —afirman—, lean mis libros. No obstante, para fortuna de sus lectores, conceden contadas entrevistas. ¿Por qué razón? Para ceder a la presión de sus editores.
En una carta a su hermano Juan Antonio, fechada en París el 18 de junio de 1964, el recordado cuentista, después de una primera negativa, acepta dar una entrevista a Elsa Arana Freire «para favorecer la venta del libro, salido sin ninguna publicidad». Se refiere a la colección de relatos Tres historias sublevantes (1964).
Sin embargo, en el fondo, Ribeyro cada vez que concedía una entrevista sentía una gran incomodidad. Como testimonio de este rechazo, se tiene la anotación del 31 de diciembre de 1973 de La tentación del fracaso (1993), su diario personal: «Sensación de haber sido quizá en el fondo manipulado, puesto en el mercado como un producto cualquiera, envilecido por la publicidad y maculado por la propaganda. Expuesto al asedio de repugnantes reporteros, fotografiado en actitudes de una obscena intimidad. ¡Qué resistencias he tenido que vencer para afrontar esa situación! [...]. Mundo ficticio el de la fama, por local o provinciana que sea, que nos circunda además de una pantalla adulona y a veces servil, impidiéndonos ver lo que hay detrás de todo ello y que es seguramente lo verdadero».
No extraña que Ribeyro tenga momentos espinosos con sus entrevistadores. Tras rechazar cinco entrevistas, una de ellas para la televisión, le ofrece unos minutos a Juan Gonzalo Rose, en 1982, pero solo por amistad. Aunque con una condición: «Publica la entrevista después de que yo me haya regresado a París. Me daría mucha vergüenza encontrarme en la calle con una de esas personas a quienes les dije que no iba a conceder ningún reportaje».
Por esta actitud tan particular, Ribeyro temía que se le juzgara de arrogante. «Pienso que un escritor solo debe ser entrevistado cuando tiene algo nuevo o importante que decir», le advierte a Gonzalo Rose.
Otro punto es que Ribeyro también estaba cansado de responder a las mismas preguntas. «Es una cosa que me harta», le confesó a Lorena Ausejo en 1992. ¿Cómo escribe? ¿Por qué vive fuera del Perú? ¿Cuál es su siguiente libro?
«La verdad es que esta entrevista que te doy se ha debido más que nada a Niño de Guzmán. Él me dijo que eras una chica inteligente, además de muy guapa, y esas dos cualidades juntas, además de ser raras... Pensé que, bueno, haré una excepción. Total, una raya más al tigre», afirmó el cuentista.
Ese comportamiento es curioso, pues Ribeyro ejerció también el periodismo. Lo primero que publicó fue una crítica cinematográfica, en 1949, en la revista universitaria Ágora. Luego vendrían sus comentarios literarios para el suplemento «Dominical», del diario El Comercio, varios de ellos recogidos en su libro La caza sutil (1976).
Además, conoció Europa, en 1952, gracias a una beca concedida por el Instituto de Cultura Hispánica para estudiar Periodismo en España.
Más importante aun fue que durante poco más de un decenio (1961-1971) trabajó como redactor y traductor de noticias en la agencia France-Presse, que fue el periodo más fecundo de su producción literaria.
Incluso hizo entrevistas. Una de ellas, al poeta español Vicente Aleixandre, en 1953, apareció en el suplemento dominical mencionado. Otra, publicada en el semanario Oiga, la hizo a Jorge Eduardo Eielson, en 1971, por la novela El cuerpo de Giulia-no. Según el citado diario personal, hay una entrevista que le hizo al político Luis Alberto Sánchez en la capital francesa, por cuenta de la agencia France-Presse, el 21 de marzo de 1963.
Sin embargo, Ribeyro fue más que nada un periodista de escritorio y no aquel que se lanza a buscar las noticias en las calles, a la manera del estadounidense Tom Wolfe. Mucho menos como el español Arturo Pérez-Reverte, que, a la vez que creador, ha sido corresponsal de guerra. Esto no es un demérito, sino simplemente una descripción de su actividad periodística.


***
Conocí a Ribeyro gracias a unos amigos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ellos habían conseguido —no entiendo hasta ahora cómo— la dirección del domicilio del cuentista y estaban decididos a visitarlo. Los encontré el lunes por la mañana en la entrada de la Facultad de Letras, con ejemplares de La palabra del mudo.
—¿Vienes con nosotros?
Ahí estaban el hoy narrador Carlos García Miranda, el poeta Rubén Grajeda, el profesor Juan Gensollén y un amigo común, Manuel El Ojitos Huapaya.
—¿Y si nos echa de su casa?
Parece que a nadie le importó mi pregunta, pues minutos después abordamos un microbús.
Ya delante del intercomunicador de su departamento, nos la rifamos para ver quién era el valiente en interrumpir al autor. Eran las tres de la tarde y apenas un sándwich nos tenía en pie.
—¿Sí?
—Señor Ribeyro, ¿cómo le va? —respiré hondo, y agregué—: Somos cinco estudiantes de San Marcos. Quisiéramos tener el placer de charlar con usted unos minutos. Sabemos que no le gusta este tipo de conversaciones, pero estamos investigando su obra y queríamos hacerle unas cuantas preguntas.
—Mire, en estos momentos estoy ocupado. Si desean vuelvan en una hora y tal vez los atienda.
—Entiendo, señor Ribeyro. Disculpe la molestia.
Después de unos segundos de silencio, Carlos dijo:
—Ni hablar. No nos vamos. Esperemos al frente.
Cruzamos la pista y, de espaldas al mar, montamos la guardia. No vaya a ser que se nos «escape». Escuchábamos el sonido de las olas, imaginando cómo era vivir en el malecón Sousa 108, departamento 602.


***
Llegada la hora volvimos a tocar el intercomunicador, esta vez cruzando los dedos:
—Señor Ribeyro, somos los estudiantes de San Marcos...
—Ah, sí, sí.
—Queríamos saber si era posible...
—Mire, la verdad no tengo mucho tiempo, pero los voy a atender unos minutos.
De este modo, ingresamos al edificio y subimos a su departamento. Al abrirse la puerta del ascensor, nos dimos con su living. Entramos, sin saber qué hacer. Después de unos minutos apareció él, delgadísimo, algo apresurado.
Tomamos asiento. Al saber que éramos de San Marcos, nos preguntó por algunos de nuestros profesores, amigos suyos de juventud: Francisco Bendezú, Wáshington Delgado y Pablo Guevara.
—¿Qué es de ellos?
Le explicamos qué cursos tenían a cargo.
—Mándenles, por favor, mis saludos.
—Cómo no —le dijimos.
Juan encendió un cigarrillo y todos sonreímos.
Carlos, que se decía conocedor de la obra ribeyriana, muchas veces nos señalaba en la facultad que varios relatos de La palabra del mudo tenían influencia del francés Jean-Paul Sartre, a quien idolatraba entonces, por esto y por aquello. La verdad, se volvió bien pesado con ese tema. Pero quién mejor que el propio escritor para resolver esta duda. Nunca olvidaré su cara de asombro cuando Ribeyro nos aseguró que no creía que Sartre tuviera presencia en sus libros.
Para sorpresa nuestra, pasamos dos horas con el autor. Al final de la conversación, todos le pedimos que nos pusiera una dedicatoria. Yo era el único que no tenía un ejemplar de alguna de sus obras. De manera que me escribió unas «líneas en prueba de aprecio» en el único libro que llevaba: El gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald.
Poco antes de despedirnos, le pedí que por favor me concediera una entrevista para El Peruano, diario en el que hacía mis prácticas.
—Mira, he rechazado varias entrevistas —dijo y, tras una pausa, añadió—: Te puedo aceptar una, solo si la publicas luego de mi viaje a París.
Cuando volví al diario nadie creía que había pasado tanto tiempo con Ribeyro, menos que me permitiera hacerle un reportaje.
Debido a que a la primera entrevista no fui con fotógrafo, le pedí por teléfono a Ribeyro que necesitaba unas tomas para ilustrar el texto. Aceptó algo fastidiado. Como un exceso de mi parte, fui con mi amigo Luis Bullón, compañero en la universidad y vecino mío en el Callao. Aunque le pedí que guardara silencio, soltó algunas preguntas en esa segunda entrevista. Creí conveniente reproducir su diálogo.
Alonso Rabí, mi editor en el suplemento cultural «La Revista», publicó las dos primeras conversaciones en un especial de cuatro páginas. Como acordamos, aparecieron luego del viaje de Ribeyro a París.


***
Al año siguiente, 1992, Ribeyro publicó el cuarto volumen de La palabra del mudo, el primer tomo de La tentación del fracaso y la quinta edición de Prosas apátridas. En la presentación de su diario personal, conocí a Juan Antonio Ribeyro, hermano del narrador, con quien trabé amistad. Recuerdo que cada domingo en las mañanas visitaba su casa ubicada en una quinta de la avenida 28 de Julio, en Miraflores, donde se ambienta el célebre cuento «Tristes querellas en la vieja quinta».
Él me facilitó valioso material acerca de su hermano: recortes periodísticos, afiches. Me mostró cartas personales. Sobre todo me iluminaba en el conocimiento de la obra ribeyriana. No ha habido y no habrá mayor conocedor de la obra de Ribeyro que él. Sabía el origen de cada relato y reconocía a los personajes que inspiraron a su hermano. Gracias a él, cultivé una mayor amistad con el escritor.
Visité muchas veces más a Julio Ramón, pero después de las seis entrevistas que se reúnen en este volumen nunca más llevé grabadora, para no intimidar y porque no pensé que pronto nos dejaría. Las dos primeras ediciones aparecieron con seis relatos de Ribeyro que rescaté de hemerotecas. Ahora estos son parte de La palabra del mudo, sus cuentos completos.

Lima, 15 de mayo de 2008

El mundo en una mano / Sobre "La palabra del mudo" (1949-1994), de Ribeyro

La palabra del mudo (edición española de Seix Barral, un volumen, 2010).

En 1973, Carlos Milla Batres, editor salvadoreño afincado en el Perú, agrupó todos los cuentos de Julio Ramón Ribeyro en dos volúmenes, con el título general de La palabra del mudo. El tercer tomo apareció en 1977 y el cuarto, en 1992. En 1994, en un solo volumen, la editorial española Alfaguara sacó a la luz Cuentos completos, con varios añadidos. Ese mismo año, poco antes de fallecer el autor, se publicó en Lima y en cuatro tomos La palabra del mudo, a cargo de Jaime Campodónico[1]. En el año 2009, para el Perú en dos volúmenes, y 2010, para España en un volumen, Seix Barral ofreció con el mismo título y con agregados, una edición que intenta ser definitiva. En total, la colección reúne ahora 95 cuentos[2].
Ribeyro inició la publicación de su obra en 1949 con «La vida gris», que apareció en la revista El Correo Bolivariano y que fue calificado por su autor como el padre de sus cuentos. Son seis relatos los que Ribeyro publicó en diversos periódicos y que no integraban La palabra del mudo hasta la edición de Seix Barral. La media docena se publicó por primera vez en el libro Ribeyro, la palabra inmortal (1995), que edité póstumamente con seis entrevistas que realicé al autor.
El personaje principal de «La vida gris», Roberto, nunca resaltó por algo, todo en él era «neutro, limitado y barato». Ribeyro traza aquí al protagonista de sus narraciones más típicas: un sujeto de clase media, temeroso y mediocre. Su presencia se encuentra en cuentos como «Dirección equivocada», «El jefe» y «El profesor suplente», de Las botellas y los hombres (1964). En este último relato, Matías Palomino no tiene el valor suficiente para reemplazar a un profesor de Historia, pues, vencido por la timidez de enfrentarse a un aula expectante, vuelve a su hogar y se echa desconsoladamente a llorar ante su mujer.
Sin embargo, la mayor parte de los primeros cuentos de Ribeyro son de corte fantástico, influenciado sin duda por el checo Franz Kafka. Cuatro de los seis relatos rescatados en Ribeyro, la palabra inmortal son de este tipo: «La huella», «El cuarto sin numerar», «La careta» y «La encrucijada». Salvo el último —publicado en 1953—, todos ellos fueron editados en 1952. El narrador del segundo relato dice en una parte que poco a poco fue envuelto por una «atmósfera onírica» y en otro momento cree haber vivido una pesadilla. El valor de estos textos es más histórico que literario.
De ese año data también «La insignia», que pertenece a Cuentos de circunstancias (1958). En este relato, uno de los más célebres de Ribeyro, un sujeto encuentra un distintivo en un tacho de basura y cierto día, al utilizarlo, es incorporado a una organización de la que llega a ser presidente, sin saber sus objetivos. Es significativo que se hable de un autor muerto en Praga, la ciudad de Kafka.
Hasta esa fecha, Ribeyro podría ser tomado por reaccionario, pues en sus conversaciones universitarias adoptaba una actitud retrógrada. «Pensaba, por ejemplo —confiesa en una entrevista realizada por César Calvo en 1971—, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían la razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas».
Mediante una beca, concedida por el Instituto de Cultura Hispánica, Ribeyro llega a Madrid a fines de 1952 para estudiar Periodismo. En España, alternando con latinoamericanos progresistas, se consideró políticamente equivocado. Al año siguiente, en 1953, cuando viajó a París, se operó un gran cambio en él. Eso se debió, en parte, a que tuvo que trabajar en oficios muy penosos. Fue recogedor de periódicos viejos (experiencia rememorada en el cuento «Solo para fumadores») y cargador en una estación de tren (ver «La estación del diablo amarillo»). Comprendió la vida dura de los obreros, lo que lo aproximó al socialismo.
Producto de ese acercamiento es su primera colección de cuentos, Los gallinazos sin plumas (1955), donde algunos protagonistas son albañiles, pescadores, domésticas, recogedores de desperdicios para alimentar a un cerdo. Ribeyro se interesa profundamente por el nuevo rostro de la ciudad de Lima: invadida cada vez más por provincianos, especialmente de la sierra, debido a la crisis agraria. Al igual que otros miembros de su generación, como Enrique Congrains Martin o Luis Felipe Angell, Ribeyro cultiva el realismo urbano, en que muestra el lado injusto y horrible de la sociedad. El relato que da título al libro («Los gallinazos sin plumas») nació cuando era portero de hotel y, años más tarde, fue utilizado como una de las tres historias del largometraje Caídos del cielo (1990), de Francisco Lombardi.


Los gallinazos sin plumas (1955).

¿Cómo clasificar los relatos de Ribeyro? Algunos libros de cuentos tienen unidad, pero otros parecen cajón de sastre, como el mencionado Cuentos de circunstancias, del cual resalta «Explicaciones a un cabo de servicio», monólogo que impresiona por los diversos giros de una historia que transcurre en Lima. «La botella de chicha», «Página de un diario», «Los eucaliptos», «Scorpio» y «Los merengues», en cambio, son textos que se basan en recuerdos de infancia, como «Por las azoteas», que pertenece al también citado Las botellas y los hombres.


Cuentos de circunstancias (1958).

Se dice con justa razón que muchas de las historias ribeyrianas terminan en fracaso, que sus personajes son víctimas de un chasco. Un caso emblemático es «El banquete», en que se ve a un tipo agasajar al presidente de la República tirando la casa por la ventana en busca de un favor político. El desenlace es tragicómico. Del mismo corte es «Una aventura nocturna», ambientada en Miraflores, lugar recurrente de Ribeyro. «La piel de un indio no cuesta caro», por el contrario, es una crítica feroz al desprecio que las clases dominantes tienen por los desfavorecidos, cuya gran mayoría son de origen andino. En otro cuento, «De color modesto», el dardo se dirige al racismo contra los afroperuanos.


Las botellas y los hombres (1964).

La posición política de Ribeyro se acentuó con Tres historias sublevantes (1964), libro de cuentos en el que está implícito su compromiso con la realidad peruana como intelectual. Cada relato se ambienta en una región natural del país: «Al pie del acantilado» en la costa, «El chaco» en la sierra y «Fénix» en la selva. El autor vuelve a ofrecer un conjunto homogéneo. El primer cuento es, de lejos, el mejor. Un relato conmovedor contado por un anciano que instala ilegalmente una modesta vivienda frente al mar, en medio de la explosión demográfica limeña. La historia de muchos inmigrantes.
Es necesario precisar que Ribeyro tuvo en Francia amistad con varios miembros de las guerrillas de entonces, las cuales planeaban llegar al poder a la manera cubana. En 1963, uno de ellos, el poeta Javier Heraud, que era integrante del Ejército de Liberación Nacional, murió abaleado en el río Madre de Dios. El cuento «Fénix» está dedicado y es un homenaje a este joven revolucionario, a quien Ribeyro conoció en París en 1961, cuando aquel venía de Moscú y regresaba a Lima. Las últimas líneas del relato se inspiran en el poema «El río» (1960), del siniestrado poeta guerrillero. En 1965, Ribeyro declaró abiertamente su respaldo a la lucha armada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), dirigida por Luis de la Puente Uceda, firmando un manifiesto con siete peruanos que se encontraban en la Ciudad Luz, entre ellos Mario Vargas Llosa.


Cuentos de circunstancias (1958).

A diferencia de los anteriores conjuntos de cuentos, Los cautivos y El próximo mes me nivelo jamás se publicaron en forma individual, aunque algunos investigadores los ficharan como tales. Aparecieron por primera vez en el segundo tomo de La palabra del mudo (1973), edición de Carlos Milla Batres, quien al agrupar todos los cuentos en una lujosa presentación realzó el interés por la obra ribeyriana.
La organicidad de Los cautivos se debe a que todos los cuentos se inspiran en las experiencias de juventud del autor en Europa. Su residencia en el Madrid franquista («Los españoles»), su viaje a Varsovia como asistente a un congreso de estudiantes («Bárbara»), su visita a un viejo escritor en Bélgica («Ridder y el pisapapeles», que —contra lo que se cree— se basa en un hecho real), su estadía en Fráncfort («Los cautivos»), su paso por hoteles parisinos («Nada que hacer, monsieur Baruch», «La primera nevada»), su amistad con un periodista de la agencia France-Presse («Las cosas andan mal, Carmelo Rosa»).
En «Espumante en el sótano», de El próximo mes me nivelo, volvemos al personaje mediocre, conformista, incapaz de arriesgar. En este caso el protagonista se encuentra anclado en un puesto hace veinticinco años: «Mi querida esposa siempre me dijo: Aníbal, lo más seguro es el ministerio. De allí no te muevas. Pase lo que pase. Con terremoto o con revolución. No ganarás mucho, pero a fin de mes tendrás tu paga fija».
A Ribeyro se le ha calificado con ironía como «el mejor escritor peruano del siglo XIX». La afirmación se apoya en la preferencia de Ribeyro por técnicas narrativas decimonónicas, su admiración por los escritores franceses Stendhal, Gustave Flaubert y Guy de Maupassant, a quienes dedicó artículos literarios, en una época en que los artificios vanguardistas del boom de la literatura latinoamericana cautivaban lectores: La muerte de Artemio Cruz (1962), del mexicano Carlos Fuentes; Rayuela (1963), del argentino Julio Cortázar; Conversación en La Catedral (1969), de su compatriota Mario Vargas Llosa. Pero ahí están ejemplos de monólogo interior en la pluma de Ribeyro: «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa» y «Los predicadores», aunque es cierto que son textos menos logrados.
En 1968, al producirse el golpe de Estado del general Juan Velasco Alvarado, Ribeyro adopta una actitud diferente frente a los militares. A este dictador lo había conocido en 1963, cuando era agregado militar de la Embajada del Perú en Francia. Confiaba en que, en el poder, su preocupación por los sectores populares beneficiaría al país.
Gracias a Velasco Alvarado, Ribeyro es incorporado en 1970 al cuerpo diplomático como agregado cultural de la Embajada peruana en Francia. Este cargo lo abandonó en 1972 para ser representante alterno del Perú ante la Unesco. En una entrevista de 1971, publicada en la revista Narración, Ribeyro declara que el proceso desencadenado por el gobierno de facto es positivo, pues lleva a la práctica reformas que necesitaba el Perú hace cuarenta años y que ningún gobernante había hasta entonces ejecutado.
No obstante, el espíritu que más se le conoce a Ribeyro es el de un escéptico optimista, quien es aquel que conserva cierta esperanza en que las cosas tal vez se arreglen, sin saber cómo. Su carácter por entonces tiende, además, al individualismo, motivado quizá por el momento crítico que vivió en 1973, al ser operado dos veces de cáncer, producto de su adicción al tabaco. A esta etapa pertenecen sus textos reflexivos de Prosas apátridas (1975).
Un cuento que representa este periodo es «Silvio en El Rosedal», escrito en 1976, cuyo protagonista busca una verdad que nunca encontrará. Pertenece al tercer tomo de La palabra del mudo (1977), edición de Milla Batres, el cual ofrece algunos de los más memorables cuentos ribeyrianos. Aparte del mencionado, destacan «Tristes querellas en la vieja quinta», que refiere sobre la convivencia, la necesidad del otro; «Alienación», la vida de un zambo que quería ser un rubio de Filadelfia y de una rubia limeña que terminó como «chola de mierda» en Kentucky; «El marqués y los gavilanes», que se centra en un personaje de rancia estirpe desplazado por los nuevos ricos, y «La juventud en la otra ribera», que habla de los riesgos de querer ser mozuelo en París cuando se tiene más de cincuenta años. Nuevamente hallamos un cajón de sastre.


La palabra del mudo (volumen 3, 1977).

Con la publicación de Solo para fumadores (1987), Ribeyro rompió un silencio de una década como cuentista. Al periodo sangriento que el Perú sufrió a causa de la subversión en la década de 1980, que dejaría aproximadamente setenta mil muertos y cuantiosas pérdidas materiales, Ribeyro solo le dedica unas líneas en su obra de ficción[3]. Cuando recuerda su estancia en Huamanga en 1959, como director del Departamento de Extensión Cultural de su universidad, apunta en el cuento que da título al libro: «Esa vieja, pequeña y olvidada ciudad andina era una delicia. El camarada Gonzalo no había hecho aún su aparición ni su filosofía señalado ningún sendero luminoso».
Salvo en «Escena de caza», los protagonistas de este libro son escritores. Los problemas que se exhiben en esta colección son asuntos que competen preferentemente a literatos, como el vicio de fumar («Solo para fumadores»); escribir la ansiada novela («Ausente por tiempo indefinido»); soportar charlas con tipos desagradables, presumidos («Té literario»); resolver el final de un relato («La solución»); la locura, la soledad y la postración («Conversación en el parque»); la búsqueda de un lugar solitario y acogedor, para dedicarse a la lectura y la meditación, lejos de las grandes urbes («La casa en la playa»).


Solo para fumadores (1987).

En la presentación del primer volumen de La tentación del fracaso, su diario personal, en Barranco, en julio de 1992, Ribeyro declaró que los artistas, a pesar de vivir en condiciones difíciles, deben continuar creando. Era una alusión al atentado cometido días antes por Sendero Luminoso en la calle Tarata, que había costado la vida de veinticinco personas.
Precisamente en 1992 apareció el cuarto y último volumen de La palabra del mudo, que recoge Solo para fumadores y ofrece una colección de cuentos hasta entonces inédita: Relatos santacrucinos. Ribeyro aquí no quiere comprometerse con la realidad peruana contemporánea. Alegaba que era algo que desconocía profundamente, pues hacía tres decenios que residía en París. En la introducción del libro, el autor señala que este tomo tiene una característica especial, ya que el significado del título general de sus cuentos (La palabra del mudo) ha variado. Ya no desea «darle voz a los olvidados, los excluidos, los marginales, los privados de la posibilidad de expresarse», sino exponer sus propias historias, sus propias ideas de manera más directa. En consecuencia, el mudo es ahora él. «Y eso quizá porque desde otra perspectiva yo sea también un marginal», confiesa.


Cuentos completos (edición española de Alfaguara, un volumen, 1994).

El barrio miraflorino de Santa Cruz es un lugar acogedor, la «Arcadia, el país encantado de la niñez», rodeado de moreras, eucaliptos, ficus, acequias, chacras, barrancos, playas y acantilados, donde es dulce vivir. La familia del narrador es de clase media, carece de aprietos económicos, conformada por dos padres y cuatro hijos (dos hombres y dos mujeres). En breves crónicas refiere el terremoto que asoló la ciudad y que, según las estadísticas oficiales, causó entre dos mil y tres mil muertos («Mayo 1940»); ciertas incursiones de ladrones a su hogar («Cacos y canes»); prejuicios por bellas jóvenes de Loreto y chismes de vecindad («Las tres gracias»); un desfile escolar por Fiestas Patrias y el enamoramiento de un compañero de colegio («Mariposas y cornetas»); la muerte de amigos que no alcanzaron la adolescencia («Los otros»).


La palabra del mudo (edición peruana de Jaime Campodónico, cuatro volúmenes, 1994).

Uno de los aspectos que poco se menciona de Ribeyro es el humor, que en este cuarto tomo se percibe de modo más nítido. Tanto los chascos como las humillaciones los sufre esta vez el álter ego de Ribeyro. En «Atiguibas», donde expresa su pasión por el fútbol, el protagonista es estafado «por un mulato pendejo» que no quiere revelar el significado de la palabra que da título al cuento. En «La música, el maestro Berenson y un servidor» queda asombrado al ver a su admirado director de orquesta en un estado lamentable: bebedor y en trajes raídos. En el conocido «Solo para fumadores», que repasa su vida a través de su relación con el tabaco, tiene que recurrir a la venta de sus libros, pedir fiado, mendigar, trabajar en oficios menores y actos inverosímiles —con resultados diversos— para conseguir un cigarrillo y mantener un vicio que lo conduce al borde de la muerte y a ser intervenido quirúrgicamente. Ribeyro falleció el 4 de diciembre de 1994, tras una larga lucha contra el cáncer, meses después de ser reconocido como uno de los más importantes narradores de la lengua castellana, y de ser declarado ganador del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.



[1] La edición de Jaime Campodónico no incluyó «Almuerzo en el club», que aparece en Cuentos completos, de Alfaguara, porque el autor no quería enemistarse con un pariente, su tío Fermín Zúñiga.
[2] A los Cuentos completos de Alfaguara se incorporaron los seis relatos de Ribeyro, la palabra inmortal, «Los huaqueros» (publicado en francés, en 1964, en el conjunto Charognards sans plumes y desconocido en castellano) y «Surf» (inédito hasta ese momento, escrito en 1994). Aparecen también, de forma arbitraria, «El Abominable» (inicio de una novela inconclusa que sería parte de El pedestal sin estatua, libro que jamás se publicó) y «El parque Sucre» (cuyo título definitivo es «Juegos de la infancia» y que es capítulo de su autobiografía inacabada).
[3] En su cuento póstumo «Surf», de carácter autobiográfico, escrito en Barranco y fechado el 26 de julio de 1994, dice: «el país atravesaba una época convulsiva, en la que imperaban la violencia, el terror y la muerte. No pasaba día en que no se produjeran asesinatos, secuestros, atentados, a cargo de grupos en armas, bandas fanatizadas que se habían propuesto destruir el orden existente para instaurar uno nuevo donde prevalecieran la justicia, la libertad y la igualdad. Muchas veces, en medio de estas reuniones [desarrolladas en un departamento frente al mar], se escuchaba estallar una bomba y luego las sirenas de carros de Policía y de bomberos que acudían al lugar de los hechos».



Objetos de contemplación / Sobre "Prosas apátridas" (1975, 1978, 1986), de Ribeyro


París, década de 1960. Ribeyro sale de su departamento de la plaza Falguière, aborda el metro y llega a la agencia de noticias France-Presse. De esta rutina parece que no hay nada interesante que decir. ¿Qué de extraordinario existe entre el hogar y el trabajo? ¿Qué personajes cautivantes puede uno encontrar en ese recorrido? Muchos de los doscientos breves textos de Prosas apátridas surgieron en esa circunstancia. Sin embargo, demuestran una aguda mirada del mundo.
En un pequeño departamento parisino, el escritor peruano convive con su esposa, Alida Cordero; su único hijo, Julito; y un gato. Jamás mencionados por sus nombres, ellos le permiten al autor proyectar ingeniosos pensamientos como aquel que asegura que las relaciones que uno tiene con su mujer, por hermosa que sea, llegan con el tiempo a hacerse tan rutinarias como las que uno mantiene con su ciudad. También aquella idea que subraya que para un padre el calendario más veraz es su propio hijo: el diente que le sale a este es el que pierde aquel, el año que suma el crío es el que se le sustrae al progenitor. O entre un animal y un ser humano hay centenares de siglos que los separan, pero si algún día se acorta esta distancia, solo será para decir lugares comunes, como cualquier ser humano.
De acentuado pesimismo, Ribeyro concibe la vida fea, dura, cruel, pasajera. Por ejemplo, cree que los conflictos actuales son la continuación de los antiguos, con diferentes nombres, ideales y pretextos. Asimismo, asegura que la historia es un juego cuyas reglas se han extraviado. Los especialistas las buscan con afán, pero solo encuentran retazos. En la prosa 179 asegura que todo el mundo ha visto las mismas cosas y sufrido los mismos desastres. «Lo que pasa es que los viejos han perdido la memoria y el mundo también», sentencia.
Ribeyro se siente minado por la duda. En la penúltima prosa asegura que nunca ha podido comprender el mundo y se irá de él llevándose una imagen confusa. Lo que ha escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicársela, tentativa que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. Tiene una terca costumbre de añadirle a las cosas una significación o inversamente extraer de ellas un mensaje. Por otro lado, señala que el artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra; es decir, de un lente distinto.
Después de trabajar en empleos menores, el narrador peruano pasó más de una década en la France-Presse (1961-1971). En su cuento «Solo para fumadores» (1987), de corte autobiográfico, dice que esta agencia «era no solo una fábrica de noticias sino el emporio del tabaquismo. Por estadísticas sabía que la profesión más adicta al tabaco era la de periodista». En consecuencia, su viejo vicio de fumar se incrementó en este centro de labores.
En 1973, fue operado dos veces de cáncer. En la prosa apátrida 139 lanza una frase desesperada: desearía cambiar el estómago de un fornido obrero por cuarenta años de lecturas. En varios textos menciona su enfermedad. En uno cuenta que gritaba de dolor en el hospital donde se recuperaba, también refiere que tubos y sondas le salían de la nariz, de la boca, del recto, de la uretra, de la vena, del tórax.
Por ello, en el texto 148 afirma que su capital de vida se encuentra ya gastado y está viviendo solo al crédito. En otro momento se describe como un tipo envejecido y enfermo, aburrido y cansado. Paradójicamente, considera que solo manteniéndose enfermo es que sobrevive. Llama mucho la atención la prosa 194, en que expresa apetitos suicidas. Sin embargo, el texto final intenta borrar esa imagen.
Algunas escenas ocurren en España, Italia y Portugal, producto de sus viajes de vacaciones a las playas de Carboneras, Capri y Albufeira. Es evidente su fijación por los países latinos y el mar. Del mismo modo, uno se entera de sus aficiones a la música barroca, al vino tinto, al ajedrez (en cierta oportunidad cuenta que reprodujo una partida entre Anatoli Karpov y Viktor Korchnoi, ambos de la antigua Unión Soviética). En ciertas ocasiones, como telón de fondo, menciona la Guerra de Vietnam (1959-1975). Algunos textos recuerdan su infancia en Miraflores y hay uno que rememora su primer regreso al Perú, en 1958.
Otro aspecto del libro es la continua reflexión acerca del trabajo creador. Refiere que en literatura cuando empieza la felicidad, empieza el silencio. Su interés por las muertes tempranas en el texto 75 recuerda el cuento «Los otros» (1987). Asimismo, su deseo de vivir frente al mar se relaciona con el relato «La casa en la playa» (1992). El humor es a la vez un elemento importante. En cierta ocasión, en el metro parisino reflexionó acerca de una mujer: «Podría ser Brigitte Bardot, pero lástima que le falten treinta centímetros de estatura». En otro texto se refiere a la fealdad de una de esas mujeres que harían peligrar la continuidad de la especie, si uno se encontrara solo con ellas en el mundo. Sin duda, la prosa más jocosa es la 166, cuando lo confunden con Mario Vargas Llosa. «¡Y decir que he almorzado con el autor de La ciudad y los perros!», le dijo orgulloso un curita en Ayacucho.
La primera edición de Prosas apátridas apareció en 1975 y contaba con ochenta y nueve textos. En 1978 alcanzó ciento cincuenta y en 1986, edición definitiva, sumó doscientos. Ribeyro asegura, en la «Nota del autor», que los textos de este libro no pertenecen a páginas de un diario íntimo. La publicación de La tentación del fracaso (1992-1995) contradice esta afirmación. Con algunos cambios, cinco textos aparecen en este libro: las prosas 27 (21 de abril de 1961), 79 (21 de junio de 1974), 83 (5 de mayo de 1959), 120 (17 de julio de 1974) y 173 (13 de julio de 1974). También asegura que se trata de una obra abierta. Es decir, se puede leer por el comienzo, por el medio o por el final. Por esta razón, trata de emular a El esplín de París (Le spleen de Paris, 1862), conocido, asimismo, como Pequeños poemas en prosa (Petits poèmes en prose), del francés Charles Baudelaire. También por aparecer la Ciudad Luz como telón de fondo en la mayoría de los textos.
Prosas apátridas demuestra que su autor no solo es un gran narrador de ficción, sino también un agudo y profundo pensador. Su obra —es verdad— no cambiará la humanidad, pero sí, de seguro, enriquecerá la imagen del hombre con otra mirada.

Confesiones de aquí y de allá / Sobre "La tentación del fracaso" (1992-1995), de Ribeyro


La tentación del fracaso (1992-1995), el diario personal de Julio Ramón Ribeyro, apareció inicialmente en tres volúmenes, los cuales fueron editados por Jaime Campodónico Editor. Luego se publicó en un solo tomo, en esta ocasión a cargo de Seix Barral. Comprende de 1950 a 1978.
Escrito sin la intención de ser publicado, Ribeyro decidió sacarlo a luz tras una conversación en su departamento de París con Guillermo Niño de Guzmán, narrador y coeditor con Jaime Campodónico de la colección El Sol Blanco, de Lima. «Confío en que mis editores irán publicando los otros volúmenes, que en su momento llegarán a ser unos quince; y si vivo un poco más, pueden ser unos veinte», declaró el autor en la presentación del primer tomo, en julio de 1992.
Ribeyro comentó, además, que no le gustaría que una viuda literaria se encargara de editar el resto del diario. Por eso, cuidó la edición de los dos primeros volúmenes, que ofrecen decenas de fotografías de su archivo personal. El tercer tomo, que contaba con la autorización del autor, apareció póstumamente en 1995.
Por desgracia, los primeros cuadernos, los que comprenden la segunda mitad de la década de 1940, y algunas hojas sueltas de años posteriores, se perdieron en los diversos viajes del escritor. En una de mis visitas a su departamento de Barranco, observé al narrador editar los textos de su diario personal. «No quiero enemistarme con algunos parientes o amigos», me confesó.
Hoy, Alida Cordero, viuda de Ribeyro, conserva el diario completo, con sus cientos de páginas inéditas. Nos preguntamos si se animará a completar finalmente la publicación de La tentación del fracaso, pues la portada de Seix Barral no consigna nada al respecto. Ojalá la estupenda recepción en España la aliente a sacar a luz el resto de la obra.
«El diario íntimo es un género ausente del marco literario peruano e hispanoamericano», anotaba Ribeyro en un artículo de 1974. En dicho texto —titulado «Dos diaristas peruanos», incluido en el libro La caza sutil (1976)— puntualiza Ribeyro como primeros autores de diarios en el Perú a José García Calderón y a Alberto Jochamowitz. La importancia que otorga a estos textos no es por su valor literario, sino porque fueron los primeros que se escribieron en el Perú.
El interés de Ribeyro por este género —además del artículo mencionado existe otro: «En torno a los diarios íntimos» (1953), que asimismo integra La caza sutil— se encuentra también en su obra cuentística: en el relato «Página de un diario» (escrito en Lima, 1952) se refiere —implícitamente— al velatorio de su padre y en el cuento «Demetrio» (escrito en París, 1953), de corte fantástico, nos presenta la historia de un sujeto que había dejado escrito en su diario íntimo los hechos que realizaría, hechos que —después de muerto— cumple.
¿Qué encontramos en La tentación del fracaso? Testimonio y reflexiones acerca de la vida, del amor, de la literatura de un excelente narrador.
La primera sección se divide según las ciudades donde el autor se alojó o residió: Lima, París, Madrid, Múnich, Amberes, Berlín, Hamburgo, Fráncfort, Huamanga. Desde 1960 se distribuye por años.
El libro se abre cuando Ribeyro era estudiante de Derecho en la Universidad Católica. Entonces fue arrastrado por la bohemia, frecuentaba bares y prostíbulos. Pese a obtener brillantes calificaciones, prefería leer y escribir literatura (lo mismo sentirían Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique), prefería compartir la bohemia con los amantes de las letras (anécdotas trasladadas a su segunda novela: Los geniecillos dominicales, 1965).
Cuando viaja a Europa su situación cambia radicalmente. Como le ocurre a la mayoría de nuestros jóvenes que estudian en el extranjero, al acabarse las becas, deben buscar cualquier tipo de trabajo para sobrevivir. En París, su condición social descendió: pasó de ser un miembro de clase media limeña a un proletario inmigrante. En la Ciudad Luz conoció —como su compatriota el poeta César Vallejo (1892-1938), quien residió en la capital francesa décadas antes— la soledad, el desamparo y la miseria. Ribeyro tuvo que ser conserje de hotel (1953), cargador de bultos en una estación de tren y recogedor de periódicos viejos (ambos oficios en 1956). «Haber estudiado —escribe Ribeyro el 7 de octubre de 1956— doce años de colegio, siete de universidad en Lima, uno en la Sorbona, uno en Múnich, veintiún años de lecturas para terminar haciendo el trabajo de un cargador analfabeto».
El diario nos informa también en qué circunstancias fueron compuestas sus primeras obras. Pese a innumerables adversidades, Ribeyro escribía con ardor, justificando su existencia, su presencia en Europa. Cuando componía Los gallinazos sin plumas (1955), su primer libro de cuentos, escribe el 2 de diciembre de 1954: «Emocional y racionalmente me aproximo cada vez más al marxismo». Esta pista nos lleva a entender su elección —de sus primeros relatos— por «las clases económicamente débiles», por «ambientes deliberadamente sórdidos» de Lima.
Crónica de San Gabriel (1960), su primera novela, en cambio, fue motivada por una opinión de su amigo, el poeta y crítico Alberto Escobar, quien le dijo que tenía más aptitudes para la crítica que para la creación. Herido profundamente, Ribeyro escribió este libro con gran pasión, encerrado días enteros, con una temperatura que alcanzaba treinta y un grados bajo cero. Mientras redactaba esta obra, reflexiona sobre ella el 12 de febrero de 1956: «¿Es una novela de aventuras?, ¿de costumbres?, ¿de caracteres?, ¿de amor? No es nada de eso y es todo a la vez».
Exhibe su dificultad para concretar ciertos proyectos: «Tentativas vanas hoy por reanudar mi autobiografía. Escribí cuatro páginas, pero luego noté que eran inútiles, carecían de todo interés, banalidades. No veo la razón de continuar este libro», dice el 28 de mayo de 1977. «Escritor discreto, tímido, laborioso, honesto, ejemplar, marginal, intimista, pulcro, lúcido: he allí algunos calificativos que me ha dado la crítica. Nadie nunca me ha llamado gran escritor. Porque seguramente no soy un gran escritor», escribe con ironía el 14 de noviembre de 1976.
Reflexionando sobre la escasa acogida de su obra en Europa, dice que a esta le faltó el exotismo que llama la atención de los occidentales: regiones tropicales, aventuras en la selva, desastres naturales, etcétera. Es una literatura distinta a la del mexicano Juan Rulfo y a la del colombiano Gabriel García Márquez. «Mi temperamento antiépico me impide la descripción de los grandes acontecimientos históricos y sociales o la presentación de personajes colectivos (comarca, pueblo, país)», dice Ribeyro el 13 de enero de 1976.
Algunos de los hechos que le ocurren a Ribeyro —descubrimos— serían plasmados en sus cuentos, claro que con toques de ficción: como el protagonista de «Al pie del acantilado» (1964) era echado de un lugar a otro por no pagar el alquiler; como el protagonista de «La estación del diablo amarillo» trabajó en una estación de tren de París como cargador de bultos; como Mario —protagonista de «Ausente por tiempo indefinido»— huye a Chosica para terminar de escribir su novela deseada.
Siempre se reprochó a Ribeyro su reserva natural, el ser huidizo a las entrevistas. Sin embargo, en este diario, encontramos a un autor impúdico que incluso nos confiesa sus grandes amores. Una joven peruana, Ribeyro solo revela su inicial: C. [su nombre real es Cathy Herrera], lo lleva a los extremos del amor: celos enfermizos y placer pleno. Luego refiere su romance con Mimí, una belga diez años menor que él y a quien dedicó su primera novela, Crónica de San Gabriel.
Su matrimonio en 1966 con la joven peruana Alida Cordero (que formalizaba una relación iniciada en 1962) lo vuelve más hogareño. El nacimiento de su único hijo, Julio Ramón (llamado en el libro Julito), le permite aproximarse al universo infantil, hecho que expresaría con mayor nitidez en Prosas apátridas (1975, 1978, 1986), conjunto de textos reflexivos. Parece que por pudor Ribeyro ha omitido precisar mucho acerca de la relación con su esposa. No está claro, por ejemplo, por qué Alida se separa constantemente de él, viaja al Perú, a España, a Italia y a Egipto (al respecto hay que hacer una salvedad: Alida, peruana que estudió Psicología en la Sorbona, se dedica a vender cuadros). Se ignora, asimismo, en qué circunstancias se conocieron y no registra muestra alguna de sufrimiento por ella, como sí lo exhibe por C. o por Mimí.
A pesar de este recato, revela que consumió marihuana en algunas oportunidades y expone su machismo, al señalar que frecuentar a los hombres es más interesante que frecuentar a las mujeres, a quienes la mayoría de veces ha empleado «como fuente de placer».
Después de tentar sin fortuna ser profesor en San Marcos y gracias a una beca, concedida por el Gobierno francés, Ribeyro vuelve a París en 1960, tras una estadía de dos años en Lima. Por mediación de sus amigos narradores y compatriotas Luis Loayza y Mario Vargas Llosa, en 1961, se incorpora al equipo de redactores de la agencia de noticias France-Presse. Trabajo exigente descrito en el cuento «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa» (fechado en París, en 1971). Al recordar, el 19 de marzo de 1973, su trabajo en la France-Presse, dice: «Fue un tiempo de deterioro, subterráneo pero eficaz, que años más tarde me llevaría al hospital».
Los diez años que pasó en la France-Presse son quizá el periodo más importante: en 1964 publica los libros de cuentos Las botellas y los hombres y Tres historias sublevantes; en 1965 aparece Los geniecillos dominicales después de merecer el Premio Nacional de Novela; en 1966 se casa y nace su hijo; escribe la novela Cambio de guardia (iniciada en 1964, solo será publicada en 1976) y una gran cantidad de cuentos, dramas y textos que formarían Prosas apátridas. Su producción es prolija, tal vez para contrarrestar su trabajo mecánico de periodista.
En 1972, tras ser nombrado agregado cultural, es designado delegado adjunto ante la Unesco. No obstante esta comodidad económica, en 1973, vive los momentos más críticos de su vida: fue dos veces operado por una úlcera al estómago, producto de su adicción al cigarrillo.
Este episodio es recordado en el cuento «Solo para fumadores» (1987): «Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cosido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. Me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buena parte del esófago». En su diario, Ribeyro llama al cáncer «cangrejo». El 22 de mayo de 1975 anota: «El ‘cangrejo’ últimamente se ha avivado y desde hace algunos días da verdaderos saltos de pantera. Noches insoportables y en las mañanas esfuerzos inhumanos para levantarme. Y a pesar de ello persisto en no ver a mi médico». Ribeyro repetía que le resultaba imposible escribir si no fumaba. De manera que murió en su ley en 1994: escribiendo y con tabaco.
Más optimista, en Dichos de Luder escribe: «La única manera de vivir muchos años es estando siempre un poco enfermo. La muerte es un usurero que prefiere cargar primero con la buena moneda» (texto 79).
Por otro lado, son lamentables las largas interrupciones del diario y la brevedad de algunos años, sobre todo de 1971. Las referencias a los acontecimientos históricos son muy breves. No profundiza, para citar casos, sobre la Guerra de Vietnam (1959-1975), la Revolución cubana (iniciada en 1959), la derrota de la guerrilla de 1965, la rebelión estudiantil de mayo de 1968 o los golpes de Estado de Juan Velasco Alvarado en el Perú (1968) y de Augusto Pinochet en Chile (1973).
Luego de vacacionar en una playa italiana, apunta el 8 de agosto de 1974: «Pasé las notas tomadas en Porto Ercole. Me examiné. Tomé conciencia de cómo me voy alejando de la comunidad, de la actualidad, para confinarme cada vez más, al menos en estas páginas, al inventario de mi propio transcurrir, sus vaivenes, albores y desastres. En el Perú, en el mundo suceden cosas de las cuales tomo normalmente nota, pero sin ánimo de convertir aquello en un tema de meditación o en un motivo de acción». En esta etapa, sus viajes se vuelven esporádicos: de vez en cuando se traslada a las playas italianas de Capri y a las españolas de Carboneras; regresa al Perú para promocionar, aunque tímidamente, sus libros y visitar tanto a sus familiares como a sus amigos.
El 9 de diciembre de 1975, meses después de la caída del régimen del general Juan Velasco Alvarado, el cuentista dice que debió haber renunciado a su cargo de diplomático en la Unesco. Esa función —según declara dos años después— le recorta la libertad de opinión. «Si quiero dejar el puesto es para recobrar la libertad de decir y escribir lo que quiera», anota el 21 de abril de 1977. No obstante, ese empleo le ofrece la posibilidad de comprar libros, ir de vacaciones y mantener con decoro a su familia. Realidad de un intelectual en un país subdesarrollado.
Su amistad con Mario Vargas Llosa es inestable: después de pasar del elogio más entusiasta de La ciudad y los perros (1963), cuando el famoso novelista fue a almorzar a su departamento en 1971, anota que hay frialdad en la relación con su colega.
Alfredo Bryce Echenique es citado, como el anterior, con frecuencia. A veces se emborracha ferozmente con el autor de Un mundo para Julius (1970). Acerca de un almuerzo con él y con Vargas Llosa escribió el 24 de octubre de 1978: «Reunión amena, cordial, prueba de que, aparte de algunas discrepancias políticas, no existen entre Mario, Alfredo y yo rencillas, envidias ni contenciosos que puedan mellar nuestra vieja amistad».
Del poeta Pablo Guevara dice: «Nuestro pequeño genio domiciliario», del historiador Pablo Macera revela su racismo, del novelista Manuel Scorza señala su apetito de fama y celebridad, del cuentista Luis Loayza apunta que tenía con él conversaciones interminables, del político Víctor Raúl Haya de la Torre escribe el 16 de noviembre de 1956: «Cierta presunción aristocrática y un racismo subconsciente. En general, parece políticamente liquidado».
El título general del diario obedece a la seducción constante que Ribeyro ha sentido por el fracaso, como que el fracaso le ha tendido el anzuelo y él, pese a diversos problemas, no ha picado. Su férrea voluntad ha hecho, finalmente, que sea uno de los más importantes narradores de América Latina. Además es un homenaje al francés Gustave Flaubert, uno de sus maestros literarios y autor de la novela La tentación de San Antonio (La tentation de Saint Antoine, 1874). Ambos compartían un espíritu similar: eran individualistas y escépticos; se alejaban de los acontecimientos sociales quizá porque padecían de enfermedades —Flaubert era epiléptico y Ribeyro fue operado de cáncer en 1973 debido a su consumo industrial de tabaco— que los obligaban a preocuparse de sus problemas personales y no de lo que ocurría a su alrededor.
Obra excepcional y fundadora en nuestro medio, caja de sorpresas, libro que es fuente de regocijo, tesoro de experiencias, guía de conducta, consuelo para los desdichados y arma para los impacientes. Eso es —como aspirara en la prosa apátrida 149— su diario: una obra maestra.

Lo biográfico en las obras de ficción de Ribeyro

Balcón del departamento de Barranco, 1994. En el escenario que le inspiró el cuento «Surf». Foto: Herman Schwarz.

En «Solo para fumadores» (1987), Julio Ramón Ribeyro nos refiere —con el pretexto de su relación con el cigarrillo— pasajes de su vida. Cuatro años antes de publicar ese relato, Ribeyro declaró en una entrevista, realizada por Gregorio Martínez y Roland Forgues, que estaba tratando de escribir un libro de tipo autobiográfico, pero no encontraba la forma de crearlo, porque quería evitar lo convencional.
Toda persona que escribe acerca de su vida se enfrenta a ciertos tópicos. «Uno empieza hablando de sus ancestros, de sus padres, de su infancia, de su vida sexual, de su colegio, de sus amigos, de sus viajes. Todas las biografías al final se parecen», declaró Ribeyro en dicha entrevista.
El narrador limeño llevaba entonces tres o cuatro años en busca de esa forma distinta de abordar un libro sobre su vida. Tuvo en mente utilizar una serie de elementos simbólicos, aunque fueran anodinos. Por ejemplo, playas. Todas las playas que conoció, desde niño.
También consideró emprender la obra desde los hoteles donde se hospedó. «Debo haber estado alojado en unos cien hoteles», declaró. Otros temas que tomó en cuenta: bibliotecas, libros, gatos, restaurantes, marcas de vino, zapatos. En suma, buscaba elementos que le sirvieran para aglomerar una serie de recuerdos en relación con algo. Al final, el cigarrillo sirvió de excusa para tratar su vida.
En la entrevista de 1983, Ribeyro refiere que tiene un capítulo de su autobiografía titulado «Terremotos y temblores»: «Yo he estado en el terremoto del año 40 en Lima, después en temblores muy fuertes. En torno a esos temblores, escribí sobre lo que me pasaba a mí, a mi familia, o lo que ocurría en el país. El asunto es que puedo escribir una serie de capítulos sobre estos elementos, pero el problema luego es cómo unirlos. Eso es lo que estoy tratando de resolver. Tengo que armarlos de alguna forma».
¿Qué resultó de ese proyecto? En primer término, el relato «Mayo 1940», en que el narrador cuenta: «La vereda empezó a ondular, tan pronto parecía subir como bajar, al punto que trastabillamos, pues no sabíamos a qué distancia debíamos poner los pies. Alguien dijo ‘se nos viene un tem­blor’, pero cuando vimos caerse las tejas de la residencia Moreira y abrirse una grieta en su alto cerco de adobe no nos quedó duda de que se trataba de un terremoto». Además, de esa serie de recuerdos quedó el libro Relatos santacrucinos, de 1992, parte del cuarto volumen de La palabra del mudo.
En una entrevista de 1973, Reynaldo Trinidad le pregunta: «Se dice que la mayoría de sus cuentos son autobiográficos. ¿Es cierto?». A ello, Ribeyro responde: «Efectivamente. Mis relatos, en un lenguaje estadístico, contienen 80 por ciento de realismo y 20 por ciento de imaginación. Al decir realismo quiero decir experiencias propias o ajenas directamente contadas por sus protagonistas al escritor. Por esto último, mi próximo libro reunirá una serie de historias que me han confiado mis amigos, con el título de Lo que tú me contaste. El recuerdo es un archivo inagotable de material narrativo».
Aparte de que ese libro nunca se publicó, ¿cuánto de Ribeyro de carne y hueso hay en su narrativa? Veamos, por ejemplo, las dos primeras novelas. La primera, Crónica de San Gabriel (1960), en realidad, es una transposición de una temporada que pasó en una hacienda de la sierra del norte, de los Andes de La Libertad, en Tulpo. Los personajes son reales, todos existen o existieron. Los nombres aparecen cambiados, pero todo es más o menos exacto. En julio de 2008 estuve en Trujillo y conocí a la «verdadera» Leticia, a Yolanda Rabines.
Ella me habló de la mina de tungsteno, de la rebelión ocurrida en ese lugar, de Juan Antonio y Julio Ramón Ribeyro. Es curioso, pero el autor sacó de la escena a su hermano. En la novela solo se habla de un joven limeño que viaja a los Andes con su tío. No pude evitar reírme cuando me dijo que su madre se enojó por las añadiduras del escritor, quien al final del libro coloca a Leticia embarazada sin decir de quién, y además a la madre fugándose con el tío. La progenitora de Yolanda Rabines se limitó a decir acerca de estas historias de ficción: «Esas cochinadas. Cómo se le ocurre a este idiota».
La segunda, Los geniecillos dominicales (1965), también es autobiográfica. El narrador limeño declaró que todos los episodios tienen que ver con su experiencia. Los personajes de la obra tienen sus modelos reales en el doctor Jorge Puccinelli (Rostalínez), Carlos Eduardo Zavaleta (Carlos), Francisco Bendezú (Cucho), Eleodoro Vargas Vicuña (Eleodoro), Wáshington Delgado (Franklin), Hugo Bravo (Hugo), Pablo Macera (Pablo), Manuel Acosta Ojeda (El Sabido), Juan Gonzalo Rose (Gonzalo), Alberto Escobar (Manolo) y Víctor Li Carrillo (Victoriano). Otros elementos tomados de la realidad son la revista Letras Peruanas (Prisma) y el centro cultural Ínsula (centro cultural Ateneo).
Ludo Melchor José Totem, protagonista del libro, es el álter ego de Ribeyro. Estudia el último año de Derecho en la Universidad Católica, pero le apasiona, como a los estudiantes de Letras de San Marcos, la literatura. Más adelante renuncia, harto de la monotonía y del burocratismo, al empleo de redactor de alegatos en un bufete.
Ahora repasemos la producción cuentística de Ribeyro. El relato que se remonta al periodo más antiguo de su vida es «Por las azoteas», que se basa en las experiencias que vivió en su casa del jirón Montero Rosas 117, a media cuadra de América Televisión. Muchos pueden pensar que Ribeyro fue miraflorino, pero lo cierto es que nació en el barrio de Santa Beatriz y que recién pasó a Santa Cruz en 1937, a la calle Comandante Espinar 201, a los siete años de edad.
Sus viajes de infancia a Tarma le sirvieron al autor para reescribir dos cuentos ambientados en esa pequeña ciudad andina: «Vaquita echada» y «Silvio en El Rosedal». Este último es verdad no tiene mucho de autobiográfico, pero hay cierta representación de Ribeyro en el protagonista: un sujeto algo solitario, creador de arte para minorías, buscador de la verdad.
El colegio Champagnat, ubicado en Miraflores y donde Ribeyro estudió de 1935 a 1945, es escenario de varios relatos. Así, del periodo escolar tenemos «El señor Campana y su hija Perlita», «Mariposas y cornetas», «Los otros», «La música, el maestro Berenson y un servidor» y «Sobre los modos de ganar la guerra», que se desarrolla en la huaca Juliana.
Acerca de su afición al fútbol, su admiración por el cañonero Lolo Fernández y sus frecuentaciones al estadio de José Díaz, Ribeyro escribió «Atiguibas»: «Con mi hermano vimos desfilar por la grama pelada de la cancha a los más renombrados clubes del fútbol de Argentina, Brasil y Uruguay», dice el narrador. En «Página de un diario» (1958), en cambio, toma una de sus experiencias más dolorosas: la muerte de su padre, quien falleció en 1945.
Ribeyro tuvo un encuentro con el Janampa real. En el cuento «Mar afuera», del libro Los gallinazos sin plumas (1955), se refiere a un personaje del barrio de Santa Cruz que «pasaba el día cantando, haciendo bromas o aventándose de los andamios para enamorar a las sirvientas, para quienes era una especie de Tarzán o de bestia o de demonio o de semental». Mientras pescaba, planea vengarse de Dionisio, pues este conquistó a la muchacha que deseaba: la «prieta».
En una carta del 2 de marzo de 1955, escrita en Madrid y dirigida a su hermano, el narrador dice que no quiere modificar sus cuentos. Ni siquiera los nombres de los personajes, como le sugiere Juan Antonio. «Me arriesgo a las enemistades que esto pueda traerme. ¿No crees que es una suerte, después de todo, para esas personas ingresar al mundo (efímero o intemporal) de la literatura?», opina.
Años después, el autor se encontró de modo casual con el «verdadero» Janampa. «Venía en una bicicleta, se bajó de ella y se acercó a mí —declaró en una entrevista realizada en 1994 por Ernesto Hermoza—. Yo creí que me iba a amenazar por haber hecho de él un asesino. Al contrario, me abrazó, me felicitó y me dijo que el cuento le había parecido muy simpático».
Los relatos ambientados en el Viejo Continente pertenecen en general al conjunto Los cautivos (1972): Madrid: «Los españoles». Un pueblito belga: «Ridder y el pisapapeles». Fráncfort: «Los cautivos». Varsovia: «Bárbara», que se basa en su viaje a la capital polaca en 1955 como uno de los treinta mil muchachos asistentes al Quinto Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, donde participaron ciento catorce países y cuyo lema fue «¡Por la paz y la amistad!».
Volvamos a «Solo para fumadores», relato que se desarrolla en el Perú, España, Alemania, Francia e Italia. Ahí nos enteramos más acerca de su experiencia como vendedor de periódicos viejos en París en 1955: «A cada cual nos daban un trici­clo y una calle y uno debía partir pedaleando hasta su calle e ir de edi­ficio en edificio, de piso en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos para los ‘pobres estudiantes’, hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o con lluvia, por calles planas o calles empinadas».
Ahora detengámonos en dos cuentos parisinos: «La estación del diablo amarillo» y «La primera nevada», publicados en 1994. Veamos el primero. Hay que aclarar antes que un «diablo» es una carretilla para llevar carga. En ese relato se cuenta la vida dura de los artistas en ciernes que no tienen recursos económicos: «Mientras ladeaba los bultos, nosotros deslizábamos bajo ellos la cuchilla de nuestros diablos, hacíamos presión sobre los mangos y una vez cargados iniciábamos la procesión hacia los camiones que nos esperaban alineados a lo largo del andén. Una rampa de madera nos comunicaba con cada uno de ellos. La subíamos empujando nuestro dia­blo, pero cuando el bulto era muy pesado debíamos tomar distancia, pisar bien la rampa y lanzarnos hacia ella como quien se suicida. Al principio no faltó quien trastabilló: se tropezó o se fue con diablo y todo fuera del andén».
«La primera nevada», por su parte, toma su estadía en un hotel de la capital francesa en 1952. El narrador cuenta que el poeta español Torroba dejó cierta vez algunas cosas en su departamento parisino, luego pidió quedarse a dormir en el piso y después en la cama. Cierta vez llegó con una hermosa chica drogada, con quien se acostó. El narrador no toleró tanta desconsideración y en la siguiente oportunidad no quiso abrirle la puerta, pero Torroba insistía en entrar. Al ver que este se alejaba durante una nevada, se arrepintió y le dijo que volviera, pero el poeta, muy enojado, le hizo un feo gesto y siguió su camino.
Muchos años después, en un homenaje que recibía Ribeyro en Madrid, en 1994, durante la Semana de Autor en la Casa de América, el narrador peruano leyó este cuento por primera vez. Su sorpresa fue total cuando del auditorio bajó un tipo delgado a increparle cara a cara. «¿Julio, te acuerdas de mí?». Ribeyro se quedó petrificado. «Soy Torroba, Torroba» y el sujeto se marchó. Un hecho, sin duda ribeyriano.
Cuando Ribeyro volvió a Lima en 1958, trajo los borradores de su primera novela bajo el brazo, la citada Crónica de San Gabriel (1960). Para terminarla, se retiró de la bohemia por un breve tiempo. Así, se alojó en el hotel La Estación, de Chosica, en 1959. En su diario, La tentación del fracaso (1992-1995), anota en julio de 1959: «Espero que mi temporada en Chosica me sirva para poner un poco de orden en mi vida. Estos últimos días han sido de­sastrosos. En posesión del dinero, mi virilidad ha renacido y he vuelto a encontrar el gusto de la mala noche y la bohemia desenfrenada». De ese hecho nace «Ausente por tiempo indefinido», un cuento sobre la imposibilidad de escribir.
Su breve temporada en Ayacucho, en 1959, como director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Huamanga, dejó cierta huella en el autor. A tal punto que ambienta en esa ciudad andina dos cuentos: «Los predicadores» y «Los jacarandás», del segundo volumen de La palabra del mudo (1973).
En cambio, acerca de su paso por la agencia France-Presse (1961-1971), como redactor y traductor de noticias, el periodo más fecundo de su producción literaria, dice muy poco. Solo queda el relato «Las cosas andan mal, Carmelo Rosa», que se basa en el novelista catalán Xavier Domingo y tiene como protagonista a un español que se encarga de las cotizaciones de las bolsas de valores. Para el narrador, un compañero de trabajo, Carmelo, acabará sus días lejos de su patria, sin socorro y paz, sin gloria y memoria. ¿Acaso eso temía el autor? Ninguna línea en la obra de ficción queda de su labor como diplomático, ya sea como agregado cultural en la Embajada peruana o como delegado permanente ante la Unesco.
¿Cómo era el último Ribeyro? Algo de eso podemos saber a través del protagonista de Dichos de Luder (1989), quien vuelve al Perú tras una larga temporada en París. «En su espaciosa biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo o escuchando música —tan pronto óperas de Verdi como boleros de Agustín Lara—, recibía al atardecer muy irregularmente a dos o tres amigos y a los pocos jóvenes autores o estudiantes que habían leído sus raras publicaciones. Estas veladas eran sencillas. Se bebía solo vino (tinto y burdeos, sobre esto Luder era inflexible) y se hablaba de todo, sin protocolo ni concierto. Era visible que Luder encontraba un vivo placer en estas visitas, pues le permitían salir de su aislamiento y asomarse, aunque fuese por momentos, a una realidad que le era cada vez más extraña y, en muchos aspectos, insoportable».
Se sabe que Ribeyro buscaba un lugar solitario frente al mar para vivir. Ese interés se expresa en «La casa en la playa», en que dice: «Al encontrarnos en Lima ese verano, Ernesto y yo decidimos poner en ejecución nuestro viejo proyecto de buscar una playa desier­ta donde construir nuestra casa. Ambos vivíamos en Europa desde nuestra juventud, pero, al llegar a la cincuentena, caímos en la cuenta de que estábamos ya hartos de las grandes ciudades. No soportábamos su ajetreo, la estridencia de sus medios artísticos y la sofisticación de su vida social». El personaje Ernesto se basa en el pintor Emilio Rodríguez Larraín.
Fechado en la isla italiana de Capri —la cual frecuentaba en vacaciones— el 17 de setiembre de 1993, el cuento «Nuit caprense cirius illuminata» presenta a un escritor maduro alejado de su hijo y de su esposa, a quienes ve con poca regularidad. Fabricio pretende reanudar cuatro décadas después una aventura amorosa con una española de nombre Yolanda Gálvez en una isla italiana. Algo de la vida amorosa del último Ribeyro está aquí.
«Surf» es el último cuento escrito por Ribeyro. Bernardo, que bordea los sesenta años, se instala en un departamento de Barranco, frente al mar. Planeaba escribir al fin el libro que le permitiera ser apreciado por todos. Al cabo de unas semanas, siente que el proyecto naufraga y se dedica a ofrecer fiestas. El país vivía entonces un clima de violencia, con atentados perpetrados por guerrilleros. «Empezó a recibir así a un pequeño y alegre grupo de jóvenes amigos, escritores en su mayoría, y a muchachas inteligentes que amaban tanto la literatura como la fiesta y las turbulencias de la vida nocturna. En su estudio se celebraron memorables reuniones, cenas y bailes que se prolongaban hasta la madrugada, en un ambiente de euforia febril, por momentos casi angustiosa, como si se estuvieran viviendo los últimos días de tiempos que se iban», dice el narrador. Ribeyro falleció poco después de escribir este cuento, que está fechado en Barranco, el 26 de julio de 1994.
El narrador limeño pensó escribir una novela sobre el cacique indígena Atusparia, quien lideró una rebelión en 1885 en Áncash. En ella lo autobiográfico queda de lado. Para escribirla, el autor tuvo muchas dificultades. «Lo que me paraliza por un lado es el carácter incompleto de mi información, pues los documentos relativos a esta revuelta indígena son escasos. Luego el hecho de que todos estos acontecimientos sean exteriores a mí, es decir, ajenos a mi propia experiencia y solicitadores de un esfuerzo desmedido de imaginación», le dijo a César Lévano en 1973. Es decir, al narrador le demandaba mucho esfuerzo tratar acerca de personajes ajenos a su vida.
Como se aprecia, los personajes ribeyrianos nacen de recuerdos propios, de la observación de la realidad y de complejas creaciones. En la citada entrevista realizada por Ernesto Hermoza, el escritor confiesa: «No creo que tenga uno solo que se haya inventado de pies a cabeza. Todos o son reales, que he observado y he conocido, o son compuestos con pedazos de seres reales. Es decir, uno coge dos o tres personas, las reúne, las compone y forma con eso un personaje».
¿Para qué nos sirve todo este recuento? Para comprender las intenciones del autor, sus fobias y sus filias. Para observar cómo se edificó su mundo literario. Es erróneo creer que las obras literarias deben ser autobiográficas o que estas son de mayor calidad que las enteramente inventadas. Solo a través de la pericia narrativa estos cuentos se hacen arte.

2009