1 de agosto de 2018

Siete novelas cortas

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Felicidad para todos
Canción de Navidad (1843) | Charles Dickens


Ampliamente popular, Canción de Navidad (A Christmas Carol, 1843), de Charles Dickens, reclama la bondad de las personas por los que menos tienen.
Para transmitir su mensaje, el autor recurre a una historia de fantasmas. Como telón de fondo, se muestra la difícil vida en el Londres posterior a la Revolución industrial (hacia 1760-1840).
Reservado, avaro y egoísta, Ebenezer Scrooge es descrito como «un viejo pecador codicioso capaz de exprimir, arrancar, aferrar, rasguñar y empuñar». Para este sujeto, la Navidad no tenía importancia. A su sobrino Fred le dice: «¿Qué motivos tienes tú para estar feliz, si eres bastante pobre?». Del mismo modo, su humilde empleado Bob Cratchit, pese a su escasa fortuna, celebra la festividad con su familia con la mayor alegría.
El libro señala lo mal que es la indiferencia frente a esta fecha que recuerda el nacimiento de Jesucristo, pues en esta época del año «es cuando más se necesita hacer algún pequeño donativo para los pobres e indigentes».
Por ello, a Scrooge se le presenta el sufrido fantasma de Jacob Marley, su antiguo socio, fallecido hace siete años, quien le anuncia: «He venido esta noche para advertirte que aún tienes una oportunidad y la esperanza de escapar a un destino semejante al mío». Le comunica que se le aparecerán tres fantasmas en diversos momentos: el de las Navidades Pasadas, el de las Navidades Presentes y el de las Navidades Futuras.
¿Cómo hacer cambiar de actitud a Scrooge? Este relato moralista envía un mensaje a través del Fantasma de las Navidades Pasadas: «Cuesta poco colmar de gratitud a gente tan simple».
El relato reclama continuamente la distribución «equitativa» de los recursos. Lo curioso es que Inglaterra multiplicó su riqueza gracias a la Revolución industrial. Se volvió la mayor potencia del mundo.
Si ya mostrar fantasmas sale de lo habitual, viajar con facilidad por el tiempo y a diversos lugares también asombra. Con este recurso, Scrooge podrá saber lo que algunos piensan acerca de él, el rechazo que provoca. Un libro que sobrevive a los años.

Charles Dickens.

La frase: «La Navidad [...] tiempo amable, bondadoso, caritativo y placentero. La única época que conozco, en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen consentir en abrir con libertad sus cerrados corazones, y en considerar a quienes están por debajo de ellos como compañeros de viaje hacia la tumba y no como otra raza obligados a emprender otros viajes».




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Infeliz mortal

El capote (1843) | Nikolai Gógol


El ruso Nikolai Gógol diseña un personaje memorable en El capote (Шинель, 1843). Esta es la historia de un mediocre empleado público que reemplaza un viejo abrigo por uno nuevo. Para Vladimir Nabokov, en este relato no hay grietas.
Bajo, un poco picado de viruelas, algo miope, de coronilla calva y de cabello rojizo, cincuentón, Akaki Akakievich se encargaba de copiar documentos oficiales. Vestía siempre el mismo uniforme, un raído capote, y no gozaba del respeto de sus colegas, pese a cumplir con su trabajo sin errores. Incluso llevaba material a su casa para copiarlo por puro placer.
Objeto de continuas burlas, sus compañeros de trabajo le lanzaban con frecuencia bolitas de papel. Muchos jefes se sucedieron en la oficina, «pero a él le vieron siempre exactamente en el mismo sitio, exactamente en el mismo cargo, haciendo exactamente el mismo trabajo». Algunos creían incluso que había venido a este mundo ya del todo preparado para esa tarea. No le importaba nada más que su trabajo, vivía ajeno a todo. No iba al teatro ni cortejaba a alguna dama. Soltero, vivía con una casera de unos 70 años.
Perteneciente a la clase media, sufre ciertas angustias económicas. Para cumplir el sueño de comprarse un nuevo abrigo, se priva durante varios meses de diversas cosas. Ese deseo lo volvió más seguro, firme y alegre. Así, espera el nuevo traje para enfrentar el inclemente frío de San Petersburgo, capital del Imperio ruso de 1713 a 1728 y de 1732 a 1918.
Tras conseguir el nuevo abrigo, recibe un duro golpe del que no se repondrá. Hay en esta parte del relato una crítica severa a la burocracia. Se demuestra que los tipos sencillos no son bien atendidos, así sea justo su reclamo. Hay diversas instancias, una pirámide de cargos, un largo camino con vallas. Lo que le sucede despierta compasión. La historia post mórtem, más que terrorífica, es humorística. La Policía recibe quejas y debe capturar a un fantasma que roba abrigos.
Para otorgarle verosimilitud, el entrometido narrador anónimo da a entender que lo que cuenta se basa en un hecho real, pero para evitar problemas no ofrece las coordenadas exactas: «No podemos decir dónde precisamente vivía el funcionario que ofrecía la reunión». Sus recurrentes opiniones cansan. En las primeras líneas afirma: «En este mundo no hay nada más enojoso que los departamentos, regimientos, oficinas del gobierno».
A veces no sabe con exactitud algunos aspectos: «Había sido ciervo de no sé qué señor», «sabemos muy poco acerca de ella», «no se sabe a ciencia cierta si era guapa o no». Mete la cuchara a cada momento: «Conviene señalar aquí», «aquí nos cumple apuntar que». Explica algunas cosas: «Será necesario señalar aquí que Akaki Akakievich», «tal es la costumbre de los sastres desde tiempo inmemorial», «lo que se estila ahora es representar lo más plenamente posible el carácter de cualquier persona que aparece en un relato». En ciertos momentos dice cosas evidentes: «Como todo el mundo sabe».
Justifica lo que está describiendo: «El lector necesita saber». En un pasaje muestra pudor, pues evita mencionar ‘calzoncillos’: «Ese artículo de ropa interior que sería indecente mencionar por escrito». Todas estas interferencias le restan calidad al relato. El narrador invisible, objetivo, lo sabe todo, pero no dice lo que piensa de los personajes o situaciones. Así, permite que el lector saque sus propias interpretaciones y no que le den lecciones de modo directo. Pese a ello, El capote es un buen relato y sigue cosechando público.



Nikolai Gógol.


La frase: «Siempre habrá gente que considerará importante lo que en opinión de otra gente no lo es» (El capote, Nikolai Gógol).




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El rancho de los sueños rotos
De ratones y hombres (1937) | John Steinbeck


De ratones y hombres (Of Mice and Men, 1937), del estadounidense John Steinbeck, conmueve por tratar con crudo realismo la vida dura de gente sencilla durante la Gran Depresión, la grave crisis económica de la década de 1930.
Después de errar por diversos pueblos de California, Estados Unidos, Lennie Small y George Milton consiguen empleo en un rancho cerca de Soledad. Deben cargar sacos de cebada a cambio de 50 dólares mensuales, comida y cama en un barracón. En esta hacienda ambos amigos conocen al negro Crooks, cuya espalda se encuentra torcida porque un caballo lo coceó y a quien se le prohíbe entrar al barracón por su color de piel, y al viejo Candy, el barrendero, que se siente inútil desde que perdió una mano hace cuatro años.
En esas circunstancias, Lennie y George acarician la idea de tener una granja para vivir juntos y sostenerse con lo que producirían. El viejo Candy se ilusiona también con ese proyecto y quiere unírseles. Sin embargo, es complicado salir de la situación en la que subsisten.
El negro Crooks los desalienta: «He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás».
¿Será posible alcanzar el sueño? ¿Qué hace la mayoría de los trabajadores con el poco dinero que reciben? Se lo gastan en whisky, en el burdel, en las cartas o en los dados. Así, no progresan, no salen del hoyo.
La bella esposa de Curley, hijo del patrón, tiene también una ilusión. Cree que podría ser actriz de teatro. Además, un tipo le dijo que podía introducirla en el mundo del cine. Pero la realidad es otra: vive en una hacienda rodeada de hombres que trabajan como bestias.
En ese ambiente la tragedia ronda. El fortachón Lennie Small (cuyo apellido en inglés, ‘pequeño’, contrasta con su físico) viene de escapar de un linchamiento en Weed, donde una joven lo acusó de violación, cuando él solo quería seguir acariciando su suave vestido.
A este grandulón con mente de niño le gusta jugar con ratones, pero su torpeza hace que siempre los mate sin querer. Un cachorrito del rancho al que llega con George es otra de sus víctimas de su diversión.
«Si [el patrón] descubre lo imbécil que eres, no nos va a dar trabajo, pero si te ve trabajar antes de oírte hablar, estamos contratados. ¿Lo has entendido?», le advierte George en cierto momento, quien sin duda lo pasaría mejor si viajara solo.
Al conocer a la esposa de Curley, George le advierte a Lennie que debe evitarla: «Las he conocido peligrosas, pero jamás he visto veneno como esta. Es un cebo para la cárcel. Déjala tranquila». En otro momento, el intuitivo George señala: «Va a haber un tremendo lío por culpa de ella. Esa mujer es como un revólver con el gatillo listo». Temeroso, Lennie quiere irse de ahí, pero George lo detiene porque necesitan trabajar.
Con estos ingredientes, está cantado que habrá muerte. ¿Cómo? El lector tiene la tarea de llegar al final, de disfrutar de un magnífico libro que brilla por su crítica social, su sencillez en el lenguaje y en su estructura lineal. De ratones y hombres rápidamente alcanzó la fama como un clásico sin discusión.

John Steinbeck.


La frase: «No se necesitan sesos para ser bueno. A veces me parece que es más bien al contrario. Casi nunca un tipo muy listo es un hombre bueno» (De ratones y hombres, John Steinbeck).




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La isla misteriosa
La invención de Morel (1940) | Adolfo Bioy Casares


En el prólogo a la primera edición de La invención de Morel (1940), del argentino Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges anotó acerca de la trama de este libro: «No me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta».
El argumento, en efecto, es muy interesante. Un tipo condenado a cadena perpetua huye de prisión y llega en un bote a una isla solitaria, donde se instala. Días después observa a unos sujetos. Más tarde se entera de que son producto de la invención de un tal Morel (un «barbudo pálido»). Un aparato que reproduce infinitamente lo que unas quince personas («con otras tantas de servidumbre») hicieron en una semana de verano en la isla.
El narrador, el propio prófugo, cree que se encuentra en la isla Villings, en el archipiélago de Las Ellice, colonia británica de 1892 a 1976, ubicada en la Polinesia, en el océano Pacífico. ¿Cómo es el lugar? Hacia 1924, Morel destinó parte de su fortuna en la construcción de un museo amplio de tres pisos (un «refugio que pone a prueba el equilibro mental»), una capilla y una pileta de natación.
¿Qué tiene de extraño esta isla? Entre otras cosas, «mata de afuera para adentro». A la gente que usa la invención de Morel, una enorme máquina, se le cae las uñas, el pelo; se le muere la piel. Pese a este peligro, sin conocer los detalles, el prófugo decide ir a este insólito lugar. Escapa desde Rabaul, puerto de Papúa-Nueva Guinea, en Oceanía, pues su vida de prisionero era horrible.
Entre los «intrusos» que observa días después se encuentra Faustine. «En las rocas hay una mujer mirando las puestas de sol, todas las tardes. Tiene un pañuelo de colores atado en la cabeza; las manos juntas, sobre una rodilla». El narrador se enamora de ella. Intenta comunicarse de diversas formas, pero es en vano. La mujer no le hace caso. ¿Acaso él se ha vuelto invisible?
El prófugo asegura que la vez que le habló a Faustine él «estaba casi inconsciente». ¿La soledad, la locura, alimentarse de raíces desconocidas o las pesadillas le han hecho crear esta historia? ¿Estos excepcionales visitantes actuaban para él? ¿Acaso se encuentra en el infierno? ¿Qué significado tiene la capilla, «el sitio más solitario de la isla»? Son muchas preguntas y un número mayor de hipótesis.
La prosa es cuidada. Esto corresponde a que el narrador es un escritor, posiblemente nacido en Venezuela. (En cierto momento menciona las «frías alturas» de ese país y afirma haber estado en Caracas. No obstante, no hay localismos propios de su lugar natal). En vez de decir «dejé de hablar», dice: «Renuncié a las palabras», una forma más literaria.
En su diario personal, el narrador no ofrece fechas. Quizá porque ignora el día en que se encuentra. Dedica muchas páginas a describir el lugar, lo que fatiga un poco. «El lector atento puede sacar de mi informe un catálogo de objetos, de situaciones, de hechos más o menos asombrosos», dice. Lo malo es que abunda mucho en lo primero. Un hecho poco frecuente en los relatos de ficción son las notas de un «editor» anónimo a pie de página. Es un artificio que permite a otra persona comentar algunos detalles del relato del prófugo.
Estamos en el mundo de lo absurdo. Un grupo de personas baila en medio de una tempestad, hace ejercicios de calentamiento durante un calor abrasador y habla correctamente el francés «casi como sudamericanos» (¿?). Las conversaciones se repiten, habitan bajo dos soles en el día y dos lunas en la noche.
«Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas», dice el narrador de modo significativo. Un libro que destaca por la imaginación del autor y su esmerada prosa.

Adolfo Bioy Casares.


La frase: «Si queremos desconfiar, nunca faltará la ocasión» (La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares).




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Contra la tiranía
Rebelión en la granja (1945) | George Orwell


El camarada Iósif Stalin luchó a inicios del siglo XX contra las injusticias de la Rusia zarista al lado de los bolcheviques. Más tarde, participó en la revolución de 1917, que lideró Vladímir Lenin y que derrocó el gobierno provisional de Aleksandr Kérenski. Al año siguiente, en el diario Pravda, afirmó que León Trotski fue uno de los artífices del triunfo, pero con el poder en sus manos, en 1929, lo expulsó con falsas acusaciones, por ser su principal opositor.
Como muestra del culto a la personalidad, en 1925, cambió el nombre de la ciudad de Volgogrado por el de Stalingrado. Durante su régimen, Stalin impulsó con fuerza la industrialización y la colectivización de la agricultura. Para superar periodos de profunda crisis, la población hizo grandes sacrificios. Poco a poco, el país se volvió potencia, pero una de las cosas que criticó años antes se hizo parte de su gobierno: la represión. En la década de 1930 mandó a asesinar a cientos de miles de opositores e inocentes a quienes acusó de querer complotar contra él, etapa llamada la Gran Purga.
Días antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), tuvo buenos tratos con Adolf Hitler, pero este lo atacó sorpresivamente meses después. Sin embargo, Stalin se sobrepuso y venció a la Alemania nazi, aunque a costa de más de 25 millones de víctimas.
Estos hechos históricos fueron tomados en cuenta por el británico George Orwell, un socialista democrático, para escribir su relato Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945). En un giro genial, el autor emplea como personajes a animales en vez de seres humanos. Los cerdos Viejo Mayor («de aspecto sabio y bonachón»), Napoleón (de apariencia «feroz») y Snowball («de carácter débil») son fácilmente identificables con Lenin, Stalin y Trotski.
«Los seres humanos nos arrebatan casi todo el fruto de nuestro trabajo», dice Viejo Mayor a los animales de la descuidada granja del señor Jones. (Sin duda, Orwell alude al régimen zarista). «En la lucha contra el Hombre —advierte el cerdo—, no debemos llegar a parecernos a él. Aun cuando lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios». Sin embargo, como la historia muestra en repetidas oportunidades, el poder corrompe.
Tras la rebelión, los siete mandamientos que establecieron Napoleón y Snowball fueron transformados con el tiempo según las conveniencias particulares. La tiranía del primer cerdo se impuso con el apoyo de perros feroces y gruñones. La vida se volvió para el resto solo «hambre y trabajo», con libertades recortadas. Además, se instaló un régimen de terror con confesiones y ejecuciones que recuerda a la Gran Purga.
Otro modo del mal uso del poder es la manipulación de la historia. Los hechos se tergiversan según las ventajas que se puedan sacar. La persuasión juega aquí un rol importante para hipnotizar al auditorio. Sin reacción, las cosas empeoran. Hay que tener en cuenta que todo elemento cuando ya no es útil se desecha, así se haya entregado por completo a la causa, como el caballo Boxer.
Esta sátira sencilla va más allá de un rechazo a la tiranía estalinista. Con un lenguaje directo y de carácter universal, pues su público comprende desde un niño, esta parábola critica todo tipo de totalitarismos. Escrita de noviembre de 1943 a febrero de 1944, el original de Rebelión en la granja fue rechazado por cuatro editoriales que no querían incomodar a la Unión Soviética, aliado del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Orwell defendió su obra y vio al fin su publicación en 1945, hoy una de las novelas breves cumbres de la literatura.

George Orwell.


La frase: «La vida de un animal es solo miseria y esclavitud» (Rebelión en la granja, George Orwell).



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La inquebrantable fe

El coronel no tiene quien le escriba (1961) | Gabriel García Márquez




En un periodo de estrechez económica, el colombiano Gabriel García Márquez compuso en París, desde mediados de 1956 a enero de 1957, su segunda novela: El coronel no tiene quien le escriba (1961), publicada originalmente en la revista Mito de Bogotá, en 1958.

El libro se desarrolla de octubre a diciembre de 1956 en un pueblo jamás mencionado a orillas de un río navegable. Relata la historia de un coronel de 75 años, veterano de una guerra civil, que se dirige cada viernes a la oficina de correo, aguardando una correspondencia que traiga sus pensiones.
Casado hace cuarenta años con una asmática, el viejo militar sufrió la muerte de su único hijo, Agustín, quien fue acribillado por la Policía por distribuir información clandestina y que le dejó por toda herencia un gallo de lidia. El coronel confía en que este animal ganará las peleas de enero, lo que cambiaría favorablemente su mala situación económica.
«Prohibido hablar de política», reza un letrero en la sastrería donde trabajó Agustín. Paradójicamente, ahí se encuentra uno de los focos de la resistencia secreta. Además, la frase presenta el humor sombrío que tiñe el relato y muestra la política desde un ángulo desfavorable.
Pese a la brutal represión, tres antiguos amigos de Agustín que trabajan en la sastrería, un joven médico y el coronel exponen sus vidas al repartir hojas clandestinas. La muerte del hijo del viejo militar no atemoriza y quizá estimule a estos opositores de un régimen que hace mucho tiempo no convoca elecciones, que ha impuesto el estado de sitio, que ha implantado el toque de queda en el pueblo, que censura la prensa, que realiza batidas y que asesina a sus enemigos. Esta resistencia se extiende, de manera armada y ya no oculta, en otros lugares del país.
Es importante tener en cuenta que hace 56 años terminó la última guerra civil y que las pensiones que espera el viejo militar se acordaron mediante el Tratado de Neerlandia, con la rendición del coronel Aureliano Buendía. El gobierno, sin embargo, no concreta sus promesas, en tanto los partidarios del régimen, como recuerda la esposa asmática, «cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el Senado durante veinte años».
Don Sebas, padrino de Agustín y ricacho del pueblo, es el único dirigente del partido del coronel que escapó a la persecución política. «Un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo». ¿Cómo consiguió fortuna y evitar la represión? A través de un famoso pacto patriótico con el alcalde, que le permitió quedarse en el pueblo y «comprar a mitad de precio los bienes de sus ricos copartidarios» que aquel expulsaba.
En un pasaje, el coronel oirá de su mujer: «Varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla». El héroe del relato está empobrecido y pasa mucha hambre. En ese contexto, es alarmante que el viejo militar no haga otra cosa que esperar hace 56 años. ¿Es acaso un holgazán que reduce su vida a comer, dormir, aguardar una carta, alimentar a un gallo y distribuir información clandestina?
Los ancianos esposos tienen una casa hipotecada, viven al fiado y vendieron una máquina de coser, y pretenden hacer lo propio con un reloj y un cuadro. La angustiosa situación empuja al coronel a ofrecerle su gallo de pelea a su compadre don Sebas, quien quiere aprovecharse de él pagándole menos de la mitad del precio real.
Es significativo que el viejo militar compare su figura y la de su mujer con la de un papagayo y un pájaro carpintero, respectivamente. La situación en que vive lo degrada al extremo de colocarse con su esposa al nivel de los animales, incluso el coronel y su mujer se privan de comer para alimentar al esperanzador gallo, lo que manifiesta la importancia que le otorgan.
Pese a las adversidades, el coronel está convencido de que el mal periodo pasará. Tiene una inquebrantable fe en que algún viernes le llegará la demorada carta y que su gallo ganará las peleas de enero. De algún modo es un inconformista: espera así el cambio. Esta esperanza la comparten, a su manera, los de la resistencia. Las cosas definitivamente serán distintas en el futuro.
Esta breve novela política emplea con eficacia recursos clásicos: narrador omnisciente y cronología lineal. Sin embargo, el humor sutil, las descripciones precisas y los diálogos breves sorprenden por su estupenda utilización en este hermoso relato cuyo telón de fondo es un periodo difícil de la vida de García Márquez y de su país.

Gabriel García Márquez.


La frase: «La ilusión no se come. No se come, pero alimenta» (El coronel no tiene quien le escriba, Gabriel García Márquez).


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Un asunto de honor
Crónica de una muerte anunciada (1981) | Gabriel García Márquez


«Volví a este pueblo olvidado tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria», dice el narrador anónimo de Crónica de una muerte anunciada (1981), novela Gabriel García Márquez, obra que reconstruye un crimen absurdo ocurrido hace casi tres décadas.
Con un espíritu de reportero, el narrador se vale de entrevistas a diversas personas, frases de un expediente judicial y su propio recuerdo, pues fue amigo de infancia y adolescencia de Santiago Nasar, la víctima. Hay que apuntar que era, asimismo, primo remoto de los Vicario, los asesinos. Es decir, tenemos un testigo de excepción.
El narrador sabe bien que a veces una conversación es insuficiente. «Me confesó en una visita posterior, cuando ya su madre había muerto», señala acerca de sus indagaciones. A veces de un largo interrogatorio consigna una frase. No abunda en reiteraciones. En resumen, el relato es producto de un impresionante poder de concisión.
Desde la primera línea, un inicio sugerente, se sabe que el protagonista será asesinado («El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana»). ¿Por qué lo querían asesinar? ¿Quién o quiénes deseaban su muerte? ¿Cómo ocurrió el crimen? Las respuestas las tendrá el lector a medida que avanza, en un camino sembrado de abundante información.
El primer párrafo anuncia, además, un manejo despiadado de los tiempos. Del presente pasa a las 5.30 del día de la muerte, de ahí menciona lo que soñó poco antes Santiago Nasar e inmediatamente lo que le contó 27 años después la madre de este al narrador. Así se edifica esta historia, compuesta por cinco secciones desprovistas de título.
¿Dónde se encontraba el narrador durante el crimen? En un burdel, con María Alejandrina Cervantes, «la más servicial en la cama». Visitar el prostíbulo del pueblo era visto como algo casi natural. El machismo es evidente en la sociedad del lugar. En este contexto, Divina Flor, hija de una cocinera, «se sabía destinada a la cama furtiva de Santiago Nasar». El mayor ejemplo de esta tara enquistada en América Latina es que Bayardo San Román, horas después de casarse, rechaza a la bella Ángela Vicario por no ser virgen. Una frase de la madre de esta acerca de sus hijas es muy ilustrativa también: «Son perfectas. Cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir».
La hipérbole, marca registrada de García Márquez y del realismo mágico, se expresa en los gastos de la boda de Bayardo San Román. Un caso: «Se consumieron 205 cajas de alcoholes de contrabando y casi 2.000 botellas de ron de caña que fueron repartidas entre la muchedumbre». Del mismo modo, es llamativo que muchas cosas pudieron evitar el crimen, pero no lo consiguieron, como la nota enviada a la casa de Santiago Nasar en la que le avisan que lo esperan para matarlo.
El crimen mismo parece parte de un espectáculo: «Todo lo que ocurrió a partir de entonces fue del dominio público. La gente que regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen».
Como un gesto simpático queda la mención cariñosa a Mercedes Barcha, esposa en la vida real del autor, quien no oculta algunos nombres de su familia en la novela. Otro ejemplo de enlazar algo es cuando señala que el padre de Bayardo San Román fue un general que se enfrentó al coronel Aureliano Buendía, el protagonista de Cien años de soledad (1967), obra del propio García Márquez.
El argumento se basa en un hecho real ocurrido en 1951, en la región Caribe de Colombia. Las descripciones son precisas y el estilo, impecable; salvo unos defectillos, como un pleonasmo: «me dijeron a mí». Un argumento magnífico, contado de una manera genial. Bien puede aplicarse aquí una frase atribuida al ruso León Tolstói: «Pinta tu aldea y serás universal».

Gabriel García Márquez.



La frase: «Ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía» (Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez).

17 de abril de 2018

Cuarta edición: «Ribeyro, la palabra inmortal»



Primera edición: 1995
Segunda edición: 1996
Tercera edición: 2008
Cuarta edición: 2018
Número de páginas: 318
Encuadernación: tapa blanda

Formato: 13 × 20,5 centímetros

Peso: 380 gramos

Lugar y sello: Lima, Revuelta Editores

ISBN: 9786124772405
Precio: 35 soles


Acaba de aparecer la cuarta edición de Ribeyro, la palabra inmortal (Lima, Revuelta Editores, 2018), de Jorge Coaguila.

Julio Ramón Ribeyro fue siempre reacio a conceder entrevistas. Sin embargo, queda el testimonio de seis largos diálogos con Jorge Coaguila, quien fue calificado por el propio autor como su mayor crítico y biógrafo. Sinceridad, humor y sabiduría llenan estas páginas en que se tratan los temas más frecuentados por el escritor de La palabra del mudo.

Esta cuarta edición ofrece, además de comentarios a cada obra de Ribeyro y varios ensayos, un análisis acerca de sus cuentos más representativos y una extensa entrevista a Alfredo Bryce sobre el autor de Prosas apátridas.

Revuelta Editores es un sello limeño que tiene entre sus autores a clásicos como Alberto Hidalgo, César Moro y Julio Ramón Ribeyro (de quien ha publicado La caza sutilTeatro completo Cambio de guardia), y jóvenes como Francisco Ángeles y Juan Bonilla.


Comentarios acerca del libro:

«El libro es una sabia y sincera conversación, con fino humor, entre el maestro y el discípulo sobre los problemas y misterios de la creación literaria, fuertemente entrelazada con las peripecias de la vida cotidiana del viejo e irónico escritor».
Oswaldo Reynoso

«Este joven periodista hace gala para asediar, convencer y reducir al entonces casi inasible Ribeyro. El mérito principal de la obra está dado por la profundidad y audacia de las conversaciones».
Antonio Cisneros

«Evidentemente, Coaguila es un especialista respetable y admirable de la obra de Ribeyro. Un exhaustivo e incansable buen lector, y siendo asistemático en sus preguntas, por ello mismo sacó lo mejor de su entrevistado».
Ismael Pinto

«Las entrevistas no pierden agilidad ni ritmo, y pese a su extensión, Coaguila sabe plantear las preguntas y los temas de modo tal que la conversación fluye con naturalidad y mantiene su interés, algo que sin duda apreciarán los lectores de Ribeyro».
Mito Tumi

«Se trata, en suma, de un aporte valioso a la bibliografía sobre Julio Ramón Ribeyro que ha de contentar por igual al estudioso de su obra y al mero aficionado».
Carlos Garayar

«Las confesiones que logra se parecen mucho a las pequeñas reflexiones de Dichos de Luder y Prosas apátridas, y serán de mucha utilidad para cualquiera que quiera conocer un poco mejor a Julio Ramón Ribeyro».
Enrique Sánchez Hernani

«Con audacia y persistencia, Coaguila logró de 1991 a 1993 seis inquietantes 'conversaciones' que certifican a cabalidad la pasión, el conocimiento y la entrega de este joven periodista proveniente de las canteras sanmarquinas. Porque así como el cuentista hurgó en la cotidianidad de sus personajes, Coaguila trata de hurgar a su vez en la secreta cotidianidad de Ribeyro. Difícil tarea que asume con pleno y vital entusiasmo».
Carlos Batalla

«Debe resaltarse el buen manejo de la entrevista por parte de Coaguila, cosa que permite una lectura fluida y sin tropiezos y da como resultado un diálogo hondo, rico en matices de humor y sabiduría. Sin duda, el libro de Jorge Coaguila constituye un valioso aporte al conocimiento de la vida y obra de Ribeyro, máxime cuando en nuestro medio el periodismo literario las más de las veces es considerado como un género menor».
Alonso Rabí